DIOS Y EL BIG BANG

DIOS Y EL BIG BANG, Daniel C. Matt

En el principio fue el big bang, hace catorce mil millones de años. Un vacío primordial que carecía de materia. Pero no estaba realmente vacío – se encontraba más bien en un estado de mínima energía, embarazado de potencial, lleno de partículas virtuales. A través de una fluctuación cuántica surgió entonces una especie de burbuja en este vacío. En el interior de la burbuja se encontraba una suerte de semilla caliente y densa más pequeña que un protón que contenía, sin embargo, toda la masa y la energía de nuestro universo. En menos de una billonésima de segundo esta semilla se enfrió y expandió enormemente, más rápida que la velocidad de la luz, inflándose hasta alcanzar el tamaño de un pomelo. La expansión del universo luego se desaceleró pero realmente nunca se ha detenido en forma completa.

En sus primeros segundos, el universo era una sopa indiferenciada de materia y radiación. Se necesitaron tan solo unos pocos minutos para que las cosas se enfríen lo suficiente como para que los núcleos se formen. ​​

Llevo por lo menos unos 300.000 años más para que los átomos finalmente aparezcan. Durante eones de tiempo, nubes de gas se expandieron y enormes esferas  resplandecientes de gas caliente formaron las estrellas. En lo profundo de estas estrellas, reacciones nucleares dieron a luz elementos como el carbono y el hierro. Cuando las estrellas envejecieron explotaron arrojando estos elementos en el universo mismo. Con el tiempo estos elementos se reciclaron en nuevos sistemas solares. Nuestro sistema solar es tan solo un ejemplo más de este reciclaje; una mezcla de materia producida por los ciclos de las estrellas – estrellas que se forman y explotan continuamente. Nosotros, junto con todo lo demás que existe en el Universo, somos literalmente polvo de estrellas.

La Tierra se formó y comenzó su enfriamiento hace cuatro mil quinientos millones de años. Mil millones de años más tarde varios microorganismos se había desarrollado. Exactamente cómo se desarrollaron, nadie lo sabe. Sabemos que la atmósfera primitiva de la Tierra estaba compuesta de hidrógeno, vapor de agua, dióxido de carbono y gases simples, tales como amoníaco y metano. Bajo estas condiciones climáticas, los compuestos orgánicos tal vez lograron sintetizarse de manera espontánea.

O tal vez la vida derivó hacia la Tierra en forma de esporas de Marte o de otro sistema solar en nuestra galaxia o de otra galaxia en el universo. Sea como sea la vida finalmente comenzó. Todas las formas que constituyen lo que llamamos vida comparten códigos genéticos similares y se remontan a un antepasado común. Todos los seres vivos somos literalmente primos.

A nosotros, los humanos, nos gusta sentir que somos el pináculo de la creación y en efecto es cierto que somos las cosas más complejas en el universo conocido. Nuestro cerebro contiene cien mil millones de células unidas por cien billones de conexiones sinápticas. Sin embargo somos simultáneamente parte del proceso evolutivo, descendientes de las bacterias que surgieron hace 3500 millones de años. En el vientre de nuestra madre, cada uno de nosotros vuelve a trazar todo el lapso del desarrollo que lleva de la ameba al ser humano. Nuestra especie – Homo sapiens – es un primate que se desarrolló en África separándose de la línea de los chimpancés hace aproximadamente siete millones de años. Todavía compartimos con los chimpancés el 99 por ciento de nuestros genes activos. Si se me permite la expresión, somos simplemente un mono mejorado.

El Big Bang es una teoría, no es un hecho. Para los cosmólogos esta teoría nos ofrece la explicación más convincente de la evolución del universo, “la mejor aproximación a la verdad que actualmente poseemos”. Esta teoría como cualquier otra teoría podría estar equivocada. Lo más probable es que el Big Bang finalmente termine formando parte de otra teoría más amplia que surgirá algún día. El consenso científico es que la teoría del Big Bang es correcta dentro de su propio ámbito específico: es simplemente una explicación de la evolución de nuestro universo desde una mil millonésima de segundo acontecida luego del origen inicial llegando hasta la actualidad. Qué pasó antes de esa primera fracción de segundo está más allá de los límites de esta teoría. El término “Big Bang” sugiere la existencia de un principio definido en un tiempo finito. Pero esta teoría no se extiende más allá de ese punto inicial en la historia del Universo. El origen último del universo sigue siendo en esta teoría algo impenetrable.

