Los límites del libre mercado

por Rabino Jonathan Sacks

Mientras escribía este ensayo, el titular de un periódico me llamó la atención: “Las personas más ricas del Reino Unido han desafiado la recesión y se han vuelto aún más ricas durante el último año”. Esto a pesar de que la mayoría de las personas se ha vuelto más pobre, o al menos ha visto que sus ingresos no han aumentado desde la crisis financiera de 2008. Como dice el refrán, “no hay nada más cierto: los ricos se hacen cada vez más ricos y los pobres, más pobres”. La legislación social de Behar se enfoca en este fenómeno.

Vaikrá 25 establece una serie de leyes cuyo objetivo es corregir la tendencia hacia la cada vez mayor y más radical desigualdad producto de la economía de libre mercado. Así, tenemos el año sabático en el que las deudas son canceladas, la tierra queda sin explotar y sus productos, que no deben ser cosechados, pertenecen a todo el mundo. Encontramos el año del Jubileo, en el que, con algunas excepciones, la tierra ancestral retornó a sus propietarios originales. Encontramos también la orden de ayudar a los necesitados: “Si alguno de tus hermanos israelitas empobrece y no es capaz de mantenerse, ayúdalo como lo harías con un extranjero o un desconocido, así podrá continuar viviendo cerca de ti”.1 Y existía la obligación de tratar a los esclavos no servilmente, sino como “trabajadores contratados o residentes temporales”.2

Como bien señaló Heinrich Heine: “Moshé no quería abolir la propiedad privada; deseaba, por el contrario, que todo el mundo tuviera algo, de modo que nadie, debido a su pobreza, fuese un esclavo con mente esclava. La libertad fue siempre el pensamiento más importante de este gran emancipador, y todavía respira y brilla en todas sus leyes referidas a la pobreza”3 .

A pesar de la antigüedad de estas leyes, una y otra vez han inspirado a quienes luchan por la libertad, la equidad y la justicia. El verso sobre el Año del Jubileo, “Proclama la libertad para toda la tierra y a todos sus habitantes”4 , está inscrita en la Campana de la Libertad de Filadelfia. El movimiento internacional que comenzó a finales de los años 90, que involucró a más de 40 países para hacer campaña por la cancelación de la deuda del Tercer Mundo, fue llamado Jubileo 2000 y se inspiró directamente en esta parte de la Torá.

Es inusual relacionar la Torá con la política económica. Resulta evidente que no podemos hacer ninguna inferencia directa de leyes hechas hace más de tres mil años, en una época agrícola y para una sociedad que vivía con consciencia bajo la soberanía de Di-s, y relacionarlas a las circunstancias del siglo XXI, con su economía global y sus corporaciones internacionales. Entre los textos antiguos y la aplicación en nuestros tiempos, está el proceso cuidado de la tradición y la interpretación (Torá shebe’al pe).

No obstante, pareciera haber algunos parámetros importantes. El trabajo —ganarse la vida y el pan de todos los días— tiene dignidad. Un salmo dice: “Cuando comes gracias al trabajo hecho por tus manos, eres feliz y te irá bien”5 . Decimos esto cada sábado por la noche, en el comienzo de la semana laboral. A diferencia de las culturas aristocráticas como la de la antigua Grecia, el judaísmo nunca fue desdeñoso con el trabajo o la economía productiva. Y no es partidario de la creación de una clase ociosa. “El estudio de la Torá sin una ocupación fracasa y lleva al pecado”6 .

Por eso, a menos que existan razones de peso, uno tiene derecho a los frutos de su trabajo. El judaísmo desconfía de los grandes gobiernos que violan la libertad. Esa es la esencia de la advertencia del profeta Shmuel acerca de la monarquía: un rey, dice, “tomará lo mejor de tus campos y viñedos y olivares y se lo dará a sus asistentes […]. Él tomará una décima parte de tus rebaños, y ustedes serán sus esclavos”7 .

El judaísmo es la religión de gente nacida en la esclavitud, anhelante de redención; y el gran agravio de la esclavitud contra la dignidad humana es que priva de tener la riqueza que uno crea. En el corazón de la Biblia hebrea está el Di-s que busca la libertad de culto del ser humano libre, y la propiedad privada es una de las defensas más poderosas de la libertad, como base de la independencia económica. La sociedad ideal prevista por los profetas es aquella en la que cada persona es capaz de sentarse “debajo de su vid y de su higuera”8 .

