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Author Archives: yishmaelgunzhard

Luchando con el Sufrimiento

Luchando con el SufrimientoLuchando con el SufrimientoLuchando con el Sufrimiento
Enfoques sicológicos a la antigua pregunta.
por Rav Nejemia Coopersmith

Mientras estaba haciendo una visita de shivá a un amigo que perdió a su madre por leucemia, vi a un joven estudiante dar una explicación detallada del enfoque filosófico del judaísmo sobre el sufrimiento. Mi amigo, en el medio de una profunda y dolorosa pérdida, no tenía ningún interés de escuchar una disertación filosófica. Me senté ahí, en mi asiento, incómodamente, esperando una pausa en su disertación para cambiar de tema. Mi amigo ocasionalmente inclinaba la cabeza amablemente, pero yo sabía que las palabras del estudiante cortaban como puñales.
“¿Por qué yo, Dios?”, puede ser tanto una pregunta filosófica como un llanto de angustia. Lo primero es una demanda de claridad y requiere una contestación intelectual. Pero, si las palabras son una expresión de angustia, cualquier explicación racional no es sólo irrelevante, sino que es absolutamente insensible. Una expresión de dolor requiere empatía, no respuestas; silencio, no palabras.
Este artículo adopta un enfoque decididamente intelectual ante la pregunta del sufrimiento. Los enfoques a continuación no son respuestas acertadas a los temas más profundos de la vida. Estos temas requieren dedicación constante, luchando para asimilarlos en lo más profundo de nuestro ser.
La pregunta: “¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena?” está construida sobre los tres siguientes de axiomas sobre Dios.
Dios debe ser:
1) Todo bondad
2) Omnisciente
3) Omnipotente
Si tú quitas cualquiera de estos atributos, la pregunta desaparece.
Si Dios no fuese pura bondad, podría hacer maldad y aun disfrutar al infligir dolor. ¿Podría haber alguna pregunta de por qué pasan cosas malas a gente buena?
Si Dios no fuese omnisciente, podrían pasar cosas malas porque Él no sabría todo lo que está ocurriendo en el mundo. Si Él lo supiese, seguramente le pondría un fin a la situación.
Si Dios no fuese omnipotente, las cosas malas podrían pasar simplemente porque podría haber fuerzas en el mundo más allá del control de Dios, enfermedades y desastres naturales demasiado poderosos para Dios. Sólo podemos pedirle a Dios que se ocupe de eventos que están en sus manos.
Si uno cree en un Ser omnipotente que es todo bondad y además es omnisciente, entonces la pregunta “¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena?” propone un desafío real.
Una Pequeña Incomodidad
Exactamente, ¿cuánto dolor debe haber para que podamos formular legítimamente la pregunta? El Talmud da un ejemplo de una persona que mete su mano en el bolsillo con la intención de sacar una moneda de determinado valor y en su lugar saca una de menor valor. Forzada a meter la mano en el bolsillo una segunda vez, ella experimenta una pequeña incomodidad. El Talmud declara que este esfuerzo extra es motivo suficiente para preguntarse: “¿Por qué me está pasando esto a mi? ¿Qué hice para merecer esto?” (Brajot 5a).
Cualquier cantidad de dolor o incomodidad formula la misma pregunta teológica, aun el golpearse un dedo del pie. Filosóficamente, los pequeños dolores en la vida demandan una explicación tanto como la crisis más importante. Después de todo, si Dios es todo bondad, omnipotente y omnisciente, ¿Por qué mi hija se tenia que cortar el dedo con papel? Y más aún, ejemplos pequeños de incomodidad son quizás más productivos para ahondar en el tema del sufrimiento, porque difunden la tensión emocional, haciendo que sea más fácil enfocarnos en la adquisición de claridad intelectual.
Aspectos del Amor
Nuestro primer acercamiento a la “lucha con el sufrimiento” requiere que nos concentremos en un cuarto aspecto de la naturaleza de Dios: Amor.
Nosotros generalmente pensamos que amor son momentos tiernos de calidez y nutrición, una forma de ir más allá de nosotros mismos a través de dar y compartir. Este es un aspecto del amor llamado jésed, amor bondadoso.
Pero hay otro lado del amor, tan esencial como el primero, sin el que ningún amor puede estar completo: disciplina. Imagina una madre recibiendo una llamada del supermercado local, pidiéndole que vaya a buscar a su hijo adolescente quien ha sido atrapado robando. La madre cree que actuar bien como padre es reforzar positivamente lo enseñado, sólo expresiones cálidas y amorosas son aceptables, las críticas no son aceptadas. Durante el camino a casa, el hijo espera silenciosamente por la reacción de su madre. Ella le da a él una gran sonrisa y le dice: “¡Has tenido un día tan ocupado, debes estar famélico! ¿Qué quieres de cenar?” El incidente del robo nunca fue mencionado.
Dos días después, la madre recibe un llamado de la policía para que vaya a la estación. Su hijo ha sido atrapado robándole a una señora anciana. Ella paga la fianza y le da a su hijo un gran abrazo. “¡Mi pobre amorcito! Este no es lugar para ti. ¡Debes haber estado tan asustado!” ¿Qué crees que pasará mañana? Lo que el niño realmente quiere es atención de verdad. Desesperadamente, él sólo quiere que su madre trace la línea en algún punto, para fijar los límites y decir: “¡No! esto está mal. ¡Estás yendo demasiado lejos!”.
La aceptación y la calidez de manera asilada, son una distorsión del amor. La sonrisa incesante de la madre se transforma en una declaración amenazante que dice que nada de lo que él haga amerita una reacción. Disciplina y juicio, la otra cara del amor, le dice al chico que sus acciones realmente importan.
Un amor sin reproche no es amor (Bereshit Rabá 54:3).
El objetivo de la buena disciplina cuando criamos niños es educar, no castigar. El objetivo es mostrarle al chico en dónde está cometiendo un error y dirigirlo por el camino correcto.
La literatura judía se refiere a Dios como “Nuestro Padre que está en los Cielos”, Avinu she-ba-shamaim. Él es un padre, no un abuelo con una larga barba blanca. Hay una diferencia importante entre un padre y un abuelo. La relación con un abuelo está principalmente construida sobre jésed, el lado del amor de dar, traer regalos, pasar tiempo jugando con los nietos. Cuando hace falta disciplina, los padres entran en la escena. Dios se relaciona con nosotros como un padre; Su amor es completo, expresado a través tanto de dar como de disciplinar. Por lo tanto, cuando algo malo ocurre, el primer paso debería ser tratar de entender lo que nuestro Padre nos está enseñando.
Como declara el Talmud, “Cuando la desgracia viene a una persona, entonces, esa persona debería analizar sus acciones” (Brajot, 5a).
Nos están enseñando una lección, no castigando. La adversidad puede ser una llamada de atención de parte de Dios para que despertemos, animándonos a explorar nuestras acciones y ver en dónde nos estamos saliendo del curso.
El Contexto lo Afecta Todo
El contexto emocional de las relaciones le da forma a nuestras interpretaciones de las acciones de los demás. Por ejemplo, Rajel ha estado trabajando para terminar su máster durante los últimos cuatro años. Esta noche es la graduación. Ella le dice a su marido: “Nos encontramos allí a las ocho de la noche, y por favor, no llegues tarde”.
“No te preocupes. Estaré allí a tiempo”, él responde.
“¿Me prometes?”
“Te prometo”.
Son las ocho en punto y él todavía no está allí. Rajel comienza a agitarse. Son las ocho y diez y aun no ha llegado. Ahora ella está enojada. A las ocho y media ella no puede creer que él la decepcionó de nuevo. Ella se siente herida y rechazada.
Miremos a otra pareja, Shoshana y David. Ellos han estado casados por diez años y aprecian muchísimo el amor que cada uno tiene por el otro. Shoshana le dice a David que esté a las ocho y que trate de no llegar tarde.
“¿Estás bromeando? Este es un momento tan especial para ti, no quisiera perderme un minuto de él”.
Son las ocho en punto y David aun no está allí. ¿Qué es lo que piensa Shoshana? “Quizás se enredó en el tráfico”. A las ocho y diez, comienza a preocuparse. “Quizás pasó algo”. A las ocho y media ella se va para llamar a los hospitales, en estado de pánico.
La misma situación con dos reacciones muy diferentes. Cuando la relación es de resentimiento y desconfianza, la acción es interpretada con un lente negativo. Cuando la relación es de amor y confianza, la misma acción es vista con una luz completamente diferente.
Dios no es un padre disfuncional.
Cuando no somos conscientes del amor constante que nos brinda Dios, seguramente vamos a malinterpretar el mensaje. El desafío inicial es asegurar que nuestra relación con Él está basada en la confianza y el amor.
Dios no es un padre disfuncional. Él no arremete contra nosotros con furia, generando dolor por Su propia frustración y falta de control de sus impulsos. Todo lo que pasa proviene de Su amor constante, que es infinito e inconmensurable, más grande que todo el amor en el mundo.
“Así como un padre reprende a su hijo, Dios nos reprende a nosotros.” (Deuteronomio, 8:5).
Como un padre amoroso, Dios está tratando de enseñarnos algo.
Entonces, ¿Cómo comenzamos a construir una relación de amor con Dios?
La piedra angular de toda relación amorosa es la confianza, la confianza de que el otro realmente se preocupa y está ahí para ti. Un árbol de confianza se cultiva a través de acciones de dar, que profundizan las raíces, lo alimentan para que crezca más fuerte, forjando una relación permeada con amor.
De todos modos, hay otro ingrediente indispensable: gratitud. Si un acto de amor no es reconocido, no puede reforzar el vínculo de ninguna manera. Porque a pesar de todos los intentos y propósitos es como si ese acto nunca hubiese existido. Cuando las expresiones de bondad son tomadas como un hecho natural, tan esperadas como el diario en la puerta todas las mañanas, carecen de todo el poder de nutrir el acercamiento y la confianza. Sin gratitud, la “cuenta bancaria de confianza” nunca se acumula. Es como si la historia de la relación estuviese siendo escrita en la pizarra mágica de un niño.
Necesitamos apreciar las incontables demostraciones del cuidado de Dios en nuestras vidas, para poder construir nuestro sentido de confianza. Mediante reconocer Su incesante involucramiento en nuestras vidas, pasado y presente, podemos construir una conexión de amor con Dios.
Este es el mensaje esencial de Dios al pueblo judío, cuando Él se presenta por primera vez en el Monte Sinaí. “…Yo soy el Señor, tu Dios quien te sacó de la tierra de Egipto, la casa de la esclavitud” (Éxodo20:2).
Dios podría haber dicho: “Yo soy el Señor, tu Dios, quien creó los cielos y la tierra”. ¿Qué podría haber sido más impresionante que eso?
Sin embargo, Él no está interesado en presumir narrando antiguas hazañas de fuerza con las que la gente no tiene ninguna conexión directa. Él quiere mostrarle a su joven nación que Él está con ellos, comprometido, amándolos y cuidándolos. “Sí, soy Yo, tu Dios, quien dio vuelta las leyes de la naturaleza para liberar a todos y a cada uno de ustedes. El que los salvó y los liberó de la esclavitud”.
Apreciar el rol activo de Dios en nuestras propias vidas nos dará la misma confianza. Demasiado a menudo nosotros damos por sentadas las innumerables bendiciones que Dios nos ha dado, y pasamos por alto la relación especial que tenemos con Él. Tendemos a olvidar que somos los recipientes de una miríada de regalos preciosos, que hay un Ser que nos da el regalo de la vida, la habilidad de ver, y la facultad de oír, que cada instante de nuestra existencia es un magnífico regalo de vida.
Recibiendo el Mensaje
Luchar exitosamente con el sufrimiento requiere que veamos todos los eventos como significativos. Los eventos en nuestra vida no son meras coincidencias o accidentes aleatorios que no tienen nada que ver con un Ser intencionado. Si Dios es omnisciente, omnipotente y toda bondad, nada ocurre al azar.
“Alguien que cree en la unicidad de Dios y entiende sus implicancias debe creer que El Santo, Bendito Sea, es uno, sólo y único, que no tiene impedimentos o restricciones de ningún tipo, Él domina todo… no hay nadie debajo de Él que ejerza alguna clase de dominio en el mundo… Él supervisa a todas Sus criaturas individualmente, y nada se filtra en este mundo sino a través de Su voluntad y gestión, no a través del azar, y no a través de la naturaleza, y no a través de las constelaciones; sino que Él gobierna toda la tierra y todo lo que hay en ella, decretando todo lo que ocurrirá…”. Daat Tevunot, Rabino Moshé Jaim Luzzato
Vivir con esta actitud nos permite ver la mano de Dios en nuestra vida diaria. Yo tuve una amiga que era adicta al trabajo, trabajaba todos los días desde temprano en la mañana hasta tarde en la noche. Su trabajo era la única fuente de sentido y felicidad en su vida, y ella estaba esperando ansiosamente una promoción que le trajera más responsabilidad y más demanda horaria.
Un día ella se cayó de un caballo y se rompió la pierna. No hace falta decir que estaba enojada con el momento en el que se accidentó, pero eso probó ser la menor de sus preocupaciones. La fractura era muy complicada, y después de tener una serie de enyesados por varios meses, aún no sanaba. Para ese momento, su ausencia en el trabajo le ocasionó la pérdida de la promoción que estaba buscando. “¿Por qué yo, Dios?”. Al final ella tuvo que ser enchufada a una máquina especial doce horas al día que enviaba impulsos electromagnéticos a través de su pierna para estimular el crecimiento de células óseas. Ella tenía que volver temprano del trabajo todos los días, y una vez enchufada a la máquina, no podía hacer nada salvo leer, mirar televisión y pensar.
Y ella pensó. Ella comenzó a considerar la vida estresante que había estado llevando y a preguntarse hacia dónde estaba yendo.
Hay un principio en el judaísmo que se denomina “medida por medida”, lo que más o menos significa “el castigo debe ser acorde al crimen”. Para darnos cuenta del significado del mensaje, Dios a menudo nos enviará Su mensaje a través de un medio directamente relacionado con el área en la que uno necesita mejorar. Forzada a frenar el paso frenético, ella se dio cuenta de que todo lo que estaba corriendo no la iba a llevar a ningún lado. Después de ocho meses de curación, ella cambió el curso de su vida y estará eternamente agradecida por haberse quebrado la pierna.
No siempre es fácil entender el mensaje. Y es posible que Dios esté tratando de enseñarle a mi amiga una lección diferente. Posiblemente Él quería mostrarle que ella no siempre está en control, o que no debe tomar por sentado el correcto funcionamiento de su cuerpo. Al estar consciente de que su dolor era por alguna razón, ella pudo usar el episodio como una herramienta para crecer y traer la presencia de Dios a su vida diaria.
Cuando nos damos cuenta de que los eventos traen un mensaje divino, estamos obligados a explorar su contenido.
Si estuvieses a punto de recibir correspondencia de parte del presidente de tu país, ¿La tirarías a la basura? Cuando nosotros nos damos cuenta de que los eventos tienen un mensaje divino, estamos obligados a abrirlos y a explorar su contenido. Al ignorar el mensaje y atribuir los eventos al azar, nos privamos a nosotros mismos el potencial de significado y de crecimiento, y desperdiciamos la oportunidad de acercarnos aún más a Dios.
A propósito, no tenemos que esperar que Dios nos envíe un mensaje directo para despertarnos. Un tonto aprende de sus propios errores, un hombre sabio aprende también de los errores de los demás. El mensaje no solamente es para el que está sufriendo, también hay un mensaje para todos los que lo oyen.
Cuando no Sabemos Por Qué
A veces, no podemos entender claramente por qué ocurren ciertos eventos, y nos sentimos cegados por una capa de oscuridad, imposibilitados de perforarla para ver la luz. ¿Qué hacemos en ese momento?
Imagina un padre fascinado con un libro, que ve, de reojo, a su hija de dos años caminando hacia un tomacorriente (enchufe) con un clip metálico en su mano. El padre cierra su libro y grita “¡Rivka detente!”. Rivka continúa caminando hacia el tomacorriente.
“¡Rivka detente ahora!”.
A pocos centímetros de poner el clip en el tomacorriente, el padre salta del sofá y lo quita de su mano. Rivka comienza a gritar: “¿Por qué le pasan cosas malas a la gente buena?”.
Porque los niños tienen una perspectiva inmadura del mundo, ellos no pueden ver toda la imagen. En la mente de Rivka, ella estaba simplemente jugando con un clip inofensivo y recibió una cachetada sin ninguna razón. El padre, por supuesto, estaba salvando a su hija de ser electrocutada. La cachetada fue por su bien. Cuando Rivka sea mayor, ella podrá mirar hacia atrás y ver el episodio desde una perspectiva más madura y analizar las cosas bajo una luz completamente diferente.
Todo individuo tiene una misión única que realizar. El incontable número de eventos que ocurren en la vida de uno converge en profunda sincronía para consumar un destino más elevado, en relación al plan divino. Así, la suma total de la vida de una persona manifiesta una contribución única hacia la perfección del mundo.
“No hay hecho, pequeño o grandioso, cuyo objetivo final no sea la perfección universal, como fue dicho por nuestros sabios (Brajot, 60b): ‘Todo lo que es hecho por el Cielo es para bien’. Dado que en el tiempo venidero, El Santo, Bendito Sea, hará saber Sus caminos… mostrando como aun los castigos y la adversidad eran precursores de bien y preparación para bendición. Porque El Santo, Bendito Sea, sólo desea la perfección de Su creación”. Daat Tevunot, Rabino Moshé Jaim Luzzato.
Los eventos de nuestra vida se entrelazan como el tejido de una hermosa tapicería. Dios es el maestro tapicero que une miles de hilos formando una obra de arte de increíble complejidad. Cada hilo es necesario, ubicado precisamente en la posición ideal.
Cuando el trabajo está en la mitad, nos podemos preguntar sobre las manchas negras que desentonan y sobre los hilos grises que salen. Hay momentos en los que sólo podemos ver el lado del revés del tejido, que parece caótico y confuso. Sólo una vez que está completo se puede apreciar su belleza final.
Algunas experiencias pueden parecer malas en el momento, sólo por la falta de perspectiva para ver toda la imagen. Es como irse en el medio de una película de acción, volviendo a casa pensando que el héroe estaba a punto de ser asesinado. Con algunas películas, el último cuadro puede redefinir completamente nuestro entendimiento de lo que ocurrió.
En realidad, todos los eventos, los “buenos” y los “malos”, provienen de la misma fuente, Un Dios que es sólo bondad.
“Y tú deberás saber ese día y deberás ponerlo en tu corazón, que el Señor es Dios, por encima de los cielos y por debajo de la tierra, no hay nadie más’. (Devarim 3:39). Dios mismo testifica y proclama que la suma total de Sus grandes obras en el mundo son la revelación de esta unicidad absoluta”. Daat Tevunot, Rabino Moshé Jaim Luzzato…
De una Fuente
El Talmud (Pesajim 50a) trae la cita: “…en ese día, Dios será Uno y Su Nombre será Uno” (Zacarías 14:9), y pregunta: “¿Acaso no es Dios Uno hoy?”.
El Talmud responde que en este mundo nosotros podemos saber, intelectualmente, que todo lo que Dios hace es para bien, pero que puede que no podamos sentir y percibir como esos eventos que parecen negativos son de hecho realmente positivos. Puede haber confusión, puede parecer que el mal está en contradicción con la característica de bondad incesante de Dios.
Pero en el Mundo Venidero, el Talmud continúa, cuando el destino del mundo sea develado y cada individuo esté completo, obtendremos la perspectiva completa. Podremos mirar hacia atrás y sentir cómo todas las cosas, aun los mayores trastornos, fueron para bien. Cada giro y cada vuelta, personal y global, habrá sido una máxima expresión de la naturaleza perfecta de Dios.
Reconoceremos al mal como lo que realmente es, una ilusión temporaria destinada a desaparecer como una bocanada de humo.
“…y todo el mal se evaporará como humo, cuando Tú remuevas el dominio del mal de la tierra” (Majzor, plegarias de Rosh Hashaná).
Mientras que este enfoque no elimina el sufrimiento, puede ayudarnos a aceptar el dolor, sabiendo que al final es para bien. Cuando alguien que amamos y en quien confiamos hace algo que no entendemos, tenemos la madurez para suspender el juicio y confiamos en que debe haber una buena explicación para ese comportamiento.
Sufrimiento Auto Provocado
Mucho de nuestro sufrimiento nos lo causamos nosotros mismos. Sólo lee los titulares de cualquier periódico. Somos maestros en causar grandes cantidades de sufrimiento a los demás y a nosotros mismos, dolor sicológico y físico, y no podemos culpar a nadie más que a nosotros mismos.
Posiblemente cuestionamos a Dios por darnos el libre albedrío tan amplio como para causar tales estragos. ¿Por qué darnos el poder para herir y matar? ¿No hubiese sido un lugar mejor si el mal hubiese sido restringido, limitando el espectro de nuestro libre albedrío?
Protegernos de las consecuencias potenciales de nuestras elecciones hubiese disminuido el propósito y el significado de la vida.
Limitar el alcance del libre albedrío podría haber hecho del mundo un lugar más seguro, pero protegernos de las consecuencias potenciales de nuestras elecciones hubiese disminuido el propósito y el significado de la vida. Es nuestra habilidad de escoger lo que nos hace diferentes de los robots. El libre albedrío nos da la independencia y responsabilidad personal sobre las consecuencias de nuestros actos, dando importancia a cada una de nuestras elecciones. Si nuestras elecciones fuesen limitadas, nuestra independencia sería reducida, comprometiendo el significado más grande de nuestra existencia.
Esto podría estar en contradicción con la naturaleza perfecta de Dios. Dado que Dios es perfecto, Su creación debe tener la oportunidad de alcanzar el máximo sentido y perfección. Cualquier cosa menor sería un acto de flagrante imperfección.
“Y vio Dios todo lo que había hecho, y he aquí que era muy bueno” (Bereshit, 1:31).

