Punto crítico: el cisma judeo-cristiano

Punto crítico: el cisma judeo-cristiano

Lawrence H. Schiffman

El surgimiento del cristianismo ha ocupado un lugar tan prominente en el estudio de la historia de las religiones, que hizo perder de vista una cuestión interrelacionada y quizá más importante: la manera en que el judaísmo y el cristianismo se separaron y empezaron a considerarse mutuamente como “el otro”. ¿Cómo fue que los cristianos llegaron a ver a los judíos y al judaísmo como extraños y diferentes, y así, como una religión que debía ser sustituida y un pueblo al que culparían por el pecado de deicidio? ¿Cómo fue que el judaísmo llegó a considerar al cristianismo, en sus orígenes un movimiento sectario judío, como otra religión, y a sus adherentes como no-judíos, miembros de otro ethos? Sin duda, este proceso está íntimamente relacionado con el desarrollo histórico y la evolución tanto del judaísmo como del cristianismo. Pero resultó decisivo al establecer las condiciones del antijudaísmo cristiano, y para nuestra comprensión de que eso fue crucial para las relaciones entre judíos y cristianos en el mundo moderno. Este complejo proceso sólo puede entenderse adecuadamente si empezamos a esbozar aspectos del contexto histórico del cisma judeo-cristiano, analizando las evidencias que tenemos sobre la separación y examinando luego sus resultados en la Antigüedad tardía.

Nos aproximamos a este tema con considerable hesitación, pues lo resumiremos mucho y haremos demasiadas generalizaciones. Indudablemente, cada uno de nosotros podrá, en su propio campo de conocimiento y con sus propias perspectivas, mejorar o profundizar los diversos aspectos de esta discusión. Pero sólo arrojando una red muy grande podemos tener la esperanza de llegar a una comprensión de un tema tan complejo y crucial. Simplemente no hay otra alternativa.

El contexto histórico

Las evoluciones religiosas del primer siglo de la E.C. sólo pueden entenderse en el contexto de la turbulenta historia política de Judea en el lapso comprendido entre la rebelión de los macabeos (168-164 antes de la E.C.), la gran rebelión de los judíos contra Roma (66-73 E.C.) y la rebelión de Bar Kojba (132-5 E.C.). Este período comenzó con una crisis religiosa y política. La rebelión macabea fue una disputa judía interna sobre el grado de helenización y una guerra por la independencia judía en el imperio seléucida sirio. El resultado de esa rebelión pareció tener buenos augurios para el pueblo judío. La dinastía macabea, que finalmente tomó el poder en 152 a.E.C., parecía estar dedicada a la práctica de la religión israelita en un medio independiente y apenas moderadamente helenizado. Esto ocurrió sólo poco antes de que esos mismos gobernantes sacerdotales emprendieran un camino de helenización que llevaría a una guerra mutuamente destructiva tan común en el mundo helénico. Fue una disputa entre dos hermanos, Aristóbulo II e Hircán II, que en 63 a.E.C. hizo que Roma tomara un control directo sobre Judea.

El control romano directo produjo, a su vez, el surgimiento de una variedad de opositores –grupos efectivamente rebeldes–, que buscaban recuperar el espíritu del primer período macabeo. Sostenían que sólo una verdadera independencia judía haría posible la práctica irrestricta del judaísmo: un reclamo que parecía infundado por la situación del judaísmo como religión legítima dentro del imperio romano, pero justificado por la incapacidad de casi todos los procuradores romanos para respetar las necesidades particulares del pueblo y el territorio que gobernaban. Para algunos de los que protestaban y se rebelaban, el mesianismo apocalíptico era ciertamente una motivación. Algunos de ellos incluso identificaban a sus líderes como figuras mesiánicas. Era una época en la que muchos judíos estaban convencidos de que la redención mesiánica llegaría inmediatamente. Paradójicamente, los mismos argumentos llevaron a los romanos a señalar a Herodes el Grande como lo que consideraban un Rey de los Judíos. Su gobierno desde 38 a.E.C. hasta 4 a.E.C., resultó ser el más turbulento de todos; sus actividades paganas, sus bufonadas homicidas y su régimen represivo provocaron cada vez más acciones revolucionarias, a pesar de que reconstruyó el Templo de Jerusalén como una maravilla del mundo antiguo. Su fallecimiento provocó a su vez convulsiones revolucionarias aún mayores y, con la excepción del breve reinado de Agripa I, las divisiones internas de fuerzas pro- y anti-romanas dentro de la comunidad judía, así como el caos general del incompetente gobierno directo romano, pronto lanzó a Judea a la Gran Rebelión fallida que ocasionó la destrucción del Templo en 70 E.C.