Una versión de esta teoría, conocida como “inflación cósmica caótica y eterna”, fue desarrollada por Andrei Linde. Esta versión representa un universo que de forma continua va reproduciéndose a sí mismo alcanzando así la inmortalidad en forma aleatoria. Nuestro universo es tan solo uno más de los incontables universos que se van auto-reproduciendo en forma de “burbujas”. En cada una de estas burbujas, las condiciones iniciales son diferentes y diversos tipos de partículas elementales interactúan en formas inimaginables. Incluso diferentes leyes de física que ni conocemos tal vez se apliquen en cada una de estas burbujas.

No todos los dominios del universo se van inflando como burbujas hasta explotar en nuevos universos, pero los dominios que si lo hacen (como el nuestro) dominan el volumen del universo y logran en su continua expansión hacer brotar otras burbujas en una reacción en cadena perpetua. Así el universo entero es un “árbol de vida”, un grupo de burbujas unidas entre sí, creciendo de manera exponencial en el tiempo. Cada universo en potencia nace en lo que puede considerarse un Big Bang, es decir, “una gran explosión”. En realidad, para ser más precisos deberíamos decir realmente una explosión pequeña, una fluctuación de vacío seguida por inflación continua.

Si las especulaciones de Linde son correctas, tal vez deberíamos traducir las palabras del Génesis no como “En el principio…”, sino “En un principio Dios creó los cielos y la tierra.” De hecho, esto representa una traducción más literal del hebreo original: Be-Reshit: “En – un principio”.

La ciencia no tiene un consenso sobre el origen último del Universo. Algunas teorías defienden un comienzo bien definido, mientras que otras, como la de Stephen Hawking, no lo hacen. Sin embargo ambas teorías sugieren una lectura radicalmente nueva del Génesis. Si Dios creo el mundo a través de la palabra, dando órdenes “para que se haga la luz, las aguas y las estrellas”, entonces el lenguaje divino es lo que conocemos como energía; el alfabeto, las partículas elementales; la gramática de Dios, las leyes de la naturaleza. Muchos científicos han detectado una dimensión espiritual en la búsqueda de estas leyes naturales. Para Albert Einstein el discernimiento de las leyes de la naturaleza era una manera de descubrir cómo piensa Dios.

¿Pero tiene el universo un propósito? ¿Hay un sentido para nuestra existencia? ¿Por qué debemos vivir éticamente? En este sentido, la cosmología no nos puede ayudar demasiado. Darwin intensifica aún más estas preguntas. ¿Somos diferentes de otros animales? ¿Se puede superar la violencia y el salvajismo? Tal vez, como la esposa de un obispo anglicano comentó al enterarse de la teoría de Darwin, “descendientes de los monos?! Mi Dios! Esperemos que no sea cierto, pero si lo es, recemos para que no se convierta en conocimiento general!”. Su comentario se hace eco del temor que conocer la verdadera naturaleza de nuestros antepasados ​​amenaza con deshacer nuestro tejido social construido a partir de miles de años.

Hemos perdido nuestro mito. Un mito es una historia, imaginada o real, que nos ayuda a hacer comprensible nuestra experiencia humana ofreciéndonos una construcción de la realidad. Se trata de una narración que arranca el orden del caos. No nos contentamos con ver los acontecimientos como desconectados, aleatorios e inexplicables. Anhelamos comprender el orden subyacente en el mundo. Un mito nos dice por qué las cosas son como son y de dónde vinieron. Un relato como este nos conforta asegurándonos que el sentido de nuestra existencia es algo útil. En efecto un mito es algo esencial. Sin un mito no hay un significado o propósito para la vida. Sólo hay un enorme e infinito vacío.

Los mitos son mucho más que explicaciones. Los mitos sirven de guía para los procesos mentales acondicionando nuestra forma de pensar e incluso la forma en que percibimos las cosas. Los mitos cobran vida constantemente al servir como modelos para el comportamiento humano. En la noche del viernes cuando comienza Shabbat (el día de descanso judío), a veces me imagino a Dios creado el mundo en una semana muy ocupada finalizando Su Creación -literalmente- con un descanso propicio luego de semejante tarea. Según la Biblia “Dios descansó y se recuperó” (shabbat va-yinnafash). Esta imagen mítica me permite hacer una pausa, ir más despacio, apreciar la creación. Al observar el Shabbat estoy literalmente imitando a Dios según el Génesis. Así, el orden re-emerge semanalmente del caos inminente de mi vida.

