La Educación Infinita y el Juego del Miedo Educativo

por Diego Edelberg

En su libro publicado en 1986 titulado “Finite and Infinite Games”, James Carse explica que todos jugamos un juego en la vida. Lo más importante es entender qué clase de juego estamos jugando. Existen dos tipos de juegos posibles: juegos finitos y juegos infinitos.

En un juego finito los jugadores son conocidos, las reglas ya están fijadas de antemano y el objetivo final está acordado por todos los jugadores. El fútbol es un ejemplo de un juego finito. Hay reglas arbitrarias que han sido consensuadas y acordadas: dos equipos, una pelota, duración del juego y el que hace más goles gana. Al concluir un partido ningún equipo puede pedir jugar un ratito más, agregar otro jugador o traer una pelota extra al partido para demostrar que puede ganar. No sucede porque está planteado como un juego finito en el que hay ganadores y perdedores.

En un juego infinito algunos jugadores son conocidos pero también hay muchos jugadores desconocidos jugando, las reglas van cambiando y el objetivo final no es ganar sino seguir jugando. La educación es un ejemplo de un juego infinito. Como no hay una conclusión final para la educación en tanto nadie puede determinar una educación que no precisará renovarse continuamente y que satisface las necesidades de todas las comunidades del mundo por igual hasta el fin de los tiempos, no hay reglas fijas, no hay un solo objetivo final y lo que sucede es que con el paso del tiempo los jugadores (colegios, universidades, directores, ministerios de educación, profesores, etc.) abandonan cuando se acaba la voluntad o los recursos para continuar jugando, dando espacio para ser reemplazados por otros jugadores. El juego se perpetúa porque no dejará de existir la educación. Lo que cambiarán serán los jugadores porque irán cambiando las reglas y los objetivos de la educación.

¿Qué juego estamos jugando?

Cuando un jugador finito enfrenta a otro jugador finito el sistema de juego es estable. El fútbol es estable. Cuando dos jugadores infinitos se enfrentan el sistema también es estable hasta que uno deja de jugar (por ejemplo, el capitalismo versus el socialismo). Por supuesto que existen juegos finitos dentro de juegos infinitos. Pero los problemas surgen cuando un jugador finito se enfrenta a un jugador infinito. El jugador finito quiere ganar mientras que el jugador infinito quiere seguir jugando. Los objetivos y la misión serán totalmente diferentes. Esta situación hará que el jugador finito viva su vida entera frustrado intentando ganarle a un oponente que no es tal pues se encuentra jugando un juego diferente, el juego infinito, en el que a veces se gana y otras veces se pierde no siendo ese el objetivo del juego sino continuar jugando.

Como mencioné, la educación por definición es un juego infinito. La educación existe desde antes que aparezca cualquier institución educativa que hay hoy en el planeta y seguirá existiendo más allá que las instituciones educativas sigan existiendo o dejen de hacerlo. Continuamente se abren y se cierren colegios, universidades y otras instituciones educativas pero nunca se cerrará la educación como tal.

El verdadero desafío está en que si prestamos atención al lenguaje que utilizan los directivos, los ministerios de educación, los profesores, las instituciones educativas y el staff educativo descubrimos que en el fondo no saben realmente qué juego están jugando. Confunden el juego infinito con el juego finito. Esto es muy peligroso. Los colegios dicen que quieren ser “el mejor colegio”. La pregunta es, ¿ser el mejor colegio tomando qué métricas como referencia? ¿Todo el planeta?¿Durante el resto de la historia? ¿Ser el mejor en ganancias? ¿En asegurar la mayor cantidad de futuros empleos o salarios altos? ¿Cantidad de estudiantes? ¿Puntaje en la PSU (Prueba de Selección Universitaria)? ¿Metros cuadrados que la institución tiene? ¿Cantidad de profesores? ¿Y todo esto en referencia a qué ventana de tiempo (por año, por década, por siglo, por milenio)? En Chile particularmente, la respuesta que emerge rápidamente a estas preguntas es que ser el mejor colegio es ser “el número 1″ en el ranking de la PSU. Sin embargo hay una respuesta mucho más profunda que abordaremos en esta publicación y demuestra lo ridículo de jugar ese juego.

