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La ciencia y Dios

04 Sep

 por Dr. Gerald Schroeder

La ciencia y Dios

Maimónides escribió que si quieres encontrar a Dios, debes buscarlo en la naturaleza.


El físico, filósofo y teólogo del siglo XII, Moshé Maimónides, escribió que, si deseas encontrar a Dios, el primer lugar donde debes buscar es en la naturaleza. En La Guía de los perplejos, publicada en el año 1190, Maimónides escribió: Estudia la ciencia de la naturaleza (en hebreo: madá teva) si deseas comprender la ciencia de Dios (madá Elokut). De hecho, la ciencia ha descubierto a Dios y lo ha hecho al revelar los secretos de la naturaleza.

Hasta finales de los años 60, la opinión mayoritaria de la comunidad científica era que el universo era eterno; no tenía un comienzo y quizás tampoco un final. Esta opinión estaba tan impregnada en la psiquis científica que incluso Albert Einstein cambió su famosa ecuación cosmológica de un modelo dinámico (un universo en expansión o contracción) a un modelo estático inmutable. Edwin Hubble y Henrietta Levitt corrigieron ese error.

Basados en la elongación de las ondas de luz emitidas desde las galaxias distantes, ellos descubrieron que el universo está en expansión, que en realidad el espacio se extiende. Sin embargo, la idea de un universo eterno permaneció. Que un universo eterno contradecía por completo las primeras frases de la Biblia no era algo que pareciera molestar a la comunidad científica. La Biblia tiene enseñanzas éticas cruciales, pero sin duda no es una fuente para descubrir nuestra historia cósmica.

Entonces, a finales de los años 60, tuvo lugar el descubrimiento de Arno Penzias y Robert Wilson del “eco” del big bang de la creación, la energía residual de la energía original de la creación que hoy llena el espacio. La teoría era que, si el universo tuvo una creación, esta tuvo que ser un estallido de radiación súper poderosa (en esencia “rayos de luz” súper poderosos).

Durante eones de tiempo, a medida que el universo se expandió y se alargó, la energía inicial se fue diluyendo en el volumen creciente del universo. Basado en la distribución actual de materia en el universo, la densidad de energía estimada que queda de la ráfaga de creación inicial y que llena todo el espacio está en el rango de 2 a 5 grados por encima de lo que se conoce como cero absoluto (alrededor de menos 273 grados centígrados o menos 460 grados Fahrenheit). La distribución universal de 3 grados centígrados de fondo de radiación de microondas descubierta por Penzias y Wilson, coincide exactamente con la predicción de lo que debería ser esa energía si de hecho hubo un comienzo, una creación de nuestro magnífico universo (Cf. Génesis 1:1). De hecho, esa radiación representa aproximadamente el 1% de la estática que ves en la pantalla de tu televisor si sintonizas un canal en el que no hay transmisión.

Robert Jastrow, uno de los fundadores de la NASA, describió su relación con la religión de la siguiente manera: “Cuando un científico escribe sobre Dios, sus colegas asumen que está senil o que se volvió loco. En mi caso, debe entenderse desde el comienzo que soy un agnóstico en temas religiosos. Mi perspectiva en este tema es similar a la de Darwin, quien escribió: ‘Mi teología es un gran lío. No puedo considerar al universo como resultado del azar ciego, pero no veo evidencia de un diseño benéfico en los detalles'” (Dios y los astrónomos).

Con el enfoque “agnóstico” de Jastrow de la teología, su evaluación de los descubrimientos de la astronomía es un poco sorprendente:

“Los astrónomos ahora descubren que se han metido en un problema, porque probaron, con sus propios métodos, que el mundo comenzó abruptamente en un acto de creación del cual se pueden rastrear las semillas de cada estrella, de cada planeta, de cada ser vivo en el cosmos y en la tierra. Y ellos descubrieron que todo esto ocurrió como producto de fuerzas que no pueden esperar descubrir. En mi opinión, es un hecho científicamente corroborado que ahora mismo hay en funcionamiento lo que yo y cualquier otro llamaríamos fuerzas sobrenaturales”.

“Para el científico que vivió por su fe en el poder de la razón, la historia termina como un mal sueño. Él escaló las montañas de la ignorancia, estaba a punto de conquistar la cima y cuando llegó a la última roca, lo recibió un grupo de teólogos que estuvieron allí sentados desde hace siglos”.