“’y he aquí que era bueno’, se refiere al iétzer hatov, la inclinación hacia el bien; ‘y he aquí que era muy bueno’, se refiere al iétzer hará, la inclinación hacia el mal” (Bereshit Rabá 9:7).
La libertad completa requiere acceso completo al bien y al mal. En otras palabras, el mal permite que el libre albedrío exista, y así, incluso el mal sirve a la causa superior del bien supremo.
Cuando tratamos de vivir con la consciencia de que todos los eventos sirven a un propósito más elevado, y son precisamente lo que necesitamos en ese momento, podemos lentamente aprender a reconocer el bien verdadero que yace debajo de cada situación. Luchar con el sufrimiento nos permite utilizar cada experiencia como una herramienta para la elevación, viéndolo como una lección personal vital y como una oportunidad de fortalecer nuestra confianza en la infinita bondad de Dios. Saber que hay un propósito constructivo y sentido en los tiempos difíciles que enfrentamos, puede que no elimine el dolor, pero lo hace más tolerable.

Segun tomado de, http://www.aishlatino.com/h/9av/a/51736882.html?s=g el lunes, 21 de julio de 2014.

 
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Posted by on July 21, 2014 in Uncategorized

 

If it’s proportionality you want, don’t be half-assed about it.

If it’s proportionality you want, don’t be half-assed about it.
DEREK HOPPER July 21, 2014

Derek Hopper

America’s slide into intolerance. Everyone’s an expert on Israel, less so everywhere else.

Dear BDS Movement: Please Don’t Be Hypocrites.Iceland Is A Microcosm Of How Europe Views Israel
There is little doubt that the Palestine supporter’s favourite word is ‘disproportionate’. Everything Israel does in battle is disproportionate, as if war is like playing video games with a ten year old child wherein being the grown-up you need to let him win a few times (or if you’re Israel and the ten year old happens to be a terrorist organisation you should let him land a few rockets on your hospitals and schools).

A few days ago Britain’s Deputy Prime Minister Nick Clegg was in the news accusing Israel of not playing fair. Fully aware that his career is in tatters having gotten into bed with his ideological nemeses the Tories, Clegg perhaps sensed an opportunity to score some points with Britain’s left wing by taking a hard line with the world’s only Jewish country: “I have to say though I really do think now the Israeli response appears to be deliberately disproportionate.” Brave words from the captain of a sinking ship.

Since critics of Israel like proportionality so much, let’s be really, methodically proportional. Thousands of protestors turned out in London a couple of days ago in apparent solidarity with the plight of the people of Gaza. Some put the figure as high as 10,000. All this solidarity for a Gazan death toll of 500. You might think that Londoners just really, really care about Palestinians. But then you see the Palestinian bodycount in neighbouring Syria where 2,000 Palestinians have perished. Now, being all proportional about things, this should have resulted in a protest outside London’s Syrian embassy of around 40,000 people. But you don’t need me to tell you this protest never materialised.

Mahmoud Abbas, the multimillionaire leader of the Palestinian Authority, accused Israel last week of engaging in genocide in Gaza. He is not alone. The leaders of Turkey, Venezuela and Bolivia suffer from a similar delusion, as do plenty of westerners who really ought to know better.

