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¿Cómo Gaza se convirtió en el irresolvible problema de Israel?

por Michael Oren

El cuarto conflicto de los últimos doce años entre Israel y Gaza se parece notablemente al primero. ¿Qué sucedió?

En enero de 2009, en el augusto Gaston Hall de la Universidad de Georgetown, subí al escenario para hablar sobre Gaza. Prácticamente los 700 asientos estaban ocupados, muchos de ellos por estudiantes que se oponían a las políticas israelíes, especialmente las relacionadas a la Franja de Gaza. Como Profesor invitado en el Centro de Civilización Judía de Georgetown, había regresado recientemente a Washington después de unas vacaciones de invierno en Israel con mi familia. En cambio, pasé tres semanas sirviendo como oficial de reserva en “Plomo Fundido”, la operación de Israel contra Hamas.

Regresé y encontré el campus alborotado, la entrada al edificio estaba bloqueada por manifestantes postrados con carteles de “Dead Gazan”. Mi conferencia tenía la intención de ser una respuesta a ese clamor, para colocar la cuestión de Gaza en su contexto histórico, militar y diplomático total. El objetivo era exponer a los estudiantes a una perspectiva que nunca podrían recibir por parte de los medios de comunicación o de la mayoría de sus profesores. Por una vez, verían la Franja desde el punto de vista israelí.

Ver el video de esa charla el mes pasado fue una experiencia inquietante, y no solo por el grado en que he envejecido. Mucho más inquietante fue ver lo poco que ha cambiado en los últimos doce años. Aunque la capacidad de Israel para defenderse ha aumentado enormemente con el sistema antimisiles Iron Dome, su derecho a hacerlo se ha cuestionado cada vez más. En ningún lugar de Estados Unidos se ha negado más enérgicamente el caso de Israel o incluso la libertad de hacerlo que en los campus universitarios. Lo más desalentador de todo fue la constatación de que la ignorancia estadounidense sobre Gaza y el régimen terrorista que la gobierna solo se ha profundizado a lo largo de los años, en muchos casos deliberadamente.

Mi propósito ahora es corregir esta ignorancia. Basándome en 40 años de experiencia académica, militar y diplomática con Gaza, tengo la intención de rastrear la compleja y torturada relación de Israel con la Franja, tanto en las primeras décadas del estado, como especialmente en los últimos quince años. Y, así como en Georgetown en 2009, exploraré cómo esa relación podría cambiar en el futuro.

I. Prehistoria

Gaza tiene una historia rica y variada. Situada en la costa mediterránea en el nexo entre continentes, fue tradicionalmente un interfaz entre imperios en competencia, un escenario para la guerra y un mercado para el intercambio cultural y económico. Los arqueólogos han descubierto momias egipcias en Gaza junto con templos romanos y pisos de sinagogas bizantinas. Como soldado que patrullaba Gaza hace muchos años, noté que la parte superior de una antigua columna griega sobresalía de entre un montón de basura. La reliquia más tarde sirvió de ayuda para la enseñanza en mis clases de historia.

El apogeo de Gaza llegó en la Edad Media bajo el dominio árabe, cuando prosperó como empresa comercial en las ventas de especias y textiles. Pero a partir de entonces la fortuna de la zona decayó tanto que, cuando las fuerzas de Napoleón entraron en Gaza después de la invasión francesa de Egipto en 1798, encontraron la Franja inquietantemente sub poblada y plagada de pestilencia y pobreza. (Una parte de la población nativa de Gaza está compuesta por descendientes de egipcios del área del Delta que huyeron de las leyes de reclutamiento establecidas a principios del siglo XIX por Muhammad Ali, el gobernador del Egipto otomano). Después de eso, Gaza fue el escenario de algunos de los combates más duros entre las fuerzas turcas y británicas durante la Primera Guerra Mundial. Los victoriosos británicos trabajaron para que Gaza se incorporara a su mandato en Palestina, no porque veían a Gaza como parte del hogar nacional judío, sino porque Gaza protegía los accesos al norte del Canal de Suez. Sin embargo, los ingenieros británicos vetaron un plan para construir una base militar importante allí, argumentando que el territorio carecía de agua suficiente. Históricamente, los judíos han tenido una relación ambivalente con Gaza. Era el hogar de los filisteos, un lugar donde a un héroe hebreo le arrancaron los ojos y se celebraran las derrotas judías.

Los sionistas, por su parte, no estaban seguros de querer a Gaza en su futuro estado. Las fuentes rabínicas estaban divididas sobre si Gaza se encontraba dentro de las fronteras de la Tierra de Israel. El sionismo internalizó ese cisma. Antes de la creación del estado, solo se estableció un asentamiento judío importante en la franja de Gaza, Kfar Darom, el cual luego fue abandonado en la Guerra de Independencia de Israel. Los líderes sionistas no se opusieron cuando la ONU en 1947 colocó a Gaza dentro de los límites del propuesto estado árabe independiente.

Pero la falta de interés de Israel en Gaza terminó en 1948 con la huida de los refugiados palestinos. En unas semanas, la población de Gaza aumentó de menos de 80,000 a más de 200,000. Ocupada por Egipto, Gaza mantenía a Israel en el lado izquierdo de un tornillo de banco hostil, con Cisjordania, la que pronto sería anexada por Jordania, a la derecha. Consciente de esta amenaza estratégica, el primer ministro David Ben-Gurión en 1951 propuso en secreto comprar Gaza a Egipto y reasentar a los refugiados en el Sinaí. Los egipcios ignoraron su oferta.

Los problemas de Israel con Gaza se multiplicaron a principios de la década de 1950 con la aparición de los fedayines. Estos “abnegados” palestinos, guerrilleros entrenados y armados por Egipto, atacaron profundamente dentro de Israel, matando a civiles y saqueando casas. En respuesta, las FDI organizaron numerosas redadas de represalia, algunas de ellas dirigidas por un polémico joven oficial llamado Ariel Sharon. Este ciclo acelerado de terror y represalias contribuyó al estallido de la segunda guerra árabe-israelí en octubre de 1956.

Este conflicto terminó con las tropas israelíes ocupando Gaza durante cinco meses, después de lo cual fueron reemplazadas por la primera fuerza de paz de la ONU. Su precipitado desalojo por parte del presidente egipcio Gamal Abdul Nasser en mayo de 1967 desencadenó una cadena de acontecimientos que desembocarían en la Guerra de los Seis Días. De hecho, ese conflicto transformador se originó en gran medida en Gaza. El ministro de Defensa, Moshe Dayan, al principio ordenó explícitamente a las FDI que no ingresaran, pero después del fuego proveniente de las fuerzas palestinas irregulares y egipcias, las tropas israelíes no pudieron evitar hacerlo. Así comenzó una ocupación que duraría 38 años.

Poco después de la guerra, a fines de la década de 1960, Gaza se convirtió en una base de poder para la Organización de Liberación de Palestina (OLP). Originalmente creado por Nasser, el grupo terrorista había caído bajo el dominio de la facción Fatah y su presidente, Yaser Arafat. Las fuerzas israelíes dirigidas por Sharon llevaron a la OLP a la clandestinidad en Gaza a principios de la década de 1970, abriendo el camino para el establecimiento de los primeros asentamientos en la Franja.

Pero la antigua ambivalencia israelí hacia Gaza prevaleció. En contraste con Cisjordania, el corazón bíblico de Judea y Samaria, en el que finalmente se establecieron 130 asentamientos y 400,000 israelíes hicieron sus hogares, Gaza albergaba apenas 21 asentamientos y solo 8,000 residentes. De hecho, en las conversaciones de paz entre Israel y Egipto a fines de la década de 1970, el primer ministro Menachem Begin, aunque defensor de los asentamientos, se ofreció a devolver Gaza a Egipto. Anwar Sadat, presidente de Egipto, lo rechazó.

Mientras tanto, la población palestina en Gaza creció, alcanzando casi dos millones en la actualidad. Una tasa de crecimiento similar en los Estados Unidos, en un período de tiempo comparable, habría catapultado a la población a mil millones. La explosión demográfica de Gaza fue facilitada significativamente por el Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas, OOPS. El cual sigue siendo el único organismo de la ONU creado para abordar un problema específico de refugiados y que otorga el estatus de refugiado a los descendientes de los refugiados de hace 70 años. La UNRWA reconoce a los refugiados palestinos que técnicamente viven en lo que ellos mismos llaman Palestina – Gaza y Cisjordania – y sostiene los campos de refugiados que mantienen vivo el problema palestino.

Como oficial de las FDI a principios de la década de 1980, participé en un esfuerzo para animar a los residentes de estos campamentos a que se mudaran a proyectos de vivienda de nueva creación. Los pocos refugiados que expresaron interés en reubicarse fueron rápidamente amenazados por la OLP y rescindieron. Los proyectos quedaron vacantes.

Aunque decenas de miles de habitantes de Gaza cruzaban a Israel para trabajar todos los días y la economía local crecía, una combinación de incitación por parte de la OLP y el hacinamiento creó un polvorín. Se incendió en diciembre de 1987, en la forma de la primera —como la llamamos más tarde— intifada. Miles de jóvenes palestinos tomaron las calles, arrojando piedras y cócteles molotov a las tropas israelíes en un levantamiento que también se extendió rápidamente a Cisjordania. Serví como reservista con los paracaidistas en Gaza durante esos años. Esquivé una gran cantidad de rocas e incluso algunas bombas incendiarias. Al patrullar esas fétidas calles, nunca me quedó claro qué negocio tenía Israel en Gaza más allá del negarles a los palestinos la victoria de poder echarnos. Los campos de refugiados eran laberintos en los que cada callejón estaba controlado por un grupo terrorista diferente, con sus nombres garabateados en las paredes. Uno de los garabatos me resultaba desconocido. Decía “Hamas”.

Hamas, cuyo nombre es un acrónimo árabe de “movimiento de resistencia islámico“, estaba encabezado por un jeque ciego en silla de ruedas, Ahmed Yassin, y un pediatra, Abdel Aziz al-Rantisi. Al igual que su organización matriz, la Hermandad Musulmana Egipcia, Hamas en ese entonces gastó la mayor parte de su presupuesto en servicios sociales, pero también tenía un estatuto que culpaba a los judíos por el estallido de ambas guerras mundiales y pedía la destrucción de Israel. Israel estaba entonces apoyando silenciosamente a Hamas como contrapeso a la OLP secular. (Desde el momento en que Estados Unidos apoyó a los talibanes en su lucha contra la Unión Soviética, ninguna otra política ha sido tan miope). Sin embargo, el apoyo de Israel a Hamas no duró mucho. A principios de la década de 1990, Hamas estaba organizando ataques contra los israelíes, a los que el primer ministro Yitzḥak Rabin respondió, sin éxito, tratando de desterrar a 400 activistas de Hamas al Líbano.

El aumento en poder de Hamas acercó a Israel y al antiguo liderazgo de la OLP. La primera intifada convenció a un gran segmento de la población israelí de que la ocupación ya no era viable, mientras que la revuelta de los jóvenes palestinos que no estaban bajo su mando asustó a Arafat y le hizo pensar que podría perder por completo el control de los territorios. El resultado se produjo en septiembre de 1993 sobre el césped de la Casa Blanca, donde Rabin y Arafat se unieron al presidente Bill Clinton para firmar los Acuerdos de Oslo.

Bajo el llamado enfoque de “Gaza primero”, la Franja iba a servir como una prueba de fuego para el proyecto más amplio de Oslo, y fue a Gaza donde Arafat hizo su regreso triunfal a los territorios en junio. Yo estaba en una posición casi oficial en ese entonces y vi como Arafat pasaba de contrabando terroristas, literalmente buscados debajo del asiento de su automóvil. En respuesta, Rabin consideró congelar el proceso de paz, pero finalmente se detuvo. De esta manera Arafat se enteró que podía violar los acuerdos sin pagar un precio, lo que a partir de ese momento haría con impunidad. Posteriormente se sintió libre de jugar un doble juego en Gaza, reprimiendo a Hamas cuando lo necesitaba mientras se hacía de la vista gorda a sus ataques terroristas contra israelíes.

No hace falta decir que el enfoque de “Gaza primero” fracasó. En el transcurso de la próxima década, Hamas organizaría un total de 70 atentados suicidas contra Israel, matando a 483 israelíes, incluyendo no solo a mi cuñada (una maestra de Connecticut que estudiaba en la Universidad Hebrea) sino también a varios compañeros de clase de mis hijos, así como a siete clientes en el Café Hillel ubicado directamente debajo de mi oficina en Jerusalén. Los israelíes se sintieron impotentes ante este flagelo. “Abba, he estado en más funerales de mis amigos que en bar mitzvah”, se quejó mi hijo mayor, Yoav. Luego, [Yoav] actuando como soldado de las fuerzas especiales, un terrorista de Hamas disparó utilizando a sus propios hijos como escudo, heriéndolo. Aun Benjamin Netanyahu, elegido en 1996 en parte gracias a su enfoque de línea dura contra Hamas, se vio obligado bajo la presión estadounidense a cambiar a Yassin (a quien Israel había sido logrado arrestar en 1989), por dos agentes del Mossad después de un fallido intento de asesinato contra el líder de Hamas, Khaled Mashal.

Mientras tanto, otras milicias palestinas comenzaron a competir con Hamas en los bombardeos. El terror culminó en la segunda intifada que comenzó en septiembre de 2000. Una vez más, siendo llamado al servicio de reserva, vi cómo el ejército estaba completamente desprevenido. Las unidades fueron enviadas frenéticamente, la mía a Naplusa, sin ninguna estrategia clara para contraatacar o incluso carentes del armamento adecuado. Entre las sorpresas que nos lanzó Hamas ese año estaba el cohete Qassam, hecho generalmente con tuberías de irrigación traídas de contrabando desde Israel y un propelente mezclado con productos químicos domésticos. Los proyectiles tenían un alcance máximo de solo quince kilómetros y eran notoriamente imprecisos, pero cuando impactaban eran mortales. Veintiocho israelíes murieron y mil resultaron heridos. La parte sur del país quedó paralizada.

Sin embargo, Israel siguió tratando de mantener una distinción ficticia entre las alas política y militar de Hamas, permitiendo que la primera funcione mientras busca la destrucción de la segunda. Después de cada atentado suicida en Tel Aviv y Jerusalén, la prensa israelí se apresuraba a entrevistar a Yassin y Rantisi y les preguntaba si lo aprobaban, lo que por supuesto hicieron. Fue un momento surrealista.

II. 2002-2008

El mes de marzo de 2002 fue el más sangriento de todos los meses entre todas las intifadas, hubo 130 israelíes muertos. Un nuevo gobierno de Ariel Sharon lanzó una operación importante, Escudo Defensivo, para retomar las ciudades palestinas y aplastar las células terroristas. Para 2004, Rantisi y Yassin estaban muertos y la intifada, una de las amenazas más espantosas en la historia de Israel fue derrotada. Una combinación de robustas medidas militares (puestos de control, barreras defensivas, estrecha cooperación entre las unidades de combate y de inteligencia) puso fin de manera efectiva a los atentados suicidas. Para entonces, Arafat también había muerto, lo que significaba que Sharon, quien defendía los asentamientos al igual que Menachem Begin antes que él, quedaba libre para hacer lo que quisiera en ese punto de Gaza. Lo que eligió hacer sorprendió a muchos israelíes.

Sharon creía que el país estaba cansado de defender los asentamientos de Gaza y la Ruta Filadelfia de catorce kilómetros de largo, que corre a lo largo de la frontera entre Egipto y Gaza, en la que los soldados israelíes eran constantemente atacados. Israel, concluyó Sharon, ya no podía pedir a los padres que sacrificaran a sus hijos por un área que tenía poco valor para ellos. Lo que estaba en juego era el delicado consenso que vinculaba a la sociedad de Israel con su ejército.

Así, en agosto de 2005 me encontré de nuevo en uniforme, era uno de los 55,000 soldados israelíes llamados para sacar a 8,000 de nuestros conciudadanos de Gaza. Fue la mayor operación militar israelí desde la Guerra de Yom Kippur de 1973. Aunque yo, como la gran mayoría de los israelíes, apoyé la retirada, nada podría prepararme para el trauma producto de su implementación. Nada de lo que había experimentado en la guerra fue tan desgarrador como tener que arrastrar de sus sinagogas y hogares a israelíes que rezaban y lloraban.

La retirada de Gaza fue una apuesta tremenda para Sharon y para Israel. Todos sabíamos que las organizaciones terroristas palestinas, Hamás en particular, declararían la victoria. Sin embargo, esperábamos que el pueblo palestino aprovechara esta oportunidad histórica de construir un mini estado independiente. La apuesta fracasó. Tan pronto como el último israelí salió de la Franja, los palestinos desmantelaron la infraestructura agrícola que se les dejó para ayudarles en su economía, en gran parte pagada por filántropos judíos estadounidenses. Durante los siguientes seis meses, grupos terroristas dispararon unos 1,000 cohetes y granadas de mortero contra Israel.

En este punto, Israel enfrentó un dilema que lo acosaría durante los próximos quince años y probablemente lo acosará por muchos más. Disparar a Hamas aumentó el prestigio de Hamas a los ojos del pueblo palestino — demostró que estaban resistiendo a Israel y se sacrificaron por la causa — pero no disparar contra Hamas también mejoró su prestigio al mostrar que Israel estaba asustado. Más inquietante para Israel, es que también atrajo la atención de Teherán. Con el tiempo, Irán se convertiría en el principal patrocinador de Hamas. Rechazar a Hamas mejoró el prestigio de Hamas a los ojos del pueblo palestino, pero no dispararles también aumentó su prestigio.

Israel respondió montando un bloqueo naval y aéreo de Gaza. Las acciones no lograron reducir significativamente el lanzamiento de cohetes, pero fortalecieron la justificación de Hamas contra Israel. Sharon se negó a considerar la reconquista de la Franja y en su lugar contempló una retirada unilateral de partes de Cisjordania también. Él y su nuevo partido, Kadima, estaban preparados para implementar esa misma política en enero de 2006 cuando cayó en un coma del que nunca se recuperaría. Su reemplazo fue el ex alcalde de Jerusalén, Ehud Olmert.

Mientras tanto, se llevaron a cabo elecciones en los territorios palestinos. Según recuerdo, los israelíes vieron con horror el anuncio de campaña de la candidata de Hamas Maryam Farhat, también conocida como Umm Nidal. Invitó a los espectadores a su casa y les mostró una fotografía enmarcada en oro de un joven con un traje militar de Hamas. “Este es mi hijo mayor que se martirizó a sí mismo haciéndose estallar en un autobús judío y mató a ocho judíos”, se regocijó. “Fue el día más feliz de mi vida”. Luego mostró otra foto de un joven terrorista de Hamas. “Este es mi segundo hijo que se inmoló atacando a soldados judíos”, afirmó. “Fue el día más feliz de mi vida”. Finalmente, Umm Nidal presentó a su hijo de diecisiete años, también uniformado y portando una M-16. “Él está a punto de salir a ser mártir ahora, y este es el día más feliz de mi vida”, declaró mientras lo besaba. Luego salió, y al intentar un ataque terrorista, fue asesinado por soldados israelíes. (Las afirmaciones sobre sus dos primeros hijos parecen ser inexactas. El primero no se suicidó haciéndose estallar, sino con pistolas y granadas, y el segundo fue asesinado antes de que pudiera cumplir su misión).

Umm Nidal, ganó. La madre de tres hijos martirizados se unió a docenas de representantes de Hamas elegidos para el parlamento palestino en una victoria aplastante sobre Fatah.

Como era de esperar, Hamás celebró su triunfo con cohetes. Violentó un alto al fuego mediado por Egipto para cavar un túnel de 400 metros de largo de la frontera. El 25 de junio de 2006, terroristas se infiltraron por el túnel y atacaron una posición israelí, mataron a dos soldados y secuestraron a un tercero, el cabo Gilad Shalit, de diecinueve años. Los intentos de las FDI de responder a este ataque mediante la explosión de los numerosos túneles que Hamas había cavado bajo la Ruta de Filadelfia terminó con los soldados israelíes rastreando la arena en busca de las partes de los cuerpos de sus compañeros.

Con la esperanza de evitar una guerra total, varios estados europeos se ofrecieron como voluntarios para supervisar los cruces fronterizos entre Gaza e Israel. Los monitores llegaron pronto, pero huyeron en el momento en que Hamás los amenazó. Miles de toneladas de municiones, rifles, granadas y cohetes pasaron a Gaza desde Egipto. Fue en esta deprimente coyuntura cuando Hezbollah, el representante terrorista de Irán en el Líbano, desencadenó una guerra con Israel.

Al igual que Hamas, Hezbollah también se había envalentonado por la retirada israelí de Gaza y del sur del Líbano cinco años antes. Aunque técnicamente era un aliado de Hamas, Hezbollah también era su competidor. Tras las victorias de Hamas, Hezbollah apenas podía sentarse y dejar que su rival se llevara toda la gloria. El 12 de julio de 2006, sus pistoleros tendieron una emboscada a una patrulla fronteriza israelí, mataron a diez y tomaron dos de los cuerpos para pedir rescate. Israel respondió y comenzó la Segunda Guerra del Líbano.

Aunque las FDI mataron hasta una cuarta parte de todas las fuerzas de Hezbollah y destruyeron una gran parte de su infraestructura, Hezbollah siguió lanzando cohetes contra ciudades israelíes. También reclamó una gran victoria. Vilipendiado por los medios de comunicación por actuar de manera desproporcionada y cada vez más presionado por la comunidad internacional, Israel se vio obligado a aceptar un alto el fuego de la ONU. A Hezbollah se le permitió rearmarse.

Muchos israelíes relacionaron la retirada de Gaza con la decepcionante Segunda Guerra del Líbano. Serví en el ejército durante ese conflicto y, en su último día, me encontré a lo largo de la frontera. Allí me encontré con Natan Sharansky, entonces ministro del gobierno. “Natan, Natan, es tan bueno verte”, lo saludé. Pero él simplemente me sonrió y preguntó: “¿Todavía crees que la desconexión fue una buena idea?”

Ciertamente no era una buena idea dejar de responder inmediata y masivamente a los ataques con cohetes de Hamas, para señalar en cambio que Israel soportaría pasivamente la violencia perpetrada contra él y proyectar una imagen de debilidad. Mis sentimientos como soldado se fusionaron con mi perspectiva como historiador y mis instintos como ciudadano, es decir, que Israel estaba perdiendo poder disuasorio, dejando en claro nuestro temor a pérdidas militares y civiles, en general, volviéndose predecible. Temía que nuestra incapacidad de infligir un castigo verdaderamente prohibitivo a nuestros enemigos y de resistir la presión internacional sólo conduciría a más rondas de derramamiento de sangre y a una erosión más rápida de la legitimidad de Israel.

