El lenguaje del alma

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¿Cómo hablamos con nuestros hijos sobre cosas como el amor, la bondad, la fe, el coraje, la honestidad o la confianza?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La comunicación con los niños es un desafío incluso bajo las mejores circunstancias. Y cuando intentamos hablar sobre cosas que son sumamente importantes, como los sentimientos y los rasgos de carácter de nuestros hijos, la tarea parece casi abrumadora. ¿Cómo hablamos con nuestros hijos sobre cosas como el amor, la bondad, la fe, el coraje, la honestidad o la confianza? A pesar de que estas son las cosas que más queremos comunicarles, son sobre las que nos es más difícil hablar.

La tarea se vuelve aun más difícil cuando esas virtudes y rasgos de carácter no son consistentes. Tienden a ser fluidos y abstractos. No se comportan de la misma manera en cada situación. Una bondad sin límites, aunque sea generosa y fluida, no siempre es sabia. La lealtad, aunque sea una cualidad exquisita, puede descarriar a nuestros hijos cuando se aplica ciegamente.

¿Cómo comprender esas sutilezas de forma suficientemente clara como para hablar sobre ellas con nuestros hijos? ¿Cómo, por ejemplo, distinguir entre el horror de la violencia y la necesidad de la guerra, la pureza de la honestidad y la crueldad implícita en hablar verdades innecesarias, auto confianza productiva y agresividad?

Para hacerlo sabiamente, se requiere comprensión de esas cualidades. Y un lenguaje, un vocabulario para expresar esas sutilezas. Pero, ¿dónde encontrar ese lenguaje? ¿Cómo explicar esos matices?

Hay una fuente que se nos revela específicamente en esta época del año. Es el lenguaje contenido en la “Cuenta del Omer”, una Mitzvá que hacemos durante los cuarenta y nueve días entre Pésaj y Shavuot.

Luego que los Hijos de Israel dejaran Egipto, pasaron cuarenta y nueve días hasta que recibieron los Diez Mandamientos en el Monte Sinaí. La tradición enseña que cada uno de esos días fue necesario para que los Hijos de Israel se refinaran a sí mismos y fueran merecedores de ese regalo. En cada día examinaron y corrigieron uno de sus rasgos y cualidades internas. Eran cuarenta y nueve en total.

Esos cuarenta y nueve rasgos estaban compuestos por siete atributos básicos. Cada uno de los siete conteniendo a los otros siete, comprendiendo así cuarenta y nueve.

Los cabalistas nos dicen que el alma del hombre incluye estos siete atributos básicos:

* Amor / Bondad (Jésed)

* Fuerza / Disciplina (Gevurá)

* Belleza / Armonía / Compasión (Tiferet)

* Victoria / Perseverancia / Determinación (Nétzaj)

* Humildad / Devoción (Hod)

* Fundación / Unión / Conexión (Iesod)

* Realeza / Dignidad (Maljut)

A medida que cumplimos con la Mitzvá de contar los días y semanas entre Pésaj a Shavuot, cada una de las siete semanas no dedicamos a un atributo distinto, una semana para la Bondad, otra para la Disciplina, otra para la Compasión, etc. En cada uno de los siete días de la semana refinamos cada uno de los siete aspectos del atributo de la semana. Por ejemplo, en la semana dedicada a la bondad, dedicaremos un día a refinar aquel aspecto de la bondad que requiere disciplina, otro día a refinar el aspecto de la bondad que requiere compasión, y así sucesivamente. Durante la semana que refinamos la belleza, dedicamos un día refinando el aspecto de la belleza que requiere dignidad, otro día al aspecto de la belleza que requiere humildad, hasta que hallamos refinado los siete aspectos de la belleza. En última instancia, todos los rasgos de carácter se derivan de combinaciones de estas siete características básicas. Cada cualidad interactúa continuamente con las otras, y al hacerlo, tiene la capacidad de modificar su expresión y efecto. Para ser completo, un rasgo de carácter debe incorporar a todos los siete, una falta o exceso de incluso uno de los siete lo corrompe y, en algunos casos, lo hace dañino. La disciplina, por ejemplo, fácilmente se puede, con una leve exageración, transformar en crueldad. Sabiendo esto, podemos usar esos atributos para comenzar a distinguir y explicar los caracteres y comportamientos de nuestros hijos y de nosotros mismos. Esos atributos, que contamos y refinamos en nuestro viaje de cuarenta y nueve días, pueden ser usados como los fundamentos de un nuevo lenguaje, el Lenguaje del Alma.

