Teshuvá: Un lavado para el alma

Teshuvá: Un lavado para el alma

por Rav Shraga Simmons

¿Hiciste algo mal? Todos lo hemos hecho. He aquí como arreglarlo, de una vez por todas.


Mucha gente malinterpreta el concepto de pecado. Piensan que alguien que peca es una “mala persona”.

En realidad, la palabra en hebreo jet no tiene ninguna relación en significado con la palabra pecado. Jet aparece en la Torá refiriéndose a una honda que “erró en dar al blanco”. ¡No hay nada inherentemente “malvado” respecto a esa honda! Más bien, ocurrió un error – debido a una falta de enfoque, concentración o habilidad.

Esto mismo se aplica a nosotros. Cuando nos comportamos de forma irresponsable o destructiva, simplemente hemos errado nuestro tiro. Cada ser humano tiene un alma, un pequeño trozo divino que nos diferencia de los animales. Cuando hacemos algo mal, es porque la “voz” de nuestra alma se ha quedado temporalmente muda debido al rugido del cuerpo físico. Esta confusión es lo que nosotros llamamos “Ietzer HaRá”. Pero nuestra esencia se mantiene pura. Sólo tenemos que hacer algunos ajustes – ¡Y estaremos de vuelta en camino hacia nuestro blanco!

Esta es la idea de teshuvá, que literalmente significa “retorno”. Cuando “hacemos teshuvá”, examinamos nuestras formas de ser, identificamos en cuales estamos mal y “retornamos” a nuestro estado previo de pureza espiritual. En este proceso “retornamos” también hacia nuestra conexión con Dios.

El proceso de teshuvá involucra los 4 pasos siguientes:

Paso 1- Arrepentimiento. Darse cuenta de la medida del daño que se ha hecho y lamentarlo sinceramente.

Paso 2- Cesación. Parar inmediatamente la acción perjudicial.

Paso 3- Confesión. Articular el error y pedir perdón.

Paso 4- Resolución. Hacer un firme compromiso de no repetirlo en el futuro.

Ahora vamos a examinar cada uno de los pasos en detalle.

Paso 1: Arrepentimiento

A veces tratamos de justificar nuestras acciones, usando una variedad de excusas:

  •  “Todos los demás lo hacen”.
  • “¡Por lo menos no soy como algunas personas que van por ahí, matando y robando!”.
  • “¿Quién eres TÚ para decir que está mal?”.

El arrepentimiento no es realmente posible, a menos que podamos distinguir claramente entre el bien y el mal. De lo contrario, solamente racionalizaríamos y nos engañaríamos para llegar a pensar que no hemos hecho nada mal. Los estándares de nuestra sociedad, que constantemente van cambiando, contribuyen a esta falta de claridad.

Por ejemplo, imagina que has crecido en una casa en la que el chisme era algo que se hacía constantemente. A menos que tengas conocimiento de la idea judía de Lashón HaRá (“lenguaje negativo”) y te hayas dado cuenta de su naturaleza destructiva, ¡es posible que nunca consideres que hablar así de los demás está mal!

(Por esta razón, es importante estar familiarizado con la Halajá, la ley judía, y tener un rabino que te conozca personalmente y te pueda aconsejar).

¿Cómo debemos sentirnos al reconocer un error propio? ¿Debemos sentirnos culpables, despreciables o malvados? ¡No! “Culpa” es una emoción negativa que dice “Yo soy malo”. Mientras que “Arrepentimiento” es el reconocimiento positivo de que, mientras mi esencia sigue siendo pura, he fallado en cumplir con lo que se espera de mi potencial.

Sentir arrepentimiento es una señal positiva de que estamos nuevamente en contacto con nuestra esencia divina. Nuestra conciencia no nos va a dejar tranquilos hasta que hayamos corregido nuestro error. ¿Acaso una persona malvada sentiría arrepentimiento luego de hacer una transgresión?

Este primer paso de teshuvá es, de hecho, el más crucial. – Ya que, a menos que una persona se sienta arrepentida, posiblemente continuará con sus formas erradas.

Paso 2: Cesación

El Talmud dice:

Una persona que cometió un error y lo admite, pero no renuncia a hacerlo otra vez, es comparada con el sumergirse en la mikve sosteniendo un reptil muerto en la mano. Por que a pesar de que se sumerja en todas las aguas del mundo, su inmersión es inútil.
Sin embargo, si lo suelta [al reptil] de su mano, luego al sumergirse en 40 sehas de agua (la medida mínima de una mikve), su inmersión se hace inmediatamente efectiva. (Tahanit 16a).

¿Te imaginas pedirle perdón a alguien mientras continúas haciéndole mal al mismo tiempo? Si no se para la mala acción, ni siquiera todas las buenas intenciones del mundo podrán ayudar.

Paso 3: Confesión y pedir perdón

Al admitir nuestro error, la ley judía prescribe que debemos articularlo verbalmente. El Majzor ArtScroll de Iom Kipur da una hermosa explicación de porqué esto es tan crucial para el proceso de teshuvá.

Al ser inteligente, pensante, e imaginativo, el hombre tiene todo tipo de pensamientos pasando constantemente por su mente. Incluso las reflexiones más sublimes de remordimiento y mejoramiento personal, no le son extraños, sin embargo no le duran. Para que estos pensamientos tengan un sentido duradero, él debe destilarlos en palabras, ya que el proceso del pensamiento culmina cuando las ideas son expresadas y clarificadas.

Esto no es tan simple como parece. Por lo general, es terriblemente difícil para la gente admitir explícitamente que han hecho algo mal. Nos excusamos. Nos negamos a admitir la verdad. Le echamos la culpa a otro. Negamos lo obvio. Nos destacamos por racionalizar. Pero la persona que arranca de sí misma la incomoda verdad, “Yo he pecado”, ha llevado a cabo un grandioso y significativo acto.

La Torá nos pide ser humildes y estar afligidos mientras pedimos perdón. Esto es crucial para permitir que la “víctima” sane. ¿Alguna vez alguien te ha pedido perdón y te has dado cuenta que no es sincera? No es suficiente con tan sólo murmurar las palabras “lo siento”.

Incluso algunas cortes civiles están adoptando este principio; algunos jueces requieren que los criminales demuestren un arrepentimiento verdadero y que pidan perdón formalmente a las víctimas antes de considerar una reducción en la condena.

Paso 4: Decidir no repetirlo

En Iom Kipur, decimos dos plegarias (“Ashamnu” y “Al Jet”) la cuales contienen una extensa lista de errores. De hecho, al revisar esta lista, ¡encontrarás que la mención de errores Cubre cada aspecto de la vida! Esto nos lleva a preguntar: Al decir estas plegarias, ¿Estamos realmente haciendo un compromiso de no pecar nunca más? ¿Es esto realista?

Imagina a un niño que está dando sus primeros pasos frente a sus orgullosos padres. Se pone de pie, da un par de pasos – y se cae sin éxito. Los padres aplauden excitados y con regocijo. Pero analicemos la escena, ¿No deberían los padres estar apenados? Después de todo, ¡El niño se cayó!

La respuesta es obvia. Un padre no juzga a su hijo basado en si camina o se cae, sino que según si dio algunos pasos en el camino correcto.

Así es también, con Dios. No estamos compitiendo con nadie más que con nosotros mismos. Lo que a Él le preocupa, es si estamos haciendo un esfuerzo sincero para ir en la dirección correcta. Dios no te pide que cambies en el área que todavía no es viable para ti cambiar. Estamos comandados a ser seres humanos, no ángeles. Esto significa hacer un serio compromiso a cambiar – y dar los pasos correctos en el momento correcto.

Un individuo no tiene que tener todas las respuestas ahora mismo. La clave es el compromiso a cambiar. Debes tener en cuenta las situaciones en las que puedes tropezar, y mantenerte a una distancia segura de ellas. La Torá dice: Fortalece tu voluntad en cierta área y Dios te asegurará el éxito. No hay nada que se pueda interponer en el camino de la persistencia y la determinación. Tal como dice el Talmud (Makot 10b) “En el camino que una persona quiera ir, será guiado”.

Según tomado de, http://www.aishlatino.com/judaismo/espiritualidad/cuerpo-y-alma/48418982.html?s=mpw

El alma y la vida después de la muerte

El alma y la vida después de la muerte

Entendiendo la fuente de nuestra alma y su esencia eterna.


Una de las bases de nuestra fe es la creencia en la inmortalidad del alma y en la vida después de la muerte.

Si uno cree en la justicia de Dios entonces debe creer también en la inmortalidad del alma. Si no, ¿cómo podría entender el hecho de que muchos individuos rectos sufran en esta vida?

Asi como el niño que aún no ha nacido, tiene muchos atributos que en el útero no tienen ningún uso, pero que demuestran que nacerá en un mundo en el que sí serán usados, un humano tiene muchos atributos que no sirven de mucho en esta vida, pero que sí indican que el hombre renacerá en una dimensión más elevada después de la muerte.

En el plano físico, el hombre es indistinguible de los animales.

Los detalles de la inmortalidad no son mencionados en la Torá porque la revelación sólo se ocupa del mundo presente. Por lo tanto, cuando el profeta habló del Mundo Venidero, diciendo: “El oído nunca lo ha escuchado y ningún ojo lo ha visto, fuera de Dios; aquello que Él hará por quienes tienen esperanza en Él” (Isaías 64:3). Es decir, ni al más grande de los profetas se le permitió tener una visión de la recompensa que espera a los rectos en el Mundo Venidero.

El ser humano comparte los procesos fisiológicos y químicos con los animales y, en el aspecto físico, es indistinguible de ellos. Por eso decimos que tiene un ‘alma animal’ (néfesh behemit) que está contenida en la sangre, vale decir, en los procesos fisiológicos y químicos. Respecto a esta alma, la Torá dice: “La fuerza de vida de la carne está en la sangre” (Levítico 17:11).

Dado que el alma animal es lo que aleja al hombre de lo espiritual, el Talmud comúnmente la llama iétzer hará ‘el impulso hacia el mal’.

La esencia más íntima

Sin embargo, además de su ser material, cada persona posee un alma que es única entre las creaciones de Dios. Al describir la creación de Adam, la Torá dice: “Dios formó al hombre del polvo de la tierra, e insufló en sus fosas nasales un hálito de vida (nishmat jaim). El hombre se convirtió [por lo tanto] en una criatura viviente (néfesh jaiá)” (Génesis 2:7).

La Torá nos está enseñando que el alma humana vino directamente de la esencia más íntima de Dios, de la misma forma en que un aliento emana desde los pulmones y la cavidad pectoral de una persona. Por otro lado, el resto de la creación se realizó por decreto, o sea a través del habla; lo cual es un nivel más bajo porque tal como las ondas sonoras son generadas por la persona pero no contienen aire de sus pulmones, asimismo el resto de la creación emana del Poder de Dios pero no de Su Esencia.

Tres partes

El alma está formada por tres partes, cuyos nombres hebreos son: néfesh, rúaj y neshamá. La palabra hebrea neshamá está relacionada con neshimá, la cual literalmente significa‘respiración’. Rúaj significa ‘viento’. Néfesh viene de la raíz nafash, que significa ‘descanso’, como en el versículo: “En el séptimo día [Dios] cesó de crear y descansó (nafash) (Éxodo 31:17).

Dios exhalando un alma puede ser comparado a un soplador de vidrio formando una vasija. El aliento (la neshamá) deja primero sus labios, viaja en forma de viento y finalmente descansa (néfesh) en la vasija. De los tres niveles del alma, neshamá es el más elevado y el más cercano a Dios, mientras que néfesh es el aspecto del alma que reside en el cuerpo. El rúaj está ubicado entre los dos, atando al hombre con su fuente espiritual. Por eso la inspiración divina es llamada rúaj hakódesh en hebreo.

La neshamá se ve afectada sólo por medio del pensamiento, el rúaj por medio del habla y el néfesh por medio de la acción.

