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¿Qué nos dice Rosh HaShaná?

15 Sep

por Rav Jonathan Sacks

¿Qué nos dice Rosh HaShaná?

Diez ideas esenciales del judaísmo.


¿Qué nos dice Rosh HaShaná? ¿Cómo puede transformar nuestra vida? La genialidad del judaísmo fue tomar verdades eternas y traducirlas en tiempo, en experiencias de vida. Rosh HaShaná, el aniversario de la creación de la humanidad, nos invita a vivir y a sentir la condición humana de forma gráfica.

Lo primero que nos dice es que la vida es corta. Sin importar cuánto se haya elevado la expectativa de vida, en una vida no podremos lograr todo lo que desearíamos alcanzar. Unetané Tokef describe poéticamente la mortalidad con un patetismo inquietante:

El hombre fue creado del polvo y vuelve al polvo. Él dedica su alma para llevar pan a su hogar. Es como un fragmento roto, como hierba seca, como una flor marchita, como una nube pasajera, como una ráfaga de viento, como un remolino de polvo, como un sueño que se desvanece.

Todo lo que tenemos es la vida. ¿Cómo podemos aprovecharla? Sabemos que no lograremos terminar la tarea, pero tampoco tenemos la libertad de quedarnos parados al borde del camino. Esta es la primera verdad.

La segunda es que la vida misma, cada día, cada vez que respiramos, es un regalo de Dios:

Recuérdanos para la vida, O Rey que te deleitas en la vida, e inscríbenos en el libro de la vida, por Tu honor, Oh Dios de la vida. (Zijronot)

La vida no es algo que podemos dar por sentado. Si lo hacemos, no podremos celebrarla. Maimónides dice que Dios nos dio un regalo por encima de todos los demás: la vida misma, y al lado de ella todo lo demás es secundario. Otras religiones buscaron a Dios en el cielo, en la vida después de esta vida, en el pasado lejano o en un futuro distante. Aquí hay sufrimiento, allí recompensa; aquí hay caos, allí orden; aquí hay dolor, allí bálsamo; aquí hay pobreza, allí plenitud. El judaísmo implacablemente busca a Dios en el aquí y ahora de la vida en la tierra. Sí, creemos en la vida después de la muerte, pero donde verdaderamente encontramos la grandeza humana es en la vida antes de la muerte.

Tercero: somos libres. El judaísmo es la religión de los seres humanos libres que responden libremente al Dios de la libertad. No estamos atrapados por el pecado. No estamos determinados por fuerzas económicas, por impulsos psicológicos ni por impulsos codificados genéticamente que no podemos resistir. El mismo hecho de que podamos hacer teshuvá, de que podamos actuar mañana diferente de lo que lo hicimos ayer, nos dice que somos libres. A los filósofos esta idea les resultó difícil. También a los científicos. Pero el judaísmo insiste en ella, y nuestros ancestros lo probaron desafiando cada ley de la historia, sobreviviendo contra todas las probabilidades, negándose a aceptar la derrota.

Cuarto: la vida es significativa. No somos meros accidentes de la materia, generados por un universo que cobró existencia sin ninguna razón y que un día, también sin ninguna razón, dejará de existir. Estamos aquí porque un Dios lleno de amor dio existencia al universo, a la vida y a nosotros. Un Dios que conoce nuestros miedos, escucha nuestras plegarias, cree en nosotros más que nosotros mismos, nos perdona cuando fallamos, nos levanta cuando caemos y nos da la fuerza de superar la desesperanza.

El historiador Paul Johnson escribió: “Ningún pueblo insistió con más firmeza que los judíos en que la historia tiene un propósito y la humanidad un destino”. Él concluyó: “Por lo tanto, los judíos se encuentran en el centro del intento perenne de dar a la vida humana la dignidad de un propósito” (Paul Johnson, “La historia de los judíos”. Prólogo). También esta es una de las verdades de Rosh HaShaná.

