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En relación al tabernáculo, el silencio y la oración

18 Feb
por Rabino Dr. Nathan Lopes Cardozo

“Y que me hagan un santuario para que yo habite entre ellos. Exactamente como les muestro – el modelo del Tabernáculo y el modelo de todos sus muebles – así lo harán.” Shemot 25: 8

Algunos de nuestros más grandes comentaristas han luchado con la conexión entre el mandato de construir el Mishkán (la Tienda de Reunión o Tabernáculo) y el pecado del Becerro de Oro. En el verso “Y lo harás” (Shemot 25: 9), relacionado con la construcción de la Tienda de Reunión, el famoso comentarista italiano Ovadia Sforno (siglo XVI) hizo la siguiente declaración notable:

              Para que yo habite entre ustedes, para hablar con ustedes y aceptar las oraciones y el  servicio de Israel. Esto no es como era antes del pecado del Becerro de Oro, donde se dijo: “En cualquier lugar donde se mencione Mi nombre, vendré a ti y te bendeciré”. (énfasis agregado) (Shemot 25: 9.)

Y un poco después:

              Porque al final de los primeros cuarenta días, Dios dio las tablas hechas por él mismo para santificar a todos como sacerdotes y como nación santa, como había prometido. Pero ellos se rebelaron y se corrompieron, y cayeron de este alto nivel espiritual.  (itálica agregada)

La Tienda del Encuentro (y por lo tanto el Templo), dice Sforno, son el resultado de la decisión de Israel de hacer el mal: optar por el Becerro de Oro. En otras palabras, si el incidente del Becerro de Oro nunca hubiera tenido lugar, nunca se habría dado la directiva para construir una Tienda de Reunión.

Lo que resulta sumamente claro es que el templo real, como lugar del servicio divino, no se limita al mundo finito. Su legítimo lugar es el universo entero, y lo que está más allá del universo: “En cualquier lugar donde se me mencione Mi Nombre, vendré a ti.” Claramente, la grandeza de Dios está más allá de todas las limitaciones físicas y abarca el universo y los “mundos” más allá del universo.     

Si ésta es la idea central de la intención original de Dios, entonces ¿cuál es la necesidad de un lugar físico que simbolice la morada de Dios en este mundo? ¿Qué propósito tienen los muchos objetos rituales como el Altar, la Menorah y el Arca en el Lugar Santísimo? Sforno sugiere que la necesidad de estos “accesorios” es el resultado directo del pecado del becerro de oro.

El pecado del becerro de oro

¿Cuál fue la esencia de este pecado? ¿Qué construcción mental se reflejó en esta transgresión, en la que estuvieron involucrados tantos judíos?

El pecado en sí, obviamente, no pudo haber sido una forma regular de adoración de ídolos: solo un poco antes, el pueblo judío había experimentado una revelación divina de una intensidad sin precedentes. La palabra hablada de Dios les llegó en un encuentro abierto y fue de una veracidad incuestionable. Con una sola voz, todo el pueblo manifestó su compromiso: “Na’ase ve-Nishma”. (“Haremos y escucharemos”) (Shemot, 24: 7). De una vez y por todas, se había establecido la existencia de Dios y Su relación con este mundo. Y aún asi, la pregunta clama por una respuesta: después de todo esto, ¿cómo pudo haber ocurrido el pecado del Becerro de Oro? Debemos concluir que la creación del becerro de oro debe verse como un intento de lidiar con esta abrumadora experiencia.

Después de todo, lidiar con una experiencia de semejante magnitud requiere vastos recursos espirituales. Exige un nivel espiritual de alturas sin precedentes y, sobre todo, la abolición de cualquier símbolo físico de la Divinidad. En resumen, esto es monoteísmo, que es la realización de la naturaleza unitaria y única de Dios en su forma más avanzada. Incluso, lo que fluye de la unidad de Dios no puede ser captada completamente desde una plataforma mundana. En su estado ideal, el judaísmo no debería haber necesitado para nada el simbolismo. Al hombre sólo se le permitiría contemplar asuntos del mundo monoteísta.