Most reasonable people understand genocide as the systematic destruction of a people. The natural result of such an appalling crime against humanity is a severe decline in that ethnic group’s population. That’s just common sense, right? But Gaza’s population has increased from 600,000 in 1990 to 1.2 million in 2000 to 1.8 million today. If Israel is committing genocide then it is absolutely awful at it. Europe’s pre-WWII Jewish population was 9.5 million. After the Holocaust only 3.5 million Jews were left. That is genocide. If we use the Gaza genocide (sic) as a yardstick and are appropriately proportional about the matter Europe’s Jewish population should have increased at least a couple of million during Hitler’s reign.

The loss of innocent life in Gaza is of course to be mourned, but 500 deaths is not a genocide or ethnic cleansing or anything like it, and people who bandy those terms around should be ashamed of themselves when the murder of half a million Tutsis in Rwanda is still fresh in the memory.

The most baffling lack of proportionality when it comes to Israel and Palestine is just how much attention it gets. This year alone 5,000 people have died as a result of an Islamist insurgency in Nigeria. That dreadful conflict was briefly brought to our attention a few weeks ago when some righteous Facebook users vowed for six days or so to bring 200 enslaved schoolgirls ‘home’. (Update: the girls still aren’t home.)

How many of those protesting (and/or rioting) in European cities have heard about the hundreds of thousands made homeless in Central African Republic and the more than 1,000 people killed this year? How about the fact that more people have been killed in Libya this year than in Gaza? Most shocking of all is that more people have died in Syria this year than have died in the Israel-Palestine conflict since it began. Syria’s death toll for 2014 so far stands at almost 30,000. Cumulative fatalities in Israel and Palestine since 1948 are 22,000 (that figure counts the dead on both sides).

All of this death and misery and bloodshed in the world and the only thing truly disproportionate is how much focus there is on Israel.

Según tomado de, http://blogs.timesofisrael.com/if-its-proportionality-you-want-dont-be-half-assed-about-it/, el lunes, 21 de julio de 2014.

 

 
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Posted by on July 21, 2014 in Uncategorized

 

The Real Source of the Mideast Dispute: Hobbes vs. Locke

The Real Source of the Mideast Dispute: Hobbes vs. Locke

A view of the Temple Mount in Jerusalem. Photo: Berthold Werner.

The conventional wisdom regarding the Arab-Israeli conflict is that peace in the Middle East hinges on the settlement of a land dispute.

All that’s required for the warring cousins to lay down their arms is the cool, calm, collected presence of an objective arbitrator who is empowered by both sides to settle all lingering differences.

After all, Jews living in Tel Aviv and Haifa are no different fundamentally from Arabs residing in Gaza or the West Bank.

Hath not a Jew eyes? Hath not an Arab hands, organs, dimensions, senses, affections, passions? Fed with the same food, hurt with the same weapons, subject to the same diseases, healed by the same means, warmed and cooled by the same winter and summer as everyone else? If you prick both an Arab and a Jew, do not both of them bleed?

In William Shakespeare’s Merchant of Venice, Shylock’s plea for tolerance transforms him into a sympathetic character.

Yet while the universalizing of humankind based on superficial similarities has a dramatic and literary resonance, it is a grossly negligent approach to foreign policy.

For the modern nation state is based on the idea that groups of people who share the same history, traditions, or language are justified in living in a particular area under one government.

The existence of distinctive cultures, religions, ideologies, and values is the foundation stone of national sovereignty.

And nowhere else in the world are the contrasts between nations more stark than between Israel and its neighbors.

Israeli society is guided by the liberalism of John Locke, the 17th Century English philosopher regarded as one of the most influential of Enlightenment thinkers. Locke’s political thinking was based on social contract theory. Locke believed that human nature is characterized by reason and tolerance. In a natural state, all people were equal and independent, and everyone had a natural right to defend his “Life, health, Liberty, or Possessions.”‎

Locke also advocated governmental separation of powers.

In contrast, the worldview of the ruling governments of Israel’s neighbors is in line with that of Thomas Hobbes, another 17th century English philosopher and political theorist who advocated rule by an absolute sovereign. Hobbes maintained that chaos could be averted only by a strong central government, which would protect people from their own base desires.

The extremity of Hobbes’ state of nature is typified as the “war of every man against every man.”

Despotic regimes across the Middle East act under the guiding principle that rights come from the state, the Hobbesian perspective. However, in Israel it’s assumed that certain rights are independent of the government or state, which was Locke’s view.

As such, the dispute over the land is a diversion. The ongoing state of belligerence between virtually all Muslim nations and Israel is a clash between the 17th Century Age of Enlightenment and the 12th Century Fatimid Islamic Caliphate.

Can even the most honest of brokers bridge such a yawning chasm?

Segun tomado de, http://www.algemeiner.com/2014/07/20/the-real-source-of-the-mideast-dispute-hobbes-vs-locke/ el domingo, 20 de julio de 2014.

 
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Posted by on July 20, 2014 in Uncategorized

 

Breve historia de Israel y Palestina – Parte 5

Breve historia de Israel y Palestina - parte 5

Breve historia de Israel y Palestina – parte 5

Quinta y última entrega de la serie que cambiará tu enfoque sobre la historia de Israel y Palestina.

por 

Es verdad que el Corán lo dice, pero como todo libro religioso extenso, escrito en circunstancias históricas determinadas, exhibe expresiones contradictorias, algunas durísimas y otras más dulces que la miel. Igual sucede con la Biblia. Corresponde a los hombres interpretar esos textos y enfatizar sus contenidos nobles.

Históricamente el odio a los judíos fue más intenso entre los cristianos que entre los musulmanes. Los cristianos acusaban a los judíos de ser “los asesinos de Dios”, los musulmanes sólo de haber enmendado la Biblia para que no figurase el anuncio de la llegada de Mahoma. Ambos son hechos deleznables (de haber sido ciertos), pero más horrible, desde luego, es el primero. Si los judíos pudieron “asesinar a Dios” —como se predicó durante centurias desde todos los púlpitos—, ¿qué puede impedir que cometan otros crímenes, y de lo más atroces? Se los acusó de envenenar los pozos cuando había una peste (y se carneaba entonces judíos con entusiasmo enérgico), se los acusó de utilizar la sangre de niños cristianos para amasar el pan de la Pascua (¡?) (y nació el delirante y repetido libelo del crimen ritual, que llevaba a renovadas y jubilosas matanzas). El judío fue el Shylock voraz por una libra de carne, el judío pobre que se despreciaba por sucio y débil o el rico que rapiñaba sin culpa. Fue el personaje siniestro de Los Protocolos de los Sabios de Sión, que redactó la policía secreta del Zar para estimular los pogromos. Fue El judío internacional del resentido Henry Ford. En Mein Kampf, Hitler prometía hacer lo que finalmente hizo ante la indiferencia de la civilización occidental. Auschwitz.

Haj Amín el Huseini, el amigo de Hitler

El plan nazi de encerrar a todos los judíos del mundo y exterminarlos como si fuesen cucarachas por un odio sedimentado durante siglos en Europa tuvo un éxito casi total. En pocos años liquidó un tercio de ese pueblo gracias a la sistemática técnica industrial de la muerte. Ese plan recibió el apoyo del líder árabe de Palestina Haj Amín el Huseini, gran muftí de Jerusalén. Este clérigo fanático, que espoleaba a destruir las comunidades judías porque importaban costumbres “degeneradas” como la igualdad de la mujer, la apertura de teatros y orquestas, la edición masiva de libros, los ideales de la democracia y el socialismo, se ofreció a colaborar con la Solución Final. Viajó a Berlín por un largo período y prometió erradicar cada judío de Palestina y sus alrededores “con los métodos científicos del Tercer Reich”. Planeó erigir otro Auschwitz en Nablús, sobre las colinas de Samaria. Su lema, difundido por radios nazis, fue: “Mata a los judíos dondequiera los encuentres, para agradar a Alá y a la Historia”. Se fotografió varias veces con Hitler. Apareció en los noticieros de cine haciendo el saludo nazi. También se reunió con el nazi y asesino croata Ante Pavelic, para sellar el mismo pacto.

Debemos tenerlo en cuenta, porque este dirigente fascista tuvo un protagonismo que la narrativa árabe quiere a borrar. No sólo organizó ataques contra las comunidades judías antes de la independencia de Israel, sino que se negó a aceptar la partición decidida por las Naciones Unidas del 29 de  noviembre de 1947 para el nacimiento de un Estado árabe y otro judío que viviesen lado a lado y en fraterna colaboración. Como frutilla del postre, tuvo la idea brillante de ordenar a su gente que abandonase Palestina rápido, para permitir que Siria, Irak, Líbano, Egipto, Arabia y Transjordania pudiesen empujar a los judíos al mar sin tener que molestarse en esquivar la presencia de árabes en su camino.

Esta orden se difundió como un incendio. Algunos se negaron a obedecerla y lucharon contra los judíos, otros —en especial en la Galilea— se limitaron a quedarse en sus casas y ahora son ciudadanos israelíes. Recordemos que los árabes israelíes conforman el 20% de la población del país. ¿Cuántos judíos quedan en los Estados árabes? Mientras los Estados árabes pueden vanagloriarse de ser Judenrein, Israel es acusado de hacer discriminación étnica. ¡Qué hipocresía! Además, en Israel no existe ningún diario, radio o TV que incite al odio contra los árabes. En el mundo árabe, por el contrario, casi no hay medio de comunicación que alguna vez, o muchas veces, deje de incitar al odio hacia los judíos e Israel. Un país no árabe como Irán, pero líder del fundamentalismo islámico, profirió en su Asamblea parlamentaria el grito: “¡Muerte a Israel!”. ¿No es escandaloso? ¿En la Kneset se profirió alguna vez una frase que invite a liquidar otro país?

El poder del odio

El odio árabe aumentó de forma sustantiva cuando fueron derrotados en la guerra de la independencia (1948-9). No los había vencido una potencia colonial, sino una comunidad minúscula que ni siquiera contaba con un solo tanque ni un solo avión. El pueblo más inerme del planeta, más despreciado, que acababa de ser reducido a escombros por los nazis, el pueblo al que le habían cerrado los puertos antes, durante y después del Holocausto, pudo triunfar. Era una insoportable herida que puso en marcha una febril venganza mediante la expulsión de casi todos los judíos residentes en los países árabes. El sueño de Hitler de conseguir países Judenrein ¡fue un logro árabe! (anticipado por los ingleses al decretar que no se afincasen judíos en Transjordania).

Es importante insistir en que los cientos de miles de refugiados judíos provenientes de Europa y del mundo árabe fueron recibidos e integrados en Israel, con esfuerzos enormes, desproporcionados a la riqueza que entonces tenía el país. Mientras los atendía, no era posible descuidar la seguridad de sus fronteras precarias. Esa tarea humanitaria sólo obtuvo la ayuda de los judíos afincados en la Diáspora, sin que los organismos internacionales se interesaran siquiera en el asunto. El único país que más tarde aportó, pero por otras razones, fue Alemania, en concepto de devolución de los bienes que había rapiñado el régimen nazi a los judíos; no se trataba de reparaciones por los crímenes, que jamás pueden ser pagados.

Los refugiados árabes que produjo la indeseada guerra de la independencia de Israel, en cambio, fueron amontonados por sus hermanos en campos especiales, como prisiones de las cuales no podían salir, excepto en Jordania. Jordania llevó adelante otra política, porque deseaba asimilar la Cisjordania a su propio territorio de una forma tan intensa que nunca más se la quitasen. Pero tampoco puso fin a la existencia de refugiados en su territorio, por razones difíciles de explicar. O fáciles de explicar: los refugiados eran un peón que podían lucir para victimizarse y recibir dinero. Por esta razón los países árabes recibieron en forma directa o indirecta fondos multimillonarios. Pero en lugar de utilizarlos para resolver el drama, los usaban para eternizarlo. Consiguieron que los refugiados árabes de Palestina se conviertieran en el único caso de refugiados sin solución. Es importante hacer énfasis en este punto, porque forma parte del conflicto árabe-israelí. A lo largo del siglo XX no hubo dos, tres o diez millones de refugiados, sino ¡cientos de millones! Sí, cientos de millones. Todos, absolutamente todos, consiguieron resolver su problema.

La única excepción ha sido la de los refugiados árabes, cuyo número original no llegaba al millón, un número parecido al de los refugiados judíos expulsados de los países árabes. Tan firme fue la resistencia de los Estados árabes a resolver la cuestión de sus refugiados que cuando empezó la explotación petrolera intensiva en Libia y Kuwait y hacía falta mano de obra sólo se permitía que fuesen hacia allí varones palestinos solos, para que sus familias permanecieran en los campos como rehenes; luego de unos pocos años esos trabajadores, en lugar de afincarse en un sitio mejor, debían retornar a los ominosos campamentos.

