¿Se puede ser inteligente y también una persona de fe? Una respuesta al ateo arrogante

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por Diego Edelberg

Cuando me presento como una persona de fe, una persona que tiene esperanza, que cree en Dios, que cree en lo misterioso e inefable, que cree en lo sagrado y oculto que se devela en la Tora, automáticamente un gran número de personas considera que debo ser poco inteligente o menos sofisticado que ellas como para necesitar estructuras que estas mismas personas definen como infantiles, irracionales, dogmáticas o débiles. Creen que necesito engañar a mi mente y creer en estas cosas ilógicas para tener un ordenamiento en mi vida buscando protección de algún miedo inconsciente aún no identificado (quizás miedo a la muerte, la soledad, el sinsentido o la libertad absoluta). 

Una de los elementos más egocéntricas y arrogantes de nuestra era es la cantidad de gente que se auto congratula y se felicita a sí misma por ser orgullosamente atea y no creer en nada, como si esto significara que alguien es más inteligente porque no precisa de narrativas mitológicas creadas para personas débiles o menos sofisticadas que necesitan una especie de “voz paterna” que les indica cómo vivir mientras le define qué es lo bueno y qué es lo malo en la vida. El ateo radical se enorgullece de creer que puede decidir qué es lo bueno y lo malo y de no precisar de ningún ordenamiento social heredado de carácter metafísico, ya que entiende que el ser humano es la medida de todas las cosas. Quienes no creemos que la ética puede ser definida por la propia consciencia moral de cada individuo, ni tampoco creemos en que no existe ningún tipo de bien o mal en el mundo ya que todo es absolutamente relativo y aleatorio, somos vistos muchas veces como débiles o poco sofisticados.

Lo primero que me genera incomodidad en este tipo de posición atea radical y arrogante es su falta de conexión y continuidad con la antigüedad y la historia del pensamiento de la humanidad. Si uno se interesa por leer a los grandes escritores, filósofos, pensadores y artistas de la historia de la humanidad eliminando de esa lista todos aquellos que consideraron y contemplaron la posibilidad en sus pensamientos de algo metafísico, misterioso e inexplicable, la lista que queda no solo es minúscula sino que dicho pensamiento no logró perdurar como sello de nuestra especie. Por eso cuando uno escucha los argumentos de un ateo arrogante, generalmente descubre que son presentados como argumentos egocéntricos lógicos mientras que los de una persona de fe, de un creyente, de un religioso como yo, son interpretados por el mismo ateo radical como el producto de una neurosis psicológica.

El problema es la arrogancia

Cada día estoy más convencido que el universo no puede ser reducido al resultado numérico que da un examen de coeficiente intelectual como definición de verdad e inteligencia. La declaración del Shema Israel, la creencia de una unicidad cósmica en la que todo lo que existe está relacionado con todo lo que existió y existirá, me lleva a vivir una vida más plena frente a cualquier otra explicación que conozco y que compite con esta idea. Incluso la declaración agnóstica representada en el “ realmente no lo sé” me satisface más porque no es una explicación sino una declaración de ignorancia y en tanto de humildad. Sin embargo, esto no es lo que argumentan los ateos arrogantes que dicen con soberbia “saber la verdad de algo” que yo no sé y no entiendo porque no estoy capacitado para verlo como ellos. 

Pero tampoco es así porque en el fondo también creo que el ateo cree que no cree. Es decir, el ateo también tiene una creencia. La creencia que cree no creer en nada. Sin embargo, la decisión de privilegiar ciertas creencias o explicaciones como realidad más auténtica por encima de otras posibilidades, si uno se considera realmente inteligente más allá de su ateísmo, agnosticismo o religiosidad, debe asumirlas con humildad. Al fin de cuentas lo que todos humildemente hacemos, ateos, agnósticos y religiosos, es decidir creer en algún tipo de afirmación tentativa e incomprobable para todos nosotros de la realidad y luego habitar y vivir la vida en esa afirmación. Lo hacemos libremente sabiendo que es posible traer otra explicación que otra persona puede decidir habitar. 

Los ateos arrogantes deberían admitir que quizás se equivocan. Los que nos declaramos religiosos también debemos reconocer que podríamos llegar a estar equivocados. Es cierto, todo podría ser un accidente de la química sin ningún significado más allá del que nosotros le hemos asignado dentro de un contrato de lectura o acuerdo interpretativo. En lo personal, pensar esta idea está lejos para mi de poder sentirla como la realidad que experimento. Puedo pensar, es decir puedo concebir en mi mente la idea que el planeta que habito, este lugar que me da aire y alimento en forma increíblemente sofisticada es un accidente de la química. Puedo también pensar, imaginar o concebir la idea que junto a mis seres queridos todo lo que me emociona pero no puedo expresar en palabras es porque somos monos sofisticados con ideas creativas y una poderosa imaginación. Sin embargo, mi experiencia de la vida no reafirma esta idea, imaginación o pensamiento que mi mente produce. Que mi mente pueda pensar o imaginar cosas no necesariamente significa que las creo como realidad ni se sostienen como experiencia real para mí. No creo todo lo que mi mente concibe. Tampoco conozco persona aún que no me diga que más allá que pueda pensar o imaginar ideas ateas, hay ciertas cosas que experimenta o ha experimentado de su vida con una sincronicidad y conexión metafísica misteriosa e inexplicable de eventos y sentimientos.

