Intimidad Espiritual

Intimidad Espiritual, por  

El mundo occidental tiene una considerable dificultad con el concepto de intimidad sexual. Una muestra de esto es la obsesión que tiene la cultura con el tema. En los carteles de las carreteras, publicidades de las revistas, novelas superventas y en casi cualquier forma de expresión cultural —desde el elevado arte hasta el bajo lenguaje—, las insinuaciones sexuales dominan el paisaje.

Esto a menudo me recuerda el incisivo comentario que hizo Gertrudis, la madre de Hamlet: “A mi parecer, la dama procura demasiado”. En vez de mostrar una posición simple y llana sobre las relaciones físicas, esta necesidad de mencionar constantemente el tema revela una perceptible incomodidad con él.

Irónicamente, a pesar de que el mundo occidental trabajó con determinación durante el siglo pasado para liberarse de cualquier tipo de restricción moral o sexual impuesta por la religión, se ha quedado con el souvenir de que la sexualidad es en cierto sentido sucia.

El judaísmo está completamente en desacuerdo con esta forma de ver las cosas.

Para el pensamiento judío, la intimidad física contiene el mayor potencial para la espiritualidad. Es uno de los mejores medios que le fueron entregados a una pareja casada para que pudieran expresar santidad.

Sin embargo, al igual que cualquier otro medio, su uso depende completamente de la expresión que le den los individuos involucrados. La unión sexual es como un lienzo en blanco frente a los artistas —marido y mujer—, y el mensaje espiritual que ellos produzcan puede ser vacío o bien puede ser una obra maestra.

Las fuentes judías clásicas describen la sexualidad como un poderoso río. Si es controlado puede irrigar y abastecer innumerables comunidades, pero si no es controlado, entonces trae inundaciones y destrucción.

En su expresión más elevada —en un matrimonio judío que se rige de acuerdo a la ley judía—, la unión sexual trae santidad al mundo, uniendo a la pareja espiritual, física y emocionalmente.

La cercanía entre marido y mujer no es solamente algo bueno, sino que es la recreación en un plano físico de una realidad espiritual más profunda. De acuerdo al pensamiento judío, el hombre y su mujer eran originalmente una sola alma antes del nacimiento, la cual se dividió en dos mitades cuando el más joven de ellos fue concebido. Cuando ellos se vuelven a unir en el matrimonio, su vínculo es único porque representa la recreación de una única entidad, de una sola alma.

Al describir el matrimonio, la Torá escribe:

Por lo tanto el hombre dejará a su padre y a su madre y se unirá a su esposa, y ellos se convertirán en una sola carne (Génesis 2:24).

Sin embargo esta “unicidad” que es la meta central del matrimonio judío no es fácil de alcanzar. Para la edad de matrimonio, estás dos medias almas pertenecen a dos individuos sumamente distintos, quienes crecieron con historias, experiencias y gustos diferentes. Afortunadamente, el matrimonio mismo provee abundantes herramientas para superar estas diferencias que fueron impuestas y para establecer en el plano físico la misma unicidad que existe en el plano espiritual.

Probablemente la herramienta más poderosa que promueve la unidad en el matrimonio es la intimidad sexual. Todos los maravillosos sentimientos que tiene una pareja en una relación culminan en la intimidad física entre marido y mujer.

Si Dios dotó a la intimidad con este extraordinario poder, entonces, Él debería habernos dado también una guía —un medio— para aprovecharla en su máximo potencial. Y de hecho lo hizo. Llamamos a este medio: mikve.

La mikve —y la disciplina halájica que la acompaña, la cual se conoce como “leyes de pureza familiar”—, fueron alguna vez sumamente conocidas y eran practicadas en los hogares judíos de forma tan universal como el encendido de las velas de Shabat. Ninguna familia judía habría pensado siquiera en vivir sin ellas.

Pero hoy en día esta institución no sólo ha sido completamente olvidada por la gran mayoría de las familias judías, sino que el matrimonio mismo ha perdido gran parte de su estatus.

Sin embargo en el pasado los valores eran diferentes. Los matrimonios eran más fuertes; de hecho, los matrimonios judíos eran la envidia del mundo. En esa época, las familias judías no solamente sabían sobre mikve y leyes de pureza familiar, sino que incluso arriesgaban sus vidas para practicarlas.

Una mikve es una herramienta espiritual; no tiene nada que ver con higiene.

Mikve significa recolección. En términos físicos se refiere a una piscina que se utiliza para recolectar agua “natural”, que no ha sido tocada por manos humanas, como agua de lluvia o agua de ríos y manantiales subterráneos.