En este clima, Jesús llegó a ser visto por sus seguidores como un mesías. Era una época en que la redención mesiánica parecía ser una vía para escapar de las vicisitudes de la tiranía herodiana y romana, y probablemente la existencia de tanta actividad rebelde e insurrecta llevó a los romanos a considerar a Jesús como una fuerza peligrosa y a ejecutarlo. Esto no significa que él fuera realmente un revolucionario. Al contrario, su Reino de Dios constituía una manera de actuar y una forma de existencia parecidas a las de los sabios fariseos; pero para los romanos no había diferencia.

Cuando las aguas se calmaron tras la rebelión, y las fuerzas que propugnaban el acuerdo demostraron estar en lo correcto por el fracaso de la revuelta, y cuando los disidentes judíos fueron efectivamente liquidados por los ejércitos romanos, Judea inició un período de recuperación en el que el dominio romano directo coexistió con una forma de gobierno interno farisaico-rabínico del pueblo judío. Una vez más, como seguramente había ocurrido también en 66-73, los gobernantes romanos no lograron calmar la sed de los judíos ahora henchidos de fervor mesiánico. De modo que en 132-5 los judíos emprendieron otra revuelta en la que otra vez hubo disensos internos. Frente al abrumador poder militar romano, el resultado volvió a ser la destrucción, seguida por un período de restauración y un resurgimiento de la clase rabínica como autoridades internas de los judíos de Judea, que alentaba una sumisión pasiva a los romanos.

Sobre lo dicho anteriormente podemos hacer algunas generalizaciones que nos ayudarán a seguir adelante. En primer lugar, todas esas rebeliones implicaron serias divisiones internas entre las sectas judías en cuestiones religiosas y políticas muy significativas. En segundo lugar, en cada rebelión, fueron de gran ayuda para el grupo revolucionario las prácticas vigentes –a menudo, las persecuciones– de los seléucidas y los romanos. Por último, todas las revueltas mostraron que los judíos estaban divididos entre los que estaban dispuestos a acatar a los poderes reinantes y los que anhelaban la independencia judía.

Quizá lo más importante para nuestro propósito sea subrayar que la combinación de un dominio extranjero agresivo y la resistencia judía tomó forma en un contexto de esperanza apocalíptica, un factor que contribuyó al surgimiento del cristianismo.

El judaísmo de los dos siglos a.E.C.

En este contexto adquirió prominencia el sectarismo del judaísmo del Segundo Templo. El fermento religioso no era nuevo para el pueblo judío. Antes de la rebelión de los macabeos, la cuestión en debate, que luego llevó a la rebelión en gran escala, era el alcance de la helenización. Los helenistas extremos buscaban una identificación demasiado grande del judaísmo con ideas y prácticas religiosas helénicas, que la mayoría de los judíos rechazaba vigorosamente. Pero incluso los macabeos estaban dispuestos a adaptarse al helenismo hasta cierto punto. Después de la rebelión triunfante, cuando los gobernantes asmoneos tomaron el camino del helenismo, las conocidas divisiones sectarias se volvieron muy importantes. Ese período histórico del judaísmo puede considerarse un tiempo de debate y confusión, en que las ideologías judías discrepantes intentaban atribuirse legitimidad como continuadoras de la tradición de la Biblia Hebrea, en una época en que las tendencias históricas y culturales del helenismo y la inestabilidad política representaban un formidable desafío.

Vale la pena esbozar las variadas aproximaciones al judaísmo conocido de ese tiempo para mostrar la complejidad del panorama religioso judío, que será el telón de fondo para el surgimiento del cristianismo.

En principio, es importante recordar que la mayor parte de los judíos del segundo y primer siglo anteriores a la E.C. formaban parte de un grupo amorfo generalmente denominado ‘am ha-aretz’, “la gente de la tierra”. Ese grupo constituía el campesinado tradicional, que practicaba lo que se solía llamar el “judaísmo común” del período tardío del Segundo Templo. Observaban el Sabbath y las fiestas y reglas de pureza básicas, y practicaban el culto en el templo en los días festivos. Pero no eran tan estrictos en respetar las leyes del diezmo de los productos agrícolas o en mantener la pureza del Templo en la comida no sagrada. Esos judíos no estaban involucrados en las discusiones de las elites, aunque la mayoría de ellos parecían apoyar y seguir a los dirigentes fariseos, y un número reducido ingresó en el naciente movimiento de Jesús a mediados del primer siglo.

