La historia que relatamos

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La historia que relatamos, por Rabino Jonathan Sacks
Bo 5778
Este sigue siendo uno de los pasajes más contrario a lo esperado de toda la literatura
religiosa. Moshé se dirige al pueblo pocos días antes de su liberación. Habían estado
exiliados durante 210 años. Después de un primer período de opulencia y calma,
fueron oprimidos, esclavizados, y sus hijos asesinados en un proceso de genocidio
gradual. En ese momento, después de señales, portentos y de una serie de plagas que
puso de rodillas al imperio más antiguo del mundo, estaban por ser liberados.
Sin embargo Moshé no habla de la liberación ni de la tierra en la que fluye
leche y miel ni de la travesía que están por comenzar a través del desierto. En su
lugar, en tres oportunidades distintas, habla del futuro lejano, cuando se complete la
travesía y el pueblo – finalmente libre – esté en su propia tierra. Y de lo que habla, no
es de la tierra en sí o del tipo de sociedad qué deben crear o de las exigencias y
responsabilidades de la libertad.
En vez de eso, habla de educación, específicamente de los deberes de los
padres para con sus hijos. Habla de las preguntas que pueden hacer los niños cuando
las circunstancias épicas que están por ocurrir, queden en el mejor de los casos en
una memoria lejana. Le dice a los israelitas que hagan lo que los judíos habían hecho
desde entonces hasta ahora. Cuenten a los niños la historia.
Háganlo en la forma más efectiva. Reediten el drama del exilio y del éxodo, de la esclavitud y de la
liberación. Asegúrense de que la historia que cuentan es la de ustedes mismos, no
una versión anquilosada de esos eventos. Digan que la manera en que viven y las
ceremonias que observan son “por lo que Dios hizo
por mí – no por mis antepasados sino por mí”. Háganlo de manera vibrante, personal y vívida.
Esto lo dijo, no en una, sino en tres oportunidades.
“Y sucederá que cuando vengan a la tierra que les dará Dios a ustedes
tal como Él ha hablado, observarán esta ceremonia. Y ocurrirá que cuando
sus hijos les dirán “Qué es esta ceremonia para ustedes?” Ustedes dirán: “Es
una ofrenda festiva de Pesaj para Dios, que salteó las casas de los hijos de
Israel en Egipto cuando golpeó a los egipcios pero salvó nuestras casas”. (Ex.
12: 25-27).
“Y le relatarás a tu hijo en ese día diciendo: ‘Es a causa de esto que
actuó Dios para mí cuando salí de Egipto.’” (Ex. 13: 8).
“Y sucederá, cuando te pregunte tu hijo, en un futuro, diciendo: ‘Qué es
esto?’ le dirás: ‘Con mano fuerte nos sacó Dios de Egipto, de la casa de la
esclavitud’.” (Ex. 13: 14).
Por qué era esto lo más importante que podía hacer en ese momento intenso
de redención? Porque la libertad es el trabajo de una nación, las naciones necesitan
de una identidad, la identidad requiere memoria y la memoria está engarzada en las
historias que contamos. Sin narrativa no hay memoria, y sin memoria no tenemos
identidad. El vínculo más poderoso entre las generaciones es el relato de los que nos
antecedieron – relato que se transforma en nuestro, y que entregamos como herencia
sagrada a los que vendrán después de nosotros.Nosotros somos la historia que
relatamos sobre nosotros mismos, y la identidad
comienza con el relato que los padres cuentan a sus hijos.
Esa narrativa da respuesta a las tres preguntas fundamentales que cada
individuo reflexivo preguntará en algún momento de su vida: quién soy yo? Por qué
estoy aquí? Entonces, cómo debo vivir? Hay muchas respuestas a estas preguntas,
pero las judías son: Soy un integrante del pueblo que Dios llevó de la esclavitud a la
libertad. Estoy aquí para construir una sociedad que honra la libertad de los demás,
no solo la mía. Y debo vivir con el conocimiento consciente de que la libertad es un
don dado por Dios, que se honra guardando Su pacto de ley y de amor.
Dos veces en la historia de Occidente este hecho fue olvidado, ignorado o
desoído. En los siglos XVII y XVIII, hubo un esfuerzo específico por crear un mundo
sin identidades. El proyecto se llamó Iluminismo. Era un sueño noble. A él le
debemos muchos de los desarrollos cuyo valor está fuera de cuestión y qué debemos
luchar por preservar. En un aspecto, sin embargo, falló, y era inevitable que
ocurriera: la intención de vivir sin identidad.