“Que nuestro universo tuvo un comienzo, una creación, parece ser un hecho científicamente corroborado”. (Dios y los astrónomos, por Robert Jastrow).

El brillante entendimiento de que esta creación de nuestro universo físico rico en vida, pudo haber sido creado de nada físico a través de una fluctuación cuántica, es decir por las leyes de la naturaleza, fue concebido por primera vez por el profesor Ed Tryon.

El profesor Tryon resumió su visión de esta manera: “En 1973, se me ocurrió que la relatividad y la teoría cuántica podían implicar la creación espontánea de universos a partir de la nada. Si es así, la materia y la energía no serían fundamentales sino manifestaciones de leyes subyacentes. La máxima realidad serían las leyes mismas, la mente del Dios de Einstein”.

Él publicó primero su trabajo en la prestigiosa revista Nature, una de las dos revistas científicas más importantes del mundo, con el título: “¿Acaso el universo es una fluctuación del vacío? (Nature, diciembre de 1973). Información que se encuentra actualmente en el sitio web de la NASA atribuye la creación del universo a una “fluctuación cuántica”. Todo lo que hace falta para que tenga lugar una creación big bang del universo son las leyes de la naturaleza. Es decir que “todo lo que necesitas” es una enorme “necesidad”. ¿De dónde se originaron esas leyes creativas de la naturaleza? De acuerdo con el profesor Jastrow, se lo podemos preguntar a los teólogos.

Que para crear el universo Dios haya usado una fluctuación cuántica, que son las leyes de la naturaleza, no plantea ningún problema teológico. A lo largo de la Biblia, Dios usa consistentemente a la naturaleza cuando la naturaleza puede hacer el trabajo. ¡Quien crea las leyes también puede aprovecharlas! Dios utilizó un viento para partir el mar en el Éxodo (Éxodo 14:21) y otro viento trajo la plaga de langostas. Por lo tanto, al igual que con los vientos de la naturaleza, Dios puede haber utilizado como herramienta para la creación una fluctuación cuántica.

La expresión “big bang” fue acuñada por el profesor de astronomía Fred Hoyle como un término de escarnio, incluso de burla. Originalmente, Hoyle estaba en el grupo que favorecía la eternidad del universo. A comienzos de los años 50, durante una entrevista radial en la BBC, la persona que entrevistaba al profesor Hoyle le preguntó qué pensaba de los científicos que decían que hubo una creación. Él le respondió: “¡Ah! Ellos piensan que hubo un big bang”. La prensa rápidamente se apoderó del término y éste se convirtió en la forma secular de decir “creación” sin tener que decir “creación”, lo cual para una persona secular tiene la incómoda implicancia de la existencia de un Creador. (La investigación posterior de Hoyle sobre la generación de los elementos entre el hidrógeno {#1} y el uranio {#92} dentro de los núcleos de las estrellas en explosión, logró convencerlo no sólo de que hubo una creación, sino que incluso hay una inteligencia detrás de toda la empresa). El término big bang (el gran estallido) no explica qué fue lo que llevó a que el big bang hiciera “bang” (que estallara).

Hay cuatro declaraciones científicas que describen la naturaleza de la creación:

  1. Nuestro universo no fue creado a partir de nada físico:
  2. Fue creado a través de leyes naturales preexistentes;
  3. Esta fue la única creación de materia física (en este caso en la forma de energía); y
  4. La vida consciente emergió del estallido de energía caótica que marcó la creación del big bang, aunque no hay indicios de vida ni de conciencia en ese estallido inicial de energía caótica ni en los átomos y moléculas de materia que se formaron a partir de la energía de la creación.

La Biblia, 3.500 años antes, habló del comienzo de nuestro universo. Llevó algunos miles de años, pero la ciencia logró ponerse a la par de la Biblia. Igualmente significativo es que tanto la ciencia como la Biblia están de acuerdo en que hubo sólo una creación física. Todo lo que existe en el universo, desde las estrellas de las galaxias hasta las moléculas de nuestro cuerpo, fue creado de esa explosión inicial de energía.

Esto no es poesía ni ideología “new age”. Es la realidad. Cuando te miras en el espejo a la mañana, literalmente ves la energía de la creación de una forma muy especial. Esto es cierto de forma literal, tal como el hecho incuestionable de que cuando bebes agua estás bebiendo hidrógeno y oxígeno en una forma muy especial llamada agua.