Pero ¿qué hacemos cuando los mitos de la tradición se han deshecho, cuando el Dios de la Biblia parece tan poco creíble? ¿Realmente hay alguien “allá arriba” controlando todo lo que ocurre “aquí abajo”, trazando el rumbo de la historia, rescatando a los necesitados, haciendo el recuento de nuestros actos buenos y malos registrándolos en los libros de la vida y la muerte, de la recompensa y el castigo? Muchas personas han perdido ya la creencia tradicional y son más propensos a experimentar un enorme vacío en lugar de vivir en plenitud de la presencia de Dios. Si creen en algo eso es tal vez la ciencia y la tecnología. ¿Y qué proporciona la ciencia a cambio de creer en ella? Proporciona el progreso en todos los campos a excepción de uno: el sentido último de la existencia. Algunos científicos insisten en que en realidad no existe algo así como “el sentido”. Como un físico destacado ha escrito: “cuanto más sabemos sobre el universo, más evidente se hace que el mismo es inútil y no tiene un sentido”.

El Big Bang es una historia contemporánea de la Creación del universo. La energía se convierte en materia y esa materia vuelve a convertirse en energía. No existe un plan preciso para lo que es creado y ni siquiera ese plan está elaborado de antemano. Por una combinación intrincada e irrepetible de azar y necesidad, la humanidad ha evolucionado a partir de y junto a un sinnúmero de otras formas de vida durante miles de millones de años. En última instancia, nuestra historia evolutiva es gratificante: nos permite ver que somos parte de una totalidad, de una misma unidad.

Ser “religioso” significa, en palabras de un físico contemporáneo, “tener un sentimiento intuitivo de la unidad del cosmos”. Esta unidad se basa en un hecho científico concreto: estamos hechos de lo mismo que todo el resto de la creación. Todo lo que es, fue y será comenzó conjuntamentea partir de un solo punto infinitesimal: la semilla cósmica.

La vida se ha ramificado desde entonces pero esto no nos debe cegar en su unidad subyacente. La maravilla más profunda es la unidad en y dentro de la diversidad. Esto se refiere a la gran variedad de manifestaciones materiales diferentes, únicas y particulares, emanadas todas de la misma fuente o energía. Tomar conciencia de esta unidad multifacética puede ayudarnos a vivir en armonía con otros seres humanos y con todos los seres vivos del planeta apreciando junto con todos nuestros compañeros en el tiempo y el espacio, nuestras propias transformaciones de energía y materia.

Si el Big Bang es nuestro nuevo mito Moderno de la Creación (la historia que explica cómo empezó el universo) entonces ¿quién es Dios? “Dios” es un nombre que damos a la unidad de todo.

¿Cómo se puede nombrar la unidad? ¿Cómo se puede nombrar lo innombrable? La tradición mística judía llamada Cabalá, nos ofrece una serie de posibilidades. Una de estas posibilidades esEin-Sof, literalmente: “Sin-Final”. Ein-Sof es el Infinito. Robando una frase de la mística cristiana, Meister Eckhart nos habla del “Dios más allá de Dios”.

Muchas veces los cabalistas utilizan un nombre más radical que Ein-Sof para referirse a Dios. Este nombre es ain – literalmente “nada” en el lenguaje hebreo. No solo encontramos este bizarro nombre entre los místicos judíos sino entre los cristianos también. Así, Juan Escoto Erígena escribiendo en latín llama a Dios “nihil”; Meister Eckhart en alemán lo llama “nichts” y San Juan de la Cruz en español lo define simplemente como la “nada”. Pero para estos hombres místicos y profundamente religiosos llamar a Dios “nada” no significa que Dios no existe. Esto no es ateísmo. Por el contrario, este nombre transmite la idea que Dios no es una “cosa”. Ni siquiera es una idea. Dios anima todas las cosas pero no puede ser contenido por ninguna de ellas. Dios es la unidad que existe en cada particular sin materialidad.

