La negación del Holocausto. Un problema de metodología histórica

La negación del Holocausto

Un problema de metodología histórica

Ana Laura Umansky
Adriana Assandri

En las últimas propuestas de la didáctica de la historia se ha hecho hincapié en la necesidad de enseñar, en los últimos niveles de la educación media, la meto­dología de la historia, para proveer al alumno de los contenidos metodológicos y procedimentales que son necesarios para propiciar una crítica de las narrati­vas históricas. En este intento, creemos que la negación del Holocausto ofrece un ejemplo fascinante para trabajar en las aulas, ya que se entrecruzan temas actuales –como el antisemitismo, la historia oficial y no oficial, el revisionismo histórico, la formación discursiva– y el trabajo del historiador.

El pensamiento y la problemática que se exponen en este artículo comenza­ron a gestarse luego de una investigación cualitativa y cuantitativa de acumu­lación de información en torno a los argumentos utilizados por los negadores del acontecimiento capital de la Segunda Guerra Mundial: el Holocausto del pueblo judío bajo el régimen nazi.

De esta manera, un primer acercamiento a la “negación del Holocausto” es fundamentalmente de carácter informativo, ya que la información es el pun­to de partida de toda ciencia histórica. Es común que los docentes de Historia manifiesten la imposibilidad de conciliar los contenidos de las investigaciones históricas con las exigencias de la didáctica. El psicólogo educativo Alberto Rosa Rivero señala que los docentes “admiten un divorcio entre la práctica docente, por un lado, y la teoría y la investigación histórica, por el otro: los historiadores hacen una historia, pero los docentes tienen que enseñar una muy distinta”.1

Existen diferentes acepciones de “negar el Holocausto” o “revisionismo del Holocausto”. Aquí se entenderá por ello “la doctrina según la cual el genocidio practicado por la Alemania nazi contra los judíos y los gitanos no existió, sino que es producto del mito, de la fabulación, del fraude”.2

Estos son los primeros contenidos con los que contamos. Por un lado, un tema problemático de la Historia –la negación del Holocausto–, y por otro, un problema didáctico –¿cómo introducir la negación del Holocausto en las aulas de educación? Pregunta que se complejiza aún más al comprobar que en los programas curriculares de educación media el tema del Holocausto apenas se nombra o se omite… ¡Ésa es la realidad actual!

El enfoque que aquí se presenta tiene tres ejes centrales. El primero, “La ne­gación del Holocausto”. Debemos saber qué se entiende por negación, quiénes son los negadores y qué argumentos utilizan. Una vez establecido esto, pasa­remos a una segunda instancia, que hemos denominado: “La negación del Ho­locausto, un problema de metodología histórica”. Esta sección tiene como guía conceptual el método histórico; es decir, cuál es el objetivo de la Historia y cuál es su método de trabajo como ciencia, haciendo énfasis en cómo se construye y reconstruye la memoria. En la exposición que haremos de lo que proponen los negadores compararemos su método con el de la metodología histórica y reali­zaremos un análisis de su discurso. Por último, nos adentraremos en el tercer eje: “Diferentes lecturas del Holocausto, una oportunidad educativa”. Estos tres ejes conceptuales estarán unificados siempre en torno a la problemática que nos compete: ¿cómo introducir la negación del Holocausto en las aulas de educa­ción?, ¿cuáles serían las intenciones?

La negación del Holocausto es un tema conocido y reiterativo para algunos –la comunidad judía–, novedoso para otros –la comunidad no judía– y de es­pecial relevancia para los educadores, ya que de ellos depende que las nuevas generaciones cuenten con herramientas que les permitan posicionarse crítica­mente frente a sus planteamientos –el estudiantado–.

¿Una revisión de la historia del Holocausto?

Si bien el Holocausto ha estado sujeto a diversas visiones y revisiones desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial, tanto en el campo de la inves­tigación académica como en los programas oficiales de educación, lo que ha pasado a denominarse en la jerga académica “la negación del Holocausto” contiene cualidades específicas. Éstas lo diferencian de otro tipo de negación, que implica la omisión o breve mención de este genocidio en la enseñanza de la Historia en la educación media. Esta situación también la comparte con otros genocidios “olvidados”, como el armenio de la segunda década del siglo XX y el de los gitanos durante la Segunda Guerra Mundial.

En el presente artículo nos concentraremos en la forma más organizada y racional de cuestionar las características de la existencia de un Holocausto del pueblo judío durante la Segunda Guerra Mundial, perpetrado por el régimen nazi alemán: la “revisión” o negación del Holocausto.

