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Monthly Archives: March 2018

De pastor bautista a judío ortodoxo

De pastor bautista a judío ortodoxo

La angustiante odisea de Moshé Boldor de desertor perseguido en la Rumania comunista a la libertad en Estados Unidos como judío observante.

por Ronda Robinson

En 1983, Jean Boldor era mecánico de automóviles y chofer del Director de Minas en Rumania. Deseaba escapar del país comunista en que había nacido y estudiar la Biblia en libertad. “En un país comunista no puedes hacer cualquier cosa que desees”, dice.

El gobierno rumano forzaba a los ciudadanos a celebrar las festividades comunistas. Boldor ansiaba más. “Por alguna razón, estaba apegado al Viejo Testamento y leía sobre el pueblo de Israel y los profetas. Me fascinaba la manera en que Dios sacó al pueblo de Israel de la tierra de Egipto”, recuerda.

Aunque siempre se sintió atraído por el estudio bíblico, Boldor no supo hasta mucho tiempo después que tenía raíces judías. La bisabuela de su bisabuela era judía. Desde ese punto, el rastro desaparece. La comunidad judía de su Lupeni natal fue diezmada durante la Segunda Guerra Mundial, cuando Rumania se convirtió en una colonia de la Alemania nazi y los judíos perdieron sus comercios y su ciudadanía. Al final de la guerra, miles de judíos huyeron a Rumania. Se calcula que a finales de la década del 60 la comunidad judía de Rumania no superaba los 100 000 miembros.

Con el deseo de compartir la alegría que había hallado, Boldor comenzó a enseñar la Biblia a gente joven. “Los comunistas no veían con buenos ojos lo que yo hacía, por lo que muchas veces me llevaron a la estación de policía para interrogarme, esposarme y golpearme, y me dieron tiempo para que pudiera reflexionar sobre mis actividades”.

Me perseguían a todos lados, porque era considerado una amenaza al comunismo.

Las personas como Boldor eran arrestadas por sostener sus creencias religiosas y no se les permitía tener Biblias. A los 20 años solicitó permiso para emigrar a los Estados Unidos, donde podría dedicarse a los estudios bíblicos.

“Desde ese momento en adelante me perseguían a todos lados, porque era considerado una amenaza al comunismo”, recuerda. “Cuando alguien solicitaba permiso para salir del país pensaban que era un peligro”.

Durante cinco años Boldor permaneció en Rumania sin una solución a la vista. La vida se volvió cada vez más difícil, por lo que decidió huir, pero lo atraparon en un tren que se dirigía a la frontera con Yugoslavia.

La policía militar lo arrestó durante 24 horas en un cuarto lleno de personas con los brazos y las piernas quebrados que no recibían ninguna atención médica. Le contaron que los habían golpeado con rifles AK-47. Después de pagar una multa monetaria, lo liberaron y volvió a casa.

Luego, en agosto de 1988, Boldor y su amigo Ion intentaron nuevamente huir, viajando primero en tren y luego a pie hasta la frontera. “Recé pidiéndole a Dios que me salvara. Leía Salmos cuando tenía unos minutos. Pasé tres días sin beber nada de agua”, cuenta.

Los aldeanos vieron a dos hombres y alertaron a los militares, que los rodearon y comenzaron a golpearlos.

“Por lo general, las golpizas eran tan duras que pocos sobrevivían hasta la semana siguiente, pero un sargento vio que tenía un libro de Salmos y les ordenó a los soldados no tocarme. Una vez más vi la Mano de Dios y Le agradecí”.

Lo pusieron en una prisión militar durante dos semanas. Entonces un amigo de Austria le envió a Boldor una transferencia bancaria de $100 y él usó ese dinero para sobornar a un capitán del ejército para que los liberara a él y a Ion.

Y comenzaron a planear su tercera fuga.

“Leí en el Libro de Ester que Mordejai y Ester ayunaron durante tres días y tres noches para salvar a la nación judía de Hamán, por lo que hice lo mismo. Ayuné durante tres días y tres noches y clamé a Dios pidiéndole que esta vez nos ayudara a lograrlo”.