Ese odio –sostenido e incrementado sin cesar– impide discernir por dónde pasa el camino que los llevaría al bienestar. Golda Meir pronunció una famosa reflexión: “Podemos perdonar a los árabes que asesinaron a nuestros chicos. No los podemos perdonar por forzarnos a matar los suyos. Sólo tendremos paz cuando ellos quieran a sus hijos más de lo que nos odian a nosotros”. Por desgracia, en algunos sitios ahora es peor: ciertas madres bendicen a sus hijos que se atan cinturones con explosivos para suicidarse en operaciones criminales.

Con la técnica del “miente, miente que algo queda”, los antisemitas buscan imponer la versión de que el Estado de Israel es un producto artificial del Holocausto y fue creado de la nada por las Naciones Unidas. Falso, basta leer la prensa de entonces. Debemos insistir una y otra vez en que la construcción del tercer Estado judío (los dos primeros están descriptos en la Biblia) empezó de forma intensa en el último cuarto del siglo XIX, cuando todavía era dueño del Medio Oriente el Imperio Otomano y no había señales de nacionalismo árabe, que recién apareció en Siria a principios del XX. El flamante movimiento sionista (movimiento de liberación nacional y social del pueblo judío) creó en 1903 el Keren Kayemeth Leisrael para reacaudar dinero con el cual comprar a los efendis radicados en Beirut o Damasco sus pobres tierras palestinas y erigir los primeros kibutzim en forma legal. También se usaba parte del dinero para una campaña frenética de forestación, la primera en la historia, que aún los partidos ecologistas no se atreven a reconocer. El Imperio Turco miraba con sospecha estas actividades de crecimiento acelerado, máxime cuando Palestina era parte del marginal y pobrísimo Vilayato de Jerusalén.

Israel: el Estado vino después

Necesitamos machacar ciertos datos para entender mejor el conflicto árabe-israelí.

En 1909 nació Tel Aviv sobre dunas de arena, sólo habitada por arañas y cangrejos. En la década del 20 los pioneros judíos fundaron la Universidad Hebrea de Jerusalén, entre cuyos primeros gobernadores de honor figuraron Albert Einstein y Sigmund Freud. También se creó la primera Orquesta Filarmónica del Medio Oriente, inaugurada por el director antifascista Arturo Toscanini. Surgió el dinámico teatro Habima. Se estableció un Instituto de Ciencias en Rehovot, la Universidad Técnica en Haifa y la Escuela de Artes Bezalel en Jerusalén. Se fundó la Histadrut, primera central obrera del Medio Oriente, toda una revolución social. Se multiplicaron loskibutzim, los moshavim, las aldeas y las ciudades, se tendieron caminos, abrieron puertos y fundaron instituciones educativas. Vastas extensiones desérticas se cubrieron con el manto esmeralda de los naranjales. Las colinas pedregosas y ardientes de Judea, devastadas por los dientes de las cabras y el abandono de siglos, empezaron a ser embellecidas por el color de los pinos que se plantaban en sus laderas. El pantano del extremo norte, Hula, generador de una epidemia sostenida de paludismo, del que no se salvaba nadie, ni David ben Gurión, fue poco a poco desecado.

La febril actividad judía inyectó a ese pequeño país más prosperidad de la que existía en los grandes vecinos. Era un ariete ciclópeo de modernidad, progreso, cultura. Revolucionaba toda la región.

Y, sin embargo, ¡aún no se había producido el Holocausto ni las Naciones Unidas habían tomado cartas en el asunto! Pero había nacido el conflicto árabe-israelí. No tanto porque aumentaba el número de judíos ni porque estos judíos quitasen algo a los árabes. No. El conflicto radicaba en la oferta.

Esa oferta era progreso, modernidad, ciencia, arte, estudios seculares, igualdad de la mujer, democracia. Una oferta que impulsaba a dejar la Edad Media. Gran insulto a los cavernarios.

El país más vulnerable

El ex presidente de Irán, Mahmud Ahmadineyad, el hombrecito de la sonrisa cínica y los ojitos de rata, envió una misiva de diez folios a Angela Merkel, canciller de Alemania, que, luego de ser traducida, provocó un ataque de náuseas. Ella decidió no contestar. El iraní pedía la obscena colaboración de Alemania para destruir Israel y el judaísmo, autores de todos los males que aquejan al mundo. Los considera el mal absoluto, capaces de las peores atrocidades. Llamea odio, además de fanatismo irracional. ¿Dónde radica el mal de Israel? En sus virtudes, desde luego. Virtudes insoportables para quienes se empeñan en vivir como Mahoma en el siglo VII.

“La diferencia de Israel y Occidente con nosotros —ha dicho el líder del Hezbolá— es que ellos aman la vida y nosotros la muerte”. Para que no haya equívocos, Nasrala suele gritar: “¡Amo la muerte!”. Pulsión tanática igual a la de los nazis. Las SS usaban trajes negros y calaveras porque también amaban la muerte y consiguieron su objetivo: 50 millones de cadáveres en Europa, además de la ruina total de Alemania. El ayatolá Rafsanyaní lo confirmó:

Con nuestra bomba atómica mataremos los 5 millones de judíos de Israel, y aunque Israel pueda enviarnos bombas de respuesta, sólo mataría 15 millones de iraníes, cifra despreciable ante los 1.300 millones de musulmanes que somos en el mundo.

Los ojitos de rata y sus patrones de la teocracia fundamentalista quieren asesinar, porque suponen que los asiste un ideal superior. Empiezan con los judíos y seguirán con el resto, los enloquece una ensoñación parecida a la de sus maestros del Tercer Reich. Por eso Jomeini mandó oleadas de niños iraníes a la muerte, para desmoralizar a las tropas de Irak. Por eso Hezbolá y Hamás lanzan sus cohetes desde escuelas, hospitales y barrios superpoblados, para que la respuesta israelí los asesine y puedan exhibir los cadáveres como prueba de la perversidad israelí. Los cobardes organismos internacionales no han repudiado a Hezbolá y a Hamás por el crimen de usar escudos humanos. Los medios de comunicación tampoco muestran desde dónde disparan los fundamentalistas y son cómplices, por lo tanto, de falsificar la información sobre cómo funciona el conflicto árabe-israelí.

En los tiempos de la postmodernidad, importa cada vez menos por dónde pasa lo bueno y por dónde lo malo. ¿Interesa, por ejemplo, que los jóvenes israelíes sueñen con ser inventores y científicos, mientras que los de Hezbolá y Hamás sueñan con ser mártires? No, no interesa. ¿Interesa que en Israel no se predique el odio a los árabes, que constituyen el 20 por ciento de su población y viven mejor que en muchos países árabes, mientras entre los árabes son superventas Los protocolos de Sión y Mein Kampf y en la TV egipcia se ha difundido una serie vomitiva donde los judíos extraen sangre de niños para bárbaros rituales? Lo único que interesa es que los palestinos parecen más débiles frente al poderío de Israel. Pero ¿acaso el conflicto es palestino-israelí, o árabe-israelí? ¿No fueron los Estados árabes quienes frustraron la pacífica partición de Palestina en dos Estados? ¿No fueron los que iniciaron las grandes guerras del Medio Oriente? ¿No son los que expulsaron a todos sus judíos? ¿No son los que han evitado resolver el drama de los refugiados?

El conflicto no es palestino-israelí sino árabe-israelí; o, mejor dicho, entre la modernidad democrática y un autoritarismo revestido de variadas tendencias que se mezclan con fijaciones teocráticas o nostalgias medievales.

Israel es el país más vulnerable del planeta, rodeado por un mar de fundamentalistas, predicadores alucinados y dictadores que ansían barrerlo de mapa. Es la frontera de la racionalidad, la legalidad, el pluralismo, la libertad y la democracia. Por eso es inmoral dejarlo solo.

Segun tomado de, http://www.aishlatino.com/iymj/mo/Breve-historia-de-Israel-y-Palestina—parte-5.html?s=mbaw el sábado, 19 de julio de 2014.

 
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Breve historia de Israel y Palestina – Parte 4

Breve historia de Israel y Palestina - parte 4

Breve historia de Israel y Palestina – Parte 4

Cuarta entrega de la serie que cambiará tu enfoque sobre la historia de Israel y Palestina.
por Marcos Aguinis

Las últimas elecciones palestinas (enero de 2006) complicaron la situación, aunque muchos pensamos que la volvieron más diáfana. Esas elecciones fueron ganadas de manera impecable por el grupo fundamentalista Hamás. Para conocer la ideología que lo sustenta es obligatorio conocer su Carta Fundacional. Constituye una guía también impecable, ya que este tipo de organizaciones no anda con vueltas: dice lo que piensa y hace lo que dice. No nos perdamos algunas citas elocuentes.
En el preámbulo afirma:
Israel existirá y continuará existiendo hasta que el islam lo destruya, tal como destruyó a otros en el pasado.
Y en el artículo 6 se dice:
El Movimiento de Resistencia Islámico [Hamás] es un movimiento cuya alianza es con Alá y cuya forma de vida es el islam. Su objetivo es izar el estandarte de Alá sobre cada porción del suelo palestino.
El artículo 7 expresa su ardiente antisemitismo:
El Día del Juicio Final no llegará hasta que los musulmanes se enfrenten a los judíos y los maten a todos. Entonces, los judíos se esconderán detrás de las rocas y de los árboles, y las rocas y los árboles gritarán: “¡Oh musulmán, hay un judío escondido detrás de mí! ¡Ven y mátalo!”.
El artículo 22 es extenso, pero ofrece evidencias de su inspiración en los libelos que, a su vez, alimentaron el Mein Kampf, de Adolf Hitler. Reúne todas las calumnias que diferentes tendencias inventaron sobre los judíos. También manifiesta su alucinante carácter reaccionario.
Los judíos han conspirado contra nosotros durante mucho tiempo y han acumulado grandes riquezas materiales y gran influencia. Con su dinero, tomaron el control de los medios. Con su dinero, provocaron revoluciones en distintas partes del mundo. Estuvieron detrás de la Revolución Francesa, de la Revolución Comunista y de la mayoría de las revoluciones. Con su dinero, crearon organizaciones secretas —tales como los masones, el Rotary Club y el Club de Leones—, que se están diseminando por el mundo con el fin de destruir sociedades y llevar a cabo los intereses sionistas. Estuvieron detrás de la Primera Guerra Mundial y crearon la Liga de las Naciones, por medio de la cual podían gobernar el mundo. Estuvieron detrás de la Segunda Guerra Mundial, por medio de la cual lograron enormes ganancias financieras. No hay ninguna guerra en ningún lugar del mundo en la que ellos no intervengan.
Quienes suponen que Hamás se conforma con un Estado palestino que permita alguna coexistencia con Israel deben fijarse en el artículo 11:
La tierra de toda Palestina es un ‘waqf’ [posesión sagrada del islam] consagrado para futuras generaciones islámicas hasta el Día del Juicio Final. Nadie puede renunciar a esta tierra ni abandonar ninguna parte de ella.
Los ideales de un Estado árabe palestino, democrático y pluralista, donde tengan derechos no sólo los judíos, sino también los cristianos, quedan destruidos por el categórico artículo 13:
Palestina es tierra islámica. Esto es un hecho.
La guerra es orlada con febril exaltación. El artículo 33 borra cualquier duda:
Las filas se cerrarán, los luchadores se unirán con otros luchadores y las masas de todo el mundo islámico acudirán al llamado del deber proclamando en voz alta: ¡Viva la yihad! Este grito llegará a los cielos y seguirá resonando hasta que se alcance la liberación, los invasores hayan sido derrotados y logremos la victoria de Alá.
No deja espacio para las iniciativas de paz, que son condenadas en otra parte del feroz artículo 13:
Las iniciativas de paz y las supuestas soluciones pacíficas, así como las conferencias internacionales, se contradicen con los principios de Hamás. Esas conferencias son un inaceptable medio para designar árbitros de las tierras del islam a los infieles. No hay solución sin la yihad. Las iniciativas, las propuestas y las conferencias internacionales de paz son una pérdida de tiempo.
La demonización del sionismo permanece anclada en centenarios mitos paranoicos, cuya fuente falsa y venenosa no tienen pudor en revelar, como lo ilustra el artículo 32:
La confabulación del sionismo no tiene fin; después de Palestina querrán expandirse desde el Nilo hasta el Éufrates. Cuando hayan terminado de digerir el área sobre la que hayan puesto sus manos, codiciarán más espacio. Su plan ha sido diseñado por los ‘Protocolos de los Sabios de Sión’.
No hace falta ser avispado para advertir que proyectan sobre el diminuto Israel su propia hambre de expansión territorial. Son ellos quienes aspiran a un califato que se extienda desde el Atlántico hasta Indochina, y luego más. En sus escuelas enseñan que España pertenece al islam y deberá ser recuperada. El objetivo más alto no es ahora la creación de un Estado palestino, sino la victoria universal de la fe y la legislación islámicas. Su programa aspira a que rijan las leyes de la sharía, imposibles para la civilización occidental. Como lo expresa el delirante artículo 22, hasta la Revolución Francesa es abominable, y seguro que las tres famosas palabras —libertad, igualdad y fraternidad— serán sospechosas.
A Hamás, sin embargo, no lo votaron por este programa teocrático-nazi, sino por la corrupción, ineficacia e hipocresía de Al Fatah y los líderes de la Autoridad Palestina. Una encuesta reveló que el 75% de los palestinos que votaron por Hamás aspiraban a la solución de un Estado propio que conviviera lado a lado con Israel. Hamás se presentó como la única opción que tenía las manos limpias. No ganó por su fanatismo reaccionario y judeofóbico, sino por el desencanto de los palestinos. La irresponsable segunda Intifada, desencadenada por la hipócrita Administración anterior, trajo la parálisis de una solución negociada. Además, produjo un incremento de las muertes, las represalias, la desocupación y la miseria. A Hamás ya no le alcanzará con lavarse las manos y echar la culpa de todo a Israel.
La mayoría de los israelíes no está entusiasmada con la ocupación de territorios palestinos, si esa ocupación empeora su seguridad y su calidad de vida. Pero tomará decisiones unilaterales mientras la otra parte no sea una genuina socia para la paz. Lo hizo al retirarse del Líbano sin exigir contrapartidas, y al retirarse de Gaza de la misma forma. Muchos opinan que fueron decisiones equivocadas. Comparto esa crítica. Ambas retiradas pretendían demostrar que Israel no desea mantener la ocupación de zonas donde hay mayoría árabe. La respuesta, sin embargo, no fue de comprensión ni de amistad, sino lluvias de misiles.