Descomposición del cuerpo

Todas las almas fueron creadas en el comienzo de los tiempos y son almacenadas en una cámara de tesoros celestial hasta el momento del nacimiento.

El alma tiene su primer contacto con el cuerpo en el momento de la concepción y permanece con éste hasta el momento de la muerte. Por eso uno se refiere a la muerte como ‘la partida del alma’ (Ietziat HaNeshamá).

Nos fue enseñado que inmediatamente después de la muerte el alma se encuentra en un estado de gran confusión. Por lo tanto, acostumbramos permanecer cerca de una persona agonizante para que no muera sola.

El alma que ya se encuentra sin el cuerpo está intensamente consciente del entorno físico de su cuerpo. Esto es particularmente cierto antes de que el cuerpo sea enterrado. En ese período el alma está literalmente de duelo por su cuerpo durante siete días. Esto es aludido en el versículo: “Su alma está de duelo por él’ (Iov 14:22).

Durante los primeros 12 meses posteriores a la muerte, el alma revolotea alrededor del cuerpo.

Durante los primeros 12 meses posteriores a la muerte, hasta que el cuerpo se descompone, el alma no tiene un lugar de descanso permanente y consecuentemente experimenta una gran desorientación. Es por eso que revolotea alrededor del cuerpo. Durante este tiempo, el alma está consciente de la descomposición del cuerpo y se identifica con ella. El Talmud nos enseña que “los gusanos son tan dolorosos para el muerto como las agujas para la carne de los vivos, como está escrito (Iov 14:22): ‘Su carne se lamenta por él’”. La mayoría de los comentaristas escribe que esto se refiere a la angustia psicológica del alma al ver su hábitat terrenal en estado de descomposición. Los cabalistas le llaman a esto el jivut hakéber, que significa ‘el castigo de la tumba’.

Nos fue enseñado que lo que le ocurre al cuerpo en la tumba puede ser incluso más doloroso que el Gueinom. Esta experiencia no es ni remotamente tan difícil para los rectos, quienes nunca consideraron que su cuerpo terrenal fuera extremadamente importante.

Recompensa eterna

Esto es parte del juicio del alma que se lleva a cabo durante el primer año inmediatamente posterior a la muerte. Además de esto, las almas de los malvados son juzgadas durante 12 meses después de la muerte, mientras que las demás almas son juzgadas durante un tiempo menor.

Esta es la razón por la cual el Kadish se recita sólo durante los primeros 11 meses, para no sugerir que el difunto era una persona malvada. Por esta misma razón, al mencionar el nombre del padre durante el primer año posterior a su muerte, uno debería decir: “Que sirva yo de expiación para su lugar de descanso” (Hareini kaparat mishkavó/á).

Después de la muerte, el alma es limpiada con un fuego espiritual.

El juicio principal después de la muerte es el Gueinom, en donde el alma es limpiada con un fuego espiritual y es purificada para que pueda recibir su recompensa eterna.

Las almas de los rectos pueden progresar hacia niveles más y más elevados en la dimensión espiritual. Respecto a esto Dios le dijo al profeta: “Si caminas por Mis caminos… entonces te daré un lugar para que te muevas entre los [ángeles] parados allí” (Zacarías 3:7). Dios le estaba mostrando al profeta una visión de ángeles estacionarios y le estaba diciendo que él podría moverse entre ellos. Pese a que los ángeles están atados a su plano espiritual particular, el hombre puede moverse y progresar de un nivel a otro. Esto también es aludido en el versículo: “El polvo vuelve al polvo como era, pero el espíritu vuelve a Dios quien lo dio” (Eclesiastés 12:7).

Algunas autoridades sostienen que lo que los sabios llaman Olam Habá (el Mundo Venidero) se refiere a la dimensión espiritual en la que entra el alma después de dejar el cuerpo. Sin embargo, la mayoría considera que el Olam Habá es una etapa completamente nueva de la vida en la tierra que será introducida recién después de la Era Mesiánica y la resurrección de los muertos. De acuerdo a esas autoridades, después de la muerte todas las almas pasan a una dimensión intermedia llamada Olam HaNeshamot (Mundo de las Almas). Es allí donde son juzgadas y donde luego continúan hasta la resurrección y el juicio final.

Extracto del libro “The Handbook of Jewish Thought” (libro en inglés) (Vol. 2, Moznaim Publishing). Reimpreso con permiso.

Según tomado de, http://www.aishlatino.com/judaismo/espiritualidad/cuerpo-y-alma/El-alma.html?s=mm

Una Ofrenda al Dios de Mi Padre

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Iosef se revela a sus hermanos, y a continuación les envía de regreso a casa para traer a nuestro padre Iaakov a Egipto, a vivir en proximidad a Iosef, toda la familia junta. Siguen siendo tiempos de hambruna en la tierra de Canaán, y con el fin de poder proveer para su familia, Iosef pide a su padre venir con todos los miembros de la familia, (que juntos suman 70 almas) a Egipto para vivir en un lugar muy especial y bello, de gran abundancia, llamado Eretz Goshen. Según la tradición, ésta fue la porción de tierra que el faraón de dos generaciones atrás había otorgado a Saráh, (nuestra primera judía, nuestra primer matriarca) cuando estaba en Egipto junto con Abraham Avinu . En realidad, esta porción de tierra, la tierra de Goshen, pertenece al pueblo judío de cierta manera; y ahí es donde vivieron, en proximidad a Iosef hatzadik .

Antes que Iaakov estuviese listo para el descenso, hace una última parada en la tierra de Israel (“ antes de ser enviado a Egipto” significa “entrar en estado de exilio”) y sabe que debe ir a Egipto a entrar en un estado de exilio junto a su familia, creyendo firmemente en la promesa de Dios de sacarle a él y al pueblo judío de allí. Y debido al sufrimiento del exilio en Egipto, es que tenemos el honor de merecer la entrega de la Torá, y la bendición divina más grande que nos da el poder de cumplir con el propósito de Dios en la creación. No obstante, antes de descender a la tierra de Egipto, el exilio, nuestro padre Iaakov es presa del miedo.

Su última parada en Israel es en la ciudad de Beer Sheva, y la Torá nos dice en Vaigash , la Parashá de la semana, que ofrendó sacrificios al Dios de su padre Itzjak. Este es un fenómeno muy interesante en nuestras observaciones, pues muy a menudo, especialmente de acuerdo a la Cabalá, hay una gran similitud entre Iaakov, el tercer patriarca, y el primer patriarca, Abraham, (y en toda la Torá se le refiere junto con sus dos padres). Era más cercano a su abuelo, su padre espiritual, que a su padre. Sin embargo, en este caso particular, acaba de realizar sacrificios al Dios de su padre Itzjak, ¿a qué se debe esto?

Se nos enseña (y esto es el centro de nuestra meditación) que Itzjak representa al temor, el temor de Dios, pero a la vez el epítome de transformar el miedo en risa, pues su nombre, Itzjak, significa reír. Y la razón por la cual sabemos que su servicio espiritual a Dios fue mediante el atributo del temor, es porque la Torá describe su servicio a Dios como “ pajat Itzjak ” (el temor de Itzjak), pero esa misma expresión “ pajat Itzjak ,” se lee además “el temor reirá”, puesto que eso es lo que el nombre Itzjak significa, “reirá.” Así, esa expresión “ pajat Itzjak ” en realidad significa que ese miedo se transformará en risa, en alegría.

Así que ésta es la unión espiritual necesaria para que Iaakov se hiciera uno con el alma de su padre antes de descender al exilio. Se nos enseña en el Zohar, que al exilio se le compara siempre con la noche, a la redención se compara con la luz del día. Pero el exilio es el estado de la noche, es oscuridad. En la noche hay sueños, en la noche el poder de la imaginación del alma se apodera de nuestro consciencia, ya sea en estado de sueño o de vigilia. Más todo es como un sueño, puesto que es de noche. ¿Cuál es la continuación del versículo justo después de donde dice: “cuando Iaakov vino a Beersheva él ofrendó sacrificios al Dios de su padre Itzjak”?

Allí, el siguiente versículo nombra a Elokim (hay dos nombres primarios de Dios que utilizamos en la Torá); Havaiá es el Nombre esencial de Dios, siempre representa al principio del amor, la bondad y la misericordia, más Elokim es el nombre de Dios que representa al atributo del poder y el temor. Y ese es el nombre utilizado en “ vaiomer Elokim Israel ” Elokim habló a Israel, Israel es el nombre otorgado a Iaakov, y dice vaiomer Elokim Israel vemaarot halaila, “ en las visiones de la noche”, esto es antes de descender a Egipto, sin embargo, esta expresión sólo aparece aquí en la Biblia, “ las visiones de la noche” es una expresión muy singular e intensa, “ en las visiones de la noche Dios habló a Israel y dijo Iaakov, Iaakov.” Él lo llamó por su nombre dos veces, signo de afecto, de amor, “ vaiomer ”, a continuación Iaakov respondió con humildad y dijo “aquí estoy,” y entonces Dios le habla y le dice  “Anojí Kel Elokei Avija ” (Yo Soy el Dios de tu padre).

Así que una vez más, el sacrificio que Iaakov había ofrendado fue sólo para el Dios de su padre y esa es exactamente la forma en que Dios responde: “Yo Soy el Dios de tu padre” no es el Dios de “tus padres”, que incluiría tanto Abraham como a Itzjak, sino sólo “el Dios de tu padre”, el cual es Itzjak y luego dice: “No temas descender a Egipto, porque te haré allí en gran nación.” Y entonces el siguiente versículo dice: “Yo Mismo, Mi esencia,” “Anojí .”

Esta es la primera palabra de los diez mandamientos, que es incluso más elevada que el nombre esencial de Havaiáh , puesto que representa al Ser mismo de Dios, que está por encima de cualquier nombre, y actúa tanto como ser, como el ser esencial. El nombre esencial es Havaiá, pero por encima del nombre está el propio ser, que sólo se puede representar con la palabra Anojí, “Yo”, “Yo soy el que soy.” Así que esta palabra “ Yo ” aparece varias veces en estos dos versos. Cuando fue entregada la Torá, esta es la primera palabra que se utiliza, la expresión de los sabios en la que hemos escuchado esta palabra, cuando escuchamos los diez mandamientos dichos de la boca del “poder,” que una vez más, es el atributo de Itzjak, por lo tanto, el atributo de Itzjak está hablando a través de esta palabra “ Anojí”.

La palabra Anojí se repite tres veces, y cada vez que vemos un fenómeno que se repite tres veces se le llama jazaká , que significa que está dejando una impresión interior, un sello en la realidad. Las tres veces que dice Anojí son dos veces Anojí y una a continuación veanoji (“y Yo”), y luego hay otra alusión hacia el final del relato cuando Dios está hablando a Iaakov, donde en forma de guematria la palabra Anojí se está aludiendo 2 veces más después de los tres explícitos Anojí, en “Yo soy el que soy” donde hay dos anoji implícitos.

Ahora lee una vez más los dos versículos en los que Dios habla a Iaakov antes de descender, a fin de aliviar su miedo al exilio, el miedo a la noche, dice: “Yo Soy el Dios de tu padre” el Dios de tu padre es el hecho de que Itzjak representa al temor, significa que él es la prueba de que puede controlar el temor, le nombran “el propietario, el poseedor del temor,” puesto que él sabe cuándo sentir temor y cuándo no; y sabe cumplir lo que el padre del Baal Shem Tov le dijo a éste en su lecho de muerte, cuando el Baal Shem Tov era sólo un niño pequeño “No temas a absolutamente nada de este mundo, solamente a Dios;” ni al exilio, ni a la noche, ni a la muerte, ni a nada, sólo a Dios, eso significa que la persona está en posesión y control total del miedo.