Ayuné durante tres días y tres noches y clamé a Dios pidiéndole que esta vez nos ayudara a lograrlo.

Las plegarias de Boldor fueron respondidas. En septiembre de 1988, él y su amigo Ion tomaron un tren hasta la frontera yugoslava. Saltaron en una estación cercana a la frontera y se escondieron en una montaña de heno. Dormían de día y caminaban o gateaban de noche.

Cuando llegaron a Yugoslavia, caminaron hasta Belgrado, unos 500 km. Allí se subieron al techo de un tren que viajaba a Ljubljana, la capital de Eslovenia, para evitar ser detectados por la policía.

Desde Ljubljana subieron a un tren que iba a Alemania y Austria, llegando finalmente a un campo de refugiados cerca de Viena, con sus ropas llenas de polvo y aceite. La peligrosa travesía de dos semanas había acabado.

“Es difícil describir lo que significa ser libre y estar vivo después de un viaje tan largo y peligroso. Cuando llegamos nos enteramos que 180 personas habían sido asesinadas en la frontera rumana. Una vez más Dios me salvó la vida”, dice Boldor.

Él mantuvo su promesa a Dios de estudiar la Biblia si sobrevivía. Como refugiado de un país comunista, obtuvo una visa para Canadá, donde estudió hebreo bíblico y obtuvo un título en educación religiosa en una universidad cristiana. También fue ordenado pastor bautista.

Boldor con sus cuatro hijos, Sara, Amos, Rut e Itzjak.

Eventualmente Boldor se casó, tuvo cuatro hijos y se mudó a Seattle, Washington, donde comenzó una pequeña empresa cuidando ancianos. En 2004 viajó por primera vez a Israel. Allí, durante su visita a la Cueva de Majpelá en Jevrón (donde están enterrados los patriarcas y las matriarcas) el pastor bautista tuvo una crisis espiritual. Siempre había creído que Abraham estaba enterrado en Shejem, como dice la Biblia Cristiana. Ahora descubrió lo contrario. Comenzó a comparar la Biblia hebrea con la cristiana y encontró otras discrepancias. La Torá lo convenció.

“Cuando fui a Israel vi la belleza del judaísmo y del Shabat. Eso me cambió la vida. Los versículos de la Torá cobraron vida”, afirma. Siguió los susurros de su corazón durante su infancia y decidió convertirse al judaísmo.

De regreso en Seattle, renunció a su púlpito, comenzó a ir a una sinagoga, a estudiar intensamente Torá y a respetar las leyes de la Torá. El proceso de conversión llevó 10 años. El ex pastor bautista, que cambió su nombre a Moshé, mantiene ahora un hogar kasher y reza con minián tres veces al día.

En la actualidad, para Boldor la Torá es el eje de su vida.

Su matrimonio no soportó los cambios. Su esposa no quería convertirse al judaísmo, por lo que se divorciaron. Tres de los niños se convirtieron y una de las hijas hizo aliá.

Boldor, 56, estudia en una yeshivá virtual y la Torá es el eje de su vida. “Es realmente maravilloso ser parte de la nación judía y seguir los pasos de Abraham”. En la actualidad es propietario y administrador de un hogar para ancianos en Seattle.

Moshé aprovecha las dificultades que atravesó para ayudar a otras personas. “Le agradezco a Dios porque tuve la posibilidad de acercarme a la Torá y a Israel e intento ayudar a otros judíos. No es demasiado tarde para regresar a casa y unirse a la nación judía de Israel respetando la Torá.

“En ocasiones lamento vivir en los Estados Unidos. En Rumania me esposaron, me torturaron, me pusieron en prisión por leer y estudiar la Torá. Aquí tenemos libertad, pero a veces es desperdiciada. Mi plegaria es que Dios me utilice para ayudar a otros judíos a valorar la belleza de la Torá”.

