La Impactante Verdad sobre los judíos, los conversos y los no judíos

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por Diego Edelberg

Preparando mi examen de Mishna para este semestre, estudiamos el seder nashim. En este seder, en el capítulo 6:12 del masejet kidushin, se encuentra la primera mención en la historia judía del momento en el cual los judíos dejaron de ser definidos como tales por parte del padre y comenzaron a serlo por parte de la madre. Es bien sabido desde hace miles de años que para ser judío hay que nacer del vientre de una madre judía. Ella es la que define el status judío de nacimiento y no el padre. Sin embargo, cualquiera que lee cuidadosamente la Biblia sabe que esto no era así. En algún momento se cambió y así ha permanecido hasta la actualidad para quienes se adscriben a la tradición rabínica dentro del sistema halájico conformado por los textos autorizados. Si uno se posiciona fuera del sistema halájico y de dichos textos, la discusión no tiene mucho sentido; es equivalente a querer jugar ajedrez utilizando un tablero de backgammon o damas.

A través del estudio sobre la Mishna guiado por el Rabino Doctor Kulp, descubrí una obra maravillosa del Rabino Doctor Shaye J.D. Cohen: The Beginnings of Jewishness: Boundaries, Varieties, Uncertainties – Los comienzos de la judeidad: límites, variedades, incertidumbres. En tiempos modernos, varios grupos judíos han argumentado acerca de si el judaísmo es en virtud de la etnicidad, de la nacionalidad, de la religión o de las tres cosas. Estas concepciones fundamentales ya existian en la antigüedad.

La peculiar combinación de etnicidad, nacionalidad y religión que caracterizaría el judaísmo tomó forma en el siglo II a.e.c. Este libro, brillantemente argumentado y accesible, revela uno de los temas más complejos de la antigüedad al mostrar cómo estos elementos fueron comprendidos y aplicados en la construcción de la identidad y pertenencia judía ya sea por parte de los judíos, de los gentiles (los no judíos) y el estado. Comenzando con el intrigante caso de la herencia judía de Herodes el Grande, Shaye J.D Cohen continúa discutiendo en virtud de que se establecio la identidad judía durante el período: la cuestión de la conversión, la prohibición del matrimonio mixto, el descenso matrilineal y el lugar del converso en el mundo judío y los mundos no judíos. Su excelente estudio es único, ya que se basa en una amplia gama de fuentes: literatura judía escrita en griego, fuentes clásicas y textos rabínicos, tanto antiguos como medievales. También presenta una discusión detallada de muchos de los textos rabínicos centrales que tratan sobre la conversión al judaísmo.

Sin dudas recomiendo leer todo el libro. Lo que traduje a continuación es su epílogo el donde el autor teje la narrativa histórica de la identidad y pertenencia judía en forma clara y ordenada. Espero disfruten la lectura y epílogo de este libro el cual, insisto, es de lectura obligada para quienes quieran argumentar seriamente sobre el linaje paternal o maternal en el judaísmo.

“Nosotros” y “Ellos”

La judeidad, la afirmación consciente de las cualidades que hacen que los judíos sean judíos, supone un contraste entre dos grupos diferentes: “nosotros” y “ellos”. Los judíos constituyen un “nosotros”, todo el resto de la humanidad, o, en el lenguaje judío, las naciones del mundo, los gentiles, constituyen un “ellos”. Entre “nosotros” y “ellos” hay una línea, un límite que no está dibujado en arena o piedra sino en la mente. La línea no es menos real por ser imaginaria, ya que tanto “nosotros” como “ellos” estamos de acuerdo en que existe. Aunque hay un límite que separa a los dos grupos, el límite es transitable, puede ser cruzado y no siempre es evidente.