Quinto: la vida no es fácil. El judaísmo no ve el mundo a través de lentes rosadas. Los sufrimientos de nuestros ancestros acechan nuestras plegarias. El mundo en el que vivimos no es el mundo que debería ser. Es por eso que, a pesar de todas las tentaciones, el judaísmo nunca pudo decir que llegó la era mesiánica, aunque la aguardamos cada día. Pero no estamos privados de esperanza porque no estamos solos. Cuando los judíos salieron al exilio, la Shejiná, la Presencia Divina, salió con ellos. Dios está siempre ahí, “cerca de todos los que lo invocan con sinceridad” (Salmos 145:18). Puede ser que Él esconda Su rostro, pero está aquí. Puede estar callado, pero nos escucha y nos cura de formas que quizás no logramos comprender en ese mismo momento, pero que en retrospectiva quedan claras.

Sexto: la vida puede ser dura, pero a pesar de ello puede seguir siendo dulce, tal como la jalá y la manzana que sumergimos en miel en Rosh HaShaná. Los judíos nunca precisaron riquezas para ser ricos ni poder para ser fuertes. Ser un judío es vivir por las cosas simples: el amor entre marido y mujer, el vínculo sagrado entre padres e hijos, el regalo de una comunidad donde ayudamos a los demás y nos ayudan a nosotros y donde podemos aprender que la alegría se duplica y el dolor disminuye cuando se los comparte. Ser un judío es dar, ya sea a través de tzedaká guemilut jasadim (actos de bondad). Es aprender y nunca dejar de buscar, rezar y nunca dejar de agradecer, hacer teshuvá y nunca dejar de crecer. Allí reside el secreto de la alegría.

A lo largo de la historia hubo culturas hedonistas que idolatraron el placer y culturas ascéticas que lo negaron, pero el judaísmo tiene un enfoque diferente a ambos: santificar el placer convirtiéndolo en parte del servicio a Dios. La vida es dulce cuando se conecta con lo Divino.

Séptimo: nuestra vida es la única y la mayor obra de arte que podemos hacer. Rav Iosef Soloveitchik, en una de sus primeras obras, habló sobre el ish hahalajá, la personalidad halájica y su anhelo de crear, de hacer algo nuevo, original. También Dios anhela que nosotros creemos y de esa forma nos convirtamos en Sus socios en la obra de renovación. “El principio más fundamental es que el hombre debe crearse a sí mismo”. Esto es la teshuvá, un acto de volver a crearnos. En Rosh HaShaná, damos un paso atrás en nuestra vida tal como un artista se aleja de su cuadro, y observamos qué hace falta cambiar para que el cuadro quede completo.

Octavo: somos lo que somos debido a quienes nos antecedieron. Nuestras vidas no son partículas desconectadas. Cada uno es una letra en el libro de la vida de Dios. Pero las letras aisladas, aunque son vehículos de significado, no tienen significado cuando están solas. Para tener significado deben unirse a otras letras para formar palabras, frases, párrafos, una historia. Ser un judío es ser parte de la historia más extraña, antigua, inesperada y contraria a la lógica que ha existido. La historia de un pueblo pequeño, nunca demasiado numeroso y a menudo sin hogar, que de todas formas sobrevivió a los más grandes imperios que hubo en el mundo, a los egipcios, los asirios, los babilonios, los griegos y los romanos, los imperios medievales del cristianismo y del islam, al Tercer Reish y a la Unión Soviética. Cada uno, a su turno, pensó que era inmortal. Cada uno desapareció. El pueblo judío sigue vivo. Por lo tanto, en Rosh HaShaná lo recordamos y le pedimos a Dios que recuerde a quienes nos antecedieron: Abraham e Itzjak, Sará, Janá y Rajel, los israelitas de los días de Moshé, y los judíos de cada generación, cada uno de los cuales dejó una herencia viva en las plegarias que decimos o en las melodías con las cuales las entonamos.