Segun tomado de, http://www.aishlatino.com/e/oe/De-pastor-bautista-a-judio-ortodoxo.html?s=mpw

 
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Posted by on March 4, 2018 in Uncategorized

 

Anger: Its Uses and Abuses (Ki Tissa 5778)

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Comparing two of the most famous events in the Torah, we face what seems like a glaring contradiction. In this week’s parsha, Moses on the mountain is told by God to go down to the people. They have made a golden calf. Moses descends, holding in his hands the holiest object of all time, the two tablets carved and inscribed by God Himself.

As he reached the foot of the mountain, he saw the people dancing around the calf. In his anger, he threw down the tablets and broke them to pieces (Ex. 32:19). It was a public display of anger. Yet Moses was not criticised for this act, done entirely of his own accord.[1] Resh Lakish, commenting on the verse in which God commands Moses to carve a new set of tablets to replace the ones “which you broke” (Ex. 34:1), says that God was, in effect, giving His approval to Moses’ deed.[2]           

The sages went further. The concluding verses of the Torah state, “No other prophet has arisen in Israel like Moses, who knew the Lord knew face to face …or in any of the mighty hand and awesome wonders Moses displayed in the sight of all Israel” (Deut. 34:10-12). On the phrase “mighty hand,” they said that it refers to the breaking of the tablets.[3] In other words, it is seen as one of his greatest acts of courage and leadership.

Many years later Moses was faced with another crisis. The people had arrived at Kadesh. There was no water. The people complained. Once again, Moses displayed anger. Told by God to speak to the rock, he struck it twice, and water gushed out. This time, however, instead of being praised for what he did, God said to him, “Because you did not trust in Me to sanctify Me in the sight of the Israelites, you will not bring this assembly into the land I have given them” (Num. 20:12).

The difficulties in this passage are well-known. What was Moses’ sin? And was not the punishment disproportionate? My concern here, though, is simply with the comparison between the two events. In both cases, the people were running out of control. In both cases, Moses performed a gesture of anger. Why was one commended, the other condemned? Why was a show of anger appropriate in one case but not in the other? Is anger always wrong when shown by a leader, or is it sometimes necessary?

The answer is provided by Maimonides in his law code, the Mishneh Torah. In his Laws of Character, he tells us that in general we should follow the middle way in the emotional life. But there are two emotions about which Maimonides says that we should not follow the middle way, but should instead strive to eliminate them entirely from our emotional life: pride and anger. About anger he says this:

Anger is an extremely bad attribute, and one should distance oneself from it by going to the other extreme. One should train oneself not to get angry, even about something to which anger might be the appropriate response… The ancient sages said, “One who yields to anger is as if he had worshipped idols.” They also said, “Whoever yields to anger, if he is wise, his wisdom deserts him, and if he is a prophet, his prophecy leaves him.” And “The life of an irascible person is not a life.” Therefore they have instructed us to keep far from anger, training ourselves to stay calm even in the face of provocation. This is the right way.[4]

However he adds an important qualification:

If one wants to instil reverence in his children and family, or in public if he is the head of the community, and his desire is to show them his anger so as to bring them back to the good, he should appear to be angry with them so as to reprove them, but he must inwardly remain calm as if he were acting the part of an angry man, but in reality he is not angry at all.[5]

According to Maimonides, the emotion of anger is always the wrong response. We may not be able to help feeling it, but we should be aware that while it lasts we are in the grip of an emotion we cannot control. That is what makes anger so dangerous. It is, to use Daniel Kahneman’s terminology, thinking fast when we ought to be thinking slow.

What then are we to do? Maimonides, here and elsewhere, adopts a position that has been strikingly vindicated by neuroscientists’ discovery of the plasticity of the brain. Intensive training over a prolonged period rewires our neural circuitry. We can develop new patterns of response, initially through intense self-control, but eventually through habit. This is particularly hard to do in the case of anger, which is why we have to work so hard to eliminate it from our emotional repertoire.

