El Cielo Puede Esperar

El cielo puede esperar

Si los judíos creen en una vida feliz después de la muerte, ¿por qué la muerte causa tanto dolor inconsolable?

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En una guerra con el Líbano hace algunos años, 118 soldados israelíes y 52 civiles israelíes fueron asesinados. Cada una de estas muertes fue vivenciada por los judíos de Israel como una gran tragedia. Cada periódico israelí y canal de televisión mostraron fotografías de cada uno de los caídos, con una corta o larga descripción de la vida del fallecido, sus intereses, sus pasatiempos, y afirmaciones recientes a amigos y parientes. Cada funeral o shivá (casa de luto) fue televisada, mostrando a la sollozante madre, el desconsolado padre, la diezmada viuda, la privada hermana o hermano. La televisión no mostró a sus propios llorosos televidentes.

Estas muertes no fueron solamente tragedias personales, sino también calamidades colectivas.

Estas muertes no fueron solamente tragedias personales, sino también calamidades colectivas. Israel puede ser el único país en el mundo en el cual la radio reporta una víctima militar o civil y además anuncia la hora y el lugar del funeral, sabiendo que muchos radioyentes, sin conocer a la persona fallecida, querrán asistir.

Michael Levine, de 21 años, un idealista judío americano, hizo Aliá y se enlistó en el ejército israelí. Con autorización para visitar a sus padres durante el verano, él estaba en Filadelfia cuando estalló la guerra. Aunque su permiso aún duraba unas cuantas semanas más, Michael regresó corriendo a Israel para contribuir con su parte.

Él fue asesinado en acción en el Líbano. Al funeral de Michael en el Cementerio Militar del Monte Hertzel asistieron muchos cientos de dolientes. Había judíos de todo el espectro religioso y político. Las únicas dos cosas que la mayoría de ellos tenían en común eran que nunca habían conocido a Michael y que lloraron abundantemente en su funeral.

Mi propio dolor frente a la muerte de Michael (yo tampoco lo conocí) me recordó una historia que leí hace muchos años. El hijo de un misionero cristiano que trabajaba en lo que en ese entonces se llamaba el Congo Belga escribió cariñosamente sobre su padre. Cuando los rebeldes congoleños se tomaron el capitolio, aprisionaron a su padre y a otros misioneros. La Madre Superiora de un convento católico local era la única persona de piel blanca que tenía permitido visitar a los misioneros encarcelados. Cada mañana las familias de los prisioneros llamaban por teléfono a la Madre Superiora para preguntar sobre el bienestar de sus esposos y padres.

Una noche, rebeldes empuñando machetes irrumpieron en la prisión y asesinaron a todos los misioneros. A la mañana siguiente, este hijo en particular, sin saber de la atrocidad, llamó a la Madre Superiora y preguntó como estaba su padre.

“Él está bien”, contestó ella. “Él está en el cielo”.

Cuando leí por primera vez esta historia, mi reacción instintiva a la respuesta de la Madre Superiora fue: Un judío nunca hubiera contestado así. ¿Pero, por qué?Me pregunté.

En ese momento yo nunca había estudiado Torá y tenía solamente una vaga noción del concepto judío de la vida después de la muerte. En la escuela judía vespertina a la que había asistido, había escuchado historias jasídicas sobre “el tribunal celestial” enviando almas al cielo o al infierno. Así que, supuse que los judíos debían creer en el cielo, pero nunca había escuchado a ningún judío mencionarlo. Yo era una niña cuando mi tío Harry falleció a la edad de cuarenta y dos años. A juzgar por el inconsolable llanto de mi familia, concluí que la muerte era el terrible final de la historia, sin ningún epílogo reconfortante.

Años más tarde, cuando leí acerca de la optimista respuesta de la Madre Superiora ante la masacre de los misioneros, me pregunté por qué los judíos reaccionan ante la muerte con una pena tan devastadora en vez de un poco de estoicismo filosófico de altos principios. ¿Acaso no creemos nosotros también en el cielo?