Segun tomado de, http://www.aishlatino.com/iymj/mo/Breve-historia-de-Israel-y-Palestina—parte-4.html?s=mbaw, el sábado, 19 de julio de 2014.

 
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Breve historia de Israel y Palestina – Parte 3

Breve historia de Israel y Palestina - parte 3

Breve historia de Israel y Palestina – Parte 3

Tercera entrega de la serie que cambiará tu enfoque sobre la historia de Israel y Palestina.

por 

Se debe hacer justicia al fenómeno nacional palestino, que era irrelevante en la primera mitad del siglo XX. En el curso de los últimos años consiguió hacerse reconocer por la Liga Árabe, las Naciones Unidas y el mismo Estado de Israel. Desde 1948 (independencia de Israel) hasta 1967 (Guerra de los Seis Días), Falistín (Palestina, en árabe) había dejado de existir. Durante 19 años una porción del mapa lo ocupaba Israel y la otra, Jordania y Egipto. Lo repito porque es esencial recordarlo.

En mayo de 1964 se fundó la OLP (Organización para la Liberación de Palestina), integrada por centenares de hombres que componían Al Fatah, Al Saiqa y el Frente Popular para la Liberación de Palestina. Las tres entidades eran laicas y se inspiraban en el apasionado nacionalismo que durante los años 60 acompañó la descolonización en África y Asia; la última era marxista-leninista.No estaban contaminados por el fundamentalismo islámico, que advino más adelante. En 1967 apoyaron la obsesión bélica del presidente Naser, que concluyó en un desastre, como ya narré: Israel derrotó a quienes pretendían aniquilarlo y se extendió desde el Canal de Suez hasta las alturas del Golán. Los árabes palestinos pasaron de la ocupación jordana y egipcia a la insospechada y mareante ocupación israelí.

La OLP eligió profundizar la vía terrorista en lugar de proponer negociaciones. Siguió el modelo de los fedayines que Naser había espoleado a cruzar la frontera de Gaza para cometer cientos de atentados. Además, se dedicaron a asaltar aviones, atacar aeropuertos, asesinar deportistas, poner bombas en ómnibus escolares, disparar contra viviendas civiles. Adquirieron notoriedad porque contrastaban con los sectores que aspiraban a conseguir un acuerdo pacífico. Por esa época el gentilicio palestino se asociaba con la palabra terrorista. Pero, de a poco, fue otorgando resonancia a la expresión pueblo palestino, que se refería ahora sólo a los árabes de Palestina. Se la martilló con vigor creciente, a pesar de que muchos aún negaban su existencia real. Muchos israelíes se seguían considerando tan palestinos como los árabes.

En 1970 la OLP había logrado constituir una fuerza considerable en Jordania, casi un Estado dentro del Estado, y decidió tomar el gobierno de ese país, que históricamente había formado parte de Palestina. En otras palabras, ya exisitía un Estado palestino llamado Jordania, hecho que la OLP no ignoraba, por supuesto, y pretendía sacar beneficio de esta situación. El rey Husein reaccionó ferozmente y se calcula que sus tropas mataron a miles de hermanos en septiembre de 1971, llamado desde entonces Septiembre Negro.

Las despavoridas columnas de Arafat huyeron hacia Siria, pero el presidente Asad les cerró la entrada con impiadosos cañones y ametralladoras. De forma poco clara –tal vez autorizados por Israel– llegaron al Líbano, donde también se empeñaron en formar un Estado dentro del Estado, con un laberinto de túneles y barrios controlados por completo, hasta que explotó la sangrienta guerra civil.

La OLP controlaba el sur del país, y desde ahí lanzaba ataques diarios contra las poblaciones fronterizas de Israel. En 1974 consiguió ser reconocida por la Liga Árabe como “única representación legítima del pueblo palestino”, noticia que puso en aprietos a la dirigencia árabe moderada. Menajem Beguin, que había firmado una generosa paz con Egipto, decidió silenciar las baterías palestinas del Líbano, que atacaban a diario, impiadosamente, centros civiles de Galilea. Sus fuerzas llegaron rápido hasta Beirut y en el trayecto fueron recibidas con alivio, flores y alimentos por las poblaciones cristianas del Líbano, sometidas a los asaltos de la pinza sirio-musulmana. Los dirigentes de la OLP tuvieron que huir a Túnez.

En noviembre de 1988, durante una reunión del Consejo Nacional Palestino en Argel, Arafat anunció el establecimiento del Estado Independiente de Palestina y aceptó las resoluciones 242 y 338 de las Naciones Unidas, que no son precisas, porque hablan de la devolución de los territorios conquistados: no dice “todos”. Esa inteligente decisión fue premiada al mes siguiente por Estados Unidos, que aceptó iniciar un diálogo diplomático directo con la OLP. Los avances se quebraron cuando Arafat apoyó la invasión a Kuwait de Sadam Husein, lo que le enemistó con Occidente y con la mayoría de los países árabes que hasta ese momento lo habían sostenido.

En 1993 Simón Peres e Isaac Rabin decidieron resucitar al debilitado Arafat para conseguir la solución del largo conflicto. La primera Intifada había tenido el mérito de consolidar la flamante identidad nacional árabe-palestina, incluso entre los israelíes. Era un buen momento, entonces, para un recononcimiento recíproco y avanzar hacia la tan postergada paz. Se firmaron los Acuerdos de Oslo, que les valió a los tres personajes citados el Premio Nobel de la Paz. Nacióla Autoridad Nacional Palestina y empezó la transferencia de poderes. Los temas más difíciles quedaron para el final, cuando los aceitase una mayor confianza mutua.

Pero sucedió lo contrario, debido a la acción de los grupos armados autónomos que la Autoridad Palestina no quiso inhibir. Al Fatah, liderado por el mismo Yaser Arafat, constituyó las Brigadas de Al Aqsa, que cometían crímenes condenados en inglés y felicitados en árabe. Engordaban los grupos fundamentalistas Hamás y Yihad Islámica, que no aceptaban ningún acuerdo. Arafat, en lugar de ejercer la posición del estadista que monopoliza el poder, seguía con las ilusiones del guerrillero que dejaba hacer a los terroristas para minar la resistencia israelí. Alcanzó cumbres del doble discurso. Condenaba cada atentado mientras estimulaba su multiplicación. Las primeras mujeres asesino-suicidas fueron jóvenes palestinas que calificó de “rosas de nuestra causa”. Era evidente que mentía: su objetivo no era la paz con Israel, sino destruirlo con otros medios.

En el encuentro de Camp David, durante la presidencia de Clinton, los palestinos habían logrado un avance que no hubieran soñado años antes: la pronta creación de un Estado árabe-palestino independiente sobre casi todos los territorios ocupados y la soberanía compartida de Jerusalén. Pero Arafat resistió las presiones, pateó el tablero y logró que los palestinos no dejaran de perder la oportunidad de volver a perder la oportunidad… Regresó haciendo la uve de la victoria (¿qué victoria?), mientras el primer ministro de Israel –que había cedido más de lo que hubiera aceptado Rabin– volvió derrotado.

A los pocos días, con la pueril excusa de un paseo de Ariel Sharón por la explanada del Templo (que había consentido Jamil Jagrib, responsable palestino de seguridad), desencadenó la injustificada y criminal segunda Intifada, que duró cinco años, con miles de muertos por ambas partes, exacerbación del odio en lugar de la confianza y un empeoramiento profundo de la calidad de vida palestina.

El rechazo a las concesiones de Camp David fue una siniestra repetición de los Tres Noeslanzados en Jartum. Bloqueó el camino de los acuerdos y cargó dinamita a la violencia. Pero consiguió que el mundo viese a los palestinos como la víctima inocente, inerme e indiscutible; por lo tanto, impermeable a cualquier crítica. Todo lo que hacían se justificaba por el martirio de la cruel ocupación. De esa forma, nadie exigió a la Autoridad Palestina que ejerciera el monopolio de la fuerza y pusiese fin a la metralla de los atentados. Nadie exigió que invirtiera en salud, educación y construcción en vez de en armas los multimillonarios recursos que recibía de la Unión Europea y los Estados Unidos. Ni siquiera que terminase con la enorme corrupción que hasta un intelectual palestino como Edward Said criticó, encendido de rabia. Gran parte del dinero volaba hacia bancos extranjeros. La viuda de Arafat es ahora una millonaria que disfruta las delicias de París mientras se conmueve por el heroísmo de los suicidas (ni ella ni su hija piensan suicidarse, por supuesto).

Grandes desafíos enfrenta el nacionalismo palestino en este momento, un nacionalismo que nació secular y ahora ha caído bajo la influencia de la teocracia fundamentalista, que amenaza con provocar escisiones internas muy profundas.

¿Debemos repetir que nunca existió un Estado árabe independiente en Palestina? ¿Que nunca Jerusalén fue la capital de ningún Estado árabe o musulmán, ni siquiera cuando Saladino expulsó a los cruzados, o el imperio turco se extendió por la región, o Jordania usurpó la parte oriental? Debido a esa carencia, el nacionalismo palestino racional y moderado necesita escribir una narrativa que le brinde respaldo, sin recurrir a la fabulación que lo haga insostenible. Debe resignarse a no alcanzar la vastedad, riqueza y resonancia de la narrativa judía, porque ésta tiene 3.500 años de historia. El contraste es demasiado grande.

El Estado palestino no será la obra de un milagro, como no lo fue el Estado de Israel. Los judíos lo reconstruyeron con lágrimas, sudor y sangre. No fue un regalo de nadie. Antes de la independencia –vuelvo a insistir–, los sionistas ya habían creado ciudades, kibutzim, caminos, universidades, teatros, colegios, sistemas de riego, orquestas sinfónicas, puertos, métodos para fertilizar el desierto, hospitales, museos, forestaciones, centros de investigación. Los palestinos pueden exhibir los derechos que les otorga un período de vida menor, en el que también derramaron lágrimas y sangre, además de nacer en ese territorio o extrañarlo desde el exilio. Pero no alcanza con sangre y lágrimas. Falta el sudor: ¡construir en vez de destruir!

Según tomado de, http://www.aishlatino.com/iymj/mo/Breve-historia-de-Israel-y-Palestina—parte-3.html?s=mbaw el sábado, 19 de julio de 2014.

 
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Breve historia de Israel y Palestina – Parte 2

Breve historia de Israel y Palestina - parte 2

Breve historia de Israel y Palestina – Parte 2

Segunda entrega de la serie que cambiará tu enfoque sobre la historia de Israel y Palestina.

por 

La Guerra de los Seis Días cambió la relación de fuerzas en el conflicto árabe-israelí. Digo bien, porque hasta ese momento no era un conflicto palestino-israelí. Los árabes de Palestina se llamaban “árabes de Palestina”, no “palestinos”. La diferencia es importante. Como señalamos en la primera entrega, también los judíos se llamaban “palestinos” a sí mismos. El enfrentamiento se daba entre el Estado de Israel y todos los Estados árabes que habían intentado destruirlo desde antes de su nacimiento, violando la sabia y ecuánime resolución de las Naciones Unidas que ordenaba la erección de un Estado árabe y un Estado judío, lado a lado, con vínculos económicos fraternales.