Esto, sin embargo, era inalcanzable para la generación del Éxodo, que sólo poco antes había estado inmersa en un mundo de adoración de ídolos. Aferrarse a la experiencia sin precedentes del Sinaí solo era posible, por lo que creían, a través de un medio tangible y, por lo tanto, más realista; de otra forma, estaba en peligro de escaparse, disiparse en un vacío espiritual sin implicación real, y mucho menos con validez eterna.

Este es, sin duda, el leitmotiv del episodio del becerro de oro. Se percibió la necesidad de garantizar que la experiencia reveladora del Sinaí siga siendo una de carácter continuo. La forma de un becerro, simbólico de la divinidad en el medio cultural egipcio, lugar del cual el pueblo había emergido tan recientemente (y también, más tarde, visto por la tradición cabalística como un símbolo de inmenso poder espiritual), fue entendido como la forma más apropiada de lograr este objetivo. Sin embargo, estaba claro para todos los involucrados que esto no estaba destinado a ser, ni fue percibido como, la divinidad monoteísta en sí. Era simplemente un símbolo del Creador y Motor del Universo en términos mundanos.

Entonces, esta fue la razón detrás de la creación del Becerro de Oro. Sin embargo, la creación de esta imagen dio lugar a una situación completamente diferente. El nivel de monoteísmo de Sforno aún no estaba al alcance del pueblo israelita. La elaboración del becerro de oro mostró que la gente todavía no podía relacionarse con Dios sin recurrir al simbolismo. El mundo del monoteísmo supremo sin símbolos tenía, forzosamente, que acceder a un monoteísmo lleno de símbolos.

Los peligros del simbolismo

Sin embargo, el uso de la representación simbólica no está exento de peligros. Esto es exactamente lo que demuestra el incidente del becerro de oro. Debido a su gran poder emotivo en el mundo de la imaginación humana, se puede llegar a conclusiones erróneas acerca de un símbolo fuera de lugar. A menudo, está más allá de nuestras capacidades crear nosotros mismos las representaciones adecuadas. La realidad es que posiblemente nunca seamos capaces de captar el mundo metafísico hasta tal punto que podamos reflejarlo dentro de nuestra plataforma de lo mundano. Por lo tanto, símbolos de este tipo sólo se pueden recibir, no construirse. Éstos no pueden ser deducidos por la mente humana, y sus ya conocidas  limitaciones.

Lo que los creadores del becerro de oro no entendieron fue, que ningún símbolo podría abarcar la esencia de El Eterno. Incluso, cuando un símbolo pudiera ser necesario, solo la forma de Dios de tratar en este mundo puede reflejarse en un símbolo, no Su esencia. Solo Dios mismo puede evocar y ordenar adecuadamente un símbolo apropiado, y aun así continua siendo una aproximación.

Por lo tanto, el mandato divino de construir el Mishkán fue una forma más humana, más cercana a nuestro mundo y, por lo tanto, una forma más simbólica para transmitir los grandes valores del monoteísmo, sin dejar de recordarnos, sin embargo, un monoteísmo sin símbolos. Como sugirió Sforno, el llamado al Mishkán solo puede verse como una concesión a la debilidad humana.

La insolencia de la oración

Otro recordatorio sobre lo que es el verdadero monoteísmo proviene del Sidur (libro de oraciones). Allí, el jazán (lector comunitario) recibe instrucciones al abrir el cuerpo principal de oraciones con: “Baruj et Ha-Shem Ha-Mevorach” (Alabado sea el Señor, que en última instancia es alabado). Sin embargo, se pide a la congregación que diga simultáneamente: “Su nombre es exaltado por encima de todas las alabanzas y bendiciones”. Esto se entona en silencio, luego de lo cual la comunidad responde en voz alta con: “Baruch Ha-Shem Ha-Mevorach Ie-olam va-ed” (Bendito es el Nombre de su majestad gloriosa por siempre jamás.)