El cielo más alto

Ahora he estudiado suficiente judaísmo como para saber que Michael Levine está en el cielo. De acuerdo al judaísmo, el cielo es una dimensión completamente espiritual de la realidad donde las almas reciben una recompensa completamente espiritual: disfrutar del resplandor de la Presencia Divina. Los miles de “niveles” del cielo significan incluso mayor proximidad a la Luz Divina.

Michael Levine está en el cielo más alto, con los patriarcas Abraham, Isaac, y Yaakov. El Talmud relata el episodio de los “tzadikim (justos) de Lod”. Un oficial romano fue asesinado por judíos en las cercanías de la aldea de Lod. Los romanos declararon que si los asesinos no confesaban, cada judío en la aldea sería ejecutado. Dos hermanos que no tenían nada que ver con el asesinato confesaron y permitieron ser asesinados para perdonar la vida de otros judíos de Lod. El Talmud afirma que estos dos “tzadikim de Lod”, quienes anteriormente no eran nada especial en cuanto a su piedad o sabiduría, se ganaron un lugar en el Mundo Venidero junto a los patriarcas. La inferencia es que cualquier judío que muere para proteger a otros judíos similarmente califica para el lugar más alto en el cielo.

Sin embargo, estoy segura que ninguno de los dolientes que observaban cómo el ataúd de Michael cubierto con la bandera israelí era bajado a la tumba pensó, “Él está bien. Él está en el cielo”. ¿Por qué no?

Por unos cuantos centavos

En Ética de Nuestros Padres, los aforismos de los sabios de hace casi 2.000 años, se define la diferencia entre este mundo y el Mundo Venidero: “Es mejor una hora de arrepentimiento y buenas acciones en este mundo que toda la vida en el Mundo Venidero; y es mejor una hora de dicha en el Mundo Venidero que una vida entera en este mundo” [4:17]

En otras palabras, el Mundo Venidero es el lugar para recibir recompensa, y nada del placer de este mundo es remotamente comparable al éxtasis del Mundo Venidero. Por otro lado, este mundo es el lugar para escoger hacer el bien, lo cual es de alguna forma mejor que recibir incluso la más maravillosa recompensa en el Mundo Venidero.

El enfoque primordial del judío es en este mundo porque solamente aquí puede un alma escoger hacer el bien.

El Gaón de Vilna fue la lumbrera más grandiosa de Torá de los últimos siglos. En su lecho de muerte al final de una larga y santa vida, el Gaón de Vilna lloró. Cuando su familia le preguntó por qué lloraba, él contestó, “Aquí en este mundo, por unos cuantos centavos puedo comprar tzitzit [flecos rituales que los hombres judíos utilizan en prendas de cuatro puntas]”. Toda la maravilla del cielo no era suficiente para consolar al sabio por el hecho de perder la oportunidad de realizar una mitzvá.

El enfoque primordial del judío es en este mundo porque solamente aquí puede un alma escoger hacer el bien. Solamente en este mundo puede una persona optar por cumplir la voluntad Divina. Solamente en este mundo puede una persona darle a Dios el “regalo” de obedecer Su palabra. El Mundo Venidero es para recibir. Este mundo es para dar. Cuando damos, nos volvemos como Dios, el Dador Supremo. No es extraño que el judaísmo le de supremo valor a este mundo.

Si bien el cumplimiento de cada mitzvá automáticamente genera una recompensa en el Mundo Venidero, los sabios saben que el objetivo de realizar una mitzvá no es la recompensa, sino que, el valor de la mitzvá es inherente al acto de escoger hacer el bien, independiente de la recompensa. El estimado Rav Noaj Weinberg ZT’’L ilustraba este sublime concepto con una metáfora:

Digamos que estás realizando la mitzvá de honrar a tus padres sirviéndole a tu madre un vaso de agua. Un hombre presenciando tu acción te dice, “¡Que maravilloso lo que acabas de hacer! ¡Honraste a tu madre! Aquí tienes una recompensa de 100.000 dólares”.