Así que esto es lo que Dios, hablando de Iaakov, dijo: “Yo Soy el Dios de tu padre Itzjak; no temas ir a Egipto pues allí haré de ti una gran nación, “Yo” ( Anojí) iré contigo a Egipto,” (ve anoji) , y te levantaré y te sacaré; y te sacaré del exilio de Egipto. Y entonces la frase final es “Y Iosef colocará su mano sobre tus ojos”, es decir, cuando perezcas. Los sabios nos enseñan que Iaakov realmente no pereció como otro ser humano, sino en un cierto sentido interno, nuestro padre Iaakov, más que los otros dos padres, está siempre vivo, como está escrito: Iaakov lo met, Iaacov no murió”. Sin embargo se dice que en ese momento del aparente paso desde la fragmentada realidad de este mundo, “Iosef colocará su mano sobre tus ojos”, esa palabra “ y Iosef ” equivale a dos veces “ Anojí” en guematria. Así que estas son los dos apariciones implícitas de “ Anojí mishe Anojí” (Yo soy el que soy).

Como ya hemos mencionado, hay tres “ Anojí” explícitos y dos “ Anojí” implícitos en la palabra Iosef. Esto es todo lo que Dios dice cuando promete a Iaakov que estará con él y que irá con él y le sacará de Egipto; y estará allí incluso en el momento de su muerte, manifestado en la mano de Iosef al cubrir y cerrar sus ojos .Y todo comienza, como hemos dicho antes, con esta expresión -que Elokim se le aparece a Israel, (a Iaakov cuyo nombre también es Israel), “ vemarot halila” (en las visiones de la noche).

Para enriquecer y profundizar esta meditación, “ las visiones de la noche ” se refiere a las visiones que recibimos en el exilio. Y aun en el exilio, él también tuvo visiones, visiones correctas, visiones santas, aunque fuesen como un sueño, el poder del alma que prevalece en realidad es la imaginación, no la inteligencia clara como la inteligencia del día. Es de noche, y las visiones de la noche es lo que nos mantienen con vida en el exilio, mantienen viva la promesa en nuestra conciencia de que Dios estará con nosotros en el estado más bajo del exilio, para llevarnos desde el exilio hasta el nivel más alto.

Como sabemos, el principio de cada descenso es: “todo es en aras de un ascenso posterior”. Y el ascenso será mucho más alto que el estado original antes del descenso; y se nos enseña algo aún más profundo: si la persona es capaz de ver verdaderamente que este mundo es un mundo de vanidad, de falsedad, si es capaz de ver todo minuciosamente, entonces veremos que el descenso en sí es parte integral del ascenso por venir, que experimentamos como descenso. Es de noche, pero hay algo sobre la noche que es la luz de la luz, que es inclusive más luz que cuando es de día, en cierto sentido. Pero que al final se revelará con el día y el amanecer que viene al final del exilio.

Así que una vez más, la expresión más potente es “ maarot halaila ,” (las visiones de la noche) y que la frase “ vemarot halaila ” (en las visiones de la noche), equivale a los dos nombres de Iaakov, la guematria es de 723, el nombre de Iaakov es 182, su otro nombre, que es un nivel aún más alto, Israel 541, los dos nombres combinados equivalen a 723, que es exactamente el valor de “ vemarot halaila, ” utilizado aquí. Hay algo tan profundo en estas visiones que sus dos aspectos de, Iaakov, su nombre normal, que representa (ya que los padres son los apelativos de cada alma judía) al estado normal de cada alma judía, cuando el judío vive su vida cotidiana, mundana, pero la vive como judío, con fe y cumple todas las mitzvot de la Torá, entonces se conoce como Iaakov. Más cuando un judío alcanza un nivel muy alto, que por lo general viene con el aprendizaje profundo de la Torá, que todo su mundo y su perspectiva de la realidad se vuelve a través de los ojos de la Torá, que ve el mundo tal y como el reflejo de la Torá, así como Dios miró en la Torá y creó al mundo, así es la forma en la que el judío ve al mundo y lo experimenta, que su nombre es Israel, estos son dos aspectos.

Podríamos pensar que durante el exilio no existe el nivel de “Israel” en absoluto, tal vez sólo bastaba con el nivel de “Iaakov.” Pero la verdad es que “en las visiones de la noche,” tiene en sí el potencial de unir los dos aspectos de cada alma judía, al ser Iaakov y también Israel al mismo tiempo.

Haremos una observación final: las tres primeras palabras que Dios le dice: “Yo Soy el Dios de tu padre,” ( Anojí Hakel Elokei avija) se nos enseña en Cabalá que las letras finales de estas tres primeras palabras: “Yo, ( Anojí ) Hakel (el Dios) Elokei” , en referencia a Itzjak, forman un Nombre Sagrado secreto de Dios; la Cabalá nos enseña que hay 72 Nombres Sagrados especiales de Dios. Cada uno de estos nombres tiene 3 letras, y el segundo de ellos es de un profundo poder, está continuamente activo en la creación y su mantenimiento, es llamado “ kium” porque sostiene la creación del mundo. Y cada uno de estos 72 Nombres tienen poderes muy especiales, , el segundo es  iud lamed iud , que se deriva de las letras finales de las tres primeras palabras que Dios le dijo a Iaakov en la visión de la noche, justo antes de descender a la noche del exilio de Egipto.

El segundo nombre en Cabalá, corresponde al segundo de los patriarcas (los tres primeros de los 72 Nombres corresponden en ese orden a los tres patriarcas; Abraham es el primero de los 72 Nombres, a continuación, Itzjak es el segundo de los 72 Nombres, y Iaakov es el tercero) pero es este segundo nombre con el que ahora Dios le habla a Iaakov, que corresponde a Itzjak. Aquí se puede ver otro indicio de que todo el poder que se le otorga Iaakov al descender al exilio es el poder de su padre.

Itzjak nunca salió de la tierra de Israel, fue el único patriarca que pasó su toda vida allí. Nunca se le permitió abandonarla. Más Itzjak, su poder, iba junto a Iaakov para protegerlo, para fortalecerlo, para no temer a la noche, justo lo contrario, para entender que la mayor bendición vendrá “en las visiones de la noche.”

Una meditación final sobre este nombre, ¿Cuáles son las tres letras de Su nombre? “ Anojí Hakel Elokei” , ‘ ? ‘, la iud es la letra más pequeña, se suspende en el aire, es sólo un puntito y la lamed, la letra más grande de todas. Es exactamente la forma en que los sabios las describen, que la iud está en el aire, es la más pequeña de todas las letras, y la lamed es la “rav”, la más grande de todas las letras, “la torre”. La lamed es la torre y la iud es un pequeño punto. Así que este segundo nombre es el que corresponde al poder esencial de Itzjak, el de superar y transformar el miedo en risa, el de ser capaz de darse cuenta de la ventaja esencial del exilio, atravesar por el exilio, en la noche, tener visiones, tener verdadera visiones sagradas en la noche. Su sagrado Nombre cabalístico es: el pequeño, el grande y el pequeño, ‘ ? ‘, en ese orden.

¿Qué es lo que nos enseñan en el servicio espiritual de HaShem? Hay una expresión en el Zohar que dice: “Aquel que es pequeño, es muy grande, más aquel que se considera muy grande, es el más pequeño de todos.” ¿Qué significa esto? Hay una enseñanza muy simple pero muy profunda y fundamental en nuestro servicio a Dios; se nos enseña que tenemos que disminuir nuestro honor y nuestro propio sentido del ego siempre, con la intención de que al disminuir nuestro propio ego, estamos “sellando” la manifestación de Dios en la tierra.

La expresión se refiere a que si disminuimos nuestra propia gloria y honor con el fin de dar más gloria y honor a Dios, y después hacer eso, en cada mitzváh que realizamos, y después de eso, una vez más, cuando sentimos que hemos sido exitosos de cierta manera, cada uno de nosotros a nuestra propia pequeña manera, (pero para cada uno de nosotros, esa pequeña manera es muy grande) todo lo que sea podremos lograr para Dios. Luego, al final de hacer alguna mitzváh por el bien del Santo Bendito Sea, existe la posibilidad, llamada “en el talón.” “En el talón” significa que al final de la buena acción, puedes ser mordido y envenenado por la serpiente, por eso, al final del gran ensalzamiento de la gloria de Dios en la tierra, a través de lo que hagas, después de haberte disminuido ti mismo primero, tienes que disminuirte otra vez más al final para mantenerlo puro.

Éstas son tres etapas de proceso de la auto-disminución y de la ampliación de la conciencia de la presencia de Dios en la tierra, por medio de nuestras buenas obras, y después, al final, disminuirse a sí mismo una vez más a un punto, a la nada. Ese es el poder espiritual de Itzjak que debe acompañar a Iaakov al exilio. Y luego, ser capaz de revelar, incluso en lo más oscuro de la noche del exilio, las visiones sagradas de Dios que traen consigo la promesa de la redención, y la gran promesa de que cuando la redención llegue, la veremos en retrospectiva, que el exilio en sí era, en cierto modo, el milagro más grande de Dios: que mediante el temor potencial a la oscuridad de la noche, toda esa energía y poder se convertirán en risa infinita en el mundo por venir.

Según tomado de, http://www.galeinai.org/GalEinaiv1/2018/12/12/una-ofrenda-al-dios-de-mi-padre/

Does My Father Love Me?

by Rabbi Lord Jonathan Sacks

It is one of the great questions we naturally ask each time we read the story of Joseph. Why did he not, at some time during their twenty-two year separation, send word to his father that he was alive? For part of that time – when he was a slave in Potiphar’s house, and when he was in prison – it would have been impossible. But certainly he could have done so when he became the second most powerful person in Egypt. At the very least he could have done so when the brothers came before him on their first journey to buy food.

Joseph knew how much his father loved him. He must have known how much their separation grieved him. He did not know, could not know, what Jacob thought had happened to him, but this surely he knew: that it was his duty to communicate with him when the opportunity arose, to tell his father that he was alive and well. Why then did he not? The following explanation,[1] is a tantalising possibility.

The story of Joseph’s descent into slavery and exile began when his father sent him, alone, to see how the brothers were faring.

His brothers had gone to graze their father’s flocks near Shechem, and Israel said to Joseph, “As you know, your brothers are grazing the flocks near Shechem. Come, I am going to send you to them.”

“Very well,” he replied.

So he said to him, “Go and see if all is well with your brothers and with the flocks, and bring word back to me.” Then he sent him off from the Valley of Hebron.

(Gen. 37:12–14)

What does the narrative tell us immediately prior to this episode? It tells us about the second of Joseph’s dreams. In the first, he had dreamt that he and his brothers were in the field binding sheaves. His stood upright while the sheaves of his brothers bowed down to him. Naturally, when he told them about the dream, they were angry. “Do you intend to reign over us? Would you rule over us?” There is no mention of Jacob in relation to the first dream.

The second dream was different:

Then he had another dream, and he told it to his brothers. “Listen,” he said, “I had another dream, and this time the sun and moon and eleven stars were bowing down to me.”

When he told his father as well as his brothers, his father rebuked him and said, “What is this dream you had? Will your mother and I and your brothers actually come and bow down to the ground before you?” His brothers were jealous of him, but his father kept the matter in mind. (Gen. 37:9–11).

Immediately afterwards, we read of Jacob sending Joseph, alone, to his brothers. It was there, at that meeting far from home, that they plotted to kill him, lowered him into a pit, and eventually sold him as a slave.

Joseph had many years to reflect on that episode. That his brothers were hostile to him, he knew. But surely Jacob knew this as well. In which case, why did he send Joseph to them? Did Jacob not contemplate the possibility that they might do him harm? Did he not know the dangers of sibling rivalry? Did he not at least contemplate the possibility that by sending Joseph to them he was risking Joseph’s life?