Pero, ¿cómo se convirtió ese sorprendente flujo de materia inanimada en la complejidad intrincadamente equilibrada de la vida? ¿Qué fue lo que lo impulsó? Los rayos de luz de la creación del big bang literalmente cobraron vida, tomaron conciencia de estar vivos. Los rayos de luz aprendieron a amar, a sentir, a cuestionarse sobre su existencia. La maravilla de la vida no es cuánto tiempo tomó, si 6 días o 14 mil millones de años. La maravilla es que sucedió, y en esencia toda la ciencia está de acuerdo con este escenario.

Considera las fenomenales implicancias de esta declaración científica. Si las leyes de la naturaleza crearon el universo, ellas deben ser anteriores al universo. Preceden al mundo físico. Preceden a nuestro concepto del tiempo. Las leyes de la naturaleza no son físicas. Ellas crearon lo físico.

Ahora vamos a unir todo.

Una fuerza, no física pero capaz de interactuar con lo físico, externa y previa a nuestro entendimiento del tiempo, y externa y previa a nuestro universo, creó nuestro universo de algo absolutamente no físico.

¿Te suena conocido?

Puedes darte cuenta que esta es también la descripción de la creación de Dios en la Biblia.

En respuesta, los ateos me han dicho: “Si quieres llamarlo Dios, llámalo Dios”. Pero estos escépticos insisten en que el Dios que ha descubierto la ciencia no es un Dios que puede interactuar con sus creaciones. El Dios de la ciencia es un Dios deísta, un Dios que le dio cuerda al universo, insertó las leyes de la naturaleza y lo dejó funcionar por sí mismo. Sin embargo, la Biblia nos dice que el Dios de la creación se interesa y participa activamente en la creación a la que le dio existencia.

Entonces, ¿cómo determinamos si el Dios de la creación es el Dios de la Biblia, un Dios activo en Su creación?

En Deuteronomio 32:7, Moshé enseña que hay dos fuentes que revelan a un Dios activo en este mundo. Allí Moshé dice que, si buscas evidencia de un Dios activo, “Recuerda los días de antaño” (estudia el curso de los eventos durante los seis días de la creación), o “considera el flujo de generación en generación” (busca indicios de la intervención Divina en el curso de la historia).

Un ejemplo de un indicio de intervención Divina es cuando la información estadística muestra que una serie de eventos es tan improbable que la mejor respuesta es decir que fue “suerte”. En la primera Guerra del Golfo, Irak disparó 39 misiles Scud a partes densamente pobladas de Israel y a Tel Aviv. De esos 39 impactos, sólo murió una persona por las explosiones directas de las bombas o por el derrumbe de edificios. La revista científica Nature, una de las dos revistas científicas más estimadas del mundo, publicó un análisis estadístico del número esperado de muertes de acuerdo con la densidad de la población y la clase de edificios de los sitios bombardeados. Estadísticamente, la cantidad de muertes esperables era sumamente superior a lo que ocurrió. La conclusión de la revista respecto a la mínima tasa de muertes fue que, gracias a Dios, fue “suerte”. Un sitio tras otro tuvo “suerte”. Puede que haya sido buena suerte, pero no podemos dejar de preguntarnos: ¿por qué hubo suerte una y otra vez?

El origen de la vida y de una variedad de elementos a partir de rocas y agua inerte y luego el desarrollo de una vida compleja a partir de las primeras formas de vida, son dos acertijos para los que incluso el ateo declarado, Richard Dawkins, apela a la suerte. Y si no es la suerte, entonces al sueño de un reino eterno de existencia nunca observado, nunca probado, poblado por un número casi infinito de universos, cada uno con su propio conjunto de leyes naturales. Estas son las palabras de Dawkins respecto al origen y el desarrollo de la vida en su libro El espejismo de Dios:

“Podemos hablar del singular origen de la vida postulando una enorme cantidad de oportunidades planetarias [nunca probadas, nunca observadas y nunca ni siquiera insinuadas científicamente]. Una vez que tuvo lugar ese inicial golpe de suerte… puede ser que el origen de la vida no sea la única brecha importante en la historia evolutiva que se explica como mero producto del azar. El origen de la célula eucariota [nuestra clase de célula con un núcleo y varias otras características complicadas como la mitocondria, lo que no está presente en las bacterias] fue un paso más difícil y estadísticamente más improbable que el origen de la vida. El origen de la conciencia puede ser otra brecha importante que tiene el mismo grado de improbabilidad” (las negritas y los comentarios entre corchetes fueron agregados).