El fenómeno de la “revisión del Holocausto” comenzó poco después de 1945, como un movimiento de propaganda activo en los Estados Unidos, Canadá y Europa Occidental. Su objetivo más importante consiste en refutar la existencia de la masacre de cerca de seis millones de judíos en Europa por el régimen nazi. En su libro Denying the Holocaust, el profesor Israel Gutman sostiene que las raíces de este grupo pueden ser rastreadas y encontradas en el lenguaje burocrá­tico de la política nazi, que intentó camuflar el genocidio bajo la denominación “Solución final al problema judío”.3 Además, alega que la destrucción premedi­tada durante el Holocausto de la evidencia de campos de exterminio, cuerpos, cámaras de gas y documentación que atestiguara los crímenes letales creó tierra fértil para los negadores de la posguerra.

Es interesante reflexionar acerca del nombre que se adjudicó este grupo de investigadores: el de “revisionistas”. Lejos de ser casual, este título demuestra las intenciones de estas personas de entroncar e identificarse con la tradición revisionista histórica de los Estados Unidos de 1920 y 1930, y así ganar legiti­midad en el campo académico.

En las primeras décadas, las comunidades judías decidieron no dignificar aquellas acusaciones con una respuesta, creyendo que contestar sólo llevaría a este grupo a una mayor credibilidad. Más tarde, y con cierta resistencia por parte de la comunidad judía, la historiadora estadounidense Deborah Lipstadt rompió ese silencio y los denominó “negadores del Holocausto”, ya que –desde su punto de vista– no estaban “revisando” la Historia, sino –más bien– negando lo innegable.4Desde entonces, otros investigadores se han sumado a la posición de estudiar lo que han presentado estos “revisionistas” de la Shoá y han contra­puesto lecturas y fuentes a las “pruebas” por ellos presentadas de que este geno­cidio no tuvo lugar. Desde lo estrictamente factual, así como desde la investiga­ción metodológica, adherimos a llamar “negadores” a estos falsos revisionistas.

Después de la guerra, los nazis y sus simpatizantes se rehusaron a tomar seriamente las pruebas del Holocausto presentadas en los Juicios de Nüremberg como crímenes de guerra. De modo similar, un grupo de trotskistas franceses y anarquistas, liderados por Paul Rassinier, denunciaron la evidencia del genoci­dio como “atroz propaganda estalinista”.

Paul Rassinier es considerado el primer negador del Holocausto, y su libro Le passage de la ligne, publicado en 1948 por primera vez, presenta los argu­mentos clave que han continuado desarrollando los siguientes negadores. El profesor Ephraim Kaye resume los puntos centrales del libro de Rassinier en su Desecraters of memory, de la siguiente manera: 1) nunca hubo un plan para la aniquilación sistemática de la judeidad europea, 2) el número de las víctimas judías fue sólo de un millón, 3) fueron los judíos los que declararon la guerra a Alemania, y 4) los testimonios de los sobrevivientes se encuentran inflados y son poco fiables.5

Kaye distingue dos períodos en la evolución de la negación del Holocausto con un antes y un después a fines de la década del setenta. En la primera etapa, el autor sostiene que no se presentaban investigaciones firmes y las publica­ciones eran de baja calidad y burdas en su encare.6 La situación cambia con la publicación The hoax of the twentieth century, del ingeniero norteamericano Arthur Butz, a fines de 1970, en la cual el autor interpreta de una manera no­vedosa numerosos detalles tomados de variados documentos. En Europa, los textos del profesor de Literatura francesa de la Universidad de Lyon, Robert Faurisson, y del historiador británico David Irving, le otorgaron a la negación el estatus de una seria erudición. Si bien la esencia de los argumentos básicos pre­sentados por Rassinier continúa siendo el eje de sus publicaciones, estos nue­vos investigadores lograron ponerle un halo de “academicismo” a sus escritos.

La historiadora Deborah Lipstadt arguye que mientras que la primera ge­neración buscaba “limpiar” a los nazis a través de justificar el antisemitismo alegando que los judíos merecían el tratamiento que habían recibido por su comportamiento hostil con Alemania, la segunda utilizaba diferentes tácticas.7 En esta segunda fase, los negadores reconocen el antisemitismo alemán y declaran su propio rechazo y su disociación del mismo, pero argumentan que –más allá del terrible comportamiento de la Alemania nazi con los judíos– el Holocausto no existió. De esta manera, y utilizando una fraseología vaga, se mostraron como hombres instruidos y sin prejuicios cuya única aspiración era buscar la verdad histórica.

