Stop ‘Understanding’ the Palestinians

Ben-Dror_Yemini

The speech was loud and clear. It wasn’t just the “may your house be demolished” curse that Palestinian President Mahmoud Abbas fired at the leader of the strongest world power. It was the utterly delusional ideology, with false claims that only make the Palestinians sink deeper into a path of delusions and collapse.

The reactions were predictable: We have to understand him. He’s under a lot of pressure. He has no political horizon. The Palestinians are desperate. He didn’t really mean it.

We must admit that Abbas is simply a victim of the Palestinian propaganda machine’s amazing success. For decades, this machine is being promoted by a well-oiled system of propagandists who keep explaining that we must understand the Palestinians.

When rockets were fired from Gaza, Robert Fisk, who is considered one of Britain’s leading experts on the Middle East, rushed to explain that “the Palestinians in Gaza can say in many cases, ‘Well, my grandson is firing a rocket at my town because before 1948 these areas would have been Palestinian property.’”

Prof. Oren Yiftachel of Ben-Gurion University explained that the rocket fire must be seen “as an attempt to remind the world, Israel, and also the Palestinian leadership, that the refugee problem is still alive and kicking.”

They are against terrorism, but they’re providing justifications for terrorism. Germans have been expelled from many countries too. And Poles. And Hungarians. And Ukrainians. And Turks. And Greek. And many other people. Tens of millions. Yet we haven’t heard about rockets being launched, and we definitely haven’t heard justifications for the rocket terror. Because most of Europe would have turned into a show of fire and flames and fireworks. But that’s the rationality that has taken over the progressive elites in the Israeli-Palestinian context. Irrationality, I mean.

And so it goes. They turned down the Partition Plan? Poor people. Why would anyone give up a room in their home just because someone invaded it? That’s a justification I’ve heard about a thousand times.

It’s true that when Zionism began, there was no “Palestinian home.” And it’s true that the Palestine Exploration Fund (PEF), which produced the most accurate maps of the 19th century in the 1970s, discovered that the area had been poorly populated. And it’s true that most of today’s Palestinians arrived as work migrants or refugees from nearby countries in the past few centuries (the Zoabi family, for example, arrived at the invitation of the Ottoman government in 1873). And it’s true that Hamas’ interior minister, Fathi Hamad, admitted that the Palestinians are actually Egyptians and Saudis.

But to hell with the facts, as long as Abbas can quote dozens of experts, journalists and academics who provide incitement and propaganda material for every delusional speech he makes.

Looking at a conflict, any conflict requires us to understand the different sides. To understand the pain. But what applies to every conflict appears to be completely wrong when it comes to the Palestinians. The more we understand them, the more we bolster their rejectionism.

When we “understand” their claims about the Nakba, instead of telling them that what happened to them happened to tens of millions of people, and happened to Jews, even from Arab countries—we perpetuate the delusion of the right of return.

For years, they have been hearing the same chant from the Fisks and the Yiftachels. And if that’s what the world’s educated and enlightened people have to say, is there any chance that the Palestinians themselves give up the right of return fantasy? Does this “understanding” bring the chance for peace and reconciliation closer, or does it push it away?

When, for the sake of this “understanding,” they say we must understand what Jerusalem means to the Muslims in general and to the Palestinians in particular—although Jerusalem remained marginal and neglected under Muslim rule for centuries—they are helping inflate the lie. And when they spread the lie that the Palestinians are living under an oppression, which is similar to what happened at Auschwitz—it’s blood libel. Because under Israeli rule, the Palestinians have experienced huge growth in every possible area.

And no, terrorism isn’t justified, because the Palestinians have repeatedly received decent proposals for an agreement. They could have gained independence. They are the ones who have said no. And those who keep justifying them are justifying the continuation of violence and terror.

The public opinion in the free world is influential. It can and should have told the Palestinians and Israel: Get off your high horse. No more fantasies. There will be no return of Palestinians to Israel and no return of Jews to every hill in Judea and Samaria. But the understanding towards the Palestinians must stop—not to prevent an agreement, but on the contrary, to give it a chance.

Read more at https://www.ynetnews.com/articles/0,7340,L-5072291,00.html#ZJ45yXUVDBO0O6jP.99

