El misterioso empeño de Cristóbal Colón por ocultar sus orígenes

Llegada de Cristóbal Colón a las Indias Occidentales, por John Vanderlyn

La teoría más aceptada considera que procedía de una familia humilde de Génova, con un posible vínculo judío. A causa de la fiebre nobiliaria que se vivía en la Corte española, el descubridor escondió el pobre lustre de sus antepasados

Se trata de uno de los grandes misterios que esconde la historia: ¿Cuál era el lugar de nacimiento de Cristóbal Colón? La respuesta oficial sigue siendo Génova, pese a que cada año surge una nueva teoría que zarandea las pruebas en su provecho. Hay teorías a la carta sobre su procedencia: desde que era gallego, castellano (Guadalajara), extremeño (Plasencia), portugués, mallorquín, vasco, corso, catalán, hasta que era inglés. Pero ninguna ha obtenido nunca el consenso de los expertos. Como tampoco lo han hecho los estudios sobre la profesión que tenía el descubridor antes de enfrascarse en la empresa que dio sentido a su vida. Lo único transparente, entre todos estos enigmas, es que Colón se tomó muchas molestias en que no se resolviera el misterio.

«Cuan apta fue su persona y dotada de todo aquello que para tan grande cosa convenía, tanto más quiso que su patria y origen fuesen menos ciertos y conocidos», escribió su hijo don Hernando en «La Historia del Almirante». Hernando Colón conocía la respuesta al misterio pero, escudándose en las instrucciones de su padre, sembró todavía más dudas en el asunto. No obstante, su celo revela una pista fundamental: su procedencia era tan sensible –ya fuera por un asunto religioso (ser un judío converso), por uno político (tener enemistades abiertas con importantes nobles o monarcas en el pasado) o por uno social (orígenes humildes)– como para justificar aquellas precauciones. Y aunque mantuvo el secreto hasta sus últimos días, su testamento, otorgado en Sevilla el 3 de julio de 1539, no deja dudas: se identifica como «hijo de Cristóbal Colón, genovés, primer almirante que descubrió las Indias». Dijo la verdad ante notario, o quizás se limitó a seguir el hilo de la versión más aceptada cuando su padre vivía.

Sus contemporáneos le consideraban «extranjero», lo que en aquel contexto significaba no nacido en Castilla (igualmente podría ser valenciano, mallorquín o catalán). Como prueba de ello, Ruy González de Puebla, embajador de los Reyes Católicos en Inglaterra, informa en una carta fechada en 1498 de que el Rey inglés envía cinco naos armadas «con otro genovés como Colón» al Nuevo Continente. Además consta que Colón, ya fuera por su nacionalidad o porque estuvo viviendo en Italia, se rodeó de amigos genoveses durante toda su vida. Así ocurrió con los Esbarroya en Córdoba, Francisco Pinelo, establecido en Sevilla, o Gaspar Gorricio, monje de la Cartuja de Santa María de las Cuevas, entre otros.

Un genovés, ¿hijo de tejedores?

Un documento, firmado por el mismo Colón el 22 de febrero de 1498 también ante notario, afirma que «siendo yo nacido en Génova, les vine a servir a los Reyes Católicos aquí en Castilla». Y en ese mismo texto, reclama a su hijo Diego que una vez fallecido él «tenga y sostenga siempre en la ciudad de Génova una persona de nuestro linaje que tenga allí casa y mujer… pues que de allí salí y en ella nací». Frente a esta contundente prueba documental, los defensores de que no nació en Italia, sin embargo, han argumentado que el texto es falso, o bien apócrifo, y fue redactado dentro del contexto de los Pleitos colombinos que mantuvieron sus descendientes con la Corona de Castilla.

Pero aun suponiendo que nació en Génova, como las pruebas parecen sostener, el resto de cuestiones siguen abiertas: ¿Por qué lo ocultó con tanta insistencia si todos sabían que no era castellano? ¿A qué se había dedicado antes de viajar a España? La historiadora Lourdes Díaz-Trechuelo en su libro «Cristóbal Colón: primer almirante del mar océano» (1991) apunta a que «el afán nobiliario de la época pudo empujar a Colón a ocultar el pasado de su familia».

El propio Hernando Colón –que calificó de mentiroso a un cronista genovés por decir que la familia de su padre era humilde– deja muestra en sus textos de la importancia de ser de noble cuna entonces, «porque suelen ser más estimados en España los que proceden de grandes ciudades y generosos ascendientes, quisieran algunos que yo me detuviese y ocupase en decir que el Almirante descendía de sangre ilustre, y que sus padres por mala fortuna habían llegado a la última estrechez y necesidad». Ser genovés, en efecto, no era un problema en la Corte española, pero el origen humilde de su familia sí suponía un obstáculo para sus pretensiones de ascenso social en una tierra donde, quien más quien menos, era «hijo de algo».

La versión más aceptada hoy en día es que Cristóbal Colón era nieto de Giovanni Colón, tejedor de lana en Quinto, un pueblecito a pocos kilómetros de Génova. A su vez, su padre, llamado Doménico, siguió el oficio familiar y se casó con la hija de otro tejedor, Susana Fontanarossa. La esposa aportó dos casas como dote, una en Quinto y otra en la ciudad de Génova, donde se trasladó el matrimonio. Allí nació el descubridor, el primogénito, en una fecha cercana a 1451. Esto significaría que cuando realizó su primer viaje a América Colón tenía unos 41 años, aunque según las crónicas de Bartolomé de Las Casas aparentaba más edad.

Colón no era de una familia pobre, pero si lo bastante humilde como para sentirse intimidado por la obsesión sanguinea de la Corte de los Reyes Católicos. Y lo que es más importante, sus padres se ganaban la vida con las manos. Puesto que todavía en muchos rincones de Europa los trabajos manuales eran despreciados como propios de gente de baja escala social, no es de extrañar que Colón ocultara sus orígenes e incluso se atreviera a fanfarronear, sin aportar nombre alguno, que «no soy el primer almirante en mi familia».

Un bisabuelo de orígen judío

También se ha especulado sobre la posible procedencia semítica de su familia. Salvador de Madariaga, en su famoso libro «Vida del Muy Magnífico Señor Don Cristóbal Colón» señala con toda contundencia que era de origen judío y que posiblemente practicaba esta religión. Otros autores han llegado a ver rasgos físicos propios de los judíos italianos en las descripciones que se conservan sobre el descubridor. A modo de réplica, Ballesteros Beretta concluye sin lugar a dudas que «era hijo de unos padres sinceramente católicos, que le transmitieron la fe católica, bien arraigada en él toda su vida, y también el franciscanismo tan extendido en Italia». Bartolomé de Las Casas, que conoció en profundidad a Colón, coincide en este asunto: «Era un católico de mucha devoción».

Aunque realmente no practicara el judaísmo ni procediera de una familia conversa, si es posible que un factor religioso influyera en que Colón no quisiera revelar datos de su vida. Según el americanista Ballestero Beretta, su rama paterna estaba libre de ascendencia judía, pero la materna estaba emparentada con Jacobo de Fontanarubea. Un nombre semítico y un apellido gentilicio, muy usados entre los hebreos, que hubiera servido a los enemigos de Colón como excusa para debilitar su influencia.

Pero incluso en esta teoría genovesa –la más aceptada– los investigadores siguen viendo enigmas abiertos en torno a la figura del marinero. Sin ir más lejos, se conocen muy pocos textos escritos en italiano por el descubridor, y las breves notas en este idioma cuentan con graves fallos de redacción. La mayor parte de sus escritos están en castellano, con giros lingüísticos procedentes de otras lenguas de la península Ibérica que, siguiendo las tesis de Menéndez Pidal, podrían ser portuguesismos o galleguismos.

Las teorías que lo vinculan a la Corona de Aragón (catalán, valenciano o mallorquín) también se sustentan en investigaciones lingüísticas. No obstante, en todos los casos, la crítica desde la comunidad académica es la misma. Hay demasiado empeño por desacreditar las pruebas conocidas –las que lo vinculan con Génova–, sin presentar documentos originales que vertebren nuevas teorías.

Actualmente, ha cobrado gran fuerza los estudios que vinculan el pasado de Colón con Pontevedra. A través de pruebas grafológicas se han identificado similitudes entre los textos del descubridor de América y los de un noble gallego nacido en Poio que a lo largo de su vida cambió de identidad en diversas ocasiones, llamado Pedro «Madruga».

 

Segun tomado de, http://www.abc.es/espana/20150205/abci-cristobal-colon-origen-desconocido-201502041958.html

 

Advertisements

WhatsApp y la alegría de Adar

WhatsApp y la alegría de Adar

De inmigrante pobre a billonario, la fortuna de Jan Koum captura la alegría de las posibilidades.

por Sara Debbie Gutfreund

Jan Koum, un judío ucraniano, vendió WhatsApp a Facebook en 19 mil millones de dólares. Cuando pequeño, Jan asistió a una escuela en Kiev que se encontraba en un pueblo tan pobre que la escuela no tenía ni siquiera un baño. Los niños tenían que correr hacia afuera y cruzar el estacionamiento en medio del frío clima para poder usar un baño.