Esa partición, votada en la Asamblea General el 29 de noviembre de 1947, se basaba en la distribución demográfica de entonces. A los árabes se les otorgaba sus principales ciudades (y casi todos los sitios bíblicos, además); a los judíos, sus ciudades, colonias y la mayor parte del desierto. Los judíos lo celebraron, aunque muchos con tristeza, porque se quedaban sin porciones ligadas a su historia nacional y religiosa.

La guerra que los Estados árabes se empecinaron en llevar adelante, con el manifiesto propósito de realizar una matanza “que pusiera en ridículo a Gengis Khan”, produjo una catástrofe a ellos mismos. Hasta el día de hoy es sorprendente la falta de autocrítica por parte de esos Estados: iniciaron un conflicto cruel e innecesario, se privaron de tener un vecino moderno y estimulante como Israel y ocasionaron el sufrimiento de sus hermanos más débiles radicados en Palestina. Además, no realizaron esfuerzos para integrarlos, sino que los persiguieron, discriminaron y hasta asesinaron en forma masiva, como en el Septiembre Negro de 1971. Allí cayeron más árabes palestinos por las balas jordanas y sirias que en todos los enfrentamientos con Israel. Antes y después cientos de miles tuvieron que pasar varias generaciones en campamentos, mantenidos por la limosna internacional. Es el único caso de un alto cupo de refugiados que no pudo ser resuelto en tantas décadas, pese a la inversión multimillonaria que nutrió a una burocracia enorme y corrupta. Se convirtieron en un material humano que recibe caudalosas inyecciones diarias de victimización y resentimiento. Por lo cual quedan imposibilitados de trabajar en forma sostenida hacia un futuro mejor.

El presidente de Egipto, Gamal Abdel Naser, adquirió un fuerte liderazgo gracias a su empeño panarabista, su acercamiento con la Unión Soviética y su alianza con los países no alineados (entre los que figuraban países cuya no alineación al capitalismo o al comunismo era una grosera hipocresía, como China, Cuba o Yugoslavia). Consiguió formar con Siria la República Árabe Unida, que era el comienzo de una federación destinada a unir todo el mundo árabe. Su propósito no entraba en contradicción con la existencia de Israel, según entendió este país, y David ben Gurión le propuso integrarse a su proyecto. Naser no quiso ni siquiera escucharlo y redobló su agresividad. Bloqueó el Estrecho de Tirán, que permite el acceso al Golfo de Akaba, y de esa forma pretendió matar el puerto israelí de Eilat. Manifestó que ansiaba convertir en realidad el sueño de arrojar a los judíos al mar mediante la demolición de Israel, como lo testimonia la prensa de entonces. Compró gran cantidad de armas para llevar a cabo ese propósito. Las súplicas internacionales destinadas a evitar otro genocidio resultaron estériles. Iba a realizar su ataque mediante una pinza mortal: Egipto desde el sur y Siria desde el norte. Siria expresó su acuerdo mediante disparos cotidianos desde las alturas del Golán contra las poblaciones israelíes que rodeaban el bíblico lago de Galilea. Aba Eban, canciller de Israel, recorría angustiado las principales capitales del mundo para rogar que disuadieran al presidente egipcio. Fue inútil, porque Naser llegó al extremo de exigir que las Naciones Unidas retirasen las tropas que evitaban los choques entre ambos países; quería tener libre la ruta de su masivo ataque bélico. Ante un estupor mundial, el entonces secretario general de la ONU, el birmano U Thant, le dio el gusto y ordenó la evacuación de esas tropas. Naser tenía luz verde para iniciar los combates.

No sólo los judíos, sino millones de personas se conmovieron ante la inminencia de una tragedia que reproduciría el Holocausto. Fue entonces cuando estalló la Guerra de los Seis Días, porque horas antes del colosal ataque árabe la aviación israelí tomó la iniciativa y pudo cambiar el curso de la historia. Al principio las emisoras árabes mintieron a sus audiencias informando sobre inexistentes triunfos. El primer ministro de Israel, Levy Eshkol, pidió al rey Husein de Jordania que no se incorporase a la agresión de Egipto y Siria, porque Israel no quería un tercer frente. Pero Husein, presionado por Naser, avanzó sobre Jerusalén y otros puntos de la larga y accidentada frontera. Entonces Israel, luego de aplastar a egipcios y sirios, tuvo que dirigirse también contra los jordanos. En esa contienda les arrebató Cisjordania, que usurpaban desde 1948.

La opinión pública internacional no podía salir del asombro. El diminuto Israel volvía a ganar. En los organismos internacionales el bloque comunista, aliado con los árabes, puso el grito en el cielo y exigió la devolución incondicional de los territorios conquistados, sin tener en cuenta —¡de nuevo!— la responsabilidad de Egipto, Siria y Jordania, ni exigir que firmasen la paz. Los verdaderos territorios conquistados eran la península del Sinaí y las alturas del Golán, que no se consideraban parte de Palestina desde el trazado de fronteras que realizaron, con cierta arbitrariedad, las potencias coloniales luego del desmembramiento del Imperio Otomano. Técnicamente, Cisjordania y Jerusalén fueron liberadas de la ilegítima ocupación jordana, y la Franja de Gaza de la ocupación egipcia: los israelíes no lucharon contra los árabes-palestinos, sino contra Estados árabes poderosos que ocupaban buena parte de la Palestina histórica. Ya es hora de disipar esta confusión.

No obstante su victoria, Israel propuso grandes devoluciones territoriales a cambio de la paz. Como respuesta, la Liga Árabe se reunió en Jartum y, estimulada por Naser, escupió a Israel los famosos Tres Noes: No a las negociaciones con Israel, No al reconocimiento de Israel, No a la paz con Israel. Es decir, continuar con el odio y los enfrentamientos.

Israel, por el contrario, decidió en forma unilateral que todas las mezquitas y los lugares sagrados del islam fueran administrados por autoridades musulmanas. Las ciudades y aldeas árabes debían estar a cargo de intendentes árabes democráticamente electos, muchos de los cuales, como el de Belén, permanecieron en el cargo durante décadas y mantuvieron excelentes relaciones con el Gobierno israelí. Cientos de miles de árabes de Gaza y Cisjordania encontraron trabajo en las poblaciones de Israel. Los benefició el turismo, que habían desconocido hasta entonces. Parte significativa de sus productos eran comprados por los mismos israelíes. Se registraron encuentros entre judíos y árabes que habían sido amigos antes de 1948 e incluso se celebraron casamientos mixtos.

Después de la Guerra de Iom Kipur, en 1973 (también iniciada por Egipto), el nuevo presidente de Egipto, Anuar el Sadat, empezó a reconocer que no tenía sentido negar la existencia de un país tan sólido como Israel. Ante la sorpresa universal, decidió visitar Jerusalén. Aunque esperaba ser bien recibido, no esperaba que lo aplaudieran y agasajaran con una lluvia de júbilo y gratitud. Empezaron las negociaciones con el duro Menajem Beguin y, en menos de un año, se firmó la paz entre ambos países. A cambio de la paz, Beguin aceptó entregar hasta el último grano de arena del desierto del Sinaí. Y no sólo arena: entregó aeropuertos, pozos de petróleo, rutas, centros turísticos y hasta ordenó la evacuación de la populosa ciudad de Yamit, construida entre Gaza y el Sinaí, para que nada de Israel permaneciera en territorio egipcio. El encargado de evacuar por la fuerza a los colonos judíos fue Ariel Sharón. Este general no imaginaba que, mucho después, debería repetir el operativo en la Franja de Gaza. Con esta cesión de tierras equivalentes a casi tres veces el tamaño de Israel, caía la acusación de su vocación expansiva, por lo menos entre quienes piensan con lógica. Por supuesto que esta paz fue duramente condenada por todos los demás países árabes.

En el tratado con Egipto, Israel prometió la autonomía de los árabes que habitaban Gaza y Cisjordania. Autonomía significaba otorgarles el manejo de todas las áreas, menos la defensa y las relaciones exteriores. Es decir, no llegaban a la independencia ni a la soberanía. Así lo entendió Beguin, pero seguramente Sadat pensaba que la autonomía conduciría, de forma inexorable, a la independencia. La idea de los dos Estados que viven y prosperan uno al lado del otro, que nació en la saboteada partición de 1947, resucitaba con fuerza. Gracias al contacto directo con los israelíes, que resultaba inspirador, los árabes de Palestina tomaron conciencia de su identidad nacional y se aplicaron a la conformación de una narrativa que les otorgase respaldo.

Segun tomado de, http://www.aishlatino.com/iymj/mo/Breve-historia-de-Israel-y-Palestina—parte-2.html?s=raw el sábado, 19 de julio de 2014.

 
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Breve historia de Israel y Palestina – Parte 1

Breve historia de Israel y Palestina - parte 1

Breve historia de Israel y Palestina – parte 1

Una serie de 5 artículos que cambiará tu enfoque sobre la historia de Israel y Palestina.

por 

El pequeño espacio que se disputan árabes y judíos se encuentra ubicado en un conflictivo lugar. Las crónicas más viejas documentan pulseadas entre Egipto al sur y Mesopotamia al norte. Luego vinieron las sangrientas conquistas asirias, babilonias, persas, griegas, romanas, árabes, cristianas, turcas e inglesas, hasta llegar al día de hoy, en que se eterniza la confrontación entre pueblos arraigados a esa tierra que, para respaldar sus derechos, se basan en sus propias narrativas.

Un chiste judío propone que los antiguos israelitas marcharon de Egipto a Canaán por la tartamudez de Moisés. Dios le ordenó: “Lleva a mi pueblo a la Tierra Prometida, la tierra que mana leche y miel; llévalos a Canadá”, y Moisés repitió con gran esfuerzo: “¡Vamos a Can… can… na… án!”. Y allí los encajó.

El vocablo Palestina no existía. No es mencionado ni una vez en la Biblia ni en ningún otro documento de la antigüedad.

Los israelitas consiguieron unificar a las diversas tribus y pueblos que habitaban entre el río Jordán y el Mediterráneo. David, mil años antes de la era cristiana —había nacido en la aldea de Belén (Beit-léjem, en hebreo, ‘casa del pan’)—, convirtió en su capital el vecino y estratégico caserío jebuseo, ubicado a pocos kilómetros al norte; le impuso el nombre de Jerusalén (en hebreo, “ciudad de la paz”). Su hijo Salomón construyó allí el Templo. Después se produjo una escisión entre los habitantes del norte y el sur del pequeño país. El norte se llamó Reino de Israel y el sur, Reino de Judá. Los asirios conquistaron y destruyeron el reino del norte. Siglos después los babilonios hicieron lo mismo con el del sur. Unas siete décadas más tarde el emperador Ciro, de Persia, auspició el regreso a Jerusalén de los exiliados de Judá, quienes ya habían empezado a cantarle salmos de exquisita inspiración:

Si me olvidara de ti, oh Jerusalén, que mi diestra se paralice y mi lengua se pegue a mi paladar.

Luego de la breve conquista helénica, los macabeos recuperaron la independencia de Eretz Israel (‘Tierra de Israel’), que duró hasta la conquista romana. Los emperadores Vespasiano y Tito tuvieron que poner el pecho para frenar las sublevaciones judías y arrasaron Jerusalén, el Templo y varias fortalezas. Pero la resurrección de Judea era un problema que no lograban impedir. No olvidemos que un agravio adicional a Jesús —herido con infinita crueldad y aparentemente derrotado— fue instalar sobre la cruz una sigla elocuente: INRI (Jesús el Nazareno, rey de los judíos). ¡Vaya rey!, se burlaron los romanos mientras disputaban sus despojos.

¿Y Palestina? 

Todavía nada, inexistente.

Un siglo y medio después de Cristo se produjo otra importante sublevación. Jerusalén estaba en ruinas, el templo arrasado, las fortalezas de Herodion y Masada hechas añicos. Un guerrero llamado Bar Kojba reinició la lucha, enloqueció a varias legiones romanas y consiguió una relativa independencia. Los romanos tuvieron que mandar la desproporcionada cifra de ochenta mil hombres, al mando del famoso general Julio Severo. Cuando consiguieron penetrar en la última fortaleza de Bar Kojba, tras un prolongado sitio, lo encontraron muerto, pero enrollado por una serpiente. El oficial romano exclamó: “Si no lo hubiese matado un dios, ningún hombre lo habría conseguido”. Adriano era el emperador de turno. En su libro Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar dedica muchas páginas a ese levantamiento. El emperador lucubró cómo poner fin a las reivindicaciones de los judíos por su querida Judea y su venerada Jerusalén. Primero les prohibió visitar Jerusalén, convertida en una guarnición militar, y pronto cambió el nombre a la ciudad por el de Aelia Capitolina. Al mismo tiempo, cambió la denominación de Judea o Israel por Palestina.

