Contra los ateos

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Por: Edvard Zeind Palafox

El ateísmo ha adquirido la virtud de la polisemia. Ser ateo, se piensa, es ser moderno, científico, objetivo, inteligente, racional, curioso, sensible. Goebbels dijo en uno de sus escritos sobre propaganda que las masas necesitan tener qué odiar. El ateísmo suministra múltiples objetos de odio, desde palabras y símbolos hasta santos y mártires.

La política ha enseñado que sólo hay unidad social donde hay enemigos externos. La religión, sea la que sea, en la actualidad tiene rostro de enemigo. El repudio hacia la religión tiene una causa muy fácil de discernir, y es su tedioso discurso. El profano, que carece de estudios formales de lógica y de filosofía, piensa simétricamente y crea síntesis con materiales inadecuados para hacerlas. “La antítesis de la ciencia es la fe y la de la astucia es la esperanza”, piensa el ateo. No hay tal.

Los palurdos, que de todo opinan y que nada estudian con seriedad, no comprenden ni las teorías físicas de Edward Witten ni los preceptos de Alá, ni las ideas de Einstein ni la Trinidad, ni la Cábala ni la filosofía pitagórica, pero se atreven a hablar de Witten, de Einstein y de Pitágoras porque al hacerlo no corren el riesgo de ser imprudentes y de ofender al vecino. Que la geometría y la aritmética no sirvan ya para medir el tiempo y el espacio poco o nada afecta nuestras vidas, pero que el pecado nos destine al infierno sí. El Infierno, si acatamos a la nueva física, es posible, aunque tal vez innecesario.

Mas retornemos al análisis del ateo. El ateo, tenemos dicho, presume su cientificismo, su especialización, pero al hacerlo se contradice. ¿Por qué? Porque en ciencia es especialista y en menesteres morales es ecléctico. ¿Quién confiará en un individuo que toma ladrillos de aquí y de allá, del budismo y del judaísmo, para construirse una morada ética? En Las Cruzadas, de Michaud, aprendemos que las masacres en nombre de lo divino han sido cometidas por menesterosos eclécticos desamparados que ven en las expediciones a Jerusalén o a cualquier lugar santo no una oportunidad para alanzar el perdón de Dios, sino una para lograr su libertad y fama.

Ciencia y religión no son culpables de las carnicerías contra el prójimo. El culpable es el ateo, o escéptico disfrazado de creyente o de pensador. El ateo rechaza la religión, pero también la ciencia. Ciencia, en el gran sentido de la palabra, es fe y esperanza, o en términos menos tediosos y manoseados, credulidad y ancha expectativa. Hay ateos geniales, como Dawkins, y también los hay mediocres. Hay religiosos magníficos, como Pascal, y además los hay medianeros. Pero el ateo vulgar, el que hace de su ateísmo una religión, un programa político, suele sólo comparar a los ateos geniales con los religiosos mediocres, y olvida parangonar al religioso magnífico con el ateo mediano.

La humanidad, saben todos los historiadores, ha recibido mejores cosas de los religiosos científicos, como Descartes, que de los científicos ateos. Bertrand Russell, en su texto Por qué no soy cristiano, acomete contra la religión argumentando que ésta se fundamenta en el miedo, que retarda el progreso y limita el conocimiento. Russell, creyendo que atacó a la religión en general, atacó solamente a los religiosos medianeros.

Casi todas las mentes, desde las más poderosas hasta las más pueriles, confunden a la teología con el dogmatismo religioso. Russell evita hablar de Jesucristo en el texto citado afirmando que ignora la cristología, es decir, la ciencia histórica de la religión de Cristo. ¿Por qué la ignoraba? Porque no le interesaba. Y sin embargo, como buen ateo, se atrevió a hablar del tema desconociendo sus hontanares. ¿Se atreve el rabí a elucubrar cuestiones sociológicas? Mal rabí será el que meta su mano donde parecerá torpe.

Recordemos a otro gran ateo, a Christopher Hitchens, que en su libro Dios no es bueno confunde a la política con la religión. Es común confundir la logística con la lógica, la praxis con la epistemología. Descalificar las malas prácticas de algunos religiosos no descalifica a la religión, ni descalificar a las religiones equivale a demeritar al creyente. ¿Contra qué lucha el ateo? Ni él lo sabe. El enemigo del ateo, paradójicamente, no existe. El ateo arremete contra todo, contra el creyente y contra el rabí, contra las palabras “sinagoga” e “iglesia”, contra sus muros, contra todo, en fin, lo que no parezca padecer incertidumbre.