En 1992 Jan se mudó a Estados Unidos con su madre y abuela para escapar del peligroso ambiente antisemita que había en Kiev. Los inmigrantes, que no tenían ni un centavo, subsistieron por muchos años sólo a base de cupones de alimento y ayuda social. Jan no tuvo un computador sino hasta que tenía 19 años. Él era un estudiante pobre que apenas se pudo graduar del colegio en Montain View y que dejó inconclusos sus estudios en la universidad de San José State. Pero él utilizó muchas partes de su pasado para crear WhatsApp.

Por ejemplo, la falta de publicidad en WhatsApp deriva del hecho que él venía de un país en el cual no existía la publicidad. Crecer en un país que monitoreaba las conversaciones de la gente hizo que Jan se apasionara por la privacidad, lo cual explica por qué WhatsApp no requiere ninguna información para registrarse. Y los propios desafíos de la infancia que tuvo que enfrentar Jan al intentar comunicarse con su familia que aún se encontraba en Rusia lo llevaron a su profesión actual. La compañía tiene tan sólo 50 empleados, y son pocas las personas que entran a las modestas oficinas de WhatsApp en Montain View.

Es la alegría de las posibilidades, de lo improbable volviéndose realidad, del oprimido volviéndose parte de la realeza.

La historia de cómo Koum pasó de no tener un centavo a la riqueza es perfecta para el mes judío de Adar en el que estamos actualmente. A medida que Purim se acerca, nuestra alegría aumenta. Es la alegría de las posibilidades, de lo improbable volviéndose realidad, del oprimido volviéndose parte de la realeza. Ester era una mujer honesta y sin adornos que no estaba para nada interesada en volverse reina; sin embargo, fue precisamente ella quien terminó en el palacio. Mordejai era un justo erudito que se encontraba sumamente alejado de la política; sin embargo, es él quien se transformó en la mano derecha del rey. El poderoso y malvado Hamán fue degradado. La atemorizada nación que se encontraba en peligro salió victoriosa. Las cosas se dieron vuelta de un lado para el otro, de arriba para abajo.

Esa es la alegría de este mes, la alegría de las posibilidades, de saber que Dios puede transformar todo lo que nos rodea en cualquier día, cualquier hora y cualquier minuto. Atrás del escenario, Dios está moviendo las cuerdas, orquestando los eventos con resultados sorpresivos que nadie tenía planeados.

Como la improbable historia sobre cómo conocí a mi esposo. En ese entonces, yo pasaba las noches en vela en la sala de estudio de la Universidad Wharton y salía de fiesta todos los sábados por la noche con mis amigas. Cuando uno de los organizadores del centro Hillel me pidió que hablara en la tercera comida de Shabat, yo casi le dije que no. Me tomaría demasiado tiempo escribir un discurso. Además, a mí ni siquiera me gustaba hablar en público. Y ni siquiera estaba planeando ir a esa comida. Pero yo pasaba mucho tiempo en el centro Hillel, yendo a las comidas y a los rezos cada semana. Sentía que debía dar algo de vuelta, incluso si era solamente un discurso de diez minutos. Así que hablé.

Después, mi futuro esposo se acercó a mí y me preguntó sobre algunas de las ideas sobre las que había hablado. Caminamos juntos de vuelta hasta los dormitorios universitarios conversando sobre Torá e Israel y sobre nuestros ideales en común. En ese punto de mi vida, yo no estaba lista para casarme. Mi plan era primero terminar la universidad. Pero cuando entré en mi dormitorio, lo primero que le dije a mi compañera de cuarto fue: “Acabo de conocer a la persona con la que voy a casarme. Él tiene un alma buena, justo lo que mi abuela me dijo que tenía que buscar”.

—¿Te has vuelto loca? ¡Tan sólo hablaste con él por cinco o máximo diez minutos! —me dijo mi compañera de cuarto asombrada—. ¿Recuerdas nuestro plan? ¿Graduarnos de la universidad? ¿Compartir un departamento en Nueva York?

Mi compañera de cuarto pensó que estaba bromeando. Y no la culpo. El matrimonio era algo que estaba muy lejos de mi futuro, o al menos eso pensaba yo. Pero algo había cambiado. Algo se había volteado de arriba para abajo y de un lado para el otro. En ese momento yo sabía que mi propio “plan” estaba siendo transformado en algo diferente, algo que yo no había estado buscando.

—Me voy a casar con él —le respondí.

—Vamos a Smokey Joe’s. Creo que necesitas un trago —dijo mi compañera de cuarto entre risas.

Pero justo después de nuestra graduación ese año, esta misma compañera de cuarto se estaba riendo en mi matrimonio, brindando por el emparejamiento más improbable e imposible que cualquiera de nosotros podría haber imaginado.

Recientemente, llevé a mis hijos al planetario. Nos sentamos bajo el domo de miles de millones de brillantes estrellas y observamos las galaxias explotando aquí y allá.

“No sabía que había tantas estrellas”, me dijo mi hijo maravillado. Y me di cuenta que yo tampoco sabía que había tantas estrellas. Estrellas, galaxias y capas de realidad. Tantas posibilidades que se expanden y contraen en nuestras vidas.

Sucede todos los días y nosotros ni siquiera lo vemos. Un empobrecido inmigrante vende WhatsApp por 19 mil millones de dólares. ¡19 mil millones de dólares! La meguilá de nuestras propias vidas de pronto se transforma en un nuevo guión, con oportunidades que no podríamos haber imaginado y de profundidades que nunca supimos que existían.

Esta es la alegría de Adar. La alegría de las posibilidades que nos empapan cada día con una nueva esperanza. La risa al darnos cuenta del emparejamiento poco esperado, del trato improbable, de la victoria imposible. La alegría de los miles de millones de estrellas que están sobre nosotros y dentro de nosotros, esperando encender nuestras vidas.

Según tomado de, http://www.aishlatino.com/a/s/WhatsApp-y-la-alegria-de-Adar.html?s=feat

 

La Mujer y el Santuario

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El propósito de la creación es que la presencia de Di-s se revele en este mundo. La primera expresión de esto fue en el Jardín del Edén, como se nos cuenta al principio de la Torá. Adán y Eva moraban en el jardín, y con ellos estaba la Presencia Divina. Sin embargo el mundo todavía no estaba preparado para esto.

Como sabemos, Adán y Eva pecaron al comer del Árbol del Conocimiento, y en consecuencia la presencia de Di-s se ocultó. Más pecados en las siguientes generaciones, tales como el asesinato de Abel por parte de Caín, provocaron que la Presencia Divina se ocultara aun más. Sin embargo, con Abraham comenzó el proceso de traer la Presencia Divina de regreso al mundo. Esto fue continuado por Isaac, Jacob y las generaciones siguientes.

En la séptima generación después de Abraham vino Moisés. Los Sabios nos dicen que el “séptimo” tiene una probabilidad particular de éxito. Esto se confirma por los logros de Moisés. Siguiendo las instrucciones de Di-s. Guió al pueblo judío en la construcción del Santuario donde la Presencia de lo Divino fue revelada, en el Santo de los Santos. Esta fue la primera etapa del cumplimiento del propósito de la Creación. Las etapas posteriores serían el Primer, Segundo y finalmente, el Tercer Templo en Jerusalén.

El hecho de que la presencia de lo Divino morara en el Santo de los Santos no fue algo separado de las vidas del pueblo judío. Nuestra Parashá nos dice: “Ellos construirán para Mí un Santuario, y Yo moraré en ellos” (Éxodo 25:8). Los Sabios nos dicen que esto significa: “Dentro de cada individuo”. A través de la construcción del Santuario, Di-s mora en el corazón de cada persona.

El Lubavitcher Rebe señaló que las mujeres tuvieron una parte particularmente significativa en la construcción del Santuario. Las mujeres eran más entusiastas que los hombres para traer las donaciones de oro, plata, cobre, lana teñida, lino, piedras preciosas y otras cosas que se necesitaban. Usaron su arte en diversas tareas de tejido. Además, a diferencia de los hombres, las mujeres se rehusaron completamente a tener participación en la hechura del Becerro de Oro. El hacer este ídolo y la repugnante forma en que fue adorado era lo opuesto de todo lo expresado por el Santuario y la presencia de lo Divino.

En nuestra época la mujer también tiene el papel conductor en crear otra case de Santuario: el hogar judío. Aquí también mora la presencia de Di-s. Las enseñanzas de la Torá muestran la forma en que lo Divino puede estar presente en cada detalle de la vida humana, desde lo más público hasta lo más íntimo.

Este poder espiritual de las mujeres puede relacionarse con la idea cabalística de que la mujer tiene una afinidad con el séptimo atributo Divino, Reinado, que significa finalización, logro y cumplimiento en el mundo real. Puesto en términos más directos, como es expresado por el Rebe, hay una sensibilidad dada por Di-s en la mujer que reconoce lo positivo y lo santo que uno debe esforzarse por sostener; y esta cualidad especial también detecta lo que no es santo y debe ser evitado.