De hecho, la renuencia de Israel a enfrentarse a Hamas, y el consiguiente aumento del prestigio de este último pueden haber envalentonado a los terroristas para montar un sangriento golpe contra Fatah en Gaza. En junio de 2007, dominando rápidamente a las fuerzas de la Autoridad Palestina entrenadas por Estados Unidos, Hamas procedió a ejecutar a 350 prisioneros y desterrar a otros cientos. Muchos encontraron asilo en Israel.

Israel reaccionó imponiendo su bloqueo parcial de los cruces fronterizos de Gaza, pero la política resultó problemática. Aunque Estados Unidos y la Unión Europea reconocieron a Hamas como una organización terrorista y en general apoyaron el bloqueo, Israel fue censurado internacionalmente por cortar suministros vitales. De manera clásica, Hamas bombardeó las estaciones de servicio que proporcionaban combustible a Gaza y luego culpó a Israel de crear una crisis humanitaria. Se reanudaron los envíos de gas, solo para ser utilizado como propulsor de los cohetes Qassam.

El bloqueo, una vez más, proporcionó a Hamas un pretexto para intensificar los ataques con cohetes y morteros. Cayeron miles de cohetes y los ciudadanos del sur de Israel se sintieron traicionados por su estado. Aún así, el gobierno vaciló. El ejército aún no se había recuperado de la guerra del Líbano y Olmert enfrentaba varios cargos de corrupción. Pero igualmente paralizante, de nuevo, era el temor al precio que Hamás exigiría a las FDI y la posibilidad de que Hezbollah se uniera nuevamente a la refriega.

Se arregló otro alto el fuego negociado por Egipto. Israel reabriría los cruces y Hamas dejaría de disparar. Pero Hamás nunca cumplió realmente. Un tiftuf constante —en hebreo significa llovizna— de dos o tres cohetes semanales mantuvo aterrorizados a millones de israelíes. Olmert apareció en la televisión árabe pidiendo moderación a Hamas. La ministra de Relaciones Exteriores, Tzipi Livni, hizo lo mismo en una visita de última hora a El Cairo. Pero los disparos solo aumentaron.

III. 2008-2009

Hamas ahora experimentaría lo que Dwight Eisenhower llamó la furia de una democracia despertada. Más del 90 por ciento de los israelíes dijeron que estaban listos para enfrentarse militarmente a los terroristas. De alguna manera, más del 100 por ciento de los llamados a filas se reportaron para el servicio de reserva, yo entre ellos. El 27 de diciembre de 2008 comenzó el contraataque.

Operación Plomo Fundido, se llamaba, una referencia a Hanukkah y a un poema de las fiestas del pionero poeta sionista Ḥayyim Naḥman Bialik. En un escenario que se repetiría tres veces más durante los próximos doce años, Israel respondió a los ataques con cohetes de Hamas con intensos ataques aéreos. Ochenta aviones alcanzaron 100 objetivos en menos de cuatro minutos. Doscientos guardias de Hamas, convencidos de que los israelíes nunca les harían daño, salieron a desfilar ese día. Murieron instantáneamente. En el transcurso de los próximos seis días, las FDI realizarían 2,000 salidas, destruyendo docenas de puestos de mando de Hamas, depósitos de armas, lanzacohetes así como 300 de los 500 túneles que se estiman que se hay bajo la ruta de Filadelfia. Esta vez, no hubo distinción entre objetivos militares y políticos de Hamas. Las casas de los líderes de Hamas, las mezquitas utilizadas como depósitos de armas e incluso la universidad islámica, que según Israel se estaba utilizando como laboratorio de bombas, fueron arrasadas.

Pero en otra característica de la guerra (que reaparecería en el futuro), Israel sacrificó el elemento sorpresa al distribuir panfletos en las áreas que eran blanco de los ataques y advertir a la población civil que huyera. Se enviaron mensajes de texto a miles de propietarios de teléfonos también advirtiéndoles de ataques inminentes. Hamas envió civiles a los techos de los edificios seleccionados, obligando a los pilotos israelíes a desviar misiles incluso después de haberlos disparado. En respuesta, la Fuerza Aérea de Israel intentaría despejar los techos de civiles disparando una forma de arma de destello no letal antes de lanzar rondas explosivas. El método no siempre funcionó. Nizar Rayan, el tercero al mando de Hamas, se negó a permitir que su familia y sus hijos salieran del edificio después de que se les advirtió que lo hicieran. Sus cuatro esposas y hasta once de sus hijos murieron.

Los cohetes siguieron cayendo, con un promedio de 70 por día, y finalmente un total de 800. Ya no siendo un soldado de combate sino un portavoz de las FDI en ese momento, sin embargo permanecí bajo fuego y más de una vez tuve que correr, con micrófonos y cámaras en mano en busca de refugio. Apenas catorce segundos y medio separaron el lanzamiento de los Qassam de su impacto. Junto con los reporteros árabes y europeos, me agaché y escuché mientras varios residentes de Sderot, afectados por el trastorno de estrés postraumático crónico, gritaban.

Aunque el número de cohetes y morteros de Hamas disparados en ese momento era pequeño en comparación con el de los conflictos posteriores, sin embargo produjeron en Israel un daño significativo porque el sistema antimisiles Iron Dome que más tarde resultaría tan exitoso aún no se había desarrollado. Los cohetes de Hamas también tenían un alcance más largo que antes, extendiéndose de quince a cuarenta kilómetros y poniendo en peligro a un millón de israelíes. Uno de ellos era nuestra hija, Lia, estudiante de la Universidad Ben-Gurion en Be’er Sheva. Cuando comenzaron las sirenas, abandonó su automóvil en una intersección y corrió frenéticamente hacia un refugio antiaéreo, no pudo encontrar uno y golpeó varias puertas pidiendo refugio. Afortunadamente, una amable anciana la dejó entrar, le dio el almuerzo y quiso que se quedara, pero Lia tuvo que negarse. El coche seguía encendido en la intersección.

Aprendiendo de las lecciones de la guerra más reciente con el Líbano, en la que se había declarado públicamente acerca de objetivos específicos que no se podían lograr, tal como la eliminación de Hezbollah del sur del Líbano, Israel mantuvo sus objetivos amplios y alcanzables: perjudicar la capacidad de Hamás para bombardear a Israel y restaurar la seguridad al sur de Israel y mejorar la situación de seguridad en Gaza.

Y dado que Israel también había aprendido otra lección del Líbano —que los aviones de combate por sí solos no pueden eliminar el lanzamiento de cohetes— el 3 de enero de 2009, 10,000 soldados israelíes avanzaron hacia Gaza. Dividieron la Franja en tres partes, lo que obstaculizó la capacidad de Hamás para transportar hombres y municiones. Los comandos israelíes aterrizaron en el mar, lo que empujó aún más a los combatientes de Hamas hacia las áreas urbanas. Huyeron, rara vez pelearon, y sus líderes se escondieron debajo de los hospitales. Los civiles a quienes Hamas usó como escudos humanos quedaron para llevar la peor parte del avance. Las FDI nuevamente tomaron precauciones para limitar las bajas civiles, pero la tasa de bajas, no obstante, aumentó. Los esfuerzos para detener las ambulancias de la Media Luna Roja que en realidad servían para transportar a los terroristas de Hamas fueron duramente condenados por la Cruz Roja Internacional, que por supuesto, no se quejó públicamente del abuso de las ambulancias por parte de Hamas.

Durante los combates, las FDI tomaron medidas extraordinarias para aliviar la crisis humanitaria de Gaza. Se entregaron en la Franja unas 27,000 toneladas de alimentos y suministros médicos y 240 toneladas de combustible. Se abrió un corredor para los camiones de socorro y se declaró una tregua diaria de tres horas para que los habitantes de Gaza pudieran abastecerse de suministros. Pero Hamas violaba regularmente esa tregua. Se apoderó de los cargamentos de harina de los camiones de socorro y los vendió con fines de lucro. Mi unidad descubrió que uno de estos camiones de ayuda no transportaba alimentos, como se indica en la etiqueta, sino uniformes militares de Hamas.

Las bajas civiles se convirtieron rápidamente en foco internacional. Las FDI concluyeron que no más del 25 por ciento de todas las víctimas palestinas eran civiles. La ONU situó el número en el 40 por ciento y el propio Hamas en 50 por ciento. Sin embargo, incluso ese número indudablemente inflado compara favorablemente con el de la intervención de la OTAN en 1999 en los Balcanes, donde murieron 150 combatientes frente a 527 civiles. En el transcurso de las guerras en Irak y Afganistán, las fuerzas de la coalición mataron a unos 250,000 civiles. La Operación Plomo Fundido puede haber tenido la menor proporción de bajas entre civiles y soldados de cualquier combate urbano en la historia reciente.

Existía una asimetría similar en el daño físico que Israel infligió a Gaza. Fuentes palestinas afirmaron que 4,000 hogares fueron destruidos y 100,000 personas quedaron sin hogar. Eso fue una tragedia. También debe verse en contexto. Una sola batalla en Faluya durante la segunda guerra de Estados Unidos en Irak desplazó a 300,000. Y muchas de las casas de Gaza fueron devastadas no por Israel sino por las trampas explosivas colocadas por Hamas.

Ninguno de estos hechos tuvo mucho efecto en los medios de comunicación, quienes describieron a Gaza como la zona más densamente poblada del mundo; no lo es; Tel Aviv está más densamente poblada, al igual que muchos otros lugares, y que las fuerzas israelíes disparaban indiscriminadamente. Se distribuyeron informes de atrocidades. En un incidente típico, la prensa francesa, citando fuentes palestinas, afirmó que las fuerzas israelíes habían bombardeado una escuela de la ONU, matando a 21 niños. La historia saltó rápidamente a los servicios de cable internacionales, que solo citaron a los franceses y omitieron las fuentes palestinas, e inflaron el número de niños asesinados a 53. La anémica respuesta de Israel fue “Iniciaremos una investigación”. Eso tomó tres semanas y descubrió que la bomba de las FDI de hecho había caído fuera de la escuela, donde había matado a nueve o diez terroristas de Hamas y dos civiles, ninguno de ellos un niño. Sin embargo, mientras tanto, el daño a la imagen de Israel fue irreparable.

Gran parte del mundo occidental se estaba uniendo contra Israel por Gaza, pero Oriente Medio se estaba dividiendo. A pesar de los intentos de la Autoridad Palestina de presentar a los israelíes como agresores y de los esfuerzos de Hamas por iniciar una tercera intifada, la Ribera Occidental permaneció en general en silencio. También lo hizo gran parte del mundo árabe, especialmente los sunitas. Si, durante sus guerras anteriores, Israel se preocupaba por el impacto en la “calle árabe”, esa calle se había trasladado a Londres y París, que eran entonces el escenario de violentas protestas, mientras que el propio Medio Oriente permanecía en gran parte en silencio. Después de interrogarme durante minutos sobre presuntos crímenes de guerra israelíes, un reportero palestino de una estación en árabe me llevó a un lado y me susurró: “Hagas lo que hagas, no te detengas hasta que hayas aniquilado a Hamas”. Pero mientras los sunitas como él no expresaron casi ningún apoyo a Hamas, Irán y su satélite sirio apoyaron su poder con virulencia, y acusaron a Israel de hacer a los palestinos lo que negaron que los nazis hubieran hecho a los judíos.

Al final de la tercera semana de combates, muchos en Israel tenían claro que la operación tenía que terminar. Barack Obama estaba a punto de tomar posesión y lo último que alguien quería era que el nuevo presidente de los Estados Unidos tuviera que pasar directamente de la ceremonia de juramento a la sala de situación de la Casa Blanca y ocuparse de nuestra crisis. Israel ya había demostrado su determinación de defenderse. El fuego de cohetes había disminuido. Veintidós días después de que comenzara la operación, con sus tropas acercándose al centro de la ciudad de Gaza, Israel declaró un alto el fuego unilateral. Hamás hizo lo mismo al día siguiente. El último soldado de las FDI se retiró de Gaza un día antes de la toma de posesión del presidente Obama.

IV. 2009-2021

Unos meses más tarde, fui nombrado embajador de Israel en Estados Unidos. Por suerte, mi primera reunión en la Oficina Oval trató casi exclusivamente de Gaza. El presidente Obama insistió en que Israel permita los envíos de hormigón a la Franja para ayudar a restaurar las estructuras dañadas. Las primeras palabras que le dirigí fueron sobre el número de túneles bajo la ruta de Filadelfia. “Pensamos que había 200, pero resultó que había 500”, dije, y el presidente pareció realmente sorprendido. Además, agregué, “Cada bolsa de concreto se utilizará para construir búnkeres y túneles”. Pero Obama simplemente asintió, claramente no convencido. Israel finalmente cedió a su presión y permitió que miles de bolsas de concreto ingresaran a Gaza, donde rápidamente se utilizaron para construir búnkeres y túneles. Pasaron años antes de que Dennis Ross, el emisario estadounidense en Israel que también estuvo presente en la reunión, admitiera que la advertencia había sido correcta.

Gaza resultó ser el leitmotiv de mi mandato como embajador. Desde el infortunado esfuerzo de los comandos de las FDI para desviar una flotilla de radicales islámicos de llegar a Gaza en mayo de 2010 hasta la liberación por parte de Israel, en octubre de 2011, de casi mil terroristas encarcelados a cambio del cabo capturado Gilad Shalit, la cuestión ocupó grandes áreas de mi tiempo. Si bien en general apoya el derecho de Israel a defenderse contra Hamas, la administración insistió en que Israel se sometiera a una investigación de la ONU sobre el incidente de la flotilla y criticó a Israel por el acuerdo de Shalit que, según la Casa Blanca, fortaleció a Hamas a expensas de la Autoridad Palestina. Mientras tanto, los esfuerzos de J Street y las organizaciones pro palestinas para promover el informe Goldstone de la ONU, acusándonos de crímenes de guerra, mantuvieron a Israel perennemente a la defensiva.

El torbellino que rodea a Gaza culminó en noviembre de 2012 con la Operación Pilar de Defensa. Con una duración de ocho días, esta fue una recreación en miniatura de Plomo Fundido, con Hamas y la Jihad Islámica disparando unos 1,500 cohetes contra Israel y, por primera vez, golpeando Tel Aviv y casi llegando a Jerusalén. Israel respondió nuevamente con ataques aéreos y nuevamente fue atacado por actuar de manera desproporcionada. La acusación fue reforzada, perversamente, por el sistema de misiles antibalísticos Iron Dome recientemente desplegado, que redujo en gran medida las bajas israelíes, mientras que las de los palestinos se multiplicaron. Estaba orgulloso de mi papel para ayudar a asegurar la financiación de Iron Dome de Estados Unidos, incluso cuando sabía que, en términos de la imagen de Israel, era un arma de doble filo. La presión estadounidense e internacional nuevamente obligó a Israel a aceptar un alto el fuego.

El siguiente enfrentamiento con Hamas, la Operación Margen Protector de 2014, fue la repetición más grande y más larga de 2008 y 2012. Duró 26 días, durante los cuales Hamas disparó casi 4,000 cohetes contra Israel. Israel respondió masivamente, primero desde el aire como siempre y luego desde el terreno. Más de 2,000 palestinos murieron, la mayoría de ellos terroristas pero también un porcentaje significativo de civiles. Las pérdidas israelíes, militares y civiles fueron 73.

Los patrones establecidos durante las dos rondas anteriores de lucha en Gaza resurgieron, solo que de manera más rápida y amarga. Israel fue nuevamente acusado de atacar deliberadamente a civiles o al menos de ser criminalmente negligente. Iron Dome defendió a Israel y, por lo tanto, dio crédito a la afirmación de desproporcionalidad. Se demostró una vez más que Hamás tenía una táctica militar que servía como estrategia mediática, diplomática y legal diseñada para negar a Israel el derecho a defenderse o incluso a existir como un estado judío independiente. Hamás sabía que nunca podría destruir a Israel con sus cohetes, pero que, al hacer que Israel contraatacara y matara a civiles inocentes, podría reducir la legitimidad internacional de Israel. Si bien los israelíes seguían creyendo que Gaza era el principal campo de batalla, Hamás sabía que no estaba en la Franja, sino en la televisión y las pantallas de las computadoras de todo el mundo, en la ONU y, en última instancia, en la Corte Penal Internacional, donde Israel sería sancionado por crímenes de guerra.

Lamentablemente, funcionó.

La Operación Margen Protector me encontró fuera de mi cargo pero todavía defendiendo a Israel en la prensa. “¿Cuántas mujeres y niños palestinos tendrá que matar Israel hasta que esté satisfecho?” Ronan Farrow de MSNBC comenzó su entrevista conmigo, haciendo una pregunta no infrecuente. Gaza fue nuevamente descrita falsamente como el área más densamente poblada de la tierra y las fuerzas israelíes fueron descritas como disparando al azar. Hamas impidió a los reporteros en Gaza fotografiar tripulaciones de cohetes o incluso terroristas que portaban armas y, en cambio, fueron confinados a hospitales y escenas de niños heridos. En Internet, Hamas publicó imágenes de cuerpos desmembrados por el bombardeo israelí; las imágenes en realidad fueron tomadas de películas de terror.

Indignada por estas imágenes, la opinión internacional se volvió rápidamente contra Israel. La administración Obama dejó en claro que Israel podía defenderse de Hamas, pero solo de forma pasiva, utilizando la Cúpula de Hierro, no enviando tropas a Gaza. La Casa Blanca retrasó el reabastecimiento de municiones vitales a las FDI. El secretario de Estado John Kerry intentó mediar, solicitando la ayuda de Turquía y Qatar, que apoyaban a Hamas, solo para ser rechazado tanto por Israel como por Egipto. Finalmente, Israel descubrió que no podía mantener el espacio diplomático y el tiempo que necesitaba para seguir luchando y finalmente acordó un alto el fuego. Gaza fue devastada una vez más, pero Hamás todavía estaba en pie y en libertad para rearmarse una vez más.

La presunción de culpabilidad israelí por parte de los medios de comunicación y su promoción de la narrativa de Hamas, así como su dependencia de las estadísticas y el cumplimiento de las restricciones de Hamas a la prensa, se intensificó durante una ronda de protestas en la frontera de Gaza en 2018 y 2019. La multitud de niños/as que Hamás llevó hacia las vallas fronterizas eran incluso mejores que los cohetes-reutilizables- y dado que no causaron bajas israelíes, se convirtió en prueba irrefutable de desproporcionalidad hasta ahora. “Hamas quiere que nos condenen”, le dije a un entrevistador de la BBC. “Hamas quiere que lo aplaudan por enviar a sus hijos a morir. Y cuanto más de ellos lo hagan, su sangre estará en tus manos “.

Sin embargo, toda mi familiaridad con Gaza palideció en comparación con los conocimiento que adquiriría como miembro de la Knesset donde presidía un comité clasificado sobre el tema y que, como viceministro en la oficina del primer ministro, tenía la asignación de encontrar nuevas formas para hacer frente a la amenaza. En el comité, por ejemplo, escuché que el Ministerio de Relaciones Exteriores y el poder judicial de las FDI carecían de personal y estaban mal preparados para defender a Israel de los cargos de crímenes de guerra en la Corte Penal Internacional. En la oficina del primer ministro, exploré formas para mejorar el nivel de vida de los habitantes de Gaza proporcionándoles más de sus acostumbradas cuatro horas diarias de electricidad y un simple 4 por ciento de agua potable. Al darles algo que podían perder en una guerra, esperaba que los habitantes de Gaza pudieran resistir los esfuerzos de Hamas para desencadenar una. Pero el gobierno israelí, reflejando el sentimiento público en general, creía que “lo que es malo para Gaza es bueno para Israel”, y rechazó la idea. Hamas habría estado complacido. Sobre todo aprendí una cosa de ese momento: Hamas quiere que los habitantes de Gaza sufran.

De Hamas aprendí que no le importa nada el bienestar de los civiles palestinos. Si bien Israel está más que dispuesto a facilitar la transferencia de todos los alimentos y medicamentos que necesita Gaza, contrario a la opinión internacional, Israel no mantiene un bloqueo total de Gaza, sino que prohíbe solo la importación de artículos de doble uso, como el hormigón, que Hamas utilizará para cohetes y búnkeres: Hamas detiene los camiones e incluso hace explotar las terminales receptores para crear una crisis humanitaria de la que luego puede culpar a Israel. Me enteré que Hamás obliga a miles de niños a cavar sus túneles y cientos de ellos mueren en el proceso. Mientras tanto, la Autoridad Palestina corta la ayuda a los habitantes de Gaza que reciben tratamiento médico en Israel y congela las pensiones de los trabajadores de Gaza, todo para presionar a Hamas y obligarlo a iniciar otra guerra. Aprendí que la Autoridad Palestina está dispuesta a luchar contra Hamas hasta el último israelí, mientras denuncia a Israel por crímenes de guerra.

Sin embargo, Hamás, todavía de alguna manera menos corrupta que la Autoridad Palestina y como abanderado de la resistencia de inflexión religiosa, sigue siendo abrumadoramente popular en Cisjordania y en Gaza. Y a pesar de su paliza en sucesivas rondas militares con Israel, Hamás cree que está ganando.

“¿Es esta una imagen de victoria o derrota?”, me preguntó Meir Ben Shabbat, actualmente asesor de seguridad nacional de Israel, en aquel momento jefe del comando sur de Seguridad Interna. Proyectada en la pared había una foto del líder de Hamas, Ismail Haniyeh, estaba de pie sobre un montón de escombros y haciendo la señal de “V”. “Obviamente, es una derrota”, dije, solo para ser corregido por Meir. “No. Haniyeh está orgulloso de la destrucción. Todavía está de pie. Eso, para Hamas, es la victoria “.

La Operación Guardianes del Muro del mes pasado fue otra repetición de los conflictos de 2008, 2012 y 2014. Comenzó con misiles de Hamas, disparados no al sur, para variar, sino a Jerusalén, seguidos de una respuesta aérea israelí. Las FDI lograron volar unas 60 millas de túneles de Hamas y eliminar a muchos comandantes terroristas. La precisión de los ataques aéreos israelíes, aprovechando la inteligencia artificial estrechamente coordinada con la inteligencia israelí, no tuvo precedentes.

Sin embargo, en términos de diplomacia pública, la operación fracasó. Al destacar la decisión de un tribunal israelí de desalojar a los residentes palestinos de una propiedad judía en el barrio Sheikh Jarrah de Jerusalén, y una redada realizada por la policía israelí contra manifestantes palestinos que arrojaban piedras en la mezquita de al-Aqsa, gran parte de los medios culparon a Israel de estar provocando la violencia. Israel respondió con los mismos mensajes que había utilizado durante los últimos quince años: “Hamas comete un doble crimen de guerra, disparando contra civiles mientras se esconde detrás de civiles”, pero el mundo ya no escucha. Los sentimientos, no los hechos, dominaron los medios de comunicación, especialmente aquellos que etiquetaron a los israelíes como criminales de guerra y nos atacaron por actuar de manera desproporcionada. “¿Por qué Israel no proporciona la Cúpula de Hierro a los palestinos?” me preguntó un entrevistador de CNN con toda sinceridad.

