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¿Cómo Gaza se convirtió en el irresolvible problema de Israel?

por Michael Oren

El cuarto conflicto de los últimos doce años entre Israel y Gaza se parece notablemente al primero. ¿Qué sucedió?

En enero de 2009, en el augusto Gaston Hall de la Universidad de Georgetown, subí al escenario para hablar sobre Gaza. Prácticamente los 700 asientos estaban ocupados, muchos de ellos por estudiantes que se oponían a las políticas israelíes, especialmente las relacionadas a la Franja de Gaza. Como Profesor invitado en el Centro de Civilización Judía de Georgetown, había regresado recientemente a Washington después de unas vacaciones de invierno en Israel con mi familia. En cambio, pasé tres semanas sirviendo como oficial de reserva en “Plomo Fundido”, la operación de Israel contra Hamas.

Regresé y encontré el campus alborotado, la entrada al edificio estaba bloqueada por manifestantes postrados con carteles de “Dead Gazan”. Mi conferencia tenía la intención de ser una respuesta a ese clamor, para colocar la cuestión de Gaza en su contexto histórico, militar y diplomático total. El objetivo era exponer a los estudiantes a una perspectiva que nunca podrían recibir por parte de los medios de comunicación o de la mayoría de sus profesores. Por una vez, verían la Franja desde el punto de vista israelí.

Ver el video de esa charla el mes pasado fue una experiencia inquietante, y no solo por el grado en que he envejecido. Mucho más inquietante fue ver lo poco que ha cambiado en los últimos doce años. Aunque la capacidad de Israel para defenderse ha aumentado enormemente con el sistema antimisiles Iron Dome, su derecho a hacerlo se ha cuestionado cada vez más. En ningún lugar de Estados Unidos se ha negado más enérgicamente el caso de Israel o incluso la libertad de hacerlo que en los campus universitarios. Lo más desalentador de todo fue la constatación de que la ignorancia estadounidense sobre Gaza y el régimen terrorista que la gobierna solo se ha profundizado a lo largo de los años, en muchos casos deliberadamente.

Mi propósito ahora es corregir esta ignorancia. Basándome en 40 años de experiencia académica, militar y diplomática con Gaza, tengo la intención de rastrear la compleja y torturada relación de Israel con la Franja, tanto en las primeras décadas del estado, como especialmente en los últimos quince años. Y, así como en Georgetown en 2009, exploraré cómo esa relación podría cambiar en el futuro.

I. Prehistoria

Gaza tiene una historia rica y variada. Situada en la costa mediterránea en el nexo entre continentes, fue tradicionalmente un interfaz entre imperios en competencia, un escenario para la guerra y un mercado para el intercambio cultural y económico. Los arqueólogos han descubierto momias egipcias en Gaza junto con templos romanos y pisos de sinagogas bizantinas. Como soldado que patrullaba Gaza hace muchos años, noté que la parte superior de una antigua columna griega sobresalía de entre un montón de basura. La reliquia más tarde sirvió de ayuda para la enseñanza en mis clases de historia.

El apogeo de Gaza llegó en la Edad Media bajo el dominio árabe, cuando prosperó como empresa comercial en las ventas de especias y textiles. Pero a partir de entonces la fortuna de la zona decayó tanto que, cuando las fuerzas de Napoleón entraron en Gaza después de la invasión francesa de Egipto en 1798, encontraron la Franja inquietantemente sub poblada y plagada de pestilencia y pobreza. (Una parte de la población nativa de Gaza está compuesta por descendientes de egipcios del área del Delta que huyeron de las leyes de reclutamiento establecidas a principios del siglo XIX por Muhammad Ali, el gobernador del Egipto otomano). Después de eso, Gaza fue el escenario de algunos de los combates más duros entre las fuerzas turcas y británicas durante la Primera Guerra Mundial. Los victoriosos británicos trabajaron para que Gaza se incorporara a su mandato en Palestina, no porque veían a Gaza como parte del hogar nacional judío, sino porque Gaza protegía los accesos al norte del Canal de Suez. Sin embargo, los ingenieros británicos vetaron un plan para construir una base militar importante allí, argumentando que el territorio carecía de agua suficiente. Históricamente, los judíos han tenido una relación ambivalente con Gaza. Era el hogar de los filisteos, un lugar donde a un héroe hebreo le arrancaron los ojos y se celebraran las derrotas judías.

Los sionistas, por su parte, no estaban seguros de querer a Gaza en su futuro estado. Las fuentes rabínicas estaban divididas sobre si Gaza se encontraba dentro de las fronteras de la Tierra de Israel. El sionismo internalizó ese cisma. Antes de la creación del estado, solo se estableció un asentamiento judío importante en la franja de Gaza, Kfar Darom, el cual luego fue abandonado en la Guerra de Independencia de Israel. Los líderes sionistas no se opusieron cuando la ONU en 1947 colocó a Gaza dentro de los límites del propuesto estado árabe independiente.

Pero la falta de interés de Israel en Gaza terminó en 1948 con la huida de los refugiados palestinos. En unas semanas, la población de Gaza aumentó de menos de 80,000 a más de 200,000. Ocupada por Egipto, Gaza mantenía a Israel en el lado izquierdo de un tornillo de banco hostil, con Cisjordania, la que pronto sería anexada por Jordania, a la derecha. Consciente de esta amenaza estratégica, el primer ministro David Ben-Gurión en 1951 propuso en secreto comprar Gaza a Egipto y reasentar a los refugiados en el Sinaí. Los egipcios ignoraron su oferta.

Los problemas de Israel con Gaza se multiplicaron a principios de la década de 1950 con la aparición de los fedayines. Estos “abnegados” palestinos, guerrilleros entrenados y armados por Egipto, atacaron profundamente dentro de Israel, matando a civiles y saqueando casas. En respuesta, las FDI organizaron numerosas redadas de represalia, algunas de ellas dirigidas por un polémico joven oficial llamado Ariel Sharon. Este ciclo acelerado de terror y represalias contribuyó al estallido de la segunda guerra árabe-israelí en octubre de 1956.

Este conflicto terminó con las tropas israelíes ocupando Gaza durante cinco meses, después de lo cual fueron reemplazadas por la primera fuerza de paz de la ONU. Su precipitado desalojo por parte del presidente egipcio Gamal Abdul Nasser en mayo de 1967 desencadenó una cadena de acontecimientos que desembocarían en la Guerra de los Seis Días. De hecho, ese conflicto transformador se originó en gran medida en Gaza. El ministro de Defensa, Moshe Dayan, al principio ordenó explícitamente a las FDI que no ingresaran, pero después del fuego proveniente de las fuerzas palestinas irregulares y egipcias, las tropas israelíes no pudieron evitar hacerlo. Así comenzó una ocupación que duraría 38 años.

Poco después de la guerra, a fines de la década de 1960, Gaza se convirtió en una base de poder para la Organización de Liberación de Palestina (OLP). Originalmente creado por Nasser, el grupo terrorista había caído bajo el dominio de la facción Fatah y su presidente, Yaser Arafat. Las fuerzas israelíes dirigidas por Sharon llevaron a la OLP a la clandestinidad en Gaza a principios de la década de 1970, abriendo el camino para el establecimiento de los primeros asentamientos en la Franja.

Pero la antigua ambivalencia israelí hacia Gaza prevaleció. En contraste con Cisjordania, el corazón bíblico de Judea y Samaria, en el que finalmente se establecieron 130 asentamientos y 400,000 israelíes hicieron sus hogares, Gaza albergaba apenas 21 asentamientos y solo 8,000 residentes. De hecho, en las conversaciones de paz entre Israel y Egipto a fines de la década de 1970, el primer ministro Menachem Begin, aunque defensor de los asentamientos, se ofreció a devolver Gaza a Egipto. Anwar Sadat, presidente de Egipto, lo rechazó.

Mientras tanto, la población palestina en Gaza creció, alcanzando casi dos millones en la actualidad. Una tasa de crecimiento similar en los Estados Unidos, en un período de tiempo comparable, habría catapultado a la población a mil millones. La explosión demográfica de Gaza fue facilitada significativamente por el Organismo de Obras Públicas y Socorro de las Naciones Unidas, OOPS. El cual sigue siendo el único organismo de la ONU creado para abordar un problema específico de refugiados y que otorga el estatus de refugiado a los descendientes de los refugiados de hace 70 años. La UNRWA reconoce a los refugiados palestinos que técnicamente viven en lo que ellos mismos llaman Palestina – Gaza y Cisjordania – y sostiene los campos de refugiados que mantienen vivo el problema palestino.

Como oficial de las FDI a principios de la década de 1980, participé en un esfuerzo para animar a los residentes de estos campamentos a que se mudaran a proyectos de vivienda de nueva creación. Los pocos refugiados que expresaron interés en reubicarse fueron rápidamente amenazados por la OLP y rescindieron. Los proyectos quedaron vacantes.

Aunque decenas de miles de habitantes de Gaza cruzaban a Israel para trabajar todos los días y la economía local crecía, una combinación de incitación por parte de la OLP y el hacinamiento creó un polvorín. Se incendió en diciembre de 1987, en la forma de la primera —como la llamamos más tarde— intifada. Miles de jóvenes palestinos tomaron las calles, arrojando piedras y cócteles molotov a las tropas israelíes en un levantamiento que también se extendió rápidamente a Cisjordania. Serví como reservista con los paracaidistas en Gaza durante esos años. Esquivé una gran cantidad de rocas e incluso algunas bombas incendiarias. Al patrullar esas fétidas calles, nunca me quedó claro qué negocio tenía Israel en Gaza más allá del negarles a los palestinos la victoria de poder echarnos. Los campos de refugiados eran laberintos en los que cada callejón estaba controlado por un grupo terrorista diferente, con sus nombres garabateados en las paredes. Uno de los garabatos me resultaba desconocido. Decía “Hamas”.

Hamas, cuyo nombre es un acrónimo árabe de “movimiento de resistencia islámico“, estaba encabezado por un jeque ciego en silla de ruedas, Ahmed Yassin, y un pediatra, Abdel Aziz al-Rantisi. Al igual que su organización matriz, la Hermandad Musulmana Egipcia, Hamas en ese entonces gastó la mayor parte de su presupuesto en servicios sociales, pero también tenía un estatuto que culpaba a los judíos por el estallido de ambas guerras mundiales y pedía la destrucción de Israel. Israel estaba entonces apoyando silenciosamente a Hamas como contrapeso a la OLP secular. (Desde el momento en que Estados Unidos apoyó a los talibanes en su lucha contra la Unión Soviética, ninguna otra política ha sido tan miope). Sin embargo, el apoyo de Israel a Hamas no duró mucho. A principios de la década de 1990, Hamas estaba organizando ataques contra los israelíes, a los que el primer ministro Yitzḥak Rabin respondió, sin éxito, tratando de desterrar a 400 activistas de Hamas al Líbano.

El aumento en poder de Hamas acercó a Israel y al antiguo liderazgo de la OLP. La primera intifada convenció a un gran segmento de la población israelí de que la ocupación ya no era viable, mientras que la revuelta de los jóvenes palestinos que no estaban bajo su mando asustó a Arafat y le hizo pensar que podría perder por completo el control de los territorios. El resultado se produjo en septiembre de 1993 sobre el césped de la Casa Blanca, donde Rabin y Arafat se unieron al presidente Bill Clinton para firmar los Acuerdos de Oslo.