Esta mística “nada” no está vacía ni es estéril. Por el contrario es fértil y está desbordada de innumerables formas de vida. Los místicos enseñan que el universo emana de la “nada divina”. Del mismo modo, hemos visto que los cosmólogos hablan del vacío cuántico, un lugar lleno de potencial donde es generada la semilla cósmica. Este vacío no está realmente vacío. Es una espuma hirviente de partículas virtuales que constantemente aparecen y desaparecen.

¿Cómo emergió el universo desde una prolífica “nada”? Según la Cabalá y la teoría clásica del Big Bang, esta transición se caracterizó por un solo punto inicial.

Los físicos llaman a este punto una singularidad, un punto infinitamente denso en el espacio-tiempo. Una singularidad es a la vez destructiva y creativa. Cualquier cosa que cae dentro de unasingularidad se funde con ella perdiendo su identidad mientras que la energía que emerge de unasingularidad tiene el potencial para convertirse en cualquier cosa. Las leyes de la física no pueden aplicarse a ese instante de separación en el que la energía o la masa emergen.

Según Moisés de León -tal vez el cabalista judío más destacado del siglo XIII- “El principio de la existencia es un punto oculto y secreto. Este punto es el comienzo de todas las cosas ocultas que se extienden a partir de allí y emanan de acuerdo a su especie. Desde este único punto se pueden ampliar las dimensiones de todas las cosas”.

A medida que avanza la emanación, a medida que Dios comienza a desplegarse, el punto oculto y secreto inicial se expande en un círculo. Del mismo modo, sabemos que desde el Big Bang nuestro universo ha estado expandiéndose sin interrupciones. Sabemos esto gracias al astrónomo Edwin Hubble quien midió la velocidad en la que otras galaxias están constantemente alejándose de nosotros. En 1929, Hubble determinó que cuanto más lejos está una galaxia de nosotros, más rápido se está alejando. El universo se está expandiendo en todas las direcciones. Pero no es que el universo se expande en el espacio. El espacio en es el que se está expandiendo.

La consecuencia más dramática del descubrimiento de Hubble es lo que nos dice sobre el origen de nuestro universo. Simplemente invirtamos la teoría de Hubble: si el universo se está expandiendo significa que una vez fue mucho menor. ¿Qué tan pequeño fue el punto desde que se expandió? Según la teoría clásica del Big Bang, si nos remontamos lo suficiente en el espacio-tiempo y desandamos los caminos de las galaxias y su formación, toda la masa y energía del universo se contrae en un punto inicial, una singularidad, aquel punto infinitesimal del cual el cosmos emergió en su totalidad.

Un cabalista, Shimon Lavi, entendió la expansión como parte del ritmo de la creación y escribió:

 

“Con la aparición de la luz, el universo se expandió.

Con la ocultación de la luz, las cosas que existen fueron creadas en toda su variedad.

Este es el misterio del acto de la Creación.

Aquel que entiende entenderá”.

 

Cuando la luz brilló el tiempo y el espacio comenzaron. Pero dijimos que el universo al comienzo era una sopa indiferenciada de materia y energía. ¿Cómo emergió entonces la materia desde esta sopa contenida en la olla universal? El místico dice que la luz se ocultó. El científico diría que la energía se congeló. La materia es energía congelada. Ningún núcleo o átomo podría formarse sin que la energía se enfríe lo suficiente para poder atarla y empaquetarla en partículas estables de materia.

Einstein descubrió la equivalencia entre masa y energía. En última instancia, la materia no es distinta de la energía sino que simplemente es energía que ha asumido temporalmente un patrón particular. La materia es básicamente energía en forma tangible, ambos, materia y energía son en definitiva estados diferentes de un mismo continuo, nombres diferentes para dos cosas que en esencia son la misma cosa.

Al igual que el físico, el místico también está fascinado por la relación íntima de la materia y la energía aunque la descripción mística está concebida en una tonalidad diferente. La existencia material surge de ain, esa “nada” que representa la piscina de energía divina. En última instancia,el mundo no es otra cosa que Dios ya que esta energía divina se oculta dentro de todas las formas que existen. De no haber sido ocultado, no podría haber surgido la existencia individual. Todo se disolvería de nuevo en la unidad o mejor dicho la “nada”.

