El Libre Albedrío y Sus Detractores

El Libre Albedrío y Sus Detractores
por Jonathan Rosenblum

El libre albedrío es el “regalo más grande” a la humanidad, un regalo que por sí mismo hace que valga la pena vivir.

La creencia en la elevación del hombre por sobre los animales está siendo atacada en occidente. La negación del libre albedrío –y con ella la posibilidad de la moralidad— es central en este ataque. Si el hombre no posee la libertad de elegir, no es más moralmente culpable de sus actos que un león por comerse a su presa. Al final de cuentas, es sólo otro animal cuyas acciones están determinadas por sus instintos.

En un artículo reciente en el periódico The New York Times, Dennis Overbye pasa de su incapacidad para resistirse a las tortas de chocolate en el menú de postres a considerar un “grupo de experimentos en años recientes que sugieren que la mente consciente es como un mono cabalgando un tigre de decisiones subconscientes… inventando frenéticamente historias sobre estar en control”.

Mark Hallet, un investigador neurológico, le informa a Overbye que el libre albedrío no es nada más que una ilusión, una sensación que tiene la gente. El profesor de filosofía Michael Silberstein señala que todos los sistemas físicos que han sido investigados resultan ser o deterministas o aleatorios. Ambas alternativas son inconsistentes con el libre albedrío.

Muchos encuentran conveniente utilizar la compulsión como defensa para evitar la censura moral de su propia consciencia o de la de los demás.

Hallet tiene razón en que nadie experimenta consistentemente la vida como una existencia carente de toda decisión – incluso Overbye podría resistir la torta de chocolate si la recompensa fuese lo suficientemente grande o el castigo lo suficientemente inmediato. Sin embargo, de vez en cuando, muchas personas encuentran conveniente utilizar la compulsión como defensa para evitar la censura moral de su propia consciencia o de la de los demás (“El corazón quiere lo que quiere”, dice Woody Allen acerca de su romance con su hija adoptiva de 17 años).

La vida sin la sensación “de que las cosas están realmente siendo decididas de un momento a otro, y que no es la tonta recitación de una cadena que fue forjada innumerables generaciones antes”, escribió William James, perdería toda su “gracia y excitación”.

La Torá identifica al acto de la elección moral con la vida misma: “He ubicado delante de ti la vida y la muerte, la bendición y la maldición, elige la vida” (Deuteronomio 30:19). La vida de verdad es poder elegir la bendición sobre la maldición. Isaac Bashevis Singer lo dijo bien cuando le dijo a un entrevistador que el libre albedrío es el “mejor regalo” de la vida, un regalo que por sí mismo hace que valga la pena vivir.

Diferente a lo Animal

Afortunadamente, aquellos que atesoran su sentido de identidad como seres electores no admiten que nuestras elecciones son ilusorias o que el hombre no es nada más que un animal dirigido por el instinto. El hombre difiere de cualquier miembro del reino animal en miles de cosas. Sólo el hombre puede imaginar una variedad de posibilidades futuras y guiar sus acciones de acuerdo a esas posibilidades.

Hans Jonas señala en Tool, Image, and Grave: On What is Beyond the Animal in Man (Herramienta, Imagen y Tumba: Las Cosas en el Hombre que están Más Allá del Animal) tres cosas con las que el hombre se distingue de los animales. Sólo el hombre diseña herramientas para alcanzar propósitos en particular. Sólo el hombre crea imágenes físicas para recordar eventos del pasado o para contemplar posibilidades futuras. Y sólo el hombre entierra a sus muertos, y es motivado por un cuerpo sin vida a contemplar algo más allá del universo físico. “La metafísica surge de las tumbas” nos informa Jonas.

Los procesos mentales no pueden ser reducidos a las reglas del universo físico, ni la mente puede ser confundida con los impulsos eléctricos del cerebro. Las leyes del universo físico, de las que habla el Profesor Silberstein, nos permiten predecir eventos futuros. Sin embargo, no puede hacerse lo mismo con la vida humana. ¿Cuál, por ejemplo, sería el paralelo en las leyes del universo físico al fenómeno de un baal-teshuvá (una persona que retorna al judaísmo)? – él ha elegido ahora una vida que va en desacuerdo a toda su educación y crianza

En sus Leyes de Arrepentimiento, Maimónides describe un acto de arrepentimiento absoluto: “Ha tenido relaciones prohibidas con una mujer, y después de un período de tiempo, se encuentra a solas con ella. Su amor por ella es constante, no ha mermado en sus capacidades físicas… sin embargo se separa y no peca”. Todo sigue igual, excepto por la elección del actor involucrado. ¿Quién no ha experimentado una lucha interna comparable y, con la ayuda de Dios, un triunfo similar?

“Ustedes niegan el libre albedrío porque en realidad son esclavos, se han esclavizado al mal de su interior”.

Esto no implica que el rango de nuestras elecciones sea ilimitado. Cada uno de nosotros es producto de su educación. Y cada uno de nosotros nace con una personalidad única (como todo padre sabe). Tampoco es el ejercicio de nuestra elección aleatoria. Si la gente no se encontrara repitiendo patrones de comportamiento familiares, nadie iría a un terapeuta.

Finalmente, la mente humana no es una tabula rasa, como demuestran el trabajo de Chomsky en estructuras lingüísticas y el de Piaget en razonamiento moral. El sicólogo de Harvard Daniel Gilbert muestra en Stumbling on Happiness (Tropezando con la Felicidad) todas las formas en las que cometemos errores sistemáticos cuando nos proyectamos hacia el futuro.

En su Discurso sobre Libre Albedrío, el rabino Eliahu Dessler describe cómo el área del libre albedrío difiere entre una persona y otra, en base a la educación y otros factores, y cómo cambia constantemente. Sólo es posible hablar del ejercicio del libre albedrío en el punto en el que la aprensión de la verdad por parte de la persona –es decir, lo que es correcto— está en perfecto balance con un deseo contrapuesto. Precisamente en ese punto, nada más allá de la persona misma determina el resultado.

El rabino Dessler emplea, para ejemplificar el proceso, la metáfora espacial de un campo de batalla. El punto en el cual la batalla es librada es el punto de libre albedrío. Detrás de la línea de batalla está el territorio capturado – el área en donde la persona no siente la tentación de hacer lo que percibe como incorrecto. Y detrás de las líneas del enemigo están todas las áreas en las que la persona todavía no tiene la capacidad de elegir.

El frente de batalla se mueve constantemente. Con cada victoria (cada elección correcta) la persona avanza. Y retrocede con cada derrota. El Faraón provee el paradigma de lo último. Por haber endurecido su corazón repetidamente, finalmente perdió la capacidad de ejercitar su libre albedrío.

En el contexto contemporáneo, el rabino Dessler remarcó que aquellos que niegan la existencia del libre albedrío lo hacen porque al fallar en desarrollar su propia voluntad, mediante el ejercicio positivo del libre albedrío, han perdido su libertad.

“Ustedes niegan el libre albedrío porque en realidad son esclavos, se han esclavizado al mal de su interior”.

Según tomado de, https://www.aishlatino.com/e/f/128552508.html?s=rab

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