Culturalmente, una mikve es de tanta importancia que los rabinos del Talmud decretaron que si una comunidad no tiene ni mikve ni sinagoga, construir una mikve tiene prioridad por sobre levantar una sinagoga.

En la práctica, una mikve es utilizada tanto por hombres como mujeres, quienes se sumergen en ella en ciertas ocasiones especiales. Aunque se ve como un baño común y corriente, no lo es; cuando la ley judía ordena el uso de una mikve, quien la usa debe estar perfectamente limpio y bañado antes de la inmersión. Una mikve es una herramienta espiritual; no tiene nada que ver con higiene.

La Torá menciona a la mikve principalmente en relación al Sumo Sacerdote judío, el Kohén Gadol, quien se sumergía en sus aguas cinco veces durante los servicios de Iom Kipur cuando el Templo Sagrado estaba en Jerusalem. Hoy en día el uso más importante de la mikve es por parte de las mujeres, quienes se sumergen en ella como uno de los pasos del ciclo de reunión y separación entre marido y mujer, más conocido como “leyes de pureza familiar”.

Ninguna breve descripción de la pureza familiar, incluyendo la que veremos a continuación, es suficiente para asegurar su práctica adecuada. Y de hecho ninguna breve descripción de los beneficios de la pureza familiar puede explicar adecuadamente su belleza. Solamente el hecho de practicarla puede transmitir verdaderamente su extraordinaria naturaleza.

Muchas parejas judías que desconocían originalmente la disciplina de lamikve pero que aprendieron sobre ella e incorporaron la práctica de las leyes de pureza familiar en sus vidas, me han dicho que si alguna vez tuvieron dudas de que la Torá fue entregada por Dios, entonces la mikve y la pureza familiar las borraron. La sabiduría —o como ellos lo describen, la genialidad— de esta práctica es tan grandiosa que ninguna mente humana podría haberla inventado.

Y sin embargo, para la mente humana, esta práctica puede sonar extraña al principio porque es sumamente diferente. Debido a que este pilar de la vida tradicional judía es ahora tan extraño para nosotros, suele ser malentendido, ya que intentamos aplicar nuestro inadecuado y a veces vacío entendimiento del siglo XXI a su extraordinariamente profunda sabiduría.

En la práctica de la mikve y la pureza familiar, una pareja judía se separa cuando la mujer comienza su periodo menstrual, y el contacto físico no se reanuda sino hasta siete días después de la conclusión de su periodo. En la noche en que la pareja reanudará las relaciones físicas, la mujer se sumerge en las aguas de la mikve, donde ella pronuncia un rezo invitando a Dios a santificar la intimidad que se aproxima.

Después de que marido y mujer esperan que pase este tiempo, su unión representa una reafirmación de los poderes de la vida por sobre la muerte.

Esencialmente, la unión sexual es una afirmación de la vida, ya que la pareja se une en la sagrada tarea de traer una nueva alma desde su fuente celestial hasta este mundo. De la misma forma, el tiempo en que la pareja no puede tener contacto físico está asociado con un periodo de tiempo en el cual la mujer experimenta la pérdida del potencial de vida, ya que el óvulo no fecundado es expulsado de su cuerpo.

Cuando marido y mujer esperan que pase este tiempo y la mujer utiliza la mikve antes de volver a unirse con su esposo en intimidad física, su unión representa una reafirmación de los poderes de la vida por sobre la muerte. Es elevarnos por sobre nuestra mortalidad. La pausa en la relación física entre marido y mujer no tiene ninguna conexión con un sentimiento de repugnancia por el flujo menstrual de la mujer, como a menudo se asume erróneamente; un concepto como ese no tiene cabida en las fuentes judías.

Curiosamente, a pesar de que los misterios de la mikve tienen relación con esta interacción entre vida y muerte, es claro que el rol que juega la mikve es más profundo que nuestro entendimiento de la vida y la muerte, ya que la ley judía prescribe el uso de la mikve incluso entre parejas para las que la procreación no es posible. De hecho, la ley judía también requiere la activa búsqueda de una relación sexual sana e íntegra en las parejas casadas de todas las edades, y la considera un valor independiente —de hecho, un valor espiritual—, sea o no posible la procreación.

Si queremos entender la mikve en profundidad, entonces debemos regresar a las referencias que hay sobre ella en la Torá. En el libro de Levítico, capítulo 16, leemos sobre el servicio de Iom Kipur según como se practicaba cuando teníamos un Templo en Jerusalem.

