Prólogo. Encuentro con Trifón
1. [1] Me paseaba por la mañana temprano por los jardines de Xysto(2), cuando apareció uno que (por allí) pasaba, al que otros acompañaban:
-Salud, filósofo, me dijo.
Al tiempo que así me saludaba, dio la vuelta y se puso a pasear a mi lado, y con él se volvieron también sus amigos. Yo, a mi vez, devolviéndole el saludo:
-¿Qué ocurre? -le dije.
[2] -Aprendí en Argos –me contestó- de Corinto el socrático que no hay que despreciar ni descuidar a los que visten hábito como el tuyo, sino mostrarles por todos modos estima y buscar su conversación, con el fin de sacar algún provecho o para él o para mí. Pues aún en el caso de aprovecharse uno solo de los dos, ya es un bien para entrambos. Por eso, siempre que veo a alguien que lleva ese hábito me acerco a él con gusto, y ésa es la causa porque ahora te he saludado también a ti de buena gana. Estos me vienen acompañando y también ellos esperan oír de ti algo de provecho.
[3] -¿Pero quién eres tú, oh el mejor de los mortales? (cf. Homero, Ilíada VI, 123; XV, 247; XXIV, 387) -le repliqué yo-, bromeando un poco.
Él me indicó, sencillamente, su nombre y su nacimiento:
– Yo me llamo Trifón -me dijo-, y soy hebreo de la circuncisión, que, huyendo de la guerra recientemente acabada, vivo en Grecia, la mayor parte del tiempo en Corinto.
-¿Qué tanto provecho -le dije yo- esperas tú sacar de la filosofía, que se pueda comparar al que encuentras en tu propio legislador y en los profetas?
-¿Pues qué? -me replicó-, ¿no tratan de Dios los filósofos en todos sus discursos y no versan sus disputas siempre sobre su unicidad y providencia? ¿O no es objeto de la filosofía el investigar acerca de Dios?
[4] -Ciertamente-le dije-, y ésa es también mi opinión; pero la mayoría de los filósofos ni se plantean siquiera el problema de si hay un solo Dios o hay muchos, ni si tienen o no providencia de cada uno de nosotros, pues opinan que semejante conocimiento no contribuye para nada a nuestra felicidad. Es más, intentan persuadirnos que si del universo en general y hasta de los géneros y especies se cuida Dios, pero ya no ni de mí ni de ti ni de las cosas particulares; pues de cuidarse, no le estaríamos suplicando día y noche.
[5] No es difícil comprender a qué extremos los conduce esto: los que así opinan, aspiran a la impunidad, a la libertad de palabra y de obra, a hacer y decir lo que les dé la gana, sin temer castigo ni esperar premio alguno de parte de Dios. ¿Cómo, en efecto, lo esperan quienes afirman que las cosas serán siempre las mismas, llegando hasta pretender que yo y tú hemos de volver a vivir vida igual a la presente, sin que nos hayamos hecho ni mejores ni peores? Otros, dando por supuesto que el alma es inmortal e incorpórea, opinan que ni aún obrando el mal han de sufrir castigo alguno, como quiera que lo incorpóreo es impasible, y siendo el alma inmortal, no necesitan ya para nada de Dios.
[6] Entonces él, sonriendo, cortésmente:
-Y tú -me dijo-, ¿qué opinas sobre todo esto, qué opinión tienes de Dios, y cuál es tu filosofía? Dínoslo.
Justino resume su itinerario filosófico
2. [1] -Sí-respondí-, yo te voy a decir lo que a mí parece. La filosofía, efectivamente, es en realidad el mayor de los bienes, y el más precioso ante Dios: ella sola que nos conduce y nos une a Él. Y son hombres de Dios, a la verdad, aquellos que se aplican a la filosofía. Ahora, qué sea en definitiva la filosofía y por qué les fue enviada a los hombres, cosa es que se le escapa a la mayoría; pues en otro caso, siendo como es ella ciencia una, no habría platónicos, ni estoicos, ni peripatéticos, ni teóricos, ni pitagóricos.