Hamás también tenía otras razones para regocijarse. Con cada guerra que pasa, el alcance y la velocidad de sus cohetes han aumentado considerablemente. Esta vez, utilizando solo un tercio de su arsenal, Hamas atacó tanto a Jerusalén como a Tel Aviv. En once días lanzó más cohetes que en las cuatro semanas del conflicto de 2014. Inexplicablemente reviviendo la política de distinguir entre las alas política y militar de Hamas, Israel atacó a varios comandantes terroristas pero, por lo demás, dejó ilesos a los líderes civiles de Hamas. Los llamamientos internacionales para un alto el fuego le dieron a Israel aún menos tiempo para luchar, y Hamas emergió con su prestigio mejorado, especialmente entre los palestinos en Jerusalén y Cisjordania. Los cuerpos del teniente Hadar Goldin y del sargento Oron Shaul, ambos asesinados en 2014, permanecen en Gaza, al igual que los dos civiles israelíes actualmente en cautiverio de Hamas. Hamás, en otras palabras, sigue en pie.

No se podría decir lo mismo de mí si intentara dar hoy una conferencia como la que pronuncié en Georgetown en 2009. La necesidad de Israel de defenderse contra un enemigo genocida permanece inalterada; no así la disposición de muchas audiencias estadounidenses a escucharlo. En aquel entonces, recién salido del campo de batalla, pude dar una conferencia de una hora, sin ningún tipo de rubor a favor de Israel, frente a una audiencia universitaria que no me interrumpió ni una sola vez. ¿Podría darse una charla así en cualquier campus líder hoy en día? En lugar de ser recibido y escuchado con respeto, es probable que ahora me interrumpan los gritos de “apartheid” y “asesino de bebés”. Quizás no me inviten a hablar en absoluto.

La situación es aún más grave dada la casi inevitabilidad de otra ronda de combates con Hamas, con más y más mortíferos cohetes cayendo en Israel y, como resultado, una mayor devastación inevitable en Gaza. Concluí mi charla de 2009 afirmando que Israel había restaurado su poder de disuasión sobre Hamas y que, aunque no fue un triunfo icónico, “esa fue una victoria suficiente para mí”. Por desgracia, hablé demasiado pronto.

Aparte de reconquistarla y volver a ocuparla a un costo diplomático, económico y humano incalculable, no hay solución para Gaza. A Irán, que está dispuesto a luchar contra Israel hasta el último palestino, nada le gustaría más que ver a Israel empantanado y desangrado indefinidamente. ¿Y quién se haría responsable de la Franja, una Autoridad Palestina ampliamente despreciada que solo podía instalarse y mantenerse allí a punta de bayoneta israelí?

Israel debe, por tanto, prepararse militar, política y emocionalmente. Casi el 80 por ciento de los israelíes que se opusieron al alto el fuego en mayo estarán dispuestos a seguir luchando siempre que su gobierno pueda resistir la presión internacional. Tal resistencia solo podrá asegurarse una vez que Israel acepte el hecho de que el principal campo de batalla no es Gaza, sino el tribunal de la opinión mundial. Israel, en consecuencia, debe invertir recursos sin precedentes para dar forma a esa opinión y generar una comprensión más profunda de lo que Hamás realmente es y aspira a lograr. Publicar en Internet un recorrido en tres dimensiones por el sistema de túneles de Hamas, por ejemplo, resultaría útil, al igual que las imágenes de terroristas de Hamas disparando desde vecindarios civiles. Invitar a John Oliver, Trevor Noah y otros artistas que criticaron a Israel a visitar Sderot y otras ciudades fronterizas de Gaza también podría alterar su narrativa.

En última instancia, Israel tiene pocas opciones más allá de prepararse para una quinta y probablemente no menos decisiva ronda de conflicto en Gaza. Si bien un proceso de paz renovado podría mitigar algunas de las consecuencias de las relaciones públicas del último conflicto, seguramente también hará que Hamas esté más decidido a distinguirse de la Autoridad Palestina “traidora”, para demostrar su compromiso de resistir, en lugar de negociar con los sionistas.

Israel también debe prepararse para un conflicto a una escala mucho mayor, uno que vea no solo misiles de Hamas más poderosos y precisos, sino también ataques con cohetes de Hezbollah y otros terroristas respaldados por Irán en Irak, Siria y Yemen. Tal ataque abrumaría rápidamente el sistema Iron Dome y obligaría a las FDI a montar una importante ofensiva aérea y terrestre en múltiples frentes.

Más importante aún, Israel debe determinar sus objetivos en Gaza, ya sea simplemente reduciendo las capacidades de Hamas o desmilitarizando completamente la Franja. Debe manifestar su intención de eliminar a todos los dirigentes de Hamas, tanto militares como políticos. Se debe informar a la comunidad internacional de esos objetivos y advertirle sobre su costo. Y nuestros líderes deben hablar con franqueza a los israelíes sobre el precio que tendrán que pagar a favor de un período de tranquilidad más prolongado. Al actuar responsablemente ahora, es posible que Israel pueda lograr más en términos de disuadir a Hamas. Los terroristas serán sometidos temporalmente, quizás durante una década o más. Y cuando se asiente el polvo de esa terrible y necesaria defensa, como en los últimos enfrentamientos y de nuevo en el próximo, serán los israelíes los que seguirán en pie.

Sobre el Autor

Michael Oren, ex embajador de Israel en los Estados Unidos, miembro de la Knesset y viceministro en la oficina del primer ministro, es el autor de,  To All Who Call in Truth (Wicked Son, 2021).

Según tomado de, How Gaza Became Israel’s Unsolvable Problem | Centro Estudios Judaicos del Sur de PR (cejspr.com) y traducido por, drigs (CEJSPR)

 
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Posted by on June 10, 2021 in Uncategorized

 

How Gaza Became Israel’s Unsolvable Problem

MICHAEL OREN

The fourth conflict in the last twelve years between Israel and Gaza looks remarkably like the first. What happened?

In January 2009, in Georgetown University’s august Gaston Hall, I took to the stage to speak about Gaza. Virtually all 700 seats were occupied, many by students who opposed Israeli policies, especially those concerning the Gaza Strip. A visiting professor at Georgetown’s Center for Jewish Civilization, I had recently returned to Washington from a winter break back in Israel where I’d hoped to vacation with my family. Instead, I spent three weeks serving as a reserve officer in Cast Lead, Israel’s operation against Hamas.

I returned to find the campus in an uproar, the entrance to my building blocked by prostrate protestors holding “Dead Gazan” signs. My lecture was intended as a response to that outcry, to place the Gaza issue in its full historical, military, and diplomatic context. The goal was to expose students to a perspective that they could never receive from the media or most of their professors. For once, they would see the Strip from an Israeli point of view.

Watching the video of that talk last month was an unsettling experience, and not only because of the degree to which I’ve aged. Far more disturbing was seeing how little has changed in the last twelve years. Though Israel’s ability to defend itself has been vastly augmented by the Iron Dome anti-missile system, its right to do so has been increasingly impugned. And nowhere in America has Israel’s case or even the freedom to make it been more strenuously denied than on college campuses. Most dismaying of all was the realization that American ignorance about Gaza and the terrorist regime that ruled it has only deepened over the years, in many cases willfully.

My purpose now is to redress that ignorance. Drawing on 40 years of academic, military, and diplomatic experience with Gaza, I intend to trace Israel’s complex and tortured relationship with the Strip, both in the earlier decades of the state and then especially in the last fifteen years. And, as at Georgetown in 2009, I’ll explore how that relationship might change in the future.

I. Pre-History

Gaza has a rich and varied history. Situated on the Mediterranean coast in the nexus between continents, it was traditionally an interface between competing empires, an arena for war as well as a marketplace for cultural and economic exchange. Archaeologists have uncovered Egyptian mummies in Gaza along with Roman temples and Byzantine synagogue floors. As a soldier patrolling Gaza many years ago, I noticed the top of an ancient Greek column protruding from a garbage heap. The relic later served as a teaching aid in my history classes.

Gaza’s heyday came in the Middle Ages under Arab rule when it thrived as an entrepôt in the spice and textile trade. (The English word gauze may derive from its name.) But thereafter the area’s fortunes waned so much that, by the time Napoleon’s forces entered Gaza after the French invasion of Egypt in 1798, they found the Strip eerily under-populated and rife with pestilence and poverty. (A portion of Gaza’s native population is made up of the descendants of Egyptians from the Delta area who fled conscription laws put in place in the early 19th century by Muhammad Ali, the governor of Ottoman Egypt.) After that, Gaza was the scene of some of the heaviest fighting between Turkish and British forces during World War I. The victorious British worked to have Gaza incorporated into their mandate in Palestine, not because they saw Gaza as part of the Jewish national home but because Gaza guarded the northern approaches to the Suez Canal. British engineers nevertheless vetoed a plan to build a major military base there, arguing that the territory lacked sufficient water.Historically, Jews have had an ambivalent relationship with Gaza. It was home to the Philistines, a place where a Hebrew hero was liable to get his eyes plucked out.

The Zionists, for their part, were uncertain they wanted Gaza in their future state. Historically, Jews have had an ambivalent relationship with Gaza. It was home to the Philistines, a place where a Hebrew hero was liable to get his eyes plucked out and where Jewish defeats were celebrated. Rabbinic sources were divided over whether Gaza fell within the borders of the Land of Israel. Zionism internalized that schism. Before the creation of the state, only one major Jewish settlement was established in the Gaza strip, Kfar Darom, later to be abandoned in Israel’s War of Independence. Zionist leaders did not object when the UN in 1947 placed Gaza within the confines of the proposed independent Arab state.

But Israel’s lack of interest in Gaza ended in 1948 with the flight of Palestinian refugees. Within weeks, Gaza’s population swelled from less than 80,000 to more than 200,000. Occupied by Egypt, Gaza held Israel on the left side of a hostile vise, with the West Bank, soon to be annexed by Jordan, holding the right. Cognizant of this strategic threat, Prime Minister David Ben-Gurion in 1951 secretly proposed purchasing Gaza from Egypt and resettling the refugees in Sinai. The Egyptians ignored his offer.

Israel’s problems with Gaza multiplied in the early 1950s with the emergence of the fedayeen. These Palestinian “self-sacrificers,” guerrilla fighters trained and armed by Egypt, struck deep within Israel, killing civilians and ransacking houses. In response, the IDF mounted numerous retaliation raids, some of them led by a controversial young officer named Ariel Sharon. This accelerating cycle of terror and reprisal contributed to the outbreak of the second Arab-Israeli war in October 1956.

That conflict ended with Israeli troops occupying Gaza for five months, after which they were replaced by the first-ever UN peacekeeping force. Its precipitous eviction by Egyptian President Gamal Abdul Nasser in May 1967 set off a chain of events that would lead to the Six-Day War. Indeed, that transformative conflict originated to a significant degree in Gaza. Defense Minister Moshe Dayan at first explicitly ordered the IDF not to enter it, but after fire from Palestinian irregular and Egyptian forces, Israeli troops couldn’t help but do so. Thus began an occupation that would last for 38 years.

Shortly after the war, in the late 1960s, Gaza became a power base for the Palestine Liberation Organization (PLO). Originally created by Nasser, the terrorist group had come under the domination of the Fatah faction and its chairman, Yasir Arafat. Israeli forces led by Sharon drove the PLO underground in Gaza in the early 1970s, opening the way for the establishment of the first settlements in the Strip.

But the old Israeli ambivalence toward Gaza remained. In contrast to the West Bank, the biblical heartland of Judea and Samaria, in which 130 settlements were eventually established and 400,000 Israelis made their homes, Gaza hosted a mere 21 settlements and only 8,000 residents. Indeed, in the peace talks between Israel and Egypt in the late 1970s, Prime Minister Menachem Begin, though a champion of settlement, offered to give Gaza back to Egypt. Anwar Sadat, Egypt’s president, turned him down.

The Palestinian population of Gaza meanwhile burgeoned, growing to nearly two million today. A similar growth rate in the United States would, in a comparable timespan, have catapulted the population to one billion. Gaza’s demographic explosion was significantly enabled by the United Nations Relief and Works Agency, UNRWA. It remains the only UN body created to deal with a specific refugee problem, and which bestows refugee status on the descendants of the refugees from 70 years ago. UNRWA recognizes Palestinian refugees who are technically living in what they themselves call Palestine—in Gaza and the West Bank—and sustains the refugee camps that keep the Palestinian issue alive.

As an IDF officer in the early 1980s, I was involved in an effort to encourage residents of those camps to move to newly created housing projects. The few refugees who did express an interest in relocating were quickly threatened by the PLO, and they rescinded. The projects remained vacant.

Though tens of thousands of Gazans crossed into Israel to work each day and the local economy grew, a combination of PLO incitement and overcrowding created a powder keg. It ignited in December 1987, in the form of the first—as we later called it—intifada. Thousands of Palestinian youths took to the streets, pelting Israeli troops with rocks and Molotov cocktails in an uprising that rapidly spread to the West Bank as well. I served as a reservist with the paratroopers in Gaza during those years. I dodged a great number of rocks and even a few firebombs. Patrolling those fetid streets, it was never clear to me what business Israel had being in Gaza other than to deny the Palestinians the victory of kicking us out. The refugee camps were labyrinths in which each alley was controlled by a different terrorist group, their names scrawled on the walls. One of the scrawlings was unfamiliar to me. It read “Hamas.”

Its name an Arabic acronym for “Islamic resistance movement,” Hamas was then headed by a blind wheelchair-bound sheikh, Ahmed Yassin, and a pediatrician, Abdel Aziz al-Rantisi. Like its parent organization, the Egyptian Muslim Brotherhood, Hamas back then spent the bulk of its budget on social services, but it also had a charter that blamed the Jews for outbreak of both world wars and called for Israel’s destruction. Israel was then quietly supporting Hamas as a counterweight to the secular PLO. (Not since the United States backed the Taliban in their struggle against the Soviet Union has a policy been so short-sighted.) Israel’s support for Hamas didn’t last long, though. By the early 1990s, Hamas was mounting attacks against Israelis, to which Prime Minister Yitzḥak Rabin responded—unsuccessfully—by trying to banish 400 Hamas activists to Lebanon.

The rising prominence of Hamas pushed Israel and the old PLO leadership nearer to each other. The first intifada had convinced a large segment of the Israeli population that the occupation was no longer viable, while the revolt of young Palestinians not under his command frightened Arafat into thinking that he might lose control of the territories entirely. The result came in September 1993 on the White House lawn, where Rabin and Arafat joined President Bill Clinton in signing the Oslo Accords.

Under the so-called Gaza-first approach, the Strip was to serve as a litmus test for the broader Oslo project, and it was to Gaza that Arafat made his triumphant return to the territories that June. I was in a quasi-official position back then and watched as Arafat smuggled wanted terrorists literally under the seat of his car. In response, Rabin considered freezing the peace process but ultimately demurred. Arafat thus learned that he could violate the accords without paying a price, which he would from then on do with impunity. He subsequently felt free to play a double game in Gaza, clamping down on Hamas when he needed to while turning a blind eye to its terrorist attacks against Israelis.

Needless to say, the Gaza-first approach failed. Over the course of the next decade, Hamas would mount a total of 70 suicide bombings against Israel, killing 483 Israelis, including not only my sister-in-law (a teacher from Connecticut studying at Hebrew University) but several of my children’s classmates too, as well seven customers at the Cafe Hillel located directly under my Jerusalem office. Israelis felt helpless in the face of this scourge. “Abba, I’ve been to more of my friends’ funerals than bar mitzvahs,” my eldest son, Yoav, complained. Later, as a special-forces soldier, he would be shot and wounded by a Hamas terrorist who was firing from behind his own children. Even Benjamin Netanyahu, elected in 1996 in part thanks to his hardline approach to Hamas, was forced under American pressure to trade Yassin, who had been arrested by Israel in 1989, for two Mossad agents after a botched assassination attempt against Hamas leader Khaled Mashal.

Meanwhile, other Palestinian militias started to compete with Hamas in the bombings. The terror climaxed in the second intifada, beginning in September 2000. Once again called up for reserve duty, I saw how completely the army was caught off guard. Units were sent off frantically—mine to Nablus—without any clear strategy for fighting back or even the proper armaments. Among the surprises that Hamas sprung on us that year was the Qassam rocket, made usually out of irrigation pipes smuggled from Israel and propellant mixed from household chemicals. The projectiles had a maximum range of only fifteen kilometers and were notoriously inaccurate, but when they hit they were deadly. Twenty-eight Israelis were killed and a thousand were wounded. The southern part of the country was paralyzed.

And yet Israel kept trying to maintain a fictive distinction between the political and military wings of Hamas, permitting the former to function while seeking the latter’s destruction. After every suicide bombing in Tel Aviv and Jerusalem, the Israeli press would rush to interview Yassin and Rantisi and ask whether they approved, which of course they did. It was surreal.

II. 2002-2008

The month of March 2002 was the bloodiest of all the months of all the intifadas, with 130 Israelis killed. A new government under Ariel Sharon launched a major operation, Defensive Shield, to retake Palestinian cities and crush the terrorist cells. By 2004, Rantisi and Yassin were dead and the intifada, one of the direst threats to Israel in its history, defeated. A combination of robust military measures—checkpoints, defensive barriers, close cooperation between combat and intelligence units—effectively ended the suicide bombings. By then Arafat had died as well, which meant that Sharon, no less a champion of settlements than Menachem Begin before him, was free to do as he chose at that point in Gaza. What he chose shocked many Israelis.

Sharon believed the country was tired of defending the Gaza settlements and the fourteen-kilometer-long Philadelphi Route, running along the border between Egypt and Gaza, on which Israel soldiers were constantly attacked. Israel, Sharon concluded, could no longer ask parents to sacrifice their children for an area that held little value for them. At stake was the delicate consensus binding Israel’s society to its army.

Thus in August 2005 I found myself back in uniform, one of the 55,000 Israeli soldiers called up to remove 8,000 of our fellow citizens from Gaza. It was the largest Israeli military operation since the 1973 Yom Kippur War. Though I, like the large majority of Israelis, supported the disengagement, nothing could prepare me for the trauma of implementing it. Nothing I had experienced in war was as harrowing as having to drag Israelis, praying and wailing, from their synagogues and homes.

The Gaza disengagement was a tremendous gamble for Sharon and for Israel. We all knew that the Palestinian terror organizations, Hamas in particular, would declare victory. Yet we hoped that the Palestinian people would seize this historic opportunity to build an independent mini-state. The gamble failed. No sooner had the last Israeli exited the Strip when the Palestinians dismantled the agricultural infrastructure left behind to aid their economy, much of it paid for by American Jewish philanthropists. Over the next six months, terrorist groups fired some 1,000 rockets and mortar shells into Israel.

At this point Israel faced a dilemma that would hound it for the next fifteen years and will likely plague it for many more. Shooting back at Hamas enhanced Hamas’s prestige in the eyes of the Palestinian people—it proved they were resisting Israel and sacrificing themselves for the cause—but not firing back at Hamas enhanced its prestige as well by showing that Israel was scared. More ominously for Israel, this heightened stature also attracted the attention of Tehran. In time, Iran would become Hamas’s primary backer.Shooting back at Hamas enhanced Hamas’s prestige in the eyes of the Palestinian people, but not shooting back enhanced its prestige too.

Israel responded with a naval and air blockade of Gaza. The actions failed to reduce significantly the rocket fire, but they did strengthen Hamas’s casus belli against Israel. Sharon refused to consider reconquering the Strip and instead contemplated a unilateral withdrawal from parts of the West Bank as well. He and his new party, Kadima, were poised to implement that very policy in January 2006 when he fell into a coma from which he would never recover. His replacement was former Jerusalem mayor Ehud Olmert.

Elections, meanwhile, were held in the Palestinian territories. As I recall it, Israelis watched with horror the campaign ad of Hamas candidate Maryam Farhat, also known as Umm Nidal. She invited viewers into her home and showed them a gold-framed photograph of a young man in a Hamas military outfit. “This is my eldest son who martyred himself by blowing himself up on a Jewish bus and killed eight Jews,” she exulted. “It was the happiest day of my life.” She then displayed another photo of a young Hamas terrorist. “This is my second son who blew himself up attacking Jewish soldiers,” she claimed. “It was the happiest day of my life.” Finally, Umm Nidal introduced her seventeen-year-old son, also uniformed and bearing an M-16. “He’s about to go out to martyr himself now, and this is the happiest day of my life,” she declared while kissing him. He then went out and, attempting a terror attack, was killed by Israeli soldiers. (The claims about her first two sons appear to be inaccurate. The first didn’t murder by blowing himself up but rather by guns and grenades, and the second was killed before he could accomplish his mission.)

Umm Nidal won. The mother of three martyred sons joined dozens of Hamas representatives elected to the Palestinian parliament in a landslide victory over Fatah.

Predictably, Hamas celebrated its triumph with rockets. It exploited an Egypt-mediated ceasefire to dig a 400-meter-long tunnel under the border. On June 25, 2006, terrorists snuck through the tunnel and attacked an Israeli position, killing two soldiers and kidnapping a third, the nineteen-year-old corporal Gilad Shalit. The IDF’s attempts to respond to this attack by blowing up the many tunnels that Hamas had dug under the Philadelphi Route ended with Israeli soldiers scouring the sand for the body parts of their comrades.

Hoping to avoid all-out war, several European states volunteered to supervise the border crossings between Gaza and Israel. The monitors soon arrived but fled the minute Hamas threatened them. Thousands of tons of munitions, rifles, grenades, and rockets passed into Gaza from Egypt. It was at this depressing juncture that Hizballah, Iran’s terrorist proxy in Lebanon, triggered a war with Israel.

Like Hamas, Hizballah had also been emboldened by the Israeli withdrawal from Gaza and from southern Lebanon five years earlier. Though technically Hamas’s ally, Hizballah was also its competitor. In the wake of Hamas’s victories, Hizballah could scarcely sit by and let its rival take all the glory. On July 12, 2006, its gunmen ambushed an Israeli border patrol, killing ten and taking two of the bodies for ransom. Israel responded, and the Second Lebanon War began.

Though the IDF killed as much as a quarter of all of Hizballah’s forces and destroyed a large part of its infrastructure, Hizballah nevertheless continued to rocket Israeli cities. It, too, claimed a great victory. Vilified in the media for acting disproportionately, and increasingly pressured by the international community, Israel was compelled to accept a UN ceasefire. Hizballah was allowed to rearm.