Entre las sectas judías, las más importantes eran las de los fariseos y los saduceos. Los saduceos representaban el grupo sacerdotal que durante gran parte del período del Segundo Templo controló el sumo sacerdocio. En el período herodiano, los sacerdotes saduceos representaban a los que preferían avenirse al gobierno romano, y a menudo comprometían la rigurosidad religiosa por apetitos personales o ventajas políticas. Pero originariamente los saduceos habían sido sacerdotes piadosos deseosos de servir a Dios en Su Templo de acuerdo con sus tradiciones y sus reglas legales. Existieron remanentes de esos saduceos piadosos hasta la destrucción del Templo en 70 E.C., y otros elementos de ese grupo pueden haber constituido el núcleo de lo que llegó a ser la secta de Qumran.

Los fariseos, a los que Josefo presenta como los más populares entre la gente común, eran maestros laicos de la Torah, y fueron los precursores de los sabios rabínicos. Se especializaban en interpretación bíblica y ley judía, y sabemos a través de los textos de Qumran que ya a principios del período asmoneo sus ideas básicas sobre la ley, y su adhesión a las “tradiciones de los padres”, que luego se llamó Ley oral, eran considerablemente avanzadas. El Nuevo Testamento da cuenta de que su visión social y ética fue adoptada por el cristianismo primitivo, aunque Jesús y sus seguidores parecían tener un enfoque más indulgente sobre algunos aspectos de la ley judía, como el Sabbath.

Josefo, Filón y otras fuentes antiguas han mencionado un tercer grupo importante: los esenios. Existen muchas teorías para explicar la etimología y el significado de este vocablo, y debemos admitir que ninguno es convincente. Luego, no aparece en hebreo hasta el Renacimiento. Por los escritos de Plinio el Viejo, la mayoría de los estudiosos llegaron a la conclusión de que el Qumran, o la Secta del Mar Muerto, debía identificarse con esa secta. Esta opinión puede ser correcta, pero hay que añadir que lo más probable es que los esenios fueran un amplio conglomerado de diversos grupos sectarios, agrupados por escritores antiguos. Entre esos grupos, ciertamente existían sectas apocalípticas –con esto queremos destacar su creencia en un mesianismo inmediato y a menudo catastrófico–, y los Rollos del Mar Muerto nos permiten vislumbrar esa clase de pensamiento escatológico. Es evidente que esa ideología, con su esperanza en un inminente advenimiento del eschaton, tuvo influencia en la participación de una gran cantidad de judíos en las rebeliones contra Roma de 66-73 y 132-134 E.C. El panorama ideológico y religioso de la Palestina judía en la Antigüedad tardía estaba poblado por una variedad de estos grupos, como surge de los Rollos y Pseudepigrapha (conocidos desde antes de los descubrimientos del Qumran). Su influencia directa e indirecta en los grandes acontecimientos del primer siglo E.C. no puede ser subestimada.

El surgimiento del cristianismo

Es en este contexto histórico y religioso como debe verse el surgimiento del cristianismo. Por supuesto, excede a esta presentación intentar desentrañar los complejos acontecimientos relacionados con la carrera y la muerte de Jesús. Su análisis –o mejor dicho, el análisis de lo que hicieron los estudiosos posteriores al intentar aclarar estos temas– llevaría un libro entero, aun dejando la mayor parte de los problemas más fundamentales sin resolver. Analizaré, sin embargo, la parte de esos acontecimientos que considero relevante para este artículo.

Como lo dije antes, en esa época existían grupos judíos sectarios de naturaleza apocalíptica. Algunos de esos grupos, como sabemos a través de los Rollos del Mar Muerto y de Josefo, se reunían en torno a maestros carismáticos o pietistas, y algunas de esas figuras eran consideradas proféticas o mesiánicas. En cierto modo, el movimiento de Jesús se ajusta a tal caracterización y puede ser visto como parte de un panorama espiritual más amplio.