Francis Crick, uno de los científicos que recibió el Premio Nobel por descubrir la estructura y el rol de nuestro ADN en el código genético, y quien describió su creencia teológica como agnóstico con un prejuicio hacia el ateísmo, se esforzó por explicar la aparición de la vida en la tierra: “Un hombre honesto armado con el conocimiento que tenemos disponible en la actualidad, sólo puede declarar que en cierto sentido el origen de la vida hasta el momento parece ser casi un milagro, debido a la cantidad de condiciones que tendrían que haberse dado para que tuviera lugar”.

Sin embargo, a pesar de toda su complejidad, la vida en la tierra comenzó sorpresivamente rápido. Las rocas más antiguas que pueden tener registros fósiles ya tienen fósiles de microbios, algunos de ellos sufriendo divisiones celulares. El hecho de que el código genético del ADN y el sistema para leer la información que se encuentra dentro del código del ADN sean idénticas en todas las formas de vida, indica que desde la primera vez que se derivó el ADN el sistema funcionó bien.

Igualmente intrigante es que no hay evidencia de cambios o modificaciones evolutivas dentro del ADN, aunque podríamos haber esperado una evolución o un cambio de desarrollo para mejorar durante los miles de millones de años que el sistema ha estado operando. Otros sistemas básicos de almacenamiento y transferencia de información, como el lenguaje y la escritura, experimentaron cambios vastos y fundamentales a lo largo del tiempo y en las diversas localidades. Uno se pregunta si una naturaleza no guiada podría haber producido tal perfección genética de una sola vez.

Entonces, ¿cómo explica la comunidad científica secular el éxito de nuestro universo sustentando la vida? Al invocar la especulación de que hay un número casi infinito de otros universos, cada uno con sus propias leyes naturales singulares formadas por un aleatorio lanzamiento de dados cósmicos. Un número infinito de universos implica un número infinito de posibilidades de obtener de forma aleatoria exactamente las leyes naturales necesarias para formar la vida compleja. Por supuesto, vivimos en ese universo afortunado. No hay información directa que revele un número infinito de universos ni ningún universo fuera del nuestro.

En esos lugares singulares imaginados, pero nunca observados en el espacio, los átomos se acoplan y desacoplan aleatoriamente, probando una y otra vez una cantidad infinita de veces hasta que la vida surge por casualidad, o, de forma similar, del acoplamiento aleatorio de moléculas y luego de células surgieron las células eucariotas y luego la conciencia dentro de un grupo de células. Si este supuesto gran número de universos o planetas no existe, entonces la única explicación es la “suerte”, tal como la suerte en los ataques de los misiles Scud.

Como escribió Bernard Carr, profesor de matemáticas y astronomía en la Universidad Queen Mary de Londres: “Si no quieres a Dios, entonces es mejor que tengas múltiples versículos” (citado en Discover Magazine, diciembre del 2008). La conclusión lógica de Carr deriva de la realidad de que hay demasiadas constantes físicas que deben funcionar juntas a la perfección. Cambiar todas o incluso una de ellas puede evitar la posibilidad de la vida compleja.

¿Realmente podemos llegar a tener todas esas constantes físicas coincidentes por mera suerte en un juego de dados cósmicos?

De acuerdo con la revista científica más leída, Scientific American, estadísticamente esto sería casi imposible arrojando sólo una vez los dados cósmicos, porque las propiedades de las partículas atómicas y subatómicas conductivas a formar la vida son demasiado específicas.