A mediados del siglo XVI en Tzfat, una ciudad ubicada en la cima de una montaña en Galilea, el cabalista más famoso que jamás haya existido – Isaac Luria – reflexionó sobre la creación y se preguntó: “¿Qué había antes?” Luria creía que sólo había Ein-Sof, es decir Dios como Infinito. Pero si Ein-Sof invadía todo el espacio, ¿cómo podría haber espacio para algo más que Dios? Luria llegó así a la conclusión que el primer acto de la creación no fue emanación sino contracción:

“Antes de la creación del universo, Ein-Sof se retiró a su esencia, de sí mismo para sí mismo dentro de sí mismo. Desde su esencia misma dejó un espacio vacío en el que podía emanar y crear”.

 

Este principio se conoce en la mística judía como tsimtsum que literalmente significa “contracción”. Esta contracción sugiere una especie de “retirada”. Una “retirada” en la cual Dios hizo espacio para algo más que Dios. El vacío primordial esculpido por tsimtsum se convirtió en el sitio de la creación: no más que un punto infinitesimal en relación con Ein-Sof y sin embargo lo suficientemente amplio como para albergar la totalidad del cosmos. Pero el vacío no estaba realmente vacío sino que mantuvo una huella: un residuo de la luz de Ein-Sof.

Al igual que el vacío que procedió al Big Bang, esa gran explosión, el Universo tampoco estaba completamente vacío sino en un estado de mínima energía, embarazado de potencial creativo y lleno de partículas virtuales.

Según Luria cuando Ein-Sof comenzó a desarrollarse, un rayo de luz divino se canalizó en el vacío a través de vasijas materiales. Todo iba bien al principio hasta que algunas de las vasijas -las menos transparentes- no pudieron resistir el poder de la luz. Se quebraron y la mayor parte de la luz que contenían volvió a su fuente Infinita: “al vientre de la madre”. Pero el resto, cayendo como chispas junto a fragmentos de vasijas rotas, quedaron atrapadas finalmente en la existencia material. Nuestra tarea de acuerdo a la Cabalá, es liberar estos destellos de luz y restaurarlos a la divinidad. Viviendo ética y espiritualmente, elevamos las chispas produciendo así un tikkun, una “reparación” del cosmos.

Si los recipientes originales no se hubieran roto nuestro mundo constituido por la  multiplicidad no existiría. Nosotros existimos porque hemos perdido la unidad.

La cosmología moderna tiene una teoría que es paralela a la ruptura de los recipientes: la teoría de la “simetría rota”.

La simetría puede ser inestable. Imagínense en una elegante cena de bodas, sentados junto a una docena de invitados alrededor de una mesa circular. Copas de champán se han colocado en forma precisa entre cada plato de comida y la siguiente: una perfecta simetría entre derecha e izquierda. Un camarero llena las copas con champán y todo el mundo se sienta, esperando a que alguien levante una copa. De golpe sentimos un poco de sed y al darnos cuenta de que las burbujas de color rosa no va a durar para siempre, decidimos tomar un sorbo. Pero, ¿qué copa deberíamos tomar? No estando completamente versados ​​en las reglas de una cena de etiqueta, podríamos fácilmente elegir la copa de la izquierda como la derecha. De cualquier manera al momento que tomemos una decisión eligiendo una copa o la otra, la simetría se rompe. A menos que todo el mundo tome simultáneamente la misma decisión, alguien tendrá que estirarse a través de la mesa para conseguir una copa restante. Uno de los retos de la ciencia es descubrir la simetría oculta dentro de la maraña de la vida ordinaria.

El universo empezó en un estado extremadamente caliente de máxima simplicidad simétrica. A medida que se expande y se enfría, esta simetría perfecta se rompe dando lugar al mundo de la diversidad y la estructura en que vivimos.

Para nosotros las fuerzas fundamentales de la naturaleza parecen hoy diferentes: separamos entre “la gravedad”, “el electromagnetismo” y otras dos fuerzas conocidas como “fuerzas nucleares fuertes y débiles”. El equilibrio entre estas fuerzas determina la existencia y el comportamiento de todo lo que existe en nuestro universo visible. Originalmente las cuatro fuerzas estaban vinculadas y hoy los científicos sueñan con encontrar un único conjunto de ecuaciones que describan la unión de ellas en una simple fórmula. En los últimos años, al chocar las partículas subatómicas, los físicos han descubierto que a temperaturas extremadamente altas las diferencias entre las fuerzas comienzan a desaparecer.