¿Cuál es tu placebo?

Yo sé que mi vida es mejor cuando siento que soy parte de algo más grande e importante que mi propia existencia. Experimento esta sensación -incluso si llegara a ser un placebo- nutrida de amor, asombro, curiosidad y gratitud por mi existencia. Y aquí es importante entender que cómo evaluamos las cosas que vivimos y sentimos no necesariamente es porque son una “verdad” lógica o coherente producida por nuestros pensamientos, nuestra mente, nuestra imaginación o nuestras ideas. Los ateos arrogantes que conozco sufren mucho más por el sin sentido de la vida, por tratar de entender su identidad y pertenencia, por no saber quienes son y qué se suponen que deben hacer con su existencia que las personas creyentes que conozco. Porque si decido guiarme por el placebo del ateísmo y me declaro orgullosamente ateo entonces, ¿para qué hacer algo si nada si tiene sentido? ¿Para qué traer hijos al mundo? ¿Para qué intentar salvar una vida o luchar por un mundo mejor? ¿Para qué inventar algo o trabajar? ¿Para qué esforzarse o aprender algo nuevo? Si no creo en nada para que vivir por algo.

Lo que la vida religiosa me otorga no es solamente esperanza sino también resiliencia y propósito. Yo sé muy bien para qué me levanto cada mañana y por qué debo agradecer a Dios por haberme dado otro día para ver a mi familia y realizar mi tarea en esta vida. Lo mejor de todo es que incluso si mi propia creencia llegara a ser un engaño- nuevamente una especie de placebo- confieso que funciona de maravilla. Si se que es un engaño pero decido de todas formas levantarme comprometido con un mundo que busca unicidad, momentos sagrados, amor y justicia y me paso el día enseñando y viviendo estas experiencias milenarias de mi tradición porque siento que soy un sirviente del Hakadosh Baruj Hu que me ha dado los talentos que tengo para hacer esto en la vida, para ayudar a despertar la conexión espiritual de los demás además de la mía y vivir la vida con otras personas siendo parte de los momentos sagrados de su existencia y su aprendizaje con el fin de vivir momentos de consagración a través de las enseñanzas de mi pueblo, al final de mi vida si me equivoque en mi engaño y el ateo arrogante tenía razón, estaré posiblemente amargado de no haber comido ciertas comidas que me gustaban pero las dejé por convicción religiosa. Quizás también estaré amargado de no haber intentado ser un músico profesional y vivir componiendo canciones, grabando discos y yendo de gira por el mundo. Obviamente cuando uno mira hacia atrás la historia que ve es la única posible así que sé que incluso mi engaño de lo que podría haber sido nunca se corresponderá con mi imaginación. Se que es otro pensamiento, otra imaginación o idea de mi mente. El “podría haber sido” es tan absurdo como declarar que “en el futuro seré”. Pero no es la realidad que experimento. Es otro engaño más.

Estoy seguro de algo más importante: si fue todo un engaño y al final de la vida el ateo arrogante tenía razón, de todas formas no estaré amargado de las familias que acompañé en nacimientos, ceremonias de bar y bar mitzvah, casamientos e incluso momentos de dolor y enfermedad acompañando a seres queridos a transicionar de este mundo al otro. No estaré amargado de la experiencia del ciclo anual del calendario judío, celebrando Shabatot y Jaguim, aprovechando cada instancia para crecer más, conocerme mejor, desafiarme y transformarme de una festividad a la otra y de un Shabat al otro. Sin dudas no estaré amargado por toda la Tora que he estudiado y todo el tiempo dedicado a conocer el pensamiento del pueblo judío. No estaré amargado de no haber dormido por mis estudios para mi maestría en educación judía y quedarme hasta las tres de la mañana para desentrañar una enseñanza del Talmud o la Tora. No estaré amargado por haber podido compartir con miles y miles de personas de todas partes del mundo la sabiduría ancestral de mi pueblo a través de clases y de mi blog. No estaré amargado de haber cambiado una historia de ego por una historia del alma. Al fin de cuentas no puedo imaginar cómo hubiese podido sobrevivir sin todo este maravilloso engaño en mi vida. Lo más importante de todo es que si todo lo que creo, enseño y vivo llegara a ser un engaño y el ateo arrogante tuviera razón, me sentiré feliz de haber elegido el mejor engaño que conozco. El ateo arrogante, ¿qué dirá al final de su vida? 

Finalmente, lo mejor es que es tan glorioso este posible engaño que me hace creer y me convence cada día más que justamente no es un engaño: es la forma más precisa y preciosa para vivir una vida llena de sentido. ¿Cuáles son las posibilidades que un engaño como Dios, la Tora e Israel funcione tan bien por miles de años para millones de personas por todas partes del mundo? Es por eso que utilizando toda mi inteligencia disponible elijo cada día ser un creyente. De todas maneras al final de mis días cuando mire hacia atrás habré vivido un engaño que me dio sentido. Esto es lo que me recuerda Heschel cuando me enseñó que el objetivo más elevado de la vida espiritual no es acumular una riqueza de información, sino enfrentar momentos sagrados. A eso vinimos. Al creer elijo cada día vivir consagrando mi existencia.

Según tomado de, http://www.judiosyjudaismo.com/2019/05/se-puede-ser-inteligente-y-ser-una-persona-de-fe-una-respuesta-al-ateo-arrogante/

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