No one knew this better from personal experience. Recall that Jacob himself had been forced to leave home because his brother Esau threatened to kill him, once he discovered that Jacob had taken his blessing. Recall too that when Jacob was about to meet Esau again, after an interval of twenty-two years, he was “in great fear and distress,” believing that his brother would try to kill him. That fear provoked one of the great crises of Jacob’s life. So Jacob knew, better than anyone else in Genesis, that hate can lead to killing, that sibling rivalry carries with it the risk of fratricide.

Yet Jacob sent Joseph to his other sons knowing that they were jealous of him and hated him. Joseph presumably knew these facts. What else could he conclude, as he reflected on the events that led up to his sale as a slave, that Jacob had deliberately placed him in this danger? Why? Because of the immediately prior event, when Joseph had told his father that “the sun and moon” – his father and mother – would bow down to him.

This angered Jacob, and Joseph knew it. His father had “rebuked” him. It was outrageous to suggest that his parents would prostrate themselves before him. It was wrong to imagine it, all the more so to say it. Besides which, who was the “moon”? Joseph’s mother, Rachel, the great love of Jacob’s life, was dead. Presumably, then, he was referring to Leah. But his very mention of “the sun and moon and eleven stars” must have brought back to his father the pain of Rachel’s death. Joseph knew he had provoked his father’s wrath. What else could he conclude but that Jacob had deliberately put his life at risk?

Joseph did not communicate with his father because he believed his father no longer wanted to see him or hear from him. His father had terminated the relationship. That was a reasonable inference from the facts as Joseph knew them. He could not have known that Jacob still loved him, that his brothers had deceived their father by showing him Joseph’s bloodstained cloak, and that his father mourned for him, “refusing to be comforted.” We know these facts because the Torah tells us. But Joseph, far away, in another land, serving as a slave, could not have known. This places the story in a completely new and tragic light.

Is there any supporting evidence for this interpretation? There is. Joseph must have known that his father was capable of being angered by his sons. He had seen it twice before.

The first time was when Shimon and Levi killed the inhabitants of Shechem after their prince had raped and abducted their sister Dina. Jacob bitterly reprimanded them, saying:

“You have brought trouble on me by making me a stench to the Canaanites and Perizzites, the people living in this land. We are few in number, and if they join forces against me and attack me, I and my household will be destroyed”(Gen. 34:30).

The second happened after Rachel died. “While Israel was living in that region, Reuben went in and slept with his father’s concubine Bilhah – and Israel heard of it” (Gen. 35:22). Actually according to the sages, Reuben merely moved his father’s bed,[2] but Jacob believed that he had slept with his handmaid, an act of usurpation.

As a result of these two episodes, Jacob virtually broke off contact with his three eldest sons. He was still angry with them at the end of his life, cursing them instead of blessing them. Of Reuben, he said:

Unstable as water, you will no longer excel, for you went up onto your father’s bed, onto my couch and defiled it. (Gen. 49:4)

Of his second and third sons he said:

Shimon and Levi are brothers –

Their swords are weapons of violence.

Let me not enter their council, let me not join their assembly,

For they have killed men in their anger and hamstrung oxen as they pleased.

Cursed be their anger, so fierce,

And their fury, so cruel!

I will scatter them in Jacob

And disperse them in Israel. (Gen. 49:5–7)

So Joseph knew that Jacob was capable of anger at his children, and of terminating his relationship with them (that is why, in the absence of Joseph, Judah became the key figure. He was Jacob’s fourth son, and Jacob no longer trusted the three eldest).

There is evidence of another kind as well. When Joseph was appointed second-in-command in Egypt, given the name Tzafenat Pa’neaĥ, and had married an Egyptian wife, Asenat, he had his first child. We then read:

Joseph named his firstborn Menasheh, saying, “It is because God has made me forget all my trouble and all my father’s house.” (Gen. 41:51)

Uppermost in Joseph’s mind was the desire to forget the past, not just his brothers’ conduct towards him but “all my father’s house.” Why so, if not that he associated “all my trouble” not just with his siblings but also with his father Jacob? Joseph believed that his father had deliberately put him at his brothers’ mercy because, angered by the second dream, he no longer wanted contact with the son he had once loved. That is why he never sent a message to Jacob that he was still alive.

If this is so, it sheds new light on the great opening scene of Vayigash. What was it in Judah’s speech that made Joseph break down in tears and finally reveal his identity to his brothers? One answer is that Judah, by asking that he be held as a slave so that Benjamin could go free, showed that he had done teshuva; that he was a penitent; that he was no longer the same person who had once sold Joseph into slavery. That, as I have argued previously, is a central theme of the entire narrative. It is a story about repentance and forgiveness.

But we can now offer a second interpretation. Judah says words that, for the first time, allow Joseph to understand what had actually occurred twenty-two years previously. Judah is recounting what happened after the brothers returned from their first journey to buy food in Egypt:

Then our father said, “Go back and buy a little more food.” But we said, “We cannot go down. Only if our youngest brother is with us will we go. We cannot see the man’s face unless our youngest brother is with us.”

Your servant my father said to us, “You know that my wife bore me two sons. One of them went away from me, and I said, ‘He has surely been torn to pieces.’ And I have not seen him since. If you take this one from me too and harm comes to him, you will bring my grey head down to the grave in misery.” (Gen. 44:27–31)

At that moment Joseph realized that his fear that his father had rejected him was unwarranted. On the contrary, he had been bereft when Joseph did not return. He believed that he had been “torn to pieces,” killed by a wild animal. His father still loved him, still grieved for him. Against this background we can better understand Joseph’s reaction to this disclosure:

Then Joseph could no longer control himself before all his attendants, and he cried out, “Have everyone leave my presence!” So there was no one with Joseph when he made himself known to his brothers. And he wept so loudly that the Egyptians heard him, and Pharaoh’s household heard about it. Joseph said to his brothers, “I am Joseph! Is my father still alive?” (Gen. 45:1–3)

Joseph’s first thought is not about Judah or Benjamin, but about Jacob. A doubt he had harboured for twenty-two years had turned out to be unfounded. Hence his first question: “Is my father still alive?”

Is this the only possible interpretation of the story? Clearly not. But it is a possibility. In which case, we can now set the Joseph narrative in two other thematic contexts which play a large part in Genesis as a whole.

The first is tragic misunderstanding. We think here of at least two other episodes. The first has to do with Isaac and Rebecca. Isaac, we recall, loved Esau; Rebecca loved Jacob. At least one possible explanation, offered by Abarbanel,[3] is that Rebecca had been told “by God,” before the twins were born, that “the elder will serve the younger.” Hence her attachment to Jacob, the younger, and her determination that he, not Esau, should have Isaac’s blessing.

The other concerns Jacob and Rachel. Rachel had stolen her father’s terafim, “icons” or “household gods,” when they left Laban to return to the land of Canaan. She did not tell Jacob that she had done so. The text says explicitly, “Jacob did not know that Rachel had stolen the gods” (Gen. 31:32). When Laban pursued and caught up with them, he accused Jacob’s party of having stolen them. Jacob indignantly denies this and says “If you find anyone who has your gods, he shall not live”. Several chapters later, we read that Rachel died prematurely, on the way. The possibility hinted at by the text, articulated by a Midrash and by Rashi,[4] is that, unwittingly, Jacob had condemned her to death. In both cases, misunderstanding flowed from a failure of communication. Had Rebecca told Isaac about the oracle, and had Rachel told Jacob about the terafim, tragedy might have been averted. Judaism is a religion of holy words, and one of the themes of Genesis as a whole is the power of speech to create, mislead, harm or heal. From Cain and Abel to Joseph and his brothers (“They hated him and could not speak peaceably to him”), we are shown how, when words fail, violence begins.

The other theme, even more poignant, has to do with fathers and sons. How did Isaac feel towards Abraham, knowing that he had lifted a knife to sacrifice him? How did Jacob feel towards Isaac, knowing that he loved Esau more than him? How did Leah’s sons feel about Jacob, knowing that he loved Rachel and her children more? Does my father really love me? – that is a question we feel must have arisen in each of these cases. Now we see that there is a strong case for supposing that Joseph, too, must have asked himself the same question.

“Though my father and mother may forsake me, the Lord will receive me,” says Psalm 27. That is a line that resonates throughout Genesis. No one did more than Sigmund Freud to place this at the heart of human psychology. For Freud, the Oedipus complex – the tension between fathers and sons – is the single most powerful determinant of the psychology of the individual, and of religion as a whole.

Freud, however, took as his key text a Greek myth, not the narratives of Genesis. Had he turned to Torah instead, he would have seen that this fraught relationship can have a non-tragic resolution. Abraham did love Isaac. Isaac did bless Jacob a second time, this time knowing he was Jacob. Jacob did love Joseph. And transcending all these human loves is divine love, rescuing us from feelings of rejection, and redeeming the human condition from tragedy.

Shabbat shalom

NOTES

1] I am indebted for this entire line of thought to Mr. Joshua Rowe of Manchester.

2] Rashi to Bereishit 35:22Shabbat 55b

3] Abarbanel to Bereishit 25:28. Isaac loved Esau, Abarbanel argues, because he was the firstborn. Isaac believed, therefore, that he would inherit the divine blessing and covenant. From her oracle, Rebecca knew otherwise. On this reading, the drama unfolded because of a failure of communication between husband and wife.

4] Rashi to Bereishit 31:32; Bereishit Rabbah and Zohar ad loc.

As taken from, https://blogs.timesofisrael.com/does-my-father-love-me-vayigash-5779/?utm_source=The+Daily+Edition&utm_campaign=daily-edition-2018-12-15&utm_medium=email

“José, el primer psicoterapeuta”

La frase “pensador judío” puede significar dos cosas muy distintas. Puede tratarse
de un pensador que es judío por nacimiento o descendencia –un físico judío, por ejemplo – o podría referirse a alguien que ha contribuído específicamente al pensamiento judío: como Yehuda Haleví o Maimónides.

Lo interesante de la pregunta es: ¿existe un tercer tipo de pensador judío, que contribuya al conocimiento universal, y que simultáneamente lo haga en una forma reconociblemente judía? La respuesta no surge inmediatamente, pero sentimos instintivamente que tal cosa existe. Como analogía, hay algo que se reconoce como judío en cierto tipo de humor. Ruth Wisse aporta algunas cosas interesantes al respecto en su libro, No Joke. (1) También lo hace Peter Berger en su Redeeming Laughter.(2) El humor es universal, pero se expresa con diferentes acentos en las distintas culturas.

Pienso que algo parecido ocurre en el psicoanálisis y la psicoterapia. Desde el inicio, fueron tantos los judíos que practicaron esta disciplina – con la singular excepción de Jung – que en la época de la Alemania nazi se le conoció como la “ciencia judía.” Yo he afirmado lo contrario – aunque mis ideas al respecto han sido resistidas -: que al utilizar el mito griego de Edipo como uno de sus modelos principales, Freud desarrolló una visión trágica de la condición humana, siendo esta una más helenista que judía.(3)

Por contraste, tres de los psicoterapeutas posteriores a la Segunda Guerra no
fueron meramente judíos de nacimiento sino profundamente judíos en su
aproximación al alma humana. Viktor Frankl, sobreviviente de Auschwitz,
desarrolló, en base a sus experiencias en el campo de concentración, una disciplina
que llamó Logoterapia, basada en “el hombre en búsqueda del sentido de la
vida.”(4) Aún cuando los nazis anularon casi todo vestigio de humanidad de los confinados/as a esas fábricas de la muerte, Frankl planteó que había una sola cosa que
no le podían arrebatar a los prisioneros: la libertad de cómo responder.

Aaron T. Beck fue uno de los fundadores de lo que se reconoce como una de las
formas más efectivas de la psicoterapia: la terapia cognitivo-conductual.(5) Con
pacientes afectados por depresión, descubrió que sus sentimientos estaban
frecuentemente asociados con pensamientos negativos sobre sí mismos, sobre el
mundo y sobre su futuro. Al hacerlos pensar en forma más realista, encontró que sus
condiciones tendían a mejorar.