La historia que relatamos

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La historia que relatamos, por Rabino Jonathan Sacks
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Este sigue siendo uno de los pasajes más contrario a lo esperado de toda la literatura
religiosa. Moshé se dirige al pueblo pocos días antes de su liberación. Habían estado
exiliados durante 210 años. Después de un primer período de opulencia y calma,
fueron oprimidos, esclavizados, y sus hijos asesinados en un proceso de genocidio
gradual. En ese momento, después de señales, portentos y de una serie de plagas que
puso de rodillas al imperio más antiguo del mundo, estaban por ser liberados.
Sin embargo Moshé no habla de la liberación ni de la tierra en la que fluye
leche y miel ni de la travesía que están por comenzar a través del desierto. En su
lugar, en tres oportunidades distintas, habla del futuro lejano, cuando se complete la
travesía y el pueblo – finalmente libre – esté en su propia tierra. Y de lo que habla, no
es de la tierra en sí o del tipo de sociedad qué deben crear o de las exigencias y
responsabilidades de la libertad.
En vez de eso, habla de educación, específicamente de los deberes de los
padres para con sus hijos. Habla de las preguntas que pueden hacer los niños cuando
las circunstancias épicas que están por ocurrir, queden en el mejor de los casos en
una memoria lejana. Le dice a los israelitas que hagan lo que los judíos habían hecho
desde entonces hasta ahora. Cuenten a los niños la historia.
Háganlo en la forma más efectiva. Reediten el drama del exilio y del éxodo, de la esclavitud y de la
liberación. Asegúrense de que la historia que cuentan es la de ustedes mismos, no
una versión anquilosada de esos eventos. Digan que la manera en que viven y las
ceremonias que observan son “por lo que Dios hizo
por mí – no por mis antepasados sino por mí”. Háganlo de manera vibrante, personal y vívida.
Esto lo dijo, no en una, sino en tres oportunidades.
“Y sucederá que cuando vengan a la tierra que les dará Dios a ustedes
tal como Él ha hablado, observarán esta ceremonia. Y ocurrirá que cuando
sus hijos les dirán “Qué es esta ceremonia para ustedes?” Ustedes dirán: “Es
una ofrenda festiva de Pesaj para Dios, que salteó las casas de los hijos de
Israel en Egipto cuando golpeó a los egipcios pero salvó nuestras casas”. (Ex.
12: 25-27).
“Y le relatarás a tu hijo en ese día diciendo: ‘Es a causa de esto que
actuó Dios para mí cuando salí de Egipto.’” (Ex. 13: 8).
“Y sucederá, cuando te pregunte tu hijo, en un futuro, diciendo: ‘Qué es
esto?’ le dirás: ‘Con mano fuerte nos sacó Dios de Egipto, de la casa de la
esclavitud’.” (Ex. 13: 14).
Por qué era esto lo más importante que podía hacer en ese momento intenso
de redención? Porque la libertad es el trabajo de una nación, las naciones necesitan
de una identidad, la identidad requiere memoria y la memoria está engarzada en las
historias que contamos. Sin narrativa no hay memoria, y sin memoria no tenemos
identidad. El vínculo más poderoso entre las generaciones es el relato de los que nos
antecedieron – relato que se transforma en nuestro, y que entregamos como herencia
sagrada a los que vendrán después de nosotros.Nosotros somos la historia que
relatamos sobre nosotros mismos, y la identidad
comienza con el relato que los padres cuentan a sus hijos.
Esa narrativa da respuesta a las tres preguntas fundamentales que cada
individuo reflexivo preguntará en algún momento de su vida: quién soy yo? Por qué
estoy aquí? Entonces, cómo debo vivir? Hay muchas respuestas a estas preguntas,
pero las judías son: Soy un integrante del pueblo que Dios llevó de la esclavitud a la
libertad. Estoy aquí para construir una sociedad que honra la libertad de los demás,
no solo la mía. Y debo vivir con el conocimiento consciente de que la libertad es un
don dado por Dios, que se honra guardando Su pacto de ley y de amor.
Dos veces en la historia de Occidente este hecho fue olvidado, ignorado o
desoído. En los siglos XVII y XVIII, hubo un esfuerzo específico por crear un mundo
sin identidades. El proyecto se llamó Iluminismo. Era un sueño noble. A él le
debemos muchos de los desarrollos cuyo valor está fuera de cuestión y qué debemos
luchar por preservar. En un aspecto, sin embargo, falló, y era inevitable que
ocurriera: la intención de vivir sin identidad.
El argumento era así: la identidad a través de la Edad Media estaba basada en
la religión. Pero la religión durante siglos condujo a la guerra entre cristianos y
musulmanes. Después de la Reforma, la guerra derivó entre cristianos y cristianos.
Protestantes y católicos. Por lo tanto, para abolir la guerra había que ir más allá de la
identidad, ya que las identidades son específicas. Era entonces necesario adorar solo
lo universal: la razón y la observación, la filosofía y la ciencia. Tengamos sistemas, no
narrativas. Entonces seremos una sola humanidad, como era el mundo antes de
Babel.
Como lo expresó Schiller y también Beethoven en el último movimiento de su
Novena Sinfonía:
Alle Menschen werden Brüder, “todos los hombres son hermanos.”
Eso no podrá llegar a ser, al menos como está constituída la humanidad en la
actualidad. La reacción, cuando ocurrió, fue feroz y desastrosa. El siglo XIX vio el
retorno de los oprimidos. La identidad volvió con venganzas, esta vez basada no en la
religión sino en uno de sus tres substitutos: el estado nación, la raza (aria) y la clase
(obrera). En el siglo XX, el estado nación derivó en dos guerras mundiales. La raza
condujo al Holocausto. La lucha de clases, a Stalin, el Gulag y la KGB. Cien millones
de personas murieron en nombre de estos tres falsos dioses.
Durante los últimos cincuenta años Occidente ha estado embarcado en un
segundo intento de abolir la identidad, esta vez en sentido opuesto. Lo que Occidente
secular reverencia ahora no es lo universal sino lo individual: lo de uno, el Yo. La
moralidad -el grueso código de valores compartidos que liga a la sociedad en
beneficio del bien común – ha sido disuelta en el derecho de cada individuo de ser y
hacer cualquier cosa que desee, mientras no perjudique a los demás.
Las identidades se han convertido en meras máscaras que usamos
temporalmente y sin compromiso. Para grandes porciones de la sociedad el
matrimonio es un anacronismo, la paternidad, demorada o declinada, y la
comunidad una masa amorfa. Aún tenemos historias: de Harry Potter al Señor de los
Anillos o Star Wars, pero son películas, ficciones, fantasías – una forma no de
compromiso sino de escapismo. Ese mundo es supremamente tolerante, hasta que se
encuentra con visiones que no le son placenteras, en cuyo caso se vuelve brutalmente
intolerante, y eventualmente degenera en política de masas. Ese es el populismo,
preludio de la tiranía.
El hiperindividualismo de hoy no perdurará. Somos animales sociales. No
podemos vivir sin identidades, familias, comunidades y responsabilidad colectiva. Lo
cual significa que no podemos vivir sin historias que nos conectan con un pasado,
con un futuro, y con un grupo más grande cuya historia y destino compartimos. La
introspección bíblica sigue en pie. Para crear y sostener una sociedad libre es
necesario enseñar a los hijos la historia de cómo conseguimos la libertad, y sentir el
gusto que tiene su carencia: el gusto del pan ázimo de la aflicción y de las hierbas
amargas de la esclavitud. Si pierdes la historia, eventualmente perderás la libertad.
Es lo que ocurre cuando olvidas quién eres y por qué.
El mejor regalo que podemos darles a nuestros hijos no es el dinero ni las
posesiones sino una historia – una historia verdadera, no una fantasía, una que los
conecta a ellos con nosotros y a una herencia rica en elevados ideales. No somos
partículas de polvo sopladas por los vientos de una moda o de una tendencia. Somos
los herederos de una historia que inspiró a centenares de generaciones de nuestros
antepasados y que transformaron con el tiempo al mundo Occidental. Lo que se
olvida, se pierde. Occidente está olvidando su historia. Nosotros no debemos olvidar
nunca la nuestra.
Con la visión retrospectiva de treinta y tres siglos podemos ver cuánta razón
tuvo Moshé. Una historia contada a través de las generaciones es el regalo de la
identidad, y cuando sabes quién eres y por qué, puedes recorrer la inmensidad del
tiempo con coraje y confianza. Esa es la idea qué cambia la vida.

A Call to all Jews – Circumcision: Why Risk Your Child’s Well-Being?

Thousands of years ago, the Greeks tried to bring an end to Judaism and, thereby, to the Jewish people and the Jewish homeland. They did this by prohibiting Jews from circumcising their eight-day-old baby boys. Recently (May 6, 2017), the Progress Party in Norway voted in favor of a law banning ritual circumcision of children under the age of 16. The so-called reason: “violation of children’s rights,” and “mental and physical harm” to the child.

This was done a day after the environment committee of Belgium’s Parliament of Wallonia voted in favor of banning shechita (kosher ritual slaughter). In both cases, these verdicts, although not yet implemented by the Norwegian and Belgian governments, are a serious attempt to ban Jews not only from these countries but from all of Europe.

In 2013, the Parliamentary Assembly of the Council of Europe (PACE) recommended to all its 47 member states to ban circumcision.

Throughout thousands of years, we Jews have become used to these attacks. We realize that much of this was and is motivated by anti-Semitism and a great amount of ignorance. We laughed it off and went our way, knowing that nothing or nobody in this world could force us to stop circumcising our children. We were well aware that giving this up would bring an end to our people and Judaism. So, no self-respecting Jew would lend a hand to these ill-conceived attacks.

Lately, however, some Israeli Jews have joined these forces and even established websites such as “Gonen al haYeled” (protect the child) and organizations such as “Kahal” (a support group for parents of uncircumcised children, and undecided parents who want to consult with them). (See Jerusalem Post Friday Magazine, 21 Dec. 2017.) While the number of uncircumcised children in Israel is very minimal, the fact that these groups have been established is a worrisome phenomenon.

It is impossible to argue with anti-Semites, since hate is all they know, and no reasoning will change their minds. On the other hand, it is most important to realize that many well-meaning Jews (and gentiles) are deeply influenced by so-called ‘humanitarian’ considerations and begin wondering whether they are, after all, justified.

Indeed, there is a valid question to be asked. Is it not an infringement on the rights of a child who never consented to this intervention? And, in truth, is it not a harmful and traumatic experience? Perhaps all the parties who want to ban circumcision are right, after all?

What these well-meaning people, especially Jews, have to realize is that the whole premise on which these objections are based is the result of a profound misunderstanding of what human beings are all about, what moves them, and what makes their lives meaningful.

To be truly alive is possible only when one lives for some supreme goal. The ultimate question regarding our lives is whether there is anything worth dying for. If the answer is no, then we must ask ourselves whether there is anything to live for. For most thinking people, there is more to life than our physical survival, or having a great time. It is the exaltation of existence and the ability to hear a perpetual murmur emitted by the waves beyond the shore of worldliness that give us the feeling of life’s utmost significance. If not for that, we would agree with French philosopher and novelist Albert Camus who said that the only serious philosophical problem is whether or not to commit suicide.

There are values in life that surpass our concern for the mundane, and many of us are prepared to make highly uncomfortable and even painful sacrifices in order to live by those values. It is these sacrifices that give our lives a notion of belonging, of being part of something much larger than the sum of the components that make up our physical existence.

We ask: What gives us the right to bring a child into a religious covenant, by way of circumcision, without its consent? Circumcision, after all, is the very sign of belonging to the Jewish people. And to be Jewish means to be part of a nation that is rooted in a covenant that asks Jews to risk their very existence for the sake of a moral and religious mission—to redeem humankind from its moral setbacks and to offer it hope. How can we commit children to a lifelong mission that they may not wish to fulfill? Fair questions, indeed.

