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Entendiendo el Holocausto

27 Jan

por Rav Itzjak Berkovits

Entendiendo el Holocausto

Al tratar con éste, el más difícil de los temas, nos enfrentamos a los fundamentos mismos de nuestra vida.

Un pilar central de la creencia judía es que nada ocurre sin un motivo de fondo. La historia tiene un sentido, la opresión tiene un sentido, el sufrimiento tiene un sentido. Somos personas cuya esencia es el sentido. Es parte vital de quiénes somos y de lo que representamos como pueblo.

Si esto es cierto —y el pueblo judío ha luchado para preservar esta verdad durante más de 3000 años— entonces el Holocausto también debe tener un sentido. Debajo del sufrimiento y el dolor del Holocausto yacen las semillas del entendimiento de nuestra misión exclusiva como judíos, incluso en la actualidad.

No estoy tratando de sugerir que alguna explicación lógica pueda alguna vez ayudarnos a “estar en paz” con la persecución y el asesinato de millones de personas inocentes. Pero de todas formas, sí significa que debemos tratar de lidiar con el Holocausto en distintos niveles. Con cada víctima se perdió un mundo entero (1); y con cada sobreviviente debe ser aprendida una nueva lección. Bajo esta luz, el significado del Holocausto es tan variado como el mismísimo corazón humano.

Pero también debemos luchar con el Holocausto desde una perspectiva más amplia, una que incluya la historia del pueblo judío en su globalidad. Porque el Holocausto es la historia de la nación judía bajo asedio. Fue una guerra para destruir al pueblo judío y, sobre todo, para destruir el mensaje que como pueblo hemos estado tratando de entregarle a la humanidad desde tiempos inmemoriales.

El pueblo elegido

“Serán para Mí un reino de sacerdotes y una nación sagrada” (2). Éstas son las palabras que describen el pacto exclusivo del pueblo judío con Dios. Hemos sido elegidos para ser una luz para las naciones (3), un pueblo eterno que carga el mensaje de la moralidad de Dios: “Ama a tu prójimo como a ti mismo” (4). “Justicia, justicia perseguirás” (5). “No aflijas a la viuda y al huérfano” (6). “Ninguna nación levantará su espada contra otra, y no conocerán más de guerra” (7).

Ser elegido significa que eres diferente. Tus leyes son diferentes, tus caminos son diferentes, tu historia es diferente. Ser elegido significa aferrarse con fuerza a ese mensaje a través de todos los altibajos de la historia, por todas las generaciones. Significa vivir por la verdad de ese mensaje y también morir por su verdad. Significa aferrarse a un estándar más elevado: en nuestra forma de pensar; en cómo hablamos; en cómo actuamos; en qué vestimos; en qué comemos.

Significa honrar a nuestro Creador en la forma en que nos conducimos tanto en público como en la privacidad de nuestro hogar. En la forma en que criamos a nuestros hijos y cuidamos a nuestros ancianos. En las leyes con las que vivimos y los valores que estamos tratando de impartirle a las personas —y a las naciones— que nos rodean.

Un mundo en nuestra contra

El antisemitismo nació con el mismísimo nacimiento del pueblo judío. Después de todo, puede ser extremadamente irritante enfrentarse a la voz de la conciencia humana cuando tienes otros planes y deseos carnales. Es una de las ironías sutiles del lenguaje hebreo, ya que la palabra Sinaí —donde fue entregada la Torá y por así decir “nació el pueblo judío”— está ligada a la palabra odio, ‘siná‘ en hebreo.

Pero la esencia del antisemitismo es mucho más profunda que el simple hecho de que los judíos y su moralidad se hayan puesto en el camino como un obstáculo ante la ambición del conquistador o de la propensión humana hacia la lujuria. El antisemitismo es parte de nuestro destino como judíos. Es parte integral de nuestro pacto con Dios. Es el único mecanismo en la psique colectiva de la humanidad que nos prohíbe olvidar que somos judíos, que nos prohíbe olvidar que somos diferentes, que nos prohíbe olvidar que tenemos un mensaje que ofrecerle a la humanidad.