Bajo el llamado enfoque de “Gaza primero”, la Franja iba a servir como una prueba de fuego para el proyecto más amplio de Oslo, y fue a Gaza donde Arafat hizo su regreso triunfal a los territorios en junio. Yo estaba en una posición casi oficial en ese entonces y vi como Arafat pasaba de contrabando terroristas, literalmente buscados debajo del asiento de su automóvil. En respuesta, Rabin consideró congelar el proceso de paz, pero finalmente se detuvo. De esta manera Arafat se enteró que podía violar los acuerdos sin pagar un precio, lo que a partir de ese momento haría con impunidad. Posteriormente se sintió libre de jugar un doble juego en Gaza, reprimiendo a Hamas cuando lo necesitaba mientras se hacía de la vista gorda a sus ataques terroristas contra israelíes.

No hace falta decir que el enfoque de “Gaza primero” fracasó. En el transcurso de la próxima década, Hamas organizaría un total de 70 atentados suicidas contra Israel, matando a 483 israelíes, incluyendo no solo a mi cuñada (una maestra de Connecticut que estudiaba en la Universidad Hebrea) sino también a varios compañeros de clase de mis hijos, así como a siete clientes en el Café Hillel ubicado directamente debajo de mi oficina en Jerusalén. Los israelíes se sintieron impotentes ante este flagelo. “Abba, he estado en más funerales de mis amigos que en bar mitzvah”, se quejó mi hijo mayor, Yoav. Luego, [Yoav] actuando como soldado de las fuerzas especiales, un terrorista de Hamas disparó utilizando a sus propios hijos como escudo, heriéndolo. Aun Benjamin Netanyahu, elegido en 1996 en parte gracias a su enfoque de línea dura contra Hamas, se vio obligado bajo la presión estadounidense a cambiar a Yassin (a quien Israel había sido logrado arrestar en 1989), por dos agentes del Mossad después de un fallido intento de asesinato contra el líder de Hamas, Khaled Mashal.

Mientras tanto, otras milicias palestinas comenzaron a competir con Hamas en los bombardeos. El terror culminó en la segunda intifada que comenzó en septiembre de 2000. Una vez más, siendo llamado al servicio de reserva, vi cómo el ejército estaba completamente desprevenido. Las unidades fueron enviadas frenéticamente, la mía a Naplusa, sin ninguna estrategia clara para contraatacar o incluso carentes del armamento adecuado. Entre las sorpresas que nos lanzó Hamas ese año estaba el cohete Qassam, hecho generalmente con tuberías de irrigación traídas de contrabando desde Israel y un propelente mezclado con productos químicos domésticos. Los proyectiles tenían un alcance máximo de solo quince kilómetros y eran notoriamente imprecisos, pero cuando impactaban eran mortales. Veintiocho israelíes murieron y mil resultaron heridos. La parte sur del país quedó paralizada.

Sin embargo, Israel siguió tratando de mantener una distinción ficticia entre las alas política y militar de Hamas, permitiendo que la primera funcione mientras busca la destrucción de la segunda. Después de cada atentado suicida en Tel Aviv y Jerusalén, la prensa israelí se apresuraba a entrevistar a Yassin y Rantisi y les preguntaba si lo aprobaban, lo que por supuesto hicieron. Fue un momento surrealista.

II. 2002-2008

El mes de marzo de 2002 fue el más sangriento de todos los meses entre todas las intifadas, hubo 130 israelíes muertos. Un nuevo gobierno de Ariel Sharon lanzó una operación importante, Escudo Defensivo, para retomar las ciudades palestinas y aplastar las células terroristas. Para 2004, Rantisi y Yassin estaban muertos y la intifada, una de las amenazas más espantosas en la historia de Israel fue derrotada. Una combinación de robustas medidas militares (puestos de control, barreras defensivas, estrecha cooperación entre las unidades de combate y de inteligencia) puso fin de manera efectiva a los atentados suicidas. Para entonces, Arafat también había muerto, lo que significaba que Sharon, quien defendía los asentamientos al igual que Menachem Begin antes que él, quedaba libre para hacer lo que quisiera en ese punto de Gaza. Lo que eligió hacer sorprendió a muchos israelíes.

Sharon creía que el país estaba cansado de defender los asentamientos de Gaza y la Ruta Filadelfia de catorce kilómetros de largo, que corre a lo largo de la frontera entre Egipto y Gaza, en la que los soldados israelíes eran constantemente atacados. Israel, concluyó Sharon, ya no podía pedir a los padres que sacrificaran a sus hijos por un área que tenía poco valor para ellos. Lo que estaba en juego era el delicado consenso que vinculaba a la sociedad de Israel con su ejército.

Así, en agosto de 2005 me encontré de nuevo en uniforme, era uno de los 55,000 soldados israelíes llamados para sacar a 8,000 de nuestros conciudadanos de Gaza. Fue la mayor operación militar israelí desde la Guerra de Yom Kippur de 1973. Aunque yo, como la gran mayoría de los israelíes, apoyé la retirada, nada podría prepararme para el trauma producto de su implementación. Nada de lo que había experimentado en la guerra fue tan desgarrador como tener que arrastrar de sus sinagogas y hogares a israelíes que rezaban y lloraban.

La retirada de Gaza fue una apuesta tremenda para Sharon y para Israel. Todos sabíamos que las organizaciones terroristas palestinas, Hamás en particular, declararían la victoria. Sin embargo, esperábamos que el pueblo palestino aprovechara esta oportunidad histórica de construir un mini estado independiente. La apuesta fracasó. Tan pronto como el último israelí salió de la Franja, los palestinos desmantelaron la infraestructura agrícola que se les dejó para ayudarles en su economía, en gran parte pagada por filántropos judíos estadounidenses. Durante los siguientes seis meses, grupos terroristas dispararon unos 1,000 cohetes y granadas de mortero contra Israel.

En este punto, Israel enfrentó un dilema que lo acosaría durante los próximos quince años y probablemente lo acosará por muchos más. Disparar a Hamas aumentó el prestigio de Hamas a los ojos del pueblo palestino — demostró que estaban resistiendo a Israel y se sacrificaron por la causa — pero no disparar contra Hamas también mejoró su prestigio al mostrar que Israel estaba asustado. Más inquietante para Israel, es que también atrajo la atención de Teherán. Con el tiempo, Irán se convertiría en el principal patrocinador de Hamas. Rechazar a Hamas mejoró el prestigio de Hamas a los ojos del pueblo palestino, pero no dispararles también aumentó su prestigio.

Israel respondió montando un bloqueo naval y aéreo de Gaza. Las acciones no lograron reducir significativamente el lanzamiento de cohetes, pero fortalecieron la justificación de Hamas contra Israel. Sharon se negó a considerar la reconquista de la Franja y en su lugar contempló una retirada unilateral de partes de Cisjordania también. Él y su nuevo partido, Kadima, estaban preparados para implementar esa misma política en enero de 2006 cuando cayó en un coma del que nunca se recuperaría. Su reemplazo fue el ex alcalde de Jerusalén, Ehud Olmert.

Mientras tanto, se llevaron a cabo elecciones en los territorios palestinos. Según recuerdo, los israelíes vieron con horror el anuncio de campaña de la candidata de Hamas Maryam Farhat, también conocida como Umm Nidal. Invitó a los espectadores a su casa y les mostró una fotografía enmarcada en oro de un joven con un traje militar de Hamas. “Este es mi hijo mayor que se martirizó a sí mismo haciéndose estallar en un autobús judío y mató a ocho judíos”, se regocijó. “Fue el día más feliz de mi vida”. Luego mostró otra foto de un joven terrorista de Hamas. “Este es mi segundo hijo que se inmoló atacando a soldados judíos”, afirmó. “Fue el día más feliz de mi vida”. Finalmente, Umm Nidal presentó a su hijo de diecisiete años, también uniformado y portando una M-16. “Él está a punto de salir a ser mártir ahora, y este es el día más feliz de mi vida”, declaró mientras lo besaba. Luego salió, y al intentar un ataque terrorista, fue asesinado por soldados israelíes. (Las afirmaciones sobre sus dos primeros hijos parecen ser inexactas. El primero no se suicidó haciéndose estallar, sino con pistolas y granadas, y el segundo fue asesinado antes de que pudiera cumplir su misión).

Umm Nidal, ganó. La madre de tres hijos martirizados se unió a docenas de representantes de Hamas elegidos para el parlamento palestino en una victoria aplastante sobre Fatah.

Como era de esperar, Hamás celebró su triunfo con cohetes. Violentó un alto al fuego mediado por Egipto para cavar un túnel de 400 metros de largo de la frontera. El 25 de junio de 2006, terroristas se infiltraron por el túnel y atacaron una posición israelí, mataron a dos soldados y secuestraron a un tercero, el cabo Gilad Shalit, de diecinueve años. Los intentos de las FDI de responder a este ataque mediante la explosión de los numerosos túneles que Hamas había cavado bajo la Ruta de Filadelfia terminó con los soldados israelíes rastreando la arena en busca de las partes de los cuerpos de sus compañeros.

Con la esperanza de evitar una guerra total, varios estados europeos se ofrecieron como voluntarios para supervisar los cruces fronterizos entre Gaza e Israel. Los monitores llegaron pronto, pero huyeron en el momento en que Hamás los amenazó. Miles de toneladas de municiones, rifles, granadas y cohetes pasaron a Gaza desde Egipto. Fue en esta deprimente coyuntura cuando Hezbollah, el representante terrorista de Irán en el Líbano, desencadenó una guerra con Israel.

Al igual que Hamas, Hezbollah también se había envalentonado por la retirada israelí de Gaza y del sur del Líbano cinco años antes. Aunque técnicamente era un aliado de Hamas, Hezbollah también era su competidor. Tras las victorias de Hamas, Hezbollah apenas podía sentarse y dejar que su rival se llevara toda la gloria. El 12 de julio de 2006, sus pistoleros tendieron una emboscada a una patrulla fronteriza israelí, mataron a diez y tomaron dos de los cuerpos para pedir rescate. Israel respondió y comenzó la Segunda Guerra del Líbano.

Aunque las FDI mataron hasta una cuarta parte de todas las fuerzas de Hezbollah y destruyeron una gran parte de su infraestructura, Hezbollah siguió lanzando cohetes contra ciudades israelíes. También reclamó una gran victoria. Vilipendiado por los medios de comunicación por actuar de manera desproporcionada y cada vez más presionado por la comunidad internacional, Israel se vio obligado a aceptar un alto el fuego de la ONU. A Hezbollah se le permitió rearmarse.

Muchos israelíes relacionaron la retirada de Gaza con la decepcionante Segunda Guerra del Líbano. Serví en el ejército durante ese conflicto y, en su último día, me encontré a lo largo de la frontera. Allí me encontré con Natan Sharansky, entonces ministro del gobierno. “Natan, Natan, es tan bueno verte”, lo saludé. Pero él simplemente me sonrió y preguntó: “¿Todavía crees que la desconexión fue una buena idea?”

Ciertamente no era una buena idea dejar de responder inmediata y masivamente a los ataques con cohetes de Hamas, para señalar en cambio que Israel soportaría pasivamente la violencia perpetrada contra él y proyectar una imagen de debilidad. Mis sentimientos como soldado se fusionaron con mi perspectiva como historiador y mis instintos como ciudadano, es decir, que Israel estaba perdiendo poder disuasorio, dejando en claro nuestro temor a pérdidas militares y civiles, en general, volviéndose predecible. Temía que nuestra incapacidad de infligir un castigo verdaderamente prohibitivo a nuestros enemigos y de resistir la presión internacional sólo conduciría a más rondas de derramamiento de sangre y a una erosión más rápida de la legitimidad de Israel.