Este libro es un estudio de la creación de este límite durante el período formativo del judaísmo, desde el siglo II a.e.c hasta el siglo V. El tema de la parte 1 es que la frontera entre judíos y gentiles en la antigüedad no siempre estuvo claramente marcado; el grado de interacción social entre judíos y no judíos era lo suficientemente grande como para que no siempre fuera fácil saber quién era judío y quién no lo era. En la diáspora, especialmente, era relativamente fácil para un judío «hacerse pasar por» -o «ser confundido con»- un gentil. Asumimos que asociarse con judíos y observar los rituales y prácticas judías establecería una presunción de judaísmo pero eso no otorgaba certeza de judeidad. Como pasa hoy, algunos gentiles también se asociaban con los judíos e incluso observaban algunos rituales judíos. En la tierra de Israel los asuntos eran a veces igual de complicados. ¿Fue Herodes el Gran Judío? El rango de las respuestas dadas a esta pregunta por nuestras fuentes antiguas son bastante asombrosas, llamándolo «el portador de sangre de Judea» hasta Edomita , «medio-Judío» e incluso llegando a considerarlo esclavo gentil. Estas respuestas reflejan la reputación póstuma de Herodes al menos tanto como lo reflejan las dudas persistentes acerca de su condición judía durante su vida, pero muestran claramente y no obstante, que el judaísmo no era una función de criterios objetivos o empíricos. Para complicar aún más el problema tenemos la ambigüedad inherente de la palabra griega Ioudaios, que originalmente designaba a un miembro de la comunidad étnica de Judea (es decir, un judeano), pero posteriormente también vino a designar cualquier persona que venera al Dios cuyo templo está en Jerusalén (en decir, un judío).

El tema de la parte 1 es que el límite entre judío y gentil no está bien marcado; el tema de la parte 2 es que la frontera es transitable. El desarrollo de Ioudaios (judeano o de Judea) a “judío” (definido por su condición religiosa y cultural más allá de su lugar geográfico de origen) da testimonio de un desarrollo trascendental en la historia del judaísmo, el crecimiento de una concepción no étnica de la judeidad. Tal concepción no se certifica de manera segura hasta el siglo II a.e.c, cuando los hasmonaitas (los macabeos), bajo la influencia de las ideas políticas griegas, extendieron la ciudadanía en el “estado de Judea” a los edomitas e ituraeanos. Los nuevos ciudadanos seguían siendo edomitas e ituraeanos incluso cuando se convirtieron en judeanos. Con la apertura del límite durante el siglo II a.e.c, los gentiles lo cruzaron y se convirtieron en judíos de diversas maneras, ya sea por medio de la libertad política, la conversión religiosa, la veneración del Dios judío, la observancia de los rituales judíos y/o la asociación con judíos u otros medios. El mismo período también proporciona la primera certificación segura de la noción de conversión para el judaísmo, la idea de que un gentil podía negar su politeísmo (no hay necesidad de decir “una gentil” en este período, porque la conversión al judaísmo se concibió por primera vez como una prerrogativa de varones) y aceptar al único Dios verdadero. Los rabinos en el siglo II e.c estandarizaron el proceso de conversión exigiendo que todos los conversos acepten los mandamientos de la Torá, que los hombres sean circuncidados, que todos los conversos se sumerjan adecuadamente en la mikve y que estos pasos se tomen públicamente y, por lo tanto, sean verificables. Cuando un gentil ha cumplido con todos los requisitos rabínicos y realizado la ceremonia prescrita, los rabinos lo declaran (o la declaran) como «un israelita en todos los aspectos». El gentil se ha convertido en un judío.

¿Los conversos eran considerados 100% judíos?

Aun cuando permitieron que los gentiles se convirtieran al judaísmo, los rabinos antiguos proscribieron todo contacto sexual abierto y posible, ya sea matrimonial o no, entre judíos y gentiles conversos. Este es el tema de la parte 3. Al declarar y justificar la prohibición, los rabinos seguían una tradición que se remontaba, de nuevo, a los hasmonaitas en el siglo II. Sin embargo, cuando se trató de las consecuencias de los matrimonios mixtos, los rabinos del siglo II e.c parecen haber sido totalmente innovadores. Establecieron el principio matrilineal que decretó que el estado de los hijos de los matrimonios mixtos sigue el de la madre. Así, una mujer no judía tiene hijos no judíos incluso si son engendrados por un hombre judío y una mujer judía tiene hijos judíos, aunque sean engendrados por un hombre no judío. Este principio aparece por primera vez en la Mishná pero sin explicación ni justificación. Probablemente este principio entró en la ley rabínica ya sea bajo la influencia de la ley romana de las personas, o como resultado de reflexión rabínica sobre la naturaleza de las mezclas y el cruzamiento de diversos tipos.

