Los nuevos Ateos

Extraido de la Gran Alianza

Si los nuevos ateos están en lo cierto, uno tendría que estar muy triste, loco o enfermo para creer en Dios y practicar una fe religiosa. Sabemos que esto no es cierto. La religión ha servido de inspiración al ser humano para alcanzar la grandeza moral, ha consagrado su amor y le ha ayudado a crear comunidades en las que se respeta a los individuos

y se llevan a cabo grandes actos de bondad. Las primeras enseñanzas de la Biblia son la santidad de la vida, la dignidad del individuo, el imperativo de la paz y los límites morales del poder.

Creer en Dios y en la importancia de la práctica religiosa, profesar una fe, no significa abdicar del intelecto, acallar el espíritu crítico o creer en seis cosas imposibles antes del desayuno. No significa entender el Génesis 1 de manera literal, ni rechazar los descubrimientos de la ciencia. Yo mismo procedo de una tradición religiosa que bendice a los grandes científicos sin tomar en cuenta lo que estos opinen sobre la religión.

¿Qué es lo que acontece?

Los debates sobre ciencia y religión se suceden periódicamente desde el siglo XVII, a menudo como resultado de grandes crisis en la sociedad: en el siglo XVII, debido las guerras de religión que habían devastado Europa; en el siglo XIX, como consecuencia de la revolución industrial, la urbanización y el impacto de la nueva ciencia, especialmente Darwin; en la década de 1960, con el debate de la «muerte de Dios», se hizo evidente el impacto retrasado de las dos guerras mundiales y se dio un giro hacia la liberalización de la moral.

Cuando la historia nos sitúa ante una importante encrucijada, es normal que nos planteemos quién debería guiarnos en una dirección u otra. La ciencia habla desde la evidencia sobre el futuro, la religión lo hace con la autoridad del pasado. La ciencia invoca el poder de la razón, la religión el poder superior de la revelación. El debate suele
quedar inconcluso y ambas partes sobreviven a la batalla, dispuestas a pelear al día siguiente.

Sin embargo, el debate actual se desarrolla a menudo en un ambiente iracundo e injurioso; los términos del conflicto han cambiado. En el pasado la amenaza –una amenaza muy real– era la sociedad atea. Aquello dio como resultado cuatro experimentos terribles de la historia: la Revolución Francesa, la Alemania nazi, la Unión Soviética y la China comunista. Hoy en día, la amenaza es la religiosidad radical combinada con una agenda política apocalíptica, capaz de desestabilizar regiones y naciones enteras a través del terrorismo y la guerra asimétrica. Esta amenaza me produce el mismo temor que los totalitarismos seglares. Los religiosos moderados de todas las creencias estarán de acuerdo conmigo. Esta es una batalla que creyentes y no creyentes deberían librar juntos.

En lugar de unir fuerzas, los nuevos ateos han lanzado una campaña inusualmente agresiva contra la religión, lo cual es perjudicial para la religión, la ciencia, la integridad intelectual y para el futuro de Occidente. Cuando una sociedad se aleja de la religión no suele durar mucho tiempo. Tras cortar las cuerdas que mantenían su moralidad amarrada a algo trascendente, todo lo que le queda es el relativismo. Y el relativismo es incapaz de defender nada, incluyendo el propio relativismo. Cuando una sociedad pierde su alma, está condenada a perder su futuro.

Continuemos.

En este libro quiero defender que necesitamos tanto la religión como la ciencia; que son compatibles, y algo más aún: que son las dos perspectivas esenciales que nos permiten ver el universo en su profundidad tridimensional. La tensión creativa entre las dos es lo que nos mantiene cuerdos, asentados en nuestra realidad física sin perder la sensibilidad espiritual. Es lo que consigue que sigamos siendo humanos y humanitarios.

La historia que voy a contar versa sobre la mente humana y su capacidad para hacer dos cosas bastante diferentes. Una es la capacidad de descomponer las cosas en sus istintos elementos y observar cómo encajan e interaccionan. La otra es la capacidad de unir cosas para que conformen una historia, unir personas para que creen relaciones. El
mejor ejemplo de la primera es la ciencia; de la segunda, es la religión.

La ciencia descompone las cosas para explicar su funcionamiento. La religión une las cosas para comprender su sentido. Sin querer entrar en detalles neurológicos, en la primera es predominante la actividad del hemisferio izquierdo del cerebro y en la segunda, del derecho.