Martin Seligman es (6) el creador de la psicología positiva, cuyo objetivo no es
sólo tratar la depresión, sino promover activamente lo que él llama “la auténtica
felicidad” y el “optimismo aprendido.” La depresión, señala Seligman, en muchas
instancias está ligada al pesimismo, que proviene de interpretar los eventos de una
forma particular que él llama “impotencia aprendida.” Los pesimistas tienden a ver
el infortunio como cosa permanente (“siempre es así”), personal (“es culpa mía”) y
repetitiva (“siempre hago las cosas mal”). Eso les hace pensar que los males que les
ocurren son inevitables y fuera de su control. Los optimistas piensan en forma
diferente. Para ellos, los eventos negativos son temporales, resultantes de factores
externos y, en general, excepciones a la regla. Por lo tanto (7) dentro de ciertos
límites, se puede soslayar el pesimismo, y el resultado es más alegría, salud y éxitos.

Lo que liga a estos tres pensadores es que, 1) siempre hay más de una
interpretación posible de lo que nos pasa. 2) podemos elegir entre las diferentes
posibilidades y 3) la forma en que pensamos modela nuestra manera de sentir. Esto
hace que los tres terapeutas tengan una marcada semejanza con un tipo particular de
pensamiento judío, el del Jasidut Jabad, como fuera desarrollado por el primer Rebe
de los Lubavitch, Rab. Shneur Zalman de Liady (1745-1812). La palabra Jabad
proviene de las letras iniciales de tres formas de virtud: Jojma, bina y da-at, o sea
sabiduría, comprensión y conocimiento, las cuales ejercen su influencia sobre los
atributos emocionales: jesed, guevurá y tiferet, o sea, bondad, autocontrol y
equilibrio emocional. A diferencia de otros movimientos jasídicos que ponen énfasis
en los aspectos emocionales, el jasidismo de Jabad se concentró en el poder del
intelecto para modelar la emoción
. Fue, de alguna forma, un anticipo de la terapia
cognitivo-conductual.

Sus orígenes sin embargo, son muy anteriores. La semana pasada argumenté
que Yosef fue el primer economista. Esta semana quiero sugerir que fue el primer
terapeuta cognitivo conductual. Fue el primero en comprender el concepto del
reencuadre : o sea, poder ver los aspectos negativos de la vida de una forma distinta,
y de esa manera poder liberarse de la depresión y de la impotencia adquirida.

El momento en que ello ocurrió tiene que ver con el ruego apasionado de
Yehuda para permitir a Benjamin volver a la casa de su padre Yaakov, y por fin Yosef
revela su identidad ante sus hermanos:

“Yo soy vuestro hermano Yosef a quien vosotros vendisteis a Egipto. Y ahora, no deben estar acongojados ni enojados con vosotros mismos por haberme vendido aquí, porque fue para salvar vidas que Dios me envió antes de vosotros. Durante dos años ha habido hambre en esta tierra y por los próximos cinco, no habrá arado ni cosecha. Pero Dios me mandódelante de vosotros para asignarles una fracción de tierra y salvar vuestras vidas con una gran entrega. Así pues, no fueron ustedes los que me mandaron aquí, sino Dios.”

Observen lo que está haciendo Yosef aquí. Está reencuadrando los eventos
para que sus hermanos no tengan que vivir con la insoportable carga de la culpa de
haber vendido a Yosef como esclavo y haber engañado a su padre, provocando años
de infinito dolor. Pero solo le resulta posible hacerlo con ellos porque ya ha logrado hacerlo consigo mismo. ¿Cuándo ocurrió esto? No sabemos a ciencia cierta. ¿Era consciente Yosef en todo momento de que los múltiples golpes de infortunio
recibidos eran parte del plan divino, o solo se dio cuenta cuando fue sacado de la
prisión para interpretar los sueños del Faraón y luego ser consagrado como virrey de
Egipto?

El texto calla en este punto, pero es sugestivo. Más que cualquier otro
personaje de la Torá, Yosef atribuye todos sus logros a Dios. Esto le permitió hacer lo
que, en términos seculares, Frankl, Beck y Seligman le habrían sugerido hacer si
hubiera sido paciente de alguno de ellos: pensar en la misión para la cual fue
llamado (Frankl), reinterpretar el infortunio como posibilidad (Beck) y ver los
aspectos positivos de su situación (Seligman). No solo fue liberado Yosef de la
prisión física, también se liberó del encierro emocional: el resentimiento hacia sus
hermanos. Pudo ver su vida, no en los términos de la competencia familiar entre
hermanos, sino como parte de un movimiento de la historia modelado por la Divina
providencia.

Eso es lo que me hace pensar que los trabajos de Frankl, Beck y Seligman son
judíos de una forma que el psicoanálisis de Freud no lo es. En el corazón del
judaísmo está la idea de la libertad humana.
No somos prisioneros de los eventos
sino modeladores activos de los mismos. Es cierto que podemos estar influenciados
por pulsiones inconscientes como pensaba Freud, pero podemos superarlos
mediante “hábitos del corazón” que pulen y refinan nuestra personalidad.

La vida de Yosef nos muestra que podemos vencer la tragedia mediante la
capacidad de ver nuestra vida, no como una secuencia de eventos injustos
infligidos sobre nosotros y los demás, sino también como una serie de movimientos
de intención divina, cada una de las cuales nos lleva más cerca de la situación
deseada por Dios.

No podemos todos ser Yosef, pero gracias al R. Shneur Zalman de Liady en
términos espirituales, y a Frankl, Beck y Seligman en los seculares, podemos aprender lo que es cambiar la forma de sentir, mediante un cambio de nuestra forma de pensar. Y la mejor forma de hacerlo es preguntándonos: “¿Qué es lo que ésta mala experiencia me permite hacer, que de otra forma no hubiera sido posible?” Eso puede ser un factor de cambio de vida.

Rabino Jonathan Sacks


1. Ruth Wisse, No joke: Making Jewish Humor, Princeton University Press, 2013
2. Peter Berger, Redeeming Laughter: the comic dimension of human experience, Boston, de Gruyter, 2014
3. Había elementos indudablemente judíos en la obra de Freud, lo más notable era que él
mismo denominó al psicoanálisis “la cura del habla”, que en realidad es la curación mediante la escucha, siendo que el acto de escuchar es un factor fundamental en la espiritualidad judía.
4. Frankl escribió muchos libros, pero el más famoso es El hombre en busca de sentido, uno de los libros más influyentes del siglo XX.
5. Ver Aaron T. Beck, Cognitive therapy and emotional disorders, Penguin 1989 y también su importante Prisoners of Hate: the cognitive basis of anger, hostility and violence, Harper Collins 1999.
6. Martin Seligman, Authentic Happiness, Free Press, 2002; Learned Optimism, Basic Books, 2008.
7. Seligman admite que existen cosas que no es posible cambiar, pero muchas sí. Ver Martin Seligman, What you can change and what you can’t, London, Nicholas Brealey, 2007

Según tomado de, http://aurora-israel.co.il/el-primer-psicoterapeuta-parasha-de-la-semana-por-rab-jonathan-sacks/?utm_source=Noticias+diarias+Sabado-TEA&utm_medium=15-12-2018%202da%20edic

Blame Tamar, the killer-wife (or not)

Tamar and Judah, by Aert de Gelder, 1667. (Wikipedia)

Tamar and Judah, by Aert de Gelder, 1667. (Wikipedia)

Once upon a time, there was a world where illusions and delusions reigned. It was a world in which people believed that women could cause the deaths of their husbands, just by virtue of who they were.

Once upon a time, there was a world where women’s freedoms were stifled. It was a world in which a woman suspected of being unfaithful to her betrothed, could be dragged from her home and burned alive at the stake.

Once upon a time, women’s faces were hidden — by veils and by patriarchy.

But Tanakh tells us a story.

Once upon a time, the Tanakh tells us, there was a woman named Tamar. Tamar was married to Er, the son of Judah, but Er “did evil in the eyes of the Lord, and the Lord killed him.”  And so, as Canaanite custom would have it, Tamar was given to Er’s younger brother, Onan.  But Onan, knowing that any son borne of his marriage to Tamar would be named for his brother, made certain not to impregnate his new wife. His actions, like those of his brother before him, were “evil in the eyes of the Lord.” So, he too was slain.

Two deaths. Two reasons. Two subversive verses.

The “killer-wife” motif is one that, like many superstitions, somehow defied, or eluded the tests of time and rationale. Since the very origins of humanity, people have been searching for answers, for cause and effect, explanations for the inexplicable. The instinct to blame mysterious deaths on diabolical female forces, is as old as that search itself. Through its unequivocal contention that both men died for their own sins respectively, the Tanakh is propounding a subtle, yet unambiguous polemic against any such sentiments. Readers of the narrative are reminded that God, and God alone, retains dominion over life and death. The revolutionary voice of Tanakh leaves no room for the insinuation that a woman could be blamed for the untimely, even statistically anomalous deaths, of two husbands.

But Judah was not privy to that omniscient voice of the narrator. Judah, fearing for the life of his youngest son, defied the protocols of Levirate marriage that automated the engagement of Tamar to Shelah, and he sent Tamar away, “for he thought [Shelah] too might die like his brothers.”  Judah chose to keep Shelah safe even if it meant eradicating the names, and surrogate progeny, of Er and Onan. For years Tamar sat in widow’s garb, waiting to be summoned by her father-in-law to begin her life anew with Shelah. But the summons never came. She remained imprisoned in her loneliness, and in her anticipation, and in her hungering for a child of her own.

Our ancestors, like all human beings, made mistakes, and the Tanakh records many of those missteps. Our charge as students of Tanakh, is to read openly. For it is often the very mistakes that they made when bowing to convention that become the media through which the Tanakh communicates unconventional truths.

Judah made a mistake and became the victim of subterfuge.

Deception, phenomenologically speaking, is resorted to throughout history by individuals and groups rendered powerless by society. Resourcefulness, cunning, and creative rhetoric serve as counterbalances to the institutional constructs of hierarchy and biased legalities. Slaves deceive masters, laypeople deceive kings, foreigners deceive natives, women deceive men — and Tamar deceived Judah. When she learned that Judah would be passing through town, Tamar had a choice to make. She could remain exactly where she was and simply let Judah, and her childbearing years, pass before her eyes, or she could venture beyond the confines of her home and determine the course of her own fate. She chose the latter. Concealing her identity, Tamar posed as a prostitute and after charming Judah into her bed, kept his most personal possessions as collateral for the payment owed her. Within weeks, Tamar knew that she was pregnant with his child, and it was not long before word reached Judah that Tamar, his daughter in law, Shelah’s betrothed, had been with “another man.”  Tamar knew all too well the fate that awaited accused women of her world, but she held out patiently, strategically, for just the right moment in time. And in a remarkable maneuver, as she was being led to her execution, she sent Judah his belongings and declared “I am with child by the man to whom these belong.” She requested that he “please examine” the staff and personal seal before him, and then left the question of ownership, and of accountability, hanging in the air. Comprehending the scenario’s implications, Judah publicly, bravely, and contritely acknowledged paternity.  He professed: “She is more in the right than I, inasmuch as I did not give her to my son Shelah.” Her virtue re-established, Tamar went on to give birth to twin boys and become the ancestress of none other than King David himself.

Once upon a time, there was a world where women could not contend with the powers that be. It was a world where men’s errors were endured, at the price of women’s lives.

Once upon a time, women’s voices, and choices, were inconsequential.

And so Tanakh invites us to imagine an alternate world. A world that on the surface looks just like that world we abhor. But if we read closely, and listen carefully, we find a wholly different set of assumptions.

Tamar’s story does not begin with Er, and it does not end with the birth of her twins. Tamar stands at the center of a male-dominated drama about fathers and sons, brothers and viceroys. It is a drama that traces the elevation of Judah’s eminence among his brothers, and accounts for his tribe’s eventual leadership on the national scale. Tamar is the hinge on which that history hangs, but her actions, to be fully appreciated, need to be contextualized.