¡En ese momento apareció Palestina por primera vez! ¡Era el siglo II E.C.!

¿De dónde se obtuvo el vocablo? Fue otra ofensa romana. Palestina se escribía en latín Phalistina y hacía referencia a los filisteos, que la Biblia menciona desde Josué hasta David. Significa “pueblo del mar”. Habían llegado desde Creta, probablemente tras la implosión de la civilización minoica, y se establecieron en la costa suroeste del territorio. Jamás lograron conquistar el resto del país y terminaron integrados por completo en el reino de David. Nunca más hubo filisteos ni grupo alguno que los reivindicase. Se convirtieron en judíos. Quizás Einstein, Kafka, Marc Chagall, Ariel Sharón, Golda Meir y muchos otros notables descienden de antiquísimos filisteos convertidos en judíos, ¿quién lo puede saber?

Quizás Einstein, Kafka, Marc Chagall, Ariel Sharón, Golda Meir y muchos otros notables descienden de antiquísimos filisteos convertidos en judíos.

La palabra Phalistina, además, no tuvo suerte. A ese territorio —que adquirió relevancia extraordinaria por la Biblia, base del cristianismo y luego del Corán— los judíos lo siguieron llamando Eretz Israel (‘Tierra de Israel’) y los cristianos Tierra Santa, y después los árabes lo bautizaron Siria Meridional. Los cristianos fundaron el efímero reino latino de Jerusalén en la primera Cruzada, y durante el Imperio Otomano se convirtió en una provincia irrelevante: el vilayato de Jerusalén. El país perdió brillo, se despobló y secó. Viajeros del siglo XIX como Pierre Loti y Mark Twain testimonian en sus escritos que atravesaban largas distancias sin ver un solo hombre.

Los nacionalismos judío y árabe nacieron casi al mismo tiempo. El judío a fines del siglo XIX y el árabe a principios de XX. Este último floreció en Siria, a cargo de pensadores y activistas cristianos que recibieron influencias europeas. Los sirios acusaron a los sionistas, es decir, a los nacionalistas judíos, ¡de haber inventado la palabra Palestina para quedarse con Siria Meridional! En realidad, ese nombre había resucitado como una palabra neutra frente al desmoronamiento del Imperio Turco.

* * *

La presencia judía en Tierra Santa fue una constante asombrosa. El alma judía añoraba año tras año, siglo tras siglo, milenio tras milenio, la reconstrucción de Eretz Israel con intenso fervor, parecido al que, mucho antes, había florecido junto a los nostálgicos ríos de Babilonia. Nunca dejaron de repetir: “¡El año que viene en Jerusalén!”. A fines del siglo XIX empezaron a llegar oleadas de inmigrantes que se aplicaron a edificar el país con caminos, kibutzim, escuelas, institutos técnicos y científicos, forestación obsesiva, universidades, teatros, naranjales, una orquesta filarmónica, aparatos administrativos. En 1870 fundaron en Mikvé Israel la primera escuela agrícola de la región.

Cuando terminó la Primera Guerra Mundial, Palestina fue desprendida de Siria y quedó en manos del conquistador británico por mandato de la Liga de Naciones. Quienes nacían en esa tierra eran palestinos, fuesen judíos o árabes. Antes de la independencia, que volvió a recuperar la palabra Israel, los judíos se llamaban a sí mismos palestinos. Y hablaban de “volver a Palestina”. El actual Jerusalem Post se llamaba Palestine Post y la Filarmónica de Israel se llamada Filarmónica de Palestina. ¡Pero eran entidades judías! Los antisemitas de Europa, toda América y África del norte les gritaban: “¡Judíos, váyanse a Palestina!”. Palestina era reconocida como el hogar de los judíos incluso por quienes los odiaban.

Los árabes tardaron en tomar conciencia de su propia identidad nacional. Al principio, hasta saludaron como beneficiosa la presencia del sionismo, como lo atestigua el encuentro entre Jaim Weizman, presidente de la Organización Sionista Mundial, y el rey Feisal de Irak. Pero Gran Bretaña, advertida de la compulsión judía por su emancipación, cortó dos tercios de la Palestina que le habían adjudicado e inventó el reino de Transjordania, donde instaló al hachemita Abdulá, hijo del jerife de La Meca. Cometió el delito de quitar derechos a los judíos, que reclamaban parte de ese territorio, y lo convirtió en el primer espacio judenrein (‘limpio de judíos’) antes del nazismo, porque no permitía que allí se instalase judío alguno. Tenebroso antecedente, desde luego. Pronto Gran Bretaña advirtió que sus aliados en la zona eran los árabes, no los judíos, y creó la Liga Árabe en 1945, para mantener su poder colonial. Olvidó que estaba allí para favorecer la construcción de un Hogar Nacional para el pueblo judío, el único que de forma permanente y con grandes sacrificios exigía la reconstrucción del país que le había dado su gloria. Es cierto que algunos judíos preferían que esa misión la cumpliese el Mesías y otros se volcaron a la causa de la revolución comunista, pero el núcleo central se agrupó en torno al sionismo, palabra que significaba —simple y elocuentemente— el renacimiento nacional y social del pueblo que más agravios, persecuciones y matanzas había sufrido en dos mil años.

Después de la Segunda Guerra Mundial arreció la demanda emancipadora judía. La potencia colonial llevó el caso a las Naciones Unidas para provocar su condena. El tiro le salió al revés: las Naciones Unidas votaron el fin del Mandato Británico y la partición de Palestina en dos Estados, uno judío y otro árabe (no establecía que alguno se llamase Palestina, sino que eran parte de Palestina). Los judíos celebraron la resolución, pero los países árabes en conjunto decidieron violarla sin escrúpulos y barrer “todos los judíos al mar”, como lo atestiguan documentos de la época. El secretario general de la Liga Árabe amenazó con efectuar matanzas que dejarían en ridículo las de Gengis Khan. La guerra, por lo tanto, se presentaba como un hecho inminente. Y apuntaba a un nuevo genocidio, pocos años después del Holocausto. No había pudor en seguir asesinando judíos. Ni siquiera los que rechazaban semejante conducta propusieron una condena rotunda y eficaz.

Los ochocientos mil refugiados judíos fueron acogidos por Israel, mientras que los seiscientos mil refugiados árabes, fueron encerrados por sus hermanos en campamentos, donde se los aisló y sometió a la pedagogía del odio y el desquite.

El flamante Estado de Israel (nombre que adoptó, basado en la expresión hebrea Eretz Israel) no tenía armas —¿quién las vendería a un cadáver?— y debió enfrentar a siete ejércitos enemigos con las uñas y los dientes. Fue una lucha desesperada. ¡Los israelíes no contaban con un solo tanque ni un solo avión! La mayor parte de su armamento fue robado o arrancado a los británicos. Numerosos combatientes eran espectros que acababan de arribar, luego de sobrevivir en los campos de exterminio nazis. O triunfaban o morían. Fue la guerra en que cayó la mayor cantidad de judíos. En algunos lugares recurrieron a estratagemas para impulsar la rendición o la huida de sus enemigos, en otros atacaron sin clemencia. Sabían qué les esperaba en caso de ser vencidos. Los árabes estaban fragmentados entre quienes defendían sus tierras y quienes habían invadido y luchaban sin convicción. Al cabo de varios meses, con treguas que eran quebradas por alguno de los bandos, se llegó al armisticio y el trazado de fronteras arbitrarias.

Como consecuencia de esa guerra desigual —iniciada por los árabes—, aparecieron los refugiados. Refugiados árabes y refugiados judíos. Estos últimos eran los ochocientos mil judíos expulsados de casi todos los países árabes en venganza por la derrota. Los recibió Israel, pese a sus dificultades iniciales, y los integró a la vida normal, pese a que en ese tiempo y durante varios años debió sufrir un interminable bloqueo y mantener un estricto racionamiento. Los seiscientos mil refugiados árabes, en cambio, fueron encerrados por sus hermanos en campamentos, donde se los aisló y sometió a la pedagogía del odio y el desquite. Transjordania usurpó Cisjordania y Jerusalén Este, medida que justificaba su cambio de nombre; a partir de 1949, en efecto, se empezó a llamar Jordania (ambos lados del río Jordán); Egipto se quedó con la Franja de Gaza. La ocupación árabe de esos territorios duró 19 años. En esas casi dos décadas, ¡jamás se pensó ni reclamó crear un estado árabe palestino independiente compuesto por Cisjordania, Jerusalén Oriental y Gaza! Ningún presidente, rey o emir árabe o musulmán visitó Jerusalén Oriental, convertida en un villorrio sucio e irrelevante. No se permitía que los judíos fuesen a rezar al Muro de los Lamentos.

Sólo después de la Guerra de los Seis Días (conflagración que se produjo por la insistente provocación árabe), se produjo la ocupación israelí de esos territorios y otros más (toda la Península del Sinaí, las Alturas del Golán y trocitos de Transjordania). Entonces la historia pegó un brinco.

Segun tomado de, http://www.aishlatino.com/iymj/mo/Breve-historia-de-Israel-y-Palestina—parte-1.html el sábado, 19 de julio de 2014.

 
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Un Papa fuera de la norma

Un Papa fuera de la norma
Sólo 3 de los 266 pontífices han sido suficientemente valientes como para hacer cambios significativos en la relación entre la Iglesia y los judíos.Un Papa fuera de la norma
por Rav Ken Spiro

Desde la perspectiva del pueblo judío, el Papa Francisco es un Papa fuera de la norma. Desde que fue establecida la Iglesia de San Pedro hace casi 2.000 años, sólo 3 Papas de los 266 que ha habido han sido suficientemente valientes como para hacer cambios significativos en la relación entre la fe más antigua del mundo y la que tiene más seguidores.
Sería un gran eufemismo decir que la relación histórica católico-judía no ha sido muy buena. Probablemente sería mucho más preciso decir que la Iglesia ha sido responsable directa o indirectamente de gran parte del horrendo antisemitismo que ha sufrido la judería europea durante los últimos 2.000 años.
Las raíces de esta gran animosidad se remontan a los mismos inicios de la Iglesia, e incluso antes que eso. Por 2.000 años, desde los tiempos de Abraham hasta el nacimiento del cristianismo, el judaísmo fue la única fe monoteísta. Las creencias únicas del pueblo judío y su modo de vida los apartaron del mundo pagano y de las grandes civilizaciones de Grecia y Roma. Estas diferencias condujeron a una abierta hostilidad hacia los judíos y tanto el Imperio griego como el romano —los cuales ocuparon el antiguo territorio de Israel— intentaron varias veces erradicar el judaísmo.
El cristianismo comenzó como una secta disidente de la corriente principal del judaísmo, probablemente a principios del siglo I EC. Durante el segundo siglo continuó mutando y divergiendo del judaísmo, y eventualmente se separó completamente de éste para formar una fe que atrajo a una gran cantidad de conversos paganos. A pesar de los numerosos intentos que realizó el Imperio romano para erradicar al naciente cristianismo, en el siglo IV EC el emperador romano Constantino lo transformó en la religión oficial del Imperio.
Esto marcó un gran paso para la propagación del monoteísmo, pero sin embargo, la tradicional animosidad romana hacia el judaísmo adquirió un nuevo trasfondo teológico.
Hacia el final de la Gran revuelta en contra del Imperio romano (67-70 EC), las legiones romanas quemaron el Templo en Jerusalem y allanaron la ciudad. Varios siglos después, la joven Iglesia Católica Romana le dio un giro teológico a la destrucción. La destrucción de Jerusalem y del Templo, junto con el exilio del pueblo judío de la tierra de Israel, era mucho más que un mero castigo romano por rebelarse.
Desde la perspectiva de la Iglesia, los judíos habían rechazado a Jesús como el mesías y habían colaborado en su ejecución. Como castigo por sus pecados, Dios había rechazado a los judíos, había destruido su Templo y los había condenado a vagar por la tierra hasta la segunda venida de Jesús. Era una retribución Divina, la ira de Dios.
Estos imperdonables pecados eran la raíz de la tremenda hostilidad y sospecha que había en el inconsciente colectivo de la Iglesia hacia los judíos, sentimientos que los primeros padres de la Iglesia expandieron rápidamente a las masas cristianas.
El antisemitismo generado por la Iglesia llevó a una violencia abierta en contra de los judíos, especialmente en la época de la Primera Cruzada, y a una constante persecución, tasación punitiva, humillación, marginación, expulsión y asesinato en masa.
A pesar de que el Holocausto y la arremetida de Hitler en contra de los judíos no fueron específicamente ataques teológicos, no hay duda que no podría haber hecho lo que hizo con la judería europea sin el precedente de 2.000 años de antisemitismo cristiano. Al mismo tiempo, el rol del papa de la época, Pio XII, y su aparente falla en confrontar los horrores del nazismo, sigue siendo una oscura mancha en la historia de la Iglesia.
De las cenizas de Auschwitz emergió el Estado de Israel, pero sin embargo, pasaron varias décadas antes que la Iglesia diera algunos pasos y reevaluara su actitud hacia el judaísmo y el pueblo judío.
Perdón: Finalmente, en 1965, vino la primera jugada audaz de la mano del Papa Pablo VI; un concilio ecuménico más conocido como el Concilio Vaticano II. El documento hace tres declaraciones relevantes sobre el pueblo judío: (1) Sólo unos pocos judíos estuvieron involucrados en el complot para asesinar a Jesús, (2) ningún judío que esté vivo hoy en día puede ser declarado culpable por la muerte de Jesús y (3) los judíos no son rechazados por Dios.
Después de dos mil años, la Iglesia fue capaz finalmente de perdonar a los judíos por algo que nunca hicieron en primer lugar.
La noción de que el pacto del pueblo judío con Dios se mantiene intacto es un quiebre radical con la teología católica clásica.
Aceptación: El siguiente paso significativo vino de la mano del Papa Juan Pablo II en el año 2000. Él estableció relaciones diplomáticas con Israel, visitó el país e incluso rezó en el Kotel. Si Dios le había permitido al pueblo judío regresar a Israel y reunificar Jerusalem, entonces quizás Él no los había rechazado después de todo. Esto representó un cambio radical en la actitud de la Iglesia hacia el judaísmo.
Reconciliación y legitimación: Sin embargo, el Papa Francisco está probando ser un completo disidente; él rehúye gran parte de la formalidad y pomposidad de su cargo al mismo tiempo que trabaja duro para rejuvenecer la Iglesia y reconciliarla no sólo con la modernidad, sino que también con las otras religiones.