Ambas son necesarias, pero diferentes. La parte izquierda del cerebro se ocupa más en el análisis y la clasificación. La parte derecha, en el establecimiento de relaciones con la gente. Civilizaciones enteras cometieron graves errores porque no supieron mantenerlas separadas y aplicaron a una la lógica de la otra.

Cuando tratamos a las cosas como si fueran personas, el resultado es el mito: la luz llega del dios del sol, la lluvia del dios del cielo, las catástrofes naturales son el resultado del enfrentamiento entre las deidades, etc. La ciencia nació cuando la gente dejó de contar historias sobre la naturaleza y empezó a observarla; en definitiva, cuando renunciaron a los mitos.

Cuando tratamos a las personas como si fueran cosas, el resultado es la deshumanización: se clasifica a la gente por su color, clase o creencia y se les trata de manera distinta. La religión de Abraham nació cuando las personas dejaron de ver a sus semejantes como objetos y empezaron a considerar a cada individuo la imagen única y sacrosanta de Dios.

Una de las tareas más difíciles de cualquier civilización –y de cualquier individuo– es disociarlas, a la vez que se mantienen integradas y equilibradas. Es más difícil de lo que parece. En algunas épocas – en particular a lo largo de los siglos XVI y XVII– la religión trató de dominar a la ciencia. El juicio a Galileo es el caso más conocido, pero hubo muchos más. En otros momentos históricos la ciencia ha predominado sobre la religión, como sucede en la actualidad. Los nuevos ateos son un ejemplo famoso, pero hay muchos más, gente que cree que se puede aprender todo sobre el sentido de la vida y las relaciones a través de escáneres cerebrales, bioquímica, neurociencia y psicología evolutiva, porque la ciencia es todo lo que sabemos o necesitamos saber.

Ambos se equivocan por igual. Las cosas son cosas y las personas son personas. Saber apreciar la diferencia es en ocasiones más difícil de lo que pensamos.

En la primera parte del libro planteo un análisis innovador sobre las razones por las que la gente piensa que la ciencia y la religión son incompatibles. Defiendo que se debe, en parte, a un curioso detalle histórico de cómo la religión entró en Occidente. Fue a través del cristianismo de Pablo de Tarso, una religión que era un híbrido o síntesis entre dos culturas radicalmente distintas, la Grecia antigua y el antiguo Israel.

El detalle curioso es que los primeros textos cristianos estaban escritos en griego, mientras que el cristianismo provenía del antiguo Israel y sus conceptos fundamentales no podían ser traducidos al griego. El resultado fue una confusión prolongada, que sigue existiendo en la actualidad, entre el Dios de Aristóteles y el Dios de Abraham. En el capítulo 3 explico por qué este detalle fue tan importante –y lo sigue siendo–, ya que provocó una confusión sobre lo que son en realidad la religión y la fe. En el capítulo 4 relato la historia de mi camino de fe.
En la segunda parte del libro explico por qué la religión es importante y lo que nos arriesgamos a perder si la abandonamos. Ofrezco este análisis porque, en mi opinión, el problema no radica en que la gente haya perdido fe en Dios, sino en que sencillamente ya no saben por qué es importante. ¿Qué importa ahora? Yo defiendo su importancia,
capital, aunque las razones que la fundamentan no sean fáciles de reconocer a primera vista. La civilización occidental está construida sobre cimientos religiosos específicos, y si los perdemos nos quedaremos sin gran parte de aquellas cosas que hacen que la vida sea digna, libre y humana.

En mi opinión, si esto llega a suceder, seremos incapaces de conservar el concepto de dignidad humana. Perderemos un pilar de la política, el bien común. No conseguiremos mantener una moral común –y una moral debe serlo si su objetivo es el que le es propio, unir al ser humano en comunidades con valores y principios admitidos por todos–. El matrimonio perderá su carácter sagrado, se desmoronará y los niños sufrirán. Creeremos que es imposible dotar de sentido a la vida humana en su conjunto. Lo único que podremos hacer será considerar nuestra vida como un proyecto personal, un oasis privado en medio de un desierto de sinsentidos..