But, says Maimonides, there is a fundamental difference between feeling anger and showing it. Sometimes it is necessary for a parent, teacher or leader to demonstrate anger – to look angry even if you aren’t. It has a shock effect. When someone in authority displays anger, the person or group it is directed against is in danger, and knows it. It is almost like administering an electric shock, and it is often effective in bringing a person or group to order. It is, though, a very high-risk strategy. There is a danger it will provoke an angry response, making the situation worse not better.[6] It is a weapon to be used only rarely, but sometimes it is the only way.

The key question then becomes: is this a moment when anger is called for or not? That calls for careful judgement. When people are dancing around an idol, anger is the right response. But when there is no water and the people are crying out in thirst, it is the wrong one.[7]  Their need is real, even if they do not express it in the right way.

So, to summarise: we should never feel anger. But there are times when we should show it. These are few and far between, but they exist. I say this because of one of my own most life-changing experiences.

There was a time when I smoked a pipe. It was the wrong thing to do and I knew it. There is a mitzvah to take care of your health, and smoking harms you badly in multiple ways. Yet there is such a thing as addiction, and it can be very hard to cure even when you are fully aware of how badly you are injuring yourself and others. For years I tried to give it up, and repeatedly failed. Then someone I respected greatly became angry with me. It was a cool anger, but it felt like a slap in the face.

It cured me. The shock was so great that I stopped and never smoked again. The experience of being on the receiving end of someone’s anger changed my life. It may even have saved my life.

This was a difficult discovery. When you are a leader, you are often at the receiving end of people’s anger. You learn to live with it and not let it depress or deflect you. However when someone who clearly cares for you, gets angry with you, not because he or she disagrees with you, but simply because they see you doing yourself harm, it can change your life in a way few other things can.

You come to see the point of Maimonides’ distinction as well. Therapeutic anger, if we can call it that, is done not out of emotion but out of careful, deliberate judgment that this is what the situation calls for right now. The person who delivers the shock is not so much feeling anger as showing it. That is what makes it all the more shocking.

There are families and cultures where anger is used all too often. This is abusive and harmful. Anger is bad for the person who feels it and often for the one who receives it. But sometimes there are situations that demand it, where putting up with someone’s bad behaviour is damaging, and where making excuses for it can become a form of co-dependency. Friends and family, intending no more than to be tolerant and kind, in effect make it easy for the person to stay addicted to bad habits, at a cost to his and others’ happiness.

Maimonides on Moses teaches us that we should try to conquer our feelings of anger. But when we see someone or a group acting wrongly, we may have to show anger even if we don’t feel it. People sometimes need that shock to help them change their lives.

Shabbat Shalom,


[1] Shabbat 87a.

[2] Shabbat ibid.

[3] Yerushalmi Ta’anit 4:5.

[4] Hilkhot Deot, 2:3.

[5] Ibid.

[6] For one example of this see Mishneh Torah, Hilkhot Mamrim, 6:9.

[7] See Rambam, Shemoneh Perakim, Chapter 4.

As taken from, http://rabbisacks.org/anger-uses-abuses-ki-tissa-5778/

 
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Posted by on March 2, 2018 in Uncategorized

 