El argumento era así: la identidad a través de la Edad Media estaba basada en
la religión. Pero la religión durante siglos condujo a la guerra entre cristianos y
musulmanes. Después de la Reforma, la guerra derivó entre cristianos y cristianos.
Protestantes y católicos. Por lo tanto, para abolir la guerra había que ir más allá de la
identidad, ya que las identidades son específicas. Era entonces necesario adorar solo
lo universal: la razón y la observación, la filosofía y la ciencia. Tengamos sistemas, no
narrativas. Entonces seremos una sola humanidad, como era el mundo antes de
Babel.
Como lo expresó Schiller y también Beethoven en el último movimiento de su
Novena Sinfonía:
Alle Menschen werden Brüder, “todos los hombres son hermanos.”
Eso no podrá llegar a ser, al menos como está constituída la humanidad en la
actualidad. La reacción, cuando ocurrió, fue feroz y desastrosa. El siglo XIX vio el
retorno de los oprimidos. La identidad volvió con venganzas, esta vez basada no en la
religión sino en uno de sus tres substitutos: el estado nación, la raza (aria) y la clase
(obrera). En el siglo XX, el estado nación derivó en dos guerras mundiales. La raza
condujo al Holocausto. La lucha de clases, a Stalin, el Gulag y la KGB. Cien millones
de personas murieron en nombre de estos tres falsos dioses.
Durante los últimos cincuenta años Occidente ha estado embarcado en un
segundo intento de abolir la identidad, esta vez en sentido opuesto. Lo que Occidente
secular reverencia ahora no es lo universal sino lo individual: lo de uno, el Yo. La
moralidad -el grueso código de valores compartidos que liga a la sociedad en
beneficio del bien común – ha sido disuelta en el derecho de cada individuo de ser y
hacer cualquier cosa que desee, mientras no perjudique a los demás.
Las identidades se han convertido en meras máscaras que usamos
temporalmente y sin compromiso. Para grandes porciones de la sociedad el
matrimonio es un anacronismo, la paternidad, demorada o declinada, y la
comunidad una masa amorfa. Aún tenemos historias: de Harry Potter al Señor de los
Anillos o Star Wars, pero son películas, ficciones, fantasías – una forma no de
compromiso sino de escapismo. Ese mundo es supremamente tolerante, hasta que se
encuentra con visiones que no le son placenteras, en cuyo caso se vuelve brutalmente
intolerante, y eventualmente degenera en política de masas. Ese es el populismo,
preludio de la tiranía.
El hiperindividualismo de hoy no perdurará. Somos animales sociales. No
podemos vivir sin identidades, familias, comunidades y responsabilidad colectiva. Lo
cual significa que no podemos vivir sin historias que nos conectan con un pasado,
con un futuro, y con un grupo más grande cuya historia y destino compartimos. La
introspección bíblica sigue en pie. Para crear y sostener una sociedad libre es
necesario enseñar a los hijos la historia de cómo conseguimos la libertad, y sentir el
gusto que tiene su carencia: el gusto del pan ázimo de la aflicción y de las hierbas
amargas de la esclavitud. Si pierdes la historia, eventualmente perderás la libertad.
Es lo que ocurre cuando olvidas quién eres y por qué.
El mejor regalo que podemos darles a nuestros hijos no es el dinero ni las
posesiones sino una historia – una historia verdadera, no una fantasía, una que los
conecta a ellos con nosotros y a una herencia rica en elevados ideales. No somos
partículas de polvo sopladas por los vientos de una moda o de una tendencia. Somos
los herederos de una historia que inspiró a centenares de generaciones de nuestros
antepasados y que transformaron con el tiempo al mundo Occidental. Lo que se
olvida, se pierde. Occidente está olvidando su historia. Nosotros no debemos olvidar
nunca la nuestra.
Con la visión retrospectiva de treinta y tres siglos podemos ver cuánta razón
tuvo Moshé. Una historia contada a través de las generaciones es el regalo de la
identidad, y cuando sabes quién eres y por qué, puedes recorrer la inmensidad del
tiempo con coraje y confianza. Esa es la idea qué cambia la vida.
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