La afirmación de que Jesús era el mesías se adecua perfectamente bien a este esquema apocalíptico. Los grupos apocalípticos consideraban a sus maestros y líderes como mesías, y las tradiciones de los evangelios ciertamente indican que ese fue el caso de Jesús. Algunos sostienen que el propio Jesús se consideraba a sí mismo en términos escatológicos. Sin entrar en los detalles de una materia tan compleja, debemos hacer notar que la atribución a Jesús no sólo de una condición davídica, sino también de características sacerdotales, tiene relación con el concepto de los dos mesías conocido en Qumran.

Pero ciertos aspectos específicos de lo que podemos reconstruir a partir de las fuentes de los evangelios (es decir, los materiales más tempranos expresados en sus redacciones actuales), indican algunas diferencias sustanciales entre el cristianismo y las primeras sectas apocalípticas judías. La diferencia más grande reside en el mensaje social del cristianismo primitivo. Lejos de la mentalidad sectaria tal como se la encuentra en la literatura sectaria de Qumran, que es típica de la mayoría de las sectas apocalípticas, está la adopción de lo que podríamos denominar la ética hiper-farisaica de Jesús y sus seguidores. Los intentos de contraponer la formulación que hace Jesús de la Regla de Oro con la de Hillel, oscurece el hecho de que tanto para los fariseos como para los primeros cristianos, el mandamiento bíblico “amarás a tu prójimo como a ti mismo” era el imperativo ético fundamental. Los conceptos éticos del cristianismo primitivo y del fariseísmo eran virtualmente los mismos, y la extensa literatura que compara las afirmaciones de ética extrema, que los evangelistas atribuyen a Jesús, con citas rabínicas, apunta ciertamente a un objetivo. Esos conceptos deben ser firmemente contrastados con los del grupo de Qumran y otras sociedades igualmente cerradas, en las que la condición de “prójimo” se limita a los miembros de la secta más que a los demás judíos o los demás seres humanos. Esta es sólo una de las razones por las cuales los intentos de ubicar a Jesús como miembro de la secta de Qumran y afirmar que fue influido por sus enseñanzas, están descaminados.

Debemos detenernos para subrayar que las hipótesis que tratan de situar a Jesús en el mundo del “bandidaje social” del primer siglo E.C. no pueden ser aceptadas. Esas teorías ignoran fuentes históricas en contrario, y las reemplazan por arriesgadas afirmaciones sobre que la verdadera naturaleza del movimiento cristiano primitivo incluía tácticas revolucionarias violentas contra los gobernantes romanos, quienes, a su vez, consideraban esos actos política y socialmente motivados, como actos de elementos criminales. Si bien grupos de esa clase sin duda existían entre la población judía del primer siglo, y en algunos casos estaban vinculados con el eventual surgimiento de los zelotes y sicarios como absolutos revolucionarios, Jesús y sus seguidores parecen haber sido completamente diferentes. Predicaban un Reino de Dios que sería creado por medio de conductas éticas y religiosas, no mediante violencia política.

Las tradiciones halákhicas (legales) que describe el evangelio primitivo también deben ser consideradas aquí, pues, a diferencia de la esfera ética, su objetivo es sin duda la divergencia y el cisma. Los evangelios le atribuyen varias enseñanzas halákhicas a Jesús, sobre todo en el terreno de la ley del Sabbath. Cuando se comparan las tradiciones de la Mishnah y las de la secta de Qumran, el resultado es un espectro en el que los puntos de vista del Nuevo Testamento son los más indulgentes, el enfoque mishnaico, moderado, y los textos del Qumran, los más estrictos. Esta clase de comparaciones ponen en duda los intentos de sugerir una relación lineal entre el cristianismo primitivo y la secta del Mar Muerto.

En este punto expreso mi total rechazo a teorías infundadas que quieren ubicar a Juan el Bautista o a Jesús en el Qumran. La cercanía geográfica entre la actividad bautismal de Juan y el lugar donde vivía la secta de Qumran no permite impugnar la evaluación más certera de que hay diferencias entre Juan como ejemplo de la vida de un eremita religioso (como Banus, el maestro de Josefo) y la existencia comunitaria –por cierto, colectiva– de los qumranitas. La práctica común de las inmersiones dice poco más allá de que esas prácticas derivan de tradiciones judías bíblicas y post-bíblicas. Las afirmaciones de que Jesús era un miembro de la secta esenia/Qumran son pura especulación sin ningún valor académico. Luego, la comparación válida que hemos mencionado entre la enseñanza del cristianismo primitivo y los materiales de Qumran está generalmente relacionada con ciertos temas de expresión en sucesivas capas de tradición neotestamentaria (mayormente en las Epístolas), que no se relacionan con los primeros materiales de Jesús y sus discípulos inmediatos, o atribuidos a ellos en los evangelios.