Fue también a fines de la década del setenta que, en los Estados Unidos, se fundó un instituto que le dio al movimiento la posibilidad de una propaganda organizada: el Institute for Historical Review (IHR). De acuerdo a sus propias declaraciones, el IHR se creó como un centro educativo, de investigación y pu­blicación, de interés público, sin fines de lucro y dedicado a la promoción de una mayor conciencia de la historia, especialmente aspectos sociopolíticos del siglo veinte.8

Aunque hemos encontrado información significativa que conecta a este ins­tituto con otras formas de racismo, más allá de su antisemitismo, sólo mencio­naremos una en esta ocasión: la relación del IHR y Noontide Press, un periódico en el que cual han sido publicado artículos del IHR (por ejemplo, “The Protocols of the Learned Elders of Zion”, “The six million reconsidered” y “Antizion”).

Noontide Press pertenece a la Legion for Survival of Freedom, Inc., una corporación fundada en Texas, en 1952, dentro de la cual el IHR también trabaja como entidad. Otros títulos re-publicados por la Noontide Press son: “Amendment to the Constitution”, escrito por James O. Pace, en el cual se ele­va una propuesta para limitar la ciudadanía americana a las personas blancas; y “The testing of negro intelligence”, de Robert T. Osborne y Mc Gurk, cuyas investigaciones se encuentran basadas en la performance de pruebas de inteli­gencia realizadas en el período 1966-1980.9

Además, el IHR ha organizado una red de propagandistas internacionales que escriben para sus revistas y reuniones anuales. Entre sus miembros afilia­dos se encuentran: Mark Weber, Bradley Smith y Freud Leuchter, de los Estados Unidos; Ernst Zundel, de Canadá; David Irving, de Inglaterra; Robert Faurisson, de Francia; Carlo Mattogno, de Italia; y Ahmed Rami, de Suecia. El que ha adquirido mayor notoriedad en los Estados Unidos es Bradley Smith, debido a numerosos artículos publicados en periódicos universitarios.

Los negadores del Holocausto han sido procesados por difamación racial en Canadá y Europa Occidental.10 Sin embargo, los críticos más prominentes de estos negadores –Deborah Lipstadt, Pierre Vidal-Naquet y Michel Shermer– han declarado públicamente que se oponen a las leyes que criminalizan el “revisio­nismo”. 11

Los negadores han basado sus investigaciones en probar que no se ha en­contrado evidencia alguna que demuestre la existencia del Holocausto judío. Sin embargo, su metodología de investigación se distancia de la utilizada por los académicos: los negadores se focalizan en ciertos detalles del Holocausto, ignorando absolutamente la vastedad y complejidad del evento. A través de in­tentar cuestionar la veracidad de variados detalles, sin combinarlos con la gran historia, intentan sembrar la duda de la verdadera existencia del evento. Los detalles en los que se han basado incluyen: la prueba de un plan sistemático para aniquilar a los judíos; la prueba de la existencia de cámaras de gas, espe­cialmente en Auschwitz; la veracidad del Diario de Ana Frank; la existencia de campos de exterminio; la utilización de jabón realizado con grasa humana; la fiabilidad de las declaraciones de los testigos, entre otros.

Ephraim Kaye ha explicado que es justamente a través del pensamiento de los negadores que podemos comprender qué es el pensamiento histórico co­rrecto y que, a través de invalidar sus técnicas, podemos aprender a pensar correctamente.12 Esto puede ser logrado a partir de una unión de todos los ma­teriales que se encuentran disponibles para obtener una visión correcta de la historia, y de este modo, detectar las tácticas ilegítimas de los negadores.

Kaye alega: “La mayoría de los investigadores consideran que la Segunda Gue­rra Mundial es el evento histórico más documentado del siglo XX y en general. (…) Esta vastedad de documentación dificulta nuestro trabajo, como historiado­res, de buscar y reubicar los detalles del mosaico del Holocausto, ya que ningún documento –por sí solo– es capaz de contar toda la historia. Los negadores son conscientes de esto y, por lo tanto, lo explotan. También explotan la dificultad psicológica que las personas tienen para aceptar esa atrocidad como real”.13

Por su parte, Pierre Vidal-Naquet ofrece una síntesis de ocho puntos que ca­racterizan al método revisionista. He aquí lo más interesante de los mismos:14

  • Cualquier testimonio directo aportado por un judío es una mentira o fabula­ción.
  • Cualquier testimonio o documento anterior a la liberación es una falsedad, o bien se lo ignora, o se lo trata como “rumor”.
  • Cualquier documento, en general, que nos ilustre –de primera mano– acerca de los métodos de los nazis es una falsedad o ha sido manipulado.
  • Cualquier documento nazi que aporte un testimonio directo es tomado como un valor nominal, si está escrito en lenguaje codificado, pero se lo ignora (o se lo subinterpreta) si está redactado en lenguaje directo.
  • Cualquier testimonio nazi posterior al fin de la guerra se considera obtenido bajo tortura o intimidación.
  • Han movilizado todo un arsenal pseudotécnico para demostrar la imposibi­lidad material del gaseado masivo.
  • Usan una “prueba ontológica”, como se usaba antiguamente para probar la existencia de Dios.15 Puede decirse que, para los negadores, las cámaras de gas no existen porque la inexistencia es uno de sus atributos.
  • Se ignora o falsifica todo cuanto pueda tornar razonable o creíble esta espan­tosa historia, marcar su evolución o proporcionar términos de comparación política.