Esto es, por decir lo mínimo, una paradoja: primero, hay un llamado a alabar a Dios, uno que simultáneamente es desmentido por una declaración posterior donde Su nombre se eleva más allá de todas las alabanzas y bendiciones. En otras palabras, alabar a Dios es imposible: ¡está más allá de las capacidades del hombre! Pasan unos minutos y la comunidad continúa alabando a Dios, como queriendo decir que a pesar de tenemos el poder de alabar a Dios.

La misma paradoja se puede encontrar en la oración del Kadish: “Que el gran Nombre [de Dios] sea exaltado y santificado en el mundo que ha creado…. Él es … honrado, exaltado, glorificado, adorado [etc.]” Repentinamente, se le pide al adorador que realice un radical cambio de dirección: “[Dios] está más allá del poder de todas las bendiciones, himnos, alabanzas y consuelos que son dichas en este mundo, y ahora digan: Amén”.

Esta paradoja se refleja en una singular historia relatada en el Talmud: el rabino Janina una vez observó a un adorador en el acto de alabar a Dios con numerosos elogios adicionales: Dios no solo era “grande”, “poderoso” y “sublime”, sino también “majestuoso”. “ Asombroso ”,“fuerte”, “intrépido ”,“seguro ”, “honrado”, etc. (Berajot 33b.)

Rabí Janina esperó a que el devoto terminara y luego le preguntó si realmente pensaba que había alabado a Dios lo suficiente. El Talmud nos dice que uno solo debe alabar a Dios con las tres palabras que usó Moshé y dejarlo ahí. El hombre puede comenzar a alabar a Dios, pero nunca podrá hacerlo lo suficiente; por lo tanto, cualquier intento solo revela cuán limitantes son nuestras palabras, esto sin importar cuán desbordantes las consideremos. Cuantas más alabanzas uno acumule, más limites imponemos a los atributos de Dios. Esto, simplemente es una blasfemia.

El mensaje de esta historia es que, en realidad, ante Dios, el hombre debería quedarse mudo. Captar la grandeza de Dios debería dejarlo en silencio. No hay palabras que sean suficientes para ensalzar la maravilla de esta experiencia. Por tanto, el silencio es la máxima expresión de la oración.

Entonces, ¿por qué no nos paramos en una oración de contemplación silenciosa? ¿Por qué pronunciar palabras si ninguna palabra es suficiente? La respuesta ahora es clara para nosotros: la “oración de palabras” es (una vez más) una concesión a la debilidad humana. Simplemente somos incapaces de permanecer en silencio contemplativo; incluso en un silencio significativo no podemos captar la inmensa grandeza de Dios. Nuestras mentes no pueden captar lo que sabe nuestro corazón.

En medio de semejante silencio, nuestra mente divagaba y, paradójicamente, el foco de nuestra atención se alejaba de nuestro Creador. En este estado de debilidad humana, comenzamos a buscar otras formas de concentrar nuestras mentes en nuestro Hacedor. Esta, entonces, es la función de la oración verbal. Es más realista, más tangible y, por lo tanto, más apropiada para la condición del ser humano. Ese es el secreto de la oración.

Por lo tanto, la institución de la oración formal hablada fue una continuación directa de la construcción del Mishkán, una forma de concretar nuestra experiencia religiosa, al tiempo que allana el camino hacia el verdadero monoteísmo. Así como el verdadero Mishkán es la totalidad del universo, la verdadera oración solo puede ser el silencio ante una abrumadora maravilla.

Según tomado de, Según tomado de, https://www.cardozoacademy.org/thoughtstoponder/parashat-terumah-on-the-tabernacle-silence-and-prayer/?utm_source=Subscribers&utm_campaign=b8373f57b5-RSS_EMAIL_CAMPAIGN&utm_medium=email&utm_term=0_dd05790c6d-b8373f57b5-242341409

Traducido por, drigs (CEJSPR)

 
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Posted by on February 18, 2021 in Uncategorized

 

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