Hagamos un último acto de imaginación. Imaginen que viajan atrás en el tiempo llegando cada vez más cerca del momento del Big Bang. Cuanto más lejos en el tiempo viajan más caliente y más denso se torna el universo y las simetrías rotas comienzan a restaurarse. Viajan millones y billones de años en el tiempo. Finalmente llegan a la más mínima fracción de tiempo que un físico puede imaginar: 10 a la menos 43 segundos después del Big Bang, es decir una diez millonésima de una billonésima de una billonésima de billonésima de segundo, después del comienzo. Ir más allá de este punto es difícil porque la densidad de la materia se vuelve tan grande que la estructura y tal vez el sentido del espacio y el tiempo se descomponen. En este punto todas las interacciones entre las fuerzas fundamentales son indistinguibles. Alcanzamos así una simetría perfecta.

¿Cómo fue que la simetría del comienzo se distorsionó tanto en el transcurso del tiempo? A medida que el universo se expande y comienza a enfriarse, la radiación y las partículas pierden energía. Así es como las diversas fuerzas se distinguen unas de las otras.

Mientras tanto la materia también está perdiendo su unidad. En el momento en que el universo es sólo una mil millonésima de segundo de edad, hay cuatro fuerzas y dos docenas de partículas elementales. Esta fractura de la simetría crea las partículas de materia y energía que se encuentran hoy en día a nuestro alrededor – y dentro de nosotros mismos.

La simetría perfecta suena atractiva, pero es estéril. Si el motor principal no se hubiera roto en cuatro fuerzas, el universo sería un lugar muy diferente, si es que de hecho hubiese alguna vez existido. Las pequeñas desviaciones en la uniformidad perfecta dan lugar a los núcleos, átomos y moléculas; seguido de galaxias, estrellas, planetas y personas. Nosotros existimos en nuestra condición presente (con todos nuestros defectos e imperfecciones) gracias a la simetría rota. Al igual que nos enseña la Cabalá, nuestra confusa y manchada realidad se deriva de la ruptura de los recipientes o vasijas de luz divina.

La ruptura de la simetría y la ruptura de los vasijas son teorías distintas, cada una generada por un enfoque diferente con respecto a la cuestión del origen del universo: sin embargo, su resonancia es intrigante. La mente humana ha ideado estrategias alternativas – científicas y espirituales – para encontrar nuestro origen. Las dos estrategias son distintas pero complementarias. La ciencia nos permite sondear las partículas infinitesimales de la materia y las profundidades inimaginables del espacio comprendiendo cada una a la luz de la otra al buscar a tientas el camino de regreso hacia el principio. La espiritualidad nos conduce a través del espacio interior, nos desafía a recorrer nuestro camino interno hacia la unidad para vivir a la luz de lo que descubrimos.

Como hemos visto, los místicos judíos imaginan chispas divinas en cada cosa que existe. Un científico diría que hay energía latente en las partículas subatómicas. La tarea espiritual es elevar las chispas con el fin de restaurar el mundo a Dios siendo conscientes que cada cosa que hacemos, vemos, tocamos o imaginamos es parte de la unidad, parte de un patrón de energía. La elevación de las chispas divinas es una poderosa metáfora; transforma la religión de una larga lista sobre lo “permitido” y lo “prohibido” o una lista de dogmas en una aventura espiritual.

Dios no es un ser independiente que hasta “allí arriba”. Ella está aquí, en la corteza de un árbol, en la voz de un amigo, en el ojo de un extraño. El mundo está lleno de Dios. Puesto que Dios está en todo uno puede servir a Dios a través de todo. En la búsqueda de la chispa divina descubrimos que lo común es realmente espectacular.

El mundo está fracturado y Dios nos necesita para que lo arreglemos. Al arreglar el mundo – social, económica y políticamente – vamos curando a Dios, cuyas chispas se encuentran dispersas por todas partes.

Pero no debemos engañarnos a nosotros mismos. Nunca habrá un tikkun completo, una reparación completa del mundo. Las cosas nunca serán perfectas. La sociedad nunca será completamente justa. ¿Cómo terminará todo esto? ¿Hay un Mesías que viene a redimirnos? Los Mesías cautivan nuestra imaginación porque el mundo es injusto y la historia es volátil. Se nos dice que cuando venga el Mesías todo será corregido definitivamente: el bien finalmente triunfará y el mal será eliminado. Esa sería una buena noticia…pero ¿es esa la forma en que las cosas funcionan?