Many Israelis linked the Gaza disengagement to the disappointing Second Lebanon War. I served in the army throughout that conflict and, on its last day, found myself along the border. There I encountered Natan Sharansky, then a government minister. “Natan, Natan, it’s so good to see you,” I greeted him. But he merely grinned at me and asked, “Do you still think the disengagement was a good idea?”

It was certainly not a good idea to fail to respond immediately and massively to the Hamas rocket attacks, to signal instead that Israel would passively bear violence perpetrated against it, and to project an image of weakness. My feelings as a soldier merged with my perspective as an historian and my instincts as a citizen—namely, that Israel was hemorrhaging deterrent power, making clear our fear of military and civilian losses, and generally becoming predictable. Our failure to inflict truly prohibitive punishment on our enemies, and to withstand international pressure, would, I feared, lead to only further rounds of bloodshed and a faster erosion of Israel’s legitimacy.

Indeed, Israel’s reluctance to confront Hamas and the consequent boost to the latter’s prestige may have emboldened the terrorists to mount a bloody coup against Fatah in Gaza. Swiftly overpowering U.S.-trained Palestinian Authority forces in June 2007, Hamas proceeded to execute 350 prisoners and banish hundreds of others. Many found asylum in Israel.

Israel reacted by imposing its partial blockade of the Gaza border crossings, but the policy proved problematic. Though the United States and the European Union all recognized Hamas as a terrorist organization and generally supported the blockade, Israel was internationally censured for cutting off vital supplies. In a classic fashion, Hamas shelled the gas stations providing fuel to Gaza and then blamed Israel for creating a humanitarian crisis. Gas shipments resumed, only to be used as a propellant for Qassam rockets.

The blockade, once again, furnished Hamas with a pretext for intensifying rocket and mortar attacks. Thousands of rockets fell, and citizens of southern Israel felt betrayed by their state. Still the government hesitated. The army had yet to recover from the Lebanon war and Olmert was facing several corruption charges. But equally paralyzing—again—was fear of the price Hamas would exact from the IDF and the possibility that Hizballah would again join the fray.

Another Egyptian-brokered ceasefire was arranged. Israel would reopen the crossings and Hamas stopped firing. But Hamas never really complied. A steady tiftuf—Hebrew for drizzle—of two or three rockets weekly kept millions of Israelis terrorized. Olmert appeared on Arabic television appealing to Hamas for restraint. Foreign Minister Tzipi Livni did the same in a last-minute visit to Cairo. But the salvos only increased.

III. 2008-2009

Hamas would now experience what Dwight Eisenhower called the fury of an aroused democracy. More than 90 percent of Israelis said they were ready to take on the terrorists militarily. Somehow, more than 100 percent of those called up reported for reserve duty, I among them. On December 27, 2008, the counterattack began.

Operation Cast Lead, it was called, a reference to Hanukkah and a holiday poem by the pioneering Zionist poet Ḥayyim Naḥman Bialik. In a scenario that would repeat itself three more times over the next twelve years, Israel responded to Hamas rocket attacks with intensive aerial strikes. Eighty aircraft hit 100 targets in less than four minutes. Two hundred Hamas guards, convinced that Israelis would never harm them, were out on parade that day. They died instantly. Over the course of the next six days, the IDF would fly 2,000 sorties, destroying dozens of Hamas command posts, arms caches, rocket launchers, and 300 of the estimated 500 tunnels running under the Philadelphi route. This time, there was no distinguishing between Hamas military and political targets. The homes of Hamas leaders, mosques used as arms depots, even the Islamic university, which Israel claimed was being used as a bomb laboratory, were leveled.

But, in another feature of the war that would reappear in the future, Israel sacrificed the element of surprise by leafleting areas that were targeted for strikes and warning the civilian population to flee. Text messages were sent to thousands of phone owners also warning them of impending attacks. Hamas sent civilians up on the roofs of targeted buildings, compelling Israeli pilots to divert missiles even after they had been fired. In response, the Israeli Air Force would try to clear the roofs of civilians by firing a form of non-lethal flash weapon before launching any explosive rounds. The method did not always work. Nizar Rayan, the third in command in Hamas, refused to let his family and his children leave the building after they were warned to do so. All four of his wives and as many as eleven of his children were killed.

The rockets kept falling, averaging 70 per day, ultimately totaling 800. No longer a combat soldier but an IDF spokesman by that point, I nevertheless remained under fire and more than once had to run, microphones and even cameras in tow, for shelter. A mere fourteen-and-a-half seconds separated the launching of the Qassams from their impact. Together with Arab and European reporters, I crouched and listened while several Sderot residents, stricken with chronic PTSD, screamed.A mere 14.5 seconds separated the launching of the rockets from their impact. Together with Arab and European reporters, I crouched and listened while several Sderot residents, stricken with chronic PTSD, screamed.

Though the number of Hamas rockets and mortars fired then was small compared to that of subsequent conflicts, they nevertheless produced in Israel significant damage because the Iron Dome anti-missile system that would later prove so successful had not yet been developed. The Hamas rockets also had a longer range than they had before, extending from fifteen to forty kilometers and endangering a million Israelis. One of them was our daughter, Lia, a student at Ben-Gurion University in Be’er Sheva. When the sirens began, she abandoned her car at an intersection and ran frantically for a bomb shelter, couldn’t find one, and went banging on various doors asking for shelter. Luckily, a nice old lady let her in, gave her lunch, and wanted her to stay, but Lia had to refuse. The car was still idling in the intersection.

Learning its lessons from the most recent Lebanon war, in which it had publicly declared specific goals it couldn’t meet, like the elimination of Hizballah from southern Lebanon, Israel kept its objectives broad and achievable: impair Hamas’s ability to shell Israel, restore security to southern Israel, and improve the security situation in Gaza.

And since Israel had learned another lesson from Lebanon, too—that warplanes alone cannot eliminate rocket fire—on January 3, 2009, 10,000 Israeli troops soldiers advanced into Gaza. They divided the Strip into three parts, hampering Hamas’s ability to transport men and munitions. Israeli commandos landed on the sea, further driving Hamas fighters inward into urban areas. They fled, rarely fighting, and their leaders hid under hospitals. Left to take the brunt of the advance were the civilians whom Hamas used as human shields. The IDF again took precautions to limit civilian casualties, but the casualty rate nevertheless rose. Efforts to stop Red Crescent ambulances that actually served to transport Hamas terrorists were harshly condemned by the International Red Cross—which, of course, didn’t complain publicly about Hamas’s abuse of the ambulances.

Throughout the fighting, the IDF took extraordinary measures to relieve Gaza’s humanitarian crisis. Some 27,000 tons of food and medical supplies and 240 tons of fuel were delivered to the Strip. A corridor was opened for relief trucks and a three-hour daily truce declared so that Gazans could stock up on supplies. But Hamas regularly violated that truce. It seized flour shipments from relief trucks and sold them for profit. My unit discovered that one of these aid trucks was transporting not food, as labeled, but Hamas military uniforms.

Civilian casualties quickly became an international focus. The IDF concluded that no more than 25 percent of all Palestinian casualties were civilian. The UN put the number at 40 percent and Hamas itself at 50 percent. Yet even that undoubtedly inflated number compares favorably to that of NATO’s 1999 intervention in the Balkans, where 150 fighters were killed versus 527 civilians. Over the course of the wars in Iraq and Afghanistan, coalition forces killed an estimated 250,000 civilians. Operation Cast Lead may have had the lowest civilian-to-soldier casualty ratio of any urban combat in recent history.

A similar asymmetry existed in the physical damage Israel inflicted on Gaza. Palestinian sources claimed that 4,000 homes were destroyed and 100,000 people left homeless. That was a tragedy. It must also be seen in context. A single battle in Fallujah during the second U.S. war in Iraq displaced 300,000. And many of the Gazan homes were devastated not by Israel but by Hamas booby traps.

None of these facts had much effect on the media, which described Gaza as the most densely populated area on earth—it isn’t; Tel Aviv is more densely populated, as are many other places—and that Israeli forces were firing indiscriminately. Reports of atrocities circulated. In a typical incident, the French press, quoting Palestinian sources, claimed that Israeli forces had bombed a UN school, killing 21 children. The story quickly leapt onto the international wire services, which cited only the French and left out the Palestinian sources, and inflated the number of children killed to 53. Israel’s anemic response was “We will launch an investigation.” That took three weeks and found that the IDF bomb had in fact fallen outside the school, where it had killed nine or ten Hamas terrorists and two civilians, neither of them a child. The damage to Israel’s image in the meantime, however, was irreparable.

Much of the Western world was uniting against Israel over Gaza, but the Middle East was becoming divided. Despite the Palestinian Authority’s attempts to portray Israelis as the aggressors, and Hamas’s efforts to ignite a third intifada, the West Bank remained generally quiet. So, too, did much of the Arab world, especially the Sunnis. If, during its previous wars, Israel would worry over the impact on the “Arab street,” that street had moved to London and Paris, which were then the scenes of violent protests, while the Middle East itself remained largely silent. After grilling me for minutes about alleged Israeli war crimes, a Palestinian reporter for an Arabic-language station pulled me aside and whispered, “Whatever you do, don’t stop until you’ve annihilated Hamas.” But while Sunnis like him expressed next to no support for Hamas, Iran and its Syrian satellite did support their proxy virulently, and accused Israel of doing to the Palestinians what they denied the Nazis ever did to the Jews.

By the end of the third week of fighting, it was clear to many in Israel that the operation had to end. Barack Obama was about to be inaugurated and the last thing anybody wanted was for the new president of the United States to have to proceed directly from the swearing-in ceremony to the White House situation room and deal with our crisis. Israel had already demonstrated its determination to defend itself. Rocket fire had dwindled. Twenty-two days after the operation began, with its troops nearing the center of Gaza City, Israel declared a unilateral ceasefire. Hamas followed suit the next day. The last IDF soldier withdrew from Gaza a day before President Obama’s inauguration.

IV. 2009-2021

A few months later, I was appointed Israel’s ambassador to the United States. Portentously, my first meeting in the Oval Office dealt almost exclusively with Gaza. President Obama insisted that Israel allow shipments of concrete into the Strip to help restore damaged structures. My first words spoken to him were about the number of tunnels under the Philadelphi route. “We thought there were 200, but it turned out there were 500,” I said, and the president seemed genuinely surprised. Also, I added, “Every bag of concrete will be used for building bunkers and tunnels.” But Obama merely nodded, clearly unconvinced. Israel eventually relented to his pressure and allowed thousands of bags of concrete to enter Gaza, where they were promptly put to use building bunkers and tunnels. It took years before Dennis Ross, the American emissary to Israel who was also present at the meeting, admitted that the warning had been right.

Gaza proved to be the leitmotif of my term as ambassador. From the ill-fated effort by IDF commandos to divert a flotilla of Islamic radicals from reaching Gaza in May 2010 to Israel’s release, in October 2011, of nearly a thousand jailed terrorists in exchange for captured corporal Gilad Shalit, the issue took up great swaths of my time. While generally supportive of Israel’s right to defend itself against Hamas, the administration insisted that Israel submit to a UN investigation of the flotilla incident and criticized Israel for the Shalit deal which, the White House claimed, strengthened Hamas at the expense of the Palestinian Authority. Meanwhile, efforts by J Street and pro-Palestinian organizations to promote the UN’s Goldstone report, accusing us of war crimes, kept Israel perennially on the defensive.

The whirlwind surrounding Gaza climaxed in November 2012 with Operation Pillar of Defense. Lasting eight days, this was a miniature re-enactment of Cast Lead, with Hamas and Islamic Jihad firing some 1,500 rockets at Israel and, for the first time, hitting Tel Aviv and nearly reaching Jerusalem. Israel again responded with airstrikes and was again assailed for acting disproportionally. The charge was strengthened—perversely—by the newly-deployed Iron Dome anti-ballistic-missile system, which greatly reduced Israeli casualties, while those among the Palestinians multiplied. I was proud of my role in helping to secure funding for Iron Dome from the U.S. even as I was aware that, in terms of Israel’s image, it was a double-edged sword. U.S. and international pressure again compelled Israel to accept a ceasefire.

The next clash with Hamas, 2014’s Operation Protective Edge, was the largest and longest rerun of 2008 and 2012. It lasted 26 days, during which Hamas fired nearly 4,000 rockets at Israel and Israel responded massively, first from the air as always and then on the ground. More than 2,000 Palestinians were killed, most of them terrorists but also a significant percentage of civilians. Israeli losses, military and civilian, were 73.

The patterns established during the previous two rounds of Gaza fighting resurfaced, only more swiftly and acrimoniously. Israel was again accused of deliberately targeting civilians or at least of being criminally negligent. Iron Dome defended Israel and thereby lent credence to the claim of disproportionality. Hamas was once again shown to have had a military tactic that served a media, diplomatic, and legal strategy designed to deny Israel the right to defend itself or even exist as an independent Jewish state. Hamas knew that it could never destroy Israel with its rockets, but that, by getting Israel to fire back and kill innocent civilians, it could whittle away at Israel’s international legitimacy. While Israelis continued to believe that Gaza was the main battlefield, Hamas knew that it was not in the Strip but on television and computer screens around the world, at the UN, and ultimately at the International Criminal Court, where Israel would be sanctioned for war crimes.

Sadly, it worked.

Operation Protective Edge found me out of office but still defending Israel in the press. “How many Palestinian women and children will Israel have to kill until it’s satisfied?” MSNBC’s Ronan Farrow began his interview with me, asking a not-uncommon question. Gaza was again falsely described as the most densely populated area on earth and Israeli forces were described as firing randomly. Reporters in Gaza were prevented by Hamas from photographing rocket crews or even terrorists carrying guns and were instead confined to hospitals and scenes of wounded children. On the Internet, Hamas posted images of bodies dismembered by Israeli bombing; the images were actually taken from horror movies.

Incensed by these images, international opinion swiftly turned against Israel. The Obama administration made it clear that Israel could defend itself against Hamas—but only passively, by using Iron Dome, not by sending troops into Gaza. The White House held up the resupply of vital munitions to the IDF. Secretary of State John Kerry tried to mediate, enlisting the help of Hamas-supporting Turkey and Qatar, only to be rebuffed by both Israel and Egypt. Eventually, Israel found that it could not maintain the diplomatic space and time it needed to keep fighting and eventually agreed to a ceasefire. Gaza was once again devastated, but Hamas was still standing and free to once again rearm.

The media’s assumption of Israeli guilt and its promotion of Hamas’s narrative, its reliance on Hamas’s statistics and its compliance with Hamas’s restrictions on the press, only intensified during a round of Gaza border protests in 2018 and 2019. The many children whom Hamas herded toward the border fence were even better than rockets—reusable and, since they didn’t cause any Israeli casualties, the most irrefutable proof yet of disproportionality. “Hamas wants you to condemn us,” I told a BBC interviewer. “Hamas wants you to applaud it for sending their children out to die. And when more of them do, their blood will be on your hands.”

All of my familiarity with Gaza, though, paled beside the knowledge I would acquire as a member of the Knesset who chaired a classified committee on the subject, and who, as a deputy minister in the prime minister’s office, was assigned to find new ways to address the threat. In the committee, for example, I heard how the foreign ministry and the IDF’s judicial branch were understaffed and ill-prepared to defend Israel against charges of war crimes in the International Criminal Court. In the prime minister’s office, I explored ways to improve the standard of living for ordinary Gazans, providing them with more than their usual four hours daily of electricity and a mere 4 percent of their potable water. By giving them something to lose in a war, I hoped, Gazans might resist Hamas’s efforts to trigger one. But the Israeli government, reflecting public sentiment generally, believed that “What is bad for Gaza is good for Israel,” and balked at the idea. Hamas would have been pleased. I learned one thing above all from that time: Hamas wants the Gazans to suffer.

Hamas, I learned, cares nothing for the wellbeing of Palestinian civilians. While Israel is more than willing to facilitate the transfer of all the food and medicine Gaza needs—contrary to international opinion, Israel does not maintain a full blockade of Gaza but bans only the import of dual-use items like concrete that Hamas will use for rockets and bunkers—Hamas stops the trucks and even blows up the receiving terminals in order to create a humanitarian crisis it can then blame on Israel. Hamas, I learned, forces thousands of children to dig its tunnels and hundreds of them die in the process. The Palestinian Authority, meanwhile, cuts off aid for Gazans who receive medical treatment in Israel and freezes the pensions of Gaza workers, all in order to pressure Hamas and force it to start another war. The Palestinian Authority, I learned, is willing to fight Hamas to the last Israeli, all the while denouncing Israel for war crimes.

Yet Hamas, still somehow less corrupt than the Palestinian Authority and the flag-bearer of religiously inflected resistance, remains overwhelmingly popular in the West Bank as well as in Gaza. And despite its pounding in successive military rounds with Israel, Hamas believes it is winning.

“Is this an image of victory or defeat,” Meir Ben Shabbat, currently Israel’s national security advisor but then head of Internal Security’s southern command, asked me. Projected on the wall was a photo of Hamas leader Ismail Haniyeh standing atop a pile of debris and giving the “V” sign. “Obviously, it’s defeat,” I said, only to be corrected by Meir. “No. Haniyeh is proud of the destruction. And he’s still standing. That, for Hamas, is victory.”

Last month’s Operation Guardians of the Wall was yet another rerun of the 2008, 2012, and 2014 conflicts. It began with Hamas missiles—fired not at the south, for a change, but at Jerusalem—followed by an Israeli aerial response. The IDF succeeded in blowing up some 60 miles of Hamas tunnels and eliminating many terrorist commanders. The accuracy of Israeli airstrikes, harnessing artificial intelligence and closely coordinated with Israeli intelligence, was unprecedented.

In terms of public diplomacy, though, the operation faltered. Pointing to an Israeli court’s decision to evict Palestinian residents from Jewish-owned property in the Sheikh Jarrah neighborhood of Jerusalem, and a raid by Israeli police on rock-throwing Palestinian protestors holed up in al-Aqsa Mosque, much of the media blamed Israel for provoking the violence. Israel responded with the same messages it had used over the previous fifteen years—“Hamas commits a double war crime, firing at civilians while hiding behind civilians”—but the world was no longer listening. Feelings, not facts, dominated the media, especially those that labeled Israelis as war criminals and assailed us for acting disproportionately. “Why doesn’t Israel provide Iron Dome to the Palestinians?” a CNN interviewer asked me in all sincerity.

Hamas had other reasons to rejoice as well. With each passing war, the range and rate of Hamas rocket fire have greatly increased. This time, using only a third of its arsenal, Hamas hit both Jerusalem and Tel Aviv and, in eleven days, launched more rockets than in the entire four weeks of the 2014 conflict. Inexplicably reviving the policy of distinguishing between Hamas’s political and military wings, Israel targeted several terrorist commanders but otherwise left Hamas’s civilian leaders unscathed. International calls for a ceasefire afforded Israel even less time to fight, and Hamas emerged with its prestige enhanced, especially among Palestinians in Jerusalem and the West Bank. The bodies of Lieutenant Hadar Goldin and Sergeant Oron Shaul, both killed in 2014, remain in Gaza, as do the two Israeli civilians currently in Hamas captivity. Hamas, in other words, is still standing.

The same might not be said about me if I were to attempt today to give a lecture like the one I delivered at Georgetown in 2009. Israel’s need to defend itself against a genocidal enemy remains unchanged; not so the willingness of many American audiences to hear about it. Back then, fresh from the battlefield, I was able to deliver an hour-long, unabashedly pro-Israel lecture in front of a full college audience and was not interrupted even once. Could such a talk be given on any leading campus today? Rather than being respectfully received and listened to, I would likely now be interrupted by shouts of “apartheid” and “baby killer.” Perhaps I might not be invited to speak at all.

The situation is graver still given the near inevitability of another round of fighting with Hamas, with more and deadlier rockets landing in Israel and greater devastation inevitable in Gaza as a result. I concluded my 2009 talk by claiming that Israel had restored its deterrent power over Hamas and that, while not an iconic triumph, “that was victory enough for me.” Alas, I spoke too soon.Short of reconquering and reoccupying it at incalculable diplomatic, economic, and human cost, there is no solution for Gaza.

Short of reconquering and reoccupying it at incalculable diplomatic, economic, and human cost, there is no solution for Gaza. Iran, which is willing to fight Israel to the last Palestinian, would like nothing better than to see Israel indefinitely bogged down and bled. And who would take responsibility for the Strip—a widely despised Palestinian Authority that could only be installed and maintained there at the point of Israeli bayonets?

Ultimately, there is little choice for Israel but to prepare for a fifth and probably no less decisive round of conflict in Gaza. While a renewed peace process might mitigate some of the public-relations fallout from the latest conflict, it will surely also make Hamas more determined to distinguish itself from the “treasonous” Palestinian Authority—to demonstrate its commitment to resisting, rather than negotiating with, the Zionists.

Israel must also gird itself for a much larger-scale conflict, one that sees not only more powerful and accurate Hamas missiles but also rocket attacks from Hizballah and other Iranian-backed terrorists in Iraq, Syria, and Yemen. Such an onslaught would quickly overwhelm the Iron Dome system and force the IDF to mount a major air and ground offensive on multiple fronts.

Israel must thus ready itself militarily, politically, and emotionally. The nearly 80 percent of Israelis who opposed the ceasefire in May will be willing to fight on provided their government can withstand international pressure. Such resilience can only be secured once Israel accepts the fact that the main battlefield is not Gaza but the court of world opinion. Israel, accordingly, must invest unprecedented resources in shaping that opinion and generating a deeper understanding of what Hamas truly is and aspires to achieve. Posting on the Internet a three-dimensional tour of Hamas’s tunnel system would, for example, prove helpful, as would images of Hamas terrorists firing from civilian neighborhoods. Inviting John Oliver, Trevor Noah, and other entertainers who were critical of Israel to visit Sderot and other Gaza border towns could also alter their narrative.

Most importantly, Israel must determine its goals in Gaza, whether merely reducing Hamas’s capabilities or fully demilitarizing the Strip. It must state its intention to eliminate all of Hamas’s leadership, military and political alike. The international community must be apprised of those goals and fully forewarned about their cost. And our leaders must speak candidly to Israelis about the price they will have to pay for a more prolonged period of quiet. By acting responsibly now, Israel can conceivably achieve more in terms of deterring Hamas. The terrorists will be subdued temporarily, perhaps for a decade or more. And when the dust settles from that awful, necessary defense, as in the last confrontations so again in the next one, it will be the Israelis who are still standing.

About the author

Michael Oren, formerly Israel’s ambassador to the United States, a member of the Knesset, and a deputy minister in the prime minister’s office, is the author of, most recently, To All Who Call in Truth (Wicked Son, 2021).