Years before Tamar steps on to the biblical stage, Judah had already made a calamitous decision. The brothers, jealous of Joseph’s favored position, hatched a plan to do away with the person that threatened their status. Judah had steered the sale of Joseph down to Egypt and then presented a misleadingly bloody cloak to his father. The brothers, hovering around their aging father asked Jacob to “please examine” the tattered garment, conjuring a nightmarish scene. Examine it he did, and with a broken heart he began mourning the imagined death of his favored son.

The brother’s disregard for the value of Joseph’s life, and the prioritizing of their ego and pride over and above the cohesion and welfare of their family, fractured the household.  So, we are not surprised when we are told, in the aftermath of the sale, that Judah “left his brothers.” Perhaps he was attempting to distance himself from the memories, and the grief, that in his father’s home must have been all-consuming. But suppressing trauma doesn’t make it disappear and disengaging from co-conspirators doesn’t undo damage wrought.

When Tamar asked Judah to “examine” his staff and seal, employing the identical words the brothers used when they handed their father the bloody cloak, she was doing more than just evoking a painful memory. Tamar was impelling him to realize that he was in the same position that he was all those years ago, and while it was too late for Joseph, it was not too late to do right by her. Tamar was asking Judah, this time, to prioritize the life of another over concern for his standing. With two hauntingly familiar words, she was imploring him, this time, to sacrifice his repute and save her life.

And that’s exactly what he did. Judah’s encounter with Tamar left him a changed person. And individuals who believe in the human ability to repent, and to change, and to grow from their mistakes, are those who are most ripe to lead.

Fast forward to a time when Judah’s twins are likely grown men themselves. Joseph, incognito, is ruling Egypt, and has sent the brothers home with the threat that if Benjamin does not join their next descent, Simeon will remain in prison. Reuben, the eldest, and default spokesperson, tries his hardest to persuade Jacob to part with his youngest son, but to no avail. Judah, like Tamar, waits for the perfect time to make his move. He waits months, until the sacks run out of food, the children’s bellies are empty, and their eyes are sad. He waits until the prospect of Jacob watching his grandchildren starve to death is a palpable reality, and then he speaks. He speaks words laden in experience and empathy, for only Judah could empathize with the desire to protect a son who is all that remains of a bygone life. When Judah speaks to Jacob, he speaks not as son to father, but as father to father. His words carry a depth of understanding that is both personal and profound. By trying to protect his youngest son, Judah explained, Jacob was ensuring the certain death of all his offspring. Jacob understood, because Judah understood, and eventually Jacob acquiesced. And we come to realize that the admission of guilt that Tamar extracted from Judah, set in motion a chain of events that culminated in the reunion of the budding nation of Israel.

Readers of Genesis are struck by the fact that Tamar’s impact continues to reverberate long after her name disappears from the page, but Tamar’s story is not unique in that sense. Tanakh’s influential women are exceptional, but they are not exceptions to Tanakh’s rules. While Tanakh reflects a concrete historical reality, it simultaneously challenges that backdrop. Its chapters take place in a time when women were outranked by men, but Tanakh consistently undermines the notion that subordination implies inferiority. In Tanakh, there are no uniquely-male attributes that account for their dominance, and no uniquely-female traits that could ever be used to justify their subservience. As Tikva Frymer-Kensky noted, contrasting the portrayal of biblical women from their Ancient Near Eastern literary counterparts, Tanakh does not resort to chauvinism to rationalize powerlessness. The Tanakh speaks matter-of-factly about female prophets, warriors and leaders, and their eligibility is always taken as a given. Tanakh’s protagonists are the products of a broader culture, but as Tamar’s story demonstrates on several levels, the Tanakh implicitly condemns the suppositions underlying that culture, and in doing so, ensures that women earn a prominent place in our people’s history.

Once upon a time, there was a world where people set aside prejudices and preconceived notions that had been cultivated over thousands of years.

Once upon a time, there was a world where people listened carefully, and honestly, to the words they believed to be divine…

…And they lived happily ever after.

As taken from, https://blogs.timesofisrael.com/when-wives-kill-or-dont/?utm_source=The+Blogs+Weekly+Highlights&utm_campaign=blogs-weekly-highlights-2018-12-13&utm_medium=email

¿Cómo sé que estoy perdonado?

¿Cómo me perdono a mí mismo?

Por Tzvi Freeman


La Torá enseña sobre el perdón de Di-s, pero no me siento perdonado y no puedo ni perdonarme a mí mismo. ¿Cómo venzo de una vez por todas a esta inclinación malvada? ¿Cómo que Di-s me ha perdonado? ¿Cómo me perdono a mí mismo?

Me deprimo y no quiero rezar, aprender ni hacer nada, porque estoy tan avergonzado y preocupado que no merezco presentarme ante Di-s. Agradezco cualquier ayuda que pueda ofrecerme.

—Gill T.

Hola, Gill:

Eva se metió en problemas por hacerle caso a una serpiente. Debería haberla ignorado, como si no existiera. Sin embargo, le dio el reconocimiento que la serpiente esperaba, y luego un poco más, y después… bueno, ya sabes lo que ocurrió. Luego de Eva, sus hijos volvieron a caer en la misma trampa, una y otra vez, de la misma manera: le dieron un crédito inmerecido al llamado de un reptil que de lo contrario hubiera permanecido impotente.

Luego de un tiempo, alguien lo entendió. Dijo: “Eh, si sólo ignoro a esta tonta serpiente, ¡es probable que se vaya!”.

Entonces lo intentó, y primero la serpiente gritó más fuerte y se volvió peor y más jutzpadik. Pero ignoró a la serpiente aún más, y con el tiempo se convirtió en un maestro puro e iluminado. Otras personas comenzaron a aprender de él, y pronto hubo más de estas almas puras. Entonces la serpiente se desesperó y trató de confabular, probó con más trucos astutos y engañosos para llamar la atención. La gente también los entendió.

Pero en un momento a la serpiente se le ocurrió un nuevo truco: se disfrazó de un ser muy piadoso y sagrado, justo lo que todas estas personas querían ser. Y funcionó. Pudo derrotar a miles de personas honradas en pocos días.

El disfraz funcionó tan bien que incluso le puso un nombre. Y aún lo usa hoy en día. Lo llama “culpa”.

Ahora sabes la verdad: la culpa no es más que veneno de serpiente. Y la misma estrategia que funciona con la serpiente funciona con la culpa: ignórala. Llévate bien con la vida. Haz el bien y dale la espalda al mal. Siente arrepentimiento, derrama algunas lágrimas, decide no volver a caer en la misma trampa, y luego vuelve a levantarte y no dejes de moverte. Si has hecho eso, Di-s te ha perdonado; ¿por qué entonces no te perdonarías tú mismo?

Y si en el camino te cruzas con una serpiente que levanta la cabeza y te llama pecador, ignórala. Eva ya cometió ese error. A esta altura, tenemos que haber aprendido algo.

Según tomado de, https://es.chabad.org/library/article_cdo/aid/3437028/jewish/Cmo-s-que-estoy-perdonado.htm

El día en que nació el perdón

El primer momento registrado en la historia en que un ser humano perdona a otro

Por Rabino Jonathan Sacks

El gran Rabino Jonathan Sacks

El gran Rabino Jonathan Sacks

Hay momentos esporádicos y excepcionales en que el mundo cambia y nace una nueva posibilidad: cuando los hermanos Wright hicieron el primer vuelo humano en 1903 o cuando en 1969 Neil Armstrong se convirtió en el primer hombre en pisar la Luna, o cuando hace casi 6000 años alguien descubrió que unas marcas hechas con un palo en arcilla podían, al secarse, transformarse en signos permanentes, y así nacieron la escritura y la civilización.

Hay un momento así en esta porción semanal de la Torá, y se puede decir que ha tenido más influencia en el curso de la historia que ninguno de los hechos mencionados. Ocurre cuando Iosef finalmente revela su identidad a sus hermanos y cuando, mientras están en silencio y pasmados, dice lo siguiente:

Yo soy vuestro hermano Iosef, a quien vosotros vendisteis a Egipto. Ahora pues, no os entristezcáis ni os pese por haberme vendido aquí; pues para preservar vidas me envió Di-s delante de vosotros. Porque en estos dos años ha habido hambre en la tierra y todavía quedan otros cinco años en los cuales no habrá ni siembra ni siega. Y Di-s me envió delante de vosotros para preservaros un remanente en la tierra, y para guardaros con vida mediante una gran liberación. Ahora pues, no fuisteis vosotros los que me enviasteis aquí, sino Di-s.1

Este es el primer momento registrado en la historia en que un ser humano perdona a otro.2

Puede haber ocurrido que Di-s haya perdonado antes. Ciertamente, de acuerdo a algunas lecturas del Midrash sobre episodios anteriores, Di-s lo hizo. Pero en el sentido literal del texto, no fue así. ¿Perdonó Di-s a Adam y Javá? ¿Perdonó Di-s a Cain cuando asesinó a Ebel? Probablemente no. Puede haber atenuado el castigo. Adam y Javá no murieron inmediatamente. Di-s hace una marca en la frente de Cain para protegerlo de que otro lo mate. Pero la mitigación no es perdón.

Di-s no perdona a la generación del diluvio, o a los constructores de Babel, o a los pecadores de Sdom. Es significativo que cuando Abraham reza por el pueblo de Sdom, no le pide a Di-s que lo perdone. Su argumento es muy diferente. Dice: “quizás allí hay gente inocente”, quizás cincuenta, quizás no más de diez. Implica que su mérito debería salvar a los otros, pero eso es muy diferente de pedirle a Di-s que perdone a los demás.

Iosef perdona. Es la primera vez que eso sucede en la historia. Hay incluso un indicio en la Torá sobre la novedad de este acontecimiento. Muchos años más tarde, después de la muerte de su padre Iaacov, los hermanos se acercan a Iosef temiendo que ahora fuera a tomar venganza. Urden un cuento:

Entonces enviaron un mensaje a Iosef, que decía: «Tu padre mandó esto antes de morir: “Así diréis a Iosef: ‘Te ruego que perdones la maldad de tus hermanos y su pecado, porque ellos te trataron mal’”. Y ahora, te rogamos que perdones la maldad de los siervos del Di-s de tu padre». Y Iosef lloró cuando le hablaron.3

Los hermanos entienden la palabra “perdonar” –esta es la primera vez que aparece explícitamente en la Torá– pero aún no están seguros de ella. ¿Realmente Iosef quiso decir eso la primera vez? ¿Puede alguien realmente perdonar a otro que lo vendió a la esclavitud? Iosef llora porque sus hermanos no han entendido que de verdad lo sintió cuando lo dijo. Pero así fue, en ese momento y ahora.

¿Por qué digo que esta fue la primera vez en la historia? Por un libro fascinante escrito por un profesor estadounidense de literatura clásica, David Konstan. En Antes del Perdón: los orígenes de una idea moral (2010), sostiene que no existía el concepto de perdón en la literatura griega antigua. Hay algo diferente, que a menudo se confunde con el perdón. Hay un apaciguamiento de la ira.

Cuando alguien le hace mal a otro, la víctima se enoja y busca venganza. Esto es claramente peligroso para el perpetrador, quien puede intentar que la víctima se calme y siga adelante. Pueden tener excusas: no fui yo, fue otro. O fui yo pero no lo pude evitar. O fui yo pero fue un mal menor y te he hecho mucho bien en el pasado, así que a fin de cuentas, deberías dejarlo pasar.