¿Cuál es entonces el lugar de los textos qumránicos o pseudepigráficos en el desarrollo y la comprensión del surgimiento del cristianismo? Esos textos tienen que desempeñar un papel central en nuestra reconstrucción del judaísmo que existía antes del cristianismo, y sobre el cual indudablemente, en sus estadios primitivos, se basó el cristianismo. Un enfoque de esta naturaleza nos permitirá entender la abigarrada textura de las aproximaciones al judaísmo de ese período, y también la manera en que puede contextualizarse la secta de Jesús. En segundo lugar, podemos ver que el cristianismo debatía problemas y trataba cuestiones religiosas ciertamente candentes para los judíos de aquel tiempo. En algunas áreas, como la de contemporizar exégesis bíblicas, se pueden ver importantes paralelos entre el cristianismo primitivo y formas del judaísmo sectario. Por último, la Iglesia de los Hechos parece reflejar ciertas normas comunitarias tomadas de grupos como el de la secta de Qumran, pero que pueden haber estado más extendidas de lo que pensamos en el judaísmo tardío del Segundo Templo.

En suma, este enfoque mostrará que el cristianismo es más judío de lo que se pensaba antes del descubrimiento de los Rollos del Mar Muerto. Sin embargo, no debemos permitir que esta conclusión oscurezca nuestro conocimiento de que el cristianismo divergía mucho del judaísmo incluso en los primeros siglos, y que, como lo señalaremos más adelante, la diferencia entre ambas religiones, especialmente en su doctrina mesiánica, produjo, poco después de la muerte de Jesús, una ruptura que fue más allá de las disputas y los desacuerdos que nuestras fuentes proyectan sobre el propio Jesús.

Evidencias de autodefiniciones judía y cristiana

No pasó mucho tiempo hasta que ambos grupos empezaron a definirse mutuamente como “el otro”. En el caso del judaísmo, ese proceso es fácil de delinear. Cuando los maestros farisaicos-rabínicos se reagruparon tras la destrucción del Segundo Templo, estaba claro para ellos que el cristianismo planteaba una amenaza ideológica y religiosa. Por lo tanto, pronto se adaptó la bendición contra los minim, judíos heréticos, para impedir que los cristianos judíos ejercieran como preceptores en la sinagoga, una práctica que se menciona en el Nuevo Testamento y en fuentes cristianas primitivas. Más tarde, se adoptó una variedad de leyes para separar a los judíos de sus vecinos cristianos judíos y de las escrituras provenientes del cristianismo naciente. Estas acciones mostraban a las claras que los rabinos de la época consideraban al cristianismo una herejía y que, a su juicio, su práctica estaba vedada a los judíos.

Debemos recordar que, en ese tiempo, los sabios de Yavneh estaban tratando de regular aspectos del judaísmo con el fin de crear un consenso para superar la anarquía que, según creían muchos, había contribuido a la destrucción de la nación, su territorio y el Templo, como resultado de la rebelión contra Roma.

Sin embargo, en particular, los sabios judíos encontraban que las reivindicaciones mesiánicas en nombre de Jesús, y toda la doctrina mesiánica desarrollada después de la muerte de Jesús, eran inaceptables para la teología judía. No hace falta decir que las ideas posteriores que le atribuían divinidad a Jesús reforzaron aún más el punto de vista judío, que rechazaba las creencias cristianas porque constituían un gran alejamiento de la fe judía. A medida que el cristianismo se iba volviendo cada vez más gentil, después de las decisiones formales de la Iglesia de Jerusalén y los resultados prácticos de la misión de Pablo en el mundo helénico, los rabinos empezaron a ver claramente a los cristianos como no-judíos, y ya no como judíos heréticos. Después de todo, el cristianismo era ahora la religión de ex-paganos incircuncisos, que no eran de origen judío y no se habían convertido al judaísmo según exigía la ley judía. La bendición contra los minim se extendió entonces para incluir en ella a los noserim, cristianos gentiles, y el cristianismo fue considerado francamente una religión separada cuyos adherentes no debían considerarse judíos. Con la rebelión de Bar Kojba, ese proceso se completó por dos razones. En primer lugar, los cristianos, con su creencia en que Jesús era el Mesías, no podían apoyar una revuelta mesiánica conducida por el pseudo-mesías Simeón Bar Kojba. En segundo lugar, como consecuencia de la rebelión, los romanos prohibieron también a los cristianos judíos la entrada a Jerusalén. Ahora el obispo de la Iglesia de Jerusalén era gentil, un hecho que demostraba a los judíos que el cristianismo era una religión separada.