But shouldn’t we really ask a different question, one that many of us do not want to face? What right do we have to bring children into the world without giving them a higher mission? Is there anything more heartless than giving birth to children and not letting them know why they live? What right do we have to throw children into this turbulent jungle, filling them with anxieties and uncertainties, without giving them a clue as to their higher purpose? While Socrates explained that life without thinking is not worth living, Judaism teaches us that a life without commitment is a life not lived. The dignity of a person is in direct proportion to their obligations (A.J. Heschel). All human beings, Jews and gentiles alike, need to teach their children a strong commitment to a meaningful purpose beyond the mere mundane, and more than just the pleasure principle.

To deny our children this opportunity is to withhold from them real joy and the capability to withstand major challenges, as well as the chance to experience the highest, truest value of living in this world. Joy is “man’s passage from a less to a greater perfection,” said Baruch Spinoza (Ethics). But it is only through hardship and discomfort that one can achieve such perfection.

Surely children will always have the opportunity to reject the individual missions chosen for them by their parents and replace them with other callings. Yet, of invaluable importance is that their parents made them aware of the fact that without a mission life is not worth living.

When we object to circumcision on the basis of child mutilation (a description completely disproportionate to the small incision that takes only a few seconds, heals within hours, and has no serious consequences) and denying the child’s right to autonomy over his body, it could seem that we are making a valid claim. Indeed, by what right are we, as parents, allowed to do so?

But shouldn’t we also ask ourselves honestly whether we have the right to bring a child into this world at all? Is that not a much greater injustice than circumcision?

No doubt, even with today’s advanced medical knowledge, many children are tragically born with all sorts of deformities or illnesses, often crippled and handicapped for life. Others may suffer at some other stage in life, contracting diseases, experiencing violence, and even becoming victims of war and other atrocities.

Has anyone, before planning birth, ever asked their future child for consent to be born? Should we ban all future pregnancies and births, as we now want to do with circumcision?

Subconsciously, we all know that we have the right to bring a child into the world because there is something about life that overrules all objections against it. If we would not believe this, it would be completely prohibited to risk bringing children into the world knowing full well how much harm and pain they will most probably encounter. “To live is like to love—all reason is against it, and all healthy instinct for it,” as Samuel Butler humorously said (Samuel Butler’s Notebooks, 1951).

Only if we understand that life is of invaluable importance—and not merely a matter of physical survival—can we live a life of grand spiritual import.

One of the greatest tragedies of modern times is that millions of people live and die without ever being aware that there is supreme meaning to their lives.

Closely related to this is the issue of rights and duties. Western society is rights-oriented, and secular ethics are deeply rooted in this. One of the great contributions that Judaism, and to a certain extent other religious denominations, made to this world is the concept of duty. This is an essential distinction that cuts across many issues. Judaism does not believe that people own their bodies and are therefore free to do with them whatever they please. Judaism and most monotheistic religions believe that the human body is a loan granted by God Who is the ultimate Owner.

Parents, therefore, have the responsibility to convey to their children a purpose in life, which must reflect the notion of obligation. For the same reason, it is not a human right to bring children into the world; it is a duty. If it is seen as merely a right, what happens when the rights of the parents clash with those of the child? When parents abort a healthy fetus because they have the right to do so, are they not violating the right of the child to be born?

The rite of circumcision is the Jews’ way of passing on life’s meaning to their children by obligating them to fulfill the Jewish people’s covenant with God, sealed thousands of years ago. It is duty we talk about, and there is no growth except in the fulfillment of one’s duties.

For Jews, circumcision—the promise to live life with a great mission as its guide—is God’s seal imprinted on human flesh. And it is only proper that this sign of allegiance be imposed upon the body, for after all, it is not the soul that needs to make the commitment. The soul is already committed to its mission. It is the body—the very instrument through which man carries his soul, his constant companion, enabling him to live a life of nobility—that makes a vow to compel itself to serve God.

Like a piece of paper that carries the buying power of a certain dollar amount, the body serves as the vessel that holds the soul. Just as the symbolic markings on the bill inform us of the value assigned to it by the treasury department, so too does the ‘sign’ that parents inscribe on the bodies of their children reveal the greatness of the souls they house.

Since Judaism strongly believes in action and the physical, not only in faith and spirituality, the transient act of baptizing with water is insufficient. Judaism wants the body to be transformed. And if the body fails to live up to its lofty responsibilities, the physical imprint of the circumcision serves as a constant reminder of what it means to reside in the presence of God; it is a testimony to one’s spiritual obligations and potential. The claim that it may hurt for a moment, and that it interferes with the child’s self-determination, is totally disproportionate to its infinite spiritual value. The child, from the very beginning of his life, is physically and symbolically reminded that living a life of higher meaning requires sacrifice but is also the source of both ultimate happiness and the notion of mission.

To say that women are party to the covenant only in a secondary way because they do not undergo circumcision is like saying that American citizenship applies only to those who fly the stars and stripes on their flagpoles, everyone else being a second-class citizen (J.D. Levenson, The New Enemies of Circumcision, Commentary , March 2000).

Medical science has not yet determined whether circumcision has medical advantages. It all depends on which school of thought you ask, and many medical opinions on the subject are driven by opposing agendas. Arguing about this is missing the point. Circumcision has nothing to do with medical advantages. It has to do with the meaning of life and its higher purpose.

But what about all the Jews who are no longer religious and have abandoned Judaism? Why should they continue to circumcise their children?

It is as if the earlier mentioned, famous arch-critic of Judaism, Baruch Spinoza, answered this question: “The sign of circumcision is, I think, so important that I could persuade myself that it alone would preserve the nation forever” (A Theologico-Political Treatise). What this great philosopher was arguing is that Jews may reject Shabbat, kashrut and Judaism at large, but as long as they circumcise their children, they will preserve their nation from utter oblivion, because they realize that it stands at the core of Jewishness and represents a good deal more than just a religious rite or the belief in God.

Circumcision is an event that exists as a moment in the past, yet extends into the present. From a human perspective, circumcision happens just once; but from the perspective of mission, the message conveyed by this act—the Jewish nation’s unwavering commitment either to God, ethics, or Jewishness—resounds forever. Monuments of stone may disappear; acts of the spirit will never vanish.

From a religious perspective, at the time of circumcision, parents imprint God’s seal on the body of their child, thus bringing him into the covenant with God and human meaning. From that moment, the child begins his journey on the road of commitment to holiness which, although not yet known to him, is the most challenging and rewarding mission life can offer—to become a servant of God and a blessing to all nations.

As Spinoza, who had left all Jewishness, so correctly observed, circumcision is the secret to the miracle of Jewish survival. What those Jews who oppose circumcision should never forget is that the attempt to outlaw this rite may not just make Jewish life impossible, but would probably end all Jewish existence. In fact, it is a call to end the State of Israel as the national homeland of the Jewish people. This would be more than tragic. It would bring an end to all the great contributions to civilization that Jews have made throughout the thousands of years, and still do, thanks to the State of Israel. These contributions are grossly disproportionate to its world population and are most miraculous. To abandon circumcision is not only to undermine the very existence of the Jewish people and the State of Israel; it is also a great injustice to all of humankind.

As Winston Churchill once said, “Some people like Jews and some do not; but no thoughtful man can doubt the fact that they are beyond all question the most formidable and the most remarkable race which has ever appeared in the world” (Illustrated Sunday Herald February 8, 1920).

The remarkable capacity of the Jewish nation to outlive all its enemies—from the Egyptians to the Greeks, Romans, Persians…and down to the Nazis—may quite well be the result of this small physical intervention. It takes a few seconds, but it creates eternity.

Let us never forget. That would be fatal.