En base a sus declaraciones pasadas, se podría argumentar que será él quien traiga el mayor giro de los últimos 2.000 años en lo que refiere a la actitud de la Iglesia hacia el judaísmo. “Le tenemos especial consideración al pueblo judío debido a que su pacto con Dios nunca fue revocado… Ambos creemos en un solo Dios que actúa en la historia y ambos aceptamos su palabra revelada”. Papa Francisco, Evangelli Gaudium 2013.

La noción de que el pacto del pueblo judío con Dios se mantiene intacto es un quiebre radical con la teología católica clásica.
Esta nueva perspectiva llevará, si Dios quiere, a una reevaluación significativa y a un gran avance en la relación entre el catolicismo y el judaísmo, entre los católicos y los judíos, y entre el Vaticano y el Estado de Israel

Segun tomado de, http://www.aishlatino.com/iymj/mj/Un-Papa-fuera-de-la-norma.html?s=mbaw el jueves, 17 de julio de 2014.

 
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Los hombres de la Gran Asamblea

Los hombres de la Gran AsambleaLos hombres de la Gran Asamblea
Un grupo de grandes sabios definieron la esencia del judaísmo para los judíos de Israel y de la diáspora.
por Rav Ken SpiroLos hombres de la Gran Asamblea

Los ‘Hombres de la Gran Asamblea’ —en hebreo Anshei Knéset HaGuedolá— fueron un inusual grupo de personalidades judías que tomaron las riendas del liderazgo judío entre los años 410 AEC y 310 AEC. Este período de tiempo vino luego de la destrucción del Primer Templo e incluyó las primeras décadas del Segundo Templo, hasta la invasión de los griegos que fue liderada por Alejandro Magno.
Al advertir que el pueblo judío estaba descendiendo en espiritualidad, un grupo de líderes sabios se reunieron —expandiendo el Sanedrín, la Corte Suprema Judía, de 70 a 120 miembros— con el objetivo específico de fortalecer el judaísmo. Reunidos inicialmente por Ezra, ellos fueron quienes definieron el judaísmo en aquella turbulenta época, en la cual la profecía y el reinado estaban desapareciendo del pueblo judío.
(El Parlamento del Estado de Israel —que es llamado “la Knéset”— también tiene 120 miembros, imitando a la Gran Asamblea, pese a que su función es completamente distinta a la que tenía la Gran Asamblea original hace 2.500 años).
Entre ellos encontramos a los últimos profetas —Hagai, Zacarías y Malají— a Mordejai (de la historia de Purim), a Yehoshúa (el Sumo Sacerdote), a Nejemia (el arquitecto que estuvo a cargo de la reconstrucción de Jerusalem) y a Shimón HaTzadik (también un Sumo Sacerdote).
Cabe recordar que en esa época aún no había sido compilado el Talmud. Para saber cómo vivir una vida judía uno debe conocer los mandamientos de la Torá junto con sus interpretaciones y aplicaciones transmitidas oralmente, es decir, la Torá Escrita y la Torá Oral, ambas reveladas a Moshé en el Monte Sinaí.
Es imposible entender la Torá Escrita sin su complemento Oral. Por ejemplo, cuando la Torá Escrita dice: “Y estas palabras que te ordeno hoy deberán estar sobre tu corazón… y las escribirás sobre las jambas de tus puertas y de tus portales”, es la Torá Oral la que explica a qué palabras se refería la Torá Escrita, y además, que esas palabras deben escribirse sobre un pequeño rollo que a su vez debe ser fijado en el marco de la puerta. Sin la Torá Oral no sabríamos nada sobre la mezuzá ni sobre otra infinidad de prácticas diarias del judaísmo.
Transmisión precisa
La destrucción del Primer Templo y el exilio que le siguió fueron experiencias increíblemente traumáticas para el pueblo judío: El Templo y su servicio diario ya no estaban, al igual que la monarquía. Los judíos se encontraron en una tierra lejana y sin ninguna de las instituciones normativas que eran fundamentales para el judaísmo (irónicamente, el mundo judío continúa en la misma situación. La diferencia es que después de 2.500 años, el exilio es tan cómodo que lo que en verdad es una situación anormal, es aceptado como algo completamente normal). El pueblo judío debía luchar con las consecuencias del exilio, por lo que la transmisión precisa de esta tradición oral se volvió algo esencial. Y es allí donde los Hombres de la Gran Asamblea realizaron su mayor contribución (1).
Como vemos en la historia, dependiendo de cuánto dejen de vivir los judíos de acuerdo a la ley y a la tradición judía (es decir, lo que los hace judíos) será cuánto se asimilarán y desaparecerán. Por lo tanto, podría decirse que le podemos atribuir a las contribuciones de estos hombres gran parte de la supervivencia del judaísmo.
La Mishná les brinda un gran homenaje:
Moshé recibió la Torá en Sinaí y se la transmitió a Yehoshúa, Yehoshúa a los Ancianos, los Ancianos a los Profetas y los Profetas a los Hombres de la Gran Asamblea… Shimón HaTzadik fue uno de los remanentes de la Gran Asamblea; él acostumbraba decir: “El mundo se sostiene sobre tres cosas: sobre la Torá, sobre el servicio a Dios y sobre los actos de bondad…” (Ética de nuestros padres 1:1).
Los contenidos del Tanaj
Además de asegurar la transmisión adecuada de la Torá Oral, los Hombres de la Gran Asamblea decidieron cuáles, de entre la multitud de escrituras sagradas, debían formar parte del Tanaj. El pueblo judío había producido cientos de miles de profetas (tanto hombres como mujeres). ¿Qué escritos debían ser conservados para las generaciones futuras y cuáles tenían una aplicabilidad limitada?
Los Hombres de la Gran Asamblea tomaron esta decisión y nos dieron lo que hoy conocemos como Tanaj (un acrónimo hebreo que significa Torá, Profetas y Escritos).
Esto es lo que los cristianos llaman el Antiguo Testamento, pero tradicionalmente los judíos nunca le han llamado así. Testamento deriva de la palabra latina testari, que significa ‘ser un testigo’. Los cristianos llaman al Tanaj ‘Antiguo Testamento’ basados en la creencia de que Dios canceló su pacto con los judíos e hizo un nuevo pacto —un Nuevo Testamento— con los seguidores de Jesús. Como los judíos niegan que Dios haya “cambiado de parecer” después de haberles prometido ser Su nación eterna, encuentran que el término es insultante.
El Tanaj está compuesto por los cinco libros de la Torá, ocho de los profetas (el último de ellos consiste de doce libros pequeños) y 11 libros de escritos varios, que incluyen los Salmos (en su mayor parte atribuidos al Rey David), los escritos del Rey Shlomó (Cantar de los Cantares, Proverbios, Eclesiastés), los libros de Iov, Rut, Ester, Daniel, etc.
El rezo
Lo último que hicieron los Hombres de la Gran Asamblea fue formalizar el rezo. En realidad, comenzaron un proceso que no terminaría sino hasta el siglo 2 EC, después de la destrucción del Segundo Templo, pero establecieron los principios esenciales y la estructura básica de la plegaria formal (2).
Durante el período del Primer Templo no había necesidad de que existiera una liturgia formalizada para la plegaria judía ya que la presencia de Dios era manifiesta; era mucho más fácil tener una relación cercana, intensa y personal con Dios. Adicionalmente, gran parte de lo que actualmente es el objetivo de la plegaria se lograba a través de los sacrificios y el servicio del Templo en general. Obviamente que los sacrificios volvieron a realizarse cuando fue reconstruido el Segundo Templo, pero la mayoría de los judíos permanecieron en el exilio y por lo tanto no tenían acceso a esta forma de conexión con Dios. Además, como mencionamos previamente, a pesar de que el Templo estaba en pie, la conexión durante el período del Segundo Templo era mucho más débil.
Por lo tanto, los horarios de la plegaria formalizada guardan correspondencia con los horarios en que se realizaban las tareas en el Templo: la plegaria matutina equivale al servicio de Shajarit en el Templo; la plegaria de la tarde equivale al servicio de Minjá, y la plegaria nocturna de Maariv equivale a las tareas nocturnas (ya que no había sacrificios de noche).
La parte central de la plegaria (que se repite tres veces al día) es la Shemoná Esré, “Las Dieciocho Bendiciones”. Cada bendición se recita en plural para acentuar la interdependencia del pueblo judío y cada una de ellas tiene su raíz en la Torá y en la Cábala.
La profundidad mística de esta plegaria —una obra maestra escrita por los Hombres de la Gran Asamblea— es asombrosa. Por ejemplo, la bendición para la sanación tiene 27 palabras, las cuales corresponden a las 27 palabras del versículo de la Torá (Éxodo 15:26) en donde Dios promete ser el Sanador del pueblo judío. Está escrito (Néfesh Hajáim 2:13) que el texto de la Shemoná Esré tiene tanto poder espiritual que incluso si es recitado sin intención, sentimiento o entendimiento, sus palabras tienen un gran impacto en el mundo.
Gracias a la inspiración Divina y a una gran genialidad, los Hombres de la Gran Asamblea fueron capaces de crear, a partir de las cenizas de una nación físicamente destruida, un pueblo espiritualmente pujante. Su trabajo delineó y afirmó la identidad judía nacional y religiosa, y creó un foco, una unidad y uniformidad para el pueblo judío sin importar en qué lugar del mundo estuvieran.
El último sobreviviente de la Gran Asamblea fue Shimón HaTzadik. De acuerdo al historiador Josefus (Contra Apion 1:197), los judíos de Israel prosperaron y la población judía en la tierra de Israel llegó a 350.000 habitantes bajo su dirección.
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El hecho de que los persas hayan sido dictadores benevolentes ayudó a los judíos tanto en el plano físico como en el espiritual. Pero la situación estaba a punto de cambiar debido al creciente poder del Imperio Griego que se vislumbraba en el horizonte.

1) Ver Talmud, Nedarim 37b; Kidushín 30a
2) Ver Talmud, Meguilá 17b. El proceso fue completado después de la destrucción del Segundo Templo, por el Sanhedrín en Yavne. Además de la plegaria, los Hombres de la Gran Asamblea también instituyeron las bendiciones que son dichas antes y después de las comidas y la ejecución de varios mandamientos, al igual que Kidush y Havdalá antes y después de Shabat.

 

Segun tomado de, http://www.aishlatino.com/judaismo/historia/curso-rapido/Los-hombres-de-la-Gran-Asamblea.html el jueves, 17 de julio de 2014.

 
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Posted by on July 17, 2014 in Uncategorized