[2] Quiero explicarles por qué ha venido a tener muchas cabezas. El caso fue que a los primeros que a ella se dedicaron y que se hicieron célebres, les siguieron otros que ya no hicieron investigación alguna sobre la verdad, sino que, llevados de la admiración por la firmeza, el dominio de sí y la novedad de las doctrinas de sus maestros, sólo tuvieron por verdad lo que cada uno había aprendido de su maestro; luego, transmitiendo a sus sucesores doctrinas semejantes y otras similares, cada escuela tomó el nombre del que fue padre de su doctrina.
[3] Yo mismo, en mis comienzos, deseando también tratar con alguno de estos filósofos, me puse en manos de un estoico. Pasé con él bastante tiempo; pero dándome cuenta que nada adelantaba en el conocimiento de Dios, sobre el que tampoco él sabía palabra ni decía ser necesario tal conocimiento, me separé de él y me fuí a otro, un peripatético, hombre agudo, según él creía. Este me soportó bien los primeros días; pero pronto me indicó que habíamos de señalar honorarios, a fin de que nuestro trato no resultara sin provecho. Yo le abandoné por esta causa, pues ni filósofo me parecía en absoluto.
[4] Pero mi corazón estaba lleno del deseo de oír lo que es peculiar y más excelente en la filosofía; por eso me dirigí a un pitagórico, reputado en extremo, hombre que tenía muy altos pensamientos sobre la propia sabiduría. Apenas me puse al habla con él, con intención de hacerme oyente y discípulo suyo:
-¿Cómo? -me dijo- ¿ya has cursado música, astronomía y geometría? ¿Te imaginas que alguna vez vas a contemplar una de aquellas realidades que contribuyen a la felicidad, sin aprender primero lo que puede separar al alma de lo sensible, y prepararla para lo inteligible, de modo que pueda ver lo bello en sí y lo que es en sí bueno?
[5] Me hizo un largo panegírico de aquellas ciencias, me las presentó como necesarias, y, confesándole yo que las ignoraba, me despidió. Como es natural me molestó haber fracasado en mi esperanza, tanto más cuanto que yo creía que aquel hombre sabía algo. Por otra parte, considerando el tiempo que tendría que gastar en aquellas disciplinas, no pude sufrir diferirlo para tan largo plazo.
[6] Estando así perplejo, me decidí, por fin, a tratar también con los platónicos, pues gozaban también de mucha fama. Justamente, por aquellos días había llegado a nuestra ciudad un hombre inteligente, una eminencia entre los platónicos. Con éste tenía yo mis largas conversaciones y progresaba, así cada día hacía progresos notables. La consideración de lo incorpóreo me cautivaba; la contemplación de las ideas daba alas a mi espíritu (cf. Platón, Fedro 249c; 255d); me imaginaba haberme hecho sabio en un santiamén, y mi necedad me hacía esperar que de un momento a otro iba yo a contemplar al mismo Dios. Porque tal es la finalidad de la filosofía de Platón.
El encuentro de Justino con el Anciano. ¿Cuál es el verdadero objeto de la filosofía?
3. [1] Con esta disposición de ánimo, determiné un día henchirme de abundante soledad y huir de los caminos de los hombres, por lo que marché a un lugar retirado, no lejos del mar. Cerca ya de aquel sitio, donde me proponía, una vez que llegase, estar ante mí mismo, me iba siguiendo, a poca distancia, un anciano, de aspecto no despreciable, que daba señas de poseer bondadoso y venerable carácter. Me dí vuelta, me detuve, y clavé fijamente en él mi mirada.
[2] Entonces él preguntó: -¿Es que me conoces?
Le contesté que no.
-¿Por qué, pues -me dijo-, me miras de esa manera?
-Estoy maravillado -contestéle- de que hayas venido a parar a donde yo, cuando no esperaba hallar aquí a ningún hombre.