En un mundo en el que existe la creencia en Dios, lo más importante son las relaciones. Dios existe, así como existo yo, e igual existe la relación que tenemos, ya que Dios está más cerca de mí que yo mismo. En un mundo sin Dios, la realidad más importante es el «Yo» (I), el «ser atómico» (atomic self). Hay otras personas, pero no me parecen tan reales como yo lo soy para mí mismo. De ahí los problemas irresolubles a los que se han enfrentado los filósofos desde hace dos mil quinientos años. ¿Cómo sé que existen otras mentes? ¿Por qué tengo que ser ético? ¿Por qué debería importarme el bienestar de los otros con los que no tengo ninguna relación? ¿Por qué tengo que limitar el ejercicio de mi libertad para que otros puedan disfrutar de la suya? Sin Dios, nos arriesgamos a permanecer encerrados en la prisión del Yo.

Por consiguiente, los biólogos neodarwinianos y los psicólogos evolucionistas se han centrado en el el ser, el «Yo». El «Yo» es lo que pasa mis genes a la siguiente generación. El «Yo» es lo que se dedica al altruismo recíproco, ese comportamiento que parece desinteresado pero que en realidad busca fines egocéntricos. El mercado se fundamenta en el «Yo» que elige. La economía, en el «Yo» que consume. El estado democrático liberal, en el «Yo» que vota. Pero ese «Yo» se siente solitario, al igual que Adán tiempo atrás. A ese «Yo» se le dan mal las relaciones. En un mundo repleto de «Yos» los matrimonios no duran. Las comunidades se erosionan. La lealtad se devalúa. La confianza desaparece. Se descarta completamente a Dios. En un mundo repleto de egos desorbitados no hay cabida para Dios.

La presencia o ausencia de Dios es tremendamente importante en la vida. Si perdemos la fe, con ella desaparecerán muchas otras cosas; pero como es un proceso lento, cuando nos damos cuenta del precio a pagar es demasiado tarde para recuperar todo lo que hemos perdido.

En la tercera parte del libro abordo los grandes desafíos a los que se enfrenta la fe. El primero es Darwin y la biología neodarwiniana, que afirma que la vida evolucionó a ciegas, sin ningún plan predeterminado. Argumentaré que esto solo es cierto si entendemos lo que es un plan de manera extremadamente simplista.

El segundo es el más antiguo y complicado de todos: el problema del sufrimiento injustificado, «cuando suceden cosas malas a gente buena». Argumentaré que solo puede enfrentarse a ese desafío una religión de protesta –de «descontento sagrado»–. El ateísmo no nos da razones para pensar que el mundo pueda ser de otra manera. La fe sí,
proporcionándonos la voluntad y el valor para transformar el mundo.

La tercera acusación que hacen los nuevos ateos es cierta y de suma gravedad. La religión ha hecho mucho bien, pero también mucho daño. En distintos momentos de la historia, las personas han odiado la compasión, han declarado guerras en nombre del Dios de la paz y han matado en nombre del Dios de la vida. Es un hecho demoledor
ante el cual solo podemos responder con la máxima honestidad.

Necesitamos entender en qué se equivoca la religión. El capítulo 13 trata de dar respuesta a esta cuestión. A veces sucede porque el monoteísmo cae en el dualismo. Otras porque las personas religiosas intentan provocar el fin de los tiempos en el tiempo presente. Se dedican a la política del Apocalipsis, que suele acabar en una tragedia
autoinfligida y a menudo dirigida contra los demás miembros de la fe. Es bastante común que la religión se equivoque al profesar algo que nunca debería: deseo de poder. La religión de Abraham, sobre la que trata este libro, es un alegato contra el deseo de poder.

Ciencia y religión son igualmente necesarias. Albert Einstein lo explica a la perfección en su famosa frase: «La ciencia sin religión está coja; la religión sin ciencia está ciega». Mi argumento es que la religión y la ciencia son a la vida humana lo que los hemisferios derecho e izquierdo son al cerebro. Cada uno tiene sus funciones y si uno de los dos se ve dañado, o si las conexiones entre ambos fallan, se produce una disfunción. La plasticidad cerebral puede facilitar en ocasiones una recuperación casi milagrosa. Pero lo mejor sería que nadie tuviera que pasar por esa recuperación.