Por supuesto que esta sensibilidad debe ser nutrida; a través del estudio personal de la Torá y la observancia práctica de las mitzvot. A través de esto la mujer y el hombre juntos, con sus familias, revelarán la presencia de lo Divino en sus propios hogares, en sus alrededores y finalmente en una forma global. Habrá un Tercer Templo en Jerusalén y la paz morará en los corazones de toda la humanidad.

¿Qué era el mishkan?

Una breve visión panorámica del Tabernáculo

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“Y ellos edificarán para mí un lugar santo, y yo habitaré entre ellos” (Éxodo 25:8)

Luego de la entrega de la Torá en el Sinaí, D-os pidió a Moisés construir un hogar para El, para que pudiese habitar entre su Pueblo. Esto era el Mishkan.

El Mishkan (Tabernáculo) era un santuario portátil, un centro espiritual en la mitad del desierto. Era el sitio donde el pueblo de Israel debería traer sus sacrificios para expiar por las transgresiones o para expresar su gratitud. Era el sitio donde D-os se comunicaba con Moisés, su voz emanaba de entre los querubines colocados sobre el arca en el lugar Santo de los Santos1 . Era el lugar donde D-os se encontraba cerca de su pueblo.2

¿Cómo dio comienzo?

Cientos de años antes de ser construido, el Mishkan ya estaba en marcha. De hecho, en su camino hacia Egipto, Jacob plantó árboles de acacia, instruyendo a sus hijos para que tomasen la madera cuando salieran del exilio. De esta forma ellos tendrían los materiales adecuados a la mano para el momento que se les ordenara construir el Tabernáculo.3

Transcurrido el episodio del pecado del Becerro de Oro y habiendo sido perdonados, la orden les fue dada. El Tabernáculo sería una señal de la renovada cercanía entre D-os y los Israelitas.

D-os especificó que la labor de construcción debería ser supervisada por Bezalel perteneciente a la Tribu de Judá, quien a su vez fue acompañado por Ohaliab, perteneciente a la tribu de Dan.4 Bezalel era sobrino de Moisés y parte de la tribu real, mientras Ohaliab era de origen humilde, pero cuando concurrieron para la edificación del Mishkan, todos eran iguales5 . El pueblo donó los materiales y puso manos a la obra, tejiendo y elaborando con destreza artesanal todo lo necesario. En un breve lapso, la estructura estaba concluida. 6

¿Cómo era?

El Tabernáculo se encontraba en un área con una extensión de 100 codos de largo por 50 codos de ancho (50 mts por 25 mts aproximadamente)7

El lugar se encontraba rodeado por vestiduras de lino, sostenido por postes hechos de madera y asegurado en tierra por unas estacas. En el centro se encontraba un gran altar de cobre, el cual era utilizado para los sacrificios de animales. Era tan extenso este altar, que se accedía mediante una rampa que conducía a su parte más alta. Entre el altar de cobre y la entrada al santuario, se encontraba el lavatorio donde los sacerdotes lavaban sus manos y pies.

El santuario propiamente tenía 30 codos de largo por 10 codos de ancho. Sus paredes eran sostenidas por gruesos troncos de madera de acacia enchapados en oro, dispuestos uno al lado del otro, de tal manera que formaban los tres lados de un rectángulo. Los troncos eran entrelazados mediante argollas de plata y sostenidos en su lugar correspondiente mediante largos postes de madera enchapados en oro. Una cortina era extendida para cubrir el cuarto lado del rectángulo.

El techo del santuario era de tapices, tejidos en lino de color rojo y azul, y lana color púrpura. Esta tapicería estaba conformada por dos partes separadas, que eran entrelazadas mediante una serie de ganchos. A su vez, los tapices eran cubiertos por capas de pelo de cabra, y sostenidas igualmente mediante ganchos. Estas dos capas cubrían la parte superior de la estructura y colgaban por sobre las paredes de madera del Mishkan. Adicionalmente, piel de cordero teñida de rojo y piel de tajash8 cubrían el techo exterior.9

¿Que había dentro?

El interior del santuario estaba dividido en dos partes separadas por un tapiz colgante. La antesala conocido como el Kodesh ( Santo) y contenía varios elementos. Hacia el lado sur se encontraba colocada la Menorah (candelabro) de oro, cuyos siete brazos eran encendidos por los sacerdotes cada mañana. Sobre el lado norte se encontraba la mesa de oro, sobre la cual los sacerdotes colocaban semanalmente los panes de la ofrenda. También había un altar de oro más pequeño, sobre el cual se quemaba el incienso dos veces por día.

La segunda habitación más interior, era conocida como Kodesh Hakodashim ( Santo de los Santos). El Santo de los Santos contenía el Arca: una caja de oro la cual tenía en su interior las Tablas de la Ley (tanto las originales que fueron rotas como las segundas tablas enteras), así también otros objetos sagrados: la vara de Aharon y una muestra del Maná con el cual se alimentaron en el desierto. Sobre la cubierta del Arca se encontraban dos querubines de oro, dispuestos cara a cara y con sus alas tocándose unas a otras.

La entrada al Santo de los Santos estaba prohibida, excepto al Cohen Ha Gadol (Gran Sacerdote), quien solo lo podía entrar una vez al año como parte del servicio de Yom Kippur (Día del Perdón).10

El diseño del Mishkan permitía su movilidad durante los viajes, muchos de sus elementos eran transportados mediante varas diseñadas para la carga y también cobertores para su protección. Seis carretas fueron dispuestas para transportar las argollas, ganchos las cortinas y tapices.

La inauguración

Durante una semana, Moisés practicó el armado y desmantelamiento del Mishkan. Entonces, el primero de Nissan, a tan solo un año de haber salido de Egipto, Moisés oficialmente inauguró el Tabernáculo. Toda la tienda estaba completamente llena de la presencia divina que se presentaba como una espesa nube, la cual advertía a todos de no entrar, aún a Moisés.11

Los siguientes 12 días, los Príncipes de las doce tribus de Israel trajeron sacrificios inaugurales y ofrendas.12 El Tabernáculo no era un espacio de uso exclusivo de sus servidores, los Levitas, sino que era una herencia para todo los Israelitas.

¿Cuánto tiempo duró?

El Mishkan fue transportado por los israelitas a través del desierto durante 40 años. Cuando el Pueblo entro a la tierra de Israel, trajeron el Mishkan con ellos. Por 14 años permaneció el Mishkan en Guilgal, mientras los israelitas conquistaban el territorio y dividían la tierra prometida entre las tribus. Luego construyeron una edificación de piedra en Shiloh y colocaron las cortinas del Mishkan sobre dicha edificación. Este santuario permaneció por 369 años. Al final de ese período, el santuario fue movido a Nov, y seguidamente a Givon.13

Cuando Salomón edificó el Templo Sagrado en Jerusalém, las reliquias del Tabernáculo fueron depositadas en el subsuelo profundo bajo el templo. De acuerdo a la tradición, como bien el Mishkan fue edificado con intenciones puras, nunca fue destruido. Está presto a recibir a D-os nuevamente para que repose allí.14

Notas al Pie
1 Números 7:89
2. Los Sabios debaten acerca del objetivo primario del Mishkan. Ver la Cocina o la Biblioteca para leer una maravillosa discusión
3. Midrash Tanchuma, Teruma 9.
4. Éxodo 35:30-35.
5. Midrash Tanchuma, Ki Tisa 13.
6. Éxodo 36:7
7. Los detalles sobre el diseño y contenido del Mishkan son descrito en detalle en Éxodo 25-34. Sin embargo, no existen fuentes para dichas descripciones.
8. El tajash es un animal ya extinto el cual surgió únicamente con el objeto de ser utilizado en el Mishkan, para luego desaparecer.
9. Rabí Nehemías enseñaba que estos conformaban dos tipos de piel conformaban dos tipos distintos de coberturas, por su parte, Rabí Yehuda enseñaba que era una sola cobertura confeccionada con ambos tipos de piel (ver Rashi, Éxodo 26:14)
10. Levítico 16:2
11. Éxodo 40:35
12. Números 7
13. Maimonides, Hiljot Beit Habejira 1:2
14. Tana D’bay Eliyahu Rabbah 25.

¿Qué define a una persona como religiosa?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

De acuerdo a la tradición judía convencional, intentaré responderle haciendo otra pregunta.

Hay dos palabras que se usan indistintamente, pero en realidad tienen significados muy distintos. ¿Cuál es la diferencia entre “espiritual” y “sagrado”? La espiritualidad implica un apego a las cuestiones del espíritu, en vez de al mundo físico y material. Una persona espiritual es altruista, quizás ascética, alguien que se esfuerza por imbuir su vida con un sentido más elevado, pensar en y servir a otros, no a si mismo, ver el propósito y la bondad en la vida. Pero la espiritualidad está limitada al propio espíritu de uno, a las propias percepciones, a uno mismo. Un ateo puede ser una persona espiritual. Ciertamente puede ser una buena persona, una persona maravillosa. Puede ir tan lejos y tan alto como su propio espíritu lo mueva.