-Ando preocupado -me repuso él- por unos familiares míos: se encuentran lejos de aquí, en otro país. Vengo, pues, yo mismo a preguntar por ellos, y mirar si aparecen por alguna parte. Y a ti -concluyó- ¿qué te trae por acá?
Me gusta -le dije- pasar así el rato, pues puedo sin estorbo conversar conmigo mismo. Y es así que, para quien siente gusto por la razón, no hay parajes tan propicios como éstos.
[3] -¿Luego tú eres -me dijo- un amigo de la razón, y no de la acción y de la verdad? ¿Cómo no tratas de ser más bien hombre práctico que no sofista?
-¿Y qué obra -le repliqué- mayor cabe realizar que la de mostrar cómo la razón lo gobierna todo, y, abrazándola y dejándonos por ella conducir (cf. Platón, Fedón 85c-d), contemplar el extravío de los otros y que nada en su género de vida hay sano ni grato a Dios? Porque sin la filosofía y la recta razón no es posible que haya sabiduría. De ahí que sea preciso que todos los hombres se den a la filosofía y ésta tengan por la más importante y más preciosa obra, dejando todas las otras actividades en segundo y tercer lugar (cf. Platón, Timeo 41d); que si se las hace depender de la filosofía, aún podrán pasar por cosas de moderado valor y dignas de aprobación; pero si de ella se separan, y sin su compañía, son inoportunas y vulgares para quienes las realizan.
[4] -¿La filosofía, pues -me replicó- produce felicidad?
-Ciertamente -le contesté- y sola ella.
-Pues dime -prosiguió-, si no tienes inconveniente, ¿qué es la filosofía y cuál es la felicidad que ella produce?
-La filosofía -le respondí- es la ciencia del ser y el conocimiento de lo verdadero, y la felicidad es la recompensa de esta ciencia y de esta sabiduría.
[5] -Y por tu parte, ¿a qué llamas tú el ser? -me dijo-.
-Lo que siempre es del mismo modo e invariablemente, y es causa de la existencia de todos los demás (cf. Platón, República 484b), esto es propiamente Dios.
Tal fue mi respuesta, y como mostraba gusto en escucharme, prosiguió preguntándome:
-Ese nombre de ciencia, ¿no es común a diferentes cosas? Porque en todas las artes, el que las sabe se llama sabio en ellas, por ejemplo, la estrategia, la náutica, la medicina. En lo referente a las realidades divinas y humanas, ¿no pasa lo mismo? ¿Hay alguna ciencia que nos procure el conocimiento de las cosas mismas divinas y humanas, e inmediatamente nos haga ver lo que en ellas hay de divinidad y de justicia?
-Claro que sí -le respondí-.
[6] -Entonces, ¿es lo mismo saber del hombre o de Dios que saber música, aritmética, astronomía u otra materia semejante?
-De ninguna manera -contesté-.
-Luego no me respondiste bien antes -me dijo él-. Porque hay conocimientos que nos vienen del aprendizaje o de cierto ejercicio; otros, por la visión directa. Por ejemplo, si alguien te dijera que hay allá en la India un animal de naturaleza distinta a todos los otros, sino que es así o asá, múltiple de forma y de color vario, no sabrías lo que es antes de verlo, y de no haberlo oído a quien lo vio, no podrías decir de él ni una palabra.
[7] -Cierto que no -le contesté-.
-¿Cómo, pues -me replicó-, pueden los filósofos tener una justa concepción de Dios o hablar de él con verdad, si no tienen ciencia de Él, puesto que ni le han visto ni le han oído jamás?
-Pero la divinidad -le repliqué- padre, no por los ojos que para esos filósofos lo divino es visible, como los otros vivientes, sino sólo comprensible por el pensamiento, como dice Platón, y yo lo creo.
¿Puede el alma ver a Dios?