El principio matrilineal y la prohibición del matrimonio mixto son expresiones de la preocupación rabínica por el pedigrí adecuado y la pureza genealógica. Según los textos rabínicos la descendencia de matrimonios impropios es inferior a la descendencia de matrimonios adecuados, e incluso la descendencia de matrimonios adecuados puede clasificarse de acuerdo con una jerarquía genealógica (ver final de la Mishna Kidushin). En este sistema, los conversos, debido a su nacimiento fuera del grupo, tienen un rango inferior al nativo israelita. Un gentil puede convertirse en judío pero nunca puede borrar su nacimiento gentil (de hecho es siempre llamado hijo de Abraham o Sarah) y, en consecuencia, nunca puede alcanzar la igualdad total con el nativo (esto será un tema central para Iehuda Halevy en la Edad Media).

El límite entre “nosotros” y “ellos” es una combinación de religión o «cultura» (parte 2 del libro) y etnicidad o nacimiento (parte 3). En una serie de pasajes, Filón de Alejandría, Flavio Josefo y los rabinos reconocen explícitamente la dualidad de la frontera, pero no parecen darse cuenta que sus dos aspectos son fundamentalmente irreconciliables. El sistema de identidad que alcanzaría una forma canónica en el judaísmo rabínico era una unión de elementos dispares, el judaísmo como una función de la religión y el judaísmo como una función de la descendencia.

Mantengamos las distinciones bien claras

La hegemonía rabínica y el entorno político de las comunidades judías desde la antigüedad tardía hasta los tiempos modernos tempranos aseguraron conjuntamente que el judaísmo no sería ni esquivo ni problemático. Muchos textos rabínicos imaginan que los judíos de nacimiento son distintivos, identificables, no asimilables; de hecho, los textos rabínicos son los únicos textos de antigüedad que hacen tales declaraciones. La ley rabínica fortaleció la frontera entre judíos y gentiles, y definió el proceso de conversión, el lugar del converso dentro de la sociedad judía, el estado de los descendientes de los matrimonios mixtos, y la capacidad de matrimonio de todos aquellos dentro de la comunidad de Israel. Los rabinos de la antigüedad no pudieron -de hecho no podían- resolver todas las ambigüedades y dudas sobre el judaísmo, la conversión y el matrimonio mixto; los rabinos de épocas posteriores dedicaron (¡y aún están dedicando!) mucha energía al ajuste fino del sistema rabínico y el esclarecimiento de preguntas que los rabinos de la antigüedad nunca habían considerado.

En particular, los rabinos de la Edad Media dedicaron mucha atención al estado del apóstata, es decir el judío que cruzó la frontera y devino en un gentil, el caso de aquel de “nosotros” que se convirtió en uno de “ellos”. La antigua ley rabínica prestaba poca atención a los apóstatas, pero en la Edad Media, tanto en el cristianismo como en las esferas islámicas, la apostasía era un problema serio y real que exigía atención. ¿Seguía el judío apóstata siendo un judío? Esta fue la única pregunta importante para la cual el legado antiguo fue totalmente inadecuado. Por el contrario, los rabinos de la antigüedad legaron a la posteridad un sistema que definía la membresía dentro de la comunidad de Israel y que claramente estableció el significado y los límites de la judeidad.

El entorno político de las comunidades judías de Europa, el Mediterráneo y el Cercano Oriente también contribuyó a la naturalidad e inevitabilidad de la judeidad. Los estados cristianos de Europa y los estados islámicos de África y el Lejano Oriente reconocieron a los rabinos como los líderes religiosos de sus comunidades judías y, lo que es significativo, apoyaron el mantenimiento de la frontera entre los judíos y sus vecinos cristianos o musulmanes. En sus periodos formativos tanto el cristianismo como el Islam se definieron a sí mismos en contraste con el judaísmo, y ese legado se mantuvo en la Edad Media. Así como los judíos estaban interesados ​​en definirse como un “nosotros” en contraposición a los cristianos y musulmanes, los cristianos y los musulmanes estaban interesados ​​en definirse a sí mismos también como un “nosotros” en contraposición a los judíos como «ellos». Los estados cristianos y musulmanes alentaron a los judíos a desertar, y una de las formas en que lograron ese objetivo fue asegurarse de que todos supieran quién era judío y quién no lo era. Por siglos, entonces, viviendo en estados cristianos y musulmanes bajo la hegemonía rabínica, los judíos sabían quiénes eran. La judeidad no era un problema.