“Sagrado” se refiere a lo divino, lo que tiene santidad directamente de Di-s o está conectado con El. Cuando hacemos lo que Di-s nos dice que hagamos, accedemos a la santidad. Ascendemos más alto que nuestras propias limitaciones; nos conectamos con la esencia del Todopoderoso Mismo. No necesariamente podemos entender o identificarnos con esto, pero cuando un hombre se pone tefilín, o una mujer se sumerge en una mikve, tanto si se sienten espirituales o no, están accediendo a Di-s. Comer en Shabat es una mitzvá; las relaciones conyugales (en su momento correcto, y bajo las circunstancias correctas) son una mitzvá. Son sagradas. La santidad no está relacionada con el ascetismo; está relacionada con Di-s.

La espiritualidad proviene del hombre. La santidad proviene de Di-s.

Un ejemplo práctico: un judío puede ir a la sinagoga, rezar, recitar kidush sobre vino, etc. Puede no sentirse particularmente espiritual mientras hace esas cosas, pero al observar Shabat de la forma que Di-s lo pidió, se vuelve sagrado. Porque se está conectando con Di-s como Di-s lo desea. De la misma forma, puede decidir encender incienso y escuchar música en Shabat para realzar sus sentimientos espirituales, pero al violar las leyes del Shabat, se ha apartado de la santidad.

Por otro lado, puede haber una persona que cumple con las mitzvot de Di-s tal cual Di-s le ordenó, pero sin ningún intento de ser espiritual, sin amor o temor de Di-s, permaneciendo tan materialista y tosco después de cumplir con la mitzvá como antes de ello. El judaísmo enseña que en última instancia esas mitzvot no tienen alma, están muertas. La Torá nos ordena “elegir la vida”. Es el esfuerzo espiritual por conectarse con Di-s lo que inyecta vida dentro de las mitzvot.

Así que, ¿qué define a una persona como religiosa? Idealmente, una combinación tanto de santidad como de espiritualidad. Una persona que se esfuerza por cumplir los mandamientos de Di-s, logrando así la santidad, pero que se esmera por encontrar la espiritualidad en lo que hace. Una persona que no está satisfecha con la ejecución rutinaria de las mitzvot, sino que intenta conectarse con lo Divino en todas sus acciones. Una persona que, como parte esencial de su servicio a Di-s, pone a los otros, y a las “cuestiones del espíritu”, por encima de si mismo y las cuestiones del cuerpo.

Habiendo dicho esto, debe saber que el judaísmo es primero y ante todo una religión orientada a la acción. Así que mientras que la santidad y la espiritualidad son vitales, a la hora de la verdad se nos ordena realizar las mitzvot. La Torá nos dice: “Sé santo” (Levítico 19:2); no nos ordena “Sé espiritual”. A través de ser santos, en última instancia alcanzamos la espiritualidad también. Por lo tanto, en un sentido mucho más específico, una “persona religiosa” se define generalmente como aquel que observa los tres “grandes” en términos de santidad: Shabat, kashrut y pureza familiar.

Why We Value What We Make (Terumah 5778)

Image result for Jonathan Sacks

The behavioural economist Dan Ariely did a series of experiments on what is known as the IKEA effect, or “why we overvalue what we make.” The name comes, of course, from the store that sells self-assembly furniture. For practically-challenged people like me, putting an item of furniture together is usually like doing a giant jigsaw puzzle in which various pieces are missing, and others are in the wrong place. But in the end, even if the item is amateurish, we tend to feel a certain pride in it. We can say, “I made this,” even if someone else designed it, produced the pieces, and wrote the instructions. There is, about something in which we have invested our labour, a feeling like that expressed in Psalm 128: “When you eat the fruit of the labour of your hands, you will be happy, and it will go well with you.”[1]

Ariely wanted to test the reality and extent of this added value. So he got volunteers to make origami models by elaborate folding of paper. He then asked them how much they were prepared to pay to keep their own model. The average answer was 25 cents. He asked other people in the vicinity what they would be prepared to pay. The average answer was five cents. In other words, people were prepared to pay five times as much for something they had made themselves. His conclusions were: the effort that we put into something does not just change the object. It changes us and the way we evaluate that object. And the greater the labour, the greater the love for what we have made.[2]

This is part of what is happening in the long sequence about the building of the Sanctuary that begins in our parsha and continues, with few interruptions, to the end of the book. There is no comparison whatsoever between the Mishkan – the holy and the Holy of Holies – and something as secular as self-assembly furniture. But at a human level, there are psychological parallels.

The Mishkan was the first thing the Israelites made in the wilderness, and it marks a turning point in the Exodus narrative. Until now God had done all the work. He had struck Egypt with plagues. He had taken the people out to freedom. He had divided the sea and brought them across on dry land. He had given them food from heaven and water from a rock. And, with the exception of the Song at the Sea, the people had not appreciated it. They were ungrateful. They complained.

Now God instructed Moses to take the people through a role reversal. Instead of His doing things for them, He commanded them to make something for Him. This was not about God. God does not need a Sanctuary, a home on earth, for God is at home everywhere. As Isaiah said in His name: “Heaven is My throne and the earth My footstool. What house, then, can you will build for Me?” (Is. 66:1). This was about humans and their dignity, their self-respect.

With an extraordinary act of tzimtzum, self-limitation, God gave the Israelites the chance to make something with their own hands, something they would value because, collectively, they had made it. Everyone who was willing could contribute, from whatever they had: “gold, silver or bronze, blue, purple or crimson yarns, fine linen, goat hair, red-dyed ram skins, fine leather, acacia wood, oil for the lamp, balsam oils for the anointing oil and for the fragrant incense,” jewels for the breastplate and so on. Some gave their labour and skills. Everyone had the opportunity to take part: women as well as men, the people as a whole, not just an elite.

For the first time God was asking them not just to follow His pillar of cloud and fire through the wilderness, or obey His laws, but to be active: to become builders and creators. And because it involved their work, energy and time, they invested something of themselves, individually and collectively, in it. To repeat Ariely’s point: We value what we create. The effort that we put into something does not just change the object. It changes us.

Few places in the Torah more powerfully embody Rabbi Yohanan saying that “Wherever you find God’s greatness, there you find His humility.”[3] God was giving the Israelites the dignity of being able to say, “I helped build a house for God.” The Creator of the universe was giving His people the chance to become creators also – not just of something physical and secular, but of something profoundly spiritual and sacred.

Hence the unusual Hebrew word for contribution, Terumah, which means not just something we give but something we lift up. The builders of the sanctuary lifted up their gift to God, and in the process of lifting, discovered that they themselves were lifted. God was giving them the chance to become “His partners in the work of creation,”[4] the highest characterisation ever given of the human condition.

This is a life-changing idea. The greatest gift we can give people is to give them the chance to create. This is the one gift that turns the recipient into a giver. It gives them dignity. It shows that we trust them, have faith in them, and believe they are capable of great things.

We no longer have a Sanctuary in space, but we do have Shabbat, the “sanctuary in time.”[5] Recently, a senior figure in the Church of England spent Shabbat with us in the Marble Arch Synagogue. He was with us for the full 25 hours, from Kabbalat Shabbat to Havdallah. He prayed with us, learned with us, ate with us, and sang with us.[6] “Why are you doing this?” I asked him. He replied, “One of the greatest gifts you Jews gave us Christians was the Sabbath. We are losing it. You are keeping it. I want to learn from you how you do it.”

The answer is simple. To be sure, it was God who at the dawn of time made the seventh day holy.[7] But it was the sages who, making “a fence around the law,” added many laws, customs and regulations to protect and preserve its spirit.[8] Almost every generation contributed something to the heritage of Shabbat, if only a new song, or even a new tune for old words. Not by accident do we speak of “making Shabbat.” The Jewish people did not create the day’s holiness but they did co-create its hadrat kodesh, its sacred beauty. Ariely’s point applies here as well: the greater the effort we put into something, the greater the love for what we have made.

Hence the life-changing lesson: if you want people to value something, get them to participate in creating it. Give them a challenge and give them responsibility. The effort we put into something does not just change the object: it changes us. The greater the labour, the greater the love for what we have made.

NOTES

[1] On the pleasures of physical work generally, especially craftsmanship, see Matthew Crawford, The Case for Working with your Hands, Viking, 2010; published in America as Shop Class as Soul Craft. Among the early Zionists there was a strong sense, best expressed by A. D. Gordon, that working on the land was itself a spiritual experience. Gordon was influenced here not only by Tanakh but also by the writings of Leo Tolstoy.

[2] Dan Ariely, The Upside of Irrationality, Harper, 2011, 83-106. His TED lecture on this subject can be seen at: https://www.ted.com/talks/dan_ariely_what_makes_us_feel_good_about_our_work

[3] Megilla 31a.

[4] Shabbat 10a, 119b.

[5] Abraham Joshua Heschel, The Sabbath: Its Meaning for Modern Man, Farrer, Straus and Giroux, 2005.