As taken from, How Gaza Became Israel’s Unsolvable Problem » Mosaic (mosaicmagazine.com)

 
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Posted by on June 10, 2021 in Uncategorized

 

For God’s sake, Islam and Judaism can make peace

The rift can heal with the help of interfaith dialogue anchored in a deep understanding of Islam’s 2 contrasting views on Jews and Judaism

Palestinian worshippers protest at the Al-Aqsa mosque compound in Jerusalem Old City on May 21, 2021. (Jamal Awad/Flash90)
by Yakov Nagen

“It was the best of times; it was the worst of times.” This opening line of Charles Dickens’s A Tale of Two Cities is germane to the state of Jewish-Arab relations this year. This has been a period in which, on the international level, Israel and a number of Arab nations established formal relations, and on the internal level, Israel’s Arab minority seemed to be heading towards full integration within society. Israeli Arabs garnered respect and appreciation for their prominent role in combating COVID and by their outpouring of empathy and tangible support in response to the tragedy at Meron. Suddenly, now, this has all been overshadowed by extensive rioting and attacks against Jews, the burning of homes and synagogues, and the firing of thousands of missiles from Gaza. This turnabout has left many bewildered, searching for a way to integrate these contradictory realities and asking what this tells us about the future.

Many factors underlie this complexity. That said, in both of these processes, the positive and the negative, religious identity plays a major role. The name of the peace agreements with the Gulf states, “The Abraham Accords,” highlights the common ancestor of both faiths. Within Israel, increased Arab involvement in politics and the call for tolerance and partnership between Jews and Arabs has emerged specifically from the Arab party that spotlights religion: Mansour Abbas’s Islamic Movement, known as Ra’am. On the other hand, the igniting of violence against Jews also has a religious context – the month of Ramadan and the fact that the violence is a response to claims of threats to Al Aqsa.

In regard to the tensions and conflicts in Israel and the Middle East, Rabbi Menachem Froman used to say “If religion is part of the problem, then it will have to be part of the solution.” Gaining a deeper understanding of Jewish-Muslim relations, can help guide these relations and influence both the micro and the macro processes.

But for me, the issue of relations between Judaism and Islam goes beyond a social or political question. It gets to the heart of who I am as a Jew, how I can serve God most fully, and what my role is in realizing visions of redemption. I believe that the Jewish people should not be passive in awaiting the fulfillment of the biblical vision of the future, but instead takes an active part in bringing them to fruition, including that of calling to God globally: to “call upon the name of the Lord, to worship Him of one accord” (Zephaniah 3:9). Just as we have devoted ourselves to fulfilling visions of redemption such as the return to Zion and rebuilding the land, we must devote no less energy to promoting the universal vision that can come about only through partnership with other peoples in serving God.

Here, relations with Islam play a significant role. Both faiths believe in the same God. Maimonides maintained that “concerning the unity of God, [Muslims] are not at all in error.” Islam recognizes this commonality as well; Sura 29 of the Quran states unequivocally regarding the Jews that “our God and their God is one.” Jews and Muslims believe in and serve the same God.

Modern rabbis continue to apply this principle. Rabbi Avigdor Nebenzahl, the former chief rabbi of Jerusalem’s Old City, once condemned the desecration of a mosque not on grounds of tolerance, but simply because God is worshipped in a mosque, and it is therefore forbidden to vandalize it. He explained the God that Muslims pray to in their houses of worship is the same God that Jews address in our synagogues. This voice was echoed this week in Mansour Abbas’s visit to a synagogue in Lod and his condemnation of its desecration as a violation of Islam’s respect for sacred sites. Similarly, Rabbi Shmuel Salant, the Chief Rabbi of Jerusalem for many decades of the nineteenth century, was careful not to walk in front of a Muslim at prayer, saying that the Divine Presence graced the spot.

Muslim sources that grant a special status to the Jewish people and to the revelation at Mount Sinai. For example, the Quran mentions Moses 135 times, while Muhammad is mentioned a scant four times. Jews and Muslims recognize one another as cousins, descendants of Abraham through Isaac and Ishmael. As we read in the book of Genesis, families can spark the strongest hatreds and the most horrific conflicts – but they also share the deepest, most meaningful ties.

Two opposing Islamic views on Jews

Still, the reality is more complex. Historically, Islam has presented two contrasting faces to Jews. The harsh face includes Muhammad’s massacre of the Jewish Qurayza tribe (based on the claim that when he fought the people of Mecca these Jews planned to betray him and support his enemies). Fueled in part by medieval Muslim-Jewish polemics, many Muslim religious leaders and scholars claim that the Jewish Bible is a distortion of the original book given to the Jews by God and that furthermore the Bible has been abrogated by the Quran.

Yet Islam also has a benevolent face relating to Jews and Judaism The Quran grants to Jews (and Christians) the honorific title of “Ahl al-Kitab,” People of the Book, and also stress the importance of the Torah and esteem the Jews as the chosen people. In more modern times, the Muslim kings of Morocco would send emissaries to synagogues in times of drought, to ask them to pray for rain.

We must understand the roots of this complex relationship if we want to promote its positive aspects and strive toward healing and fellowship. When we recognize both the agreeable and the negative elements of our history and interaction – and the reasons for them – it will guide us to reinforce the positive and mend the problems from their roots. The goal is not to justify or whitewash the wounds of the past but to find the path to repair our relationship – for our sake, for their sake, and for the sake of fulfilling God’s designs for the world. What, then, are the roots of this complex relationship?

To answer this question, we must distinguish between Islam’s approach to Judaism and its approach to Jews. Islamic sources express great respect for Judaism and its texts, but often hostility toward Jews. The Quran consistently articulates respect for the Torah and even for the Jewish people, who bear the obligation to observe the Torah’s commandments and who will be rewarded for proper observance in the next world. This is true not only of early sources, from the Mecca period, but also of the later ones, from the al-Medina period, as well. Take, for example, the following verses from the al-Medina period:

We revealed the Torah, wherein there is guidance and light. Thereby did prophets, who had submitted themselves, judge the Jews, and so did the rabbis and judges. They judged by the book of Allah, for they had been entrusted to keep it and bear witness to it. (Sura 5:44)

For each of you we have appointed a Law and a way of life. And had Allah so willed, He would have made you one single community; instead, [He gave each of you a Law and a way of life] in order to test you by what He gave you. Vie, then, one with another in good works, as to Allah you will all return and He will then make you understand the truth concerning the matters upon which you disagreed. (Sura 5:48)

The Quran affirms the truth of the holy books of earlier religions. It states that each one contains the laws and practices one must follow, and that the Torah specifically, revealed from heaven, provides “guidance and light.” A Hadith relates that when some Jews asked Muhammad to render a halachic decision, he instructed them to bring a Torah scroll and a Jew who knew how to read it. When the Torah scroll arrived, Muhammad rose from his cushion to accommodate it and honor it (Sunan Abu Dawud 40).

The Quran’s tempered criticism of Jews

It is also true, however, that the Quran contains sharp criticism of the Jews. Some stemmed from Muhammad’s observation that there were Jews who did not keep the Torah they were committed to keep. For example, the infamous statement that “the Jews are monkeys” was said about Jews whose commitment to Shabbat observance was tried by God and found wanting. The Quran also adopted criticism of Jews from reproaches of the Israelites in the Torah, such as after the sin of the Golden Calf.

But Muhammad had not always been hostile to Jews. When he was still in Mecca, he voiced respect for Jews themselves, as well as for their religion. It was only later, in al-Medina, that Muhammad turned against them. He had seen himself as the natural extension of Judaism, and was bitterly disappointed that the Jews rejected his message and his movement and remained steadfast in their tradition. This, combined with other historical factors, led to a volatile situation and to his adopting a harsh, even violent, approach to the Jews. It accounts for the contrast between the severe criticism of Jews and the legitimacy he accorded Judaism.

It also enables us to understand why the Quran’s rejection of the Jews is not categorical. Professor Tamer Metwally of Al-Madinah University in Saudi Arabia contrasts between early Christian theology, which saw the Jewish people as rejected by God, collectively responsible for the death of Jesus, and whose suffering as proof that they were accursed and sinful. The Quran, on the other hand, repeatedly tempers its criticism of Jews with the admonition that “they are not all alike,” and does not fundamentally reject Jews (e.g., Sura 3:113–15).

Could Islam ever develop a more positive approach to Judaism? To shed light on this question we can look to developments within Christianity, which was once far more hostile to Jews and Judaism than was Islam. The relationship between Christians and Jews was characterized by sharp theological polemics and bloodshed. But gradually, over many years, the Christian attitude has shifted – considerably.

While theological convictions of two thousand years cannot change overnight, a turning point was achieved in “Nostra aetate” in 1965. This declaration, commonly known as Vatican II, marked a dramatic turnaround in Christian-Jewish relations. The Commission of the Holy See for Religious Relations with the Jews issued an additional document, “The Gifts and Calling of God Are Irrevocable,” in 2015; it officially repudiated evangelizing Jews, based on a new recognition that God’s covenant with the Jewish people is still in force.

These changes are the products of copious effort over many years and of extensive discussion among key Jewish and Christian leaders. The process remains incomplete, and it will likely take years to fully heal and to foster perfect peace between the two religions and their adherents. Nevertheless, these developments in the Christian world attest to the possibility of great change if we are determined and persistent, even if we begin from the most painful starting point.

The path to reconciliation

We would be naïve to imagine that the path to reconciliation and mutual appreciation between Jews and Muslims will be simple or quick. We need to contend with the severe traumas from the past, the violence and hatred in the present, and the widespread mutual antipathy between the populations.

At base, however, the hostility does not arise from the core of either religion. In fact, our foundational stories, rather than contradicting one another, strengthen each other: The Jewish view of Abraham as “the father of nations” underlies our ability to be a blessing to other nations, to fulfill our purpose, and to reveal God’s design for the world. There are billions of people who worship God, who recognize Abraham as their patriarch, and who respect the Jewish path to serving God. This glorifies God’s name and expands the Abrahamic influence.

For Muslims, Judaism is vital for their own religious story. Professor Metwally, in his book Bias against Judaism in Contemporary Writings: Recognition and Apology, asserts that since Islam is built upon a progression of different emissaries and revelations, striking at Judaism strikes at one of the building blocks of Islam and thereby undermines its faith. Jews and Judaism provide essential testimony to certain pillars of Islamic doctrine: the revelation at Sinai and the chain of divine prophecy. The Quran itself calls upon adherents to turn to the Jews to corroborate faith (Sura 10:94).

We can build on the existing framework within Islam of respect and appreciation for Jews. As Jews, we actually have a role to play in intra-Muslim conversations, since Islam recognizes the importance of the Jewish link in the chain of revelation and opens dialogue with Jews. Understanding the roots of the alienation and violence facilitates our ability to heal the rift, restore mutual respect, and liberate ourselves from antagonism.

I firmly believe that through personal encounters and interfaith dialogue on the basis of these principles we can create change. Let us have no illusions that this process will be quick; the conditions are too complex for easy answers. But we must proceed, knowing that “the eternal nation does not fear the long journey.”

ABOUT THE AUTHOR Yakov Nagen is the Director of Ohr Torah Stone’s Blickle Institute for Interfaith Dialogue and the Beit Midrash for Judaism and Humanity. He is also a Rabbi at the Yeshiva of Otniel. His book “Be, Become, Bless – Jewish Spirituality between East and West” was recently published by Maggid.

As taken from, For God’s sake, Islam and Judaism can make peace | Yakov Nagen | The Blogs (timesofisrael.com)

 
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Posted by on May 31, 2021 in Uncategorized

 

Por el amor de Dios, ¡el Islam y el Judaísmo pueden hacer la paz!

por Yakov Nagen

La brecha puede superarse con la ayuda del diálogo interreligioso anclado en una comprensión profunda de las dos visiones contrastantes del Islam sobre los judíos y el judaísmo.

“Fue el mejor de los tiempos; fue el peor de los tiempos “. Esta línea de apertura de Historia de dos ciudades, de Charles Dickens guarda relación con el estado de las relaciones entre judíos y árabes en este año. Este ha sido un período en el que, a nivel internacional, Israel y varias naciones árabes establecieron relaciones formales y, a nivel interno, la minoría árabe de Israel parecía encaminarse hacia la plena integración en la sociedad. Los árabes israelíes se ganaron el respeto y aprecio por su papel destacado en la lucha contra el COVID y por su gran muestra de empatía y apoyo tangible en respuesta a la tragedia de Meron. De repente, ahora, todo esto se ha visto ensombrecido por extensos disturbios y ataques contra judíos, la quema de casas, sinagogas y el disparo de miles de misiles desde Gaza. Este giro ha dejado a muchos desconcertados, buscando la forma de integrar estas realidades contradictorias y preguntándose qué nos dice esto sobre el futuro.

Muchos factores subyacen esta complejidad. Dicho esto, en ambos procesos lo positivo y lo negativo, la identidad religiosa juega un papel importante. El nombre de los acuerdos de paz con los estados del Golfo, “Los Acuerdos de Abraham”, destaca el antepasado común de ambas religiones. Dentro de Israel, el aumento de la participación árabe en la política y el llamado a la tolerancia y la asociación entre judíos y árabes ha surgido específicamente del partido árabe que destaca la religión: el Movimiento Islámico de Mansour Abbas, conocido como Ra’am. Por otro lado, el inicio de la violencia contra los judíos también tiene un contexto religioso: el mes de Ramadán y el hecho de que la violencia es una respuesta a las denuncias de amenazas a Al Aqsa.

Con respecto a las tensiones y conflictos en Israel y el Medio Oriente, el rabino Menachem Froman solía decir “Si la religión es parte del problema, entonces tendrá que ser parte de la solución”. Obtener una comprensión más profunda de las relaciones entre judíos y musulmanes puede ayudar a orientar estas relaciones e influir tanto en los procesos micro como macro. Pero para mí, el tema de las relaciones entre el judaísmo y el Islam va más allá de una cuestión social o política. Llega al corazón de quién soy como judío, cómo puedo servir a Dios más plenamente y cuál es mi papel en la realización de visiones de redención. Creo que el pueblo judío no debe ser pasivo a la espera del cumplimiento de la visión bíblica del futuro, sino que debe participar activamente en llevarlos a buen término, incluyendo el de llamar a Dios a nivel mundial: “invocar el nombre del Señor, para adorarle unánimes ” (Sofonías 3: 9). Así como nos hemos dedicado a cumplir visiones de redención como lo son el regreso a Sión y la reconstrucción de la tierra, no debemos dedicar menos energía a promover la visión universal que solo puede lograrse mediante la asociación con otros pueblos para servir a Dios.

Aquí, las relaciones con el Islam juegan un papel importante. Ambas religiones creen en el mismo Dios. Maimónides sostuvo que “con respecto a la unidad de Dios, [los musulmanes] no están en ningún error”. El Islam también reconoce esta similitud; La Sura 29 del Corán declara inequívocamente con respecto a los judíos que “nuestro Dios y su Dios es uno”. Judíos y musulmanes creen y sirven al mismo Dios.

Los rabinos modernos continúan reconociendo este principio. El rabino Avigdor Nebenzahl, ex rabino jefe de la Ciudad Vieja de Jerusalén, una vez condenó la profanación de una mezquita no por motivos de tolerancia, sino simplemente porque se adora a Dios en una mezquita y, por lo tanto, está prohibido vandalizarla. Explicó que el Dios al que los musulmanes rezan en sus casas de culto es el mismo Dios al que los judíos se dirigen en nuestras sinagogas. Esta voz se hizo eco esta semana en la visita de Mansour Abbas a una sinagoga en Lod y su condena de su profanación como una violación del respeto del Islam por los lugares sagrados. De manera similar, el rabino Shmuel Salant, el gran rabino de Jerusalén durante muchas décadas del siglo XIX, tuvo cuidado de no caminar frente a un musulmán en oración, diciendo que la Presencia Divina adornaba el lugar.

Fuentes musulmanas otorgan un estatus especial al pueblo judío y a la revelación del Monte Sinaí. Por ejemplo, el Corán menciona a Moisés 135 veces, mientras que Mahoma se menciona unas escasas cuatro veces. Judíos y musulmanes se reconocen como primos, descendientes de Abraham a través de Isaac e Ismael. Como leemos en el libro de Génesis, las familias pueden provocar los odios más fuertes y los conflictos más horribles, pero también comparten los lazos más profundos y significativos.

Dos puntos de vista islámicos opuestos sobre los judíos

Aún así, la realidad es más compleja. Históricamente, el Islam ha presentado dos caras contrastantes a los judíos. El rostro duro incluye la masacre de Mahoma contra la tribu judía Qurayza (basada en la afirmación de que cuando luchó contra la gente de La Meca, estos judíos planearon traicionarlo y apoyar a sus enemigos). Impulsados ​​en parte por polémicas medievales entre musulmanes y judíos, muchos líderes religiosos y eruditos musulmanes afirman que la Biblia judía es una distorsión del libro original que Dios les dio a los judíos y que, además, la Biblia ha sido abrogada por el Corán.

Sin embargo, el Islam también tiene un rostro benévolo en relación a los judíos y el judaísmo. El Corán otorga a los judíos (y cristianos) el título honorífico de “Ahl al-Kitab”, Pueblo del Libro, y también enfatiza la importancia de la Torá y estima a los judíos como el pueblo elegido. En tiempos más recientes, los reyes musulmanes de Marruecos enviarían emisarios a las sinagogas en tiempos de sequía, para pedirles que oraran por lluvia.

Debemos hacer el esfuerzo para comprender las raíces de esta compleja relación si queremos promover sus aspectos positivos y luchar por la sanación y el compañerismo. Cuando reconocemos los elementos agradables y los negativos de nuestra historia e interacción, así como las razones de ellos, esto nos auxiliará a reforzar lo positivo y reparar los problemas desde sus raíces. El objetivo no es justificar o blanquear las heridas del pasado, sino encontrar el camino para reparar nuestra relación, por nuestro bien, por el de ellos y para cumplir los designios de Dios para el mundo. ¿Cuáles son, entonces, las raíces de esta compleja relación?

Para responder a esta pregunta, debemos distinguir entre el enfoque del Islam hacia el judaísmo y su enfoque hacia los judíos. Las fuentes islámicas expresan un gran respeto por el judaísmo y sus textos, pero a menudo manifiestan hostilidad hacia los judíos. El Corán expresa constantemente el respeto por la Torá e incluso por el pueblo judío, quien tiene la obligación de observar los mandamientos de la Torá y que será recompensado por su observancia adecuada en el próximo mundo. Esto es cierto no solo para las fuentes tempranas, del período de La Meca, sino también para las posteriores, del período de al-Medina. Tomemos, por ejemplo, los siguientes versículos del período de al-Medina:

Revelamos la Torá, donde hay guía y luz. De ese modo, los profetas, que se habían sometido, juzgaron a los judíos, al igual que los rabinos y los jueces. Juzgaron por el libro de Alá, porque se les había confiado que lo guardaran y lo testificaran. (Sura 5:44)

Para cada uno de ustedes hemos designado una Ley y una forma de vida. Y si Alá así lo hubiera querido, te habría hecho una sola comunidad; en cambio, [Él les dio a cada uno de ustedes una Ley y una forma de vida] para probarlos con lo que Él les dio. Compita, entonces, unos con otros en buenas obras, ya que a Allah todos regresarán y Él les hará comprender la verdad sobre los asuntos en los que no estaban de acuerdo. (Sura 5:48)

El Corán afirma la verdad de los libros sagrados de religiones anteriores. Establece que cada uno contiene las leyes y prácticas que uno debe seguir, y que la Torá específicamente, revelada desde el cielo, proporciona “guía y luz”. Un Hadiz relata que cuando algunos judíos le pidieron a Mahoma que diera una decisión halájica, les indicó que trajeran un rollo de la Torá y un judío que supiera leerlo. Cuando llegó el rollo de la Torá, Mahoma se levantó de su cojín para acomodarlo y honrarlo (Sunan Abu Dawud 40).

La crítica moderada del Corán a los judíos

Sin embargo, también es cierto que el Corán contiene duras críticas a los judíos. Algunos surgieron de la observación de Muhammad de que había judíos que no guardaban la Torá que estaban comprometidos a cumplir. Por ejemplo, la infame declaración de que “los judíos son monos” se dijo acerca de los judíos cuyo compromiso con la observancia del Shabbat fue juzgada por Dios y se encontró deficiente. El Corán también adoptó la crítica a los judíos por causa de los reproches contra los israelitas en la Torá, como por ejemplo, después del pecado del becerro de oro.

Pero Mahoma no siempre fue hostil con los judíos. Cuando todavía estaba en La Meca, expresó respeto por los judíos, así como por su religión. Sólo más tarde, en al-Medina, Mahoma se volvió contra ellos. Se había visto a sí mismo como la extensión natural del judaísmo y estaba amargamente decepcionado porque los judíos rechazaban su mensaje y su movimiento permaneciendo firmes en su tradición. Esto, combinado con otros factores históricos, llevó a una situación volátil y a que adoptara un enfoque severo, incluso violento, hacia los judíos. Esto nos ayuda un poco a comprender el contraste entre la severa crítica a los judíos y la legitimidad que le otorgó al judaísmo.

También nos permite comprender porqué el rechazo del Corán a los judíos no es categórico. El profesor Tamer Metwally de la Universidad Al-Madinah en Arabia Saudita contrasta entre la teología cristiana primitiva, que veía al pueblo judío como rechazado por Dios, colectivamente responsable de la muerte de Jesús, y cuyo sufrimiento es prueba de que eran malditos y pecadores. El Corán, por otro lado, modera repetidamente su crítica a los judíos con la advertencia de que “no todos son iguales” y fundamentalmente no rechaza a los judíos (por ejemplo, Sura 3: 113-15).

¿Podría el Islam desarrollar un enfoque más positivo del judaísmo? Para arrojar luz sobre esta cuestión, podemos mirar los desarrollos dentro del cristianismo, que una vez fue mucho más hostil a los judíos y al judaísmo que el Islam. La relación entre cristianos y judíos se caracterizó por fuertes polémicas teológicas y derramamiento de sangre. Pero gradualmente, durante muchos años, la actitud cristiana ha cambiado, considerablemente.

Si bien las convicciones teológicas de dos mil años no pueden cambiar de la noche a la mañana, se logró un punto de inflexión en “Nostra aetate” en 1965. Esta declaración, comúnmente conocida como Vaticano II, marcó un cambio dramático en las relaciones entre cristianos y judíos. La Comisión de la Santa Sede para las Relaciones Religiosas con los Judíos emitió un documento adicional, “Los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables”, en 2015; repudió oficialmente a los evangelizadores enfocados en los judíos, basándose en un nuevo reconocimiento de que el pacto de Dios con el pueblo judío continua vigente.

Estos cambios son el producto de un gran esfuerzo de muchos años y de una extensa discusión entre líderes judíos y cristianos claves. El proceso sigue siendo incompleto y probablemente tomará años sanar por completo, y de igual manera requerirá años fomentar la paz perfecta entre las dos religiones y sus seguidores. Sin embargo, estos desarrollos en el mundo cristiano atestiguan la posibilidad de un gran cambio si somos decididos y perseverantes, incluso si partimos del punto de partida más doloroso.