Para concluir esta síntesis, el autor escribe: “Acaso pueda verse mejor qué significa este método histórico; en nuestra sociedad de representación y de es­pectáculo, es una tentativa de exterminio sobre el papel, que releva el extermi­nio real. Se resucita a los muertos para herir mejor a los vivos”.16

Uno de los mayores peligros que presenta la negación del Holocausto no es el de convencer a antisemitas de la inexistencia de un genocidio judío, sino el de sembrar la duda en mentes de muchas personas que no son necesariamente antisemitas. Encubiertos bajo el atractivo disfraz de “revisionistas” de la histo­ria han logrado cautivar a muchas personas que, simplemente, se encuentran seducidas por una re-lectura de la historia y –en especial– por una nueva mira­da de los eventos más oscuros del siglo XX, sobre todo porque –además– libera de la culpabilidad de que algo tan atroz haya tenido lugar.

Si bien, en nuestro marco latinoamericano, los textos de los negadores no han tenido la difusión de la que gozan en los Estados Unidos y Europa, el he­cho que estas personas utilicen Internet para publicar –de una forma barata y rápida, y hasta en ocasiones, anónima– sus “investigaciones” lo convierte en un problema de todas las regiones del planeta que tengan acceso a la misma.

Otra dificultad que surge es el hecho que sus documentos no son fácilmen­te confrontables, y aunque diferentes especialistas se han ocupado de su con­testación, para hacerlo es necesario pasar años en archivos y bibliotecas. Es justamente por esta razón que creemos que, más allá de la necesidad de co­nocer las investigaciones más actuales sobre los documentos presentados por los negadores, lo que se torna esencial es des-velar, sacarle el velo, a su lógica argumentativa y discursiva, bajo la luz de una correcta metodología histórica de investigación.

La negación del Holocausto, un problema de metodología histórica

“Negar” la historia no es lo mismo que “revisar” la historia. Por lo tanto, negar el Holocausto no es lo mismo que revisar el Holocausto. Dentro de las tareas del historiador está la de revisar los hechos, los acontecimientos, y las interpreta­ciones de los temas con que trata. Al ser ésta una labor cotidiana de cualquier especialista histórico, el término “revisar” es familiar a la historia y útil a su método y a la verosimilitud que busca alcanzar.

Ya que definimos la negación del Holocausto como un problema de metodo­logía histórica, es preciso explicitar qué es y cómo trabaja la historia, para luego tomar esta referencia como argumento contra lo que expresan los autodenomi­nados “revisionistas del Holocausto”.

La historia es una ciencia social que estudia el pasado de la humanidad. Para legitimarse como ciencia, la historia batalló durante siglos para encontrar su propio método, que hiciera que la comunidad científica la aceptara como tal. No contaremos aquí su evolución y sus disputas, pero sí debemos clarificar que es su método el que permite su legitimidad y fiabilidad, y no sólo su definición o los objetivos que se plantea en su estudio.

La metodología de investigación se propone la obtención de nuevos conoci­mientos, la cual –al seguir prácticas regladas e institucionalizadas– permite que el relato adquiera validez historiográfica.

La historia puede ser vista, también, como un proceso investigador para la reconstrucción de hechos pasados. Hagamos énfasis en la palabra “recons­trucción”. Reconstruir no es lo mismo que construir; lo construido está en el pasado. Las construcciones fueron los guetos, los campos de concentración y exterminio, la “Solución Final”, las cámaras de gas. La reconstrucción significa volver a construir. Es buscar las fuentes, los documentos, las evidencias, los testimonios que nos permitan volver a ellas en la narración histórica. Este es el trabajo esencial de la historia.

Tanto para reconstruir como para revisar, la historia debe basarse en las evi­dencias y en las fuentes. Pero no todas las fuentes tienen la misma importancia. Existen las fuentes primarias y las secundarias; esta clasificación tiene relevan­cia para el tema investigado. Una vez que el historiador tiene esta fuente, debe concentrarse en su análisis –determinar o describir la naturaleza de algo, luego de analizar sus partes–, para luego interpretarla, atribuirle un significado.

