Las Dos Razones Por Las Que el Judaísmo Ortodoxo No Es Opción Para Mí

Por Diego Edelberg

Hay dos motivos por los cuales jamás podría sentirme parte de la interpretación de algunos de mis hermanos judíos ortodoxos. Esto no quiere decir que no respeto su abordaje. Todos estamos de igual manera ante la búsqueda del sentido más profundo y la verdad en la vida. La diferencia es que nuestros esquemas de referencia y nuestra constitución biopsicosociocultural hacen que esa búsqueda y esa verdad emerja de formas diferentes en cada uno de nosotros. Por eso cada uno debe trabajar para descubrir por qué razón le hace más sentido una aproximación y no otra a su tradición. Las dos razones (entre otras) que encuentro a menudo en la visión ortodoxa y que me alejan de mi pertenencia judía son:

  1. La creencia que los judíos son moralmente mejores o intelectuamente superiores porque tienen un alma más elevada que el resto (es decir la supremacía racial).
  2. La falta de honestidad en la ceguera tendenciosa de creer que el judaísmo siempre dice lo que me gustaría que dijera. Curiosamente, este segundo punto también remite a lo que dice el punto 1 ya que generalmente intenta demostrar que el judaísmo siempre dice que los judíos y el judaísmo mismo son los únicos verdaderos y perfectos y el resto está mal o es una imitación falsa de la única verdad que la tiene la tradición judía porque es más elevada que el resto.

Obviamente y por eso dije “algunos”, sería una falta de respeto poner a todos los ortodoxos en la misma bolsa. No todos creen ni hacen los dos puntos mencionados pero sí son los que más a menudo encuentro entre sus comunidades siendo entre los dos que más me perturban por no ser necesariamente tradicionales sino una respuesta más del judaísmo.

Respondiendo de una vez antes de entrar a desglosar mis ideas a lo que planteo, quiero comenzar por dejar en claro que no creo que los judíos sean mejores que nadie. Creo que son diferentes y únicos, como todas las demás criaturas. De hecho, creo que ni siquiera los judíos son tan diferentes ya que todo ser humano está creado a imagen y semejanza de lo divino según la Tora. En el fondo y como expresó el Rabino ortodoxo Jonathan Sacks, “el judaísmo es lo diferente y no los judíos”. Por otro lado y en respuesta al segundo punto mencionado, el judaísmo en su diferencia o singularidad no demanda fe incuestionable sino una profunda sinceridad intelectual y emocional que nunca deja de ser sagrada. Es lo que llamamos jutzpah, el atrevimiento sagrado judío. Por este último motivo la llegada en el judaísmo es una pregunta y no una respuesta. Quien busca respuestas en el judaísmo no las encontrará. Encontrará preguntas como respuestas a la búsqueda más profunda de la vida judía y la verdad. Así es el Talmud y así son todos los comentarios rabínicos a la Tora. Preguntas y más preguntas. Así es ser judío, es tener buenas preguntas que no se responden con un “sí” o un “no” sino con un “depende del contexto asi que analicémoslo”. El objetivo de la vida judía es alcanzar la pregunta adecuada.

El que busca siempre encuentra

Pero de nada sirve expresar estos dos puntos sin ofrecer una discusión enraizada en la tradición. De todos modos debo aclarar que una tradición con 3000 años de producción literaria tiene tanto material que uno puede encontrar algunas fuentes para fundamentar la superioridad del alma judía y también puede encontrar autores para fundamentar su posición con respecto a lo que uno quiere que un texto signifique o diga.

Estoy convencido que de alguna manera en el judaísmo se cumple el dime qué te gustaría que el judaísmo diga y te aseguro que puedo encontrar fuentes para justificar lo que quieres que la tradición diga (¡incluso si son fuentes que se contradicen entre sí!). Por eso lo importante no es “qué se dice” ni “cómo se lee” sino la sinceridad de “desde qué lugar” uno está buscando lo que está buscando. Si quiero probar que el judío es mejor que el no judío entonces “desde ese lugar” quizás logre encontrar un texto que diga eso. La pregunta es ¿qué gano con eso? ¿por qué estoy necesitando buscar algo que me diga que soy superior a otros seres humanos? Debo decirles que poder encontrar de todo en el judaísmo no quiere decir que el judaísmo en sí es malo o incoherente. Esto no es una falla. Por el contrario, la sabiduría judía demuestra que es tan compleja la existencia que las preguntas más profundas de la vida no pueden encontrar respuestas únicas, directas, simples y excluyentes ante cualquier otro escenario desafiante que se presente. Nuevamente, en el judaísmo más profundo nadie dice, “el judaísmo dice…” sino “¿qué preguntas hace el judaísmo sobre…?“.