En uno de los versículos más emotivos en medio de la sección de Musaf, recordamos las grandiosas palabras que Dios dijo a través del profeta Jeremías: “Recuerdo la bondad de tu juventud, tu amor cuando eras una novia, cómo caminaste detrás de Mi en el desierto, por una tierra no sembrada” (Jeremías 2:2). Nuestros ancestros pueden haber pecado, pero nunca dejaron de seguir a Dios, aunque el camino fuera difícil y el destino lejano. No comenzamos de la nada. Hemos heredado riqueza, no material sino espiritual. Somos los herederos de la grandeza de nuestros antepasados.

Noveno: también somos los herederos de otra clase de grandeza, la de la Torá misma y sus elevadas demandas, sus arduos ideales, su abanico de mitzvot, sus desafíos intelectuales y existenciales. El judaísmo nos pide grandes cosas y al hacerlo nos vuelve grandiosos. Caminamos tan altos como los ideales por los cuales vivimos, y los ideales de la Torá realmente son muy elevados. Moshé dijo que somos los hijos de Dios (Deuteronomio 14:1). Isaías dijo que debemos ser Sus testigos, Sus embajadores en la tierra (Isaías 43:10). Una y otra vez los judíos hicieron cosas que parecían imposibles. Ellos lucharon contra los poderosos en nombre de la justicia. Lucharon contra la esclavitud. Mostraron que era posible ser una nación sin una tierra, tener influencia sin tener poder, ser considerados los parias del mundo pero no perder su propio respeto. Ellos creyeron con una convicción inamovible que un día retornarían a su tierra, y aunque esa esperanza parecía absurda, ocurrió. Su reino puede haber estado limitado, pero los judíos se consideraban reyes del espacio infinito. El judaísmo fija el objetivo bien arriba y aunque podamos quedarnos cortos una y otra vez, Rosh HaShaná y Iom Kipur nos permiten volver a empezar, perdonados, limpios, imperturbables, listos para enfrentar el siguiente desafío, el nuevo año.

Y, finalmente, viene el sonido del shofar, que perfora nuestras defensas; un grito sin palabras en una religión de palabras, un sonido producido por un suspiro, como para decirnos que eso es todo lo que es la vida: un mero suspiro. Sin embargo, un suspiro no es nada menos que el espíritu de Dios en nuestro interior: “Entonces Hashem Dios formó al hombre del polvo de la tierra e insufló en su nariz aliento de vida, y el hombre se convirtió en un ser vivo” (Génesis 2:7). Somos polvo de la tierra, pero dentro nuestro está el espíritu de Dios. Y ya sea que el shofar sea nuestro clamor a Dios o el clamor de Dios hacia nosotros, de alguna manera esta tekiá, shevarim, truá, (la llamada, el sollozo, el lamento) es todo el patetismo del encuentro entre lo Divino y lo humano, cuando Dios nos pide que recibamos Su regalo, la vida misma, y hagamos de ella algo sagrado al actuar de forma tal que honremos a Dios y a Su imagen en la tierra, a la humanidad.

Porque nosotros derrotamos a la muerte no viviendo para siempre, sino viviendo según los valores que viven para siempre; haciendo obras y creando bendiciones que seguirán vivas después de nosotros, y uniéndonos en medio del tiempo a Dios, Quien vive más allá del tiempo, “el Rey, el Dios vivo y eterno”.

La palabra hebrea lehitpalel, “rezar”, más precisamente significa “juzgarse a uno mismo”. En Rosh HaShaná nos presentamos para ser juzgados. Sabemos lo que se puede saber. Y aunque sabemos lo peor sobre nosotros mismos, Dios ve lo mejor. Cuando nos abrimos ante Él, Él nos da las fuerzas de llegar a ser lo que verdaderamente somos. Quienes entran por completo al espíritu de Rosh HaShaná, emergen al nuevo año cambiados, energizados, focalizados, renovados, sabiendo que ser un judío es vivir la vida ante la presencia de Dios, santificar la vida por Dios, realzar las vidas de los demás, porque Dios vive donde damos bendiciones a otras vidas.

Según tomado de, https://www.aishlatino.com/h/rhyik/rh/Que-nos-dice-Rosh-HaShana.html?s=sh1

 
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Posted by on September 15, 2020 in Uncategorized

 

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