[6] He was not, of course, obeying all the Shabbat laws: both Jews and Christians agree that these are imperatives for Jews alone.

[7] As opposed to the festivals, whose date is dependent on the calendar, that was determined by the Sanhedrin. This difference is reflected in the liturgy.

[8] Halakhically, this is the concept of Shevut, that Ramban saw as essentially biblical in origin.

As taken from, http://rabbisacks.org/value-make-terumah-5778/

Finding One’s Neshomeh

Image result for nathan lopes cardozo

Franz Rosenzweig and the Berliner Shtiebel

It is time that Israeli leaders, academicians and the Israeli public find their way back to the synagogue and rediscover their neshamot.[1] But this is easier said than done. Many have entered and left without sensing any spiritual significance. In fact, many have entered and been discouraged and dismayed.

To attend synagogue is an art. People must come with a sincere urge to discover their Jewishness, to reconnect with their inner being and with the Jewish people. To enter the synagogue is to hope for a metamorphosis in one’s soul and a transformation of one’s personality.

When the well-known Jewish Philosopher Franz Rosenzweig (1886-1929) decided to leave Judaism and be baptized, he enacted this resolution by first attending the High Holiday services in a shtiebel (a small Orthodox synagogue) in Berlin. This was a final farewell to his former religion with which he never had a relationship. Arguing his case, he wrote: “We [Jews] are Christians in everything. We live in a Christian state, attend Christian schools, read Christian books; in short, our whole culture rests entirely on Christian foundations. Therefore, if a man has nothing to hold him back, he needs only a slight push…to make him accept Christianity.”[2]

To his utter surprise, profoundly touched by the services, he underwent a deep religious metamorphosis and left the small synagogue with such a love for Judaism that he not only called off his decision to become a Christian, but decided to try and become a religious Jew. Consequently, he made a very intensive study of Judaism, wrote some remarkable works about his newfound religion, and turned into one of the most important thinkers of Judaism in modern times.[3]

What happened to Rosenzweig during those few hours in that small synagogue? What turned his whole life around and eventually transformed him into a deeply religious Jew? How is such a metamorphosis possible, especially in a man of such great intellectual perception? Rosenzweig, after all, had spent years contemplating the possibility of converting to Christianity. He had discussed this with many of his friends who had encouraged him to do so. Still, within a few hours he decided to disregard his earlier decision and become a committed Jew!

The answer to these questions may be found in a highly significant midrash that tells of a Jewish apostate, by the name of Joseph Meshita, who helped the Romans destroy the Temple.

“When the enemies [the Romans] desired to enter the Temple Mount, they said, ‘Let one of them (the Jews) enter first.’ They said to Joseph Meshita, ‘Enter and whatever you bring out is yours.’ So he went in and brought out a golden lamp. They said to him, ‘It is not fitting for a common person to use this, so go in again, and whatever you bring out is yours.’ This time, he refused. They offered him three years’ taxes, yet he still refused and said, ‘Is it not enough that I have angered my God once that I should anger Him again?’ What did they do to him? They put him into a carpenter’s clamp and sawed him and dismembered him. He cried, ‘Woe to me that I angered my Creator!’”[4]

Rabbi Yosef Kahaneman, the famous Ponevicher Rav, once commented that this midrash conveys the mighty impact that the Temple had on human beings. The moment Joseph Meshita entered the Temple he underwent a spiritual metamorphosis. He suddenly realized that he was a Jew and that he had been deeply touched by the unique and holy atmosphere in the Temple and by the symbols he found there. He still managed to take out a golden lamp, but once outside he realized that he could no longer enter the Temple a second time. His newfound neshama did not allow him to do so. Even when the Romans offered him great amounts of money and then threatened to torture him to death, he could not defile the House of God again.

In his weekly parsha commentary, Rabbi Yissocher Frand suggests that this midrash explains Franz Rosenzweig’s sudden transformation when he entered the small synagogue in Berlin.[5] Once he saw Jews in prayer, tallitot over their heads and in deep concentration, his neshama awoke, and his Jewishness was restored.

This, however, needs further explanation. In what way do a synagogue and prayers suddenly awaken a Jewish soul that was totally removed from anything Jewish? What was in the Temple that made Joseph Meshita feel the overwhelming spiritual power to the extent that he could not go in a second time? As suggested above, it relates, first of all, to the attitude one has even before entering the Temple, or a synagogue. After all, many went in and were disappointed, and even discouraged. Others defiled the sanctuary and showed no remorse. As is well known, Titus entered the Temple and had intercourse with a harlot in the Holy of Holies.[6] But even if one enters with the right approach, what turns this experience into a religious metamorphosis?

Here, we encounter the world of Jewish symbolism. According to kabbalistic thought, the physical symbols in the Temple, such as the altar and the menorah, are tangible reflections of the Ein Sof (the Infinite Divine matter), which descends into this world. These symbols are not fully comprehensible, since their essence belongs to the metaphysical world. Like some rituals, they touch on an aspect of human existence that cannot be reached in any other way. They are, however, identified by the subconscious, which has its root in the Divine, since man was formed in the Divine image. Consequently, they evoke in people an overwhelming recognition of the higher world, which gives them the unique feeling that they are looking into their own soul. This is the apperception of the neshama. The Temple was the representation of heaven on earth, and its symbols caused the soul to hear a perpetual murmur coming from waves far beyond the reach of any human. Such a divine manifestation would ultimately lead to the metamorphosis that Joseph Meshita experienced when he entered the Temple.

Similarly, Franz Rosenzweig discovered his own neshama while attending the service at the shtiebel in Berlin. Once he saw the symbolic objects, richly adorning the interior of the synagogue (representing the Temple), and simultaneously heard and read the prayers of the High Holidays, he entered the heavenly realm that had been continuously hovering within his soul. It revolutionized his inner being and brought heaven to earth. This happened not only from observing what took place in that small synagogue, but also from a desire to penetrate and become part of a highly significant religious experience.

This is what we suggest all Jews and Israelis try to accomplish: to enter a small synagogue filled with dedicated and passionate worshippers, and then to release all external and artificial components from their souls; to penetrate the surroundings in which they find themselves, and then to let go. This is far from easy, and indeed requires great courage, but the sudden feeling of belonging, which will result from an encounter with what we call the world of the neshama, will be unexpectedly blissful.

Much, however, depends on which synagogue the newcomer enters. Some synagogues are so devoid of any spiritual atmosphere that they repel the visitor who is seeking a religious experience. Many regular synagogue-goers do not realize the harm they do when they go through the motions of prayer without connecting with what they actually say. They show no enthusiasm or fire in their souls; in fact, they often look bored, as if waiting for the service to be over. While it is no doubt praiseworthy—and should not be underestimated—that they come, many of them daily, to the synagogue and participate in the services, for newcomers such behavior can be a letdown and often causes them to turn their backs on Judaism.

Attending synagogue must be a homecoming; it will spare the Jewish world a great amount of self-imposed harm.

 


Notes

[1] I use the word neshome in the title, instead of neshama, because it conveys the connotation of a certain sensitive feeling developed throughout Jewish history, which the word neshama does not contain.

[2] Quoted by Samuel Hugo Bergman, Faith and Reason: Modern Jewish Thought (NY: Schocken Books, 1961), p. 57.

[3] Rosenzweig’s most important work is The Star of Redemption. For a thorough critique, see: Eliezer Berkovits, Major Themes in Modern Philosophies of Judaism (NY: Ktav Publishing House, 1974) chap. 2.

[4] Yalkut Shimoni Bereishit 115:12. I am indebted to Rabbi Yissocher Frand of Baltimore for making me aware of this midrash.

[5] Parashat Toldot: “100% for the Sake of Heaven” (1995/5756).

[6] Gittin 56b.

As taken from, https://www.cardozoacademy.org/thoughts-to-ponder/finding-ones-neshomeh/?utm_source=Subscribers&utm_campaign=7498381195-Weekly_Thoughts_to_Ponder_campaign_TTP_548&utm_medium=email&utm_term=0_dd05790c6d-7498381195-242341409

¿Por qué a tantos judíos les molesta Purim?

Related image

Todos sabemos que lo que creemos y asumimos como absoluto cambia a medida que vamos viviendo y experimentando la vida. La vida misma nos va tomando por sorpresa haciéndonos cambiar nuestras grandes ideas, nuestras idolatrías sobre cómo las cosas y las personas son o deberían ser. Incluso el tipo de relación que tenemos con nuestros seres más queridos va cambiando de formas impensadas. Lo único constante es el cambio. O como Julio Numhauser Navarro lo inmortalizó mejor que nadie en su canción, “Cambia, todo cambia”

Acá va mi confesión de algo que cambió: Purim era una molestia en mi vida. No me gustaba. Me parecía la fiesta más extraña de nuestra tradición por el simple hecho que yo asociaba lo judío con lo solemne, lo profundo, aquello que siempre me dejaba maravillado por su nobleza y su intelectualidad. Pero Purim me invitaba a enfrentarme con esta ridiculización de mi tradición. Hacer burlas, beber, disfrazarme, ponerme en ridículo enfrente de personas que días después me compartían grandes momentos de crísis que estaban atravesando en la vida mientras yo pensaba “¿se acordará que me vio hace pocos días disfrazado de pirata? ¿cómo puede esta persona tomarme en serio después de eso?” Si bien se que hay un mensaje profundo en la Meguila (escribí sobre eso hace unos años en esta publicación) no lograba asociar lo payaso con lo sublime del judaísmo.

