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El Segundo Templo y el Pan Halajá

17 Dec
por Rabbi Dr. Nathan Lopes Cardozo

En mi último ensayo traté de analizar las razones subyacentes de una crisis global en curso, de la cual no es la causa el COVID-19, sino simplemente un poderoso síntoma.

Ahora es nuestra tarea ver qué se puede hacer para rectificar esta situación. Pero primero, necesitaremos identificar algunos de otros importantes problemas. Empecemos por remontarnos a la historia.

Con la destrucción del segundo templo, el judaísmo perdió su dirección y comenzó a volverse artificial. [1] Esto fue una bendición como también una maldición. Fue una bendición porque el judaísmo fue capaz de desconectarse de una religión sacerdotal, simbolizada por leyes altamente formalistas con poco contenido espiritual. Estas leyes aparecieron en el servicio del segundo templo, pero su impacto se sintió mucho más allá del templo mismo.

Sin embargo, la desventaja es que con la destrucción del segundo templo, se perdió el último recuerdo del primer templo. En comparación con el segundo templo, el primero había sido muy espiritual (aunque incluso en ese momento, la gente no estaba libre de la adoración ocasional de ídolos). Mientras estuvo presente el segundo templo, todavía le recordaba al pueblo los gloriosos días del primer templo y un mundo que ya no existía.

El judaísmo del primer templo superó con creces el mundo de la estricta conformidad, obligación y observancia halájica, que Abraham Joshua Heschel solía llamar “judaísmo pan-halájico”, es decir, un judaísmo que consiste en una Halajá que excluía todo lo demás.

En el primer templo, los rituales mostraron autenticidad espiritual y una conciencia muy fuerte en cuanto a la presencia de Dios, el “hashra’at hashechina”. En todas partes se sintió una maravillosa profundidad religiosa. Esto fue encarnado por el Arca de la Alianza, que se encontraba en el Lugar Santísimo. También se colocaron en este espacio más sagrado las Tablas de piedra, el recipiente lleno de mannah y el bastón de Arón. Además, el “shemen hamischah”, aceite de la unción todavía estaba disponible, al igual que el “Choshen”, el pectoral del Sumo Sacerdote, con sus diferentes piedras proféticas (el Urim Ve Tumim). En este Templo, el fuego sagrado del cielo, que nunca se apagó, podía ser visto por todos. Según el Talmud, el primer templo incluía muchos milagros diarios. Cuando los seres humanos entraron al Templo, fueron elevados y se encontraron en otro reino espiritual, en el que la ley de la Torá era omnipresente, pero no lo abarcaba todo.

El Segundo Templo carecía de todos estos fenómenos. Sobre todo, el Arca de la Alianza, el foco central del Templo, había desaparecido. [2]

De hecho, la observancia de las leyes de la Torá siempre tuvo el propósito de aumentar la conciencia de la presencia de Dios en términos muy reales y, como tal, reforzó la presencia casi tangible de Dios. Pero nunca pudieron reemplazarlo. Hubo un cuidadoso equilibrio entre la Ley, el ritual y el espíritu. La presencia de Dios fue tan abrumadora y creó tal arrebato de auténtica religiosidad, que el conductismo ritual fue casi imposible.

La genuina religiosidad era lo que respiraba el pueblo en esos días. Dios ocupó todo el espacio. Su existencia se encontraba y experimentaba en todas partes: en el sol, el viento, en la flor que crecía, en el insecto que se arrastraba, en la totalidad de la naturaleza y en el universo en general.

Con la destrucción del segundo Templo, se perdió hasta el recuerdo de esta cosmovisión. Los judíos no solo fueron exiliados cuando el segundo templo fue destruido, sino que el espíritu mismo del judaísmo se vio gravemente comprometido. Ese momento también fue el punto de partida hacia los primeras manifestaciones  de un proceso de secularización.

El retiro de Dios

Después de la destrucción del segundo Templo y el exilio de los judíos, Dios ya no fue experimentado como un Participante “activo” como lo había sido en los períodos anteriores. Era como si se hubiera retirado y hubiera quedado en silencio. Estaba allí, pero solo desee la distancia. Su mano ya no se veía en hechos reales.

Para los sabios, preservar el judaísmo en esas circunstancias se convirtió en un gran problema. Se dieron cuenta que algo más tenía que ocupar el lugar de la Presencia perdida de Dios, algo que recordara a la gente Su existencia. Lo que quedaba de los primeros días eran los rituales, las leyes y las costumbres, por lo que los sabios se centraron en todo esto, profundizando en ellos hasta que todo lo que quedó fueron las “four amot”, los cuatro codos, de la Halajá “(Berajot 8a).