De hecho, la renuencia de Israel a enfrentarse a Hamas, y el consiguiente aumento del prestigio de este último pueden haber envalentonado a los terroristas para montar un sangriento golpe contra Fatah en Gaza. En junio de 2007, dominando rápidamente a las fuerzas de la Autoridad Palestina entrenadas por Estados Unidos, Hamas procedió a ejecutar a 350 prisioneros y desterrar a otros cientos. Muchos encontraron asilo en Israel.

Israel reaccionó imponiendo su bloqueo parcial de los cruces fronterizos de Gaza, pero la política resultó problemática. Aunque Estados Unidos y la Unión Europea reconocieron a Hamas como una organización terrorista y en general apoyaron el bloqueo, Israel fue censurado internacionalmente por cortar suministros vitales. De manera clásica, Hamas bombardeó las estaciones de servicio que proporcionaban combustible a Gaza y luego culpó a Israel de crear una crisis humanitaria. Se reanudaron los envíos de gas, solo para ser utilizado como propulsor de los cohetes Qassam.

El bloqueo, una vez más, proporcionó a Hamas un pretexto para intensificar los ataques con cohetes y morteros. Cayeron miles de cohetes y los ciudadanos del sur de Israel se sintieron traicionados por su estado. Aún así, el gobierno vaciló. El ejército aún no se había recuperado de la guerra del Líbano y Olmert enfrentaba varios cargos de corrupción. Pero igualmente paralizante, de nuevo, era el temor al precio que Hamás exigiría a las FDI y la posibilidad de que Hezbollah se uniera nuevamente a la refriega.

Se arregló otro alto el fuego negociado por Egipto. Israel reabriría los cruces y Hamas dejaría de disparar. Pero Hamás nunca cumplió realmente. Un tiftuf constante —en hebreo significa llovizna— de dos o tres cohetes semanales mantuvo aterrorizados a millones de israelíes. Olmert apareció en la televisión árabe pidiendo moderación a Hamas. La ministra de Relaciones Exteriores, Tzipi Livni, hizo lo mismo en una visita de última hora a El Cairo. Pero los disparos solo aumentaron.

III. 2008-2009

Hamas ahora experimentaría lo que Dwight Eisenhower llamó la furia de una democracia despertada. Más del 90 por ciento de los israelíes dijeron que estaban listos para enfrentarse militarmente a los terroristas. De alguna manera, más del 100 por ciento de los llamados a filas se reportaron para el servicio de reserva, yo entre ellos. El 27 de diciembre de 2008 comenzó el contraataque.

Operación Plomo Fundido, se llamaba, una referencia a Hanukkah y a un poema de las fiestas del pionero poeta sionista Ḥayyim Naḥman Bialik. En un escenario que se repetiría tres veces más durante los próximos doce años, Israel respondió a los ataques con cohetes de Hamas con intensos ataques aéreos. Ochenta aviones alcanzaron 100 objetivos en menos de cuatro minutos. Doscientos guardias de Hamas, convencidos de que los israelíes nunca les harían daño, salieron a desfilar ese día. Murieron instantáneamente. En el transcurso de los próximos seis días, las FDI realizarían 2,000 salidas, destruyendo docenas de puestos de mando de Hamas, depósitos de armas, lanzacohetes así como 300 de los 500 túneles que se estiman que se hay bajo la ruta de Filadelfia. Esta vez, no hubo distinción entre objetivos militares y políticos de Hamas. Las casas de los líderes de Hamas, las mezquitas utilizadas como depósitos de armas e incluso la universidad islámica, que según Israel se estaba utilizando como laboratorio de bombas, fueron arrasadas.

Pero en otra característica de la guerra (que reaparecería en el futuro), Israel sacrificó el elemento sorpresa al distribuir panfletos en las áreas que eran blanco de los ataques y advertir a la población civil que huyera. Se enviaron mensajes de texto a miles de propietarios de teléfonos también advirtiéndoles de ataques inminentes. Hamas envió civiles a los techos de los edificios seleccionados, obligando a los pilotos israelíes a desviar misiles incluso después de haberlos disparado. En respuesta, la Fuerza Aérea de Israel intentaría despejar los techos de civiles disparando una forma de arma de destello no letal antes de lanzar rondas explosivas. El método no siempre funcionó. Nizar Rayan, el tercero al mando de Hamas, se negó a permitir que su familia y sus hijos salieran del edificio después de que se les advirtió que lo hicieran. Sus cuatro esposas y hasta once de sus hijos murieron.

Los cohetes siguieron cayendo, con un promedio de 70 por día, y finalmente un total de 800. Ya no siendo un soldado de combate sino un portavoz de las FDI en ese momento, sin embargo permanecí bajo fuego y más de una vez tuve que correr, con micrófonos y cámaras en mano en busca de refugio. Apenas catorce segundos y medio separaron el lanzamiento de los Qassam de su impacto. Junto con los reporteros árabes y europeos, me agaché y escuché mientras varios residentes de Sderot, afectados por el trastorno de estrés postraumático crónico, gritaban.

Aunque el número de cohetes y morteros de Hamas disparados en ese momento era pequeño en comparación con el de los conflictos posteriores, sin embargo produjeron en Israel un daño significativo porque el sistema antimisiles Iron Dome que más tarde resultaría tan exitoso aún no se había desarrollado. Los cohetes de Hamas también tenían un alcance más largo que antes, extendiéndose de quince a cuarenta kilómetros y poniendo en peligro a un millón de israelíes. Uno de ellos era nuestra hija, Lia, estudiante de la Universidad Ben-Gurion en Be’er Sheva. Cuando comenzaron las sirenas, abandonó su automóvil en una intersección y corrió frenéticamente hacia un refugio antiaéreo, no pudo encontrar uno y golpeó varias puertas pidiendo refugio. Afortunadamente, una amable anciana la dejó entrar, le dio el almuerzo y quiso que se quedara, pero Lia tuvo que negarse. El coche seguía encendido en la intersección.

Aprendiendo de las lecciones de la guerra más reciente con el Líbano, en la que se había declarado públicamente acerca de objetivos específicos que no se podían lograr, tal como la eliminación de Hezbollah del sur del Líbano, Israel mantuvo sus objetivos amplios y alcanzables: perjudicar la capacidad de Hamás para bombardear a Israel y restaurar la seguridad al sur de Israel y mejorar la situación de seguridad en Gaza.

Y dado que Israel también había aprendido otra lección del Líbano —que los aviones de combate por sí solos no pueden eliminar el lanzamiento de cohetes— el 3 de enero de 2009, 10,000 soldados israelíes avanzaron hacia Gaza. Dividieron la Franja en tres partes, lo que obstaculizó la capacidad de Hamás para transportar hombres y municiones. Los comandos israelíes aterrizaron en el mar, lo que empujó aún más a los combatientes de Hamas hacia las áreas urbanas. Huyeron, rara vez pelearon, y sus líderes se escondieron debajo de los hospitales. Los civiles a quienes Hamas usó como escudos humanos quedaron para llevar la peor parte del avance. Las FDI nuevamente tomaron precauciones para limitar las bajas civiles, pero la tasa de bajas, no obstante, aumentó. Los esfuerzos para detener las ambulancias de la Media Luna Roja que en realidad servían para transportar a los terroristas de Hamas fueron duramente condenados por la Cruz Roja Internacional, que por supuesto, no se quejó públicamente del abuso de las ambulancias por parte de Hamas.

Durante los combates, las FDI tomaron medidas extraordinarias para aliviar la crisis humanitaria de Gaza. Se entregaron en la Franja unas 27,000 toneladas de alimentos y suministros médicos y 240 toneladas de combustible. Se abrió un corredor para los camiones de socorro y se declaró una tregua diaria de tres horas para que los habitantes de Gaza pudieran abastecerse de suministros. Pero Hamas violaba regularmente esa tregua. Se apoderó de los cargamentos de harina de los camiones de socorro y los vendió con fines de lucro. Mi unidad descubrió que uno de estos camiones de ayuda no transportaba alimentos, como se indica en la etiqueta, sino uniformes militares de Hamas.

Las bajas civiles se convirtieron rápidamente en foco internacional. Las FDI concluyeron que no más del 25 por ciento de todas las víctimas palestinas eran civiles. La ONU situó el número en el 40 por ciento y el propio Hamas en 50 por ciento. Sin embargo, incluso ese número indudablemente inflado compara favorablemente con el de la intervención de la OTAN en 1999 en los Balcanes, donde murieron 150 combatientes frente a 527 civiles. En el transcurso de las guerras en Irak y Afganistán, las fuerzas de la coalición mataron a unos 250,000 civiles. La Operación Plomo Fundido puede haber tenido la menor proporción de bajas entre civiles y soldados de cualquier combate urbano en la historia reciente.

Existía una asimetría similar en el daño físico que Israel infligió a Gaza. Fuentes palestinas afirmaron que 4,000 hogares fueron destruidos y 100,000 personas quedaron sin hogar. Eso fue una tragedia. También debe verse en contexto. Una sola batalla en Faluya durante la segunda guerra de Estados Unidos en Irak desplazó a 300,000. Y muchas de las casas de Gaza fueron devastadas no por Israel sino por las trampas explosivas colocadas por Hamas.

Ninguno de estos hechos tuvo mucho efecto en los medios de comunicación, quienes describieron a Gaza como la zona más densamente poblada del mundo; no lo es; Tel Aviv está más densamente poblada, al igual que muchos otros lugares, y que las fuerzas israelíes disparaban indiscriminadamente. Se distribuyeron informes de atrocidades. En un incidente típico, la prensa francesa, citando fuentes palestinas, afirmó que las fuerzas israelíes habían bombardeado una escuela de la ONU, matando a 21 niños. La historia saltó rápidamente a los servicios de cable internacionales, que solo citaron a los franceses y omitieron las fuentes palestinas, e inflaron el número de niños asesinados a 53. La anémica respuesta de Israel fue “Iniciaremos una investigación”. Eso tomó tres semanas y descubrió que la bomba de las FDI de hecho había caído fuera de la escuela, donde había matado a nueve o diez terroristas de Hamas y dos civiles, ninguno de ellos un niño. Sin embargo, mientras tanto, el daño a la imagen de Israel fue irreparable.

Gran parte del mundo occidental se estaba uniendo contra Israel por Gaza, pero Oriente Medio se estaba dividiendo. A pesar de los intentos de la Autoridad Palestina de presentar a los israelíes como agresores y de los esfuerzos de Hamas por iniciar una tercera intifada, la Ribera Occidental permaneció en general en silencio. También lo hizo gran parte del mundo árabe, especialmente los sunitas. Si, durante sus guerras anteriores, Israel se preocupaba por el impacto en la “calle árabe”, esa calle se había trasladado a Londres y París, que eran entonces el escenario de violentas protestas, mientras que el propio Medio Oriente permanecía en gran parte en silencio. Después de interrogarme durante minutos sobre presuntos crímenes de guerra israelíes, un reportero palestino de una estación en árabe me llevó a un lado y me susurró: “Hagas lo que hagas, no te detengas hasta que hayas aniquilado a Hamas”. Pero mientras los sunitas como él no expresaron casi ningún apoyo a Hamas, Irán y su satélite sirio apoyaron su poder con virulencia, y acusaron a Israel de hacer a los palestinos lo que negaron que los nazis hubieran hecho a los judíos.