En la actualidad, los negadores del Holocausto, quienes han sabido orga­nizarse hábilmente, toman en cuenta el pedido de la comunidad científica de basarse en fuentes para poder refutar un hecho. Utilizan buenas fuentes; o al menos, aquellas que sean válidas y relevantes para probar su teoría. Pero es preciso no caer en su juego, ya que las etapas de análisis e interpretación de las fuentes son trascendentales, y es justamente allí donde fracasan. Durante la búsqueda de documentación suelen encontrarse con fuentes que no corroboran su hipótesis inicial –que más que una hipótesis, es una conclusión preconce­bida–, por lo cual no las incluyen. Un buen historiador debe aceptar esta even­tualidad, ya que no es lícito ocultar o forzar las pistas para que se adecuen a la explicación inicial.

Gord Mc Fee, en su ensayo Why Revisionism isn´t?, explica: “El ‘revisionis­mo’ se encuentra forzado a desviarse de la metodología de investigación histó­rica tradicional, ya que busca moldear los hechos para hacerlos coincidir con un resultado preconcebido, niega eventos que han sido probados empírica y objetivamente, y porque trabaja al revés, desde la conclusión hacia los hechos. De esta manera, necesita de la distorsión y manipulación de los eventos que difieran de su conclusión preconcebida. En resumen, el ‘revisionismo’ niega algo que está demostrado que ocurrió, a través de la deshonestidad metodológica”.17

Ya que estamos inmersos en el tema “método histórico vs. método de los negadores”, es útil recordar el funcionamiento de los métodos de la deducción y la inducción en la investigación histórica. La deducción consiste en pasar de lo “general” o “universal” a lo “particular”. Por lo tanto, implica sacar con­clusiones de ciertas verdades generales; o sea, un conocimiento no basado en fuentes. Por otra parte, la inducción es un método que parte de lo “particular” hacia lo “general”; es decir, se limita a las fuentes y formula afirmaciones basa­das en ellas.

En el caso de los negadores del Holocausto, éstos utilizan el método deduc­tivo, yendo de lo general a lo particular. Veamos el siguiente ejemplo: A partir de “El Holocausto no existió” van en busca de fuentes para demostrarlo, y en caso de que prueben lo contrario, las consideran falsas. Si no es así, interpretan los documentos según su conveniencia, y si aún no es posible determinarlo, afirman lo que creen con contundencia.

El historiador Jersy Topolsky, especializado en los estudios de metodología de la investigación histórica, advierte: “El llamado método deductivo en la in­vestigación histórica: 1°) es usado para establecer aquellos hechos a los que las fuentes no se refieren directamente, o sea, aquellos que no pueden estable­cerse con el único apoyo del desciframiento de la información de las fuentes apropiadas; 2°) recurre a los tipos no fiables de inferencia para establecer los hechos”.18

Gord Mc Fee señala otra estrategia utilizada por los negadores, que titula “Falsus in uno, falsus in omnibus”. Se refiere al procedimiento que los ne­gadores aplican para refutar la cantidad de evidencia empírica existente. Se podría traducir como: “Una cosa equivocada equivale a que todas las cosas es­tán equivocadas”. Pongamos un ejemplo: En The Jerusalem Post International Edition se publicó un artículo en el cual Yad Vashem reconoce, luego de varias investigaciones, que no existen pruebas de que los nazis hayan utilizado la grasa de sus víctimas para hacer jabón. Para los negadores, éste es un caso que ejemplifica que muchos de los argumentos proporcionados por la historia ofi­cial son incorrectos, y por lo tanto, la existencia del Holocausto en su totalidad se encuentra en cuestionamiento.

Los negadores no sólo son hábiles en la tergiversación que realizan de la lec­tura de las fuentes y en la manipulación del método histórico, sino que también utilizan elementos discursivos seductores. Por ejemplo, en semiótica se estudia una figura retórica llamada “sinécdoque”, que significa “tomar la parte por el todo”, de modo que a partir de un concepto pequeño, se reproduce uno más amplio, en el cual está contenido. Es éste un recurso “engañoso” de seducción que se ha utilizado mucho en política. En palabras de Alex Grijelmo, “dando la parte por el todo, se hace énfasis en la parte para ocultar el todo (y no para significarlo)”.19

Este recurso retórico es utilizado por los negadores. A manera de ejemplo: dicen que las cámaras de gas no existieron; por lo tanto, el Holocausto no exis­tió. Nos dejan ver, entonces, cómo no sólo no utilizan correctamente la meto­dología histórica básica para ser creíbles para la comunidad científica, sino que –además– utilizan un recurso retórico “engañoso”.