As taken from, https://www.cardozoacademy.org/thoughts-to-ponder/circumcision-risk-childs-well/

El Timón del Día

“Doy gracias a Ti, Rey viviente y eterno, pues Tú has restituido misecordiosamente mi alma” *

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Una cantidad impresionante de millones de dólares se gasta anualmente para investigar y descubrir las razones profundas del comportamiento humano. Un reciente descubrimiento se refiere a los primeros minutos del día, luego de despertarse, como: “el timón del día”.

Esta teoría sostiene que los pensamientos que pasan por nuestras mentes ni bien nos despertamos pueden determinar nuestra perspectiva y actitud por el resto del día. Sugiere que no corramos a oír las noticias ni bien nos levantamos, pues probablemente escucharemos acerca de tragedias que sucedieron mientras dormíamos, de cómo la economía se derrumba y la taza de intereses sube, y cualquier otro tipo de malas noticias que los cronistas encuentran para llenar sus boletines.

Si no hay malas noticias en el país donde uno vive, podemos estar seguros de que buscarán alrededor del globo y a veces incluso, en otros planetas para hallar un par de malos informes para hacernos comenzar el día negativamente.

En cambio, recomienda esta investigación, levantarnos con un poco de música suave, pronunciar una plegaria y leer algo de literatura positiva, y así llenar los primeros minutos de nuestro día con pensamientos positivos.

¡Es una vergüenza que hayan gastado tanto dinero para llegar a semejante conclusión, cuando yo se las podría haber dicho gratuitamente!. ¿Acaso soy un genio? Realmente, no. Nuestros Sabios lo expresaron hace miles de años atrás. Ellos nos enseñaron que en el momento en que abrimos los ojos, debemos recitar una plegaria llamada “Modé Aní” que expresa: “Doy gracias a Ti, Rey viviente y eterno, pues Tú has restituido misecordiosamente mi alma dentro de mí; Tu fidelidad es grande”

En otras palabras, nuestros Sabios nos dicen que lo primero que debemos hacer, inmediatamente después de despertarnos es recitar una plegaria a Di-s, por el hecho de habernos despertado y apreciar el regalo de la vida que se nos ha renovado.

Incluso, ellos tuvieron en cuenta que podríamos tener algún inconveniente con el hecho de pronunciar el nombre de Di-s en nuestro rezo mientras que aún estamos acostados en la cama, sin habernos lavado ni atendido nuestras necesidades fisiológicas. Para resolver este punto, quitaron el nombre de Di-s del “Modé ani”, refiriéndose a Él como: “Rey eterno y viviente”, y así no hay razón para demorar la plegaria y poder manifestarla inmediatamente al despertarse, sin permitir que ningún pensamiento negativo entre a nuestra mente.

La idea de un comienzo positivo es muy importante cuando llegamos al tema de nuestros hijos. Como docente, podía determinar cuando cada alumno llegaba a la escuela, qué tipo de comienzo del día había tenido. Al ver a los niños ingresar al aula, podía distinguir dos tipos de comienzos, tipificados por dos ejemplos:

Escena A: el despertador no sonó (o se olvidaron de programarlo). Los padres se despiertan tarde y saltan de la cama, apuradísimos. Los niños se niegan a levantarse. El movimiento se logra a través de un número de frases como: “¡Llegaremos tarde!”. “¡Perderás el micro!” y “¡Hoy no habrá dinero!” No hay tiempo para tomar un desayuno apropiado o para recordar que se debe empacar una merienda. Seguramente el abrigo escolar y algún libro importante quedarán también atrás. Con este tipo de comienzo, podemos imaginar qué clase de día seguirá.

Con un poco de planificación previa, es posible reemplazarlo por la Escena B.

“La ropa, merienda, libros y abrigos son preparados la noche anterior”

“Los padres se despiertan 15 minutos antes que los niños”

“Se sientan en la cama de los niños y los despiertan con una cálida sonrisa y un abrazo”

“El niño abre sus ojos y agradece a Di-s por haberle dado el regalo de la vida”

“La familia toma un relajado desayuno”

“Parten hacia la escuela”

Con semejante comienzo positivo del día, el niño está ahora listo para enfrentar los desafíos de la escuela y aprender y crecer de acuerdo a la totalidad de su potencial.

¡Pruébelo- le gustará!

NOTA:

*La oración, en hebreo dice asi: “Modé aní lefaneja mélej jay vekayam shehejezarta bi nishmatí bejemla, rabá emunateja.”

Según tomado de, http://es.chabad.org/library/article_cdo/aid/627347/jewish/El-Timn-del-Da.htm

Escuchar y Oir


Bo(Éxodo 10:1-13:1)

Después de que Dios envió siete plagas sobre Egipto, los sirvientes del Faraón finalmente le dijeron:

“¿Cuánto tiempo más seguirá siendo esto un trampa para nosotros? Libere a los hombres para que sirvan a Dios. ¿Acaso [el Faraón] no sabe que Egipto está perdido?” (Éxodo 10:7)

Una Lección de Vida

Los egipcios acababan de experimentar siete severas plagas que Dios había enviado sobre ellos. Y a pesar de que el Faraón también había atestiguado todas estas plagas, él todavía permanecía inmóvil y se negaba a liberar a los judíos. Sin embargo, los sirvientes del Faraón tenían completa claridad; si los judíos no eran liberados, entonces Egipto y sus habitantes serían completamente destruidos.

¿Cómo es posible que el Faraón no haya visto lo que era absolutamente evidente para el resto?

La razón es que a veces, estamos demasiado cerca de una situación como para verla objetivamente. Como el Faraón era el que estaba hablando directamente con Moisés, él estaba demasiado cargado emocionalmente con lo que estaba ocurriendo con “su” país. Demasiado cerca del bosque como para ver los árboles. El Faraón -así como muchos de nosotros que estamos demasiado cerca de algo en nuestras propias vidas- tenía la creencia equivocada de que como estaba más cerca y por lo tanto conocía mejor la situación, estaba también en la mejor posición para decidir que debía hacerse. Y por lo tanto, no aceptaba otras ideas u opiniones.

Es un tema de objetividad. Cuando alguien está inmerso emocionalmente en algo, entonces, por definición esa persona no tendrá objetividad. ¿Cuán a menudo escuchamos acerca de alguien que está involucrado en una relación sentimental poco sana, y que al mismo tiempo no puede ver lo perjudicial que es? Y justifica su posición de “mente-cerrada” porque piensa que “nadie conoce a mi pareja como yo”. Esa es precisamente la razón por la cual nunca podrá ser objetivo/a y actuar racionalmente. Cualquiera que esté demasiado cerca a una situación, pierde de vista la “imagen completa” y no puede ver con claridad.

Por esta razón es imperativo buscar a otras personas y pedirles sinceramente un consejo. Nuestra naturaleza humana generalmente descarta lo que los demás nos dicen. Esto es porque si adoptamos sus puntos de vista, entonces tendremos que admitir ante nosotros mismos que estábamos equivocados. Esta “conveniente” mentalidad de no escuchar los buenos consejos es la razón por la cual la gente sigue racionalizando sus malas conductas en vez de cambiarlas

Con esta filosofía uno nunca podrá crecer o cambiar para bien. Las grandes personas son capaces de admitir sus errores del pasado y luego, basándose en nuevas perspectivas, son capaces de tomar decisiones sanas y productivas.

Así que escucha a aquellas personas que están a tu alrededor que te conocen bien y cuyas opiniones valoras. Pero al final de cuentas la decisión es tuya, así que combate el deseo de justificar tus acciones del pasado y comienza a tomar los buenos consejos. Y aunque esto puede ser difícil para tu ego, al final te convertirás en una gran persona.

Según tomado de, http://www.aishlatino.com/tp/s/ulv/113001674.html

La Cabala del Olfato

Por Dovid Zaklikowski

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Al ser el menor de mi familia, no estaba familiarizado con las sutilezas del arte de cambiar pañales. Antes del nacimiento de mi hijo mayor, me encontré ansioso por este rito de la paternidad, esperando ser introducido en este nuevo ritual.