También puede delinearse un proceso de separación en la evidencia cristiana, pero en este caso fue acompañado por un nivel mucho mayor de animosidad. Una cuidadosa lectura de los evangelios nos permite detectar la marea creciente de esa animosidad como resultado del rechazo judío al mensaje cristiano. Vemos en los evangelios una evolución desde las disputas con los fariseos o los saduceos, hacia disputas con algunos judíos, y luego, disputas con los judíos, y un ascendente crescendo de acusaciones, hasta que en la etapa final culpan al pueblo judío en su conjunto –por todas las generaciones– no sólo por la muerte del mesías, y por lo tanto el malogro de la redención que él debía traer, no sólo por la muerte de su Hijo, sino incluso por la muerte de Dios mismo: el infame cargo de deicidio. Estas enseñanzas se fueron desarrollando en un clima en el que Pablo se hallaba sumido en un inevitable debate con su propio judaísmo. Ese debate produjo simultáneamente, justo es decirlo, una crítica intelectual y religiosa al judaísmo, que incluyó a veces conceptos positivos sobre las enseñanzas judías, y una crítica mordaz en la que se creyó entender que el judaísmo había sido suplantado en forma permanente por el cristianismo, que la tradición y la observancia judías eran obstáculos para el cumplimiento espiritual, y que los judíos, en virtud de su negativa a creer en el poder redentor de Jesús, no podían alcanzar la salvación.

Así fue, pues, como los judíos y los cristianos desarrollaron identidades separadas, pero mientras el judaísmo lo hizo con un limitado antagonismo por su antiguo vástago sectario, el cristianismo expresó su identidad deslegitimando a los judíos con la enseñanza del desprecio, y, sobre todo, con el cargo de deicidio. Aunque el cisma judeo-cristiano es una calle de doble mano, las percepciones desiguales que señalamos arrojaron una trágica sombra sobre las relaciones entre judíos y cristianos durante dos milenios.

Conclusión

Hemos señalado aquí una extraña contradicción, aun cuando el judaísmo y el cristianismo tienen tradiciones y orígenes comunes, un hecho que se hace más claro a medida que vamos conociendo más la compleja textura de las aproximaciones al judaísmo de los tiempos del Segundo Templo.

Conceptos tales como mesianismo apocalíptico, dos mesías, exégesis pesher-contemporizadora, son de gran ayuda para ubicar al cristianismo primitivo en el contexto judío. A pesar de las disputas halákhicas con los fariseos –que eran de carácter interno–, los primeros cristianos compartían principios éticos con los sabios farisaicos. Por otro lado, los hechos históricos que hemos reseñado nos muestran un proceso de evolución por parte del cristianismo, desde ser una secta dentro de la comunidad judía hasta transformarse en un grupo religioso distinto con sus propias creencias y prácticas. Mientras que los judíos tuvieron que aceptar el alejamiento de lo que una vez había sido parte de su familia hacia orillas distantes, y manifestar claramente su desacuerdo con el nuevo curso tomado por el cristianismo, los cristianos prefirieron hacer de los juicios negativos sobre los judíos y el judaísmo una parte básica de su autodefinición. En perìodos ulteriores pudo verse que ese material se usó como base de afirmaciones antijudías mucho más fuertes, y a su vez, éstas prepararon el terreno para actos de persecución y violencia religiosa. Confiemos en que un retorno a la concentración en los orígenes comunes, incluso reconociendo plenamente las discrepancias que tenemos, sirva para abrir el camino hacia futuros siglos de respeto mutuo y la extirpación de los prejuicios religiosos y las persecuciones.

Segun tomado de, http://www.jcrelations.net/Punto_cr__tico__el_cisma_judeo-cristiano.2465.0.html?L=5&page=4 el lunes, 8 de sept. de 2014.

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