Grijelmo toma en cuenta la importancia de los medios de comunicación para analizar la seducción que las palabras ejercen en la actualidad y cómo se les da cada vez menos importancia, y más cabida a las imágenes, la publicidad y la propaganda política. Busquemos un ejemplo en un medio de comunica­ción utilizado por los negadores. En una página web, éstos presentan una foto del “supuesto campo de concentración y exterminio” de Auschwitz, en la cual se muestra una piscina. Simplemente titulan la foto “¿Quiénes eran los inhu­manos?”. Por lo tanto, no sólo hacen uso de la metáfora y la sinécdoque retó­rica y engañosa, sino también se valen de la imagen para seducir. Junto a esta foto colocan otra que muestra a prisioneros de guerra alemanes viviendo en hoyos en el terreno, contando apenas con comida y refugio, y ningún tipo de calefacción en invierno. De esta manera comparan lo que llaman irónicamente la “inhumanidad” de las barracas de Auschwitz, en las cuales los prisioneros contaban con césped cortado, calefacción, camas confortables, agua corriente, e incluso una piscina.20 Que hubo piscinas en los campos de concentración no es un dato novedoso, como tampoco lo es el uso que se les daba: eran para los altos mandos nazis, que tenían que convivir con el horror diario de sus matanzas.

Por último, también nos gustaría analizar la seducción que producen las “sorpresas” en el campo de las palabras: “Las sorpresas resultan seductoras por naturaleza, el ser humano busca las sorpresas continuamente (…) acuden a la sorpresa para producir placer”.21 Por ejemplo, utilizan la palabra “ho­loinvento” (traducción de “holohoax”, juego de palabras entre “holocaust”, holocausto, y “hoax”, invención, utilizada por el negador Greg Raven). Esta palabra es seductora, nos atrae, nos hace pensar en un engaño, en una trampa. Es seductora al oído. Es una palabra que no existe, pero que seduce a través del juego irónico.

Cuando un verdadero revisionista revisa la historia, lo que está haciendo es tratando de replantearse lo que ya existe. Esto implica que los historiado­res desafían la versión aceptada (el paradigma) buscando la verdad de la his­toria (los enigmas que aún hace falta descubrir). Esto lo hacen para entender mejor el pasado, comprender mejor el presente y valernos de más guías para el porvenir. Si éstos son los objetivos de un revisionista de la historia, lo que cabría examinar realmente es cómo este mundo llegó a engendrar gente dedicada a negar el genocidio nazi a pesar de las pruebas contundentes y los testimonios desgarradores, y aún más, cómo existen personas que creen en una falsedad. Vidal-Naquet remarca que este hecho es más importante que la circunstancia –históricamente hablando, “secundaria”– de que se trate de una falsedad.22

Teniendo en cuenta la idea de que el historiador vive permanentemente en el mundo de lo relativo, Vidal-Naquet explica que ésta es la causa subyacente que explica por qué les está costando tanto a los historiadores ir contra el discurso de los negadores: porque se presentan como “en revisión”. Pero en esencia, dice el autor, “no me parece que la empresa revisionista se ocupe de esta búsqueda, de ‘otra explicación’. Más bien hay que buscar en ella esa negatividad absoluta (…) y es precisamente eso lo que tanto le duele comprender al historiador. Se trata de un esfuerzo gigantesco, no sólo para crear un mundo de ficción, sino para arrancar de la historia un inmenso acontecimiento”.23

Diferentes lecturas del Holocausto, una oportunidad educativa

Para volver al pasado existe un mecanismo esencial que utiliza el ser humano: revisar su memoria. Lo mismo hacen las ciencias dedicadas al estudio de la humanidad en el pasado: la historia también busca el pasado en la memoria colectiva del pueblo.

La memoria no registra, construye. Cuando uno escribe sobre la historia se­lecciona qué contar y –sobre todo– cómo. Deberíamos utilizar esta idea como máxima. Esto debería estar presente en la mente de una persona que tan sólo se enfrente a un ensayo de historia.

La forma narrativa, que es el producto final de la historia, tiene característi­cas propias: no sólo se relatan eventos –los contenidos–, sino que también exis­te una trama narrativa que no se encuentra exenta de influir moralmente sobre el consumidor de esa historia, ya que contiene componentes ideológicos que la atraviesan transversalmente. De esta manera, si bien las narrativas históricas son sesgadas, no es posible admitir que cualquier relato sobre el pasado sea un discurso con validez historiográfica.