Al principio no fue tan malo; no mucho más que un desafío. Sin embargo, más recientemente, a medida que mi hijo se acercaba a su segundo cumpleaños, el hedor que emanaba de su pañal era insoportable. Realmente no pensaba cambiar su pañal —y el olor me incentivaba a hacerlo expeditamente —pero el olor que precede al cambio es bastante insoportable.

El desorden que mi hijo hace en el comedor, la platería ensuciada en el armario chino, o mi cama deshecha —todo me molesta. Pero son relativamente manejables en comparación con el hedor que sale del pañal. Lo encontré intrigante. ¿Por qué puedo bloquear mentalmente imágenes de caos y desorden pero no un mal olor?

Irónicamente, la facultad de oler parece ser el menos importante de los sentidos y facultades humanos. La carencia de la habilidad para caminar, hablar, oír o ver es considerada una desventaja importante. Una deficiencia en esas áreas vitales presenta desafíos extremos al individuo que posee esas inhabilidades. La carencia de olfato, por el otro lado, no es considerada una desventaja grave. Todavía no he oído a nadie decir “Qué lastima ese hombre, ¡no puede oler!” Todavía estoy esperando el día cuando uno de mis colegas entre a la oficina y anuncie “¡Di-s mío, no olí nada hoy! Por favor, tráiganme algo fragante, ¡rápido!” La vida en mi oficina me ha “endurecido”; actualmente raramente me asombro por alguna de las raras costumbres que observo… ¡Pero admito que estaría muy sorprendido de oír tal declaración!

Esto es porque el olfato no es una necesidad humana. Al contrario de la comida. La comida nos provee de energía vital; no podemos existir sin comer. Y si, diariamente uno o más de mis compañeros de trabajo entran a la oficina protestando porque está hambriento, o expresando su absoluta imposibilidad de funcionar a menos de que tengan un café.

Sin embargo, tan “insignificante” como pueda parecer el olfato, es una cualidad intrínseca que va más allá de la comida, más allá de la voz y la vista. Un individuo se siente refrescado al oler una fragancia placentera. Venir a casa el viernes por la tarde y oler los deliciosos aromas de la comida de Shabat que se cocinan en el horno… en cierto sentido, los aromas nos proveen lo que el ingerir la comida no puede. Calman a la persona; complacen, refrescan y calientan el alma.

En la sinagoga de mi abuelo había un frasco con sales aromáticas. Un miembro mayor de la congregación me explicó que la botella estaba preparada para Iom Kipur, el día más sano del calendario judío, un día en el que todos ayunan. “En el caso de que alguno se desmaye” dijo “tomamos el frasco y lo pònemos debajo de la nariz del individuo. Eso resuelve el problema. Hace que la persona recupere la conciencia”. Mientras que yo, personalmente nunca presencié tal incidente, me dejó pensando. Por qué no un trozo fragante de torta de queso en la boca de la persona. ¿No solucionaría el problema?

La comida es muy física y eso es lo que ofrece a la persona —nutrición física. Comemos para fortalecer nuestros cuerpos, y así proveemos a nuestras almas de un hábitat saludable.

La fragancia no es palpable, y tampoco lo son los beneficios que ofrece. La Cabala enseña que el olfato es la conexión de lo físico con lo espiritual; nuestra conexión con el alma.

En la historia de la Creación, tras que Di-s formó a Adán de la tierra “insufló en sus narices el aliento de vida”. La conexión entre la nariz y el alma permanece. El olfato es una sensación del alma; el alma beneficiándose o sufriendo por aromas placenteros o desagradables. La habilidad física de la persona para compartir las sensaciones provistas por el olfato es una ventana al mundo del alma.

Cuando me resfrío y mi nariz congestionada no me permite oler, no estoy en desventaja. No poder oler no es una desventaja física; es un impedimento espiritual. He perdido mi conexión entre cuerpo y alma.

Debido a que el sonido y la vista están conectados con lo físico, tienen la habilidad de absorberme completamente —puedo estar absorto con una película, todo mi ser cae en el olvido mientras veo un fascinante documental o escucho una deliciosa composición de buena música.

El olfato, por el otro lado, calma. Trae renovada fuerza de un escenario más alto, el alma. Despierta a uno de un desmayo porque llega al alma y trae renovadas fuerzas al cuerpo.

Y cuando es un mal olor, también toca mi alma. Y por lo tanto no puedo soportar el olor. Mi alma no puede soportarlo y me siento compelido a quitar la fuente del olor ofensivo y ventilar el cuarto.

Cada Shabat somos dotados de un alma adicional que nos acompaña en ese santo día. Este alma parte con la llegada de las tinieblas del sábado por la noche, y nuestra “alma diaria” se lamenta por la pérdida de su compañera espiritual.

Durante el servicio de havdalá, cuando despedimos al Shabat, olemos fragancias placenteras. Esto conforta al alma, trayéndole una sensación de tranquilidad y alivio.

Según tomado de, http://es.chabad.org/library/article_cdo/aid/984006/jewish/La-Cabala-del-Olfato.htm#utm_medium=email&utm_source=94_magazine_es&utm_campaign=es&utm_content=content

Moses: The Successful Failure

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Throughout history, some of the greatest people often failed time after time before they really made it to the top. Others thought that they had failed but realized at a later stage in life that what they believed to be failure was in fact a grand success. Still others never succeeded—in the conventional sense of the word—but served as models of extraordinary accomplishments, sometimes without ever being aware of it.

When we carefully study the life of Moshe Rabenu, we are confronted with a series of failures. Until he was in his 80s, he spent most of his time on the run without getting anywhere.  Following a short period of tranquility at Pharaoh’s palace, Moshe had to run for his life after having killed an Egyptian. He spent many years in different countries, often hiding from the soldiers of the Egyptian regime, never enjoying a quiet moment.

He continuously failed to make any impression on his surroundings. There is little doubt that by the time he reached the age of 80, just before God called to him, he must have thought that his life was over and for the most part wasted.

He had accomplished nothing. He was still the same shepherd, trying to obtain some meager food, running around in circles.

And even after God called to him at the burning bush, in his 80th year, and then sent him to liberate his people from the bondage of Pharaoh, his failures seem by far to outdo his successes. His first encounter with Pharaoh was a complete defeat. Instead of getting Pharaoh to agree to let the Jews have their freedom, Moshe’s presence and request caused Pharaoh to harden his heart, and his fellow Jews were then doomed to work even harder.

After each plague brought upon the Egyptians, Moshe was convinced that he achieved his goal and now he would be able to take the Jews out. But he soon discovered that Pharaoh had once more changed his mind and again Moshe’s high hopes were crushed.

In the desert, he encounters one rebellion after another. The Jews blame him for all sorts of wrongs and even demand to return to Egypt. After the debacle of the golden calf, God tells him that He will destroy the Israelites. No doubt Moshe must have felt that he had completely failed to educate his people to avert such a terrible transgression.

Still later, after he sends 12 “spies” to survey the Land of Canaan, he is told that he will have to walk around in circles and spend another 39 years in the desert!

On another occasion, his opponent Korach wants to undermine his authority, and Moshe is nearly murdered by his own people.

And then there is the great fiasco when Moshe ignores the exact instruction of God, and instead of speaking to the  rock in order to produce water, he strikes it and consequently hears that he will never be allowed to enter the Land of Israel.

This devastating news must have been the final blow to all of his expectations. Now that he was not allowed to fulfill his greatest dream, of living in the Land of Israel, he must have felt that “it was all over” and that all his good intentions and deeds were of little value.

It probably never entered his mind that he would become the greatest Jew of all time, that his name would be immortalized in Scripture and on the lips of millions and millions of people for thousands of years. Indeed, he may never have known what an eminent man he really was, and that there would never be a person who could even come close to his accomplishments.

What was Moshe’s secret that enabled him to continue to fight for his goals, in spite of everything, and succeed where so many others would have failed?

The answer is simple: he knew how to lose. He knew that his failures were in fact the building blocks for his future successes. While he may never have known what his accomplishments were, he continued to fight and ultimately prevailed.