Alternativamente, o junto a estas otras estrategias, el infractor puede rogar, suplicar y hacer algún ritual de degradación o humillación. Esta es una forma de decirle a la víctima: “Realmente no soy una amenaza”. La palabra griega sugnome, a veces traducida como perdón, en realidad significa exculpación o absolución, dice Konstan. No es que te perdono por lo que has hecho, sino que comprendo por qué lo has hecho –no lo pudiste evitar, estabas inmerso en circunstancias que no podías controlar– o si no, no necesito desquitarme porque por tu deferencia hacia mí ahora has demostrado que me respetas. Recobré mi dignidad.

Konstan propone que el perdón, al menos en su forma más temprana, aparece en la biblia hebrea y cita el caso de Iosef. Lo que no deja claro es por qué Iosef perdona. No hay nada accidental en su conducta. De hecho toda la secuencia de acontecimientos, desde el momento en que los hermanos aparecen frente a él en Egipto por primera vez hasta cuando anuncia su identidad y los perdona, es un relato muy detallado de lo que es ganarse el perdón.

Recuerden qué sucede. Primero los acusa de un crimen que no cometieron. Dice que son espías. Los encarcela por tres días. Luego, tomando a Shimeón como rehén, les dice que deben volver a casa y traer a su hermano menor Biniamín. Es decir, los fuerza a recrear la situación anterior cuando regresaron a lo de su padre sin uno de los hermanos, Iosef. Noten qué ocurre después.

Entonces se dijeron el uno al otro: “Verdaderamente merecemos un castigo [ashemim] en cuanto a nuestro hermano, porque vimos la angustia de su alma cuando nos rogaba, y no lo escuchamos, por eso ha venido sobre nosotros esta angustia” […] Ellos, sin embargo, no sabían que Iosef los entendía, porque había un intérprete entre él y ellos.4

Esta es la primera etapa del arrepentimiento. Admiten que han obrado mal.

Luego, después de la segunda reunión, Iosef hace poner su copa de plata especial en el saco de Biniamín. Se halla la copa y se trae de nuevo a los hermanos. Se les dice que Biniamín debe quedarse como esclavo.

“¿Qué podemos decir a mi señor? –respondió Iehudá–. ¿Qué podemos hablar y cómo nos justificaremos? Di-s ha descubierto la iniquidad de tus siervos; he aquí, somos esclavos de mi señor, tanto nosotros como aquel en cuyo poder fue encontrada la copa”.5

Esta es la segunda etapa del arrepentimiento. Confiesan. Más que eso: admiten la responsabilidad colectiva. Esto es importante. Cuando los hermanos vendieron a Iosef como esclavo fue Iehudá quien propuso el delito,6 pero todos (excepto Reubén) fueron cómplices.

Finalmente, en el clímax del relato Iehudá mismo dice “Ahora pues, te ruego que quede este tu siervo como esclavo de mi señor, en lugar del muchacho, y que el muchacho suba con sus hermanos.”7 Iehudá, quien vendió a Iosef como esclavo, ahora está dispuesto a convertirse en esclavo para que su hermano Biniamín pueda ser libre. Esto es lo que los sabios y el Rambam definen como arrepentimiento absoluto, concretamente cuando las circunstancias se repiten y uno tiene la oportunidad de cometer la misma falta otra vez pero se abstiene de hacerlo porque ha cambiado.

Ahora Iosef puede perdonar porque sus hermanos, encabezados por Iehudá, han atravesado todas las etapas del arrepentimiento: [1] admisión de culpa, [2] confesión y [3] cambio de conducta.

El perdón sólo existe en una cultura donde existe el arrepentimiento. El arrepentimiento presupone que somos agentes libres y moralmente responsables, capaces de cambiar; específicamente, el cambio que ocurre cuando reconocemos que algo que hicimos está mal y somos responsables por ello y no lo debemos hacer nunca más. La posibilidad de esa clase de transformación moral simplemente no existía en la Grecia antigua ni en ninguna otra cultura pagana. Para ponerlo en términos técnicos, Grecia era una cultura de vergüenza-y-honor. El judaísmo era una cultura de culpa-arrepentimiento-y-perdón, la primera de su clase en el mundo.

El perdón no es sólo una idea entre muchas. Transformó la situación humana. Por primera vez estableció la posibilidad de que no estamos condenados para siempre a repetir el pasado. Cuando me arrepiento demuestro que he cambiado. El futuro no está predestinado. Puedo hacer las cosas diferente de lo que podrían haber sido. Y cuando perdono muestro que mi acción no es una mera reacción, como lo sería una venganza. El perdón quiebra la irreversibilidad del pasado. Es deshacer lo que se ha hecho (como sostiene Hannah Arendt en La condición humana).

La humanidad cambió el día en que Iosef perdonó a sus hermanos. Cuando perdonamos y merecemos ser perdonados, ya no somos prisioneros de nuestro pasado.

NOTAS

1. Gén. 45: 4-8

2. N. del E.: Aunque Abraham también perdonó a Abimélej, pero eso no era el perdón que viene acompañado del verdadero arrepentimiento, como se desarrolla más adelante en este artículo.

3. Gén. 50: 16-18

4. Gén. 42: 21-23

5. Gén. 44: 16

6. Gén. 37: 26-27

7. Gén. 44: 33

Según tomado de, https://es.chabad.org/library/article_cdo/aid/3545586/jewish/El-da-en-que-naci-el-perdn.htm#utm_medium=email&utm_source=94_magazine_es&utm_campaign=es&utm_content=content

Judaism: Thinking Big

by Rabbi Dr. Nathan Lopes Cardozo

It is time to start thinking big about Judaism. Great opportunities are awaiting us and too much is at stake to let them pass by. For too long, Judaism has been jailed in compartmentalized and awkward boxes. It is time to liberate it.

Most religious Jews are not aware that Judaism has nearly become passé. They believe it is thriving. After all, we have more learning, more Jewish schools, yeshivot, women’s seminaries and outreach programs, and more books on this subject than ever before. Despite this, Judaism suffers from a serious malady. In truth, it is not only Judaism that suffers from this disease, but the whole world. We lack bold ideas. We have fallen in love with—and become overwhelmed by—an endless supply of all-encompassing but passive information, which does not get processed but only recycled. We can access trillions and trillions of sound bites, which expose us to every kind of information, providing us with all the knowledge we could ever dream of.

The retreat from creative thinking

The problem is that this easily accessible information has replaced creative thinking. It has expelled the possibility for big ideas; we have grown scared of them. We only tolerate and admire bold ideas when they provide us with profit-making inventions—when we feel our empty pockets—but not when they dare challenge our hollow souls. We do not discuss big ideas because they are too abstract and ethereal. Novelty is always seen as a threat. It carries with it a sense of violation; a kind of sacrilege. It asks us to think, to stretch our brains. This requires too much of an effort and doesn’t suit our most important concern: the need for instant satisfaction. We love the commonplace instead of the visionary and therefore do not produce people who have the capacity to deliver true innovation.

It is only among some very small, secular elite groups that we see staggering ideas emerging (Hawking and black holes, Aumann and game theory). In the department of Judaism, we rarely find anyone who even comes close to suggesting something new. This is all the more true within Orthodox Judaism. While in ages past, discussions within our faith could ignite fires of debate, incite revolutions and fundamentally change our views about Judaism and the world—as when the Baal Shem Tov founded Chasidism—we are now confronted with an increasingly post-idea Judaism. Provoking ideas that would boggle our minds are no longer “in.” If anything, they are condemned as heresy. Since they cannot easily be absorbed into our self-made religious boxes, and they don’t bring us the complacency we long for, we stick to the mainstream where we can dream our mediocre dreams and leave things as they are.

Most of our yeshivot have retreated from creative thinking. We encourage the narrowest specialization rather than push for daring ideas. We are producing a generation that believes its task is to tend potted plants rather than plant forests. We offer our young people prepared experiences in which we tell them what to think instead of teaching them how to think. We rob them of the capacity to learn what thinking is really all about. The plethora of halachic works, which educate them in the minutiae of the most intricate parts of Jewish law, hardly generate the inspiration of new ideas about these laws. In fact, they stand in the way. There is no time for anyone to process all the information even if they want to. But instead of seeing this as a problem, they and their teachers have turned it into a virtue.

And that is exactly the point. We are faced with two extremes: either our youth walk out on Judaism or maintain a lukewarm relationship with Jewish observance; or, they become so obsessed by its finest points that they are incapable of seeing the forest for the trees and they consequently turn into rigid religious extremists.

What we fail to realize is that this is the result of our own educational system. In both cases, young people have fallen victim to the disease of information for the sake of information.

The challenge of educating for creativity

Information is not simply to have. It is there to be converted into something much larger than itself; it is there to produce ideas that make sense of all the information gathered in order to move it forward to higher latitudes. Information is not there to be possessed but to be comprehended.

Jewish education today is, for the most part, producing a generation of religious Jews who know more and more about Jewish observance but think less and less about what it means. This is even truer of their teachers. Many of them are great Talmudic scholars, but these very scholars don’t realize that they have drowned in their vast knowledge. The more they know, the less they understand. Just as a young child may think it is an act of kindness to lift a fish out of an aquarium and “save” it, so these rabbis may be choking their students while thinking they are providing them with spiritual oxygen. Doing so, they rewrite Judaism in ways that are totally foreign to the very ideas that it truly stands for. They are embalming Judaism while claiming it is alive because it continues to maintain its external shape.

Fewer and fewer young religious people have proper knowledge of the great Jewish thinkers of the past and present. And even when they do, the ideas of these great thinkers are presented to them as information instead of as challenges to their own thinking, or as prompts to the development of their own creativity. This is a tragedy. Our current spiritual and intellectual challenges cannot be answered by simply looking backwards and giving answers that once worked but are now outdated.

Instead of new theories, hypotheses and great ideas, we get instant answers to questions of the utmost importance, offered via a wide variety of self-help books, the authors of which seem to claim that their philosophical information came directly from Sinai. Trivial, simplistic, and often incorrect information replaces significant ideas. The information is merely twittered—thus too brief and unsupported by proper arguments—yet still presented as “the answer.” By delivering “perfect” answers, which fit nicely into the often underdeveloped philosophies of their authors, everything is done to crush questioning. The quest for certainty paralyses the search for meaning. It is uncertainty that is the very stimulus impelling man to unfold his intellectual capacity.

The modern “Tower of Babel”

Outreach programs, although well intended, have become institutions that, like factories, focus on mass production and believe that the more people they can draw into Jewish observance, the more successful they are. That their methods crush the minds of many newcomers who might have made a major contribution to a new and vigorous Judaism is of no importance to them. The goal is to fit them into the existing system. That their outdated theories make other independent minds abhor Judaism is a thought they do not seem to even entertain. To them, only numbers count. How many people did we make observant?

Millions of dollars are spent to create more and more of the same type of religious Jew. Like the generation of the Tower of Babel, in which the whole world was “of one language and of one speech,” we are producing a religious Jewish community of artificial conformism in which independent thought and difference of opinion is not only condemned, but its absence is considered to be the ultimate ideal. We have created a generation of yes men. We desperately need to heed what Kierkegaard said about Christianity: “The greatest proof of Christianity’s decay is the prodigiously large number of [like-minded] Christians”.[i]

Insight has been replaced with clichés, flexibility with obstinacy, and spontaneity with habit. What was once one of the great pillars of Judaism—the esteemed value of spiritual, intellectual and moral dissent—has become anathema. Instead of teaching the art of audacity, we are now educating a generation of kowtowers. There is social ostracism of any kind of healthy rebellion against the conventional. Eliezer Berkovits was ignored when he argued that Halacha had become defensive; the master thinker Abraham Joshua Heschel is completely disregarded by Orthodoxy; Chareidi yeshivot pay no attention to Rav Kook.

Above all, we see dishonest attempts to portray fundamentalism as a genuinely open-minded intellectual position while in truth it is nothing of the sort. Great visions of the past are misused and abused. Today we are seeing many people taught that they must imitate so as to belong to the religious camp. Spiritual plagiarism has been adopted as the appropriate way of religious life and thought.