Todo esto como todo en la vida cambió hace unos años. Y ha sido una gran lección. ¿Qué cambió? ¿Cuál es la lección?

La manifestación de lo escondido

Lo fascinante y profundamente humano de Purim es que sale de lo común y esperado. Esto debe ser contemplado no solo durante Purim sino todo el resto del año. En Purim las sinagogas se convierten en un patio de recreo escolar. Vemos niños felices y orgullosos disfrazados de super heroes, princesas y otros personajes. Al hacerlo notamos lo divertido que es ver a los niños crear y soñar con diferentes identidades. Juegan a imaginarse de formas diferentes e incluso quizás se atrevan a incorporar algo de esos personajes que admiran porque ninguno de ellos y ellas se disfraza de algo que no les gusta ni sueñan ser. Es por eso que vemos la niñez y la adolescencia como la etapa en la que uno prueba y construye diferentes identidades.

Sin embargo con el paso del tiempo algo esperado pero trágico ocurre: nuestras identidades dejan de cambiar y se convierten en algo fijo. Creemos que eso es crecer y es lo que supuestamente deberíamos hacer para mostrar que somos ya adultos. A partir de ese momento no solo dejamos de representar algo sino que asumimos que somos ese algo que nombramos. Ese es el motivo por el cual a los adultos nos cuesta más “jugar” y disfrazarnos en Purim. Al mismo tiempo que lo vemos simpático nos resulta “tonto”, inapropiado o poco digno para nuestra edad.

Pero justamente Purim es la fiesta en la que descubrimos quienes somos. La heroína de la historia se llama Ester cuyo nombre significa “escondido”. No solo porque parte de quienes somos realmente permanece escondido ante otras personas sino incluso ante nosotros mismos. Incontables veces vamos a hacer cosas y luego decirnos “¡no puedo creer que yo hice o dije eso!” Obviamente somos nosotros manifestando una parte escondida de nosotros mismos que ni siquiera nosotros conocemos que está ahí. Parte de disfrazarnos es jugar a descubrir una vez más que quienes somos no es solo lo que nosotros mostramos sino lo que elegimos mostrar. Al elegir mostrarnos elegimos crear nuestra propia identidad. Definir por nosotros mismos quiénes somos y quién nos gustaría ser.

No tienes permiso para ocultarte

El hecho que la palabra Ester significa “escondido” tiene otra dimensión más profunda. La Meguila es el único texto en todo el TaNaJ en el cual Dios no es mencionado por su propio nombre ni una sola vez. ¿Significa esto que Dios está ausente de la historia de Purim? Obviamente para nuestra tradición tal idea es inconcebible. El significado más profundo es que a imagen y semejanza, Dios también está escondido en el mundo. Si nosotros nos escondemos probablemente Dios también esté escondido. Por lo tanto el desafío no es preguntarnos dónde está Dios sino cuándo está Dios. En qué momento y no en qué lugar. No es necesario pararse ante la inmensidad del mar o las montañas sino simplemente mirar en los ojos a otro ser humano para descubrir lo escondido.

Parte de nuestra naturaleza de ser judíos es descubrir quiénes somos una y otra vez en la vida. Si Dios no es un ser estático sino un devenir dinámico entonces nosotros creados a su imagen y al igual que absolutamente todo lo que nos rodea en el ecosistema del que formamos parte, vamos cambiando continuamente. Si dejamos de hacerlo a los 20, 30, 50 o 80 nos hemos olvidado que parte de estar creados a imagen de lo divino significa también que lo divino es infinito y por eso nosotros tenemos infinitas posibilidades por delante. Como escribió Neruda, “Muchos Somos

Nadie nos prepara para lo que vinimos a hacer y desplegar. Por eso hay un momento en la Meguila que pasa desapercibido para muchos pero para mí es crucial, especialmente al haber decidido dedicar mi vida al judaísmo. Cuando Ester tiene que ir a hablar con el Rey su tío Mordejai le dice quién sabe si no es para esto que recibiste este honor (Ester 4:14). En otras palabras, incluso cuando jamás imaginaste que esto era parte de tu misión en esta vida, ¡sorpresa! había dimensiones escondidas de tu personalidad y tus posibilidades que ahora tienen que ser realizadas. Ahora debes mostrar y mostrarte quién eres en tu integridad. En forma orgánica y en tu totalidad. Incluyendo aquello escondido que no creías iba a ser necesario.

La llegada es una pregunta, nunca una respuesta

La pregunta que debemos hacernos es ¿por qué en determinado momento no buscamos nuevas identidades? ¿Por qué no buscamos nuevas posibilidades? Creo que es por miedo. Tenemos miedo de salirnos de quiénes fuimos, cambiar los patrones de lo que hicimos hasta ahora, descubrir nuevas facetas de nosotros mismos que estaban ocultas, nuevas posibilidades, nuevos amores, nuevas pasiones y nuevas amistades. Nos cuesta mucho esfuerzo constituirnos y justificarnos en quienes somos y creemos debemos ser para replantear todo y volver a mirarnos con ojos que desconociamos. Pero en gran parte de eso mismo se trata el judaísmo. De una incesante búsqueda por llegar sabiendo que la llegada es siempre una nueva pregunta y nunca una respuesta. Fijar la identidad es idolatrarla en respuesta. El judaísmo es el dogma del no dogma. La curiosidad incesante. La pregunta eterna.

Sabemos que hay en este mundo todo tipo de peligros y problemas. Pero nos equivocamos cuando pensamos que tenemos que mantenernos seguros, tranquilos, callados, fijos y con todas las respuestas. Confundimos tener claridad con sentir que las cosas se mantienen en calma dentro de una rutina predecible que no nos desafíe demasiado sino nos de certezas y nos diga qué tenemos que hacer y sentir.

Pero una y otra vez necesitamos ser desafiados para seguir creciendo y creyendo, descubriendo quiénes somos y quién queremos ser. Lo mejor de todo es que Dios nos dice que si hay algo que no tenemos que tener es miedo. Purim nos recuerda el peligro de quedarnos callados ante el miedo de ser. Y Najman de Brastlav nos recuerda que todo el mundo es un puente muy angosto y lo más importante es no tener miedo.

Read more at http://www.judiosyjudaismo.com/2018/02/por-que-a-tantos-judios-les-molesta-purim/#mQ2w4TGFZ0c11J6i.99

DNA Links Prove Jews Are a ‘Race,’ Says Genetics Expert

Who is a Jew? has been a poignant question for Jews throughout our history. It evokes a complex tapestry of Jewish identity made up of different strains of religious beliefs, cultural practices and blood ties to ancient Palestine and modern Israel. But the question, with its echoes of genetic determinism, also has a dark side

Geneticists have long been aware that certain diseases, from breast cancer to Tay-Sachs, disproportionately affect Jews. Ostrer, who is also director of genetic and genomic testing at Montefiore Medical Center, goes further, maintaining that Jews are a homogeneous group with all the scientific trappings of what we used to call a race.

For most of the 3,000-year history of the Jewish people, the notion of what came to be known as Jewish exceptionalism was hardly controversial. Because of our history of inmarriage and cultural isolation, imposed or self-selected, Jews were considered by gentiles (and usually referred to themselves) as a race. Scholars from Josephus to Disraeli proudly proclaimed their membership in the tribe.

Ostrer explains how this concept took on special meaning in the 20th century, as genetics emerged as a viable scientific enterprise. Jewish distinctiveness might actually be measurable empirically. In Legacy, he first introduces us to Maurice Fishberg, an upwardly mobile Russian-Jewish immigrant to New York at the fin de siècle. Fishberg fervently embraced the anthropological fashion of the era, measuring skull sizes to explain why Jews seemed to be afflicted with more diseases than other groups — what he called the peculiarities of the comparative pathology of the Jews. It turns out that Fishberg and his contemporary phrenologists were wrong: Skull shape provides limited information about human differences. But his studies ushered in a century of research linking Jews to genetics.

Ostrer divides his book into six chapters representing the various aspects of Jewishness: Looking Jewish, Founders, Genealogies, Tribes, Traits and Identity. Each chapter features a prominent scientist or historical figure that dramatically advanced our understanding of Jewishness. The snippets of biography lighten a dense forest of sometimes-obscure science. The narrative, which consists of a lot of potboiler history, is a slog at times. But for the specialist and anyone touched by the enduring debate over Jewish identity, this book is indispensable.