Aquí hay sólo algunos de los muchos ejemplos de nuestra “suerte” para mantener la vida:

  1. Para la existencia de cualquier forma de vida compleja, debe haber tres dimensiones espaciales (largo, ancho y alto) y una dimensión de una sola vez (el tiempo sólo avanza, nunca retrocede).
  2. La carga eléctrica del protón (las partículas en el centro de los átomos que le dan a los átomos, y por lo tanto también a la materia, gran parte de su masa), debe ser exactamente igual y opuesta a la carga eléctrica de un electrón (las partículas que rodean el centro de los átomos), a pesar de que el protón tiene una masa 1.837 veces mayor que un electrón (el intercambio de estos electrones ultralivianos entre los átomos es lo que permite que se formen las moléculas. Sin moléculas, no hay vida).
  3. La fuerza que mantiene unidos a los átomos, la fuerza nuclear, se equilibra en el filo de una navaja para permitir que los átomos de hidrógeno sean súper abundantes en el universo. Sin hidrógeno, no hay estrellas. Las estrellas producen su luz brillante fusionando hidrógeno, el más ligero de todos los elementos, en helio, el segundo más ligero de todos los elementos. En esa fusión, se libera energía. Esta es la energía de la luz del sol que nosotros vemos. Si esto no ocurriera, no habría elementos más pesados como el carbono y el oxígeno. Sin elementos más pesados, no hay vida. Como ocurre con todos los elementos más pesados que el hidrógeno, el carbono (el único elemento capaz de formar las complejas cadenas necesarias para la vida) se construye a partir de elementos más ligeros dentro de los núcleos de las estrellas. Pero el proceso implica una serie de reacciones complejas y exquisitamente sintonizadas.

El proceso de formación del átomo de carbono esencial es tan tenue, y no obstante tan abundante, que el astrónomo Sir Fred Hoyle (que comenzó su carrera científica como un teólogo escéptico), se sintió impulsado a escribir en la revista científica del estimado Instituto de Tecnología de California (CalTech):

¿No te dices a ti mismo: ‘Algún intelecto súper calculador debe haber diseñado las propiedades del átomo de carbono, de lo contrario, la posibilidad de que yo encuentre un átomo así [de carbono] a través de las fuerzas ciegas de la naturaleza sería absolutamente minúscula’? Por supuesto… Una interpretación a partir del sentido común de los hechos sugiere que un súper intelecto jugó con la física, la química y la biología, y que no hay en la naturaleza fuerzas ciegas de las que valga la pena hablar. En mi opinión, los números que se calculan a partir de los hechos son demasiado abrumadores como para dejar esta conclusión fuera de toda duda. (Revista de Ciencia e Ingeniería del Instituto de Tecnología de California, noviembre de 1981, págs. 8-112)

Pero increíblemente, el carbono es el elemento más abundante en nuestro universo que es sólido en el margen de temperatura en el que el agua es líquida. Agua líquida y carbono, dos materiales esenciales para la vida tal como la conocemos.

Por lo tanto, ahora tenemos un universo con propiedades físicas sumamente sintonizadas para la vida. Pero eso no garantiza que vaya a surgir la vida. Necesitamos una plataforma accesible para la vida. Esto es lo que llamamos Tierra. Ella tiene la masa exacta, la gravedad justa, la atmósfera precisa con suficiente oxígeno para permitir la combustión (para la producción de energía) pero con una abundancia de nitrógeno “inerte” en la atmósfera para que no haya una combustión espontánea de la materia orgánica.

También tenemos nuestro eje inclinado, lo que permite que la luz del sol se distribuya sobre una superficie mayor del planeta que si el eje fuera vertical u horizontal en relación al plano en el que gira alrededor del sol. Todo a una distancia del sol que permite que el agua sea líquida, y no todo hielo como en Marte, el siguiente planeta alejándonos del sol; o todo vapor como en Venus, el planeta que está antes que la tierra más cerca del sol (la temperatura en la superficie de Venus es de aproximadamente 460°C, la temperatura que funde el plomo).

Muchas personas señalaron que a medida que nos alejamos del sol, cada uno de los tiene planetas interiores y el cinturón de asteroides (lo que hubiera sido un planeta si la gravedad masiva de Júpiter no hubiese alterado su formación) está aproximadamente [+/- 10%] dos veces más lejos del sol que el planeta anterior, con una excepción: la Tierra. Con esa distribución, no habría una tierra donde está la tierra. Esta “ubicación terrestre fuera de secuencia” coloca a la tierra en la única zona habitable de nuestro sistema solar (donde llega adecuada energía solar para mantener al agua líquida, pero no tan caliente como para vaporizar el agua).