En el clímax del servicio, el Sumo Sacerdote entraba al cuarto más interior del Templo —al lugar más santo de la tierra—, el Kodesh Hakodashim (el Santo Sanctórum), y pedía perdón por las faltas de la nación a lo largo del año que acababa de pasar. Nadie más que el Sumo Sacerdote tenía permitido entrar alKodesh Hakodashim y él mismo, como el representante más santo de la santa nación judía, tenía permitido entrar ahí solamente una vez al año, por un corto intervalo en Iom Kipur, el día más santo del año.

Es difícil imaginar hoy en día la relevancia de ese momento. Los siete días anteriores, el Sumo Sacerdote se debía preparar para este día. La noche anterior, un equipo de grandes líderes judíos lo mantenían despierto toda la noche, examinándolo y presionándolo a la altura de su potencial moral y espiritual. El futuro de toda la nación judía y del mundo entero dependía de sus acciones dentro del Kodesh Hakodashim, las cuales eran realizadas completamente en privado, presenciadas únicamente por Dios y por él mismo.

Después de los siete días de refinarse a sí mismo, y luego de la vigilia de toda la noche, el Sumo Sacerdote tenía una preparación final que hacer antes del increíble momento en el cual entraría al Kodesh Hakodashim y llevaría a cabo la expiación por sí mismo, por su nación y por el mundo: él se sumergía en lamikve.

La reanudación del acto de intimidad de una mujer judía con su esposo es un momento igualmente impresionante. Después de los siete días en que se prepara para ese momento, la mujer se sumerge en la mikve para elevar su relación con su esposo y elevar al mundo entero.

¿Cómo? ¿Cómo puede tener un efecto tan profundo el sumergirse en algo tan simple como agua?

El agua es el más espiritual de los elementos físicos. Los versículos de apertura de Génesis (1:2-22) describen la creación de muchas cosas impresionantes incluyendo la tierra y la humanidad, pero sin embargo, a pesar de que hay referencia al agua (“El espíritu de Dios se movía sobre las aguas” [Génesis 1:2]), no hay mención alguna de su creación. Nuestros sabios aprenden de esto que el agua existía incluso desde antes del relato de la creación y que existía antes que la tierra misma.

Una mikve, que contiene aguas que no han sido tocadas por manos humanas —las cuales caen o bien como lluvia directamente hacia la mikve o bien fueron conducidas hasta ella mediante un manantial subterráneo— es la cosa más cercana que tenemos a un pedazo del cielo en la tierra. Nos da la oportunidad de reunirnos con nuestra fuente espiritual.

Justo antes de que una mujer se sumerja en estas aguas Divinas dice un rezo, invitando a Dios a santificar su matrimonio, su relación más íntima e importante.

Lo que ella dice en el rezo es: “Dios, esta es la relación más sagrada de mi vida. Ésta, nuestra unión conyugal, es una de las expresiones más grandes de esa sagrada relación, y no quiero que algo tan sagrado como esto esté desprovisto de Tu presencia. Quiero que Tú me acompañes en este acto. Quiero que estés ahí“. Y luego ella se sumerge y, en cierto sentido, experimenta la Presencia del Creador del mundo.

El difunto Rav Shlomo Twerski, quien era mi cuñado y un brillante estudioso de la Torá, dijo que es particularmente apropiado que el hecho de ir a lamikve sea una responsabilidad de la mujer y no del hombre, ya que la mikvesantifica a la familia, y es la sabiduría de la mujer —mucho más que la de cualquier otro miembro de la familia— la que construye el hogar.

En cierto sentido una mujer crea su familia. Durante nueve meses antes del parto ella moldea un ambiente interno perfecto para sus hijos; luego, por casi dos décadas después del parto, ella esculpe el ambiente emocional, mental y físico de sus hijos. Si ella no tiene hijos, de todas formas es la que —en la mayoría de las familias— tendrá la mayor influencia creativa en la atmósfera de la casa y en quienes viven bajo su techo.

Cuando una mujer va a la mikve, antes de que regrese a casa a ejercitar nuevamente su inteligencia creativa, ella —la creadora humana— pide la bendición del Creador del universo. Ella le pide a Dios que regrese a casa con ella para acompañarla en sus sagradas actividades y, lo más importante de todo, que la acompañe en su matrimonio.