La Modernidad: cuando las fronteras y diferencias se evaporan

La judeidad se convirtió en un problema cuando estos factores internos y externos desaparecieron. En el siglo XIX, la emancipación de los judíos y la reestructuración general de la sociedad europea a través de los procesos emancipatorios de las minorías junto al iluminismo tardío significó el colapso de las fronteras intelectuales, políticas y sociales que tradicionalmente habían mantenido a los judíos «dentro» y a los gentiles «fuera». En búsqueda de una mejor vida los judíos decidieron salir de sus guetos y entraron en la nueva sociedad occidental mayoritaria. Alimentados por un gran deseo de pertenecer, muchos judíos abandonaron su carácter étnico y religioso para convertirse en «buenos» alemanes, «buenos» franceses, etc. Incluso en Europa del Este, donde la Emancipación se produjo más tarde y con mucho menos efecto que en Europa Occidental, la vida judía en las aldeas y en las pequeñas ciudades estaba muy afectada por las últimas décadas del siglo XIX debido a las fuerzas corrosivas del antisemitismo, el empobrecimiento, las emigraciones y las revoluciones sociales. En los Estados Unidos y otras diásporas, la separación de la iglesia y el estado significó que los rabinos nunca tuvieron ningún poder legal ante los ojos del gobierno, y que la comunidad judía no tenía una posición legal mayor que la de una asociación de voluntarios. En todas partes, al parecer, la hegemonía rabínica había desaparecido, o se había reducido, y el estado ya no imponía la identidad judía. Este es el contexto que forzó en la modernidad el nacimiento de una nueva pregunta: «¿Qué es y Quién es Judío?» (realmente en el mundo medieval estas pregunta no era relevantes, los judíos y no judíos sabían muy bien quiénes eran y qué eran).

El siglo XIX fue la época de las grandes ideologías judías modernas. Reformismo, Ortodoxia, y (para usar un término que fue acuñado después) los pensadores Conservadores, definieron el judaísmo en términos de religión, similar al cristianismo y en contraste con él. Los pensadores reformistas fueron los más abiertos y los más lógicamente consistentes en su afirmación de que el judaísmo era solo una religión, no un pueblo y no una nación. Los judíos alemanes, dijeron, no tenían más en común con los judíos franceses que lo que los católicos alemanes tenían con los católicos franceses. Por otro lado el final del siglo vio el surgimiento de dos ideologías que definían el judaísmo en términos no religiosos. Los sionistas definieron el judaísmo como una nacionalidad: los judíos necesitaban un estado propio para poder alcanzar la normalidad que los eludía como un pueblo de la diáspora. Para la mayoría de los sionistas, el judaísmo como religión había muerto; el nuevo judaísmo era el nacionalismo judío. Entre los primeros sionistas había algunos que habrían acogido como miembros incluso a judíos que se habían convertido al cristianismo; si los alemanes pueden ser católicos o protestantes, ¿por qué los israelíes (para usar un término que fue acuñado mucho más tarde con el establecimiento del Estado Moderno de Israel) no podrían ser judíos o cristianos? Por el contrario los bundistas argumentaron que el judaísmo era la condición de pueblo, y que la solución al problema judío en Europa no era el nacionalismo sino el socialismo. A través del socialismo las masas de los judíos trabajadores pobres serían liberadas de su pobreza y ennoblecidas. En Europa occidental hubo luchas feroces entre las fuerzas del Reformismo y las fuerzas de la Ortodoxia, en Europa del Este entre los sionistas y los bundistas, y entre ambos grupos estaban los religiosos tradicionalistas. Religión, nacionalidad y etnicidad: lo que los rabinos, siguiendo a los hasmonaitas (los macabeos) habían logrado unir, en la modernidad se habían vuelto a dividir.

Las fuerzas del caos y la confusión no han disminuido en el siglo XX y XXI. Es cierto que los bundistas han desaparecido. El Reformismo que en sus inicios fue abierta y orgullosamente antisionista, hoy junto a prácticamente todas las expresiones organizadas del judaísmo como religión en la actualidad apoya al estado de Israel y reconoce que la nacionalidad es un componente de la identidad judía. Pero la creación del estado de Israel ha llevado a nuevos desafíos: hay una sensación creciente de que la identidad judía en el estado judío es diferente al sentimiento de la identidad judía en la diáspora, y que esta diferencia va en aumento. En los Estados Unidos y la diáspora, el crecimiento de los matrimonios mixtos y la atenuación de una identidad religiosa entre los amplios alcances de la población judía ha causado gran preocupación entre los rabinos, sociólogos, demógrafos y líderes comunitarios: ¿qué tipo de identidad judía tienen estos judíos? ¿Qué tan fuerte es? ¿Se puede transmitir a la siguiente generación? En la década de los 90, hay apenas unas pocas publicaciones judías que no tiene al menos un artículo sobre esta constelación de temas.