Por esta razón y finalmente para presentar entonces mi argumento en esta publicación al desafiar estos dos motivos que me alejan de la ortodoxia (la superioridad racial genética judía y el ser tendencioso a forzar que todo lo judío demuestre esta superioridad) les ofrezco una fascinante discusión que es profundamente judía y está basada ni más ni menos que en la Tora misma. Comienza con uno de los tantos enigmas que ha intrigado a nuestros más grandes sabios: ¿quiénes son las dos parteras con las que habla el Faraón y a quienes les ordena asesinar a todo varón israelita que naciera? Recordemos la historia desde la Tora misma:

Luego el rey de Egipto habló a las parteras de las hebreas, una de las cuales se llamaba Shifra y la otra Pua, y les dijo:

Cuando asistan a las mujeres hebreas a dar a luz y vean en la silla de parto que es niño, mátenlo; pero si es niña, déjenla vivir.

Pero las parteras temían a Dios y no hicieron como el rey de Egipto les mandó, sino que dejaban con vida a los niños varones. (Éxodo 1:15-17)

Las parteras según la tradición son obviamente…

Antes de analizar las respuestas toménse un instante y respondan para ustedes mismos: ¿las parteras eran judías o egipcias? Si piensan que eran judías acertaron. Pero si piensan que eran egipcias…¡también acertaron! ¡¿Qué?!

Según grandes rabinos medievales entre los que se encuentran RaShi, Ibn Ezra, Rashbam y Ramban, basados en un comentario del Talmud (Sota 11b), las parteras eran judías. En el Talmud leemos que ambas en realidad eran Iojeved y Miriam (la mama y hermana de Moshe) o también Iojeved y Elisheva (madre y nuera, la esposa de Arón). Es importante aquí ponerse dentro de los zapatos y la cabeza de un judío ortodoxo para entender porqué cree lo que cree y enseña lo que enseña. Incluso en el libro más comercial y popular El Midrash Dice (Shemot pagina 8) impreso por la editorial de Jabad Luvabitch, leemos que “Shifrá y Pua eran ni más ni menos que Iovejed y Miriam“. Tiene sentido entonces imaginar la razón por la cual un judío ortodoxo puede creer toda su vida que estas mujeres eran judías: tiene textos tradicionales que avalan su interpretación y pueden decirlo porque el midrash lo dice.

Sin embargo lo más interesante aquí es preguntarse, ¿qué llevó al midrash a declarar algo así? ¿Por qué no podría la Tora misma decirnos quienes eran por su propio nombre directamente? ¿Qué busca el midrash enseñarnos? La respuesta de algunos comentadores es la que compartimos al comienzo de esta publicación: eran judías porque pertenecían a la noble galaxia de heroínas judías que arriesgaron sus vidas para salvar al pueblo.

Una mujer no judía (es decir sin alma para algunos ortodoxos que gracias a Dios son pocos) no arriesgaría su vida así como sí lo haría una mujer judía. Y esta temática también es coherente con las mujeres judías que son muchas veces presentadas de esta forma en la ortodoxia, como “más elevadas” o “especiales” para poner un paño frío a la realidad que no poseen los privilegios que los hombres poseen en tanto a lo que ellos sí pueden estudiar y los rituales que ellos sí pueden hacer.