Todas las mitzvot son bondades y la mikve no es la excepción. Cuando el Talmud habla sobre la sexualidad, hace referencia a una simple regla de la naturaleza humana: algo que está disponible constantemente para nosotros eventualmente pierde su brillo ante nuestros ojos. Permitimos que la rutina remplace a la excitación y nos volvemos desdeñosos y apáticos. El aburrimiento en el matrimonio no es un asunto insignificante; es extremadamente destructivo y en nuestra época es una importante causa de divorcio.

Debido a estas “vacaciones” mensuales, marido y mujer se convierten en novia y novio cada mes, una y otra vez.

Este es el primero y el más obvio beneficio de lamikve. Durante aproximadamente dos semanas cada mes, marido y mujer están prohibidos el uno para el otro. Debido a estas “vacaciones” mensuales, nos dice el Talmud, marido y mujer se convierten en novia y novio cada mes, una y otra vez. Hay una frescura perpetua en la relación; y si lo dudas, pregúntale a cualquier pareja que practique la mikve y ellos te lo confirmarán, aunque puede ser que se sonrojen ante esta verdad.

Segundo, la mikve nos enseña el valor de la restricción. En un mundo en el cual la infidelidad es tan común como lo es hoy en día —se estima que casi uno de cada dos hombres ha sido infiel—, las personas tienen que aprender el arte de la restricción. Desafortunadamente no lo enseñan en la escuela.

En el matrimonio judío, si un esposo y esposa no pueden tener acceso el uno al otro en intervalos regulares, entonces, esto significa que deben aprender a controlarse dentro del marco de la relación de matrimonio. Fuera de la relación de matrimonio, cuando una tentación aparece repentinamente y ellos deben ejercitar la restricción, ellos saben cómo responder. No es como si repentinamente fueran llamados a correr diez kilómetros cuando nunca han corrido ni siquiera una cuadra.

Tercero, la mikve nos proporciona el increíble recurso de “espacio privado dentro del matrimonio”. Nos entrega la oportunidad de ser nosotros mismos de una forma que no sería posible si no hubiese un periodo de separación.

Una de las razones principales por las cuales nuestras almas individuales fueron enviadas a la tierra es para materializar una parte de nosotros mismos que es única y diferente a cualquier otra persona. Sin embargo, en el matrimonio es fácil que dos personas se pierdan el uno en el otro y que no sepan dónde acaba uno y comienza el otro. Este no es el ideal judío. La “unicidad” de un matrimonio judío no es una unidad de igualdad —de parejas idénticas que no se oponen o desafían el uno al otro—, sino que más bien es una interacción dinámica entre dos individuos que mantienen sus identidades, a pesar de que están unidos por una meta; un corazón y un alma.

Dos personas que fortalecen su individualidad durante este tiempo de separación se unen nuevamente y se enriquecen el uno al otro precisamente porque han fortalecido esa parte de ellos que es propia y solamente de ellos.

Finalmente, la mikve nos enseña que no somos objetos. Por cuanto que yo no te pertenezco a ti y tú no me perteneces a mí de la misma manera que durante el periodo de “unión”, estoy obligado a tratarte como una persona completa y no como un objeto de placer. Esta es una lección invaluable en nuestra sociedad en la que, a pesar de la reverencia por el feminismo, las mujeres son tratadas como objetos en la publicidad, en el trabajo y a menudo en el hogar mismo.

Durante las dos semanas sin contacto físico, la pareja tiene que aprender a hablar sobre todo, incluyendo muchos temas difíciles.

También aprendemos a comunicarnos mejor el uno con el otro a través de la mikve. Muchos problemas pueden ser minimizados con un abrazo y un beso. Durante las dos semanas sin contacto físico, la pareja tiene que aprender a hablar sobre todo, incluyendo muchos temas difíciles. Llegamos a conocer los pensamientos internos del otro de formas que de otra manera no llegaríamos a conocer. El resultado es intimidad verdadera.

Como afirmamos antes, estos beneficios solamente rasguñan la superficie de los efectos espirituales que la mikve tiene en nuestras vidas y en el mundo. Hay cosas profundas en esta práctica que nosotros, como humanos, no podemos comprender. Pero una cosa está clara:

Si nuestra intimidad física no sirve a un propósito mayor, entonces es solamente eso, física. Pero con la mikve y la presencia de Dios, la relación sexual pasa de ser algo completamente físico —un acto en el que las especies infrahumanas también participan—, a ser un acto de santidad y la expresión de unión más elevada entre dos personas.


Segun tomado de, http://www.aishlatino.com/a/m/Intimidad-espiritual.html?s=show  el martes, 8 de julio de 2014.

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