According to a Yiddish proverb, one that lies upon the ground cannot fall. Many people who are the most critical of those who failed do not realize that they themselves have never left the ground. Those who never fail, never accomplish, since defeat is the necessary step to success. The famous American philosopher Paul Tillich once remarked: “The awareness of the ambiguity of one’s highest achievements, as well as one’s deepest failures, is a definite symptom of maturity.” (Russ Volckmann, PhD, Phoenix Rising: Embracing and Transcending Failure [Bloomington, IN: Authorhouse, 2002] p. 169)

Above all else, one has to ask oneself what real success is all about.

Let us bring an example from the world of fitness. A fitness center consists of a large hall filled with many pieces of equipment that could take us on long journeys. But they do not.

There are bicycles that go nowhere, no matter how hard we peddle. There are rowboats but no water, skis without snow, and even climbing frames on which you can climb for hours without getting any higher. Still, you will find lots of people throughout most of the day working hard in the fitness center, fully aware that they are getting nowhere. It is all a failure.

This, however, does not sadden them. In fact, many return the next week and try again. The reason is obvious. Success with such equipment is not measured in how far you get but how much you gain in making your body healthier from within. Externally, it seems that there is no success whatsoever, but internally, the human being is growing steadily. The superficial viewer may draw the conclusion that the cyclist, the mountain climber and the rower are all failures. The wise man smiles and knows that they are great winners.

And so it was with Moshe Rabenu. Every failure was a building block to his success. He was bicycling, rowing, and climbing mountains, yet getting nowhere.  But inwardly he knew he was getting stronger and stronger. He never gave up and finally became the greatest man on earth.

As taken from, https://www.cardozoacademy.org/thoughts-to-ponder/moses-successful-failure/?utm_source=Subscribers&utm_campaign=5911c6c600-Weekly_Thoughts_to_Ponder_campaign_TTP_548&utm_medium=email&utm_term=0_dd05790c6d-5911c6c600-242341409

La filósofa que combatió el nazismo, Hannah Arendt, estrella de Youtube

La franqueza desgarradora de la pensadora ha superado un millón de visitas en una entrevista en la que habla del pasado y las ideas

Rosalía SánchezRosalía Sanchez

Cuando estábamos a punto de tirar la toalla y aceptar que en las redes sociales los destinados a triunfar eran, en el mejor de los casos, los vídeos de gatitos, Hanna Arendt llega para demostrar, no solamente que cabalga después de muerta, filosóficamente hablando, sino que la historia, la política y el pensamiento de calidad sobreviven en el nuevo mundo surgido de internet, apenas se les haga un pequeño espacio.

Este vídeo, una entrevista a la filósofa realizada en 1963 por el periodista Günter Gaus y que no había vuelto a ver la luz desde que fue emitida por la televisión alemana, ha superado en Youtube el millón de visualizaciones. Sus traducciones a diferentes lenguas, como el español, también cosechan éxito de espectadores, poniendo de manifiesto las ansias de profundidad y de testimonios fidedignos por parte de los internautas del siglo XXI, a los que Arendt anima a la autocrítica: «No encuentro patriótico a quien ama tanto a su pueblo que se siente obligado de por vida a pagarle el tributo de la adulación». También previene contra el consumismo: «Hoy, el ciclo de trabajo y consumo arroja al hombre contra sí mismo, porque esas dos actividades ocupan en su vida todo el espacio que debería ocupar lo autenticamente relevante».

«No encuentro patriótico a quien ama tanto a su pueblo que se siente obligado de por vida a pagarle el tributo de la adulación»

Resulta difícil imaginar que diría hoy Hannah Arendt si supiera lo lejos que llegan sus palabras. Ella, que justificaba su obra escrita explicando: «No me preocupa la influencia que puedan tener mis obras, lo que me preocupa es comprender y escribir forma parte de comprender, forma parte del proceso. Si tuviera la posibilidad de recordar todo lo que pienso, posiblemente no habría escrito nada. Cuando logro desarrollar un pensamiento necesito además expresarlo adecuadamente a través de la escritura. Si después otros comprenden en el mismo sentido que yo, es una doble satisfacción, un sentimiento de liberación y de sentirme como en casa».

Su franqueza gusta a las redes

Su cruda franqueza se adapta con facilidad al tipo de comunicación que requieren las redes y su falta de corrección política resulta de lo más actual, como cuando afirma que «hay determinadas ocupaciones que no son para las mujeres. Cuando una mujer empieza a dar órdenes, eso no tiene buen aspecto, debiera intentar no llegar a tales posiciones si le importa seguir siendo femenina. Personalmente, nunca me ha importado».

Aunque para los internautas alemanes, seguramente lo más valioso de su pensamiento es el testimonio de experiencia de unos años de los que a menudo sus padres y sus abuelos han preferido no hablar demasiado. «Nunca me habían interesado la historia ni la política, pero en 1933 no era posible ya esa indiferencia. El 27 de febrero de 1933, el incendio del Reichstag y todas aquellas detenciones ilegales aquella misma noche, la llamada “detención preventiva”, llevándose a la gente a los sótanos de la Gestapo… lo que se desencadenó aquella noche fue monstruoso y a menudo queda ensombrecido por lo que vino después. Pero para mí supuso una conmoción inmediata y desde ese momento sentí una responsabilidad, pensé por primera vez que no podía quedarme al margen», relata sobre su toma de conciencia política.

Infancia de otro planeta

Los recuerdos infantiles de Hannah Arendt parecen no de otra época, sino de otro planeta. Cuenta cómo creció leyendo a Kant, a Jaspers, a Kierkegard… y para desengrasar poesía griega clásica que todavía en 1963 recitaba de memoria con soltura. «Yo no supe por mi familia que era judía. Mi madre no era religiosa, mi padre murió muy pronto… Mi abuelo era presidente de la comunidad Judía Liberal de Königsberg y me topé por primera vez con la palabra “judío” por los insultos antisemitas de otros niños en la callle. Después fui ilustrada al respecto y, con el tiempo, se convirtió en una cuestión esencial de mi identidad, igual que, todavía en mayor medida, para mi madre. Me considero judía y no me considero alemana», rememora.

«Yo no supe por mi familia que era judía, me topé por primera vez con la palabra “judío” por los insultos antisemitas de otros niños en la callle»

El profesor de culturas digitales de la Universidad de Luneburgo Götz Bachmann, considera que «la entrevista triunfa en Youtube porque es un documento increíble, porque mezcla un gran poder intelectual y una honestidad desgarradora», sugiriendo cuánto pensamiento valioso se perderá en la era digital por el simple hecho de no estar grabado en vídeo.

Berlín, tras la Noche de los cristales rotos
Berlín, tras la Noche de los cristales rotos-ABC

«Las experiencias de antisemitismo envenenaron el alma de muchos niños», dice en un lúcido recordar de sus primeros años, «la diferencia, en mi caso, es que mi madre era partidaria de no humillarse, de defenderse. Cuando los profesores humillaban a otras niñas, especialmente judías del este, yo tenía instrucciones de levantarme inmediatamente, abandonar el aula y marcharme a casa. Debía informar de lo ocurrido y mi madre, entonces, escribía una de sus muchas cartas de protesta. Yo me quedaba un día sin colegio y aquello me parecía estupendo. Si los comentarios venían de otros chicos, en cambio, no se me permitía quejarme en casa. Tenía que defenderme yo sola. Por eso nunca me afectó demasiado, porque disponía de unas normas de conducta que preservaban mi dignidad. Me sentía completamente protegida».

«La conmoción llegó por la uniformización, no por lo que hicieron nuestros enemigos, sino por lo que hicieron nuestros amigos…»

Hanna confiesa que desde 1931 estaba convencida de que los nazis llegarían al poder, pero precisa que no fue ese el motivo de mayor conmoción para los judíos. «Desde hacía al menos cuatro años era evidente que la mayor parte de los alemanes estaba contra nosotros, ¡no necesitamos que Hitler llegase al poder para eso!. La conmoción llegó por la uniformización, no por lo que hicieron nuestros enemigos, sino por lo que hicieron nuestros amigos…».