En esta lógica de superioridad, no solamente la mujer judía es presentada como superior frente a la no judía sino que dentro del judaísmo ortodoxo mismo, la mujer es presentada como superior o “más elevada” que el hombre judío. Esto hace que las mitzvot sean más numerosas para el hombre las cuales son presentadas en la interpretación ortodoxa como una “carga” que debe soportar por ser más animal. Esta sí es una lectura sorprendente en lugar de entender las mitzvot como una invitación a experimentar la hermosura de la práctica judía. ¡Y el colmo de presentar esto así es que debemos sentir lastima por el pobre el hombre que tiene que sufrir tanto haciendo mitzvot mientras que la mujer es superior y más sagrada y por eso no tiene que hacer tantas mitzvot como el hombre! ¿O sea que usando esta lógica lo mejor es ser mujer y hacer menos mitzvot? ¿En la vida cuanto menos mitzvot uno tenga que hacer es mejor? Hummm…

La moral y el intelecto no tienen étnia ni genética

Pero otra tradición interpretativa tan antigua como la mencionada arriba y que comienza ya con Filón de Alejandría plantea que las parteras sin duda eran egipcias. Curiosamente esta interpretación también surge de la misma línea jasidica del Baal Shem Tov que nutre a Jabad pero no es de Jabad misma sino de otra dinastía: la de Rofshitz. Encontramos ahí en el comentario Imrei Noam del Rabino Meir Horowitz de Dzikov que las parteras era originalmente egipcias que abrazaron el judaísmo. Si no fue así el autor se pregunta, ¿cómo podría el Faraón ordenarle a mujeres judías que maten niños judíos? ¿Cómo podrían ellas siendo judías haber accedido a algo así? ¿Era el faraón tan ingenuo? La tradición judía dice que hay tres razones por las que uno debe quitarse la vida antes de transgredirlas: idolatría, incesto y asesinato. Por esta razón el comentarista dice que el texto original aclara que “las parteras temían a Dios” implicando que antes no necesariamente lo hacían. Si hubiesen sido judías el texto no debería aclararnos que temían a Dios porque así lo hacen por naturaleza y obviedad las mujeres judías. ¡Mucho menos debe aclararnos esto si son Iojeved y Miriam de quienes estamos hablando!

ShaDal (Samuel David Luzzatto) toma esta misma lectura y no solo menciona lo inconcebible que es pensar que el Faraón hubiese ordenado a mujeres judías matar a niños judíos imaginando que ellas no divulgarían el plan, sino que además agrega que cualquiera que tiene un dios (verdadero o falso) no realizaría actos tan inmorales. Pero esta última frase de ShaDal pone los pelos de punta a Najama Leibowitz quien no puede creer lo que lee. Si bien es claro que ya no tiene sentido decir que eran judías a pesar que una tradición midráshica así quiso mostrarlo, por otro lado bien sabemos cómo la humanidad asesina en nombre del dios del amor, tortura en nombre del dios de la misericordia y hace la guerra en nombre del dios de la paz. ¿Y entonces?

Najama Leibowitz vuelve a darnos una clase magistral aquí. Ella nos dice que es justamente la actitud hacia las minorías, el pobre, la viuda, el huerfano y el extraño en nuestras sociedades lo que determina si una persona o un pueblo posee realmente “temor de Dios”. Cómo tratamos a la minoría es cómo será la mayoría del pueblo. No hay dudas que las parteras eran egipcias según Leibowitz y otros comentarias importantes. Si aceptamos esta postura finalmente el texto no dice lo que nos gustaría que tal vez dijera. Nos deja con un mensaje final que desarticula la superioridad moral y ética de los judíos al mismo tiempo que desafía la lectura tendenciosa de una sola forma de leer el mensaje según un midrash.

En resumen, la Tora nos enseña aquí cómo un individuo puede resistir su inclinación hacia el mal más allá de si tiene alma judía o no. Nadie debe encogerse en su responsabilidad moral sino elevar su alma humana sobreponiendose a la “obediencia debida”. El texto contrasta los brutales decretos de esclavitud y genocidio iniciados por un faraón tiránico que son acatados por sus gobernantes en contraposición de la desobediencia civil por parte de parteras egipcias que “temen a Dios” (y no al faraón). Ni el coraje moral ni la perversión y la maldad son cualidades étnicas. Muchos menos el intelecto que no se transmite por la genética. Moab y Ammon nos dieron a Rut y Naamah. Egipto nos dio dos grandes parteras, Shifrá y Pua.

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