Legacy may cause its readers discomfort. To some Jews, the notion of a genetically related people is an embarrassing remnant of early Zionism that came into vogue at the height of the Western obsession with race, in the late 19th century. Celebrating blood ancestry is divisive, they claim: The authors of The Bell Curve were vilified 15 years ago for suggesting that genes play a major role in IQ differences among racial groups.

Furthermore, sociologists and cultural anthropologists, a disproportionate number of whom are Jewish, ridicule the term race, claiming there are no meaningful differences between ethnic groups. For Jews, the word still carries the especially odious historical association with Nazism and the Nuremberg Laws. They argue that Judaism has morphed from a tribal cult into a worldwide religion enhanced by thousands of years of cultural traditions.

A people, a religion or both?

Is Judaism a people or a religion? Or both? The belief that Jews may be psychologically or physically distinct remains a controversial fixture in the gentile and Jewish consciousness, and Ostrer places himself directly in the line of fire. Yes, he writes, the term race carries nefarious associations of inferiority and ranking of people. Anything that marks Jews as essentially different runs the risk of stirring either anti- or philo-Semitism. But that doesnt mean we can ignore the factual reality of what he calls the biological basis of Jewishness and Jewish genetics. Acknowledging the distinctiveness of Jews is fraught with peril, but we must grapple with the hard evidence of human differences if we seek to understand the new age of genetics.

Although he readily acknowledges the formative role of culture and environment, Ostrer believes that Jewish identity has multiple threads, including DNA. He offers a cogent, scientifically based review of the evidence, which serves as a model of scientific restraint.

On the one hand, the study of Jewish genetics might be viewed as an elitist effort, promoting a certain genetic view of Jewish superiority, he writes. On the other, it might provide fodder for anti-Semitism by providing evidence of a genetic basis for undesirable traits that are present among some Jews. These issues will newly challenge the liberal view that humans are created equal but with genetic liabilities.

Jews, he notes, are one of the most distinctive population groups in the world because of our history of endogamy. Jews — Ashkenazim in particular — are relatively homogeneous despite the fact that they are spread throughout Europe and have since immigrated to the Americas and back to Israel. The Inquisition shattered Sephardi Jewry, leading to far more incidences of intermarriage and to a less distinctive DNA.

In traversing this minefield of the genetics of human differences, Ostrer bolsters his analysis with volumes of genetic data, which are both the books greatest strength and its weakness. Two complementary books on this subject — my own Abrahams Children: Race, Identity, and the DNA of the Chosen People and Jacobs Legacy: A Genetic View of Jewish History by Duke University geneticist David Goldstein, who is well quoted in both Abrahams Children and Legacy — are more narrative driven, weaving history and genetics, and are consequently much more congenial reads.

A people

The concept of the Jewish people remains controversial. The Law of Return, which establishes the right of Jews to come to Israel, is a central tenet of Zionism and a founding legal principle of the State of Israel. The DNA that tightly links Ashkenazi, Sephardi and Mizrahi, three prominent culturally and geographically distinct Jewish groups, could be used to support Zionist territorial claims — except, as Ostrer points out, some of the same markers can be found in Palestinians, our distant genetic cousins, as well. Palestinians, understandably, want their own right of return.

That disagreement over the meaning of DNA also pits Jewish traditionalists against a particular strain of secular Jewish liberals that has joined with Arabs and many non-Jews to argue for an end to Israel as a Jewish nation. Their hero is Shlomo Sand, an Austrian-born Israeli historian who reignited this complex controversy with the 2008 publication of The Invention of the Jewish People.

Sand contends that Zionists who claim an ancestral link to ancient Palestine are manipulating history. But he has taken his thesis from novelist Arthur Koestlers 1976 book, The Thirteenth Tribe, which was part of an attempt by post-World War II Jewish liberals to reconfigure Jews not as a biological group, but as a religious ideology and ethnic identity.

The majority of the Ashkenazi Jewish population, as Koestler, and now Sand, writes, are not the children of Abraham but descendants of pagan Eastern Europeans and Eurasians, concentrated mostly in the ancient Kingdom of Khazaria in what is now Ukraine and Western Russia. The Khazarian nobility converted during the early Middle Ages, when European Jewry was forming.

Although scholars challenged Koestlers and now Sands selective manipulation of the facts — the conversion was almost certainly limited to the tiny ruling class and not to the vast pagan population — the historical record has been just fragmentary enough to titillate determined critics of Israel, who turned both Koestlers and Sands books into roaring best-sellers.

Fortunately, re-creating history now depends not only on pottery shards, flaking manuscripts and faded coins, but on something far less ambiguous: DNA. Ostrers book is an impressive counterpoint to the dubious historical methodology of Sand and his admirers. And, as a co-founder of the Jewish HapMap — the study of haplotypes, or blocks of genetic markers, that are common to Jews around the world — he is well positioned to write the definitive response.

In accord with most geneticists, Ostrer firmly rejects the fashionable postmodernist dismissal of the concept of race as genetically naive, opting for a more nuanced perspective.

Mapping the human gene

When the human genome was first mapped a decade ago, Francis Collins, then head of the National Genome Human Research Institute, said: Americans, regardless of ethnic group, are 99.9% genetically identical. Added J. Craig Venter, who at the time was chief scientist at the private firm that helped sequenced the genome, Celera Genomics, Race has no genetic or scientific basis. Those declarations appeared to suggest that race, or the notion of distinct but overlapping genetic groups, is meaningless.

But Collins and Venter have issued clarifications of their much-misrepresented comments. Almost every minority group has faced, at one time or another, being branded as racially inferior based on a superficial understanding of how genes peculiar to its population work. The inclination by politicians, educators and even some scientists to underplay our separateness is certainly understandable. But its also misleading. DNA ensures that we differ not only as individuals, but also as groups.

However slight the differences (and geneticists now believe that they are significantly greater than 0.1%), they are defining. That 0.1% contains some 3 million nucleotide pairs in the human genome, and these determine such things as skin or hair color and susceptibility to certain diseases. They contain the map of our family trees back to the first modern humans.

Both the human genome project and disease research rest on the premise of finding distinguishable differences between individuals and often among populations. Scientists have ditched the term race, with all its normative baggage, and adopted more neutral terms, such as population and clime, which have much of the same meaning. Boiled down to its essence, race equates to region of ancestral origin.

Jewish diseases

Ostrer has devoted his career to investigating these extended family trees, which help explain the genetic basis of common and rare disorders. Today, Jews remain identifiable in large measure by the 40 or so diseases we disproportionately carry, the inescapable consequence of inbreeding. He traces the fascinating history of numerous Jewish diseases, such as Tay-Sachs, Gaucher, Niemann-Pick, Mucolipidosis IV, as well as breast and ovarian cancer. Indeed, 10 years ago I was diagnosed as carrying one of the three genetic mutations for breast and ovarian cancer that mark my family and me as indelibly Jewish, prompting me to write Abrahams Children.

Like East Asians, the Amish, Icelanders, Aboriginals, the Basque people, African tribes and other groups, Jews have remained isolated for centuries because of geography, religion or cultural practices. Its stamped on our DNA. As Ostrer explains in fascinating detail, threads of Jewish ancestry link the sizable Jewish communities of North America and Europe to Yemenite and other Middle Eastern Jews who have relocated to Israel, as well as to the black Lemba of southern Africa and to Indias Cochin Jews. But, in a twist, the links include neither the Bene Israel of India nor Ethiopian Jews. Genetic tests show that both groups are converts, contradicting their founding myths.

Why, then, are Jews so different looking, usually sharing the characteristics of the surrounding populations? Think of red-haired Jews, Jews with blue eyes or the black Jews of Africa. Like any cluster — a genetic term Ostrer uses in place of the more inflammatory race — Jews throughout history moved around and fooled around, although mixing occurred comparatively infrequently until recent decades. Although there are identifiable gene variations that are common among Jews, we are not a pure race. The time machine of our genes may show that most Jews have a shared ancestry that traces back to ancient Palestine but, like all of humanity, Jews are mutts.

About 80% of Jewish males and 50% of Jewish females trace their ancestry back to the Middle East. The rest entered the Jewish gene pool through conversion or intermarriage. Those who did intermarry often left the faith in a generation or two, in effect pruning the Jewish genetic tree. But many converts became interwoven into the Jewish genealogical line. Reflect on the iconic convert, the biblical Ruth, who married Boaz and became the great-grandmother of King David. She began as an outsider, but you dont get much more Jewish than the bloodline of King David!

Jewish intelligence

To his credit, Ostrer also addresses the third rail of discussions about Jewishness and race: the issue of intelligence. Jews were latecomers to the age of freethinking. While the Enlightenment swept through Christian Europe in the 17th century, the Haskalah did not gather strength until the early 19th century. By the beginning of the new millennium, however, Jews were thought of as among the smartest people on earth. The trend is most prominent in America, which has the largest concentration of Jews outside Israel and a history of tolerance.