El camino a la reconciliación

Sería ingenuo imaginar que el camino hacia la reconciliación y el aprecio mutuo entre judíos y musulmanes será simple o rápido. Necesitamos lidiar con los severos traumas del pasado, la violencia y el odio en el presente y la antipatía mutua generalizada entre las poblaciones.

En el fondo, sin embargo, la hostilidad no surge del núcleo de ninguna de las religiones. De hecho, nuestras historias fundamentales, en lugar de contradecirse, se fortalecen entre sí: La visión judía de Abraham como “el padre de las naciones” subyace en nuestra capacidad de ser una bendición para otras naciones, cumplir nuestro propósito y revelar el diseño de Dios por el mundo. Hay miles de millones de personas que adoran a Dios, que reconocen a Abraham como su patriarca y que respetan el camino judío para servir a Dios. Esto glorifica el nombre de Dios y expande la influencia abrahámica.

Para los musulmanes, el judaísmo es vital para su propia historia religiosa. El profesor Metwally, en su libro Bias against Judaism in Contemporary Writings: Recognition and Apology, afirma que dado que el Islam se basa en una progresión de diferentes emisarios y revelaciones, atacar al judaísmo es golpear uno de los pilares del Islam y, por lo tanto, socava su fe. Los judíos y el judaísmo proporcionan un testimonio esencial de ciertos pilares de la doctrina islámica: la revelación en el Sinaí y la cadena de la profecía divina. El Corán mismo pide a los seguidores que se dirijan a los judíos para corroborar la fe (Sura 10:94).

Podemos construir sobre el marco de respeto y aprecio ya existente dentro del Islam por los judíos. Como judíos, en realidad tenemos un papel que desempeñar en las conversaciones intra musulmanas, ya que el Islam reconoce la importancia del eslabón judío en la cadena de la revelación abriendo el diálogo con los judíos. Comprender las raíces de la alienación y la violencia facilita nuestra capacidad para sanar la brecha, restaurar el respeto mutuo y liberarnos del antagonismo.

Creo firmemente que a través de los encuentros personales y el diálogo interreligioso, sobre la base de estos principios, podemos generar cambios. No nos hagamos ilusiones de que este proceso será rápido; las condiciones son demasiado complejas para respuestas fáciles. Pero debemos continuar, sabiendo que “la nación eterna no teme el largo viaje”.

ABOUT THE AUTHOR Yakov Nagen is the Director of Ohr Torah Stone’s Blickle Institute for Interfaith Dialogue and the Beit Midrash for Judaism and Humanity. He is also a Rabbi at the Yeshiva of Otniel. His book “Be, Become, Bless – Jewish Spirituality between East and West” was recently published by Maggid.

Según tomado de, For God’s sake, Islam and Judaism can make peace | Yakov Nagen | The Blogs (timesofisrael.com)

Traducido por drigs, CEJSPR

 
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Posted by on May 31, 2021 in Uncategorized

 

Odiar a los judíos: la maldición duradera

Beny Shlevich, CC BY-SA 2.0 , via Wikimedia Commons

por Rabino Michael Lerner

En realidad, ni siquiera deberíamos llamarlo antisemitismo, una etiqueta designada para identificar el odio hacia los judíos por parte de los racistas de WASP[1] del siglo XIX, quienes perseguían etiquetar a cada grupo de personas en términos de su “raza”, aunque investigaciones biológicas y sociológicas posteriores han demostrado que el concepto de raza en sí mismo carece de legitimidad científica.

El odio a los judíos tiene una larga historia y múltiples niveles de causalidad. Por lo tanto, una campaña para desafiar y socavar ese odio tiene que comprender y desarraigar en todos los niveles.

El inicio se remonta cientos de años antes de que surgiera el cristianismo. En casi todas las sociedades antiguas, el dominio de clase y el patriarcado se sostenían no solo por la fuerza y ​​la violencia, sino también por enseñar a los poderosos y alfabetizados que no hay alternativa a sus órdenes existentes, y que de alguna manera las divisiones (de clase y patriarcales) están enraizadas en la estructura del propio universo. Así como era ridículo pensar que los humanos pudiéramos cambiar los ciclos del sol o la luna, también sería ridículo pensar que la esclavitud y el patriarcado podrían ser reemplazados. No es de extrañar, entonces, que los principales pensadores de las sociedades imperialistas romanas y griegas odiaran a los judíos. Una enseñanza central del judaísmo es que hay un poder en el universo, Yud Hey Vav Hey, que hace posible la transformación de “lo que es” a “lo que debería ser”; y que nosotros, el pueblo judío, somos la prueba viviente de esa posibilidad de transformación porque nosotros mismos fuimos esclavos y luego, a través de nuestro apego a esa fuerza, nos hicimos libres, demostrando que las estructuras de clase podían trascenderse. Por muy imperfectamente que encarnáramos eso en el Israel antiguo o ahora en el Israel moderno, la realidad es que los judíos en los imperios romano y griego fueron los participantes más consistentes en los intentos de derrocar a los imperialistas existentes, y lo han sido desde entonces.

Por supuesto que hubo muchos judíos que trataron de abrazar las élites existentes y decirles que nuestra lucha por la liberación no era algo que tomábamos en serio; que “simplemente era una religión que se implementaba en nuestros rituales para el shabbat”. Pero las élites no “compraron” esta historia, porque el relato central de la Torá era y continua siendo una historia revolucionaria. Entonces, aun  cuando los judíos no la creyeran, otros que lo escucharon por parte de los judíos, se sintieron conmovidos por la historia narrada (tal como sucedió cuando los esclavos africanos expuestos al contenido bíblico se identificaron con Moisés y la liberación del pueblo israelita). No es de extrañar, entonces, que las élites gobernantes hayan enseñado con frecuencia a su propio pueblo que los judíos son pervertidos, malvados, encarnaciones del diablo o, de otra manera, personas deshonestas y egoístas en las que no se puede confiar, en el mejor de los casos; y en el peor, son un veneno para la sociedad la cual necesita exterminarlos.

Y debido a que durante la Edad Media se les impidió legalmente (a los judíos) ingresar a la mayoría de ocupaciones o poseer tierras, muchos judíos vivieron en la extrema pobreza. Los pocos a los que se les permitió participar en el comercio fueron considerados deshonestos porque habían comprado bienes a un precio más barato del que los vendieron.

Esto se combinó con el cambio del cristianismo. Siendo esta una religión de amor una vez abrazada por Constantino y el imperio romano, y luego por la mayoría de las sociedades europeas durante el feudalismo, cambió.  El cristianismo enseñaba que los judíos habían sido responsables de la crucifixión de Jesús y que, por lo tanto, era un acto religioso santificado masacrarlos (tal como una rama del cristianismo enseñó y puso en práctica todos los años después de los sermones del Viernes Santo) o, como defendió San Agustín para mantenerlos en la pobreza y la miseria con el objetivo de demostrar lo que le sucede a un pueblo que rechazó a Jesús y “mató a Dios” (lo que sea que eso pueda significar). Y cuando Lutero buscó reformar el cristianismo y crear lo que luego vino a ser el protestantismo, magnificó las enseñanzas sobre la maldad de los judíos (enseñanzas que ayudaron a legitimar los programas, las leyes y las políticas de exterminio de Hitler que odiaban a los judíos). De manera similar, cuando Stalin y las élites de su falso régimen comunista se sintieron inseguros, se volvieron contra su población judía en Europa del Este para purgarlos del Partido Comunista en casi todos los países que el Ejército Rojo había conquistado durante la Segunda Guerra Mundial. El odio a los judíos había trascendido todos los demás aspectos de las creencias comunistas y socialistas en gran parte de un mundo anteriormente cristiano y, a menudo, es un elemento presente en los movimientos de derecha, incluso aquellos a los que algunos judíos ultra religiosos se han sentido atraídos por su apego aún mayor que al capitalismo.

Solo cuando muchos judíos, escapando de la opresión en Europa, buscaron refugio en los E.U.A. que este odio disminuyó temporalmente porque ya había un “otro degradado” en este país, a saber, los afroamericanos, por lo que el odio a los judíos se convirtió en un arma secundaria para élites gobernantes. Pero cuando el movimiento de derechos civiles, con la ayuda de una significativa participación judía, logró convencer a muchos sureños de que el racismo ya no era una base para defender sus divisiones de clase, algunos sectores de las élites del sur se unieron a otros que nunca habían echado a un lado el odio a los judíos. Sin embargo estos elementos, en su mayoría marginales en la sociedad estadounidense durante el medio siglo que siguió a la Segunda Guerra Mundial, ahora han resurgido en la derecha inspirada por Trump y podrían llegar a desempeñar un papel más generalizado en Occidente si las élites se vuelven cada vez más inseguras sobre su capacidad para resistir.

El surgimiento de la conciencia pacifista, feminista, antirracista y medioambiental en las décadas de 1960 y 1970 llevó a esas élites a utilizar a una estrella del cine pop llamado Ronald Reagan como una forma de volver a darle valor temporal a la clave de su gobierno, a saber, la celebración de la riqueza en unión a la degradación de los pobres y a la gente de la clase trabajadora, a sus sindicatos, y a la reutilización de ideas racistas sobre los afroamericanos a quienes demonizaban como “vagos” y “viviendo del dinero de la asistencia social que no se habían ganado”.

Pero cuando esa celebración del egoísmo llevó al colapso a las firmas de inversión y a los bancos que habían enriquecido al tope del 1% más rico durante la “Gran Recesión” de 2007-2012, algunos de ellos suspendieron momentáneamente su discurso racista para abrazar la narrativa anti-ideológica de Obama para que los rescatara. Una vez se estabilizó el colapso, el movimiento “Occupy Wall Street” fue marginado y en gran medida desapareció. Fue así como  las élites más asustadas ayudaron a financiar la “captura” del Partido Republicano por parte del Tea Party, haciendo del mismo un ente explícitamente a favor de la riqueza y las empresas. Entonces, cuando otro actor de los medios de comunicación y rico corredor de bienes raíces llamado Trump logró exacerbar el racismo contra los mexicanos y afroamericanos; no pasaría mucho tiempo antes de que él y sus partidarios insistieran en que los que odian a los judíos y los racistas que se manifestaron en Charlottesville fueran algunos de los “Buena gente de ambos lados”. Esto abrió la puerta para que los fascistas así como los que odian a los judíos se sintieran bienvenidos como parte de la derecha.

¿Por qué entonces no intervinieron las fuerzas liberales y progresistas y realizaron el tipo de campaña de concienciación masiva contra el antisemitismo que han hecho durante las últimas décadas contra el racismo, el sexismo, la homofobia, la islamofobia y demás? Estas son algunas de las razones (puede encontrar una exposición más completa en mi libro El socialismo de los tontos: antisemitismo de izquierda.

En primer lugar, la izquierda todavía conserva una definición materialista y cruda de la opresión: usted está oprimido porque sus derechos se le niegan sistemáticamente o porque sufre económicamente. Así como la izquierda, debido a esta comprensión limitada de la opresión en Alemania en los años 20 y 30, no estaba en absoluto preparada para el tipo de ataque a los judíos en las décadas anteriores al Holocausto, hoy día tampoco están preparados para asumir realmente la tarea de educar a la gente sobre las formas contemporáneas de odio a los judíos.

En segundo lugar, la izquierda ve a Israel como “el estado judío” y, dado lo que ha estado haciendo en las últimas décadas para negar los derechos humanos de los palestinos, no es de extrañar que algunos izquierdistas culpen a “los judíos” de las políticas de Israel. Y siendo que muchas instituciones judías apoyan, o al menos se niegan a condenar las violaciones de derechos humanos israelíes, estos izquierdistas tienden a ver a los judíos como partidarios de la opresión más que como víctimas potenciales o reales. Además, la presencia de judíos en altos cargos en la economía, los medios de comunicación, la academia, el mundo científico, médico y tecnológico hace que a muchos en la izquierda les resulte difícil imaginar que los judíos podrían estar en peligro real en los Estados Unidos, Europa Occidental, el Reino Unido o Canadá, a pesar de la ola de asesinatos y agresiones físicas contra estos/as en los últimos años.

Estas actitudes son producto de la ignorancia masiva de la historia judía (incluida la de muchos judíos nacidos después del Holocausto) en dos aspectos importantes:

(1) La idea de que tener altos puestos en la economía, la cultura, el sistema político o los medios de comunicación ofrece protección fue la fantasía alimentada por muchos judíos en la Alemania prenazi. Esta ilusión ha sido adoptada ahora por muchos en Occidente que piensan que debido a que los judíos como grupo tienen más éxito económico que muchos otros, no deben preocuparse por el odio a los judíos.

(2) Con respecto a Israel, la forma distorsionada en que los israelíes tratan a los palestinos ha sido moldeada en un grado significativo por el trastorno de estrés postraumático masivo generado por más de dos mil años de opresión y odio a los judíos que lleva a los israelíes y a muchos judíos en todo el mundo a sentir gran desconfianza por los no judíos. Esa desconfianza se atribuyó fácilmente a los palestinos que en el siglo XX se habían involucrado en la lucha armada para evitar que el pueblo judío recuperara lo que percibíamos como nuestra antigua patria. Es ésta desconfianza la que llevó a Benny Gantz, la supuesta alternativa al primer ministro Netanyahu, a decidir unirse al gobierno de Netanyahu a pesar de que tenía más votos que el Likud. Gantz se negó a abrazar una alianza con los partidos políticos árabes israelíes que pudieron haberle dado a su partido Kachol ve Lavan (Azul y Blanco) los escaños para formar un gobierno.

Este racismo contra los árabes es repugnante. No disculpo a los israelíes y compañeros judíos por no haber rechazado los planes de Trump-Netanyahu para tomar más tierras de los palestinos anexando partes de Cisjordania. Creo que todos los judíos deberían ayudar a los palestinos a crear un estado palestino viable que incluya Cisjordania y Gaza, o dar a todos los palestinos que viven bajo el gobierno israelí los mismos derechos, incluyendo el derecho a votar en la Knesset y en las elecciones locales. Sin embargo, es probable que nada de esto suceda mientras los derechistas israelíes y sus aliados en los E.U.A. y Europa puedan señalar la insensibilidad hacia los temores judíos sobre el crecimiento del antisemitismo en la derecha y en la creciente cultura de izquierda que ve a Israel simplemente como una aventura colonial ignorando los temores legítimos después de que uno de cada tres judíos vivos en el mundo en 1940 fuera asesinado en 1945 mientras la mayoría de los países del mundo cerraban sus puertas a los judíos que buscaban refugio.

Tikkun ha sido un crítico constante de cómo el movimiento sionista creó a Israel y su negación de las violaciones de derechos humanos durante la Nakba y en las décadas posteriores. Estos abusos han sido documentados durante varias de esas décadas por B’tselem, la Organización de Derechos Humanos de Israel, sigue siendo cuestionada por Rabinos a favor de los Derechos Humanos en Israel y por el valiente trabajo del rabino Arik Ascherman y su organización Torat Tzedek, analizada en el páginas de Tikkun y en nuestro libro Embracing Israel / Palestine — copias gratuitas del cual están disponibles para usted, su sinagoga, iglesia, mezquita, organización de cambio social o biblioteca local si paga el franqueo — envíe un correo electrónico a alden@tikkun.org y díganos cuántos desea para las personas de su club de lectura o comunidad y le diremos cuánto nos cuesta enviárselo gratis, excepto el costo de envío.

No podemos guardar silencio sobre el sufrimiento de nuestros hermanos y hermanas palestinos, y la forma como Israel pisotea casi a diario sus derechos humanos, ignorando el mandamiento que se repite con más frecuencia en la Torá, a saber, “cuando vengas a tu tierra, no oprimas al extraño / geyr, recuerda que tú eras ‘el otro’ en la tierra de Egipto “. Y dado que consideramos que esta orden es definitoria del judaísmo, no aceptamos la noción de que Israel es “el estado judío”, sino que lo vemos como un estado con muchos judíos ética y psicológicamente heridos. Nos preocupamos por ellos/as, oramos para que puedan ser sanados, pero no crean que lo que le están haciendo al pueblo palestino es nada menos que una sorprendente violación de la ética y la ley judía.

Ver el mundo de una manera más compleja es parte de lo que intento enseñar a la izquierda en mi libro Revolutionary Love. No implica aceptar o disculparse por causa de los racistas, sexistas, homófobos, xenófobos, islamófobos u odiadores de judíos que pueblan parte de la derecha (y posiblemente parte de los demócratas “moderados”). Pero sí insiste en que algunos de los que aún no están con nosotros son alejados de la izquierda, no porque siempre hayan sido influenciados por estas ideas malvadas y odiosas, sino mas bien porque perciben que las fuerzas liberales e izquierdistas los odian, los desprecian, actuando como si tuviéramos toda la sabiduría y que aquellos que no están con nosotros son estúpidos o sufren por causa de estos odios.

Necesitamos adoptar un enfoque diferente hacia este segmento de la población que se ha alineado con políticos racistas, sexistas, homofóbicos, antisemitas, islamófobos, no porque estas odiosas ideas sean las que más los motiven, sino porque de alguna manera los que realmente se mueven por el odia se las han arreglado para hablar de sus otras necesidades psicológicas y espirituales de formas que la izquierda todavía no ha intentado hacer. No espero que esto sea obvio de forma inmediata para muchos en la izquierda, al menos no hasta que lean Revolutionary Love y tomen el entrenamiento de Empatía profética de Cat Zavis (haga clic aquí).

Sé que hay un cierto alivio al llamar a todas estas personas estúpidas o malvadas; nos libera de cualquier responsabilidad excepto la de arrojar epítetos en su dirección. Y por supuesto, algunos de estos cargos realmente se ajustan a un sector de los que forman parte de la derecha. Pero como alguien que perdió la mayor parte de mi familia ante los nazis en la década de 1940, desearía que hubiera habido un movimiento de alemanes antifascistas que pudieran haber tratado de hablar con los corazones del pueblo alemán antes de que votaran por Hitler en 1932. Parte de ella podría haber sido inútil; pero parte de ella pudo haber tenido el impacto de socavar el movimiento nazi antes de que fuera demasiado tarde. Es mucho mejor suponer que algunas personas pueden separarse de la derecha que dedicar nuestro tiempo a denunciar a todos los que aún no están con nosotros. Por supuesto, este camino no implica adaptarse al odio hacia los judíos o cualquier otra forma de racismo, pero sí implica la creación de un movimiento enraizado en la empatía como base para hablar con aquellos que alguna vez votaron por Obama o Sanders y ahora se sienten atraídos por la derecha.

El odio a los judíos no desaparecerá por completo hasta que las sociedades de clases se transformen en el siguiente escalón para la raza humana, lo que describo en mi libro Revolutionary Love como “la sociedad solidaria: cuidando unos a otros y cuidando la tierra”. Puede pedir ese libro en una de las librerías en línea, si su librería local no lo tiene, o en Tikkun en http://www.tikkun.org/buyrevlove. Pero una cosa me parece segura: incluso si Bernie hubiera ganado la nominación y posteriormente hubiera sido elegido presidente y asumiera el cargo, las versiones occidentales de la izquierda nunca podrán llevarnos a una sociedad solidaria hasta que ella misma se convierta en un movimiento que trate a todos los activistas del cambio social y otros (incluso aquellos cuyas posiciones y políticas despreciamos) con respeto y amor. Podemos y debemos desafiar sus ideas, y debemos trabajar horas extras para repetir que los cuidamos y los respetamos, que repudiamos el mensaje autodestructivo y destructor de la Izquierda de Hillary Clinton, de que al menos la mitad de los que no están con nosotros son una “bonche de deplorables ”.

Nuestro mensaje debe ser el siguiente: vemos que todas las personas merecen respeto y cariño, aun cuando no estamos de acuerdo con muchos de los programas que los líderes por los que ellos/as han votado han respaldado, e incluso cuando no estamos de acuerdo con el lenguaje lleno de odio que usan algunos de ellos y de aquellos a quienes han apoyado.

En tercer lugar, debemos alentar a la Izquierda a que asuma el liderazgo contra el odio a los judíos del mismo modo que asumió el liderazgo contra el racismo y la homofobia. Es hora de que nos reeduquemos unos a otros sobre la profundidad y amplitud del antisemitismo en la Izquierda e insistamos en que éste sea desafiado. Hasta que esto suceda de forma masiva entre los círculos liberales y progresistas de tal manera que se haga visible a todos los que están fuera del mundo liberal y progresista, un número creciente de judíos se sentirá separado o desligado de la Izquierda y, por lo tanto, retirará su apoyo a los movimientos de Izquierda.

La religio-fobia está enraizada profundamente en la Izquierda, y en este punto lo mejor que puedo decir es lea Amor revolucionario y comprenderá porqué hacer que la gente se sienta avergonzada de sus compromisos religiosos o de su orgullo nacional es la forma más segura de ayudar a los nacionalistas blancos de Derecha a expandir su poder en los Estados Unidos y en países desde Israel a Alemania y desde Rusia a Chile. Tikkun no es fanático de ninguna forma de chauvinismo nacionalista o fundamentalismo religioso. Sin embargo, reconocemos que el nacionalismo y las religiones a menudo dan a muchas personas un sentido de identidad y una forma de verse a sí mismos como parte de algo más grande y valioso que la lucha por el poder individual, el dinero o la identificación con la corporación para la que trabajan. Por lo tanto, debemos ayudar a crear una identidad global más amplia que permita a las personas afirmar su cultura y religión histórica, mientras rechaza cualquier otro conflicto militar o económico nacional. En la medida que la gente busque un enemigo, dejemos que la inminente destrucción de la vida en la tierra, los residuos del egoísmo y el materialismo generados por las sociedades de clase y patriarcales se conviertan en nuestro enemigo común.

Con este fin en mente, los estados nacionales cuya política y cultura han sido moldeadas por corporaciones, dominación, patriarcado, opresión de poblaciones minoritarias y/o desigualdades extremas de ingresos y/o extremistas religiosos (aquellos que niegan la legitimidad de otras religiones) son un obstáculo para la planificación ambiental global, buscando distraer la atención de la construcción de la solidaridad internacional para mantener a la gente atrapada en marcos mentales que han llevado a guerras sangrientas en los últimos siglos. Favorecemos la sustitución de los estados nacionales como entidades políticas con distritos ambientales construidos democráticamente con la capacidad para poder desarrollar más fácilmente planes regionales y globales en cuanto al tipo de productos que necesitamos y cuáles son los mejores usos de los recursos de la Tierra; aquellos compatibles con la supervivencia del sistema de soporte vital de la Tierra para cuidar de las generaciones futuras.