4. [1] ¿Luego -me dijo-, es que nuestro pensamiento está dotado, en cualidad y en capacidad, de una tal fuerza, ya que anteriormente no pudo percibir por los sentidos? ¿O es que la inteligencia humana jamás será capaz de ver a Dios, sin estar adornada por el espíritu de santidad?
-Platón, en efecto -contesté yo-, afirma que tal es el ojo del espíritu (cf. Platón, República 533d; Fedón 66b-67c) y que justamente nos ha sido dado para contemplar, con ese mismo ojo, siempre que sea puro y sencillo (cf. Platón, Fedón 65e-66a), al ser mismo, que es causa de todo lo inteligible, sin color, sin forma, sin tamaño, sin nada de cuanto el ojo ve (cf. Platón, Fedro 247c); sino que es el ser mismo, más allá de toda esencia (cf. Platón, República 509b), inefable e inexplicable (cf. Platón, Timeo 28c; Epístola 7,341c-d); único bello y bueno (cf. Platón, República 509b); es súbitamente (cf. Platón, República 210e-211a) que las almas que están naturalmente bien dispuestas, tienen la intuición, por su afinidad y su deseo de verlo (cf. Máximo de Tiro, Disertaciones filosóficas 11,9d).
[2] -¿Cuál es, entonces -me dijo-, nuestro parentesco con Dios? ¿Es que el alma es también divina e inmortal y una partícula de aquel soberano espíritu? Y como aquella ve a Dios, ¿también podremos nosotros, con nuestro espíritu, alcanzar a comprender la divinidad y gozar desde ahora la felicidad?
-Absolutamente -le dije-.
-¿Y todas las almas -preguntó- de los vivientes tienen la misma capacidad, o es diferente el alma de los hombres del alma de un caballo o de un asno?
-No hay diferencia alguna -respondí-, sino que son en todos las mismas.
[3] -Luego también -concluyó- verán a Dios los caballos y los asnos, o le habrán ya visto alguna vez.
-No -le dije-, pues ni siquiera le ve la mayor parte de los hombres, a no ser que se viva con rectitud, después de haberse purificado con la justicia y todas las demás virtudes.
-Luego -me dijo- no ve el hombre a Dios por su parentesco con Él, ni porque es espíritu, sino porque es sabio y justo.
-Así es -le contesté-, y porque tiene la facultad con que conocer a Dios.
-¡Muy bien! ¿Es que las cabras y las ovejas pueden cometer injusticia contra alguien?
-Contra nadie en absoluto -le conteste-.
[4] -Entonces -replicó-, según tu razonamiento, también estos animales verán a Dios.
-No, porque su cuerpo, dada su naturaleza, les es impedimento.
-Si estos animales -me interrumpió- tomaran voz, sábete que tal vez a justo título se desatarían en injurias contra nuestro cuerpo. Pero, en fin, dejemos ahora esto, y concedido como tú dices. Dime sólo una cosa: ¿Ve el alma a Dios mientras está en el cuerpo, o separada de él?
[5] –Incluso -respondí-, aun estando el alma en la forma de hombre, le es posible llegar ahí por medio del espíritu; sin embargo, desatada del cuerpo y venida a ser ella misma, entonces es cuando alcanza aquello que por tanto tiempo había deseado.
-¿Y se acuerda de ello cuando vuelve otra vez al cuerpo de un hombre?
-No me parece -respondí-.
-Entonces -repuso él-, ¿qué provecho han sacado de verlo, o qué ventaja tiene el que vio sobre el que no vio, cuando de ello no queda ni recuerdo?
[6] -No sé qué responderte -le dije-.
Y ¿qué pena sufren -me dijo- las que son juzgadas indignas de esta visión?
-Viven encarceladas en cuerpos de bestias, y esto constituye su castigo (cf. Platón, Fedro 81d; Timeo 92c).
-Ahora bien -me replicó-, ¿saben ellas que por esta causa viven en tales cuerpos, en castigo de algún pecado?
No lo creo.
[7] -Luego, según parece, tampoco éstas -concluyó- sacan provecho alguno de su castigo, y aun diría yo que ni castigo sufren, desde el momento que no tienen conciencia de ser castigadas.