Al final de la tercera semana de combates, muchos en Israel tenían claro que la operación tenía que terminar. Barack Obama estaba a punto de tomar posesión y lo último que alguien quería era que el nuevo presidente de los Estados Unidos tuviera que pasar directamente de la ceremonia de juramento a la sala de situación de la Casa Blanca y ocuparse de nuestra crisis. Israel ya había demostrado su determinación de defenderse. El fuego de cohetes había disminuido. Veintidós días después de que comenzara la operación, con sus tropas acercándose al centro de la ciudad de Gaza, Israel declaró un alto el fuego unilateral. Hamás hizo lo mismo al día siguiente. El último soldado de las FDI se retiró de Gaza un día antes de la toma de posesión del presidente Obama.

IV. 2009-2021

Unos meses más tarde, fui nombrado embajador de Israel en Estados Unidos. Por suerte, mi primera reunión en la Oficina Oval trató casi exclusivamente de Gaza. El presidente Obama insistió en que Israel permita los envíos de hormigón a la Franja para ayudar a restaurar las estructuras dañadas. Las primeras palabras que le dirigí fueron sobre el número de túneles bajo la ruta de Filadelfia. “Pensamos que había 200, pero resultó que había 500”, dije, y el presidente pareció realmente sorprendido. Además, agregué, “Cada bolsa de concreto se utilizará para construir búnkeres y túneles”. Pero Obama simplemente asintió, claramente no convencido. Israel finalmente cedió a su presión y permitió que miles de bolsas de concreto ingresaran a Gaza, donde rápidamente se utilizaron para construir búnkeres y túneles. Pasaron años antes de que Dennis Ross, el emisario estadounidense en Israel que también estuvo presente en la reunión, admitiera que la advertencia había sido correcta.

Gaza resultó ser el leitmotiv de mi mandato como embajador. Desde el infortunado esfuerzo de los comandos de las FDI para desviar una flotilla de radicales islámicos de llegar a Gaza en mayo de 2010 hasta la liberación por parte de Israel, en octubre de 2011, de casi mil terroristas encarcelados a cambio del cabo capturado Gilad Shalit, la cuestión ocupó grandes áreas de mi tiempo. Si bien en general apoya el derecho de Israel a defenderse contra Hamas, la administración insistió en que Israel se sometiera a una investigación de la ONU sobre el incidente de la flotilla y criticó a Israel por el acuerdo de Shalit que, según la Casa Blanca, fortaleció a Hamas a expensas de la Autoridad Palestina. Mientras tanto, los esfuerzos de J Street y las organizaciones pro palestinas para promover el informe Goldstone de la ONU, acusándonos de crímenes de guerra, mantuvieron a Israel perennemente a la defensiva.

El torbellino que rodea a Gaza culminó en noviembre de 2012 con la Operación Pilar de Defensa. Con una duración de ocho días, esta fue una recreación en miniatura de Plomo Fundido, con Hamas y la Jihad Islámica disparando unos 1,500 cohetes contra Israel y, por primera vez, golpeando Tel Aviv y casi llegando a Jerusalén. Israel respondió nuevamente con ataques aéreos y nuevamente fue atacado por actuar de manera desproporcionada. La acusación fue reforzada, perversamente, por el sistema de misiles antibalísticos Iron Dome recientemente desplegado, que redujo en gran medida las bajas israelíes, mientras que las de los palestinos se multiplicaron. Estaba orgulloso de mi papel para ayudar a asegurar la financiación de Iron Dome de Estados Unidos, incluso cuando sabía que, en términos de la imagen de Israel, era un arma de doble filo. La presión estadounidense e internacional nuevamente obligó a Israel a aceptar un alto el fuego.

El siguiente enfrentamiento con Hamas, la Operación Margen Protector de 2014, fue la repetición más grande y más larga de 2008 y 2012. Duró 26 días, durante los cuales Hamas disparó casi 4,000 cohetes contra Israel. Israel respondió masivamente, primero desde el aire como siempre y luego desde el terreno. Más de 2,000 palestinos murieron, la mayoría de ellos terroristas pero también un porcentaje significativo de civiles. Las pérdidas israelíes, militares y civiles fueron 73.

Los patrones establecidos durante las dos rondas anteriores de lucha en Gaza resurgieron, solo que de manera más rápida y amarga. Israel fue nuevamente acusado de atacar deliberadamente a civiles o al menos de ser criminalmente negligente. Iron Dome defendió a Israel y, por lo tanto, dio crédito a la afirmación de desproporcionalidad. Se demostró una vez más que Hamás tenía una táctica militar que servía como estrategia mediática, diplomática y legal diseñada para negar a Israel el derecho a defenderse o incluso a existir como un estado judío independiente. Hamás sabía que nunca podría destruir a Israel con sus cohetes, pero que, al hacer que Israel contraatacara y matara a civiles inocentes, podría reducir la legitimidad internacional de Israel. Si bien los israelíes seguían creyendo que Gaza era el principal campo de batalla, Hamás sabía que no estaba en la Franja, sino en la televisión y las pantallas de las computadoras de todo el mundo, en la ONU y, en última instancia, en la Corte Penal Internacional, donde Israel sería sancionado por crímenes de guerra.

Lamentablemente, funcionó.

La Operación Margen Protector me encontró fuera de mi cargo pero todavía defendiendo a Israel en la prensa. “¿Cuántas mujeres y niños palestinos tendrá que matar Israel hasta que esté satisfecho?” Ronan Farrow de MSNBC comenzó su entrevista conmigo, haciendo una pregunta no infrecuente. Gaza fue nuevamente descrita falsamente como el área más densamente poblada de la tierra y las fuerzas israelíes fueron descritas como disparando al azar. Hamas impidió a los reporteros en Gaza fotografiar tripulaciones de cohetes o incluso terroristas que portaban armas y, en cambio, fueron confinados a hospitales y escenas de niños heridos. En Internet, Hamas publicó imágenes de cuerpos desmembrados por el bombardeo israelí; las imágenes en realidad fueron tomadas de películas de terror.

Indignada por estas imágenes, la opinión internacional se volvió rápidamente contra Israel. La administración Obama dejó en claro que Israel podía defenderse de Hamas, pero solo de forma pasiva, utilizando la Cúpula de Hierro, no enviando tropas a Gaza. La Casa Blanca retrasó el reabastecimiento de municiones vitales a las FDI. El secretario de Estado John Kerry intentó mediar, solicitando la ayuda de Turquía y Qatar, que apoyaban a Hamas, solo para ser rechazado tanto por Israel como por Egipto. Finalmente, Israel descubrió que no podía mantener el espacio diplomático y el tiempo que necesitaba para seguir luchando y finalmente acordó un alto el fuego. Gaza fue devastada una vez más, pero Hamás todavía estaba en pie y en libertad para rearmarse una vez más.

La presunción de culpabilidad israelí por parte de los medios de comunicación y su promoción de la narrativa de Hamas, así como su dependencia de las estadísticas y el cumplimiento de las restricciones de Hamas a la prensa, se intensificó durante una ronda de protestas en la frontera de Gaza en 2018 y 2019. La multitud de niños/as que Hamás llevó hacia las vallas fronterizas eran incluso mejores que los cohetes-reutilizables- y dado que no causaron bajas israelíes, se convirtió en prueba irrefutable de desproporcionalidad hasta ahora. “Hamas quiere que nos condenen”, le dije a un entrevistador de la BBC. “Hamas quiere que lo aplaudan por enviar a sus hijos a morir. Y cuanto más de ellos lo hagan, su sangre estará en tus manos “.

Sin embargo, toda mi familiaridad con Gaza palideció en comparación con los conocimiento que adquiriría como miembro de la Knesset donde presidía un comité clasificado sobre el tema y que, como viceministro en la oficina del primer ministro, tenía la asignación de encontrar nuevas formas para hacer frente a la amenaza. En el comité, por ejemplo, escuché que el Ministerio de Relaciones Exteriores y el poder judicial de las FDI carecían de personal y estaban mal preparados para defender a Israel de los cargos de crímenes de guerra en la Corte Penal Internacional. En la oficina del primer ministro, exploré formas para mejorar el nivel de vida de los habitantes de Gaza proporcionándoles más de sus acostumbradas cuatro horas diarias de electricidad y un simple 4 por ciento de agua potable. Al darles algo que podían perder en una guerra, esperaba que los habitantes de Gaza pudieran resistir los esfuerzos de Hamas para desencadenar una. Pero el gobierno israelí, reflejando el sentimiento público en general, creía que “lo que es malo para Gaza es bueno para Israel”, y rechazó la idea. Hamas habría estado complacido. Sobre todo aprendí una cosa de ese momento: Hamas quiere que los habitantes de Gaza sufran.

De Hamas aprendí que no le importa nada el bienestar de los civiles palestinos. Si bien Israel está más que dispuesto a facilitar la transferencia de todos los alimentos y medicamentos que necesita Gaza, contrario a la opinión internacional, Israel no mantiene un bloqueo total de Gaza, sino que prohíbe solo la importación de artículos de doble uso, como el hormigón, que Hamas utilizará para cohetes y búnkeres: Hamas detiene los camiones e incluso hace explotar las terminales receptores para crear una crisis humanitaria de la que luego puede culpar a Israel. Me enteré que Hamás obliga a miles de niños a cavar sus túneles y cientos de ellos mueren en el proceso. Mientras tanto, la Autoridad Palestina corta la ayuda a los habitantes de Gaza que reciben tratamiento médico en Israel y congela las pensiones de los trabajadores de Gaza, todo para presionar a Hamas y obligarlo a iniciar otra guerra. Aprendí que la Autoridad Palestina está dispuesta a luchar contra Hamas hasta el último israelí, mientras denuncia a Israel por crímenes de guerra.

Sin embargo, Hamás, todavía de alguna manera menos corrupta que la Autoridad Palestina y como abanderado de la resistencia de inflexión religiosa, sigue siendo abrumadoramente popular en Cisjordania y en Gaza. Y a pesar de su paliza en sucesivas rondas militares con Israel, Hamás cree que está ganando.

“¿Es esta una imagen de victoria o derrota?”, me preguntó Meir Ben Shabbat, actualmente asesor de seguridad nacional de Israel, en aquel momento jefe del comando sur de Seguridad Interna. Proyectada en la pared había una foto del líder de Hamas, Ismail Haniyeh, estaba de pie sobre un montón de escombros y haciendo la señal de “V”. “Obviamente, es una derrota”, dije, solo para ser corregido por Meir. “No. Haniyeh está orgulloso de la destrucción. Todavía está de pie. Eso, para Hamas, es la victoria “.

La Operación Guardianes del Muro del mes pasado fue otra repetición de los conflictos de 2008, 2012 y 2014. Comenzó con misiles de Hamas, disparados no al sur, para variar, sino a Jerusalén, seguidos de una respuesta aérea israelí. Las FDI lograron volar unas 60 millas de túneles de Hamas y eliminar a muchos comandantes terroristas. La precisión de los ataques aéreos israelíes, aprovechando la inteligencia artificial estrechamente coordinada con la inteligencia israelí, no tuvo precedentes.

Sin embargo, en términos de diplomacia pública, la operación fracasó. Al destacar la decisión de un tribunal israelí de desalojar a los residentes palestinos de una propiedad judía en el barrio Sheikh Jarrah de Jerusalén, y una redada realizada por la policía israelí contra manifestantes palestinos que arrojaban piedras en la mezquita de al-Aqsa, gran parte de los medios culparon a Israel de estar provocando la violencia. Israel respondió con los mismos mensajes que había utilizado durante los últimos quince años: “Hamas comete un doble crimen de guerra, disparando contra civiles mientras se esconde detrás de civiles”, pero el mundo ya no escucha. Los sentimientos, no los hechos, dominaron los medios de comunicación, especialmente aquellos que etiquetaron a los israelíes como criminales de guerra y nos atacaron por actuar de manera desproporcionada. “¿Por qué Israel no proporciona la Cúpula de Hierro a los palestinos?” me preguntó un entrevistador de CNN con toda sinceridad.