El desafío actual: Sin «ellos», ¿puede haber un «nosotros»?

La incertidumbre de la judeidad en la antigüedad prefigura curiosamente la incertidumbre de la judeidad en los tiempos modernos. En ese entonces, como ahora, los judíos individuales no son fácilmente reconocibles; simplemente son parte de la población general. En ese entonces, como ahora, la palabra Judío o Ioudaios ha llegado a tener una amplia gama de significados. Antes de que llegaran los rabinos y estandarizaran las reglas de conversión, había numerosas formas en que los gentiles cruzaban la frontera y se convertían en judíos. Antes de que los rabinos vinieran e inventaran el principio matrilineal, los hijos de padres judíos fueron considerados judíos y los hijos de padres gentiles fueron considerados gentiles. En nuestra época, fuera de las pequeñas pero influyentes comunidades que aún se adhieren a la ley rabínica tradicional, ya no se obtienen los estándares rabínicos para la conversión y el principio matrilineal rabínico. En algunas comunidades, los hombres ni siquiera necesitan ser circuncidados para ser aceptados como conversos (un grado de apertura que, como he argumentado varias veces en el libro, es incomparable en la antigüedad y toda la historia judía). Hoy, al igual que en las comunidades no rabínicas de la antigüedad, los gentiles se afilian a la comunidad judía de muchas maneras y por muchas razones. Hoy, al igual que en las comunidades de la antigüedad no rabínicas, los descendientes de padres judíos y madres no judías se consideran judíos (al menos en algunos círculos). Pero según la ley rabínica, no existe tal cosa como ser «medio judío». De todas maneras en la sociedad estadounidense y la diáspora existe una categoría creciente de personas que se consideran a sí mismas como «medio judíos». Incluso hay un pequeño pero creciente grupo de «temerosos de Dios» (algunos de ellos se definen como «Noájidas» aún cuando esta categoría es hoy un anacronismo histórico), gentiles que ya no se ven a sí mismos como cristianos, sino como gentiles en la periferia del judaísmo. Nuestro mundo post-rabínico refleja el mundo pre-rabínico de la antigüedad.

La principal diferencia entre nuestro mundo y el de ellos es que el contraste existencial entre “nosotros” y “ellos” era una realidad para los judíos de la antigüedad, incluso para los judíos pre-rabínicos y los judíos no rabínicos, mientras que ya no es una realidad para muchos judíos contemporáneos de la diáspora. La mayoría de los judíos de los Estados Unidos y la diáspora, tal vez la gran mayoría, no se sienta alienada de la sociedad gentil. Ciertamente nuestra sociedad neutral no hace nada para reforzar la identidad y pertenencia judía o para obligar a los judíos a permanecer judíos. El aumento dramático de la tasa de matrimonios mixtos muestra no solo que una gran cantidad de judíos no ven a los gentiles como “ellos”, sino que también una gran cantidad de gentiles ya no ven a los judíos como un “ellos”. El desarrollo de una «religión del Holocausto» entre los judíos que intenta invertir al judaísmo con un significado sobre la base de la destrucción de los judíos europeos, es un intento de darles a los judíos hoy un cierto sentido de alienación o de alteridad de la sociedad circundante. Si ha tenido éxito o puede continuar teniendo éxito no está claro. Los judíos estadounidenses simplemente se han vuelto estadounidenses: blancos de clase media. No hay ningún registro histórico de que cualquier grupo de judíos en la antigüedad haya alcanzado este nivel actual de integración en su sociedad, este nivel de aceptación y al mismo tiempo un nivel inaudito de auto-abnegación étnica.

Los líderes comunitarios judíos se preguntan y se preocupan: ¿la desaparición del “otro” presagia la desaparición del “sí mismo”? Sin «ellos», ¿puede haber un «nosotros»?
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NOTA: Si desea leer un excelente articulo escrito por el Dr. Cohen vea el siguiente enlace. http://majshavot.org/includes/uploads/articulos/4938f-2-conversion-al-judaismo-en-una-perspectiva-historica.pdf

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