-Así es, en efecto.
-En conclusión -me dijo-, ni las almas ven a Dios, ni transmigran a otros cuerpos; pues sabrían que es ése su castigo y temerían en lo sucesivo cometer el más ligero pecado. Ahora, que sean capaces de entender que existe Dios y que la justicia y la piedad son un bien, también yo te lo concedo.
-Tienes razón -le contesté-.
El alma no es una naturaleza inmortal
5. [1] -Así, pues, nada saben aquellos filósofos sobre estas cuestiones, pues no son capaces de decir ni qué cosa sea el alma.
-No parece que lo sepan.
-Tampoco, por cierto, hay que decir que sea inmortal, pues si es inmortal, claro es que tiene que ser increada.
-Sin embargo -le dije yo-, por increada e inmortal la tienen algunos, los llamados platónicos.
-¿Y tú también -me dijo él- tienes el mundo por increado?
-Hay quienes lo dicen, pero no soy de su opinión.
[2] -Y haces bien. Pues ¿por qué motivo un cuerpo tan sólido, resistente, compacto y variable, que cada día perece y nace, ha de pensarse razonablemente que no procede de algún principio? (cf. Platón, Timeo 28b-c) Ahora bien, si el mundo es creado, forzoso es que también lo sean las almas y que haya un momento en que no existan. Porque, efectivamente, fueron hechas por causa de los hombres y de los otros seres vivientes, aún en el supuesto de que tú digas que fueran creadas absolutamente separadas y no juntamente con sus propios cuerpos.
-Así parece ser exactamente.
-¿No son, entonces, inmortales?
-No, puesto que el mundo nos pareció ser creado.
[3] -Sin embargo, yo no afirmo que todas las almas mueran, lo que sería una verdadera suerte para los malvados (cf. Platón, Fedón 107c). ¿Qué digo, pues? Que las de los piadosos permanecen en un lugar mejor, y las injustas y malas, en otro peor, esperando el tiempo del juicio. Así, unas que han aparecido dignas de Dios, ya no mueren; otras son castigadas mientras Dios quiera que existan y sean castigadas.
[4] -¿Acaso vienes tú a decir lo mismo que deja entender Platón en el “Timeo” sobre el mundo, es decir, que en sí mismo, en cuanto fue creado, es también susceptible de disolución y corruptible, pero que no se disolverá ni tendrá parte en la muerte por designio de Dios? (cf. Platón, Timeo 41b). ¿Así te parece a ti también acerca del alma y, en general, acerca de todo lo demás? Porque (según tu opinión Platón declara que) cuanto después de Dios es o ha de ser jamás, todo tiene naturaleza corruptible y capaz de desaparecer y dejar de existir. Sólo Dios es increado e incorruptible, y por eso es Dios; pero todo lo demás fuera de Dios es creado y corruptible.
[5] Por esta causa mueren y son castigadas las almas. Porque si fueran increadas, ni pecarían ni estarían llenas de insensatez, ni serían ora cobardes, ora temerarias, ni pasarían voluntariamente a los cuerpos de cerdos, serpientes o perros, ni fuera tampoco lícito, de ser increadas, obligarlas a ello. Lo increado, en efecto, es semejante a lo increado, y no sólo semejante, sino igual e idéntico, sin que sea posible que uno sobrepase a otro en poder ni en honor.
[6] De donde precisamente se sigue que el no engendrado no puede ser múltiple. Porque si en ellos hubiera alguna diferencia, jamás pudiéramos dar con la causa de ella por más que la buscáramos, sino que, remontándonos con el pensamiento hasta lo infinito, tendríamos que parar, rendidos, en un solo increado, y decir que él es la causa de todo lo demás.
-¿Acaso -pregunté yo- todo eso se les pasó por alto a Platón y Pitágoras, hombres sabios, que han venido a ser para nosotros como la muralla y fortaleza de la filosofía?