Como explica Alberto Rosa Rivero, “la historia es una forma de saber regla­do, es una disciplina científica, sigue unas reglas que son las que suministran las garantías de fiabilidad y validez en sus interpretaciones.”24 Rosa Rivero se­ñala que un texto debe tener dos cualidades para ser científicamente válido: ser verosímil –es decir, compatible con la evidencia conceptual sobre la causalidad física y las acciones individuales y grupales humanas– y, además, tener validez empírica –las evocaciones de los acontecimientos y causas deben apoyarse so­bre la evidencia documental o monumental disponible–.25

Si los alumnos de las escuelas medias tuvieran estas herramientas básicas a su alcance –qué es la historia, cómo trabaja y cómo se construye la memo­ria–, estaríamos en mejores condiciones para estudiar un tema histórico como la aparición de los negadores del Holocausto, sin tener que concentrarnos en demostrar que sus argumentos no son válidos. Si logramos que los alumnos se acostumbren a ver la validez de la historia por su método, los argumentos de los negadores pasarían a segundo plano y perderían posibles adeptos, que es lo que –realmente y en esencia– preocupa, no sus argumentos.

La enseñanza de la historia debería servir como un ejercicio de tolerancia hacia otros pueblos, ideas, religiones, etc. Los alumnos deberían ganar capaci­dad de análisis sobre la sociedad, la cultura o la cosa pública, ya que constitu­yen las generaciones que escucharán cada vez mayores extremismos, según lo que hemos estado viendo en estos pocos años que dieron comienzo al siglo XXI. Es decir, la enseñanza de la historia debería “entrenar a los alumnos en habi­lidades para la interpretación crítica de los fenómenos sociales y culturales a través del tiempo; dotarlos de recursos para comprender activamente lo que sucede a su alrededor; suministrarles procedimientos para poder orientar su acción presente hacia el futuro que ellos son capaces de imaginar y construir, en lugar de canalizarles una visión del pasado y del presente que les aboque a preparar el futuro deseado por quienes les suministran unos instrumentos de conocimientos limitados”.26

Por lo tanto, si pretendemos que la historia tenga un valor formativo, es necesario exponer abiertamente la propia fábrica de los métodos con los que se construyen y reconstruyen sus explicaciones sobre el pasado. De esta forma, su enseñanza se alejaría de la herencia positivista, que predicaba una narrativa acrítica de los acontecimientos, cuyo objetivo primordial era la adquisición me­morística de contenidos preseleccionados por el docente.

Sin negar la realidad de que el docente debe hacer un trabajo de selección y reducción de los contenidos de la materia a enseñar, el cual –además– constitu­ye un valor pedagógico, es necesario resaltar el riesgo que se corre al simplificar la exposición a unos pocos hechos. La realidad es múltiple y compleja, y su simplificación sólo llevaría a la devaluación de los contenidos y –aún peor– a la distorsión de los hechos.27 El docente no sólo debería, entonces, conocer el contenido factual –en nuestro caso, las “pruebas” que presentan los negado­res y sus refutaciones por parte de la comunidad académica–, sino también la estructura y el funcionamiento de la narrativa histórica, así como el discurso seductor de los negadores.

Desde un punto de vista didáctico, el docente de los cursos superiores de la enseñanza media debería –luego de presentar la forma de trabajar de la his­toria y los recursos para defenderse de las narrativas ya hechas– utilizar los textos de la negación del Holocausto como forma de alentar visiones activas, críticas y creativas en los alumnos. De esta forma, no es conveniente que el docente presente el “producto acabado” –es decir, las explicaciones de por qué desde el punto de vista factual y metodológico los negadores no realizan una revisión, sino una negación de la historia, que se opone a las normas establecidas por la disciplina histórica–, sino el “producto en bruto”, para que sean los alumnos quienes, con los contenidos metodológicos y procedi­mentales que hayan adquirido, logren llegar a las conclusiones por su propio análisis y deducción.

Como dijimos al comienzo, el estudio de la negación del Holocausto en los niveles superiores de la enseñanza media proporciona una formidable instancia educativa para trabajar la construcción y la reconstrucción de hechos pasados, la forma en que se construyen las narrativas históricas y las metodologías que les proporcionan validez académica. Esta exposición de la “fábrica” histórica y el encuentro con narraciones diametralmente opuestas del Holocausto cons­tituyen instrumentos magníficos para la metacognición y, así, la formación de individuos que no sólo no sean ingenuos frente al dogmatismo interpretativo, sino que cuenten con las armas que les permitan ejercer control sobre las narra­tivas y los discursos –mediáticos, escritos, etc.– con los que se enfrenten. De esta manera, los procesos de pensamiento que es posible distinguir en las narracio­nes de los negadores nos enseñan, a través de su negación, lo que un correcto pensamiento histórico implica. Es a través de invalidar sus técnicas que pode­mos aprender a pensar correctamente.