Por qué valoramos lo que hacemos

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Rabbi Jonathan Sacks
Por qué valoramos lo que hacemos
Terumá 5778
El economista conductista Dan Ariely llevó a cabo una serie de experimentos con
respecto a lo que se conoce como el “efecto IKEA”, o “por qué sobrevaloramos lo que
hacemos”. El nombre del efecto se refiere obviamente a la empresa que vende
muebles para armar. Para personas con deficiencias para lo práctico como yo, armar
un mueble suele ser como un rompecabezas gigante donde varias piezas faltan y
otras están en el lugar equivocado. Pero al final, aunque la resolución del desafío es
muy amateur, tendemos a tener cierto orgullo en haberlo logrado. Podemos decir
“esto lo hice yo”, aunque en realidad otra persona lo diseñó, fabricó las piezas y
redactó las instrucciones. Hay algo con respecto a lo que hemos invertido en nuestra
labor, un sentimiento expresado en el Salmo 128: “Cuando comes el fruto de la labor
de tus manos, serás feliz, y te irá bien.” (1)
Ariely quería comprobar la realidad y la extensión de este valor agregado.
Consiguió reunir una serie de voluntarios para hacer modelos elaborados de origami
doblando papel. Después les preguntó cuánto estaban dispuestos a pagar para
conservar el modelo que hicieron. El promedio fue de 25 centavos. Después le
preguntó a otro grupo cuánto pagarían por ellos. El promedio fue de 5 centavos. En
otras palabras, las personas involucradas estaban dispuestas a pagar cinco veces más
por algo que habían hecho ellos mismos. Su conclusión fue:
el esfuerzo que ponemos en hacer algo no solo cambia el objeto. Nos cambia a nosotros
en la manera en que evaluamos ese objeto. Y cuanto mayor la labor, más grande es el
amor por lo que hemos hecho.(2)
Esto es parte de lo que ocurre en la larga secuencia de la construcción del
Santuario con la que comienza nuestra parashá, y continúa, con pocas
interrupciones, hasta el final del libro. No hay comparación alguna entre el Mishkan
– el santo y el Santo de los Santos – con algo tan secular como un mueble para armar.
Pero a nivel humano, hay algún paralelismo psicológico.
El Mishkan fue lo primero que hicieron los israelitas en el desierto, y marca un
punto de inflexión en la narrativa de Éxodo. Hasta ahora todo el trabajo lo había
hecho Dios. Castigó a Egipto con las plagas. Llevó al pueblo a la libertad. Dividió el
mar y los condujo a tierra firme. Les dio alimento desde el cielo y agua desde la roca.
Y con todo eso, salvo por la Canción del Mar, el pueblo no lo reconoció. Resultaron
desagradecidos y quejosos.
Ahora Dios dio las instrucciones a Moshé para que hagan el camino inverso.
En vez de hacer Él todo por ellos, ordenó que hicieran algo para Él. Acá el tema no se
trataba de Dios. Él no necesitaba un Santuario, un hogar en la Tierra, ya que el hogar
de Dios está en todos lados. Como dijo Isaías en Su nombre: “El Cielo es mi trono y
la Tierra mi taburete. Qué casa, entonces, pueden construir para Mí?” (Is. 66: 1) Se
trataba entonces de los seres humanos, de su dignidad y su autoestima.
Con un extraordinario acto de tzimtzum, de autolimitación, Dios les dio a los
israelitas la oportunidad de hacer algo c0n sus propias manos, algo que pudieran
valorar porque ellos lo habían hecho colectivamente. Todos estaban dispuestos a
colaborar con lo que tuvieran: “oro, plata o bronce, hilados de color azul, violeta o
rojo, lino fino, pelo de cabra, pieles de carnero teñidas de escarlata, cueros finos,
madera de acacia, aceite para las lámparas, aceite balsámico para untar y para el
fragante incienso,” joyas para el pectoral, y así sucesivamente. Cada uno aportó su
labor y su habilidad. Todos tuvieron la oportunidad de formar parte: tanto las
mujeres como los hombres y el pueblo en su totalidad, no solo una élite.
Por primera vez Dios les estaba pidiendo no solo que sigan a la columna de
nube y fuego a través de desierto, o que obedezcan Sus leyes, sino que fueran
constructores, creadores. Y como significaba una inversión de tiempo, trabajo y
energía, pusieron algo de ellos mismos, colectivamente, en él. Repitiendo la postura