Tú probablemente le dirías al hombre que no lo hiciste por la recompensa, pero, ya que lo está ofreciendo, aceptas gentilmente los 100.000 dólares. La próxima vez que le sirves a tu madre un vaso de agua, la escena se repite. Nuevamente, no lo hiciste por el dinero, pero no obstante aceptas la recompensa. Esta escena se repite diez veces.

La onceava vez que estás sirviéndole a tu madre un vaso de agua, de reojo vez al hombre con el dinero en la mano. ¿En que estás pensando? ¡Seguramente no en la mitzvá de honrar a tu madre! ¡Estás pensando en los 100.000 dólares!

Esto es equivalente a realizar mitzvot y buenas acciones para recibir una recompensa celestial.

Pero el Rav Weinberg describía otro escenario: Digamos que tú y tu hijo de dos años están parados al lado de una piscina, y el niño accidentalmente se cae adentro. Por supuesto, tú saltas a la piscina, incluso con tu ropa puesta, y salvas a tu hijo. Un hombre observando tu acción te dice, “¡Que maravilloso lo que acabas de hacer! Aquí tienes una recompensa de 1.000.000 de dólares”.

Tú probablemente le dirías al hombre que no lo hiciste por la recompensa, pero, ya que lo está ofreciendo, aceptas gentilmente el dinero. Poco tiempo después, se repite la escena. Nuevamente tú saltas a la piscina y salvas a tu hijo. Nuevamente el hombre te ofrece 1.000.000 de dólares, y aunque tú no lo hiciste por el dinero, no obstante aceptas la recompensa. Esta escena se repite diez veces.

La onceava vez que tu hijo se cae a la piscina, de reojo vez al hombre sosteniendo el dinero. ¿En qué estás pensando? ¡EN SALVAR A TU HIJO!

Cada mitzvá vale más que su recompensa.

Algunos actos tienen un valor tan intrínseco, obvio incluso para nuestra limitada percepción humana, que ninguna cantidad de recompensa puede distraernos del valor del acto mismo.

Los sabios saben que cada mitzvá vale más que su recompensa. “Cumplir la voluntad de Dios”, afirmaba Rav Weinberg, “es un fin en sí mismo. Nosotros los judíos no estamos buscando entrar al cielo, sino convertir esta tierra en cielo. Cada vez que morimos, fallamos”.

Es por eso que lloramos con la muerte de Michael Levine. Sí, él tuvo el mérito de ingresar al nivel más alto del cielo. Sí, él ahora está disfrutando del resplandor de la Presencia Divina. Sí, incluso si él hubiese vivido otros 60 años, él no podría haber ganado una mayor recompensa que la que obtuvo por morir para proteger las vidas de otros judíos. Pero si hubiese vivido, él podría haber (y hubiera) servido a su madre un vaso de agua. Él podría haber hecho Kidush en Shabat. Él podría haber dado caridad a los necesitados. Y estos actos, posiblemente solamente en este mundo físico, son significativos y preciosos más allá de toda recompensa.

“Es mejor una hora de arrepentimiento y buenas acciones en este mundo que toda la vida en el Mundo Venidero”. Los judíos sí creen en el cielo. Pero nuestra misión es transformar este mundo en cielo, y ese cielo de nuestras decisiones de cada minuto, de nuestra lucha de cada hora, de nuestro esfuerzo diario, es infinitamente preciado. Y la pérdida de esos días y horas y minutos en la vida de cualquier persona, es infinitamente trágico.

No me extraña que lloremos.

Segun tomado de, http://www.aishlatino.com/judaismo/ciclo-de-vida/el-mundo-venidero/El_Cielo_Puede_Esperar.html el viernes, 7 de nov. de 2014.

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