Hamás también tenía otras razones para regocijarse. Con cada guerra que pasa, el alcance y la velocidad de sus cohetes han aumentado considerablemente. Esta vez, utilizando solo un tercio de su arsenal, Hamas atacó tanto a Jerusalén como a Tel Aviv. En once días lanzó más cohetes que en las cuatro semanas del conflicto de 2014. Inexplicablemente reviviendo la política de distinguir entre las alas política y militar de Hamas, Israel atacó a varios comandantes terroristas pero, por lo demás, dejó ilesos a los líderes civiles de Hamas. Los llamamientos internacionales para un alto el fuego le dieron a Israel aún menos tiempo para luchar, y Hamas emergió con su prestigio mejorado, especialmente entre los palestinos en Jerusalén y Cisjordania. Los cuerpos del teniente Hadar Goldin y del sargento Oron Shaul, ambos asesinados en 2014, permanecen en Gaza, al igual que los dos civiles israelíes actualmente en cautiverio de Hamas. Hamás, en otras palabras, sigue en pie.

No se podría decir lo mismo de mí si intentara dar hoy una conferencia como la que pronuncié en Georgetown en 2009. La necesidad de Israel de defenderse contra un enemigo genocida permanece inalterada; no así la disposición de muchas audiencias estadounidenses a escucharlo. En aquel entonces, recién salido del campo de batalla, pude dar una conferencia de una hora, sin ningún tipo de rubor a favor de Israel, frente a una audiencia universitaria que no me interrumpió ni una sola vez. ¿Podría darse una charla así en cualquier campus líder hoy en día? En lugar de ser recibido y escuchado con respeto, es probable que ahora me interrumpan los gritos de “apartheid” y “asesino de bebés”. Quizás no me inviten a hablar en absoluto.

La situación es aún más grave dada la casi inevitabilidad de otra ronda de combates con Hamas, con más y más mortíferos cohetes cayendo en Israel y, como resultado, una mayor devastación inevitable en Gaza. Concluí mi charla de 2009 afirmando que Israel había restaurado su poder de disuasión sobre Hamas y que, aunque no fue un triunfo icónico, “esa fue una victoria suficiente para mí”. Por desgracia, hablé demasiado pronto.

Aparte de reconquistarla y volver a ocuparla a un costo diplomático, económico y humano incalculable, no hay solución para Gaza. A Irán, que está dispuesto a luchar contra Israel hasta el último palestino, nada le gustaría más que ver a Israel empantanado y desangrado indefinidamente. ¿Y quién se haría responsable de la Franja, una Autoridad Palestina ampliamente despreciada que solo podía instalarse y mantenerse allí a punta de bayoneta israelí?

Israel debe, por tanto, prepararse militar, política y emocionalmente. Casi el 80 por ciento de los israelíes que se opusieron al alto el fuego en mayo estarán dispuestos a seguir luchando siempre que su gobierno pueda resistir la presión internacional. Tal resistencia solo podrá asegurarse una vez que Israel acepte el hecho de que el principal campo de batalla no es Gaza, sino el tribunal de la opinión mundial. Israel, en consecuencia, debe invertir recursos sin precedentes para dar forma a esa opinión y generar una comprensión más profunda de lo que Hamás realmente es y aspira a lograr. Publicar en Internet un recorrido en tres dimensiones por el sistema de túneles de Hamas, por ejemplo, resultaría útil, al igual que las imágenes de terroristas de Hamas disparando desde vecindarios civiles. Invitar a John Oliver, Trevor Noah y otros artistas que criticaron a Israel a visitar Sderot y otras ciudades fronterizas de Gaza también podría alterar su narrativa.

En última instancia, Israel tiene pocas opciones más allá de prepararse para una quinta y probablemente no menos decisiva ronda de conflicto en Gaza. Si bien un proceso de paz renovado podría mitigar algunas de las consecuencias de las relaciones públicas del último conflicto, seguramente también hará que Hamas esté más decidido a distinguirse de la Autoridad Palestina “traidora”, para demostrar su compromiso de resistir, en lugar de negociar con los sionistas.

Israel también debe prepararse para un conflicto a una escala mucho mayor, uno que vea no solo misiles de Hamas más poderosos y precisos, sino también ataques con cohetes de Hezbollah y otros terroristas respaldados por Irán en Irak, Siria y Yemen. Tal ataque abrumaría rápidamente el sistema Iron Dome y obligaría a las FDI a montar una importante ofensiva aérea y terrestre en múltiples frentes.

Más importante aún, Israel debe determinar sus objetivos en Gaza, ya sea simplemente reduciendo las capacidades de Hamas o desmilitarizando completamente la Franja. Debe manifestar su intención de eliminar a todos los dirigentes de Hamas, tanto militares como políticos. Se debe informar a la comunidad internacional de esos objetivos y advertirle sobre su costo. Y nuestros líderes deben hablar con franqueza a los israelíes sobre el precio que tendrán que pagar a favor de un período de tranquilidad más prolongado. Al actuar responsablemente ahora, es posible que Israel pueda lograr más en términos de disuadir a Hamas. Los terroristas serán sometidos temporalmente, quizás durante una década o más. Y cuando se asiente el polvo de esa terrible y necesaria defensa, como en los últimos enfrentamientos y de nuevo en el próximo, serán los israelíes los que seguirán en pie.

Sobre el Autor

Michael Oren, ex embajador de Israel en los Estados Unidos, miembro de la Knesset y viceministro en la oficina del primer ministro, es el autor de,  To All Who Call in Truth (Wicked Son, 2021).

Según tomado de, How Gaza Became Israel’s Unsolvable Problem | Centro Estudios Judaicos del Sur de PR (cejspr.com) y traducido por, drigs (CEJSPR)

 
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Posted by on June 10, 2021 in Uncategorized

 

How Gaza Became Israel’s Unsolvable Problem

MICHAEL OREN

The fourth conflict in the last twelve years between Israel and Gaza looks remarkably like the first. What happened?

In January 2009, in Georgetown University’s august Gaston Hall, I took to the stage to speak about Gaza. Virtually all 700 seats were occupied, many by students who opposed Israeli policies, especially those concerning the Gaza Strip. A visiting professor at Georgetown’s Center for Jewish Civilization, I had recently returned to Washington from a winter break back in Israel where I’d hoped to vacation with my family. Instead, I spent three weeks serving as a reserve officer in Cast Lead, Israel’s operation against Hamas.

I returned to find the campus in an uproar, the entrance to my building blocked by prostrate protestors holding “Dead Gazan” signs. My lecture was intended as a response to that outcry, to place the Gaza issue in its full historical, military, and diplomatic context. The goal was to expose students to a perspective that they could never receive from the media or most of their professors. For once, they would see the Strip from an Israeli point of view.

Watching the video of that talk last month was an unsettling experience, and not only because of the degree to which I’ve aged. Far more disturbing was seeing how little has changed in the last twelve years. Though Israel’s ability to defend itself has been vastly augmented by the Iron Dome anti-missile system, its right to do so has been increasingly impugned. And nowhere in America has Israel’s case or even the freedom to make it been more strenuously denied than on college campuses. Most dismaying of all was the realization that American ignorance about Gaza and the terrorist regime that ruled it has only deepened over the years, in many cases willfully.

My purpose now is to redress that ignorance. Drawing on 40 years of academic, military, and diplomatic experience with Gaza, I intend to trace Israel’s complex and tortured relationship with the Strip, both in the earlier decades of the state and then especially in the last fifteen years. And, as at Georgetown in 2009, I’ll explore how that relationship might change in the future.

I. Pre-History

Gaza has a rich and varied history. Situated on the Mediterranean coast in the nexus between continents, it was traditionally an interface between competing empires, an arena for war as well as a marketplace for cultural and economic exchange. Archaeologists have uncovered Egyptian mummies in Gaza along with Roman temples and Byzantine synagogue floors. As a soldier patrolling Gaza many years ago, I noticed the top of an ancient Greek column protruding from a garbage heap. The relic later served as a teaching aid in my history classes.

Gaza’s heyday came in the Middle Ages under Arab rule when it thrived as an entrepôt in the spice and textile trade. (The English word gauze may derive from its name.) But thereafter the area’s fortunes waned so much that, by the time Napoleon’s forces entered Gaza after the French invasion of Egypt in 1798, they found the Strip eerily under-populated and rife with pestilence and poverty. (A portion of Gaza’s native population is made up of the descendants of Egyptians from the Delta area who fled conscription laws put in place in the early 19th century by Muhammad Ali, the governor of Ottoman Egypt.) After that, Gaza was the scene of some of the heaviest fighting between Turkish and British forces during World War I. The victorious British worked to have Gaza incorporated into their mandate in Palestine, not because they saw Gaza as part of the Jewish national home but because Gaza guarded the northern approaches to the Suez Canal. British engineers nevertheless vetoed a plan to build a major military base there, arguing that the territory lacked sufficient water.Historically, Jews have had an ambivalent relationship with Gaza. It was home to the Philistines, a place where a Hebrew hero was liable to get his eyes plucked out.

The Zionists, for their part, were uncertain they wanted Gaza in their future state. Historically, Jews have had an ambivalent relationship with Gaza. It was home to the Philistines, a place where a Hebrew hero was liable to get his eyes plucked out and where Jewish defeats were celebrated. Rabbinic sources were divided over whether Gaza fell within the borders of the Land of Israel. Zionism internalized that schism. Before the creation of the state, only one major Jewish settlement was established in the Gaza strip, Kfar Darom, later to be abandoned in Israel’s War of Independence. Zionist leaders did not object when the UN in 1947 placed Gaza within the confines of the proposed independent Arab state.

But Israel’s lack of interest in Gaza ended in 1948 with the flight of Palestinian refugees. Within weeks, Gaza’s population swelled from less than 80,000 to more than 200,000. Occupied by Egypt, Gaza held Israel on the left side of a hostile vise, with the West Bank, soon to be annexed by Jordan, holding the right. Cognizant of this strategic threat, Prime Minister David Ben-Gurion in 1951 secretly proposed purchasing Gaza from Egypt and resettling the refugees in Sinai. The Egyptians ignored his offer.

Israel’s problems with Gaza multiplied in the early 1950s with the emergence of the fedayeen. These Palestinian “self-sacrificers,” guerrilla fighters trained and armed by Egypt, struck deep within Israel, killing civilians and ransacking houses. In response, the IDF mounted numerous retaliation raids, some of them led by a controversial young officer named Ariel Sharon. This accelerating cycle of terror and reprisal contributed to the outbreak of the second Arab-Israeli war in October 1956.

That conflict ended with Israeli troops occupying Gaza for five months, after which they were replaced by the first-ever UN peacekeeping force. Its precipitous eviction by Egyptian President Gamal Abdul Nasser in May 1967 set off a chain of events that would lead to the Six-Day War. Indeed, that transformative conflict originated to a significant degree in Gaza. Defense Minister Moshe Dayan at first explicitly ordered the IDF not to enter it, but after fire from Palestinian irregular and Egyptian forces, Israeli troops couldn’t help but do so. Thus began an occupation that would last for 38 years.