El Juego del Número es el Juego del Miedo

Como no todas las instituciones educativas del planeta e incluso aquellas que se encuentran en un mismo vecindario están de acuerdo con estas reglas aleatorias que cada colegio auto establece para evaluarse como institución, resulta absolutamente ridículo declarar que uno es “el mejor colegio” a menos que todos los demás colegios estén de acuerdo con las métricas elegidas. No todos los colegios acuerdan que el parámetro de referencia es el ranking en la PSU. Entonces ¿qué significa en la educación “ganarle al colegio de al lado”? Sabiendo lo absurdo del juego, los colegios igual se miran los unos a los otros para intentar “ganar” una competencia irreal. Pero no se pueden tomar decisiones estrategias de largo plazo en un juego infinito como es la educación analizando a la competencia del modo que haríamos en un juego finito. Se pueden tomar decisiones tácticas de corto plazo para “ganar” un partido. De todas maneras, todo el staff educativo e incluso los padres y estudiantes se frustran porque están jugando el juego equivocado. En cambio, las mejores instituciones entienden que juegan para seguir jugando y no para ganar.

En el juego finito entonces la obsesión es ganarle a la competencia. Por el contrario en el juego infinito la obsesión es mejorar uno mismo y ser mejor cada día. En el juego infinito quien juega con uno y no “en contra” de uno no es un contrincante. Es un rival digno que nos demuestra en aquello que hace bien las debilidades nuestras que debemos mejorar. El jugador infinito se pregunta, ¿cómo puedo hacer que mi institución educativa sea una mejor versión de sí misma hoy de lo que fue ayer sin evaluar en comparación con las demás instituciones? En la educación no se trata de ser “el número 1” ni ganarle a otros sino mejorarse a uno mismo en sus propios principios educativos que deberían ser infinitos. Uno mismo es la competencia en el juego infinito y eso es lo que asegura seguir jugando el juego. No sólo eso sino que jugar el juego infinito trae algo mejor que el jugador finito nunca conocerá: el goce y la alegría altruista de realmente sentir que lo que uno hace tiene un impacto transcendente. El goce y el sentimiento de realización se logra cuando uno deja de compararse y avanza sobre sus propios logros.

El problema es que amamos compararnos con otros porque es mucho más fácil. Amamos los rankings y sentir la ilusión y ficción que somos “el mejor colegio” o estamos entre los 10 de lo que sea. Pero cuando uno comprende el juego infinito que juega deja de tomar decisiones finitas que surgen por un solo factor: el miedo. El jugador finito es miedoso y ególatra. Así es, la diferencia cuando estamos jugando un juego finito es que lo que buscamos no es transcender por algo más grande sino que se recuerde nuestro propio nombre. Ese es el juego del ego, el poder y el control. Esto significa que en el juego finito vivimos con miedo a perder, desconfiamos de quienes nos rodean, creemos que nuestra misión es intentar ganarle al oponente (lo cual se traduce no solo ganarle al colegio de al lado sino a tus compañeros de clase en el promedio y a los otros profesores en status, dinero o reconocimiento, etc.) y no hay empatía ni ayuda grupal sino paranoia. En lugar de vivir un paradigma de abundancia educativa se establece un terror marcado por la escasez: no hay para todos, no todos pueden aprender y no todos pueden ingresar a la universidad y ganar dinero. La pregunta que surge entonces es, ¿qué juego está jugando el sistema educativo, los colegios, universidades, profesores, padres y estudiantes particularmente en Chile hoy? La respuesta, lamentablemente, es el juego finito. Aquí nadie es culpable. Todos somos responsables. Todos estamos eligiendo este juego. Debemos entender el juego para comenzar a cambiarlo. A eso nos enfocaremos a continuación.

Control, ego y poder…¿y la educación?

En Chile al igual que otras partes del mundo existe en el sistema educativo algo llamado PSU (Prueba de Selección Universitaria). Los estudiantes a partir de la educación media (secundaria) comienzan a recibir un promedio numérico que define sus carreras universitarias. Por otras razones sociológicas y particulares que superan esta publicación, el colegio no sólo influencia en la carrera universitaria sino también en la posibilidad de conseguir trabajo de acuerdo al número de la calle en la que uno nació y el nombre del colegio que uno asistió. En otras palabras, la sociedad entera está atrapada en un juego finito de control basado en números que expresan el puntaje académico y la dirección de la calle en la que nació el estudiante y el futuro empleado. Todo esto sirve para mantener en control el miedo latente de todos los jugadores (padres, instituciones, gobierno, empresas, país, etc.).