Tiene religión quien afana re-unirse con la comunidad, que nos da una identidad. Tiene identidad quien comparte con los otros ciencia, religión y trabajo, es decir, percepciones, expectativas y planes (proyectos, decisiones y responsabilidades, diría Sartre). Quien tiene identidad quiere fusionarse con lo que le parece es idéntico a él, con su pueblo. El ateo, en cambio, al terminar de pelear con el creyente va a pelear con el marxista, y luego va a dar porrazos al liberal, y después a distribuir pullas a los extranjeros. Y los falsos religiosos hacen lo mismo. Ambos confunden la logística, mero proceso político, con la lógica, incapaz de analizar los fenómenos psíquicos y morales.

Y al mezclarse los medios con los principios quedan mezclados los sentimientos comunitarios con el sentido común. El ateo, contrariamente al científico y al creyente, quiere practicidad, inmediatez, logística clara, y desea le expliquen los orígenes de todas las cosas con proposiciones mecánicas, escolásticas, analíticas. ¿Y no es la escolástica un modo del saber eclesiástico? La lógica del escolástico, como la del ateo, se conforma con la no contradicción. Los dos tachan lo contradictorio, que no es contradictorio cuando se mira de cerca, cuando se estudia con rigor.

El pensamiento judío, siempre extranjero, sobrepuesto, se ha acostumbrado a buscar relaciones, medios invisibles, que mantengan juntas a la ciencia y a la religión. La Guemará explica a la Mishná y ésta a la Torá. ¿Quién explica a la Guemará? ¿Cómo evita el judío el regreso hasta el infinito? Aceptando, cual científico, una totalidad que incluya lo necesario, lo real y lo posible. El ateo, el no científico, recordemos, sólo cree en lo necesario y por eso su pensamiento, indigente, se ve amenazado por cualquier peligro.

El Talmud, bien leído, escrutado filosóficamente, como nos enseñó Hermann Cohen, nos habla del dolor o desequilibro mental que puede causarnos atender sólo a lo inmediato. Rabí Jia bar Ashi dice que hay tres inmediateces (Talmud: Tratado de Berajot 42a): “inmediatamente después” de poner las manos sobre el animal para el degüelle; “inmediatamente después” de la bendición de la Redención, e “inmediatamente después” de lavarse las manos luego de la comida. Para el creyente hay inmediateces y rituales, momentos o golpes de realidad y también ensoñaciones. Para el pagano, en cambio, sólo hay inmediateces. ¿Quién ignora que lo inmediato, es decir, que las sensaciones e intuiciones son anticientíficas?

El ritual con el animal, para casi toda religión (véase la obra completa de Lévi-Strauss), es representación de la realidad, y la bendición la de lo posible, y el lavado de manos la de lo real. Sacrificio o trabajo o ciencia, fe o filosofía y limpieza o perdón, constituyen la tríada limítrofe de todo creyente. Después de la Guemará no hay más palabras, sino acciones representativas.

El ateo busca lo mismo que el creyente, pero por otras vías. M. Buber, en su libro ¿Qué es el hombre?, dijo: “Las nuevas formas de sociedad que trataron de colocar de nuevo a la persona humana en conexión con los demás, como por ejemplo, la unión, el sindicato, el partido, han podido, sin duda, despertar pasiones colectivas capaces de “llenar”, como se dice, la vida de un hombre, pero les ha sido imposible restaurar la seguridad perdida”. El ateo se derrumba sin la “pasión colectiva” y funda sus argumentos en la provocación, en la tautología, en la metonimia, en máximas, metáforas, eslóganes y lugares comunes.

La religión en general, que domando a la vanagloria humana busca armonizar lo necesario, lo posible y lo real (lo que depende y lo que no depende del hombre), ofende los valores mercantiles del ateo, que son la seguridad, el afecto, el bienestar, el orgullo, la novedad, la economía, la posesión, la inercia, el egocentrismo y la carnalidad. ¿Alguno de tales valores ha servido para fundar algo grande? Sólo sabe qué es religión y qué es volverse ateo quien ha estudiado la historia, como Hitchens, y sólo quien la ha hecho su ciencia puede elegir entre creer o dudar. “La significación de la decisión a tomar puede ser sólo inteligible para aquel que haya vivido todo el pasado que conduce a esta decisión”, escribió Levinas en su libro llamado Humanismo del otro hombre.

Según tomado de, http://diariojudio.com/opinion/contra-los-ateos/97732/

 

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