Y así, el judaísmo, por pura necesidad, cambió de dirección y se volvió abrumadoramente halájico. Esta fue realmente una operación de rescate por parte de los sabios, y funcionó en gran medida durante los últimos dos mil años mientras los judíos vivían en Galut. Logró mantener vivo el judaísmo entre las naciones gentiles, pero el precio fue alto. Con la carencia de la participación  “activa” de Dios, la conciencia profunda y casi tangible de Su presencia abrumadora estaba ausente–o al menos disminuida- por eso perdió gran parte de su grandeza. Dios ya no hablaba a su pueblo y los milagros abiertos dejaron de ocurrir.

Este fue un grave desgarre en el tejido del judaísmo. Y es este judaísmo “desgarrado” lo que conocemos hoy. Está construido sobre cimientos que son realmente compromisos de lo que alguna vez fue un judaísmo pleno y espiritualmente vibrante: un judaísmo en el que Dios jugó un papel abrumador y en el que Su mano se veía en todas partes, un judaísmo en el que la Halajá jugó un papel importante pero mucho más humilde. Mientras que en los primeros días, Dios estaba en el centro del judaísmo, en los últimos días fue la Halajá la que sirvió como pieza central.

Y como mencioné, esta retirada de Dios introdujo los primeros signos de secularismo. Porqué Dios “decidió” retirarse es un asunto de crucial importancia para cualquier “teología” judía moderna, asunto que necesitamos discutir en otro momento. Parece como si Dios quisiera que los seres humanos lo encontraran por sí mismos, no ofreciéndoles su presencia, sino buscándolo. Pero para un gran número de judíos, este llamamiento divino se convirtió en algo muy difícil de manejar; asi los primeros signos de de una religiosidad decrecida y debilitada entró lentamente en sus vidas.

Heilgeschichte y la falta de profecía

Pero el mayor problema de todo esto fue que el judaísmo perdió uno de sus componentes más importantes: la profecía, y con ella la enseñanza de los Nevi’im (profetas) y su mensaje. Con la destrucción del Templo, la era de los profetas llegó a su fin y el judaísmo fue despojado de una de sus voces más importantes. Mientras los profetas estuvieran presentes, la palabra de Dios se escuchó en cada esquina de las calles a través de la boca de estos hombres y mujeres inusuales. En los días del primer Templo y antes, hubo cientos de profetas (solo los más importantes se mencionan en el Tanaj). En casi todas las ciudades había profetas, y ellos eran los portavoces/mujeres de Dios. Colocaron a Dios en el centro de la historia, explicaron el significado de lo que estaba sucediendo, lo que Dios estaba tratando de decirles, y lo que podía traer el futuro. Se aseguraron que Dios siguiera siendo el “Dios de la historia” como siempre lo había sido.

Los profetas también mostraron la “Heilgeschichte” (historia de la salvación), el papel redentor de Dios en los eventos de la historia, tanto judíos como no judíos. Revelaron cómo la historia, a pesar de sus altibajos, eventualmente llevaría a la humanidad a un clímax espiritual en la era mesiánica.

Esto era diferente de la Halajá, que al menos en lo que se refería a sus fundamentos, era “constante” y no podía cambiarse, por lo que era ahistórica. En esto radicaba su poder, y también su debilidad. Dado que la Halajá tenía que permanecer eterna, nunca podría ser realmente redentora.

Por otro lado, el concepto de historia redentiva debe tener un espacio en la historia. De lo contrario, no puede ser redentora. Esta enseñanza fue la principal preocupación de los profetas. Esto era importante porque el pueblo judío se enfrentaba constantemente a nuevas condiciones para las que se necesitaba orientación. La Halajá no pudía proporcionar esta guía, porque debido a su eternidad y constancia significaba que realmente no podía adaptarse.

Es posible que el destino no cambie, pero el camino hacia ese destino se movió constantemente, y todavía continua moviéndose, a menudo creando condiciones inesperadas. Lo que esto significa en términos reales, es que hay cuestiones cruciales en este mundo que no son halájicas, sino que conciernen al espíritu; la gran visión del judaísmo, su funcionamiento interno, su misión universal, la razón de su existencia. No hablamos del cómo comportarnos mientras viajamos, sino de cuál es la naturaleza del camino por el que viajamos hacia nuestro destino. Era tarea de los profetas dar a conocer esto, al pueblo judío en particular, como a nivel universal a toda la humanidad.