La economía libre utiliza el combustible de la competencia para mantener el fuego de la invención. Mucho antes que Adam Smith, el judaísmo había aceptado la idea de que los mayores avances son a menudo provocados por unidades poco espirituales. “Noté”, dice el autor de Kohelet, “que todo trabajo y todo logro florece de la envidia por el prójimo”. O como los sabios talmúdicos dijeron: “Si no fuera por la inclinación al mal, nadie construiría una casa, se casaría con una mujer, tendría hijos, o participaría en un negocio”. Los rabinos incluso favorecieron el libre mercado en la propia esfera de la educación judía. Un maestro establecido, dicen, no puede oponerse a un rival en una competencia. La razón que dieron fue simple: “Los celos entre los eruditos aumenta la sabiduría”.

La economía de mercado es el mejor sistema que conocemos para aliviar la pobreza a través del crecimiento económico. En una sola generación, en los últimos años, ha sacado de la pobreza a 100 millones de indios y 400 millones de chinos, y los sabios vieron la pobreza como un ataque a la dignidad humana. La pobreza no es una condición bendita u ordenada divinamente. Es, dicen los rabinos, “una especie de muerte” y “peor que cincuenta plagas”. Ellos dicen: “Nada es más difícil de soportar que la pobreza, porque el que es aplastado por la pobreza es como uno al que todos los problemas del mundo se le aferran y sobre el cual todas las maldiciones de Devarim parecen haber descendido. Si todos los otros problemas se colocan de un lado y la pobreza en otro, la pobreza los supera a todos”.

Sin embargo, la economía de mercado es mejor produciendo riqueza que repartiéndola de forma equitativa. La concentración de la riqueza en pocas manos otorga un poder desproporcionado a algunos a costa del resto. Hoy, en Gran Bretaña no es inusual que los CEO más exitosos ganen al menos 400 veces más que sus empleados. Esto no produjo crecimiento económico o estabilidad financiera, sino todo lo contrario. Mientras escribo estas palabras, uno de los asesores de Margaret Thatcher, Ferdinand Mount, acaba de publicar una crítica sobre la desregulación financiera introducida por ella: Los nuevos pocos. El reciente libro del economista surcoreano Ha-Joon Chang, 23 cosas que no te cuentan sobre el capitalismo, es igual impresionante. No es una crítica a la economía de mercado, que él cree que es el mejor sistema que existe. Pero, en sus palabras, “necesita de un cuidado y una regulación cuidadosa”.

Eso representa la legislación contenida en Behar. Nos dice que un sistema económico debe existir dentro de un marco moral. No necesariamente debe tender hacia la igualdad económica, pero debe respetar la dignidad humana. Nadie debe quedar preso de forma permanente en las cadenas de la deuda. Nadie debe ser privado de una participación en la riqueza general, que en los tiempos bíblicos significaba poseer una parte de la tierra. Nadie debe ser esclavo de su empleador o empleadora. Toda persona tiene derecho —un día cada siete, un año cada siete— de descansar de las infinitas presiones del trabajo. Nada de esto significa desmantelar la economía de mercado, pero puede implicar su periódica redistribución.

En el corazón de estas leyes se encuentra una visión profundamente humana de la sociedad. “Nadie es una isla”. Somos responsables unos de otros y estamos implicados en el destino del otro. Quienes son bendecidos por Di-s con más de lo que necesitan, deben compartir algo de ese exceso con los que tienen menos de lo que necesitan. Esto, en el judaísmo, no es una cuestión de caridad, sino de justicia: eso es lo que significa la palabra tzedaká. Necesitamos un poco de este espíritu en las economías avanzadas de la actualidad si no queremos ver miseria humana y malestar social.

Nadie lo dijo mejor que Ieshaiau en el primer capítulo del libro que lleva su nombre:
Busquen justicia, alienten al oprimido,
Defiendan la causa del huérfano,
Defiendan la causa de la viuda…
La humanidad no fue creada para servir a los mercados. Los mercados se hicieron para servir a la imagen de Di-s que es la humanidad.

Notas al Pie

1.25:35.

2. 25:40.

3. Israel Tabak, Judaic Lore in Heine, Johns Hopkins University Press, reimpresión, 1979, 32.

4. 25:10.

5. Salmos 128:2.

6. Avot 2:2.

7. 1 Shmuel 8.

8. Micá 4:4.

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