Los colegios publican en sus redes sociales con orgullo los estudiantes que obtienen números elevados dentro del ranking de la PSU como si estuvieran jugando un partido de fútbol contra los demás colegios en el que hay que ganar mientras otros pierden. El juego es claramente finito aún cuando ya sabemos que el juego educativo no se trata de ganar sino seguir jugando. El número promedio que los estudiantes van apilando en notas a lo largo de los años está basando en la capacidad que tienen de recibir información y devolvérsela al profesor de la manera más precisa que el profesor considera eficiente, dándoles a cambio a los estudiantes un número arbitrario en una escala de 1 a 7 basado en una definición numérica aleatoria preestablecida por el profesor y el staff educativo. Este número que los estudiantes van adoptando como identidad existencial en el fondo no expresa su inteligencia emocional ni su espiritualidad como totalidad sino una descripción fotográfica de la sabiduría externa cognitiva que poseen en ese instante de acuerdo a reglas arbitrarias que han sido consensuadas y acordadas entre los profesores, el staff educativo y los padres. Lo que esta nota produce al utilizarla como etiqueta sobre los estudiantes es condicionar una falsa autoestima como un número que mide su ser y no su emocionalidad o espiritualidad que es imposible de medir en números. Además, este juego disminuye la capacidad de ayuda colectiva y por el contrario otros estudiantes con mejor promedio son vistos como competidores a los que hay que ganarles porque no hay lugar para todos en el juego finito. No es casualidad que en este escenario la mayoría de los estudiantes (y muchos profesores) odian el colegio y si pudieran elegir estarían en cualquier otro lado donde el juego del aprendizaje sea creativo e infinito. En lugar de ser el espacio para desarrollar al máximo las capacidades cognitivas, emocionales y espirituales, el colegio se pierde la oportunidad de ser un lugar que motiva no solo el conocimiento exterior sino también la sabiduría interior.

¿Qué produce la necesidad de crear este sistema y sostenerlo aún cuando los propios jugadores no lo ven funcional? La respuesta, como vimos, es el miedo. En esta cultura del miedo los estudiantes tienen miedo de sus profesores que determinan su aparente valor numérico. Los estudiantes también temen al colegio mismo y su staff que trabaja desde el paradigma de control producido por el miedo. En efecto, los profesores y el staff del colegio tienen miedo que los estudiantes los conozcan como personas que también sufren y temen y por eso el staff evita compartir algo más profundo sobre quienes son emocional o espiritualmente prestándose solamente a mantener una distancia numérica abstracta entre ambos jugadores (los estudiantes y el staff) como si ambos fueran dos objetos en lugar de dos sujetos que se relacionan. Los números son necesarios para mantener la abstracción objetiva y distante entre los unos y los otros.

Los estudiantes confiesan no saber nada del profesor más que su nombre mientras que el profesor rara vez conoce algo más de sus estudiantes que aquello que le comunican las pruebas y exámenes que miden solamente la capa exterior del conocimiento de su alumno. Los profesores a su vez están asustados de los padres de los estudiantes, de la administración del colegio y del directorio por miedo a hacer algo que no sea parte del juego finito (¡no sea cosa que en lugar de centrarse en las notas numéricas decidan al igual que Robin Williams en la Sociedad de los Poetas Muertos o Merlí en la serie de Netflix cometer la atrocidad que los estudiantes lleguen a sentir entusiasmo o emoción por ir al colegio y descubrir la pasión de aprender!). La administración y el directorio del colegio están asustados de los padres que pagan las cuotas a razón de asegurarse que el colegio les promete rankings altos en la PSU y en consecuencia un retorno de su inversión monetaria que sus hijos e hijas podrán recuperar manteniéndose dentro del sistema del juego del trabajo. Y finalmente los padres están asustados que sus hijos no puedan ingresar a las universidades, conseguir un trabajo y no tener qué hacer el resto de sus vidas. Todos somos responsables de auto someternos a un juego finito porque tenemos miedos diferentes. En este juego que debería ser infinito se está jugando un juego finito en el que estamos todos asustados. Nadie está aprendiendo ni gozando. Solamente estamos evitando enfrentar nuestros temores y por eso todos pagamos el precio.

¿Hay una salida? ¡Siempre!