de Ariely: valoramos lo que creamos. El esfuerzo que ponemos en algo no solo
cambia el objeto. También nos cambia a nosotros.
Según Rab Yohanan, “en los lugares en que la Torá muestra poderosamente la
grandeza de Dios, ahí hallarás Su humildad.” (3) Dios le estaba dando a los israelitas
la dignidad de poder decir “Yo contribuí a construir una casa para Dios.” El Creador
del universo le estaba dando a Su pueblo la oportunidad de ser también creador – no
solo de algo físico y secular, sino algo profundamente espiritual y sagrado.
De ahí la inusual palabra hebrea para contribución, Terumá, que significa no
solo algo que damos sino algo que elevamos. Los constructores del Santuario
elevaron su obsequio a Dios, y en el proceso de la elevación, descubrieron que ellos
mismos furon elevados. Dios les estaba dando la oportunidad de convertirlos en
“Sus socios en la creación,”(4) la más alta caracterización otorgada a la condición
humana.
Está es la idea que cambia la vida. El mayor regalo que podemos darle a la
gente es brindarle la oportunidad de crear. Este es el obsequio que transforma al
receptor en dador. Le da dignidad. Le muestra que le confiamos en él, que le
tenemos fe, y que lo creemos capaz de realizar grandes cosas.
Ya no tenemos el Santuario en el espacio, pero sí tenemos el Shabat, el
“santuario en el tiempo.” (5) Recientemente una figura importante de la Iglesia de
Inglaterra pasó el Shabat con nosotros en la sinagoga de Marble Arch (Londres).
Permaneció con nosotros las 25 horas, desde Kabalat Shabat hasta la Havdalá. Rezó
con nosotros, aprendió con nosotros, comió con nosotros y cantó con nosotros (6)
“Por qué haces esto?” le pregunté. Me contestó “Porque uno de los más grandes
regalos que ustedes los judíos nos han hecho a nosotros los cristianos, fue el Shabat.
Nosotros lo estamos perdiendo. Ustedes lo están guardando. Quiero aprender cómo
hacen.”
La respuesta es simple. Ciertamente fue Dios el que en los albores del tiempo
consagró el séptimo día. (7) Pero fueron los sabios los que “haciendo un cerco
alrededor de la ley” agregaron muchas leyes, costumbres y reglamentos para
proteger y preservar su espíritu. (8) Casi cada una de las generaciones contribuyó
con algo a la herencia del Shabat, ya sea una nueva canción o una nueva melodía
para antiguos textos. No es por error que decimos “hacer Shabat.” El pueblo judío no
creó la santidad de ese día pero sí creó su hadrat kodesh, su sagrada belleza. El
concepto de Ariely se aplica aquí también: cuanto mayor el esfuerzo que ponemos en
algo, mayor es el amor que profesamos por lo hecho.
Aquí tenemos la lección que cambia la vida: si quieres que las personas valoren
algo, haz que participen en crearlo. Les da primero el desafío y luego la
responsabilidad. El esfuerzo que ponemos en hacer algo no solo cambia el objeto:
nos cambia a nosotros. Cuanto mayor la labor, mayor es el amor por lo realizado.
NOTAS
Para leer acerca del placer que da el trabajo físico en general, y especialmente el manual, ver
Matthew Crawford, The case for working with your hands , Viking 2010. En EEUU:
Shop class as Soul Craft. Entre los pioneros sionistas había un fuerte sentimiento, bien expresado por
A.D. Gordon, que trabajar la tierra era en sí una experiencia espiritual. Gordon fue influenciado
en esto no solo por el Tanaj sino también por los escritos de León Tolstoy.
2) Dan Ariely, The upside Irrationality, Harper 2011, 83-106. Su conferencia TED sobre este tema
puede verse en http//www.ted.com/talks/dan ariely what makes us feel good about our work.
3) Meguillá 31a.
4) Shabat 10a, 119b.
5) Abraham Joshua Heschel, The Sabbath: Its meaning for Modern Man, Farrer, Strauss and
Giroux, 2005.
6) Naturalmente, no guardó todos los preceptos de Shabat: tanto judíos como cristianos acuerdan
que son imperativos sólo para los judíos.
7) A diferencia de las festividades cuya fecha depende del calendario, estaba determinado
Sanhedrin. Esa diferencia se refleja en la liturgia. Halájicamente es el concepto de Shevut,
qué Rambam vio como esencialmente de origen bíblico.
 
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Posted by on March 2, 2018 in Uncategorized