Shortly after the war, in the late 1960s, Gaza became a power base for the Palestine Liberation Organization (PLO). Originally created by Nasser, the terrorist group had come under the domination of the Fatah faction and its chairman, Yasir Arafat. Israeli forces led by Sharon drove the PLO underground in Gaza in the early 1970s, opening the way for the establishment of the first settlements in the Strip.

But the old Israeli ambivalence toward Gaza remained. In contrast to the West Bank, the biblical heartland of Judea and Samaria, in which 130 settlements were eventually established and 400,000 Israelis made their homes, Gaza hosted a mere 21 settlements and only 8,000 residents. Indeed, in the peace talks between Israel and Egypt in the late 1970s, Prime Minister Menachem Begin, though a champion of settlement, offered to give Gaza back to Egypt. Anwar Sadat, Egypt’s president, turned him down.

The Palestinian population of Gaza meanwhile burgeoned, growing to nearly two million today. A similar growth rate in the United States would, in a comparable timespan, have catapulted the population to one billion. Gaza’s demographic explosion was significantly enabled by the United Nations Relief and Works Agency, UNRWA. It remains the only UN body created to deal with a specific refugee problem, and which bestows refugee status on the descendants of the refugees from 70 years ago. UNRWA recognizes Palestinian refugees who are technically living in what they themselves call Palestine—in Gaza and the West Bank—and sustains the refugee camps that keep the Palestinian issue alive.

As an IDF officer in the early 1980s, I was involved in an effort to encourage residents of those camps to move to newly created housing projects. The few refugees who did express an interest in relocating were quickly threatened by the PLO, and they rescinded. The projects remained vacant.

Though tens of thousands of Gazans crossed into Israel to work each day and the local economy grew, a combination of PLO incitement and overcrowding created a powder keg. It ignited in December 1987, in the form of the first—as we later called it—intifada. Thousands of Palestinian youths took to the streets, pelting Israeli troops with rocks and Molotov cocktails in an uprising that rapidly spread to the West Bank as well. I served as a reservist with the paratroopers in Gaza during those years. I dodged a great number of rocks and even a few firebombs. Patrolling those fetid streets, it was never clear to me what business Israel had being in Gaza other than to deny the Palestinians the victory of kicking us out. The refugee camps were labyrinths in which each alley was controlled by a different terrorist group, their names scrawled on the walls. One of the scrawlings was unfamiliar to me. It read “Hamas.”

Its name an Arabic acronym for “Islamic resistance movement,” Hamas was then headed by a blind wheelchair-bound sheikh, Ahmed Yassin, and a pediatrician, Abdel Aziz al-Rantisi. Like its parent organization, the Egyptian Muslim Brotherhood, Hamas back then spent the bulk of its budget on social services, but it also had a charter that blamed the Jews for outbreak of both world wars and called for Israel’s destruction. Israel was then quietly supporting Hamas as a counterweight to the secular PLO. (Not since the United States backed the Taliban in their struggle against the Soviet Union has a policy been so short-sighted.) Israel’s support for Hamas didn’t last long, though. By the early 1990s, Hamas was mounting attacks against Israelis, to which Prime Minister Yitzḥak Rabin responded—unsuccessfully—by trying to banish 400 Hamas activists to Lebanon.

The rising prominence of Hamas pushed Israel and the old PLO leadership nearer to each other. The first intifada had convinced a large segment of the Israeli population that the occupation was no longer viable, while the revolt of young Palestinians not under his command frightened Arafat into thinking that he might lose control of the territories entirely. The result came in September 1993 on the White House lawn, where Rabin and Arafat joined President Bill Clinton in signing the Oslo Accords.

Under the so-called Gaza-first approach, the Strip was to serve as a litmus test for the broader Oslo project, and it was to Gaza that Arafat made his triumphant return to the territories that June. I was in a quasi-official position back then and watched as Arafat smuggled wanted terrorists literally under the seat of his car. In response, Rabin considered freezing the peace process but ultimately demurred. Arafat thus learned that he could violate the accords without paying a price, which he would from then on do with impunity. He subsequently felt free to play a double game in Gaza, clamping down on Hamas when he needed to while turning a blind eye to its terrorist attacks against Israelis.

Needless to say, the Gaza-first approach failed. Over the course of the next decade, Hamas would mount a total of 70 suicide bombings against Israel, killing 483 Israelis, including not only my sister-in-law (a teacher from Connecticut studying at Hebrew University) but several of my children’s classmates too, as well seven customers at the Cafe Hillel located directly under my Jerusalem office. Israelis felt helpless in the face of this scourge. “Abba, I’ve been to more of my friends’ funerals than bar mitzvahs,” my eldest son, Yoav, complained. Later, as a special-forces soldier, he would be shot and wounded by a Hamas terrorist who was firing from behind his own children. Even Benjamin Netanyahu, elected in 1996 in part thanks to his hardline approach to Hamas, was forced under American pressure to trade Yassin, who had been arrested by Israel in 1989, for two Mossad agents after a botched assassination attempt against Hamas leader Khaled Mashal.

Meanwhile, other Palestinian militias started to compete with Hamas in the bombings. The terror climaxed in the second intifada, beginning in September 2000. Once again called up for reserve duty, I saw how completely the army was caught off guard. Units were sent off frantically—mine to Nablus—without any clear strategy for fighting back or even the proper armaments. Among the surprises that Hamas sprung on us that year was the Qassam rocket, made usually out of irrigation pipes smuggled from Israel and propellant mixed from household chemicals. The projectiles had a maximum range of only fifteen kilometers and were notoriously inaccurate, but when they hit they were deadly. Twenty-eight Israelis were killed and a thousand were wounded. The southern part of the country was paralyzed.

And yet Israel kept trying to maintain a fictive distinction between the political and military wings of Hamas, permitting the former to function while seeking the latter’s destruction. After every suicide bombing in Tel Aviv and Jerusalem, the Israeli press would rush to interview Yassin and Rantisi and ask whether they approved, which of course they did. It was surreal.

II. 2002-2008

The month of March 2002 was the bloodiest of all the months of all the intifadas, with 130 Israelis killed. A new government under Ariel Sharon launched a major operation, Defensive Shield, to retake Palestinian cities and crush the terrorist cells. By 2004, Rantisi and Yassin were dead and the intifada, one of the direst threats to Israel in its history, defeated. A combination of robust military measures—checkpoints, defensive barriers, close cooperation between combat and intelligence units—effectively ended the suicide bombings. By then Arafat had died as well, which meant that Sharon, no less a champion of settlements than Menachem Begin before him, was free to do as he chose at that point in Gaza. What he chose shocked many Israelis.

Sharon believed the country was tired of defending the Gaza settlements and the fourteen-kilometer-long Philadelphi Route, running along the border between Egypt and Gaza, on which Israel soldiers were constantly attacked. Israel, Sharon concluded, could no longer ask parents to sacrifice their children for an area that held little value for them. At stake was the delicate consensus binding Israel’s society to its army.

Thus in August 2005 I found myself back in uniform, one of the 55,000 Israeli soldiers called up to remove 8,000 of our fellow citizens from Gaza. It was the largest Israeli military operation since the 1973 Yom Kippur War. Though I, like the large majority of Israelis, supported the disengagement, nothing could prepare me for the trauma of implementing it. Nothing I had experienced in war was as harrowing as having to drag Israelis, praying and wailing, from their synagogues and homes.

The Gaza disengagement was a tremendous gamble for Sharon and for Israel. We all knew that the Palestinian terror organizations, Hamas in particular, would declare victory. Yet we hoped that the Palestinian people would seize this historic opportunity to build an independent mini-state. The gamble failed. No sooner had the last Israeli exited the Strip when the Palestinians dismantled the agricultural infrastructure left behind to aid their economy, much of it paid for by American Jewish philanthropists. Over the next six months, terrorist groups fired some 1,000 rockets and mortar shells into Israel.

At this point Israel faced a dilemma that would hound it for the next fifteen years and will likely plague it for many more. Shooting back at Hamas enhanced Hamas’s prestige in the eyes of the Palestinian people—it proved they were resisting Israel and sacrificing themselves for the cause—but not firing back at Hamas enhanced its prestige as well by showing that Israel was scared. More ominously for Israel, this heightened stature also attracted the attention of Tehran. In time, Iran would become Hamas’s primary backer.Shooting back at Hamas enhanced Hamas’s prestige in the eyes of the Palestinian people, but not shooting back enhanced its prestige too.

Israel responded with a naval and air blockade of Gaza. The actions failed to reduce significantly the rocket fire, but they did strengthen Hamas’s casus belli against Israel. Sharon refused to consider reconquering the Strip and instead contemplated a unilateral withdrawal from parts of the West Bank as well. He and his new party, Kadima, were poised to implement that very policy in January 2006 when he fell into a coma from which he would never recover. His replacement was former Jerusalem mayor Ehud Olmert.

Elections, meanwhile, were held in the Palestinian territories. As I recall it, Israelis watched with horror the campaign ad of Hamas candidate Maryam Farhat, also known as Umm Nidal. She invited viewers into her home and showed them a gold-framed photograph of a young man in a Hamas military outfit. “This is my eldest son who martyred himself by blowing himself up on a Jewish bus and killed eight Jews,” she exulted. “It was the happiest day of my life.” She then displayed another photo of a young Hamas terrorist. “This is my second son who blew himself up attacking Jewish soldiers,” she claimed. “It was the happiest day of my life.” Finally, Umm Nidal introduced her seventeen-year-old son, also uniformed and bearing an M-16. “He’s about to go out to martyr himself now, and this is the happiest day of my life,” she declared while kissing him. He then went out and, attempting a terror attack, was killed by Israeli soldiers. (The claims about her first two sons appear to be inaccurate. The first didn’t murder by blowing himself up but rather by guns and grenades, and the second was killed before he could accomplish his mission.)

Umm Nidal won. The mother of three martyred sons joined dozens of Hamas representatives elected to the Palestinian parliament in a landslide victory over Fatah.

Predictably, Hamas celebrated its triumph with rockets. It exploited an Egypt-mediated ceasefire to dig a 400-meter-long tunnel under the border. On June 25, 2006, terrorists snuck through the tunnel and attacked an Israeli position, killing two soldiers and kidnapping a third, the nineteen-year-old corporal Gilad Shalit. The IDF’s attempts to respond to this attack by blowing up the many tunnels that Hamas had dug under the Philadelphi Route ended with Israeli soldiers scouring the sand for the body parts of their comrades.

Hoping to avoid all-out war, several European states volunteered to supervise the border crossings between Gaza and Israel. The monitors soon arrived but fled the minute Hamas threatened them. Thousands of tons of munitions, rifles, grenades, and rockets passed into Gaza from Egypt. It was at this depressing juncture that Hizballah, Iran’s terrorist proxy in Lebanon, triggered a war with Israel.

Like Hamas, Hizballah had also been emboldened by the Israeli withdrawal from Gaza and from southern Lebanon five years earlier. Though technically Hamas’s ally, Hizballah was also its competitor. In the wake of Hamas’s victories, Hizballah could scarcely sit by and let its rival take all the glory. On July 12, 2006, its gunmen ambushed an Israeli border patrol, killing ten and taking two of the bodies for ransom. Israel responded, and the Second Lebanon War began.

Though the IDF killed as much as a quarter of all of Hizballah’s forces and destroyed a large part of its infrastructure, Hizballah nevertheless continued to rocket Israeli cities. It, too, claimed a great victory. Vilified in the media for acting disproportionately, and increasingly pressured by the international community, Israel was compelled to accept a UN ceasefire. Hizballah was allowed to rearm.