Al desarrollar una economía global que preste atención a las necesidades reales de todas las personas en la tierra y no solo a aquellas que han tenido un mayor poder militar o económico nacional, el reemplazo de las preocupaciones nacionalistas por las preocupaciones que nos permitan construir “La sociedad solidaria: Cuidar de los demás y cuidar la Tierra ”puede guiarnos. No es realista pensar que podemos salvar la vida en este planeta sin desmantelar el poder de las corporaciones y el poder de los estados nacionales. Por lo tanto, si bien queremos respetar los grupos de identidad que se han formado en torno a religiones como el judaísmo, el cristianismo, el islam, el budismo, el hinduismo y varios estados nacionales, queremos separar todas estas identidades particulares de los instrumentos del poder económico y político, el cual en su lugar debe ponerse en manos de todas las personas de la tierra por igual. Y eso solo puede funcionar si se realiza una reconstrucción de la política democrática y ambientalmente sensible se rige por la Nueva Línea de Base en la que cada institución sea juzgada como eficiente, racional y productiva en la misma medida que maximice nuestras capacidades humanas para ser amorosos, generosas, amables y productivas, compasiva, ambientalmente ética y responsable, capaz de ver a cada ser humano como una manifestación de lo sagrado, y capaz de ver la tierra no solo como un “recurso” sino también como nuestra madre de la que evolucionó la vida y merece ser abordada con asombro, y asombro radical. Es solo en una sociedad así que el odio a los judíos será visto como una desgracia del pasado, al igual que el racismo, el sexismo, el clasismo y todos los demás vestigios de nuestro pasado imperfecto y profundamente abandonado.

Según tomado de, Hating Jews—the Enduring Curse | Centro Estudios Judaicos del Sur de PR (cejspr.com)

Traducido por drigs, CEJSPR


[1] WASP- White Anglo-Saxon Protestant. WASP es un término utilizado en los Estados Unidos para los protestantes estadounidenses blancos de clase alta, generalmente de ascendencia británica.

 
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Posted by on May 29, 2021 in Uncategorized

 

Hating Jews—the Enduring Curse

by Rabbi Michael Lerner

Beny Shlevich, CC BY-SA 2.0 , via Wikimedia Commons

Actually, we shouldn’t even call it anti-semitism, a label given to Jew-hating by WASP 19th century racists who sought to see every group of people in terms of their “race,” though subsequent biological and sociological research has shown that the concept of race itself lacks scientific legitimacy.

Hating Jews has a long history and multiple levels of causation. Thus, a campaign to challenge and undermine that hatred has to understand and uproot all the levels.

It started hundreds of years before Christianity emerged. In almost every ancient society, class rule and patriarchy were sustained not only by force and violence, but also by teaching the powerful and literate that there is no alternative to their existing orders, and that in some way the class and patriarchal divisions are built into the structure of the universe itself. Just as it was ridiculous to think that we humans could change the cycles of the sun or moon, so it would be ridiculous to think that slavery and patriarchy could be replaced. No wonder, then, that major thinkers of Roman and Greek imperialist societies hated the Jews. A core teaching of Judaism is that there is a power in the universe, Yud Hey Vav Hey, that makes possible the transformation from “that which is” to “that which ought to be”; and that we, the Jewish people, are the living proof of that possibility of transformation because we ourselves were slaves and then through our attachment to that force became free—proving that the class structures could be transcended. However imperfectly we embodied that in Ancient Israel or now in modern Israel, the reality is that Jews in the Roman and Greek empires were the single most consistent participants in attempts to overthrow the existing imperialists, and have been that ever since.

There were, of course, many Jews who tried to cuddle up to the existing elites and tell them that our liberation struggle wasn’t something we took seriously, that it was “merely a religion that we will contain to our Sabbath rituals,” but the elites were not buying this story because the central story of the Torah was/is a revolutionary story. So even if Jews didn’t believe it, others who heard it from the Jews would be moved by it (as happened throughout history, for example in the way that African slaves exposed to the Biblical story identified with Moses and the liberation story of the Jews). No wonder, then, that ruling elites have frequently taught their own people that the Jews are perverted, evil, embodiments of the devil, or in other ways a dishonest and selfish people who cannot be trusted at best, and at worst are a poison in the society that needs to be exterminated.

And because Jews were legally prevented throughout the Middle Ages from entering most occupations or owning land, many Jews lived lives of extreme poverty. The few that were allowed to engage in trade were seen as dishonest because they had bought goods at a cheaper price than what they sold them for.

Along with this came Christianity’s turn from a religion of love to a religion embraced by the Roman empire under Constantine, and then by most European societies during feudalism. Christianity taught that Jews had been responsible for the crucifixion of Jesus, and that it was therefore a sanctified religious act to either massacre them (as one strand of Christianity taught and put into practice every year after Good Friday sermons) or, as Saint Augustine advocated, to keep them in poverty and misery to demonstrate what happens to a people that rejected Jesus and “killed God” (whatever that could possibly mean). And when Luther sought to reform Christianity and create what became Protestantism he magnified teachings about the evil of Jews (teachings that helped legitimize Hitler’s Jew-hating programs, laws, and extermination policies). Similarly, when Stalin and the elites of his faux-communist regime felt insecure, they turned on their Jewish population in Eastern Europe to purge them from the Communist Party in almost every country that the Red Army had conquered during World War II. Hatred of Jews had transcended every other aspect of communist and socialist beliefs in much of the formerly Christian world and is often an element in right-wing movements, even those to which some ultra-religious Jews have been drawn by their even higher attachment to capitalism.

All ancient history? Nope. How many times have you heard someone say something like “that person tried to Jew-down the cost of something I was selling” or “those Jews care only about money” or the like. The put down of Jews has remained in the mass culture of most societies that have had a legacy of Jew-hating from aspects of Christianity and some parts of the Koran, and has frequently been called upon when current elites want to deflect the upset of people living in class societies by blaming the problems on the Jews.

It was only when many Jews, escaping oppression in Europe, sought refuge in the US that this Jew-hating temporarily decreased because there already was a “demeaned other” in the U.S., namely African Americans, so hatred of Jews became a secondary weapon for ruling elites. But when the Civil Rights movement, aided by significant Jewish participation, succeeded in convincing many Southerners that racism was no longer a basis for defending their class divisions, some sectors of Southern elites joined with others who had never left Jew-hatred behind. Yet these elements, mostly marginal in American society for the half century following the 2nd World War, have now reemerged in the Trump-inspired Right, and could play a more mainstream role in the West if elites grow increasingly insecure about their ability to hold on to power. The surge of antiwar, feminist, anti-racist, and environmental consciousness in the 1960s and 1970s drove those elites to use a pop movie star named Ronald Reagan as a way to temporarily recredit the key to their rule, namely the celebration of wealth coupled with the demeaning of the poor and working class people and their labor unions, and the repurposing of racist ideas about African Americans who they demonized as “lazy” and “living off welfare monies that they had not earned”.

But when that celebration of selfishness led to the collapse of the investment firms and banks that had enriched the top 1% during the “Great Recession” of 2007-2012, some of them momentarily suspended their racism in order to embrace the anti-ideological and “no drama” Obama to bail them out. Once the meltdown had been stabilized, and the “Occupy Wall Street” movement was marginalized and then largely disappeared, the most frightened of the elites helped fund the Tea Party’s take-over of the Republican Party, as a more explicitly prowealthy, pro-corporate force. So, when another mass media actor and wealthy realtor named Trump managed to recredit racism against Mexicans and African Americans, it wouldn’t be long before he and his supporters would insist that the Jew-haters and racists who demonstrated in Charlottesville were some of the “good people on both sides”. This opened the door for fascists and Jew-haters to feel a welcome part of the Right.

Why then did not the liberal and progressive forces step in and do the kind of mass consciousness raising campaign against anti-Semitism that they have done for the past decades against racism, sexism, homophobia, Islamophobia, and more? Here are a few of the reasons (you can find a fuller exposition in my book The Socialism of Fools—anti-Semitism on the Left).

First, the Left still retains a crude materialistic definition of oppression—you are oppressed either because your rights are being systematically denied or because you are economically suffering. Just as the Left, due to this limited understanding of oppression in Germany in the 20s and 30s, was totally unprepared for the kind of targeting of Jews in the decades before the Holocaust, so too today, they are similarly unprepared to really take on the task of educating people about contemporary forms of Jew-hating.

Second, the Left sees Israel as “the Jewish state” and given what it has been doing in the past several decades to deny the human rights of Palestinians, it is no surprise that some leftists blame “the Jews” for Israel’s policies. And since many Jewish institutions either support or at least refuse to condemn Israeli human rights violations, these leftists tend to see Jews as supporters of oppression rather than as actual or potential victims. Moreover, the presence of Jews in high positions in the economy, the media, academia, the scientific, medical and tech world make it hard for many on the Left to imagine that Jews could ever be in real danger in the U.S., Western Europe, the U.K., or Canada, despite the wave of murders and physical assaults on Jews in recent years.

These attitudes are a product of massive ignorance of Jewish history (including by many Jews born after the Holocaust) in two important respects:

(1) The notion that having high positions in the economy, the culture, the political system, or the media offers protection was the fantasy nurtured by many Jews in pre-Nazi Germany. But that illusion has now been adopted by many in the West who think that because Jews as a group have more economic success than many others they need not worry about Jew hating.

(2) In regard to Israel, the distorted way Israelis treat Palestinians has been shaped to a significant degree by the massive post-traumatic stress disorder generated by two thousand plus years of oppression and Jew-hating which leads Israelis and many Jews around the world to feel great distrust for non-Jews. That distrust was easily applied to Palestinians who had in the 20th century engaged in armed struggle to prevent the Jewish people from reclaiming what we perceived to be our ancient homeland. It is this distrust that led Benny Gantz, the supposed alternative to Prime Minister Netanyahu, to decide to join the Netanyahu government even though he had more votes than Likud. Gantz refused to embrace an alliance with Israeli Arab political parties which could have given his Kachol ve Lavan (Blue and White) party the seats to form a government.

This racism against Arabs is disgusting. I don’t excuse Israelis and fellow Jews for their failure to reject the Trump-Netanyahu plans to further take land from Palestinians by annexing parts of the West Bank. I believe all Jews ought to help Palestinians create a viable Palestinian state that includes the West Bank and Gaza, or give all Palestinians living under Israeli rule equal rights including the right to vote for the Knesset and local elections. Yet none of this is likely to happen as long as the Israeli rightwingers and their allies in the U.S. and Europe can point to the insensitivity toward Jewish fears about the growth of anti-Semitism in the Right and in the growing Left culture that sees Israel as nothing but a colonial venture while ignoring the legitimate fears after one out of every three Jews alive in the world in 1940 were murdered by 1945 while most countries of the world shut their gates to Jews seeking refuge.

Tikkun has been a consistent critic of how the Zionist movement created Israel and its denial of the human rights violations during the Nakba and in the subsequent decades. These abuses have been documented for several of those decades by B’tselem—the Israeli Human Rights Organization, continues to be challenged by Rabbis for Human Rights in Israel and by the courageous work of Rabbi Arik Ascherman and his Torat Tzedek organization, analyzed in the pages of Tikkun and in our book Embracing Israel/Palestinefree copies of which are available for you, your synagogue, church, mosque, social change organization, or local library if you pay the postage—email alden@tikkun.org and tell us how many you want for people in your book club or community and we’ll tell you what it costs for us to ship it to you free except for the cost of postage.

We cannot keep quiet about the suffering of our Palestinian brothers and sisters, and the way Israel almost daily tramples on their human rights, ignoring the most frequently repeated command in Torah, namely, “when you come into your land, do not oppress the stranger/geyr, remember that you were ‘the other’ in the land of Egypt.” And since we take this command to be the defining command of Judaism, we don’t accept the notion that Israel is “the Jewish state” but instead see it as a state with a lot of ethically and psychologically wounded Jews. We care about them, pray that they can get healed, but do not believe that what they are doing to the Palestinian people is anything less than a striking violation of Jewish ethics and Jewish law.

To see the world in a more complex way is part of what I try to teach to the Left in my book Revolutionary Love. It does not involve accepting or apologizing for the racists, sexists, homophobes, xenophobes, Islamophobes, or Jew-haters that populate part of the Right (and possibly part of the “moderate” Democrats). But it does insist that some of those who are not yet with us are drawn away from the Left not because they have always been influenced by these evil and hateful ideas, but rather because they perceive the liberal and Left forces as hating them, scorning them, acting like we have all the wisdom and those who are not with us are either stupid or suffering from one of these hatreds.

We need to take a different approach to that segment of the population that have aligned themselves with racist, sexist, homophobic, anti-Semitic, Islamophobic politicians not because those hateful ideas are what move them most, but because in some ways those who really are haters have managed to speak to their other psychological and spiritual needs in ways that the Left has not yet really tried to do. I don’t expect this to be immediately obvious to many on the Left, at least not till they read Revolutionary Love and take Cat Zavis’ Prophetic Empathy training (click here). I know there is a certain relief in calling all these people stupid or evil—it relieves us of any responsibility except to throw epithets in their direction. And of course some of these charges do actually fit for a section of those who are part of the Right. But as someone who lost major parts of my family to the Nazis in the 1940s, I wish there had been a movement of anti-fascist Germans who could have sought to speak to the hearts of the German people before they had voted for Hitler in 1932. Some of it might have been useless, but some of it might have had the impact of undermining the Nazi movement before it was too late. It’s far better to assume that some people can be split from the Right than to spend our time denouncing everyone who is not yet with us. Of course, this path doesn’t involve accommodating to Jew-hatred or any other form of racism—but it does involve creating a grassroots empathic movement to speak to those who once voted for Obama or Sanders and now feel drawn to the Right.

Jew-hating will not totally disappear until class societies are transformed into the next step for the human race, what I describe in my book Revolutionary Love as “the Caring Society— Caring for Each Other and Caring for the Earth.” You can order that book from one of the online book stores, if your local bookstore doesn’t carry it, or from Tikkun at www.tikkun.org/buyrevlove. But one thing seems certain to me: even if Bernie had won the nomination and subsequently had been elected president and took office, the Western versions of the Left can never lead us into the caring society until it, itself, becomes a movement that treats all social change activists and others (even those whose positions and policies we despise) with respect and love. We can and should challenge their ideas, and we must work overtime to repeat that we care and respect them, that we repudiate Hillary Clinton’s self-destructive and Left-destructive message that at least half of those who are not with us are a “basket of deplorables”.

Our message must be this: we see all people as deserving respect and caring even as we disagree with many of the programs the leaders they vote for have endorsed and even as we disagree with the hate-filled language used by some of them and those they support.

Third, we must encourage the Left to take leadership against Jew-hating just as it took leadership against racism and homophobia. It is time for us to re-educate each other about the depth and breadth of anti-Semitism in the Left and insist that it be challenged. Until that happens, and in a massive way in liberal and progressives circles so that it is visible to everyone outside the liberal and progressives worlds, growing numbers of Jews will feel alienated from the Left and thus withdraw their support from Left movements.

Religio-phobia is deep in the Left and at this point the best I can say is read Revolutionary Love and you will understand why making people feel ashamed of their religious commitments or their national pride is the surest way to help Right-wing white nationalists expand their power in the US and in countries from Israel to Germany and from Russia to Chile. Tikkun is not a fan of any form of nationalist chauvinism or religious fundamentalism. However, we recognize that nationalism and religions often give many people a sense of identity and a way of seeing themselves as part of something bigger and more valuable than the struggle for individual power and money or identification with the corporation for which they work. So, we need to help create a larger global identity that allows people to affirm their historical culture and religion, while rejecting any more national military or economic conflicts. To the extent that people seek an enemy, let the coming environmental destruction of life on earth and the remnants of selfishness and materialism generated by class and patriarchal societies become our shared enemy.

Toward that end, nation states whose politics and culture have been shaped by corporations, domination, patriarchy, oppression of minor ity populations, and/or extreme inequalities of income and/or religious extremists (those who deny the legitimacy of other religions) are an impediment to global environmental planning, distract attention from building international solidarity, and keep people stuck in mind frames which have led to bloody wars in the past few centuries. We favor replacing nation states as political entities with democratically constructed environmental districts that can more easily develop regional and global plans for what kinds of products we need and which are the best uses of the resources of Earth which are compatible with survival of the life support system of Earth and caring for future generations. In developing a global economy that gives attention to the real needs of all people on earth, not just those who have had greater national military or economic power, the replacement of nationalist concerns with concerns to build “the Caring Society: Caring for Each Other and Caring for the Earth” can guide us. It is unrealistic to think we can save life on this planet without dismantling the power of corporations and the power of nation states. Thus, while we want to respect identity groups that have formed around religions like Judaism, Christianity, Islam, Buddhism, Hinduism, and various nation states, we want to separate all of these particular identities from the instruments of economic and political power, which instead should be put into the hands of all the people of the earth equally. And that can only work if a democratic and environmentally sensitive reconstruction of politics is governed by the New Bottom Line in which every institution gets judged efficient, rational, and productive to the extent that it maximizes our human capacities to be loving and generous, kind and compassionate, environmentally responsible and ethical, capable of seeing every human being as a manifestation of the sacred, and capable of seeing the earth not just as a “resource” but also as our mother who evolved life and deserves to be approached with awe, wonder, and radical amazement. It is only in such a society that Jew-hating will be looked at as a disgrace from the past like racism, sexism, classism, and all the other remnants of our long-abandoned and deeply flawed past.

As taken from, Hating Jews—the Enduring Curse | Tikkun

 
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Posted by on May 28, 2021 in Uncategorized

 

Dios como ídolo: la tragedia de ser religioso/a y no darse cuenta

Coronavirus and the Chareidi Response: a Conversation with Rabbi Nathan  Lopes Cardozo (54) by Orthodox Conundrum: Challenges in Jewish Orthodoxy
Rabino Dr. Nathan Lopes Cardozo

Las personas religiosas parecen, cada vez más, tratar a Dios como se trata a un ídolo sin ser conscientes de ello. Violan la prohibición más severa, no adorar a otros dioses, mientras caminan confiando que están sirviendo a Dios de forma genuina.

Y estas personas no son otros que, tú y yo.

La religión a manera de póliza de seguro

Muchos de nosotros somos religiosos porque creemos que es la mejor póliza de seguro para garantizarnos una vida relativamente fácil sin demasiados obstáculos en el camino. Para lograr este objetivo, hacemos un trato con Dios: observaré tus mandamientos y tú harás lo que quiero que hagas por mí. Creemos que ésta es la mejor política para evitar calamidades y garantizarnos una vida contenta y hermosa. En lugar de servir a Dios porque Él es Dios, Dios ha sido manipulado para servirnos, no porque Él sea nuestro Dios, sino porque Él es nuestro siervo. Esto es adoración de ídolos.

Este trágico desarrollo es el resultado de una idea errónea de lo que es la religión. La observancia religiosa no tiene nada que ver con recibir recompensas, o con que Dios nos conceda algo. El propósito de la religión es ayudarnos a tomar consciencia de que vivimos en la presencia de Dios, ayudarnos a ser mejores personas, hacernos más sensibles y mostrarnos los milagros que nos rodean en cada momento. Éstas son las verdaderas recompensas. El objetivo no es que Dios cambie Su comportamiento hacia nosotros, sino que cambiemos nuestro comportamiento hacia Él y hacia los demás seres humanos.

Creer que la recompensa es algo que debe suceder de forma automática es como creer que una vez que sepas cómo conducir tu auto, también empezará a volar. La recompensa por aprender a conducir un automóvil es que ahora sabes cómo conducir un automóvil. Esto es lo que quieren decir los sabios cuando declararon que la recompensa por cumplir una mitzvá (mandamiento) es la mitzvá misma.

La visión de las recompensas religiosas a largo plazo

Cierto es que la Torá promete recompensas cuando observamos los mandamientos. Sin embargo, debemos darnos cuenta que estas recompensas no se prometen al individuo sino al pueblo judío, o incluso al mundo en general. Además, estas promesas son simplemente incentivos para hacer que las personas quieran observar los mandamientos, incluso por las razones equivocadas, de modo que eventualmente comiencen a vivir de acuerdo a las razones correctas.

Una vez que uno experimenta la belleza intrínseca de una mitzvá, se da cuenta que el objetivo es la mitzvá, y no una recompensa externa. En otras palabras, las promesas externas, como la salud y una buena vida, casi no tienen sentido en el ámbito de la religiosidad genuina. El propósito de estas promesas, entonces, es eventualmente hacerlas obsoletas en lo que respecta al objetivo de nuestra observancia religiosa.

La enorme tragedia que yace oculta detrás de la creencia que lleva a pensar que alguien puede hacer un trato con Dios, es que muchas son las personas religiosas que no ven ningún valor intrínseco en ser religioso, sino que interpretan el momento como si se tratara de una póliza de seguro que deben pagar para ver resultados favorables. Si tuvieran la certeza de que tales resultados no se harían realidad, abandonarían su compromiso religioso y vivirían una vida secular, tal vez incluso inmoral. Lo que los mantiene religiosos/as es el MIEDO a perder la buena vida, su salud o la salud de un ser querido. Han transformado las razones que existen para no guardar los mandamientos en los motivos de su religiosidad. Esto, para decirlo claramente, es adoración de ídolos.

La religión como Das ding an sich

De hecho, muchos de nosotros no nos damos cuenta que, de hecho, estamos viviendo una vida completamente secular mientras nos escondemos detrás de la observancia religiosa. Pero este tipo de vida está vacía de lo que podríamos llamar religión genuina. Si realmente viviéramos una vida religiosa, no buscaríamos recompensas adicionales. La religión sería “Das ding an sich”, lo que es la cosa en sí misma. Debemos admitir que una persona secular es al menos honesta en su secularismo, mientras hay personas religiosas que no pueden reclamar la misma autenticidad en su religiosidad.

Ciertamente uno debería orar por seguridad, salud y felicidad, pero nunca el deseo por estos importantes asuntos debe ser el motivo para ser religioso. Uno debe vivir una vida religiosa comprometida con la creencia de que no hay recompensa mayor que el valor intrínseco de ser religioso.

Ya es hora de que los que nos consideramos religiosos nos miremos al espejo con honestidad y nos preguntemos, qué nos llevó a este estilo de vida. ¿Fue un anhelo genuino por la religión y la observancia de la mitzvá, o fue algo semejante a una “póliza de seguro”? Esta es una pregunta que muchos de nosotros/as no podemos y tememos enfrentar.

Verdad es que podemos seguir convenciéndonos que somos religiosos/as por las razones correctas, pero en el fondo de nuestro corazón sabemos que esto no es cierto. Somos adoradores de ídolos mientras servimos a Dios. Mejor será que despertemos y nos demos cuenta de quiénes somos.

Después de todo, imposible resulta chantajear a El Eterno… y que EL nos da siempre espacio para retornar.