Ninguna obra halájica se ha ocupado de esto y, en consecuencia, no hay ningún lugar en el Shulchan Aruch (el códice de la ley judía) que se ocupe o atienda ni tan siquiera uno de estos temas. No hay una sola palabra sobre la misión del pueblo judío, sus sueños, su visión del mundo futuro, su maravillosa música espiritual, su sentido de Tikkun Olam (la reparación del mundo), etc.

En última instancia, por pura necesidad, también causada por el exilio de los judíos, condujo a la codificación de la Halajá, lo que la hizo aún más estática.

La tragedia de un judaísmo amputado

La voz de los profetas, con su mensaje religioso moral universal, se ha perdido. Lo que esto significa es que el judaísmo ha sufrido una amputación; en lugar de caminar sobre dos piernas, Profecía y Halajá, ahora solo camina sobre una pierna, Halajá. Esto también significó que la Halajá misma fue mal entendida, ya que, como veremos más adelante, debería depender en gran medida de la voz profética para darle su espíritu y motivación. Debido a la ausencia de la profecía, este componente espiritual falta o se pasa por alto en la experiencia del dia a dia de los sabios y halajistas.

Como tal, el “judaísmo profético” fue rechazado y dejó de existir, y así el judaísmo convencional se convirtió en una religión estándar y predecible. Así perdió su ilustre impacto universal y ya no pudo desempeñar un papel en el progreso espiritual de toda la humanidad. Se convirtió en una religión unilateral y amputada, que solo aseguró la supervivencia del judaísmo de manera limitada, y solamente para los judíos.

Esta falta de voz profética ha dado lugar a una crisis espiritual mundial. La realidad de esta crisis se hizo evidente con el COVID-19 no solo por la crisis médica resultante, sino porque el mundo estaba patas arriba en todos los niveles: económico, psicológico, educativo, político y religioso. Los cimientos mismos de nuestra sociedad han sido desafiados como nunca antes. Nuestra felicidad, vida familiar, el futuro de nuestros hijos y mucho más se han visto socavados. Durante años hemos negado los efectos del cambio climático, la obsesión por el consumo de carne, el gasto excesivo, el abuso infantil, la discriminación de las mujeres (dentro y fuera del judaísmo), y ahora nos encontramos con problemas casi irresolubles en todos los frentes.

Todo esto se debe, creemos, a la falta de dimensión profética.

Quienes creen que con la vacunación de toda la humanidad contra la actual pandemia todo irá bien, una vez más, están cometiendo un gran error. Las vacunas, aunque necesarias, de alguna manera tratarán el síntoma en lugar de la causa.

Lo que necesitamos es un cambio drástico y de gran alcance hacia la vida misma y su propósito. Necesitamos aprender de qué se trata realmente la verdadera felicidad, qué la religión genuina está tratando de enseñar a judíos y gentiles. Debemos encontrar un camino para regresar al judaísmo profético, incluso cuando todavía no podamos encontrar profetas.

Esto está lejos de ser una empresa fácil, especialmente mientras vivimos en un mundo secular (que en sí mismo es el resultado de la falta de profecía). Pero tendremos que ver cuáles son nuestras opciones, una tarea que intentaré abordar en el próximo ensayo.

Agradecemos a Yael Shahar y Yehudah DovBer Zirkind por sus comentarios editoriales e informativos.

Notas:

[1] La verdad es que algunos comentarios, como Ovadya Sforno (Italia, 1470-1550), opinan que incluso la Carpa del Encuentro en los días mismos de la Torá ya era un reflejo artificial del judaísmo real. Esto habría sido cierto para el primero y, más aún, el Segundo Templo  (Ver, por ejemplo, el comentario de Sforno sobre Vayikra: 11.2). Véase también mi libro, Jewish Law as Rebellion, A Plea for Religious Authenticity and Halachic Courage, Urim Publications, Jerusalem / New York, 2018, capítulo 18.

[2] No todo está claro con respecto a los detalles exactos de ambos Templos y las diferencias entre ellos. Aquí hay algunas fuentes: Yoma, 21b, 52b, 53b; 73b Yerushalmi, Taanit, segundo Perek; Pirke Avot, 5: 5; Yerushalmi, Bava Batra 6: 2; Tosefta, Sota 13: 2, Rambam, Hilchot Kle HaMikdash, Capítulo 10. Varios comentarios no están de acuerdo con respecto a la interpretación correcta de estas fuentes.

Según tomado de, https://us11.campaign-archive.com/?e=ea5f46c325&u=001429d2ea98064eb844c6bf8&id=e39fc2b479

Traducido por drigs (CEJSPR)

 
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Posted by on December 17, 2020 in Uncategorized

 

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