Incluso con toda esta sintonización, los seres humanos y todas las otras formas de vida terrestre no existirían de no ser por otro capricho “casual” de la naturaleza: en las primeras etapas de su formación, el planeta tierra estaba fundido. La gravedad formó la tierra fundida en una esfera [es por eso que la luna, los planetas y el sol son todos esferas y no, por ejemplo, cubos] que tenía una superficie más o menos “lisa”, no como la suavidad de una bola de billar, pero tampoco con altas montañas y profundas cordilleras. A medida que la superficie se fue enfriando, se formó una costra sólida en la superficie. La corteza se quebró en bloques del tamaño de un continente que se alejaron unos de otros, un fenómeno conocido como deriva continental.

Por ejemplo, si observamos el globo terráqueo vemos que la protuberancia de Brasil en América del Sur encaja en el hueco de África occidental. A medida que los bloques se movían [a aproximadamente 30 mm por año], la corteza que había ante ellos se amontonaba, incrementando la elevación de las superficies de los bloques, formando así los continentes. Si no se hubiera producido este desplazamiento (conocido como placas tectónicas) y el posterior incremento de la elevación, la tierra seca de los continentes no se hubiera formado. Esto no parece ser un problema, hasta que descubrimos que, si no hubiera tenido lugar la deriva continental, la tierra se hubiese mantenido relativamente lisa y la cantidad de agua de los océanos cubriría toda la tierra a una profundidad de 2,5 kilómetros. Incluso con los continentes, aproximadamente el 70% de la superficie de la tierra está cubierta de agua. Hay especies acuáticas inteligentes, pero ninguna con los logros de nuestra tierra basada en la tecnología.

Estos son sólo algunos de los muchos ejemplos de lo que se conoce como el “principio antrópico”. Como dijo el físico Freeman Dyson: es como si “el universo hubiera sabido que nosotros llegaríamos”.

Al buscar una respuesta al comienzo de la vida, el bioquímico laureado con el premio Nobel, Christian de Duve, escribió:

“Si equiparas la probabilidad del nacimiento de una célula bacteriana con el ensamblaje aleatorio de sus átomos, la eternidad no sería suficiente para producir uno… La velocidad a la que comenzó a moverse la evolución una vez que descubrió el camino correcto, por así decirlo, y la forma aparentemente auto-catalítica de su aceleración, son realmente asombrosas. [Sin embargo] el azar, y sólo el azar, hizo todo. Pero esta no es, como algunos dicen, la respuesta completa, porque el azar no operaba en un vacío. El azar operaba en un universo gobernado por leyes y hecho de materia dotada de propiedades especiales. Estas leyes y estas propiedades son las limitaciones que dan forma a la ruleta evolutiva y restringen los números que pueden aparecer… Frente a la enorme cantidad de sorteos que hay detrás del juego evolutivo, uno puede preguntarse legítimamente hasta qué punto este éxito realmente está escrito dentro de la estructura del universo”. (A guided Tour of a Living Cell, Christian de Duve).

En otras palabras, dado que el universo parece estar tan exquisitamente diseñado para la vida, no sería razonable concluir que el universo complejo y amigable con la vida es el resultado de un accidente.

A comienzos de su carrera, el bioquímico laureado con el premio Nobel, George Wald, afirmó enfáticamente que todo lo que la vida necesitaba era tiempo y suerte en las reacciones aleatorias. Sin embargo, basado en sus descubrimientos posteriores, Wald escribió:

“Últimamente se me ocurrió (debo confesar que al principio fue con cierto estremecimiento de mis sensibilidades científicas) que ambas preguntas [el origen de la vida a partir de materia no viva y el origen de la conciencia que surgió de una materia no viva] deben llegar a cierto grado de congruencia. Esto con la suposición de que la mente en vez de emerger como una consecuencia tardía en la evolución de la vida, siempre existió como la matriz, la fuente y la condición de la realidad física; que esa materia que compone la realidad física es la materia de la mente. Es la mente la que ha compuesto un universo físico que engendra vida y, por lo tanto, eventualmente evolucionaron criaturas que conocen y crean: animales que hacen ciencia, arte y tecnología. En ellos el universo comenzó a conocerse a sí mismo” (Life and Mind in the Universe; International Journal of Quantum Chemistry; Simposio de biología cuántica; 11 [1984])

La “mente” como la cualidad fundamental de toda la existencia y la “materia” como la expresión de una idea que está escrita en la estructura del universo. Esto no encaja en absoluto con el retrato de una naturaleza sin guía del Dr. Hawking.