Many Israelis linked the Gaza disengagement to the disappointing Second Lebanon War. I served in the army throughout that conflict and, on its last day, found myself along the border. There I encountered Natan Sharansky, then a government minister. “Natan, Natan, it’s so good to see you,” I greeted him. But he merely grinned at me and asked, “Do you still think the disengagement was a good idea?”

It was certainly not a good idea to fail to respond immediately and massively to the Hamas rocket attacks, to signal instead that Israel would passively bear violence perpetrated against it, and to project an image of weakness. My feelings as a soldier merged with my perspective as an historian and my instincts as a citizen—namely, that Israel was hemorrhaging deterrent power, making clear our fear of military and civilian losses, and generally becoming predictable. Our failure to inflict truly prohibitive punishment on our enemies, and to withstand international pressure, would, I feared, lead to only further rounds of bloodshed and a faster erosion of Israel’s legitimacy.

Indeed, Israel’s reluctance to confront Hamas and the consequent boost to the latter’s prestige may have emboldened the terrorists to mount a bloody coup against Fatah in Gaza. Swiftly overpowering U.S.-trained Palestinian Authority forces in June 2007, Hamas proceeded to execute 350 prisoners and banish hundreds of others. Many found asylum in Israel.

Israel reacted by imposing its partial blockade of the Gaza border crossings, but the policy proved problematic. Though the United States and the European Union all recognized Hamas as a terrorist organization and generally supported the blockade, Israel was internationally censured for cutting off vital supplies. In a classic fashion, Hamas shelled the gas stations providing fuel to Gaza and then blamed Israel for creating a humanitarian crisis. Gas shipments resumed, only to be used as a propellant for Qassam rockets.

The blockade, once again, furnished Hamas with a pretext for intensifying rocket and mortar attacks. Thousands of rockets fell, and citizens of southern Israel felt betrayed by their state. Still the government hesitated. The army had yet to recover from the Lebanon war and Olmert was facing several corruption charges. But equally paralyzing—again—was fear of the price Hamas would exact from the IDF and the possibility that Hizballah would again join the fray.

Another Egyptian-brokered ceasefire was arranged. Israel would reopen the crossings and Hamas stopped firing. But Hamas never really complied. A steady tiftuf—Hebrew for drizzle—of two or three rockets weekly kept millions of Israelis terrorized. Olmert appeared on Arabic television appealing to Hamas for restraint. Foreign Minister Tzipi Livni did the same in a last-minute visit to Cairo. But the salvos only increased.

III. 2008-2009

Hamas would now experience what Dwight Eisenhower called the fury of an aroused democracy. More than 90 percent of Israelis said they were ready to take on the terrorists militarily. Somehow, more than 100 percent of those called up reported for reserve duty, I among them. On December 27, 2008, the counterattack began.

Operation Cast Lead, it was called, a reference to Hanukkah and a holiday poem by the pioneering Zionist poet Ḥayyim Naḥman Bialik. In a scenario that would repeat itself three more times over the next twelve years, Israel responded to Hamas rocket attacks with intensive aerial strikes. Eighty aircraft hit 100 targets in less than four minutes. Two hundred Hamas guards, convinced that Israelis would never harm them, were out on parade that day. They died instantly. Over the course of the next six days, the IDF would fly 2,000 sorties, destroying dozens of Hamas command posts, arms caches, rocket launchers, and 300 of the estimated 500 tunnels running under the Philadelphi route. This time, there was no distinguishing between Hamas military and political targets. The homes of Hamas leaders, mosques used as arms depots, even the Islamic university, which Israel claimed was being used as a bomb laboratory, were leveled.

But, in another feature of the war that would reappear in the future, Israel sacrificed the element of surprise by leafleting areas that were targeted for strikes and warning the civilian population to flee. Text messages were sent to thousands of phone owners also warning them of impending attacks. Hamas sent civilians up on the roofs of targeted buildings, compelling Israeli pilots to divert missiles even after they had been fired. In response, the Israeli Air Force would try to clear the roofs of civilians by firing a form of non-lethal flash weapon before launching any explosive rounds. The method did not always work. Nizar Rayan, the third in command in Hamas, refused to let his family and his children leave the building after they were warned to do so. All four of his wives and as many as eleven of his children were killed.

The rockets kept falling, averaging 70 per day, ultimately totaling 800. No longer a combat soldier but an IDF spokesman by that point, I nevertheless remained under fire and more than once had to run, microphones and even cameras in tow, for shelter. A mere fourteen-and-a-half seconds separated the launching of the Qassams from their impact. Together with Arab and European reporters, I crouched and listened while several Sderot residents, stricken with chronic PTSD, screamed.A mere 14.5 seconds separated the launching of the rockets from their impact. Together with Arab and European reporters, I crouched and listened while several Sderot residents, stricken with chronic PTSD, screamed.

Though the number of Hamas rockets and mortars fired then was small compared to that of subsequent conflicts, they nevertheless produced in Israel significant damage because the Iron Dome anti-missile system that would later prove so successful had not yet been developed. The Hamas rockets also had a longer range than they had before, extending from fifteen to forty kilometers and endangering a million Israelis. One of them was our daughter, Lia, a student at Ben-Gurion University in Be’er Sheva. When the sirens began, she abandoned her car at an intersection and ran frantically for a bomb shelter, couldn’t find one, and went banging on various doors asking for shelter. Luckily, a nice old lady let her in, gave her lunch, and wanted her to stay, but Lia had to refuse. The car was still idling in the intersection.

Learning its lessons from the most recent Lebanon war, in which it had publicly declared specific goals it couldn’t meet, like the elimination of Hizballah from southern Lebanon, Israel kept its objectives broad and achievable: impair Hamas’s ability to shell Israel, restore security to southern Israel, and improve the security situation in Gaza.

And since Israel had learned another lesson from Lebanon, too—that warplanes alone cannot eliminate rocket fire—on January 3, 2009, 10,000 Israeli troops soldiers advanced into Gaza. They divided the Strip into three parts, hampering Hamas’s ability to transport men and munitions. Israeli commandos landed on the sea, further driving Hamas fighters inward into urban areas. They fled, rarely fighting, and their leaders hid under hospitals. Left to take the brunt of the advance were the civilians whom Hamas used as human shields. The IDF again took precautions to limit civilian casualties, but the casualty rate nevertheless rose. Efforts to stop Red Crescent ambulances that actually served to transport Hamas terrorists were harshly condemned by the International Red Cross—which, of course, didn’t complain publicly about Hamas’s abuse of the ambulances.

Throughout the fighting, the IDF took extraordinary measures to relieve Gaza’s humanitarian crisis. Some 27,000 tons of food and medical supplies and 240 tons of fuel were delivered to the Strip. A corridor was opened for relief trucks and a three-hour daily truce declared so that Gazans could stock up on supplies. But Hamas regularly violated that truce. It seized flour shipments from relief trucks and sold them for profit. My unit discovered that one of these aid trucks was transporting not food, as labeled, but Hamas military uniforms.

Civilian casualties quickly became an international focus. The IDF concluded that no more than 25 percent of all Palestinian casualties were civilian. The UN put the number at 40 percent and Hamas itself at 50 percent. Yet even that undoubtedly inflated number compares favorably to that of NATO’s 1999 intervention in the Balkans, where 150 fighters were killed versus 527 civilians. Over the course of the wars in Iraq and Afghanistan, coalition forces killed an estimated 250,000 civilians. Operation Cast Lead may have had the lowest civilian-to-soldier casualty ratio of any urban combat in recent history.

A similar asymmetry existed in the physical damage Israel inflicted on Gaza. Palestinian sources claimed that 4,000 homes were destroyed and 100,000 people left homeless. That was a tragedy. It must also be seen in context. A single battle in Fallujah during the second U.S. war in Iraq displaced 300,000. And many of the Gazan homes were devastated not by Israel but by Hamas booby traps.

None of these facts had much effect on the media, which described Gaza as the most densely populated area on earth—it isn’t; Tel Aviv is more densely populated, as are many other places—and that Israeli forces were firing indiscriminately. Reports of atrocities circulated. In a typical incident, the French press, quoting Palestinian sources, claimed that Israeli forces had bombed a UN school, killing 21 children. The story quickly leapt onto the international wire services, which cited only the French and left out the Palestinian sources, and inflated the number of children killed to 53. Israel’s anemic response was “We will launch an investigation.” That took three weeks and found that the IDF bomb had in fact fallen outside the school, where it had killed nine or ten Hamas terrorists and two civilians, neither of them a child. The damage to Israel’s image in the meantime, however, was irreparable.

Much of the Western world was uniting against Israel over Gaza, but the Middle East was becoming divided. Despite the Palestinian Authority’s attempts to portray Israelis as the aggressors, and Hamas’s efforts to ignite a third intifada, the West Bank remained generally quiet. So, too, did much of the Arab world, especially the Sunnis. If, during its previous wars, Israel would worry over the impact on the “Arab street,” that street had moved to London and Paris, which were then the scenes of violent protests, while the Middle East itself remained largely silent. After grilling me for minutes about alleged Israeli war crimes, a Palestinian reporter for an Arabic-language station pulled me aside and whispered, “Whatever you do, don’t stop until you’ve annihilated Hamas.” But while Sunnis like him expressed next to no support for Hamas, Iran and its Syrian satellite did support their proxy virulently, and accused Israel of doing to the Palestinians what they denied the Nazis ever did to the Jews.

By the end of the third week of fighting, it was clear to many in Israel that the operation had to end. Barack Obama was about to be inaugurated and the last thing anybody wanted was for the new president of the United States to have to proceed directly from the swearing-in ceremony to the White House situation room and deal with our crisis. Israel had already demonstrated its determination to defend itself. Rocket fire had dwindled. Twenty-two days after the operation began, with its troops nearing the center of Gaza City, Israel declared a unilateral ceasefire. Hamas followed suit the next day. The last IDF soldier withdrew from Gaza a day before President Obama’s inauguration.

IV. 2009-2021

A few months later, I was appointed Israel’s ambassador to the United States. Portentously, my first meeting in the Oval Office dealt almost exclusively with Gaza. President Obama insisted that Israel allow shipments of concrete into the Strip to help restore damaged structures. My first words spoken to him were about the number of tunnels under the Philadelphi route. “We thought there were 200, but it turned out there were 500,” I said, and the president seemed genuinely surprised. Also, I added, “Every bag of concrete will be used for building bunkers and tunnels.” But Obama merely nodded, clearly unconvinced. Israel eventually relented to his pressure and allowed thousands of bags of concrete to enter Gaza, where they were promptly put to use building bunkers and tunnels. It took years before Dennis Ross, the American emissary to Israel who was also present at the meeting, admitted that the warning had been right.

Gaza proved to be the leitmotif of my term as ambassador. From the ill-fated effort by IDF commandos to divert a flotilla of Islamic radicals from reaching Gaza in May 2010 to Israel’s release, in October 2011, of nearly a thousand jailed terrorists in exchange for captured corporal Gilad Shalit, the issue took up great swaths of my time. While generally supportive of Israel’s right to defend itself against Hamas, the administration insisted that Israel submit to a UN investigation of the flotilla incident and criticized Israel for the Shalit deal which, the White House claimed, strengthened Hamas at the expense of the Palestinian Authority. Meanwhile, efforts by J Street and pro-Palestinian organizations to promote the UN’s Goldstone report, accusing us of war crimes, kept Israel perennially on the defensive.