La necesidad de crear y sostener este forzado juego finito en lo que por naturaleza es un juego infinito produce además otras consecuencias. Los profesores y directores se sienten cómplices en lugar de estar entusiasmados con la vocación sagrada que eligieron de jugar el maravilloso juego infinito de la educación. Se sienten haciendo gestión organizativa de temas en lugar de maestros que forman parte del desarrollo espiritual de sus estudiantes y de la comunidad educativa. El clima en general es de paranoia y sospecha continua porque no sea cosa que se descubra quién comete un error terminando en el banco de suplentes o fuera del equipo dándole lugar a que entre otro jugador. En lugar de apoyarse, de entenderse mutuamente, de pedir ayuda si uno no sabe cómo manejar una determinada situación por miedo a ser despedido si es un miembro de staff o amonestado si es un estudiante, tanto el staff educativo como los estudiantes se preocupan por ellos mismos y no por el bien de algo más grande. En la paranoia hay miedo y la reacción primera es salvar el propio pellejo. Nadie se anima a arriesgarse. Como vimos, el juego finito posee una visión de escasez en lugar de abundancia. La escasez lleva al miedo, el miedo a la sospecha, la sospecha a la paranoia, la paranoia a la desconfianza y juntas la desconfianza, el miedo, la sospecha y la paranoia precisan control. El control lleva a un juego de poder y el poder alimenta al ego. Es ahí cuando se precisan números porque el número siempre tiene una narrativa de ego, poder, control y miedo. El juego finito tiene números (cantidad de goles, de ganadores y perdedores, etc.). Pero el juego infinito no posee números porque sabe que las cosas más trascendentales jamás podrán ser medidas. ¿Cuánto vale una lección bien dada por un maestro y aprendida por un estudiante? ¿Qué vale realmente un profesor que deja el alma para que sus estudiantes aprendan? ¿Qué número le pondríamos al placer de enseñar algo que amamos? ¿Cuánto vale los ojos brillantes de los estudiantes apasionados?

Soy una persona de fe y esperanza. No todo está perdido. El juego puede cambiar. Pero debe surgir desde quienes lideramos comunidades educativas porque las organizaciones serán de acuerdo a cómo somos sus líderes. Si los líderes tenemos miedo de cambiar seremos cómplices del juego pasando noches enteras sin dormir para descifrar ganarle a la competencia de un juego finito que no es tal. Los padres también tenemos responsabilidad si queremos realmente lo mejor para nuestros hijos. La primera salida de este enredo ya existe dentro del paradigma educativo. Se trata de abordar la educación desde una mentalidad flexible y no fija (Carol Dweck, la persona que acuñó el término lo describe en inglés como “growth mindset versus fix mindset”). Al final de esta publicación agregué un breve video que explica de forma extraordinaria esta filosofía educativa (se pueden elegir poner subtítulos en español).

Desde esa mentalidad flexible, el siguiente paso es comenzar a desarrollar iniciativas infinitas dentro de un sistema finito. Tenemos que sincerarnos en que no podemos cambiar el sistema entero de la noche a la mañana y debemos dar pequeños pasos que se convertirán en zancadas. Por eso esta publicación es al fin de cuentas una pregunta y no una respuesta. Opciones que propongo y que yo mismo he podido poner a prueba lidian con el campo de ESE (Educación Socio Emocional – también hay un video al final de esta publicación pero solamente en inglés). En esencia la ESE es un espacio dentro del currículum que ayuda a que los estudiantes se conecten con sus emociones más profundas y puedan reconocerlas, comprenderlas, influenciarlas e incluso comunicarlas. Luego de un año trabajando semanalmente a través de técnicas de meditación, estudio de textos con preguntas orientadas hacia ese desarrollo, salir a dar una clase al patio en lugar del aula y cientos de técnicas más no formales (incluyendo una presentación en la que les cuento sobre mi vida y lo que me gusta y me da miedo) se genera una comunidad de confianza que libera algo del ancho de banda de preocupaciones más allá de las notas de los estudiantes. No es casualidad que ya hay investigaciones realizadas que los colegios que poseen un espacio para ESE los estudiantes mejoran el rendimiento académico sin tener que sufrir porque han tenido un espacio para enfrentar los otros grandes temas -además del promedio escolar- que les preocupan en la vida. Uno de los proyectos que también ha estado empujando esta agenda con una visión infinita en la educación es la de Project Zero en Harvard http://www.pz.harvard.edu/

Heschel nos enseñó que el pensamiento sin raíces dará flores pero no frutos. Culpar al sistema es más fácil que asumir que el sistema somos nosotros. Los miedos son nuestros y la valentía tiene que surgir de nosotros. Si queremos un futuro mejor para la educación debemos comenzar por vivir un presente mejor en la educación.


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