The need to be open to dissent

It is true that there are still dissidents in Judaism today—and they are growing in number. There are even some yeshivot and institutions that dissent, but the great tragedy is that these places speak in a small voice, which the religious establishment is unable to hear. Instead, the establishment puts its weight behind the insipid and the trivial, and has fallen in love with the uncompromised flatness of mainstream institutions, which yield large numbers and offer instant answers to people who find themselves in religious crisis.

Original Jewish thinkers today fall victim to the glut of conformists. While these thinkers challenge conventional views, they remain unsupported and live lonely lives because our culture writes them off. Rather than saying yes to new religious ideas, which we are in desperate need of, the conformists pander to the idol worship of intellectual and spiritual submission.

In fairness, it is not much different in the non-Jewish world. Were Socrates, Plato, Kant or Spinoza alive today, they would barely be mentioned in the media other than in some specialized philosophical journals that nobody reads. What our generation does not understand is that without these giants of the past we would still be living in a primitive world without science’s contribution of all the knowledge and luxuries that we enjoy today. Whether we agree or disagree with them, it was these thinkers who produced the great ideas that laid the foundations for much of what we have harvested through the centuries. Today they would be crowded out by massive quantities of trite sound bites that lead only to self-satisfaction.

And so it is with Judaism. Most Talmudic scholars don’t realize that the authors whose ideas they teach would turn in their graves if they knew their opinions were being taught as dogmas that cannot be challenged. They wanted their ideas tested, discussed, thought through, reformulated and even rejected, with the understanding that no final conclusions have ever been reached, could be reached or even should be reached. They realized that matters of faith should remain fluid, not static. Halacha is the practical upshot of living by unfinalized beliefs while remaining in theological suspense. Only in this way can Judaism avoid becoming paralyzed by its awe of a rigid tradition or, conversely, evaporate into a utopian reverie.

Parents today who are worried by their children’s lack of enthusiasm for Judaism do not realize that they themselves support a system that systematically makes such passion impossible.

Returning to the source of Judaism

What today’s Judaism desperately needs is verbal critics who could spread and energize its great message. It needs spiritual Einsteins, Freuds and Pasteurs who can demonstrate its untapped possibilities and undeveloped grandeur. Judaism should be challenged by new Spinozas and Nietzsches; by remorseless atheists who would scare the hell out of our rabbis, who would in turn be forced into thinking bold ideas.

The time has come to deal with the real issues and not hide behind excuses that ultimately will turn Judaism into a sham. Our thinking is behind the times, and that is something we can no longer afford. Judaism is about bold ideas. Its goal is not to find the truth, but to inspire us to honestly search for it. Torah study is not only the greatest undertaking there is, but also the most dangerous, since it can so easily lead to self-satisfaction and spiritual conceit. The leashing of our souls is easier than the building of our spirit.

What we need to do is search for Judaism as it was in its embryonic form, before it was solidified into the Halacha as we know it today. We must return to its great ideas with its many opinions, and develop them in ways that can answer the varied spiritual needs of modern man and inspire his soul.

We need to emulate Rembrandt, the great Dutch painter who, unlike all other painters of his generation, used the raw material of Holland’s landscape to perceive hidden connections—linking his preternatural sensibility to a reality that he was able to transform, with great passion, into a new creation. He found himself in a state of permanent antagonism from his society, and yet he spoke to his generation and continues to speak to us because he elevated himself to the point where he could see the full dimensions that art could address, which nobody else had discovered. Just like art, one cannot inherit faith and one cannot receive the Jewish tradition. One must fight for it and earn it. To be religious is to live in a state of warfare. The purpose of art is to disturb; not to produce finished works but to stop in the middle, from exhaustion, leaving it for others to continue. So it is with Judaism. It still has scaffolding, which I believe should remain while the building continues.

The solution: A return to classical Jewish education

Every idea within Judaism is multifaceted—filled with contradictions, opposing opinions, and unsolvable paradoxes. The greatness of the Talmudic sages was that they shared with their students their own struggles and doubts and their attempts at solving them, as when Beit Hillel and Beit Shammai debated the essential, existential question of whether man should have been created at all.[ii] Students were made privy to their teachers’ inner lives, and that made their discussions exciting. The teachers created tension in their classes, waged war with their own ideas and asked their students to fight them with knives between their teeth. They were not interested in teaching their students dogmas, but instead asked them to take them apart, to deconstruct them so as to rediscover the questions. These teachers realized that not all paradoxes can be solved, because life itself is full of paradoxes. They also realized that an answer is always a form of death, but a question opens the mind and inspires the heart.

It is true that this approach is not without risk, but there is no authentic life choice that is risk free. Nothing is worse than giving in to the indolence and callousness that stifles inquiry and leaves one drifting with the current. Such an approach shrinks Judaism’s universe to a self-centered and self-satisfying ideological ghetto, robbing it of its most essential component: the constant debate about the religious meaning of life and how to live in God’s presence and move to higher levels.

Conclusion: Building a new kind of yeshiva

I am not advocating revisionist reform-like positions, often presented just for the sake of being novel. History has shown that such approaches do not work and often lack the genuine religious experience. We should not be overanxious to encourage innovation in cases of doubtful improvement. But the time has come to rethink Jewish education as it is being taught in many traditional places. We are in need of a radically different kind of yeshiva: one in which students are challenged about their beliefs; where they are confronted with Jewish and non-Jewish thinkers’ critiques on Judaism and learn how to respond; where they become aware that it is not certainty, but doubt, that gets you an education; where it is not rabbinic authority that reigns supreme, but religious authenticity. A yeshiva where the teachers have the courage to share their doubts with their students and show them that Judaism teaches us how to live with uncertainty, and through that uncertainty to be deeply religious people. Students need to learn that Judaism, like life, is the art of drawing sufficient conclusions from insufficient premises. A reasonable probability is the only certainty we can have.

There is an urgent need to set up “Tents of Avraham” throughout the land of Israel, where religious and non-religious Jews can study, discuss and argue the great faith positions of earlier and later generations. Where they can engage in the wonder of Judaism, study its struggles, its worries, and its constant search for new understandings of itself. Where there can be honest discussion, even if it leads to considering the replacement of some components that are now seen as fundamental to Judaism. The need to break idols and slaughter sacred cows is itself a Jewish task, which none other than Avraham initiated. No doubt there will be fierce arguments, but we should never forget that great controversies are also great emancipators.

Broad change is not just window dressing, and it can be painful. It is liberating and refreshing but comes with a price. Without it, though, not only is there no future for Judaism; there is also no purpose.

We are in desperate need of bold ideas that will place the Torah in the center of our lives and make us receptive to God’s presence through a daring new encounter with Him. Let it be heroic. Not staid and comfortable, but painful and hard-won; a deep breath in the midst of the ongoing conflict ever-present in the heart of humankind.

NOTES

[i] M.M. Thulstrup’s “Kierkegaard’s Dialectic of Imitation,” in H.A. Johnson and N. Thulstrup (eds.), A Kierkegaard Critique (New York: Harper, 1962) p. 277.

[ii] Eruvin 13b.

As taken from, https://www.cardozoacademy.org/thoughts-to-ponder/judaism-thinking-big-2/?utm_source=Subscribers&utm_campaign=a8f50faea2-Weekly_Thoughts_to_Ponder_campaign_TTP_548_COPY_01&utm_medium=email&utm_term=0_dd05790c6d-a8f50faea2-242341409

Cristóbal Colón sí era judío confirman documentos secretos del Vaticano.

Cristóbal Colón sí era judío confirman  documentos secretos del Vaticano.

Seamos consecuentes con la historia: Colón se cambió al catolicismo por temor a la inquisición.

Por: FELIPE COIFFMAN

Según las últimas investigaciones, quedan muy pocas dudas sobre el origen judío del descubridor de las Américas. Así lo confirman documentos encontrados en la Biblioteca Real de España y que nunca antes habían estado al alcance de los historiadores. También lo confirman documentos que se conservan en los archivos secretos del Vaticano. Con ocasión del centenario del nacimiento de Einstein, también judío, el 10 de noviembre de 1979, el Papa Juan Pablo II abrió al público sus archivos. En esta memorable fecha el Papa pidió perdón al mundo por la condena que la inquisición, llamada el Santo Oficio, dio a Galileo Galilei. Su pecado fue sostener que era la tierra la que giraba alrededor del sol y no lo contrario como lo sostenía la iglesia.

La Fundación Samson Trust, sostenida por la familia que encabeza Elie Shalit, logró consultar documentos fundamentales sobre el tema. En ellos se demuestra que no fueron las joyas de la Reina Isabel de Castilla las que costearon la expedición, sino la comunidad judía. Antes de la expulsión de los judíos de España en 1492, decretada por los reyes Católicos Fernando de Aragón e Isabel de Castilla, más del 10% de la población española practicaba la religión judía. Creada la inquisición todo ser que no fuera católico solo tenía 3 caminos: o se convertía al catolicismo, o salía del país dejando todos sus bienes o moría en la hoguera. Emigraron entonces 120 mil judíos, especialmente a Portugal. Ante esta situación, Colón, que había nacido de una rica familia judía de Genova (Italia), se convirtió al catolicismo. Es sabido que influyentes judíos cristianizados abogaron ante los Reyes para que le dieran la bendición a Colón de zarpar del puerto de Palos de Moguer el 3 de Agosto de 1492. Tres naves partieron hacia el occidente con la intención de encontrar un camino más corto para llegar a la India.

Colón recibió en la Universidad de Coimbra, en Portugal, amplios conocimientos de cartografía, matemáticas y astronomía. Compartía con el sabio Toscanelli la idea de que la tierra era redonda y por tanto era factible llegar al oriente viajando al occidente. Desde antes de la era cristiana los judíos tenían alguna noción sobre la redondez de la tierra. Por esta razón, el yom kipur, el año nuevo judío, lo celebraban durante 2 días en vez de uno. Sabían que mientras a un lado de la tierra era de día, al otro lado era de noche. Curiosamente el día de la expulsión de los judíos de España, corresponde en el calendario judío, que ahora va en el año 5772, al 9 de Av, día de la destrucción del templo de Jerusalén por los romanos.

La mayoría de los 120 marineros que integraban la expedición, eran de origen judío. Huían de las persecuciones de la inquisición y buscaban otras tierras donde pudieran ejercer libremente su religión. En las anotaciones sobre el desembarco  en la isla de Guanahaní, que Colón bautizó como San Salvador, se lee que Colón habló a sus habitantes en hebreo, pensando que había encontrado una de las tribus perdidas de Israel.

Colón siempre ocultó los datos de su nacimiento y de su infancia. En las cartas que envió a los reyes de España mencionaba al rey David y a la expulsión de los judíos, asuntos que no tenían relación con su descubrimiento. Estas cartas, según estudios del departamento de grafología de la policía de Madrid, fueron escritas de derecha a izquierda tal como se escribe el hebreo. En las cartas que enviaba a su hijo siempre ponía en la parte superior de cada hoja las palabras hebreas bet hei que en hebreo significa “con la ayuda de Dios”.

El descubrimiento del nuevo mundo alentó a muchos criptojudíos a emigrar a él. En el cementerio hebreo de Curaçao, el más antiguo de América, se leen en numerosas tumbas nombres castellanizados pertenecientes a familias judías. Son comunes los terminados en guez, ez y los de nombres de santos tales como Rodríguez, Gutiérrez, González, López, Santodomingo, Santos, Sanjuán, Santamaría etc. -En un artículo que el profesor Luis López de Mesa escribió, encontró más de 300 apellidos castellanizados descendientes de familias judías españolas y portuguesas convertidas al cristianismo.

No sabemos cuántas sorpresas más nos deparará la historia sobre la infancia de Colón.

Felipe Coiffman

Prof. De Cirugía Plástica de la Universidad Nacional

Según tomado de, http://judios.org/cristobal-colon-si-era-judio-confirman-documentos-secretos-del-vaticano/