Uno de los puntos más importantes del Séder de Pésaj atestigua alegremente este particular fenómeno histórico. Con una copa de vino elevada en alto, declaramos que en cada generación las naciones del mundo se han levantado en nuestra contra para tratar de eliminarnos y destruir el mensaje que cargamos, pero no han tenido éxito. El pueblo judío es eterno y nuestro mensaje es eterno (8).

Cuando el pueblo judío vive a la altura de su potencial como una “luz para las naciones”, la moral de todo el mundo es elevada y mejorada (9). Las naciones del mundo ven la belleza de los valores judíos, nos alaban y quieren emular nuestros caminos (10).

En esos tiempos, puede que el antisemitismo todavía asome su desagradable cabeza, pero ningún poder del mundo puede dañarnos. Y Dios mismo puede dar vuelta el cielo y la tierra para dar fe de esta asombrosa verdad.

Pero si esa luz falta, entonces la estructura moral del mundo se hunde rápidamente en la decadencia. Y luego es sólo cuestión de tiempo hasta que los judíos sean vistos meramente como un irritante recordatorio de una moralidad antigua y restrictiva, un enemigo del “nuevo orden”, el cual no quiere tener nada que ver con el pueblo elegido y con su Dios.

Esos son tiempos de tragedia nacional. En lugar de la milagrosa protección que una vez agració a nuestro pueblo, quedamos vulnerables ante los caprichos más crueles de la humanidad. Somos cazados, perseguidos y asesinados de a millones, simplemente porque somos judíos.

Esos son tiempos de gran sufrimiento, pero no de sufrimiento en vano. La naturaleza de nuestro pacto implica que incluso cuando somos sometidos a las inimaginables crueldades del Holocausto, el mensaje continúa siendo el mismo: tiene que haber un camino mejor. La humanidad debe aprender a elevarse por sobre sus instintos más básicos. De esta forma, el sufrimiento mismo se convierte en la fuente del mensaje judío para el mundo.

Las lecciones del Holocausto

¿En dónde estaba Dios durante el Holocausto? Es una pregunta que muchos se han hecho.

Como pueblo, declaramos que Dios estaba ahí mismo, rogándonos que prestáramos atención, evitando que olvidáramos cuánto trabajo falta aún por hacer en este mundo.

Y cabe preguntarse, después del Holocausto, ¿acaso existe algún judío en la tierra que preferiría haber nacido nazi en lugar de judío? Después del Holocausto, ¿hay algún judío en la tierra que no vea la necesidad de una nación de “maestros” que enseñen el mensaje del judaísmo? ¿Quién, si no los judíos, ayudará a la humanidad a elevarse por encima de semejante crueldad?

Más que ninguna otra cosa, el Holocausto fue un fuerte y claro ‘llamado de atención’ al pueblo judío: Recuerden su pacto. Sean una luz para las naciones. Muéstrenle al mundo lo que significa recibir el regalo de la vida, lo que significa ser creado a imagen de Dios, lo que significa vivir de acuerdo a los valores de justicia y misericordia, lo que significa ser una nación dedicada a esos objetivos.


Notas:

(1) Sanhedrín: 37a 
(2) Éxodo: 19:6
(3) Isaías 42:6 
(4) Levítico 19:18 
(5) Deuteronomio 16:20 
(6) Éxodo 22:21 
(7) Isaías 2:4 
(8) Ver Hagadá de Pesaj: “Porque en cada generación…” 
(9) Mesilat Iesharim. 
(10) Deuteronomio 4:6; 33:9 con la explicación de Rashi. 

Segun tomado de, https://www.aishlatino.com/iymj/holocausto/Entendiendo-el-Holocausto.html?s=mm

 
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Posted by on January 27, 2020 in Uncategorized

 

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