En sereno tono de reproche subraya que «la uniformización comenzó como algo voluntario, no como consecuencia del terror. Fue como si en torno a nosotros se abriese un espacio vacío. Yo vivía en un mundo de intelectuales, pero conocía también a personas de otros medios. Y pude comprobar que esa uniformización se extendió mucho antes entre los intelectuales que entre personas de otros medios. Y eso nunca he podido olvidarlo. Abandoné Alemania pensando que nunca más me metería en cosas intelectuales, nunca más quería estar entre semejante gente. No lo sigo pensando con la misma intensidad, pero si tenemos en cuenta que pertenece a lo intelectual el forjar ideas sobre el otro, el hecho de que los intelectuales se uniformasen y forjasen esa idea sobre Hitler resulta, sencillamente, grotesco. Los intelectuales alemanes cayeron en la trampa de sus propias ideas».

«Así supe de Auschwitz»

Tenía 23 años cuando huyó de Alemania. El presidente de la organización sionista la buscó para realizar un trabajo de recopilación, un compendio de todas las expresiones racistas y segregacionistas que se estaban infiltrando en la sociedad alemana a través de la nueva legislación de profesiones. Se trataba de un trabajo ilegal y no quería que ningún sionista se ocupase personalmente de ello porque, en caso de caer, caería con él toda la organización. Debido a esta tarea fue arrestada y pasó ocho días en prisión, tras lo cual abandonó el país de forma ilegal y no regresó hasta 1949. Exiliada en Francia, relata sus trabajos de apoyo a los refugiados alemanes, arrojando excelsa luz sobre la actual polémica por los refugiados en Alemania, y cuenta cómo, ya viviendo en EE.UU., supo acerca de Auschwitz. «Fue en 1943. Mi marido y yo no nos lo creímos… Sabíamos que esa tropa era capaz de lo peor, pero mi marido repetía que tan lejos no podían llegar. Medio año después sí que lo creímos porque vimos pruebas. Y fue como si el abismo se abriese. Todo lo demás podía asimilarse. Eso no».

Segun tomado de, http://www.abc.es/cultura/libros/abci-filosofa-combatio-nazismo-hannah-arendt-estrella-youtube-201801100128_noticia.html

 

Will Palestinians Protect Freedom of Religion and Holy Places in Jerusalem?

Will Palestinians Protect Freedom of Religion and Holy Places in Jerusalem?

avatar by Mitchell Bard

The Israeli flag at Jerusalem’s Western Wall. Photo: Hynek Moravec via Wikimedia Commons.

For the sake of argument, let us assume that the Palestinians one day achieve their goal of securing a capital for a Palestinian state in Jerusalem. What would this likely mean for the residents and visitors to the city?

The hope would be that the city’s holy places would be protected and accessible — and that everyone would enjoy freedom of worship, as they do under Israel’s jurisdiction. But past precedent — as well as more recent Palestinian behavior — is not reassuring.

The part of Jerusalem that the Palestinians demand for their capital was under Arab control from 1948-1967. Jordan occupied the city and the West Bank for 19 years — and, curiously, the Palestinians never demanded an end to the “occupation” or the establishment of a Palestinian state with Jerusalem as its capital. These demands only emerged when Israel — that is Jews — took control over the area. Palestinians have never been able to explain the nearly two-decade gap in their supposed longing for self-determination in the land that they speciously claim has been theirs since time immemorial.

Before advocating a redivision of Jerusalem, proponents should read the history of that period. Israel made western Jerusalem its capital; meanwhile, Jordan occupied the eastern section but did not move its capital there. Jordan violated the 1949 Armistice Agreement by denying Israelis access to the Western Wall and to the Mount of Olives. Worse, the Jewish Quarter in the Old City was razed, 58 synagogues were destroyed or desecrated, and thousands of tombstones in the Mount of Olives cemetery were destroyed to pave a road and build fences and latrines in Jordanian army camps.

Under Jordanian rule, Israeli Muslims were also not permitted to visit their Holy Places in East Jerusalem. Meanwhile, “Israeli Christians were subjected to various restrictions during their seasonal pilgrimages to their holy places,” according to longtime mayor Teddy Kollek. “Only limited numbers were grudgingly permitted to briefly visit the Old City and Bethlehem at Christmas and Easter.”

Jordan also passed laws restricting the opening of new Christian schools, giving Jordan control over the appointment of teachers, and requiring the teaching of the Koran. In 1965, Christian institutions were forbidden to acquire any land or rights in or near Jerusalem. In 1966, Christian schools were compelled to close on Fridays instead of Sundays. Because of these repressive policies, many Christians emigrated from Jerusalem. Their numbers declined from 25,000 in 1949, to fewer than 13,000 in June 1967.

The discriminatory laws adopted by Jordan were abolished by Israel after the city was reunited in 1967.

Would Palestinian policies in Jerusalem be any different than those of the Jordanians? Based on Palestinian words and deeds, there is reason for concern.

Two Palestinian Authority (PA) officials made clear that they believed the Jordanian policy towards the Western Wall, Judaism’s holiest site, should be restored. Minister of Religious Affairs Mahmoud Al-Habbash, for example, declared that non-Muslims should be barred from praying at the Al-Aqsa Mosque compound, which, he maintained includes the Western Wall. Similarly, Tayseer Al-Tamimi, former Chief Justice of the PA Religious Court, insisted that “the Al-Aqsa Mosque is Islamic,” and that “Jews have no right to pray in any part of it,” including “its western wall.”

In 1952, Jordan proclaimed Islam to be the country’s official religion. According to the Palestinian draft constitution, Islam will also be the official religion of “Palestine,” which does not augur well for non-Muslims. According to a US State Department report on religious freedom in the PA territories, churches there are not officially recognized and must obtain special permission to perform marriages or adjudicate personal status matters. Christians may not proselytize.

Jonathan Adelman and Agota Kuperman noted that Yasser Arafat “tried to erase the historic Jesus by depicting him as the first radical Palestinian armed fedayeen (guerrilla).” David Raab observed that “Palestinian Christians are perceived by many Muslims … as a potential fifth column for Israel.”

At the start of the Palestinian War in 2000, Muslim Palestinians attacked Christians in Gaza. Raab reported that “anti-Christian graffiti is not uncommon in Bethlehem and neighboring Beit Sahur, proclaiming: ‘First the Saturday people (the Jews), then the Sunday people (the Christians),’” and that “Christian cemeteries have been defaced, monasteries have had their telephone lines cut, and there have been break-ins at convents.”

In 2002, Palestinian terrorists seized the Church of the Nativity in Bethlehem and held priests, monks and nuns hostage. The New York Times reported that: “Palestinian gunmen have frequently used the area around the church as a refuge, with the expectation that Israel would try to avoid fighting near the shrine.” More recently, on December 23, 2017, rioters in Bethlehem threw rocks at the car carrying the Greek Orthodox Patriarch of Jerusalem.

In 1950, Bethlehem and the surrounding villages were 86% Christian. After assuming control in 1995, the PA began Islamizing Bethlehem. Arafat appointed a Muslim as governor, and fired the Bethlehem city council that had nine Christians and two Muslims, and replaced it with a 50:50 council. The city’s municipal boundaries were also redrawn to incorporate 30,000 Muslims from three neighboring refugee camps and a few thousand Bedouins. Muslims from Hebron were also encouraged to move to Bethlehem. The net result was that the area’s 23,000 Christians were reduced from a 60% majority in 1990 to a minority by 2001. Today, only 11,000 Christians remain, just 12% of the city’s population.

Across the West Bank, Christians now account for less than 2% of the population. In 2017, Nihad Abu Ghosh, a member of the Democratic Front for the Liberation of Palestine (DFLP), and the director of the PLO’s diaspora affairs department, admitted one reason for the decline is “an ISIS-like culture, and the existence of an environment that excludes the Palestinian Christians and is unsympathetic towards them.” As an example, he mentioned a preacher at the Al-Aqsa Mosque who “advocates imposing a poll tax (jizya) on Christians.”