Vale la pena señalar que la descripción científica de nuestro mundo consistentemente pasó de un entendimiento completamente físico a uno impregnado de lo metafísico.

Durante dos siglos Isaac Newton fue ciencia. La fuerza equivale a masa, tiempo y aceleración; las tres leyes del movimiento. Era un mundo lógico, totalmente materialista, clásicamente descriptible. Después vino Albert Einstein y las leyes de la relatividad. Entonces descubrimos que la velocidad del paso del tiempo varía de un lugar a otro del universo. Por extraño que parezca, el tiempo pasa más rápido en algunos lugares que en otros. El espacio se dobla. La energía puede cambiar de forma y convertirse en materia. Un universo mucho menos lógico que el que describió Newton.

Y ahora la física cuántica, la mecánica cuántica, y la solidez que percibíamos como materia metamorfoseó en lo que puede ser llamado un pensamiento, una idea, incluso una mente.

Cada avance de la ciencia llevó más lejos nuestro entendimiento de un mundo materialista a un mucho más próximo a lo metafísico. La ciencia ha abandonado el mito del materialismo.

Aquí tiene lugar la primera parte de Deuteronomio 32:7: “Recuerda los días de antaño”: la creación Divina del universo. La segunda parte del versículo, “considera el fluir de generación en generación”, afirma que podemos darnos cuenta de que Dios está activo en el curso de los eventos cuando estudiamos el flujo social de la historia. ¿Acaso la historia social arroja luz sobre un Dios bíblico, una Fuerza íntimamente interesada en la creación a la que le dio existencia, en oposición a la versión deísta de un Creador desinteresado?

La Biblia proclama que hay en la historia algo que indica la participación activa de Dios. La Biblia declara explícitamente que este “algo” es el pueblo judío. La Biblia afirma que el pueblo judío siempre se destacará, para bien o para mal, pero siempre será evidente de forma anómala en el flujo de la historia. La palabra “santo”, en hebreo kadosh, no significa mejor ni maravilloso. Significa separado, aparte. Este es un paralelo exacto de la palabra “hebreo”, que significa “del otro lado”, “separado”.

Dios usó al pueblo judío como un recordatoria de la presencia Divina para que Su Presencia sea reconocida entre las naciones. Un testimonio de esta realidad es el hecho de que el pueblo judío haya sobrevivido, incluso prosperado, en medio del exilio, la dispersión y el antisemitismo permanente.

Como escribió León Tolstoy:

¿Qué es un judío?… ¿Qué clase de criatura singular es esta a quien todos los gobernantes y todas las naciones del mundo han abusado, atormentado, oprimido y perseguido, pisoteado y masacrado, quemado en la hoguera y ahorcado, y a pesar de todo sigue viviendo y floreciendo? ¿Qué es este judío a quien nunca lograron tentar con todas las posesiones mundanas que sus opresores y perseguidores le ofrecieron para que cambiara su creencia y (repudiara) su religión y dejara de lado la fidelidad de sus antepasados?

El judío es el símbolo de la eternidad… Él es quien durante tanto tiempo fue el guardián de la profecía y es quien la transmitió al resto del mundo. Semejante nación no puede ser destruida. El judío es eterno como la Eternidad misma. (¿Qué es un judío?, impreso en el periódico judío mundial, 1908)

Tras discutir sobre algunos matices de física nuclear con el físico laureado con el premio Nobel, León Lederman, yo saqué el tema de la espiritualidad. Él me dijo que era “espeluznante” que después de 2.000 años de exilio el pueblo de Israel retornara a la Tierra de Israel. Espeluznante significa anormal. Sin embargo, la Biblia hace más de 3.000 años predijo que la nación judía se destacaría, que sería diferente.

En el acto de creación, la ciencia ha descubierto a Dios, Quien se mantiene activo en la historia de la creación a la que Él dio existencia. Como escribió Maimónides: si deseas comprender la naturaleza de Dios, estudia la naturaleza.

Según tomado de, https://www.aishlatino.com/a/cym/La-ciencia-y-Dios.html?s=sh1

 
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Posted by on September 4, 2020 in Uncategorized

 

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