La ciencia se relaciona con la explicación; la religión, con el sentido. La ciencia, analiza; la religión, integra. La ciencia descompone las cosas en las distintas partes que las integran. La religión une a la gente en relaciones de confianza. La ciencia nos dice lo que es. La religión nos dice lo que debería ser. La ciencia describe. La religión llama, convoca, invita. La ciencia ve objetos. La religión se dirige a nosotros como sujetos. La ciencia practica el desapego. La religión es el arte del apego, entre individuos y entre almas. La ciencia ve el orden subyacente del mundo físico. La religión oye la música que suena por debajo del ruido. La ciencia es la victoria sobre la ignorancia. La religión es la redención de la soledad.

Necesitamos las explicaciones científicas para entender la naturaleza. Necesitamos el sentido para entender la cultura y el comportamiento humanos. Los seres humanos buscamos el sentido porque no nos limitamos a formar parte de la naturaleza. Somos seres conscientes. Podemos imaginar mundos que aún no existen y comenzar a crearlos.
Como cualquier otra criatura, tenemos deseos. A diferencia de cualquier otra criatura, podemos juzgar esos deseos y decidir no perseguirlos. Somos libres.

A la ciencia le cuesta explicar todo esto. Es capaz de medir la actividad cerebral desde fuera. Puede decirnos qué parte del cerebro se activa cuando hacemos esto o aquello. Pero lo que no puede hacer es medirla desde dentro. Para eso utilizamos la empatía. Y a veces utilizamos la poesía, las canciones, los rituales que nos unen, las historias que nos introducen en un conjunto de significados compartidos. Todo esto forma parte de la religión, el espacio en el que el yo se encuentra con el otro y en el que nos relacionamos como personas en un mundo de personas, individuos libres en un mundo de libertad. Es donde encontramos a Dios, la Personalidad en sí, que es inmanente al universo natural como nosotros, individuos libres, lo somos a nuestros cuerpos, y viceversa. Dios es la matriz del ser en cuya libertad descubrimos la libertad, en cuyo amor descubrimos el amor, y en cuyo perdón aprendemos a perdonar.

Soy judío, pero este libro no trata sobre el Judaísmo, sino sobre el monoteísmo que afianza las tres fes abrahámicas: el judaísmo, el cristianismo y el islam. Suele aparecer envuelto en la apariencia de una de estas religiones, pero yo he intentado presentarlo en sí mismo; de otro modo perderíamos de vista lo fundamental entre los detalles
de una fe u otra. Los judíos, los cristianos y los musulmanes creen en muchas más cosas de las que aquí se presentan, pero todos ellos fundamentan su fe en un Dios personal que creó el universo por amor y que nos dotó, sin importar nuestra clase, color, cultura o credo, del carisma y la dignidad de su imagen.
El destino de esta fe ha sido, a todas luces, extraordinario. Abraham no hizo milagros, no lideró ejércitos, no gobernó un reino, no fue seguido por masas de discípulos ni hizo profecías espectaculares. Y sin embargo, no hay duda de que es la persona más influyente que ha existido nunca: a día de hoy, sigue siendo el abuelo espiritual de más de la mitad de los 6.000 millones de personas sobre la faz del planeta.

Sus descendientes directos, los hijos de Israel, conocidos hoy en día como los judíos, son un pueblo minúsculo, que representa menos del 0,2 % de la población mundial. Y aun así han sobrevivido a los egipcios, asirios, babilonios, persas, griegos y romanos, a los imperios medievales cristianos y del islam y a los regímenes de la Alemania
nazi y de la Unión Soviética, todos ellos opuestos a los judíos, al judaísmo, o a ambos. Todos parecían inexpugnables en su día. Todos desaparecieron. El pueblo judío sigue vivo.

También llama la atención que una pequeña secta largamente perseguida, conocida como los cristianos, que también se consideraban hijos de Abraham, llegara un día a convertirse en el movimiento más grande de la historia de la humanidad, que sigue creciendo en la actualidad, dos siglos después de que todos los intelectuales europeos
de renombre anunciaran su desaparición inminente.

En el caso del islam, hay que destacar que fue el movimiento religioso que más se extendió durante la vida de su fundador, y que regaló al mundo obras maestras de la poesía, la filosofía, el arte y la arquitectura, así como una fe que parece inmune a la secularización o la decadencia.

Las civilizaciones surgen y desaparecen. La fe de Abraham sobrevive.

Según tomado de, http://www.tora.org.ar/los-nuevos-ateos/ el lunes, 13 de marzo de 2017.

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s