Although Jews make up less than 3% of the population, they have won more than 25% of the Nobel Prizes awarded to American scientists since 1950. Jews also account for 20% of this countrys chief executives and make up 22% of Ivy League students. Psychologists and educational researchers have pegged their average IQ at 107.5 to 115, with their verbal IQ at more than 120, a stunning standard deviation above the average of 100 found in those of European ancestry. Like it or not, the IQ debate will become an increasingly important issue going forward, as medical geneticists focus on unlocking the mysteries of the brain.

Many liberal Jews maintain, at least in public, that the plethora of Jewish lawyers, doctors and comedians is the product of our cultural heritage, but the science tells a more complex story. Jewish success is a product of Jewish genes as much as of Jewish moms.

Is it good for the Jews to be exploring such controversial subjects? We cant avoid engaging the most challenging questions in the age of genetics. Because of our history of endogamy, Jews are a goldmine for geneticists studying human differences in the quest to cure disease. Because of our cultural commitment to education, Jews are among the top genetic researchers in the world.

As humankind becomes more genetically sophisticated, identity becomes both more fluid and more fixed. Jews in particular can find threads of our ancestry literally anywhere, muddying traditional categories of nationhood, ethnicity, religious belief and race. But such discussions, ultimately, are subsumed by the reality of the common shared ancestry of humankind. Ostrers Legacy points out that — regardless of the pros and cons of being Jewish — we are all, genetically, in it together. And, in doing so, he gets it just right.

Jon Entine is the founder and director of the Genetic Literacy Project at George Mason University, where he is senior research fellow at the Center for Health and Risk Communication.

As taken from, https://www.haaretz.com/whdcMobileSite/jewish/dna-links-prove-jews-are-a-race-says-genetics-expert-1.5220113?utm_campaign=newsletter-jewish-world&utm_medium=email&utm_source=smartfocus&utm_content=%2Fjewish%2Fdna-links-prove-jews-are-a-race-says-genetics-expert-1.5220113

Historia de los Judíos en Puerto Rico

Quizá muchos de ustedes escuchan el nombre Puerto Rico, y directamente, les viene a la mente la situación económica por la que atraviesa ese territorio estadounidense o la mundialmente conocida canción“Despacito”. Sin embargo, Puerto Rico tiene una historia de la que nunca se ha narrado, escrito o hablado tanto. O quizás una historia de la que en aquella isla ni siquiera se tiene idea de que “existe”. Y esta historia es la presencia de los judíos en dicho lugar. Puerto Rico, una isla situada en el caribe, no solo es hoy el hogar de la mayor comunidad judía en todo el caribe-se estima que hay entre 1,500 y 2,000 judíos en la isla-sino que ha sido el refugio de muchos judíos a través de la historia. Así como en el pasado Curazao lo fue a partir de 1651 con la primera llegada de judíos sefarditas-descendientes de judíos españoles expulsados de España y Portugal- provenientes de Holanda, Puerto Rico lo es hoy. Sin embargo, la presencia judía en Puerto Rico puede ser rastreada hasta el siglo XV. Muchas de las personas que vinieron con Cristóbal Colón a América eran judíos conversos que debido a la represión por la que se exponían estaban sufriendo en el Reino de Castilla y Aragón en el 1492, decidieron zarpar a América para no ser perseguidos por la inquisición.

De hecho, se dice que el propio Cristóbal Colón pudo haber sido un judío catalán debido a que sus principales financiadores eran judíos-Louis de Santángel y Gabriel Sánchez- y el propio Colón quiso aplazar la salida a la “India” período que coincidía con el Día de Tisha B’av. También, existen textos-no sus cartas con la reina Isabel La Católica-en las que utiliza simbología judía como las que habían en las tumbas judías de la época, en las que escribe un español medieval muy parecido al ladino, e incluso al morir dejó su fortuna a un judío en Lisboa y a niñas huérfanas. De hecho, cuando Cristóbal Colón fallece, sus hijos realizaron la oración del kadish. Sin embargo, el proceso de evangelización realizado por la Corona de Castilla y Aragón les perseguiría para siempre. Varios de estos judíos conversos que llegaron a América se establecieron en Puerto Rico en municipios como Jayuya y Utuado. Estas zonas montañosas les daba la libertad de poder practicar su religión en áreas remotas-una práctica que realizaron los índios taínos, nativos de la isla, a partir del siglo XVI- y lejos de la capital.

Un ejemplo de estos judíos conversos que estuvo en Puerto Rico y quien fuera el principal traductor de uno de los conquistadores de Puerto Rico-Cristóbal de Sotomayor-lo era Juán González**. Este judío converso, al igual que muchos de los judíos tanto en Castilla y Aragón, tenía la habilidad de hablar varias lenguas orientales por lo que fue reclutado para venir con esta finalidad a Puerto Rico. El señor González pasará a la historia como aquel “espía” que se infiltró en un batey-rito ceremonial taíno-para comunicarle al Sr. Sotomayor sobre las conspiraciones de los taínos de asesinarle. El Sr. Sotomayor no creyó en esta historia, y al ser emboscado, fue asesinado por varios taínos liderados por Agüeybaná II. Más adelante en la historia, otros judíos llegarían a Puerto Rico. Este es el caso de Judah Cohen de Curaçao quién fue descubierto realizando contrabando y fue asesinado por los españoles en la isla en 1723.

Del mismo modo, varios judíos provenientes de los Estados Unidos se establecieron en  Puerto Rico en el siglo XIX. Este es el caso de Mathias Brugman. Mathias era hijo de Pierre Brugman, un judío quien provenía de la isla de Curazao. Aunque Mathias nació en 1811 y se crió en Luisiana, New Orleans, su familia se mudó a la ciudad de Mayaguez, Puerto Rico en los 1820’s. Mathias Brugman se destacó por un gran comerciante, poseyendo un colmado de venta de productos y por ser un perseverante inversor en el mercado cafetalero. Pero también, los Brugman eran fervientes creyentes de la independencia para Puerto Rico. Por lo que el 23 de Septiembre de 1868, Pierre y Mathias Brugman participaron en la revuelta contra las autoridades españolas conocido como el “Grito de Lares“. Al finalizar la insurrección Mathias y Pierre se negaron a entregarse a las autoridades españolas por lo que fueron ejecutados.

También cabe destacar a Isaac de Lirna. Isaac fue un doctor judío el cual realizó su práctica profesional en la porción occidental de la ciudad de Mayagüez en 1840. Posteriormente, y tras finalizar la Guerra Hispanoamericana, algunos de los 5,000 judíos que participaron en dicho conflicto decidieron quedarse en Puerto Rico. Este es el caso del Coronel Noah Shepard quien se casó con una mujer Puertorriqueña y se convirtió en el líder de la comunidad judía en Ponce. Otro judío de relevancia lo fue el Rabino Adolph Spiegel quien sirvió en el ejército estadounidense y lideró los servicios religiosos judíos en Ponce desde 1899 hasta el 1905. Ya en el siglo XX, la presencia judía no sólo se expande sino que se hace más heterogénea. Durante la Segunda Guerra Mundial habían en Puerto Rico 400 soldados judíos viviendo a través de varias bases militares en la isla. De hecho, es en este siglo cuando el rabino Ramón Mateo Tossas Escalera se convierte en Alcalde del Municipio de Juana Díaz. Por otro lado, el presidente Franklin D. Roosevelt en 1942 designó al juez estadounidense Aaron Cecil Snyder como Juez Asociado del Tribunal Supremo de Puerto Rico.

Por lo que Snyder se convertiría así en el primer judío en ser nombrado en este tribunal. Posteriormente, en 1953, el gobernador Luis Muñoz Marín lo ascendería a Juez Presidente del Tribunal Supremo de Puerto Rico. El ascenso de Fidel Castro y compañía durante los años 60’s traería a Puerto Rico varios de los judíos asquenazíes que habían escapado del holocausto. De hecho, se estima que menos de 100 judíos lograron llegar a Puerto Rico durante los años 1930’s escapando del nazismo. Con la llegada de la Junta Militar en la Argentina en los años 1970’s, muchos judíos argentinos también se asentarían en un lugar estadounidense de habla hispana como lo es Puerto Rico. Al día de hoy la presencia judía en la isla es vibrante, desde el ortodoxismo hasta el judaísmo conservador tienen presencia en la isla, e incluso Puerto Rico es el anfitrión de un consulado honorario de Israel. Através de todo este recorrido no solo hemos podido entender por qué hay judíos en Puerto Rico, sino que pudimos trazar en un amplio espectro su legado y su historia.

José Eriel Gómez es un estudiante en neurociencias y estudios de Israel en la American University en Washington, DC. Entre sus logros destaca el haber realizado internados profesionales en la Cámara de Representantes de Puerto Rico y el Comité Nacional de los “College Republicans” en Washington, DC. Además de su interés por el cabildeo legislativo en Washington, destaca su interés en la política estadounidense y la diplomacia, en especial los asuntos de Medio Oriente y América Latina. Además de colaborar con este diario, José colabora para El Nuevo Día (Puerto Rico) y el Times of Israel (Israel).
NOTA POR PARTE DE ISMAEL GONZALEZ-SILVA
** Juan González es parte de mi genealogía por línea  materna.