Este lenguaje nos dará un vocabulario que nos permitirá tanto nombrar e identificar como hablar con nuestros hijos sobre las cualidades que no son tangibles, que no pueden ser tocadas ni vistas, pero pueden ser expresadas en la acción.

Si aprendemos a hablar sobre estas cualidades internas con nuestros hijos en forma clara, específica y concreta, tenemos la posibilidad de entrar en sus corazones y mentes y abrir su propia habilidad de comunicarse consigo mismo y con nosotros desde una parte más profunda de si mismos.

Usando los siete atributos como guía podemos hablar a nuestros hijos no solo sobre qué es algo, sino cómo es de esa forma. Podemos no solo definir la bondad, sino también describir cómo se ve en la acción. ¿Siempre se ve de la misma forma? ¿Puede un mismo acto ser bondadoso en una situación y cruel en otra? ¿Puede una acción parecer cruel y aun así ser bondadosa? ¿Cómo y por qué?

La expresión de cualquiera de esos siete atributos requiere cambios dependiendo de las circunstancias, y resulta en una variedad de formas en las que una cualidad puede expresarse en distintas formas para enfrentar una determinada situación.

Si ser servicial es bueno, ¿por qué ayudar a alguien a robar no es bueno? Si ser valiente es importante, ¿por qué está mal hacer algo peligroso? Si ser leal es meritorio, ¿por qué no hacer lo que hacen los demás aun cuando piense que están haciendo algo dañino? Si la tolerancia conduce a un mundo más pacífico, ¿por qué debo, a veces, ponerme en contra de lo que alguien hace, o hacer una distinción entre lo que está bien y lo que está mal?

A medida que uno explora cada una de estas siete cualidades y comprende cómo se afectan unas a otras, comienza a ver que la falta o el agregado de alguna de ellas cambia drásticamente el significado o expresión de las otras.

Si bien la esencia del “amor” es “dar”, ¿consideraría que un niño es amoroso si le da una caja de fósforos a un amigo de cinco años, o si regala sin preguntar un juguete que pertenece a su hermano o hermana, o si dice una mentira para evitar que un amigo se meta en problemas?

Si dedica tiempo a reflexionar sobre cada uno de estos siete (bondad, disciplina, compasión, perseverancia, humildad, conexión y dignidad) y como interactúan entre sí, los puede usar como una lista de comprobación para ver cuál, si es que hay alguna, de esas cualidades está faltando o hay en exceso en una situación dada. Esto le permitirá hablar más fácilmente de ellas con sus hijos.

Veamos la confianza en uno mismo como ejemplo. Muchos deseamos alentar esta cualidad en nuestros hijos. Es un rasgo de carácter necesario para tener logros y ser independiente (ir contra la corriente). Sin embargo, sabemos que la confianza en uno mismo puede bordear en agresividad, y fácilmente convertirse en una cualidad que es abusada, resultando en algunos rasgos de carácter potencialmente desagradables. ¿Pero cómo explicar esta distinción a nuestros hijos? Intentemos aplicar la lista de nuestros siete atributos.