Notas:

  • Rosa Rivero, Alberto. “Memoria, historia e identidad. Una reflexión sobre el papel de la en­señanza de la historia en el desarrollo de la ciudadanía”, en Carretero, M.-Voss, J. (comp.). Aprender y pensar la historia. Buenos Aires, 2004, p. 38.
  • Vidal-Naquet, Pierre. Los asesinos de la memoria. España, 1994, p. 106.
  • Yisrael Gutman provee ejemplos de diversos intentos nazis de oscurecer sus actos de ma­tanza, los cuales sembraron las semillas de la negación, tales como: la ausencia de órdenes escritas por Hitler (Fuehrerbefehl) que se refieran a la aniquilación de los judíos y al uso de denominaciones verbales; la utilización de palabras en código (Sprachregelung) para referirse a la aniquilación de la judeidad europea: Aussiedlung (evacuación), Endloesung (“Solución Final”), Sonderbehandlung (tratamiento especial), Umsiedlung (reubicación), Abschiebung (deportación), Aktion (operación); la formación de una unidad secreta (la Unit 1005), en 1942, comandada por Paul Blobel, que tenía como función la destrucción de la evidencia de la matanza de judíos, quemando sus restos en fosas comunes. Ver Gutman, Yisrael.Denying the Holocaust. Jerusalem, 1985, p. 14.
  • Lipstadt, Deborah. Denying the Holocaust. Nueva York, 1993.
  • Kaye, Ephraim. Desecraters of memory. Confronting Holocaust denial. Jerusalem, 1997, p. 5.
  • En este primer período se encuentran, además del libro de Paul Rassinier, un panfleto de 37 páginas del estadounidense Austin App y un tratado de 24 páginas del alemán Thies Christopherson. Ver Kaye, E., op. cit., p. 6.
  • Lipstadt, D., op. cit.
  • Tomado de su página en Internet: http://www.ihr.org. Las oficinas del IHR se encuentran en Orange, California del Sur. Afirman que su trabajo es financiado por la venta de libros y grabaciones, suscripciones a sus revistas (Journal for Historical Review, The IHR Newsletter, The IHR Update) y donaciones que mantienen anónimas.
  • Esta información es tomada del website educativo: http://www.nizkor.org.
  • En el caso canadiense, existe una ley que prohíbe la propagación de noticias falsas, la cual ha sido utilizada –de manera efectiva– contra los negadores. En Francia es ilegal dudar de la exis­tencia de cualquier “crimen contra la humanidad”. En Alemania es considerado contra la ley difamar la memoria de los muertos. Leyes similares rigen en Austria, Bélgica, Italia y Suecia. Sin embargo, en los Estados Unidos, aunque la Primera Enmienda garantiza el derecho a la li­bertad de opinión, más allá de su contenido político, esta legislación no fuerza a los periódicos u otros medios de comunicación a otorgarles espacios para la difusión de esas ideas.
  • Pierre Vidal-Naquet publicó un artículo, titulado “Del lado de los perseguidos”, en Le Monde, en el cual hace referencia a cómo enfrentar a los negadores del Holocausto: “No les ‘discu­timos’, demostramos los mecanismos de sus mentiras y falsedades, lo cual puede resultar metodológicamente útil para las jóvenes generaciones. Precisamente es por eso que no hay que encomendar a un tribunal que pronuncie la verdad histórica. Precisamente porque la veracidad de la gran matanza surge de la historia, y no de la religiosidad, es que no debe tomarse demasiado en serio a la secta revisionista. Hay que hacerse a la idea de que existe”. En Vidal-Naquet, P., op. cit., p.104.
  • Kaye, E., op. cit., p. 7.
  • Kaye, E., op. cit., p. 8.
  • Tomado y/o basado en Vidal-Naquet, P., op. cit., pp. 42-44.
  • Como explica Vidal-Naquet, antiguamente se probaba la existencia de Dios mediante aque­llo de que su existencia está contenida en el propio concepto de Dios.
  • Vidal-Naquet, P., op. cit., p. 45.
  • Mc Fee, Gord. “Why Revisionism isn’t?”, en www.holocaust-history.org.
  • Topolsky, Jersy. Metodología de la Historia. Madrid, 1992, p. 357.
  • Grijelmo, Alex. La seducción de las palabras. España, 2002, p. 206.
  • Ver http://www.revisionists.com/revisionism.html.
  • Grijelmo, A., op. cit., p. 159.
  • Idea que toma, a su vez, de Hanna Arendt, cuando analiza Los protocolos de los sabios de Sión.
  • Vidal-Naquet, P., op. cit., p. 134.
  • Rosa Rivero, A., op. cit., p. 54.
  • Ibíd., p. 64.
  • Ibíd., p. 66.
  • Ideas tomadas de Martínez-Shaw, Carlos. “La historia total y sus enemigos de la enseñanza actual”, en Carretero, M.-Voss, J., op. cit., pp. 37-45.

 

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