The whirlwind surrounding Gaza climaxed in November 2012 with Operation Pillar of Defense. Lasting eight days, this was a miniature re-enactment of Cast Lead, with Hamas and Islamic Jihad firing some 1,500 rockets at Israel and, for the first time, hitting Tel Aviv and nearly reaching Jerusalem. Israel again responded with airstrikes and was again assailed for acting disproportionally. The charge was strengthened—perversely—by the newly-deployed Iron Dome anti-ballistic-missile system, which greatly reduced Israeli casualties, while those among the Palestinians multiplied. I was proud of my role in helping to secure funding for Iron Dome from the U.S. even as I was aware that, in terms of Israel’s image, it was a double-edged sword. U.S. and international pressure again compelled Israel to accept a ceasefire.

The next clash with Hamas, 2014’s Operation Protective Edge, was the largest and longest rerun of 2008 and 2012. It lasted 26 days, during which Hamas fired nearly 4,000 rockets at Israel and Israel responded massively, first from the air as always and then on the ground. More than 2,000 Palestinians were killed, most of them terrorists but also a significant percentage of civilians. Israeli losses, military and civilian, were 73.

The patterns established during the previous two rounds of Gaza fighting resurfaced, only more swiftly and acrimoniously. Israel was again accused of deliberately targeting civilians or at least of being criminally negligent. Iron Dome defended Israel and thereby lent credence to the claim of disproportionality. Hamas was once again shown to have had a military tactic that served a media, diplomatic, and legal strategy designed to deny Israel the right to defend itself or even exist as an independent Jewish state. Hamas knew that it could never destroy Israel with its rockets, but that, by getting Israel to fire back and kill innocent civilians, it could whittle away at Israel’s international legitimacy. While Israelis continued to believe that Gaza was the main battlefield, Hamas knew that it was not in the Strip but on television and computer screens around the world, at the UN, and ultimately at the International Criminal Court, where Israel would be sanctioned for war crimes.

Sadly, it worked.

Operation Protective Edge found me out of office but still defending Israel in the press. “How many Palestinian women and children will Israel have to kill until it’s satisfied?” MSNBC’s Ronan Farrow began his interview with me, asking a not-uncommon question. Gaza was again falsely described as the most densely populated area on earth and Israeli forces were described as firing randomly. Reporters in Gaza were prevented by Hamas from photographing rocket crews or even terrorists carrying guns and were instead confined to hospitals and scenes of wounded children. On the Internet, Hamas posted images of bodies dismembered by Israeli bombing; the images were actually taken from horror movies.

Incensed by these images, international opinion swiftly turned against Israel. The Obama administration made it clear that Israel could defend itself against Hamas—but only passively, by using Iron Dome, not by sending troops into Gaza. The White House held up the resupply of vital munitions to the IDF. Secretary of State John Kerry tried to mediate, enlisting the help of Hamas-supporting Turkey and Qatar, only to be rebuffed by both Israel and Egypt. Eventually, Israel found that it could not maintain the diplomatic space and time it needed to keep fighting and eventually agreed to a ceasefire. Gaza was once again devastated, but Hamas was still standing and free to once again rearm.

The media’s assumption of Israeli guilt and its promotion of Hamas’s narrative, its reliance on Hamas’s statistics and its compliance with Hamas’s restrictions on the press, only intensified during a round of Gaza border protests in 2018 and 2019. The many children whom Hamas herded toward the border fence were even better than rockets—reusable and, since they didn’t cause any Israeli casualties, the most irrefutable proof yet of disproportionality. “Hamas wants you to condemn us,” I told a BBC interviewer. “Hamas wants you to applaud it for sending their children out to die. And when more of them do, their blood will be on your hands.”

All of my familiarity with Gaza, though, paled beside the knowledge I would acquire as a member of the Knesset who chaired a classified committee on the subject, and who, as a deputy minister in the prime minister’s office, was assigned to find new ways to address the threat. In the committee, for example, I heard how the foreign ministry and the IDF’s judicial branch were understaffed and ill-prepared to defend Israel against charges of war crimes in the International Criminal Court. In the prime minister’s office, I explored ways to improve the standard of living for ordinary Gazans, providing them with more than their usual four hours daily of electricity and a mere 4 percent of their potable water. By giving them something to lose in a war, I hoped, Gazans might resist Hamas’s efforts to trigger one. But the Israeli government, reflecting public sentiment generally, believed that “What is bad for Gaza is good for Israel,” and balked at the idea. Hamas would have been pleased. I learned one thing above all from that time: Hamas wants the Gazans to suffer.

Hamas, I learned, cares nothing for the wellbeing of Palestinian civilians. While Israel is more than willing to facilitate the transfer of all the food and medicine Gaza needs—contrary to international opinion, Israel does not maintain a full blockade of Gaza but bans only the import of dual-use items like concrete that Hamas will use for rockets and bunkers—Hamas stops the trucks and even blows up the receiving terminals in order to create a humanitarian crisis it can then blame on Israel. Hamas, I learned, forces thousands of children to dig its tunnels and hundreds of them die in the process. The Palestinian Authority, meanwhile, cuts off aid for Gazans who receive medical treatment in Israel and freezes the pensions of Gaza workers, all in order to pressure Hamas and force it to start another war. The Palestinian Authority, I learned, is willing to fight Hamas to the last Israeli, all the while denouncing Israel for war crimes.

Yet Hamas, still somehow less corrupt than the Palestinian Authority and the flag-bearer of religiously inflected resistance, remains overwhelmingly popular in the West Bank as well as in Gaza. And despite its pounding in successive military rounds with Israel, Hamas believes it is winning.

“Is this an image of victory or defeat,” Meir Ben Shabbat, currently Israel’s national security advisor but then head of Internal Security’s southern command, asked me. Projected on the wall was a photo of Hamas leader Ismail Haniyeh standing atop a pile of debris and giving the “V” sign. “Obviously, it’s defeat,” I said, only to be corrected by Meir. “No. Haniyeh is proud of the destruction. And he’s still standing. That, for Hamas, is victory.”

Last month’s Operation Guardians of the Wall was yet another rerun of the 2008, 2012, and 2014 conflicts. It began with Hamas missiles—fired not at the south, for a change, but at Jerusalem—followed by an Israeli aerial response. The IDF succeeded in blowing up some 60 miles of Hamas tunnels and eliminating many terrorist commanders. The accuracy of Israeli airstrikes, harnessing artificial intelligence and closely coordinated with Israeli intelligence, was unprecedented.

In terms of public diplomacy, though, the operation faltered. Pointing to an Israeli court’s decision to evict Palestinian residents from Jewish-owned property in the Sheikh Jarrah neighborhood of Jerusalem, and a raid by Israeli police on rock-throwing Palestinian protestors holed up in al-Aqsa Mosque, much of the media blamed Israel for provoking the violence. Israel responded with the same messages it had used over the previous fifteen years—“Hamas commits a double war crime, firing at civilians while hiding behind civilians”—but the world was no longer listening. Feelings, not facts, dominated the media, especially those that labeled Israelis as war criminals and assailed us for acting disproportionately. “Why doesn’t Israel provide Iron Dome to the Palestinians?” a CNN interviewer asked me in all sincerity.

Hamas had other reasons to rejoice as well. With each passing war, the range and rate of Hamas rocket fire have greatly increased. This time, using only a third of its arsenal, Hamas hit both Jerusalem and Tel Aviv and, in eleven days, launched more rockets than in the entire four weeks of the 2014 conflict. Inexplicably reviving the policy of distinguishing between Hamas’s political and military wings, Israel targeted several terrorist commanders but otherwise left Hamas’s civilian leaders unscathed. International calls for a ceasefire afforded Israel even less time to fight, and Hamas emerged with its prestige enhanced, especially among Palestinians in Jerusalem and the West Bank. The bodies of Lieutenant Hadar Goldin and Sergeant Oron Shaul, both killed in 2014, remain in Gaza, as do the two Israeli civilians currently in Hamas captivity. Hamas, in other words, is still standing.

The same might not be said about me if I were to attempt today to give a lecture like the one I delivered at Georgetown in 2009. Israel’s need to defend itself against a genocidal enemy remains unchanged; not so the willingness of many American audiences to hear about it. Back then, fresh from the battlefield, I was able to deliver an hour-long, unabashedly pro-Israel lecture in front of a full college audience and was not interrupted even once. Could such a talk be given on any leading campus today? Rather than being respectfully received and listened to, I would likely now be interrupted by shouts of “apartheid” and “baby killer.” Perhaps I might not be invited to speak at all.

The situation is graver still given the near inevitability of another round of fighting with Hamas, with more and deadlier rockets landing in Israel and greater devastation inevitable in Gaza as a result. I concluded my 2009 talk by claiming that Israel had restored its deterrent power over Hamas and that, while not an iconic triumph, “that was victory enough for me.” Alas, I spoke too soon.Short of reconquering and reoccupying it at incalculable diplomatic, economic, and human cost, there is no solution for Gaza.

Short of reconquering and reoccupying it at incalculable diplomatic, economic, and human cost, there is no solution for Gaza. Iran, which is willing to fight Israel to the last Palestinian, would like nothing better than to see Israel indefinitely bogged down and bled. And who would take responsibility for the Strip—a widely despised Palestinian Authority that could only be installed and maintained there at the point of Israeli bayonets?

Ultimately, there is little choice for Israel but to prepare for a fifth and probably no less decisive round of conflict in Gaza. While a renewed peace process might mitigate some of the public-relations fallout from the latest conflict, it will surely also make Hamas more determined to distinguish itself from the “treasonous” Palestinian Authority—to demonstrate its commitment to resisting, rather than negotiating with, the Zionists.

Israel must also gird itself for a much larger-scale conflict, one that sees not only more powerful and accurate Hamas missiles but also rocket attacks from Hizballah and other Iranian-backed terrorists in Iraq, Syria, and Yemen. Such an onslaught would quickly overwhelm the Iron Dome system and force the IDF to mount a major air and ground offensive on multiple fronts.

Israel must thus ready itself militarily, politically, and emotionally. The nearly 80 percent of Israelis who opposed the ceasefire in May will be willing to fight on provided their government can withstand international pressure. Such resilience can only be secured once Israel accepts the fact that the main battlefield is not Gaza but the court of world opinion. Israel, accordingly, must invest unprecedented resources in shaping that opinion and generating a deeper understanding of what Hamas truly is and aspires to achieve. Posting on the Internet a three-dimensional tour of Hamas’s tunnel system would, for example, prove helpful, as would images of Hamas terrorists firing from civilian neighborhoods. Inviting John Oliver, Trevor Noah, and other entertainers who were critical of Israel to visit Sderot and other Gaza border towns could also alter their narrative.

Most importantly, Israel must determine its goals in Gaza, whether merely reducing Hamas’s capabilities or fully demilitarizing the Strip. It must state its intention to eliminate all of Hamas’s leadership, military and political alike. The international community must be apprised of those goals and fully forewarned about their cost. And our leaders must speak candidly to Israelis about the price they will have to pay for a more prolonged period of quiet. By acting responsibly now, Israel can conceivably achieve more in terms of deterring Hamas. The terrorists will be subdued temporarily, perhaps for a decade or more. And when the dust settles from that awful, necessary defense, as in the last confrontations so again in the next one, it will be the Israelis who are still standing.

About the author

Michael Oren, formerly Israel’s ambassador to the United States, a member of the Knesset, and a deputy minister in the prime minister’s office, is the author of, most recently, To All Who Call in Truth (Wicked Son, 2021).

As taken from, How Gaza Became Israel’s Unsolvable Problem » Mosaic (mosaicmagazine.com)

 
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Posted by on June 10, 2021 in Uncategorized