Según tomado de, Thought to Ponder: God as an Idol: The tragedy of being religious (campaign-archive.com)

Tradución por drigs (CEJSPR)

 
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Posted by on May 28, 2021 in Uncategorized

 

Defender a Israel en la era de las redes sociales

Defender a Israel en la era de las redes sociales
por Emily

Cuando comenzaron hace dos semanas las hostilidades entre Israel, Hamás y los árabes locales, eso me despertó la habitual mezcla de emociones. Enojo por la cobertura parcial de las noticias que describen a Israel como un estado paria. Tristeza por la pérdida de vidas inocentes en ambos lados. Y pura incredulidad ante la respuesta hacia Israel, especialmente por parte de mis hermanos judíos.

En unas pocas horas, mis redes sociales se inundaron con una serie de acusaciones contra el estado de Israel, tales como #IsraelApartheidState, #IsraelColonialState, y otras mentiras demasiado extremas para repetirlas aquí. En sólo 24 horas, conté 20 individuos que publicaron mentiras indefendibles sobre Israel, y ese número sigue creciendo. Hasta el momento en que escribo esto, identifiqué sólo 3 cuentas de las más de 500 de Instagram que sigo, que asumieron una postura pro Israel, mientras que decenas publicaron con orgullo contenido antiisraelí (y en algunos casos, abiertamente antisemita). ¿Dónde están las voces a favor de Israel?

Siempre empleé una estricta norma de separar la política de los medios sociales, y en general mantengo un perfil bajo en Instagram. Esto se debe en parte a mi propia timidez, pero también al miedo a “despertar la turba”. En cambio, tomé un curso de acción más seguro: donar dinero a AIPAC, escribir a mis senadores para expresar apoyo a Israel y quejarme sobre la situación con cualquiera que quisiera escucharme.

Pero pasan los días y las voces que difunden perniciosas mentiras sobre Israel suben de volumen. Las publicaciones pidiendo “”Palestina libre” se codean con las publicaciones que sugieren que el estado judío no tiene derecho a existir, e incluso que debe ser destruido. En retrospectiva, no debería sorprenderme que muchos en mi comunidad expresen un apoyo tan enérgico a un movimiento aparentemente empeñado en su propia destrucción. En un mundo en el que las noticias se entregan a través de fragmentos de sonido en una historia de Instagram, la moralidad está dictada por señales baratas de virtud, e Israel es demonizado en los campos universitarios por todos los rincones de los Estados Unidos, es normal que eventualmente los judíos sean víctimas de esta retórica.

Por eso decidí hablar…

En mi historia de Instagram publiqué una foto resaltando el derecho de Israel a defenderse. Luego agregué otra publicación que aborda las tendencias de los principales medios de comunicación que informan sobre el conflicto. Publiqué una y otra vez. Observé cómo aumentaban las opiniones sobre mi historia y esperé que se “despertara la turba” y viniera por mí. Preparé mis “puntos de conversación” y reflexioné sobre los peores escenarios posibles, en los que mis amigos dejaban de tener contacto conmigo por nuestras diferencias de opinión.

Pero nadie lo hizo. En cambio, recibí una decena de mensajes de apoyo de otras personas que (en sus propias palabras) sentían lo mismo que yo, pero estaban demasiado asustadas para hablar. “¡Es genial ver que hay gente que defiende a Israel!”, dice un mensaje. “¡SÍ! Gracias por decir lo que yo pienso”. El apoyo fue alentador, pero destaca un grave problema: en nuestra historia, con demasiada frecuencia, los judíos fueron víctimas mientras una mayoría silenciosa se mantuvo al margen.

Las tres distorsiones

Muchos somos afortunados de vivir en países que defienden la libertad de expresión y respetan el proceso democrático como virtudes básicas. A quienes se oponen a Israel les gusta silenciar a su contraparte de tres formas claves. En primer lugar, los activistas abruman sus redes sociales con imágenes del sufrimiento palestino, que incluyen principalmente a niños heridos y/o barrios destruidos. Pero falta el contexto crítico que explica cómo se manifestó esa situación.

Por ejemplo, hasta el momento quedó bien documentado que al menos 17 muertes palestinas fueron causadas por misiles errantes de Hamás que explotaron dentro de Gaza. Pero estos datos claves de inteligencia se excluyen deliberadamente de la narrativa pública. Las imágenes se seleccionan cuidadosamente para presentar un marcado contraste entre las victimas y los daños entre Israel y Palestina, el primero representado como un país privilegiado del primer mundo con daños mínimos, mientras que del segundo sólo se muestra el contexto de las espantosas víctimas civiles. Hamás está ausente de la historia.

Segundo, el apoyo a los palestinos se presenta como un imperativo moral para cualquiera que se atreva a considerarse una persona decente. En un extraño ejercicio de yoga mental, temas y grupos dispares se unen para crear un ejército de apoyo pro-palestino. A través de esta táctica llegan a la idea de que las personas de color deben mostrar solidaridad con los palestinos, y la manifestación más famosa de esto es la alianza entre el movimiento “Black Lives Matter” y los grupos pro-palestinos.

Además de carecer de méritos por sí mismo, este argumento ignora la gran población de judíos etíopes que viven en Israel y la rica diversidad étnica del pueblo judío, que abarca herencias africanas, indias y del Medio Oriente. Esto también dio lugar a afirmaciones respecto a que “los derechos palestinos son derechos LGBTQ”, un ejercicio de disonancia cognitiva que no reconoce el hecho de que los homosexuales son condenados y perseguidos de forma rutinaria bajo el actual régimen palestino. A través de un mecanismo social de estilo orwelliano similar a los que se ven en las dictaduras modernas, les hacen creer a personas bien intencionadas que están “o a favor o en contra” de las corrientes políticas actuales (es decir, del apoyo a Palestina), y que deben transmitir su apoyo a los otros “miembros del partido”.

La tercera forma en que los activistas palestinos silencian las voces pro Israel es mediante la propagación de una cultura de oposición militante. Quienes defienden con orgullo a Israel son viciosamente atacados en las redes sociales y reciben baños de insultos (con frecuencia antisemitas).

Luchar en las redes sociales

En este clima de intenso odio, ¿por qué una persona racional elegiría hablar? La respuesta es simple. Israel es juzgado en el tribunal de la opinión pública y el resultado de este “juicio” tiene serias implicaciones para el destino del estado judío. Con cada año que pasa, los Estados Unidos continúan evolucionando demográfica, política e ideológicamente hacia un apoyo cada vez mayor a la causa palestina. No es difícil imaginar un momento en el futuro cercano en el que los representantes del gobierno verán el apoyo a Israel como un inconveniente político, o incluso como un suicidio político. No podemos quedarnos al margen y permitir que Israel sea demonizado en el escenario público.

Como dijo Albus Dumbledore, mi mago favorito de la ficción: “Hace falta mucho coraje para enfrentar a tus enemigos, pero mucho más para enfrentar a tus amigos”.

Para bien o para mal, la guerra contra Israel llegó a la frontera de las redes sociales y trae consigo nuevos desafíos. El contexto crítico, la historia compleja y las discusiones extensas son reemplazadas por frases virales e imágenes sensacionalistas. Los judíos deben enfrentar de lleno este desafío participando en la lucha por Israel en las redes sociales, ofreciendo una defensa fuerte, moralmente sólida y emocionalmente conmovedora del estado judío.

En teoría, esto no debería ser difícil. El argumento contra Israel existe en una red retorcida de mentiras, hechos parciales y acoso siniestro. Sólo se sostiene cuando lamentablemente la gente elige ser ignorante o intelectualmente deshonesta. El argumento en apoyo de Israel, en cambio, se basa en hechos, es históricamente sólido y moralmente defendible por cualquier estándar razonable. El aparato antiisraelí seguirá evolucionando y convirtiendo las mentiras en narrativas creíbles. Nosotros tenemos la responsabilidad de contrarrestar esas falsedades en voz alta y con orgullo, incluso si eso significa enfrentarnos con amigos y familiares.

Según tomado de, Defender a Israel en la era de las redes sociales (aishlatino.com)

 
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Posted by on May 24, 2021 in Uncategorized

 

Las voces palestinas que Blinken no escuchará

The Palestinians No One Talks About by KHALED ABU TOAMEH - Yonkers Tribune.

por Khaled Abu Toameh

En vísperas de su primera visita oficial a Oriente Medio, el secretario de Estado de Estados Unidos, Antony Blinken, reafirmó su apoyo a una solución de dos Estados como única forma de brindar esperanza a israelíes y palestinos de que puedan vivir “con iguales medidas de seguridad, de paz y dignidad “.

Durante su visita a Israel y Cisjordania, se espera que Blinken se reúna con el presidente de la Autoridad Palestina, Mahmoud Abbas, quien ha estado instando a la administración de Biden a trabajar para “lograr una paz justa y duradera que garantice el derecho del pueblo palestino a la libertad y la independencia y el establecimiento de un estado palestino con el este de Jerusalén como capital”.

El nuevo discurso sobre una “solución de dos estados” se produce en medio de un significativo aumento en la popularidad de Hamas, el grupo terrorista palestino cuya carta pública llama abiertamente a reemplazar a Israel por un estado islámico. También llega en un momento en que la popularidad de Abbas está en su punto más bajo.

En las últimas semanas, miles de palestinos en Jerusalén y Cisjordania se han manifestado en apoyo a Hamas, especialmente después de haber lanzado miles de cohetes y misiles contra Israel.

Los manifestantes corearon consignas alabando a Hamas y la Jihad Islámica (los representantes palestinos de Irán) por atacar Jerusalén, Tel Aviv y otras ciudades israelíes durante la batalla de 11 días con Israel. Los manifestantes han estado izando banderas de Hamas y carteles de sus líderes incluso en áreas controladas por la Autoridad Palestina (AP) de Abbas en Cisjordania, incluyendo a Ramallah, la capital de facto de los palestinos.

En el recinto de la mezquita de al-Aqsa en Jerusalén, miles de palestinos han estado alabando a Hamas por disparar cohetes contra Israel y gritando: “¡Somos los hombres de Mohammed Deif!”

Deif, el máximo comandante del ala militar de Hamas, las Brigadas Izz ad-Din al-Qassam, es el terrorista más buscado por Israel desde su participación directa en una serie de ataques terroristas, incluidos atentados suicidas y secuestros de israelíes.

Durante algunas de las manifestaciones, los palestinos corearon consignas denunciando a Abbas como un “traidor”, un “agente estadounidense” y un “colaborador israelí”.

El viernes pasado, el Gran Mufti de Jerusalén, el jeque Mohammed Hussein, designado por Abbas, fue atacado por fieles musulmanes en la mezquita de al-Aqsa.

Los asaltantes, que se cree son partidarios de Hamas, expulsaron al mufti de la mezquita después de acusarlo de no apoyar los ataques con cohetes y misiles contra Israel. Mientras lo sacaban de la mezquita, los manifestantes gritaron al mufti: “¡Los perros de la Autoridad Palestina deben irse!”

La expulsión del mufti es una señal de la disminución de la popularidad y la influencia de Abbas entre los palestinos. También es una señal de la creciente popularidad de Hamas, que declara en su carta que “Alá es su objetivo, el Profeta (Mahoma) su modelo, el Corán su Constitución, la Jihad (guerra santa) su camino y la muerte por la causa de Allah es su creencia más sublime “.

Los palestinos que salieron a las calles para expresar su apoyo a Hamas decían que compartían su creencia de que “la tierra de Palestina ha sido un Waqf islámico a lo largo de las generaciones y hasta el Día de la Resurrección; nadie puede renunciar a él ni a parte de él”. Ningún país árabe, ni el conjunto de todos los países árabes; ningún rey o presidente árabe, ya sea palestino o árabe, tiene ese derecho “.

Los palestinos, además, están diciendo que comparten la opinión de Hamas de que “las iniciativas [de paz], las llamadas soluciones pacíficas y las conferencias internacionales para resolver el problema palestino, son todas contrarias a las creencias del Movimiento de Resistencia Islámico (Hamas ) y que renunciar a cualquier parte de Palestina significa renunciar a parte de la religión “.

Los palestinos le están diciendo a Blinken que está perdiendo el tiempo si cree que aceptarán “las llamadas soluciones pacíficas” o “renunciarán a cualquier parte de Palestina”. También están enviando una advertencia a Abbas de que el reconocimiento del derecho de Israel a existir y la aceptación de la “solución de dos estados” equivale a traición, un crimen castigado con la muerte.

No está claro cómo la administración Biden espera que Abbas trabaje para establecer un estado palestino junto a Israel cuando el líder palestino está siendo asediado por su pueblo debido a su supuesta creencia en la paz con Israel.

Tampoco está claro cómo la administración Biden espera que Abbas cumpla con algo cuando ni siquiera puede visitar la Franja de Gaza gobernada por Hamas, hogar de casi dos millones de palestinos.

En 2007, Abbas acusó a Hamas de intentar asesinarlo justo antes de que el grupo terrorista tomara el control de la Franja de Gaza. Abbas dijo que había visto videos de hombres de Hamas cavando un túnel debajo de una carretera, por donde pasaría su automóvil, y tratando de llenarlo con 250 kilogramos de explosivos.

Los líderes de Hamas advirtieron en el pasado que si Abbas pone un pie en la Franja de Gaza, será ejecutado en la horca en una plaza pública por traicionar al pueblo palestino y colaborar con Israel.Abbas tiene aún una mayor razón para preocuparse ahora, ya que la reputación de Hamas entre los palestinos ha aumentado dramáticamente debido a que lanzó miles de cohetes y misiles por todo Israel durante la última ronda de combates.

Mientras Israel mantenga el control de seguridad general sobre Cisjordania, Abbas puede sentirse seguro sentado en su oficina o en su casa en Ramallah. Es solo la presencia de Israel en Cisjordania lo que lo mantiene en el poder y evita que Hamás extienda su control más allá de la Franja de Gaza.

La visita de Blinken a Ramallah también se produce inmediatamente después de la controvertida decisión de Abbas de retrasar las elecciones parlamentarias palestinas, que se suponía que tendrían lugar el 22 de mayo. El aplazamiento de las elecciones ha enfurecido a muchos palestinos, que acusaron a Abbas de privar a su pueblo del derecho a elegir nuevos líderes.

En lugar de admitir que temía que Hamas derrotara a su facción Fatah en las elecciones, Abbas decidió culpar a Israel de obstaculizar las elecciones con el pretexto de que no respondió a su solicitud de celebrar la votación en Jerusalén. En 2006, Hamas ganó las elecciones parlamentarias principalmente debido a las divisiones en Fatah y la corrupción desenfrenada en la Autoridad Palestina.

Abbas tiene miedo de volver a la Franja de Gaza. Teme una victoria de Hamas en las elecciones palestinas. Abbas teme que Hamas intente dar un golpe de estado contra la Autoridad Palestina en Cisjordania.

Abbas sabe que la “solución de dos Estados” ya está aquí, aunque no la que tiene en mente la administración Biden. Desde 2007, los palestinos tienen dos mini estados separados, uno en Cisjordania y el segundo en la Franja de Gaza. Abbas, sin embargo, no se siente cómodo hablando de las dos entidades rivales de los palestinos, Hamas y la Jihad Islámica Palestina, y prefiere seguir fingiendo que el establecimiento de un estado palestino junto a Israel sigue siendo una opción realista.

Una reciente encuesta de opinión pública mostró que el 57% de los palestinos se oponen a la solución de dos estados. Otro 57% dijo que apoya la “lucha armada” y la “resistencia popular” contra Israel.

Según la encuesta, el 68% de los palestinos quieren que Abbas renuncie. A fines de 2020, el 66% del pueblo palestino dijo que quería que Abbas se echara a un lado.

Entonces, los palestinos están diciendo que se oponen a la “solución de dos estados” y que quieren derrocar a Abbas. También dicen que consideran a los líderes de Hamas como los verdaderos héroes de los palestinos y buscan participar en una lucha armada contra Israel.

Estas son las voces que Blinken no escuchará durante su visita a Ramallah. Si realmente quiere medir el estado de ánimo en la calle palestina, Blinken necesita salir y hablar con los palestinos comunes. Allí, comprenderá bien los profundos sentimientos antiisraelíes de los palestinos y su profundo apoyo a los representantes de Irán y otros que desean borrar a Israel del mapa.

Khaled Abu Toameh es un periodista galardonado con sede en Jerusalén.

Según tomado de, The Palestinian Voices Blinken Won’t Hear :: Gatestone Institute

Traducido por drigs, CEJSPR

 
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Posted by on May 24, 2021 in Uncategorized

 

LA PROTESTA ANTIISRAEL ACUSA A LOS JUDÍOS DE MATAR A UN JESÚS PALESTINENSE

Mohammad Shtayyeh
Dr. Mohammad Shtayyeh

ADAM ELIYAHU BERKOWITZ

Las numerosas protestas contra Israel que están surgiendo en todo el mundo están perpetuando mentiras que con frecuencia son antisemitas. En una manifestación, el dicho más vil que ha sido la base del odio más cruel contra los judíos a lo largo de la historia se apropió de una manera extraña equiparando a los palestinos con Jesús.

La manifestación, organizada por la Campaña de Solidaridad Palestina, la Asociación Musulmana de Gran Bretaña y los grupos Amigos de Al Aqsa, no tuvo nada que ver con el cristianismo. A pesar de la obvia conexión de la manifestación con el Islam, la pancarta, exhibida en un lugar destacado, mostraba una imagen de Jesús cargando la cruz con la leyenda: “No dejes que vuelvan a hacer lo mismo”.

JESÚS COMO TERRORISTA PALESTINO

Esta se convirtió en la plataforma oficial de la OLP, como lo demuestra su frecuente referencia a Jesús como “el primer mártir palestino” y cuya declaración anual de Navidad dice: “Cada Navidad, Palestina celebra el nacimiento de uno de los suyos: Jesús”.

El Dr. Mohammad Shtayyeh, primer ministro de la Autoridad Palestina, quien, en una ceremonia de Navidad en Birzeit en 2019, describió a Jesús como “un guerrillero palestino contra la ocupación”.

Esta declaración fue adoptada recientemente por demócratas en los Estados Unidos como Linda Sarsour. La afirmación de Jesús como palestino, incluso ha sido adoptada por el clero cristiano en los Estados Unidos, como Raphael Warnock, pastor principal de la Iglesia Bautista Ebenezer en Atlanta y congresista demócrata. Esta afirmación fue hecha por primera vez desde dentro del Partido Demócrata por el reverendo William Barber II, quien declaró tanto en su discurso ante la Convención Nacional Demócrata de 2016 que los medios de comunicación describieron como “conmovedor y bien recibido”. El reverendo Barber se refirió a Jesús como un “judío palestino de piel morena”.

JESÚS ISLÁMICO: UN INSULTO AL CRISTIANISMO

David Nekrutman, un teólogo judío con 20 años de experiencia en las relaciones judeo-cristianas, señaló que:

“Los musulmanes están tratando de resucitar la antigua creencia cristiana antisemita del deicidio, donde los judíos todavía son colectivamente responsables de la muerte de Jesús. Esta creencia justifica la violencia proactiva contra el pueblo judío. Sin embargo, muchos movimientos cristianos en los últimos 100 años han repudiado la acusación de deicidio contra el pueblo judío, incluyendo la más importante hecha por la Iglesia Católica en Nostra Aetate de 1965.

“Cuando los musulmanes afirman que Jesús era un palestino, los cristianos deberían protestar, porque eso lo despoja de su identidad”, dijo Nekrutman. “Según el cristianismo, Jesús nació como judío, practicó rituales judíos y murió como judío, además de ser la encarnación física de lo divino que murió por los pecados del mundo”. Además, la resurrección de Jesús, dentro de la teología cristiana, no echa a un lado el judaísmo.

“Los cristianos que apoyan a Israel y al pueblo judío no compran esta propaganda y declaran con orgullo que sus raíces están en el judaísmo, y en el judaísmo de Jesús”, dijo Nekrutman.

MÁS FALSAS NOTICIAS PALESTINAS

El Dr. Mordechai Kedar tiene un profundo conocimiento de la mentalidad árabe. Profesor titular de cultura árabe en la Universidad Bar-Ilan, se desempeñó durante 25 años en Inteligencia Militar de las FDI, donde se especializó en grupos islámicos, el discurso político de los países árabes, la prensa árabe y los medios de comunicación y el ámbito doméstico sirio. Habla árabe con fluidez, es uno de los pocos israelíes que aparecen en la televisión árabe, debatiendo con frecuencia sobre líderes del pensamiento  árabes en su lengua materna.

“Este uso de Jesús como palestino se lanzó en el cristianismo como una campaña llamada Cristo en el puesto de control en Belén”, explicó el Dr. Kedar. “Retrataron a los palestinos como Jesús y desde que acusaron a los judíos de crucificar a Jesús hace dos mil años, afirmaron que los judíos están haciendo lo mismo con los palestinos hoy. Ellos perpetúan activamente esta narrativa para enfurecer a los cristianos contra los judíos “.

“Según el Islam, Judas fue la persona crucificada y no Jesús”, explicó el Dr. Kedar. “Resucitar pondría a Jesús en un nivel más alto que Mahoma, quien no fue resucitado. El final del Corán afirma que Dios “nunca engendró, ni fue engendrado, y nadie es igual a Dios”. Esto contradecía directamente el credo básico del cristianismo. Cuando se dirigen a los cristianos, los musulmanes ocultan esto “.

Toda la historia palestinense se basa en la apropiación de historias de otros. No tienen nada de palestino en su narrativa. Se roba la tierra, se roba la historia, incluso el Islam no es particularmente palestino. No hay herencia palestina en absoluto. Hay antigüedades judías, cristianas y musulmanas en Israel. Pero no hay antigüedades palestinas ”.

“Es por eso que Al Aqsa es tan fundamental para ellos. Sin un reclamo sobre Al Aqsa, no tienen conexión con la tierra. Y la afirmación de que Al Aqsa está en Jerusalén es una noticia falsa, una cuenta falsa de los Umayads. Afirmar que Al Aqsa es sagrado para el Islam es un insulto enorme para la mayoría de los musulmanes sunitas, ya que elevaría la mezquita del Monte del Templo a un nivel de importancia que podría cuestionar la centralidad de La Meca en el Islam. Pero los palestinos hacen esta afirmación de todos modos”.

“Los nombres palestinos testifican que no son realmente palestinos. Muchos nombres identifican sus verdaderos orígenes en Egipto, Siria, Jordania y otros lugares del Medio Oriente. Afirmar que Jesús es palestino es otro intento para afirmar que tienen raíces aquí. Pero se trata de otro caso más en el que se apropian de algo con lo que no tienen ninguna conexión “.

Según tomado de, Anti-Israel protest accuses Jews of killing Palestinian Jesus (israel365news.com)

Traducido por drigs, CEJSPR

Vea además, ‘Jesus was a Palestinian’ Platform; Islam’s Plot to Rewrite World History (israel365news.com)

 
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Posted by on May 24, 2021 in Uncategorized