Por ejemplo, ¿cómo sería la confianza en uno mismo si le faltara el atributo del amor o la disciplina? ¿Cuántas veces se ha encontrado con alguien que dice confiar en sí mismo pero está lleno de hostilidad? ¿Puede su hijo confiar en sí mismo y ser compasivo (comprensivo y considerado por la necesidad de los otros) al mismo tiempo?

Por un lado, confiar en sí mismo le puede ayudar a su hijo a ser independiente y no dejarse llevar por los demás. Le puede evitar ser intimidado. Pero sin inculcar humildad y compasión en su hijo, ¿cómo puede estar seguro de que no se va a convertir en el próximo matón del barrio? La confianza sin humildad, aunque haga tener éxito, también se puede transformar en arrogancia.

¿Cuán efectiva sería la confianza de su hijo si le faltara disciplina? ¿Por qué a mucha gente que confía en sí misma y se dedica apasionadamente a un objetivo importante, le falta la capacidad de lograr cosas? ¿Puede ser que con toda su fuerza y entusiasmo le falte resistencia y disciplina?

¿Y cuán a menudo hemos encontrado gente confiada, disciplinada y comprometida que le falta apertura a nuevas ideas o la flexibilidad para responder a situaciones cambiantes? ¿Puede ser que les falte un sentido de conexión con un mundo grande y siempre cambiante? ¿No ven que sus acciones afectan este mundo en formas más grandes que ellos mismos, y que el mundo al que están conectados está constantemente afectándolos a ellos y a sus objetivos? O, faltándoles esta cualidad, tienden hacia un enfoque egoísta de la vida que los mueve hacia sus objetivos individuales a expensas de otros y sin un efecto positivo en el mundo a su alrededor.

Y finalmente, al tener confianza en sí mismo, su hijo debería tener un sentido de dignidad, un sentido de auto respeto y de ser merecedor del respeto de los demás. Considerándolo, ¿no se logra esto sólo si su hijo es capaz de confiar en si mismo de una forma amorosa, disciplinada y compasiva, ejerciendo resistencia y humildad, y dándose cuenta de las consecuencias de sus acciones en sí mismo y los demás? ¿Todos conocemos gente que confía en sí misma a la que le falta alguna de estas cualidades y consecuentemente no engendran nuestro respeto? ¿No tiene su hijo un compañero que parece obtener siempre lo que quiere, pero no es querido ni respetado por los otros niños? ¿Puede identificar uno o más de los siete atributos que le faltan a su hijo? ¿Puede ver cómo una falta en alguno de los siete atributos básicos puede tornar rápidamente una cualidad positiva en una negativa? ¿Le puede explicar esto a su hijo?

Luego de leer el párrafo anterior, ¿puede ahora imaginar una conversación con su hijo en la que intenta explicarle la diferencia entre confianza y agresividad usando los siete atributos como vocabulario? Si esta descripción le ha ayudado a comprender mejor la confianza, o le ha dado algún entendimiento de usted mismo o de alguien que conoce, entonces ha empezado a ver el Lenguaje el Alma en acción.

El autor desea agradecer la contribución del trabajo de Rabino Simon Jacobson para este artículo.

POR JAY LITVIN
Jay Litvin nació  en Chicago en 1944. se trasladó a Israel en 1993 para servir como enlace médico para el programa Jabad de los niños de Chernobyl, y tuvo un rol fundamental en elevar emocionalmente a los niños de las áreas contaminadas por el desastre nuclear de Chernobyl; también fundó y dirigió el programa de las víctimas del terror de Jabad en Israel. Jay falleció en abril de 2004 después de una valerosa batalla de cuatro años con un linfoma  Non-Hodgkin, y es sobrevivido por su esposa, Sharon, y sus siete niños.
Según tomado de, http://es.chabad.org/library/article_cdo/aid/1503813/jewish/El-lenguaje-del-alma.htm#utm_medium%3Demail&utm_source%3D94_magazine_es&utm_campaign%3Des&utm_content%3Dcontent, el viernes, 21 de abril de 2017.
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