When Arafat died in 2004, Vatican Radio correspondent Graziano Motta said, “The death of the president of the Palestinian National Authority has come at a time when the political, administrative and police structures often discriminate against [Christians].” Motta added that Christians “have been continually exposed to pressures by Muslim activists, and have been forced to profess fidelity to the intifada.”

In 2005, Samir Qumsiyeh, a journalist from Beit Sahur told the Italian newspaper Corriere della Sera that Christians were being subjected to rape, kidnapping, extortion and expropriation of land and property. He added that “almost all 140 cases of expropriation of land in the last three years were committed by militant Islamic groups and members of the Palestinian police.” Qumsiyeh warned that, “If the situation continues, [Christians] won’t be here any more in 20 years.”

The world should also be concerned with how the Palestinians would treat holy and historically significant places. The Oslo Interim Agreements specified that the PA would be responsible for the security of certain holy sites, and that Jewish worshipers would be allowed unhindered access to them. The Palestinians, however, have made it difficult for Jewish worshipers to visit holy sites, and allowed mobs to burn the “Peace for Israel” synagogue in Jericho and damage Joseph’s Tomb in Nablus. On December 19, 2017, Palestinians rioted, burned tires, threw stones, and threatened soldiers and worshipers when Jews visited Joseph’s Tomb to celebrate Hanukkah.

The Palestinians now controlling the Temple Mount have also caused irreparable damage to archaeological remains from the First and Second Temple periods. Israeli archaeologists found that during construction work ordered by Muslim authorities, thousands of tons of gravel — which contained important relics — were removed from the Mount and discarded in the trash. Experts say that even the artifacts that were not destroyed during this act were rendered archaeologically useless because the Palestinian construction workers mixed finds from diverse periods when they scooped up earth with bulldozers. The nonpartisan Committee Against the Destruction of Antiquities on the Temple Mount said that another Palestinian construction project damaged a wall that dates to Second Temple times.

The consistent violation of agreements that the Palestinians have already signed regarding freedom of religion and the protection of holy places, in addition to the religious persecution and mistreatment of non-Muslims, provide ample practical evidence of why the international community should have grave concerns about giving the Palestinians control over any part of Jerusalem.

Dr. Mitchell Bard is executive director of AICE and author/editor of 24 books including “Myths and Facts: A Guide to the Arab-Israeli Conflict,” “The Arab Lobby,” and the novel “After Anatevka: Tevye in Palestine.”

As taken from, https://www.algemeiner.com/2018/01/10/will-palestinians-protect-freedom-of-religion-and-holy-places-in-jerusalem/

El judaísmo propone una espiritualidad diferente.

Cuerpo y alma

Cuerpo y alma

por Yaacov Abraham Lipszyc

La creencia en la existencia de una entidad sobrenatural creadora del ser humano —para los usos prácticos del texto llamémoslo Dios, pero si eso te genera algún prejuicio, es posible ponerle el nombre que queramos— implica asumir como mínimo un principio: esta entidad no se equivoca. El error nace de la falta, de la carencia, y partimos de la base de que a esta fuerza creadora no le falta nada; es completa.

Sólo si aceptamos este principio —y ciertamente puede ser complicado hacerlo— es posible seguir construyendo de manera lógica.

De entre todas las criaturas, la más elevada es el ser humano. No porque pueda enviar un cohete a la luna o porque pueda diseñar un rascacielos de cincuenta pisos (estas facultades son asombrosas, pero no son más que el resultado de entrenamientos mecánicos, algunos más complicados que otros, y que se basan en desarrollar cierto aspecto de las capacidades de la persona. Ninguna implica, necesariamente, un crecimiento integral de quien las tenga. La prueba de esto es que por más genial que sea el director de la NASA, es posible que no pueda ni siquiera hacer una casa en un árbol. Él desarrolló otras capacidades.) El hombre se eleva por sobre el resto de las criaturas porque es capaz de lograr una conexión trascendental.

Esta concepción ha sido aceptada por distintas corrientes filosóficas, que han basado esta posibilidad humana en su capacidad de abstracción. Ya sea con el platónico Mundo de las Ideas, con el Primer Motor Inmóvil de Aristóteles, o incluso con el dualismo cartesiano. La capacidad intelectual de pensar un Universo conectado con el hombre más allá de su presente físico ubica a la persona en un nivel más elevado que un simple animal.

Pero… esto debe ir más allá de la teoría, ¡Al fin y al cabo, se trata de nuestra vida! ¿Qué hacemos con esta realidad?

Imagino que a muchos de nosotros nos ha ocurrido alguna vez: te levantas en medio de la noche y miras el reloj. Son las tres de la mañana. Y empiezas a pensar. ¿Quién soy yo? ¿Cuál es el sentido de la vida? ¿¡Quién está haciendo estas preguntas, y no me deja dormir!?

Eso es tomar conciencia de nuestro Yo, más allá del cuerpo.

Sin embargo, la lectura aceptada de la espiritualidad es la de una separación total del mundo material. Si le pidieran a un grupo de 50 personas que dibujaran a un hombre “espiritual”, no sería extraño encontrar a más del 80 por ciento haciendo una especie de garabato de algún gurú oriental, en la montaña, viviendo una vida asceta. (Irónicamente, con todo el avance occidental y del capitalismo, todavía el Lejano Oriente domina el imaginario cultural de la etiqueta “Espíritu”).

El judaísmo propone otro tipo de vida espiritual. Un modo positivo de ver el mundo que nos rodea. La Torá lo explicita claramente: el verdadero placer está en el Mundo Venidero, pero la llave de acceso a él la tenemos sólo aquí, en este mundo. No hay una negación del Universo terrenal, por el contrario: aquí se esconde la oportunidad para alcanzar la trascendencia.

Como hemos dicho al inicio, resulta imposible pensar una espiritualidad basada en un Dios con fallas. Y el pensamiento lógico nos obliga a deducir entonces que, si Él nos ha puesto en este lugar, rodeados de ciertas personas, dotados de capacidades específicas… ¡debe ser para que hagamos algo con eso! Por así decirlo: si hemos sido arrojados a este campo de batalla, para algo será.

Ahora bien, esa misma noche, a las tres de la mañana, tomamos conciencia de que hay un Yo trascendental, e internamente, comprendemos que eso es lo que verdaderamente somos. Ese Yo no se siente atraído por lo mundano (si así fuera, estaríamos durmiendo plácidamente… evidentemente busca algo más allá que la comodidad de la almohada). Pero, además de él, está nuestro cuerpo. ¿Por qué están juntos?

El desafío de esta vida es lograr que la sociedad entre el Yo trascendental (el alma) y el Yo mundano (el cuerpo) funcione en armonía. Por más que hayamos reconocido nuestra identidad infinita como la que “verdaderamente nos representa”, no por eso debemos vender todas nuestras posesiones y negar la materialidad. El secreto no está en negar al cuerpo, sino en lograr que éste acompañe al espíritu.

El judaísmo propone una espiritualidad diferente. No alejarse del mundo, sino elevarlo con nosotros. ¿Cómo así?

Por ejemplo, el mundo material nos presenta la posibilidad de preparar sabrosos manjares. La lógica espiritual diría “¡Déjalos a un lado! ¡Olvídate de lo corpóreo!”. El judaísmo dice “¡Qué gran oportunidad! ¡Utilízalos en una cena de Shabat, o en alguna comida festiva!”. Salir de vacaciones para descansar puede ser visto por maestros espirituales de otras religiones como “¡Eres un esclavo de tu cuerpo!”. El judaísmo plantea en cambio “Si te servirá para recuperar energías y seguir llevando una vida moral, ¡no dudes en hacer la reserva!”.

En resumen, siempre que lo utilicemos como medio para un fin, el mundo material es una herramienta muy positiva para alcanzar lo trascendental.

Según tomado de, http://www.aishlatino.com/e/f/Cuerpo-y-alma.html?s=show