¿Cuál es el futuro a largo plazo de nuestro planeta según la ciencia? He aquí el pronóstico:

Nuestro Sol tiene unos cinco mil millones de años y es aún confiable. Sin embargo, cinco mil millones de años a partir de ahora, el combustible de hidrógeno en el núcleo del Sol se acabará. El núcleo se hundirá mientras que la atmósfera del Sol se expandirá engullendo varios de sus planetas más cercanos entre ellos probablemente la Tierra. Poco a poco la mayor parte de esta atmósfera se caerá dejando una bola densa y caliente de materia inerte.

La vida no necesariamente llegará a su fin. Para ese entonces los seres humanos (o cualquier tipo de vida inteligente relacionada cósmicamente con nosotros) habrán desarrollado la tecnología necesaria para pasar a otro sistema solar más seguro.

Mientras tanto, aquí estamos. Todavía tenemos bastante tiempo hasta el año 5 mil millones. No habrá perfección final. Nadie ha dispuesto el futuro antes de tiempo, nada está predeterminado. La probabilidad jugará un papel importante en la forma en la que se desarrollarán las cosas, del mismo modo que siempre lo ha hecho. Debemos aprender a negociar con el azar. Debemos trabajar en arreglar nuestras propias quebraduras, nuestro tejido social y nuestro planeta, de la mejor manera que podamos.

¿En qué clase de Dios podemos creer? La palabra hebrea emuná, “creencia o fe”, originalmente significaba confianza y fidelidad, tanto humana como divina. Sino confiamos en otras personas, no podemos amar; sino confiamos en los demás, no podemos construir ni sostener una comunidad. Pero, ¿cómo podemos confiar en el cosmos o en este Dios de la unidad?

Podemos confiar que somos parte de algo mayor: una vasta red de existencia en constante expansión y evolución. Podemos detenernos en el camino, abrazar un árbol y sentir la savia que corre por las venas. Cuando miramos el cielo nocturno podemos reflexionar que estamos hechos de elementos forjados en las estrellas y de las partículas que nacen en el Big Bang. Podemos sentir que estamos buscando aún la vuelta a casa. La vuelta al origen. Cuanto más lejos miramos en el espacio más viajamos atrás en el tiempo. Si vemos una galaxia a diez millones de años luz de distancia, estamos viendo esta galaxia tal como era hace diez millones de años luz. La galaxia se toma este largo tiempo para que su luz antigua pueda llegar hasta aquí ahora en forma nueva. Más allá de cualquier nueva estrella que alguna vez identifiquemos, se encuentra ante nosotros el horizonte del espacio-tiempo a catorce mil millones de años luz de distancia. Pero ni Dios ni el Big Bang están tan lejos. El Big Bang no ocurrió en algún lugar fuera de nosotros. Por el contrario, nosotros comenzamos nuestra historia en el interior de la gran explosión; hoy encarnamos la energía primordial. El Big Bang aún no se ha detenido.

¿Y qué hay Dios? Dios no es un objeto o un destino fijo. No hay una sola manera definitiva para llegar a Dios. Pero nuevamente, no es necesario llegar hacia algo que está en todas partes. Dios no está en otro lugar oculto de nuestra vista. Dios está aquí pero nosotros no podemos verlo. Estamos esclavizados por las rutinas. Corremos de un evento a otro, de una tarea a la otra y rara vez nos damos una pausa para observar el esplendor que está justo enfrente de nosotros. Nuestro sentido de la maravilloso se ha marchitado por culpa de nuestro ritmo de vida.

¿Entonces cómo podemos encontrar a Dios? Una pista la proporciona uno de los muchos nombres por como se llama a la Shejina -el aspecto femenino de Dios, la presencia divina en este mundo. En la Cabalá Ella se llama océano, jardín o huerto de manzanas. En hebreo Ella también se llama zot, que significa simplemente “esto“. Dios no está “afuera y arriba”. Dios esta “abajo y adentro”. Dios está aquí contigo en este mismo momento, renovado, inesperado, tomándote por sorpresa. Dios es “esto”.

Según tomado de, http://www.judiosyjudaismo.com/2012/06/dios-y-el-big-bang/ el lunes, 15 de diciembre de 2014. Este documento existe en castellano gracias al trabajo realizado por Diego Edelberg.

Direccion del documento original, en inglés:

http://www.srhe.ucsb.edu/lectures/text/mattText.html

Advertisements

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s